viernes, 8 de enero de 2016

Al fin, simplemente viernes

Finalmente, un viernes sin adjetivos, sin etiquetas. Un viernes libre de invitaciones al consumo, los gastos, el exceso. Un día que no es festivo, ni puente entre festivos, ni vacío de prensa, ni nominalmente extraño cual black friday. Simplemente, viernes: último día de la semana laboral, puerta al ocio o a la rutina a costa de uno mismo y su imaginación y no a expensas de los demás. Primer viernes “normal” del año para volver a la normalidad, a las cosas sencillas, humildes y personales, sin los agobios de la multitud, sin atracos al bolsillo y sin atracones de calorías. Al fin, simplemente viernes para lo que uno quiera o apetezca, no para obedecer a la publicidad, los dictados del comercio o las tendencias de la banalidad. Viernes, simplemente. Al fin.  

miércoles, 6 de enero de 2016

De toros, bárbaros y trompeteros

Nunca me ha gustado la fiesta de los toros, lo reconozco de antemano, pero de ahí a insultar y tachar a los aficionados de bárbaros y a los toreros de “asesinos en serie”, va un trecho, el que recorre de manera desvergonzada un supuesto entrevistador mediático que suple sus carencias con osadía y desfachatez. Pero defender la mal llamada fiesta nacional por los beneficios que proporciona a la hostelería, el turismo o los transportes, como hace otro profesional trompetero y apocalíptico, es como tolerar la esclavitud o la trata de blancas por lo que aportan a la actividad económica y la riqueza nacional. Ambos “líderes” de los medios manosean el asunto de la tauromaquia para conseguir seguidores que apuntalen sus respectivas audiencias y, de paso, sus remuneraciones, sin importarles lo más mínimo no sólo el tratamiento serio del tema, sino también el menosprecio a millones de personas que no comparten sus opiniones gratuitas. Uno, hace un programa con ello, y, el otro, elabora una columna periodística; es decir, cobran en metálico metiéndose con lo que sea. Son insistentes y ambos ya merecieron sendas entradas en esta bitácora.
                            
Con todo, no seré yo quién se rasgue las vestiduras por las discrepancias que genera la fiesta de los toros en nuestro país. Asuntos más importantes sacuden la convivencia en España, más lacerantes que las corridas de toros, como son la pobreza que se extiende entre amplias capas de la población, el aumento de las desigualdades y un paro que deja a muchos trabajadores y sus respectivas familias a las puertas de la miseria y la exclusión social. Sin embargo, cuestiono las formas simplistas y faltonas con que se expresan y disienten “comunicadores” con fama, que no prestigio, en este país. No se corresponden con la supuesta “calidad” que aseguran atesorar ni con el nivel educativo que se les podría exigir. Más bien exhiben un estilo barriobajero propio de taberna de polígono de extrarradio. Quizá sea lo que buscan al considerar que es lo que demandan y con lo que se identifican sus seguidores. Allá ellos.

Pero, como digo, sin estar de acuerdo con la tauromaquia, hay que aceptar que se trata de una actividad relacionada con una característica cultural hispánica que, en vez de intentar sectariamente eliminarla de nuestro acervo, podría reconducirse hacia una práctica menos cruel y morbosa del sacrificio de un animal. No se inventaría nada nuevo: sólo adaptar su ejecución a los parámetros que los tiempos imponen para evitar el sadismo innecesario con cualquier ser vivo, ya sea por imperativos alimentarios (en mataderos) o de ocio (la caza, las corridas de toros, etc.). Tal es la razón por la que se castiga el maltrato en caballos, perros o cualquier otro animal de compañía o labor. Con los toros bravos debería ser igual. En otros países, como Portugal, Francia y algunos de Sudamérica, se celebran fiestas de toros en las que no se mata al animal, sino que se devuelve vivo al corral tras la lidia. Es posible –y deseable- que una discusión serena y profunda del asunto, entre defensores y antagonistas de la fiesta taurina, pero con personas con mucha más preparación y ecuanimidad que las aludidas anteriormente, podría servir para encauzar la problemática taurina por los derroteros del civismo y el mutuo respeto, y en la que podrían participar el Estado, que ha de regular tal expresión cultural, y los agentes sociales y económicos (ganadería, hostelería, turismo, etc.) concernidos. Todo, menos ensartarse en insultos ordinarios, por muy rentables que sean para sus protagonistas.

