sábado, 26 de septiembre de 2020

Plateado Jaén


Era una deuda pendiente. La provincia nororiental de Andalucía, puerta de entrada y salida hacia la meseta, es más conocida por sus olivares infinitos que por su capital. Ignorancia del viajero. Descubrirla es una sorpresa. Y lo primero que sorprende de la ciudad de Jaén es su emplazamiento. No se la imagina uno ni tan aislada, no se pasa por ella si no es adrede, ni tan ondulada, trepando arrinconada por las faldas de los cerros que la guarecen y vigilan, con sus cuestas suaves que conducen hasta la Catedral y sus callejuelas desde las que se vislumbran las siluetas quebradas de las montañas. Jaén es una sorpresa agradable.

Quizá oculta tras el fulgor turístico de Baeza, Úbeda o las serranías de Cazorla, donde nace el gran río de Andalucía, y de Magina, la capital jiennense es una ciudad abarcable, hospitalaria y encantadora. La menos llana de las capitales andaluzas, incluida Granada, tampoco es una geografía de empinadas pendientes, salvo si el visitante queda atrapado por la curiosidad de subir al Castillo de Santa Catalina, enclave obligatorio desde el que admirar, aparte de los restos arqueológicos que legaron árabes, cristianos y hasta franceses, una de las panorámicas a vista de pájaro más hermosas de Jaén en su conjunto, entre un horizonte ondulado de colinas y valles.

Deambular por Jaén es, pues, estar expuesto a las sorpresas que asaltan al visitante. Porque sorprende la noble monumentalidad de su sólida Catedral, que se yergue con sus dos torres barrocas sobre los palacios burocráticos que bordean la plaza de la que parten las collaciones urbanas y la modernidad bulliciosa de bares y tiendas. Desde allí se puede pasear hasta el centro monumental y cultural de los Baños Árabes, que datan del siglo XI, los más grandes de Europa. Sobre ellos se construyó el Palacio de Villardompardo, sirviéndole de cimientos y quedando ocultos y enterrados bajo el edificio. Lo que se conserva, empero, es impresionante de la obsesión árabe por las abluciones, con restos de decoración almohade. Como lo es, igualmente, los tesoros arqueológicos que se exponen en sendos museos, el Provincial y el Ibero, organizados para dejar en el visitante un apetito de historia y cultura sobre el devenir histórico de Jaén y la importancia de su enclave.

Si a todo ello se añade la hospitalidad de sus gentes, la amabilidad con que te tratan y la riqueza de su gastronomía, bañada por ese oro verde de su aceite virgen extra que determina la economía de la región, lo menos que puedes sentir es sorpresa. Esa sorpresa sumamente agradable de descubrir una ciudad encantadora y bella que, desde su humildad escondida entre un mar de olivos, no tiene nada que envidiar a ninguna otra capital de Andalucía. Sólo la ignorancia del viajero la mantiene perdida por los cerros de Úbeda. Merece, pues, una visita. Se sorprenderán.

martes, 22 de septiembre de 2020

Incapaces al entendimiento

La política española es parca en entendimiento. Esa falta de entendimiento y de empatía entre los líderes de las formaciones políticas dificulta cualquier acuerdo o pacto que beneficiaría al conjunto de la ciudadanía, al país. El tacticismo de plazo corto y la obsesión por no facilitar ninguna baza al adversario conducen a una política de trincheras y confrontación en cualesquiera asuntos de la actividad pública. Ni siquiera una emergencia descomunal, como la pandemia del coronavirus que afecta al mundo entero, sirve de acicate para acercar posturas, dejar de lado rivalidades y colaborar de buena fe en una búsqueda de soluciones de las que nadie tiene patente de propiedad. El estado de alarma, el confinamiento, la falta de recursos y hasta el número de contagiados y muertos han sido utilizados para intentar culpabilizar al adversario, desconfiar o erosionar la gestión llevada a cabo y hasta para obstaculizar los esfuerzos del gobierno de turno ante un reto insólito de dimensiones continentales. Ningún mérito le será reconocido.

