martes, 22 de mayo de 2018

El “chalet” de Podemos


Que la política es más de “clichés” que de argumentos, más escaparate que contenido o, si lo prefieren, más pragmatismo que ideología, es algo de sobra conocido hasta por el más iluso e ingenuo de los ciudadanos, sea votante o abstencionista. Son pocos, muy pocos los que creen a pie juntillas las afirmaciones y promesas de los políticos, como también son contados los que leen los programas electorales de los partidos y confían candorosamente en su cumplimiento. Tal actitud, nacida del recelo, es un “prejuicio” que se manifiesta con la expresión, cada vez más extendida, de que los políticos “son todos iguales”, aunque algunos sean más iguales que otros. Lo malo es que este prejuicio no es fruto sólo de la intuición y la desconfianza sino que se alimenta de la experiencia y las frustraciones que depara la gestión política, presa siempre de lo posible. Y por si hubiera alguna duda, ha venido ahora Podemos a confirmar este aserto que, a la larga, provoca desafección en los ciudadanos.

Podemos era la última promesa partidaria, como formación emergente de nuevo cuño en la izquierda del espectro ideológico, que supuestamente iba a depurar la vieja política de hipócritas y fariseos que simplemente parasitan el erario público, pendientes antes de su bienestar personal que del interés general de la población, mediante el ejercicio “profesional” de la política, en cargos orgánicos o institucionales, de por vida. Prometían en Podemos, partido nacido al calor de las manifestaciones del 15M del año 2011 y de aquella “indignación” exteriorizada por los ciudadanos, luchar contra la “casta”, término con el que aludían a la clase política instalada en un bipartidismo que se alternaba en el Gobierno y que había surgido del sistema clientelar heredado de la Transición. A los dirigentes podemitas, jóvenes de extracción universitaria que pululaban la izquierda desde atriles académicos, se les llenaba la boca con promesas de que jamás cometerían los mismos “pecados” que esos indignos políticos de la “casta”, ni participarían en la trama de intereses cruzados que enreda la política con la economía y las elites y maniata su actividad, haciéndola comulgar con objetivos espurios. Aseguraban convencidos que, debido a su entrega y compromiso con la gente común, serían fácilmente identificables hasta por su indumentaria, puesto que su conducta personal y su quehacer político no se apartarían nunca de los de “abajo”, de la gente de la que decían proceder: en definitiva, del “pueblo”, ese ente indeterminado de colectividades, parecido al Volksgeist romántico, que sólo ellos serían capaces de representar con fidelidad, honestidad y lealtad. Y, de hecho, a Podemos le ha ido muy bien porque con ese discurso, en sólo siete años y sin experiencia previa, ha recorrido el camino que a otros ha supuesto décadas para acceder a los aledaños del poder y conseguir capacidad de influencia social y de modificación de la realidad. Así, partiendo de la nada, Podemos ha conseguido ser, hoy, la tercera fuerza política del país, y a punto está de alzarse con la segunda, si ellos mismos no se traicionan.

Pero ha bastado un “chalet” para que esa imagen idealizada de partido transversal de inmaculada pureza se vaya al garete. El icónico “chalet”, símbolo de clase media acomodada del desarrollismo y signo externo de una burguesía clasista y en connivencia con el “sistema”, ha dado la puntilla a una organización política tal vez novedosa en su forma (inscritos, círculos, etc.), pero contaminada con demasiados “tics” que recuerdan el culto al líder, el dirigismo asambleario, la cooptación orgánica entre afines y familiares y, ahora, esa tendencia hacia los mismos apetitos materiales y clasistas de cualquier pudiente del capitalismo o… del comunismo más rancio. El chalet del imaginario popular, con el que sueña todo españolito, ha destruido la laboriosa construcción de imagen en Podemos, tan dado a los golpes visuales de efecto o las performances mediáticas. Y también ha bajado del pedestal a su líder, el carismático Pablo Iglesias.  

El profesor Iglesias, secretario general del partido y líder indiscutido, e Irene Montero, su compañera sentimental y portavoz del grupo parlamentario en el Congreso, anunciaron ante la prensa, antes de que se descubriera, la compra de un chalet de más de 250 metros cuadrados, construido sobre una parcela de 2.000 metros cuadrados, con piscina y casa de invitados, en Galapagar, una elegante urbanización a las afueras de Madrid. Aclararon que, para poder adquirir esa casa de campo, valorada en más de 600.000 euros (100 millones de las antiguas pesetas), habían suscrito un préstamo hipotecario de 540.000 euros, por el que abonarían unas mensualidades de 1.600 euros  durante treinta años, deuda a la que harían frente gracias a sus respectivas solvencias económicas. Subrayaron, incluso, a modo de justificación, que adquirían esa propiedad para desarrollar un proyecto de vida en común ante la próxima llegada de los hijos que espera la pareja. Sin embargo, todos esos pormenores de la operación no ocultan, a pesar de su aparente transparencia, el conflicto surgido en el maridaje de las convicciones con los hechos o, como comenta cualquier “desencantado” en la barra de un bar, la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
 