El salvajismo y la violencia hay que erradicarlos de cualquier espectáculo, incluido el mediático. Ni la tauromaquia vería mermar su atractivo si se suprimiesen de ella el sufrimiento y la muerte innecesarios del animal, dejando exclusivamente espacio para el lucimiento de la habilidad del torero frente a la nobleza e instinto del toro, ni el periodismo perdería “mercado” si se extirpase de él el recurso fácil, pero letal para su verdadera función informativa, del amarillismo, la maledicencia, la superficialidad y el afán por la espectacularidad. Ambas actividades requieren profesionales cualificados que, por lo que se ve, es su mayor problema. Tal vez sea éste el “quid” de la cuestión: toreros que se limiten a torear y no a masacrar a un animal, y periodistas que se circunscriban diligentemente a aportar información veraz, y no opinión tendenciosa, para que los ciudadanos se formen su propio criterio. A lo mejor es mucho pedir. 

lunes, 4 de enero de 2016

El futuro comenzó ayer

Todo comienzo de año nos hace desear un mundo nuevo, un lugar renovado en el que comenzar a construir lo que el presente nos niega o nuestra condición nos impide a causa de egoísmos, violencia e ignorancia. Aspirar un mundo distinto siempre ha sido un sueño de la Humanidad que cada año renace pero que nunca ha estado más cerca del alcance del ser humano como hasta ahora, no por mano de utopías inalcanzables, sino de la ciencia. Son los científicos los que nos invitan a soñar y los que nos proporcionan posibilidades sólidas para emprender el vuelo racional hacia lo ignoto, hacia ese futuro que ya no imaginamos sino que vislumbramos cerca, tan cerca que estamos instalados en él. Porque el futuro comenzó ayer.

No nos damos cuenta de que transitamos por él porque nos acostumbramos a convivir con lo que nos depara y a integrarlo en nuestra cotidianeidad. Viajamos al interior de nuestro cuerpo con sondas que exploran nuestros órganos y visualizan su funcionamiento, facilitando la reparación de daños que, hasta no hace mucho, representaban una muerte segura y que hoy sólo constituyen dolencias curables y pasajeras. Los by-pass, los cateterismos vasculares, las arteriografías, las laparoscopias, los TAC, las resonancias magnéticas, los implantes de tejidos, los trasplantes de órganos, la cirugía robotizada, los avances en terapia molecular y el descubrimiento de nuevos, selectivos y más eficaces fármacos son elementos, entre otros muchos, de un futuro que está presente en nuestra realidad y nos permite vivir más tiempo y en mejores condiciones de salud.

Asimismo, si miramos a nuestro entorno, los cambios moldean el mundo que habitamos y al que ya no percibimos como un lugar hostil, peligroso y temible, inabarcable en sus dimensiones e infinito en recursos por explotar. El futuro nos lo muestra en su verdadero tamaño, cada vez más pequeño y próximo al agotamiento por la extracción desmesurada e insostenible de sus riquezas, lo que nos obliga a respetar sus ciclos, a no alterar con contaminación su atmósfera y a cultivar con esmero lo que nos brinda para nuestra supervivencia. El futuro al que aspiramos nos lo presenta con la imagen de una insignificante esfera azul que vaga por la inmensidad del espacio, pero milagrosamente situada para albergar vida, una vida que ha evolucionado hasta convertirse en lo que somos, seres conscientes de su existencia y de lo que les rodea.

Sobre la superficie de ese mundo frágil y hermoso viajamos más rápido, seguros y cómodos que nunca, llegando a cualquier parte en cuestión de horas. No son necesarias las jornadas que la literatura aventuraba para rodearlo en globo, sino escasos minutos para hacerlo a bordo de la estación espacial o pocas horas para que un avión nos traslade a las antípodas. Las máquinas acortan distancias y nos acercan destinos remotos con una facilidad pasmosa, tanto por tierra, mar o aire. Pero, en contrapartida, esas máquinas vuelven también más mortíferas y precisas las guerras, permitiendo atacar cualquier objetivo sin necesidad de invadirlo con un ejército ni que un piloto maneje aparatos que se conducen y programan desde lejos, por control remoto. El futuro, en su aspecto  macabro, nos proyecta destrucciones y bombardeos como si fueran imágenes de un videojuego que nos ahorran la crueldad y el sufrimiento que llevan consigo y nos habitúan a banalizar la violencia y la muerte.

Pero, si hay un lugar donde el futuro irradia toda su magnificencia es en el espacio, cerca de las estrellas, donde nos impresiona con el sobrevuelo de la nave New Horizons sobre el planeta Plutón o con las huellas dejadas por los vehículos rovers de la NASA en la polvorienta superficie rojiza de Marte. También nos mueve al asombro con esa decena de planetas menores, asteroides y cometas visitados por sondas espaciales, las cuales han escrutado y desentrañado su forma y composición para aportar datos que nos permiten comprender los complejos procesos de la Tierra y los misterios existentes más allá del Sistema Solar. En ese futuro tangible de la exploración espacial, junto a los avances tecnológicos y científicos, destaca la imprescindible colaboración y entendimiento de los cerebros más privilegiados del mundo, sin importar raza, nacionalidad e idioma, como pone de manifiesto la Estación Espacial Internacional (ISS), que ya ha cumplido el décimo quinto año con presencia humana continua a bordo, gracias a la visita de más de 220 personas, procedentes de 17 países distintos, y que han utilizado aquellas instalaciones en órbita sobre la Tierra para desarrollar más de 1.700 investigaciones que alimentan nuestro progreso y nos introducen aún más en un futuro que no es mañana, sino que empezó ayer.