En España proliferan los vetos, vetos cruzados entre partidos políticos que sólo ofrecen su apoyo a cambio de expulsar a otros del mutuo entendimiento. Por eso en nuestro país es inimaginable una actitud como la alcanzada en Portugal, donde la oposición, lejos de enfrentarse al Gobierno, le ofrece su total colaboración para lidiar contra la pandemia: “Señor primer ministro, le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte”. Este fue el mensaje que le transmitió el líder de la oposición al jefe del Gobierno del país vecino. Justo lo contrario de lo que ocurre en España.  Si hasta al jugarnos la vida somos incapaces de entendimiento, cualquier otro asunto no merecerá mayor esfuerzo de colaboración y alianza. La bronca, los insultos y las descalificaciones serán los argumentos que saldrán de la boca de nuestros líderes para no ceder ninguna ventaja al contrincante. Que se hunda el país antes que reconocer bondades en el adversario. Tal parece la disposición de nuestros políticos en todo el arco parlamentario, incluidos los extraparlamentarios. Son profetas de la verdad absoluta, de la que son únicos poseedores, y del yerro absoluto, que siempre corresponde al otro, a cualquier otro que no figure en nuestras filas. Apenas existen zonas comunes de encuentro, lindes grises donde ninguna verdad es incompatible con otra, tímidamente transitadas en contadas ocasiones y de las que pronto se arrepienten, como si fuera una mancha, un desprestigio haber llegado a ellas para lograr algún acuerdo con el “enemigo”.

España es partidaria del tremendismo, del duelo a garrotazos, como lo pintó Goya, ese sociólogo del pincel que nos retrató con sus más negras pinturas. No estamos dotados para el diálogo, la dialéctica o la negociación sin apriorismos ni líneas rojas. O todo o nada. O conmigo o contra mí. Mis ideas o las tuyas, sin posible término medio. Y así nos va. En vez de progresar, retrocedemos. En vez de tolerancia, alimentamos la crispación en la convivencia entre los españoles. Fomentamos la división y la desigualdad en vez de buscar la unión y la prosperidad de todos y para todos. Incluso preferimos ser más pobres para no dejar que administre nuestros recursos un gobierno que no es de los nuestros. Boicoteamos los presupuestos de la nación y las instituciones del Estado con tal de poner piedras al adversario, confiados en que ya llegaremos nosotros a arreglarlo. No dejamos gobernar, ni el país ni una comunidad ni un ayuntamiento ni siquiera una peña folklórica, no vaya a ser que obtengan algún éxito, algún logro que puedan adjudicarse. Ya ni las críticas son constructivas porque no se acompañan de alternativas viables, creíbles, sinceras. Se cuestiona por obstruir, erosionar, descalificar, denostar, hundir al adversario. Para no lograr a ningún entendimiento.

Un país así está condenado a repetir sus errores, destinado a la mediocridad y al estancamiento. A ser contemplado desde el estereotipo injusto, con el sambenito despreciativo, con la miopía histórica. Porque no da muestras de avanzar, de modernizarse, de sacudir sus lacras, de unir a sus gentes, de tener unos gobernantes capaces de sumar esfuerzos en aras del bien común, de ambicionar estar a la altura de las democracias más envidiadas del entorno, de liderar nuevos retos y nuevos rumbos, de generar oportunidades. En vez de eso, seguimos instalados en el “y tú más”, en la necedad, la ceguera, la corrupción, el sectarismo, la intolerancia y el egoísmo, mires donde mires. Hacia arriba o hacia abajo. Porque abajo, muchos exigen ayudas pero son reacios a pagar impuestos. Reclaman hospitales, médicos, escuelas y maestros públicos y, sin embargo, votan al neoliberalismo de las privatizaciones. Quieren subvenciones pero engañan cuanto pueden a Hacienda. Declaran ERTEs sólo para aumentar los beneficios empresariales, lamentan la baja productividad pero no remuneran las horas extraordinarias. Y aspiran a trabajos para los que no están cualificados o en los que no rinden lo establecido.

Tanto arriba como abajo los abusos forman el caldo de cultivo que todo lo justifica, como si fuera la única defensa ante tanto atropello y arbitrariedad. Quien no abusa, roba o se aprovecha es tonto de remate, parece nuestro lema. De un pueblo así, inmensamente honesto pero en el que lucen y prosperan una minoría de pícaros, emergen los sinvergüenzas que acaban ocupando poltronas y privilegios. Y a estos no les interesa el entendimiento, que se les acabe el chollo. Por eso hacen lo imposible para que nada se resuelva y poder seguir impartiendo doctrinas y recetas inútiles que sólo valen para mantenerse en el machito. Es su trabajo: conservar el cargo. No saben hacer otra cosa. Brillan por su incapacidad al entendimiento. Ni siquiera por su propio país.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

¿Vida en Venus?

