jueves, 19 de octubre de 2017

De repente, otoño


Aunque astronómicamente comenzó en septiembre pasado, no fue hasta hace dos días que el otoño hizo acto de presencia en España. Y lo hizo de manera súbita, haciéndonos pasar, de un día para otro, de un veranillo extemporáneo, que la gente aprovechaba para prolongar los paseos por la playa, a jornadas tormentosas que causaban inundaciones, granizadas y el desplome de las temperaturas. En las cumbres más altas se aposentaron las primeras nieves y los campos sedientos, que mantenían a los agricultores mirando al cielo cada mañana, sintieron el alivio de un agua que alejaba el fantasma de la sequía. Climatológicamente, el cambio fue repentino y drástico, sin ninguna transición que graduara la sustitución de las prendas veraniegas por las de abrigo. De los ventiladores a la caricia tierna de las sábanas para conciliar el sueño, haciéndonos buscar ese calor grato de una compañía de cama y secretos. Y es que, de repente, el otoño vino a ocupar su espacio e imponer su tiempo, tal vez molesto por el retraso de su llegada y la bondad transparente de los cielos. De repente, tras hacerse desear, se nos ha caído encima el otoño, dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Ya era hora.

miércoles, 18 de octubre de 2017

No es país para provocadores

Los grandes estandartes del columnismo mundial –o, al menos, eso se creen ellos-, aquellos que han adquirido su sabiduría directamente de las fuentes originarias aunque jamás del academicismo aburrido y estéril de una Universidad, los que dominan la hermenéutica y las razones estratégicas y también, cómo no, esotéricas de todas las políticas mundiales, desde Rusia a la Tierra del Fuego pasando por Venezuela e Israel, han depositado sus ojos y sus afamadas plumas sobre los padecimientos que sufre la isla de Puerto Rico tras el paso del huracán María, que completó la tarea devastadora de Irma, otro ciclón que había asolado anteriormente la isla. Y han sentado cátedra, como cabía esperar, alineándose con los desaires del presidente de EE UU al Estado Libre Asociado que esperaba del mandatario, en vez de rollos de papel higiénico y críticas populistas, la misma consideración que le merece cualquier otro Estado de la Unión, como Virginia, Texas o Florida, a los que no les niega ayuda de emergencia para paliar los desastres que se ceban con ellos. Para estos oráculos iluminados desde la cómoda periferia que no exige acreditaciones ni títulos, Puerto Rico se merece lo que está soportando, no a causa del huracán, sino por culpa de su economía, totalmente en bancarrota y sin posibilidad de recuperación si no se le concede financiación, ya que fue despilfarrada por unos gobernantes corruptos entregados al sexo, drogas y rock and roll. No es de extrañar que hasta Paul Krugman titule así un comentario: “que coman papel de cocina”. Esa fue, precisamente, la imagen que transmitió Donald Trump de su visita fugaz a la isla. Con tales anteojeras, es fácil elaborar un comentario trufado de medias verdades y sectarismo, convenientemente adornado de impertinencias, ofensas y provocaciones, como gusta a estos genios de la columna de opinión que siempre acaban tildando de ignorantes a quienes no aplauden sus desvaríos. Utilizan cualquier asunto para librar sus batallitas ideológicas y estilísticas, pues no pueden vivir sin llamar la atención aun con exabruptos.

