martes, 16 de enero de 2018

Supertrump

Hace exactamente un año que Donald Trump pronunció su discurso de inauguración como presidente de Estados Unidos de América, dando comienzo, así, al mandato más desconcertante y preocupante de cuantas Administraciones se han sucedido en la Casa Blanca. Lo que parecía imposible se convirtió realidad ante la sorpresa de los incrédulos: un perfecto outsider de la política, sin ninguna experiencia previa ni como simple concejal de alguna ciudad perdida en el mapa, ignorante pero fanfarrón, vencía incomprensiblemente a la antipática, pero sobradamente preparada, Hillary Clinton en las últimas elecciones presidenciales de aquel país. Un magnate de los negocios, especulador y narcisista, tan hortera como rico, accedía contra todo pronóstico a gobernar el país más poderoso del planeta, la primera potencia mundial, gracias a su habilidad mediática, sus twitts viscerales y unos mensajes tan ramplones como extremistas. La demagogia ultraconservadora como programa y una crisis económica que había afectado a la “américa profunda” fueron sus recursos, aparte de la desfachatez y las mentiras como armas dialécticas, para conquistar a un electorado deseoso de que le solucionen sus problemas de un plumazo. Y eso fue, precisamente, lo que prometió a sus votantes un presidente que aspira ser el Supermán del pueblo norteamerícano: un ser providencial que, sin cuestionar el sistema, les saca siempre las castañas del fuego. No es un ave, tampoco un avión: es Supertrump, el fantástico héroe “aflequillado” que defiende América firts, o mejor, only. Y, la verdad, es que ambos personajes, de ficción y el real, comparten el mismo estereotipo, se parecen mucho, y no precisamente para bien.

Es fácil hacer la comparación, siguiendo la descripción del mito de cómic que hace Carlos García Gual en su Diccionario de Mitos (Turner Publicaciones), en la reciente edición especial conmemorativa del veinte aniversario de la primera publicación de la obra. Veámoslo.

Ambos son fruto de la mentalidad simplista y elemental del norteamericano medio, devorador de televisión, hamburguesas y colas, y poco dado a la lectura extensa, los informes largos o los ensayos profundos. Ni a Supermán ni Trump se les conoce con un libro entre las manos, meditando con denuedo lo que hacer sino actuando por impulsos, presentimientos o prejuicios, sin perder el tiempo y al instante, como corresponde a los superpoderes de uno y la actitud enérgica del otro. Los dos están convencidos de que los problemas los causan los demás, nunca los propios, porque los malos son siempre los otros, los que abusan de la prosperidad y la generosidad que les brinda el país. Por eso Supermán vigila y protege exclusivamente Metrópolis, analogía de Nueva York y, por ende, de América. Como Trump, que emerge dispuesto a convertir a “América grande de nuevo”, aunque para ello tenga que expulsar a todos los inmigrantes desafortunados, blindar las fronteras con muros altos infranqueables y negar la entrada a los nacionales de países musulmanes o empobrecidos, mantengan o no conflictos con USA. No pueden ocultar, así, un claro desprecio hacia los débiles y las minorías, excrecencias de la sociedad perfecta que anhelan conseguir con sus desvelos y entregas extraordinarios. Y con esa exacerbada autoestima que comparten, creen poseer la solución definitiva a todas las amenazas y peligros a los que se enfrenta su nación en un mundo plagado de tiranos y villanos deleznables y envidiosos. Son conservadores, patrioteros, supremacistas y antirrevolucionarios como corresponde a los ultranacionalistas fanáticos, imbuidos de una nostalgia imperial a la que el resto del planeta rendía vasallaje.