Un futuro esplendoroso que, no obstante, arrastra dificultades del presente y errores del pasado. Un futuro no exento de problemas que nos acompañan sin encontrar solución, bien por codicia y fanatismo, bien por el egoísmo con el que intentamos establecer diferencias y conservar privilegios. Así, mientras avanzamos hacia el microcosmos y ampliamos los límites del macrocosmos, la paz y la seguridad internacionales siguen siendo amenazadas por guerras y conflictos sin fin. Incapaces de resolver viejas heridas que aún sangran, como el conflicto palestino-israelí, foco de tensiones en la zona, o los de Afganistán, Nigeria o Somalia, otros nuevos enervan el clima de violencia y odio que se extiende por Siria, Yemen, Libia, Sudán del Sur, etc. Guerras viejas y guerras nuevas que causan muertes y desplazan a más personas que nunca antes.

Son tumores del pasado y supuraciones del presente que contagian al futuro, restándole confianza y credibilidad, y convirtiéndolo en una promesa utópica, por cuanto apenas ofrece alguna esperanza a las injusticias y desigualdades que siguen presentes en la actualidad. Salvo el acuerdo mundial contra el cambio climático, que se supedita a indeterminadas y voluntarias actuaciones futuras, han sido pocos los avances en la lucha global contra la desnutrición y la miseria, que provoca hambrunas que castigan a los habitantes de 52 de los 117 países del mundo. Huir del hambre y la guerra es la causa de los cientos de miles de refugiados que intentan llegar a una Europa que teme por su estabilidad y bienestar. Para la mayoría de ellos no hay futuro, y el presente es sólo una negra realidad colmada de calamidades.

Otro cáncer que carcome las potencialidades del futuro es el terrorismo, cuyos atentados sacuden el corazón de Europa y la hacen renunciar a sus valores más preciados, como la libertad, en aras de una supuesta seguridad. Pero un futuro sin libertad no es futuro, sino retorno al pasado. Las dificultades para enfrentar esta violencia, de raíz islamista en el Viejo Continente, o mafiosa de los carteles, como en México, o ideológica, como en tantas otras partes del mundo, nos sumerge en la decepción y el abatimiento.

Sin embargo, el futuro es imparable. Con sus luces y sus sombras, está ya instalado entre nosotros y nos impele a corregir las rémoras del pasado que limitan su pleno desarrollo. Somos nosotros los que construimos el futuro con nuestras propias manos, jamás nos es dado. A todos nos corresponde el esfuerzo por perfeccionar un futuro que comenzó ayer para no defraudar las expectativas de nuestros hijos por un mundo mejor: el sueño de la Humanidad que se renueva cada año.

viernes, 1 de enero de 2016

Aroma de año nuevo


Foto. Carlos Araujo
Todo inicio de año está henchido de expectativas y preñado de ilusiones por la oportunidad que brinda de satisfacer esperanzas y superar las dificultades que nos persiguieron durante el período que ya forma parte de la historia. Es difícil sustraerse de estos anhelos si el nuevo año arranca como el despuntar de cada jornada laboral, en que una vieja cafetera humeante congrega a su alrededor compañeros que comparten, sin importar edad, sexo o categoría profesional, charlas, vicisitudes y vivencias, todas ellas impregnadas de buen humor, que predisponen afrontar el trabajo de manera relajada y placentera. Con el aroma del café recién hecho se esparcen las semillas de unas relaciones que trenzan en amistad los lazos de un compañerismo obligatorio.

Si ese ambiente y actitud caracterizaran todos los días del año que acaba de nacer, la mitad de los asuntos que nos agobian desaparecerían como las nubes en un cielo de verano, en el que no hay lugar para tormentas provocadas por las rencillas y la envidia. Por eso, hoy, al estrenar este 2016 y saborear otra taza de café aromatizado de camaradería, no puede uno menos que acordarse de aquellos a los que el Sol, al asomarse tras el horizonte de la mesa, hace brillar en sus semblantes una tenue sonrisa con la que confían seguir disfrutando de momentos tan gratos en el trabajo, en la familia y en la vida.
 
A cuántos han pasado esta noche en sus trabajos y no con sus familias.