Las dificultades económicas de Puerto Rico no obedecen, según estos intelectuales del insulto escrito como servidumbre a las soflamas incendiarias de Trump, a la crisis financiera que hundió empresas, bancos y fondos de inversión en todo el mundo, empezando en el mismo EE UU, sino a la mala gestión de los puertorriqueños. Tampoco a las exigencias del imperio para que las exportaciones desde la “colonia” borinqueña se realicen obligatoriamente en medios de transporte estadounidenses, mucho más caros que los de la competencia, lo que representa un handicap para la competitividad de lo producido en la isla. Ni siquiera a los obstáculos para buscar financiación en el mercado libre a causa de los vetos federales. Para el presidente más insolente de EE UU y sus acólitos aduladores, nada de ello ha incrementado las dificultades a las que se enfrenta Puerto Rico en su recuperación. Por eso, la hermosa Perla del Caribe sufre en solitario y sin apenas ayuda los desastres de una naturaleza desatada y furiosa que arrasó sus infraestructuras. Sin agua y sin luz, con colegios cerrados, calles y autopistas rotas y las telecomunicaciones interrumpidas, los puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses desde hace cien años y que comparten pasaporte, moneda, ejército y lengua –junto al español- con el resto de la Unión, se enfrentan al desafío de volver a levantar y rehacer lo que era un vergel. Y no sólo natural, según calificación de hace unos años de la revista Finance Direct Investment, una publicación del diario británico Financial Times. Para ella, atendiendo al potencial económico, el costo de inversión, la mano de obra, la calidad de vida, las telecomunicaciones y el sistema de transporte, Puerto Rico era “el mejor país del futuro de la región del Caribe”. Sin embargo, hoy están solos, dejados a su aire y con la sensación de ser ciudadanos de segunda en un país, la mayor potencia del mundo, que les vuelve la espalda cuando debía mostrarse solidario y generoso, tal vez por las raíces hispanas y la endiablada defensa del idioma materno, que los puertorriqueños se niegan a dejar de hablar, y ese amor a su tierra y su cultura, del que no renuncian.

Los figurantes de la crítica mendaz y superficial ni siquiera contemplan, en su amargura claudicante, las fértiles relaciones de Puerto con España en épocas no tan lejanas, pero igual de opresivas, cuando podía dar asilo a los exiliados del fascismo español y acogía fraternalmente a poetas tan insignes y vulnerables como el Premio Nobel Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí, Pedro Salinas, cuyos restos reposan en el cementerio de San Juan, y Francisco Ayala, incluso filósofos como María Zambrano en su peregrinar por “la patria del exilio”, músicos de la talla de Joaquín Rodrigo y Pablo Casals, y tantos otros. Pedirle a Donald Trump que tenga memoria, como máximo mandatario de un país plural, es un esfuerzo inútil para su capacidad intelectual y bagaje cultural, pero exigírsela a quienes pretenden exhibir su sabiduría en los medios escritos es una obligación que no pueden eludir. Porque no todos los temas para sus columnas pueden ser tratados con displicencia y torticeramente, sino con respeto a la verdad y dignidad a las personas aludidas. Y es que Puerto Rico es un asunto mucho más serio e importante de lo que esos opinadores veleidosos y egotistas pueden concebir para sus chascarrillos seudoperiodísticos y escasamente literarios. Puerto Rico no es país ni materia para los provocadores de la prensa “facha” de Miami, aunque se escriba desde España. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Zarpazo sionista de Trump

Donald Trump, el ínclito presidente de EE UU, acaba de propinar un zarpazo, como de costumbre, a una de las organizaciones más loables del mundo: la UNESCO, la agencia de Naciones Unidas (ONU) que promueve y vela por la Educación, la Cultura y la Ciencia en todas las naciones del planeta. Para ello, Trump ha decidido suspender la contribución económica que EE UU presta a la organización porque considera que la UNESCO mantiene un sesgo antiisraelí y, en vez de atender su labor cultural, se dedica a hacer política, promoviendo programas, como señala un columnista conservador español, de “intervencionismo enemigo de las libertades”. El motivo real de la retirada norteamericana es la sospecha de que el organismo de la ONU abraza causas que chocan contra los intereses de Israel, como aquella decisión de la UNESCO de declarar la ciudad vieja de Hebrón, en la Cisjordania ocupada, “Patrimonio mundial palestino”. Como es notorio, Washington se opone a cualquier acuerdo de los organismos de la ONU que reconozca a Palestina como entidad estatal. De hecho, ya en 1984 Ronald Reagan decidió salir de la UNESCO bajo la excusa de corrupción y de tener simpatías pro-soviéticas. Incluso el antecesor de Trump en el cargo, Barack Obama, también ordenó durante su mandato congelar la financiación de la agencia después de que la UNESCO admitiera a Palestina como Estado miembro.