De inmediato, les han llovido las críticas, fundamentalmente por ser ellos los adalides de la humildad, el desinterés material y la entrega generosa y sin ambiciones a la “cosa pública”. Nadie discute el derecho de esta pareja de políticos a acceder a la vivienda que les apetezca y pueda costearse, así como de buscar el ambiente más idóneo, a su juicio, para la crianza de sus futuros hijos. Son anhelos que todos los españoles comparten, pero que una gran parte de los mismos no puede alcanzar por las dificultades de la vida. Dificultades que, precisamente, estos políticos decían combatir desde su voluntaria alineación con los más necesitados y su renuncia a los privilegios que caracteriza a las clases acomodadas que tanto han denostado en sus intervenciones. De ahí el impacto de la noticia y la polémica que ha desatado, no sólo entre los inscritos (afiliados) de Podemos, sino entre la ciudadanía, en general, y sus oponentes políticos, en particular. Y para hacer frente a tales críticas, la formación que dirigen ha convocado una consulta para que sean las bases las que decidan, a través del voto telemático, si el secretario general y la portavoz deben dejar sus cargos a causa de este asunto. Será la primera vez que un asunto personal se dilucida en Podemos como una cuestión estratégica que afecta al conjunto de la sociedad. Mal precedente para la moral política, condicionada al sufragio.

Pero pésima solución para esquivar un problema. Porque lo que se cuestiona no es el derecho de Iglesias y Montero a la propiedad y ser dueños de un chalet, sino la contradicción de un posicionamiento ideológico que deplora ese enriquecimiento patrimonial, legítimo en los que puedan permitírselo, con la conducta personal de unos líderes que no hacen asco a lo que antes les ofendía, el lujo y la ostentación obtenidos, no mediante el robo y la corrupción –que no es el caso, gracias a Dios-, sino por la desigualdad de oportunidades de una sociedad injusta, en la que las condiciones de origen favorecen a unos pocos y perjudican a la mayoría. Justamente, lo que estos líderes prometían erradicar con su forma de proceder y con las políticas que propugnaba su formación. Se critica la falta de coherencia entre la teoría y la praxis de lo que se predica y la hipocresía manifiesta que practican estos supuestos profetas de la moralidad pública y la austeridad personal en pos de la felicidad y el bienestar colectivos.

Pero, por la forma de reaccionar ante unas críticas que resulta increíble no hayan previsto, hay que señalar que las mismas no forman parte de una caza de brujas ni de ninguna campaña de acoso contra unos dirigentes afortunados que tienen la posibilidad de vivir dignamente. Se trata, simplemente, de dilucidar el grado de credibilidad y la confianza que merece una formación en la que han aflorado “irregularidades” y comportamientos contrarios a su propio ideario y a los criterios éticos de los que hacían alarde. Porque el tufo elitista del chalet de Iglesias y Montero no es un detalle puntual y aislado en Podemos, sino la gota que podría colmar el vaso de tolerancia de sus seguidores frente a la desfachatez y la sinvergonzonería. El chalet de pequeño-burgués de estos líderes privilegiados se suma las irregularidades de Monedero con Hacienda a la hora de declarar sus ingresos, a las “facilidades” contractuales concedidas a Errejón para realizar un trabajo remunerado de investigación para la Universidad de Málaga y hasta la multa a Echenique por la contratación irregular de su asistente doméstica. Todo este rosario de indicios sobre conductas improcedentes entre los líderes de Podemos es sintomático de algo mucho más grave y peligroso: de un engaño premeditado y continuado a los ciudadanos, en general, y a sus votantes, en particular.