Ha causado gran expectación entre los profanos amantes de la Astronomía la noticia de que científicos de EE UU y Europa han hallado indicios de vida en el vecino planeta Venus. Leída así, tal parece que la noticia trata sobre huellas de improbables venusianos que habitaran un planeta que resulta totalmente inhóspito para los terráqueos. Hay que señalar que ese planeta, de un tamaño similar al de la Tierra pero en una órbita más cercana al Sol, es lo más parecido al infierno. Su temperatura sobre la superficie es de más de 400 º C y la presión atmosférica es la que mediríamos a 1.600 metros bajo el mar. Su atmósfera está compuesta por gases tóxicos, entre los que predomina el ácido sulfúrico. Allí moriríamos antes de llegar.

Pero no, la información se refiere a la detección en capas altas de la atmósfera de Venus de gas fosfano, un derivado maloliente del fósforo (trihidruro de fósforo, PH3), en cantidades que sólo podrían explicarse, de momento, por la actividad de ciertos microbios que viven en ambientes anaerobios, sin oxígeno. Y subrayamos “de momento” porque aún se ignora si existen otros mecanismos para producir este gas de forma geoquímica o fotoquímica en tales cantidades. Y es que la cantidad de fosfano rastreada es 10.000 veces más alta que la que podría producirse por reacciones abióticas, no biológicas, que los científicos descartan por improbables, dados nuestros conocimientos actuales. En esas capas altas, a unos 50 kilómetros de altura de la superficie, en las que la temperatura es de unos 20 º C y la presión similar a la de la Tierra, es donde se ha detectado la presencia de moléculas de fosfano en una concentración de 20 partes por mil millones, cuando en nuestra atmósfera es de una parte entre 10 billones. ¿Eso significa la existencia de vida en Venus? De ninguna manera, pero abre líneas de investigación al respecto.

En cualquier caso, proceda de donde proceda, la presencia de ese gas, considerado un marcador de la vida, supone un dato relevante en la búsqueda de la vida fuera de nuestro mundo, por muy remota que sea la posibilidad. Y lo más fascinante, que no hay que descartar nada por hostil que nos parezca el planeta en comparación con las condiciones de la Tierra. Venus, que hasta ahora se había quedado fuera de la investigación astronáutica, recupera con este hallazgo el interés de la curiosidad científica. Y es que la vida, en iniciales estadios microbianos, puede surgir donde no la imaginábamos. Como Venus.    

lunes, 14 de septiembre de 2020

Desunión latinoamericana

Todos los países de América Latina tienen que afrontar una disyuntiva estratégica en su relación con el todopoderoso vecino del norte, independientemente del tamaño, capacidad económica o ideología política de cada uno de ellos. Ante la inalterable voluntad de EE UU por mantener, cuando no reforzar, su hegemonía en el continente, los países latinos de América no tienen más remedio que apostar por alguna de estas dos posturas: o se alinean con los intereses de la Gran Potencia, sean cuales sean estos en cada coyuntura histórica, o se resisten a su afán imperialista y adoptan un camino propio, más o menos independiente, en defensa de sus particulares intereses nacionales, regionales e internacionales, lo que no evitaría seguir sometidos a la vigilancia, control y presiones del Gobierno norteamericano. No es fácil tomar ninguna decisión de esta alternativa.

Y no es fácil porque la interrelación y dependencia de estas naciones latinoamericanas, en los planos económico, político, comercial, militar e incluso social (migraciones), con EE UU es enorme y difícilmente esquivable, aún menos sustituible. Incluso, la viabilidad como Estado en alguno de ellos ha sido posible, no sólo al empeño de su población por constituirse en entidad soberana, sino a la aquiescencia o interés -o desinterés- de EE UU en favorecerlo. Ejemplos pueden ser Puerto Rico y Panamá, modelos distintos de naciones surgidas con el patrocinio yankie, al “apoyar”, en un caso, su independencia de la España descubridora (y alcanzar algo intermedio entre colonia y plena soberanía: el Estado Libre Asociado) o, en otro caso, “proteger” su construcción nacional (Tratado Mallarino-Bidlack), a cambio de obtener la cesión, administración y defensa del istmo estratégico que une los océanos Atlántico y Pacífico, mediante un canal construido y controlado militarmente -en “garantía de su neutralidad”- por United States of America (USA), naturalmente.

En todos los casos, se trata de relaciones asimétricas y desequilibradas entre una superpotencia y una serie de naciones apenas relevantes que sólo aspiran a no ser engullidas y utilizadas como marionetas por el poderoso coloso del Norte. Un temor latinoamericano y una tentación norteamericana que quedaron expresamente de manifiesto cuando el presidente James Monroe declaró, en 1823, que el continente quedaba fuera del ámbito colonizador de Europa. Es decir, que consideraba a toda América (de norte a sur) solar de exclusiva incumbencia norteamericana, enunciando aquello de “América para los americanos”. Y lo ha demostrado. Desde entonces, EE UU se ha portado con sus vecinos continentales según convenía a sus intereses, dispuesta siempre a intervenir o invadir cualquier país, injerirse en sus asuntos internos (fundamentalmente económicos) o asir los hilos desde la distancia de cuantas guerras, revoluciones, dictaduras y democracias han germinado en esa región del mundo.