Y es que tanta “condescendencia” del organismo de la ONU con Palestina es intolerable para EE UU y para el “lobby” sionista que influye en la política norteamericana. El sionismo (político), que no el judaísmo (religión), impregna la visión del mundo y las relaciones internacionales de la Gran Potencia mundial, haciéndola compartir intereses y orientando su política exterior, en la actualidad, hacia la unilateralidad y el aislacionismo. Hay que tener en cuenta que estos “lobbies” pro-Israel gozan de gran predicamento en las Administraciones norteamericanas, fundamentalmente por su peso financiero y numérico en la sociedad estadounidense. Muchos de los líderes políticos y magnates norteamericanos son judíos y abiertamente favorables al sionismo. A ello hay que añadir, además, consideraciones estratégicas, ya que Israel es el aliado más fiel de EE UU en Oriente Próximo ante la amenaza del mundo musulmán y el temor de que ramificaciones radicales del Islam accedan al poder en países de la zona. De ahí que EE UU invierta anualmente más de 3.000 millones de dólares en ayudas de todo tipo a Israel, especialmente en material para la defensa, tecnología militar punta, aviones, etc.

Con la decisión de abandonar definitivamente la UNESCO, Donald Trump no sólo hace suya esa intrínseca característica sionista de la política norteamericana, sino que la engloba en lo que la BBC inglesa denomina “doctrina del abandono”, aquella con la que Trump persigue la descalificación y toda una rectificación del multilateralismo que regía la acción exterior de EE UU y el desmantelamiento absoluto de cualquier rastro del legado del anterior presidente Barack Obama, su gran obsesión. Ello afecta a tratados y organizaciones variopintas en una especie de “lista negra” del actual inquilino de la Casa Blanca, que incluye a la UNESCO, JCPOA, TTP, TLCAN (o NAFTA), OTAN y hasta la propia ONU, entre las internacionales, y ACA y DACA (Obamacare), entre las de índole interno.

Esa sintonía de EE UU con los intereses sionistas es tal que Benjamín Netanhayu, primer ministro de Israel, ha tardado sólo un día en hacer lo propio y anunciar también la retirada del país hebreo de la UNESCO, exactamente por las mismas razones. No en vano Israel nunca había aceptado que la institución de la ONU admitiese a Palestina como estado miembro y, menos aún, que declarase Patrimonio de la Humanidad la antigua ciudad de Hebrón, al sudoeste de la Cisjordania palestina, ahora ocupada.

Ese sionismo intransigente, el que combate a muerte cualquier entendimiento de Israel con sus vecinos árabes y musulmanes, ha propiciado este nuevo paso atrás del presidente más nefasto de la historia de EE UU. Una decisión tomada en aras de los intereses del Estado hebreo y que evidencia la connivencia de la política exterior de EE UU con el sionismo más beligerante, lo que explica, por si había dudas, el empeño del presidente Trump de romper, si el Congreso no lo endurece aun más, el Acuerdo firmado por Barack Obama con Irán para impedir que fabrique bombas atómicas a cambio de relajar las restricciones comerciales que en su día se le impusieron y permitir las inspecciones periódicas a sus instalaciones nucleares. Esas, entre otras, son actuaciones de una Administración gravemente contaminada por la influencia sionista y la sectaria política de Trump. No en balde el capital judío es un destacado contribuyente en las campañas electorales de los conservadores de aquel país. Y para eso sirve esa inversión, para favorecer los intereses de la política sionista de Israel.

Así, se acusa a la UNESCO de hacer política por tratar a Palestina con el mismo rasero que a las demás naciones, aunque el acuerdo se haya adoptado tras una votación democrática y mayoritaria de los Estados miembros. Pero que Israel no respete las resoluciones de la ONU, que prosiga con su política de asentamientos judíos en territorios palestinos, que ignore las leyes internacionales y ataque por su cuenta y riesgo (relativos) instalaciones que considera peligrosas en países colindantes o que disponga secretamente de bombas atómicas, contraviniendo el Acuerdo de No Proliferación de Armas Nucleares, nada de ello le granjea reproche alguno por parte del actual inquilino de la Casa Blanca ni le expone a ningún castigo como el que asfixia financieramente a la institución de la ONU. Para el sionismo y la política exterior de EE UU es más grave el reconocimiento de Palestina como un Estado que, encima, es tratado como tal por organismos internacionales, como la UNESCO. Es por tal motivo que Trump le propina un zarpazo sionista a la entidad que vela por el patrimonio cultural de la Humanidad.