Juzgar con una votación la honestidad, la coherencia y la credibilidad que demuestran Montero e Iglesias al adquirir una casa de lujo, después de las soflamas acusatorias que han dirigido a los detentadores de tales signos de riqueza, aunque esa riqueza se haya obtenido por medios legítimos y legales en una sociedad capitalista como la nuestra, resulta ridículo y causa sonrojo. Sus contradicciones no las resuelve una votación ya convenientemente aleccionada desde la cúpula, sino que se asumen de manera individual. Es cuestión sólo de reconocer el error y dimitir, sin hacer recaer la decisión en nadie. Pero si lo que se pretende es esquivar la responsabilidad para seguir aconsejando lo que no se es capaz de hacer, nada mejor que aparentar dignidad ofendida y montar otro espectáculo de “democracia” directa a través de las redes sociales. Es el mismo método de aquellas votaciones asamblearias, ahora on line, que tanto gustan a los dirigentes que se creen providenciales. Y todo por un chalet.     

domingo, 20 de mayo de 2018

El parque de Sevilla

Estos días de sol por las mañanas y tardes de lluvia dan lugar a que el aire sea límpido y la masa vegetal de la ciudad exhiba su mayor esplendor, coincidiendo, además, con la floración primaveral que engalana de color plantas y arbustos. Pero donde mejor se aprecia la plenitud de vida y belleza vegetal es en el parque de Sevilla, el parque por antonomasia de la ciudad y que generaciones de sevillanos han conocido de siempre: el Parque de María Luisa.

Visitar este parque es descubrir en cada ocasión rincones nuevos o remozados, perspectivas inéditas e imágenes sorprendentes que antes habían pasado desapercibidos. Y en estos momentos, en que se suceden días  de sol y lluvia, el parque luce sus mejores galas en paseos, jardines y parterres, en los que la sombra de árboles enormes que bordean los caminos, matorrales que densifican el paisaje y  plantas que cubren el suelo con una alfombra verde y fresca, hacen que el Parque de María Luisa rebose de una vitalidad y un esplendor que cautivan los sentidos. Volver a recorrerlo es recordar tiempos felices de la niñez o la juventud que, ahora, cuando nuestros ojos emocionados constatan la magnitud de aquel vergel, apreciamos como auténtico privilegio poder disfrutar siempre del Parque de María Luisa, el parque de Sevilla.

Foto: Elena Guerrero




viernes, 18 de mayo de 2018

Las manos ensangrentadas de Israel


El pueblo judío, víctima del Holocausto en tiempos de Hitler, no puede sentirse orgulloso ni representado por las autoridades que gobiernan su país cuando, con sus actos, éstas mancillan una memoria de persecución y muerte al hacer valer la fortaleza de un Estado intransigente, soberbio hasta la desobediencia de la legalidad internacional y proclive a emplear una violencia excesiva y desproporcionada. El Gobierno del Estado judío ya no se acuerda de su pasado y es incapaz de mostrar misericordia hacia otro pueblo, uno más, empujado al destierro y la miseria. Hoy, Israel se comporta como un verdugo cuando expulsa a los palestinos de sus tierras y los acorrala en espacios cada vez más reducidos en Gaza y Cisjordania, bajo su control absoluto como fuerza ocupante, sin hacer ascos al asesinato de civiles desarmados que se manifiestan, con toda la razón del mundo, contra tanta opresión, y que lo hacen, para que no se olvide, con ocasión del 70º aniversario de aquella “catástrofe” que los expulsó al exilio, a padecer otra diáspora de mucha menor magnitud que la judía, pero igual de injusta e inaceptable.

Ese Estado soberbio, intransigente y cruel es el actual Israel, creado hace 70 años para que los judíos tuvieran una nación y regresaran a sus casas, teniendo que convivir para ello con el pueblo palestino, con el que está obligado a compartir territorio y con el que se niega acordar la solución más sensata de los dos Estados, ambos soberanos, democráticos e independientes, pero en pacífica y fraternal relación, dentro de los límites establecidos por la legalidad internacional. Los palestinos, superados ya los tiempos del enfrentamiento visceral entre el terrorismo de Al Fatah y los comandos projudíos que perpetraban masacres como las de Sabra y Chatila, reconocen al Estado de Israel y su derecho a coexistir en la zona, respetando las fronteras de 1967 y otras resoluciones de la ONU, lo que no les exime de ver cómo sus límites territoriales menguan y son sellados con muros infranqueables, donde permanecen confinados y sometidos a la infiltración continua de colonias judías que intentan colonizar la totalidad de lo que ya son meras “reservas” de palestinos..

El pueblo judío, ayer víctima del odio criminal nazi, tiene hoy las manos ensangrentadas, por culpa del gobierno sionista, a causa de la muerte de palestinos inocentes a los que el Ejército israelí reprime con balas y munición de guerra, provocando verdaderos baños de sangre. Unos asesinatos de civiles que no tienen justificación ni excusa, como denuncian Nicolay Mladenov, coordinador especial de la ONU para el proceso de Paz de Oriente Próximo, y el expresidente de la Kneset (Parlamento hebrero), Avraham Burg. A tales denuncias se añade la del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, quien recuerda que “querer saltar o dañar una valla fronteriza no justifica el uso de munición letal.” También en la sociedad israelí existen colectivos que expresan su rechazo a la actuación militar en Gaza, como es el caso de los integrantes de Meretz (izquierda pacifista), el de muchos intelectuales disconformes con su Gobierno, los miembros de la mayoría de las ONG y miles de ciudadanos judíos que no han perdido la memoria ni la sensibilidad con las que reclamar medidas menos drásticas y violentas, en la búsqueda de la paz y la concordia mediante el diálogo y el mutuo respeto, a ambos pueblos condenados a entenderse.