La simbiosis de ambos, Supertrump, muestra un carácter aparentemente afable pero inestable, con explosiones de ira cuando le contradicen o no respetan sus manías, cual niño grande, maleducado y caprichoso. Suele buscar refugio en la soledad, lejos de sus aduladores y críticos, ya sea en una base secreta del ártico o en un dormitorio que no comparte ni con su esposa, encerrado consigo mismo. Y exhibe un ego desmedido que exige ser reconocido y admirado constantemente, que le induce a anunciarse a sí mismo con esa “S” en el pecho y capa de su uniforme o la “T”, cuando no el apellido completo, en los edificios que construye. Todo ha de girar entorno suyo, el mundo entero ha de asumir su formidable genialidad. Pero oculta una doble vida y algunas debilidades, disfrazándose de lo que no es, aparentando una feliz vida familiar o negando relaciones turbias y escarceos sexuales con mujeres explosivas, siempre dispuestas a satisfacer al poderoso. Así es Supertrump, el Supermán de este tiempo para los infantiles ojos de muchos norteamericanos y algún que otro delirante europeo que pretende emularlo.

sábado, 13 de enero de 2018

Contusiones en el alma


Cuando tuvo el accidente, el abuelo padeció lo insufrible, no por el dolor propio de unas contusiones que dejaron el rastro en su piel de algunos hematomas, sino por el daño injusto que ocasionó a su nieta, sentada sobre él en aquel taburete tabernario. Inexplicablemente, una caída fortuita los precipitó contra el suelo, sin tiempo ni para desenredar los pies de entre las patas de la alta silla ni para pedir ayuda a los que los rodeaban. Durante ese segundo fatídico, que le pareció una eternidad, intentó girarse en el aire para no aplastar con su peso a la niña, estrellándose de costado y con ella a su lado. El abuelo sufrió contusiones, pero su nieta se partió un hueso de la pierna y fue necesario operarla. Cada vez que la ve con su extremidad escayolada, un dolor punzante e insoportable le mortifica desde las entrañas. Son las contusiones del alma por un accidente del que se siente culpable. ¡Cosas del abuelo!

jueves, 11 de enero de 2018

El “muro” europeo

Ahora que Estados Unidos, por obra y gracia de su engreído presidente aporofóbico, expulsa a los inmigrantes sin recursos o musulmanes (no a los jeques árabes) y pretende levantar un muro a lo largo de su frontera con México (no con Canadá), Europa también quiere “blindar” su flanco sur, el de un mar Mediterráneo más mortífero que cualquier muro con alambradas de púas, para evitar el flujo de migrantes que huyen de la pobreza o las guerras del continente africano y llegan a nuestras costas en busca de alguna esperanza que no hallan en sus países. Al parecer, el “problema” que representan esos inmigrantes desesperados, que se juegan la vida en frágiles balsas y precarios botes de madera (pateras) para cruzar un mar que no deja de cobrarse un precio en naufragios y muertes en casi cada tentativa, pone en peligro el “orden” sociológico y la “estabilidad” cultural y económica de Europa, la nueva tierra de promisión y oportunidades que queda en el mundo.

Los países ribereños del Mediterráneo solicitan más medios y políticas de extranjería eficaces, consensuadas y apoyadas por la Unión Europea (UE) en su conjunto, que sirvan para frenar el descontrol migratorio y la presión que soportan los estados fronterizos con África y Oriente Próximo. Argumentan que el sólo esfuerzo nacional de cada uno de ellos es insuficiente para afrontar el fenómeno de la inmigración hacia Europa y que la gestión coordinada en conjunto redundaría en beneficio de toda la UE. Y para ello se necesitan recursos y una legislación común, en cuestión de asilo, readmisión, expulsiones y convenios de ámbito comunitario con los países de origen, que hagan posible la vigilancia, la seguridad y la protección de esa frontera sur con mayor eficacia (impermeabilizarla), a fin de prevenir y, en su caso, evitar o reducir tales flujos migratorios.
 