El “ojo vigilante” de USA siempre está al acecho detrás de la nuca de los países latinoamericanos. Y sus “marines”, la CIA o las grandes corporaciones transnacionales han sido los instrumentos habituales con los que EE UU ha determinado el destino de cada uno de ellos. Es prolijo, al respecto, el número de invasiones militares (México, Cuba, Haití, Nicaragua, Panamá, Honduras, isla de Grenada, etc.), golpes de estado (Guatemala, Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay, El Salvador, Brasil, Venezuela, Perú, República Dominicana, etc.) o expolios comerciales (United Fruit Company, Texaco, Chase Manhattan Bank, ITT, etc.) que evidencian la inalterable voluntad hegemonista y hasta imperialista de EE UU en el continente americano.

Viene esto a cuento porque, en la actualidad, tales relaciones desequilibradas siguen practicándose, siempre a favor del vecino del Norte. A pesar del anuncio de Barack Obama de no intervenir en los asuntos de América Latina, expresado en la Cumbre de las Américas de 2015, su sucesor en el cargo retoma las amenazas, las presiones y las injerencias en los asuntos latinoamericanos. Y no me refiero ni a Cuba ni a Venezuela, verdaderos “granos” heréticos en el zapato USA, sino al asalto “yankie” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuya presidencia, puesto reservado tradicionalmente durante 60 años a un latinoamericano, acaba de conquistar el candidato seleccionado por Donald Trump, recurriendo a los “apoyos” de sus aliados en la región. No se trata de un hecho baladí ni de una jugada intrascendente. El BID es el principal recurso de financiación para los países de la zona y quien lo dirige establece la orientación de sus inversiones crediticias, fundamentales para el desarrollo regional.

Que, otra vez, consiga EE UU, saltándose normas y equilibrios históricos de la institución, doblegar a su antojo el funcionamiento de tan relevante instrumento financiero regional, es una muestra de su intromisión en los asuntos económicos del área latinoamericana. Es preocupante el interés y la voluntad mostrados por EE UU en controlar un órgano que debe estar enfocado a la atención de las necesidades de inversión y desarrollo de unos países en los que la pobreza y la carencia de infraestructuras lastran su economía. Y, lo que es peor, genera todo tipo de sospechas el hombre de confianza impuesto por Trump, casi en los últimos minutos de su mandato -si no resulta reelegido-, debido a las múltiples pruebas que ha exhibido su Administración en utilizar las instituciones como un arma política, cuando no de socavarlas, desnaturalizarlas o asfixiarlas financieramente (UNESCO, OMC, Pacto el Clima, Consejo de Derechos Humanos de la ONU, OMS, etc.), para la confrontación mundial y la defensa a ultranza de los exclusivos intereses de EE UU y su política proteccionista, aislacionista y unilateralista. Y ello será posible gracias a los votos de una América Latina dividida y desarticulada que no es capaz de mantener un proyecto propio ni una visión conjunta como ente regional no supeditado a los dictados de EE UU.

Es cierto que un número significativo de países latinoamericanos es vulnerable y dependiente de la política comercial y económica de EE UU, puesto que a su mercado dirigen el grueso de sus exportaciones. Pero olvidan o abandonan el propio comercio interregional, al que dedican escasamente el 15 por ciento de sus productos. Ahí radica la fortaleza intervencionista de EE UU. Una fortaleza que también se basa en la debilidad “atomizada” de unos “socios” que no logran articular una mayor integración y convergencia regional que les permita enfrentarse unidos, de “igual a igual”, con el poderoso vecino del Norte.  

Es triste, por tanto, que esta oportunidad de reforzar una posición conjunta haya sido desaprovechada, una vez más, al acatar y facilitar la voluntad norteamericana de controlar también el BID.  Es sumamente triste porque, aparte de las imposiciones comerciales, económicas, ideológicas, defensivas, sociales y culturales que ya sufre, ahora Hispanoamérica soportará, además, la intromisión USA en la administración de la entidad sobre la que pivota el desarrollo, el crecimiento y el progreso de toda la América hispana en su conjunto. Y todo por culpa de esa incomprensible e inalterable desunión latinoamericana. Y así les va.