Porque no es con violencia y provocaciones, como gustan al Gobierno sionista de Israel y a sus aliados y poderosos protectores, como podrá alcanzarse algún día la solución del conflicto palestino-israelí. Con esa soberbia que tiende al uso de la violencia expeditiva, ni con la intransigencia que impone condiciones humillantes a la parte débil de los contendientes y que basa toda negociación a la aceptación de hechos consumados con ilegalidad y abuso, se podrá jamás conseguir ni imponer la pacificación de una región ya de por sí extremadamente delicada y explosiva, en la que confluyen intereses locales y geoestratégicos. No son la fuerza y la violencia ninguna solución, por muy poderoso que sea o se sienta Israel ni por muchos y formidables apoyos que disponga.

Israel ha desperdiciado una gran oportunidad para una paz estable y verdadera al desaprovechar la conmemoración del 70º aniversario de su creación para invitar a las autoridades palestinas a negociar en serio y con sinceridad sobre la viabilidad en la coexistencia de los dos Estados. Es verdad que hay otros asuntos que se han de abordar en esa negociación, como son el estatus de la ciudad de Jerusalén, la devolución de los territorios ocupados y el derecho al retorno de los palestinos expulsados, respetando la legalidad internacional y las resoluciones de la ONU. Son temas espinosos pero susceptibles al acuerdo, si se abordan con buena voluntad y empatía entre las partes.

Pero tal cosa es, precisamente, lo que falta. Y sobra soberbia. La que prefiere Israel para hacer uso de una violencia desorbitada y continuar con las provocaciones, contando con las bendiciones del ignorante Trump, el ínclito presidente norteamericano incapaz de tener un proyecto propio para Oriente Próximo. El presidente norteamericano y el israelí festejaron el 70º aniversario del Estado hebreo con el traslado de la embajada USA desde Tel Aviv a Jerusalén, una provocación que consagra la ocupación de una ciudad simbólica para convertirla, de manera unilateral y por la fuerza, en capital del país judío, y una afrenta más a los palestinos, que se manifestaron en contra de tantos atropellos en lo que ha sido la peor jornada desde que comenzaron las manifestaciones, hace siete semanas, para celebrar la Nakba (Catástrofe), fecha del éxodo palestino hacia el exilio por haber sido expulsados de sus tierras..Esa protesta, que dejó un balance de 60 muertos y miles de heridos, todos a manos del Ejército israelí, que no sufrió ninguna baja, ha sido la peor jornada desde la última guerra de la Intifada. Netahyahu y Trump se muestran exultantes por el éxito de sus políticas intransigentes, soberbias y violentas.

Con las muertes del viernes pasado hemos perdido la cuenta. Queríamos llevar en este blog la contabilidad de las víctimas gazatíes abatidas por los francotiradores del Ejército israelí, cumpliendo órdenes de su Gobierno, pero hemos perdido el número de hombres, mujeres y niños asesinados impunemente por exigir el derecho al retorno a sus hogares y el respeto a las leyes internacionales que delimitaron las fronteras entre dos países, Palestina e Israel, para que esos pueblos puedan convivir en la que había sido la tierra de sus antepasados, de ambos. Israel, como suele, prefirió comportarse como matón y ser verdugo de una masacre de palestinos civiles e inocentes, ignorando y vilipendiando su propia memoria, la memoria del pueblo judío, sin que nadie le exija responsabilidades ni lo obligue a respetar la ley.

Quien podría hacerlo, se suma a su jolgorio. Y admite sus argumentos de que, en realidad, luchan contra terroristas en vez de contra una población desesperada, atrapada en refugios, exiliada y olvidada por todos en territorios constreñidos, donde el paro alcanza la cota más elevada del mundo y las carencias son la regla para todo, para lo básico y lo primordial. Israel combate letalmente contra un pueblo que no ceja en reclamar lo que es suyo y del que menosprecia, con las balas y gases lacrimógenos, aquella dignidad que exige para sí, para el pueblo judío. Ya hemos perdido la cuenta, porque son más de una centena los muertos y miles los heridos que tiñen de sangre las manos de Israel. Y esta carnicería algún día, tendrá que acabar.