En definitiva, pretenden construir un “muro” a lo largo de la costa mediterránea de Europa y con tal fin se reúnen desde hace años un grupo de países, formado por Portugal, España, Francia, Italia, Malta, Grecia y Chipre, que son conscientes de ser las “puertas” de una frontera por la que se cuelan los inmigrantes “sin papeles”. Están dispuestos a combatir y limar los intereses contrapuestos existentes en el seno de la UE que impiden, hasta la fecha, la obtención de resultados más provechosos, aun cuando la crisis migratoria ha descendido en los últimos tiempos y se ha reducido considerablemente la presión que sufría Italia, Grecia y España en sus costas por las continuas avalanchas de refugiados e inmigrantes que desataron una respuesta populista y xenófoba, convenientemente espoleada por algunos partidos radicales, en muchos países del Viejo Continente. Existen, por tanto, razones políticas (frenar los populismos racistas) y económicas (el control fronterizo es costoso de asumir por cada país en solitario) en la solicitud de estos países ribereños por una mayor implicación y el compromiso del conjunto de la UE con las políticas de migración y de protección del flanco sur de Europa.

Sin embargo, aunque se aluda a la lucha contra las mafias que se enriquecen con la migración ilegal y se reclame generosidad y cooperación con los países africanos, no sólo para paliar las causas que empujan a sus nacionales a jugarse la vida en el mar, sino también –y sobretodo- para alcanzar acuerdos de readmisión de los inmigrantes rechazados, la pretensión de este grupo de países –y de Europa- resulta hipócrita e insolidaria con la violencia, las injusticias y las calamidades que padecen la mayoría de esos inmigrantes y refugiados, seres también dignos de ser amparados por los Derechos Humanos que Europa dice respetar escrupulosamente, pero que les niega cada vez que los expulsa “en caliente” desde la misma frontera (deportaciones ilegales) o cuando no les concede el asilo que solicitan. Y es que, obsesionados con nuestra “defensa” fronteriza y buscando la “estabilidad” de nuestras sociedades, olvidamos a veces que los inmigrantes son seres humanos amparados por los mismos Derechos Humanos que nos asisten y no se les puede considerar ni delincuentes ni agentes “perturbadores” de nuestra identidad cultural o confortabilidad económica. No constituyen ninguna amenaza para nuestras libertades ni una merma de nuestros derechos, aunque sí una exigencia de nuestras obligaciones morales, cívicas y legales. Porque con el subterfugio de una más estricta regulación fronteriza, estas políticas europeas de control de la migración violan los Derechos Humanos de los inmigrantes (recuérdese el acuerdo vergonzante con Turquía). Tanto es así que hasta el propio Comisionado para los Derechos Humanos del Consejo de Europa ha instado a los países miembros a priorizar la integración de los migrantes y asegurar su efectiva protección contra la discriminación, evitando las expresiones de racismo y xenofobia.

Es por ello que hay que evitar la tentación de justificar políticas de mayor rigor e impermeabilización de las fronteras sobre la base de una supuesta seguridad y una mejor defensa de nuestras sociedades. Implícitamente se está justificando la exclusión del “otro”, del que es diferente –por su cultura, raza, religión o costumbres- de nosotros. Una tendencia que prolifera desgraciadamente en la actualidad y que provoca la utilización de discursos xenófobos, cuando no directamente racistas. De ahí el recelo a unas iniciativas que nacen más bien del miedo y el rechazo al otro. Entre otros motivos, porque poner “puertas al mar” e impedir los flujos migratorios no combate el discurso del odio, sino que lo justifica y lo dota de sentido, exacerbando esos nacionalismos cuyo componente identitario, más abstracto que real, se basa en la diferencia y la exclusión de los demás, del otro. Algo contrario, por lo demás, al concepto mismo de democracia, la cual, según Derrida*, no puede darse sin respeto a la diferencia y sin atención a la singularidad.

Ni Trump con sus muros y expulsiones ni Europa con sus políticas de rigor fronterizo podrán impedir nunca que los desfavorecidos por su lugar de nacimiento intenten atravesar, legal o ilegalmente, cuantos obstáculos encuentren en pos de un ideal de justicia y prosperidad. Les impulsa, como a todo ser humano, un ideal de felicidad que, como señala Zygmund Bauman* en La sociedad sitiada, “hace que el sufrimiento sea imperdonable, que el dolor sea una ofensa y la humillación sea un crimen contra la Humanidad”.
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* Citados en "Los discursos del odio", de Domingo Fernández Agis, en Claves de Razón Práctica, nº 256, enero/febrero 2018, págs. 68 a 77