jueves, 21 de septiembre de 2017

El huracán de mi memoria

Este mes los huracanes se han sucedido por el trópico caribeño, arrasando cuanto hallaban a su paso. Tres de ellos han sido los más devastadores del año, causando grandes daños materiales y cobrándose el tributo de víctimas humanas. Se trata de los huracanes Harvey, Irma y María, todos ellos de máxima categoría (5 en la escala Saffir-Simson), lo que supone vientos de una velocidad superior a 200 kilómetros por hora y, por tanto, de una severidad catastrófica. No son, empero, fenómenos extraños ni inhabituales, a pesar de su espectacularidad y capacidad destructiva. Esas tormentas salvajes de agua y viento siempre han asolado el Caribe por estas fechas y constituyen, de alguna manera, el anuncio del tímido invierno que se avecina en el hemisferio norte. Sin embargo, es el calor que todavía conserva la superficie del mar en esas zonas cercanas al ecuador terrestre y la consiguiente evaporación del agua oceánica lo que provoca, al ascender el aire cargado de vapor de agua, la abundante nubosidad y la gran precipitación torrencial que caracteriza a los huracanes. Es por ello que los huracanes se forman y alimentan en el mar y, al tocar tierra firme, pierden energía y se diluyen en forma de una tormenta convencional hasta que desaparecen.

Pero las noticias de los destrozos, inundaciones y pérdidas humanas ocasionadas por estos ciclones a su paso por el Caribe, es lo que me ha hecho desmitificar la memoria que guardaba de los huracanes desde mis tiempos infantiles. Los recordaba como fenómenos extraordinarios que estimulaban, más que miedo, la imaginación y las ganas de aventura de un niño que no era consciente del peligro. Aquellas imágenes mitificadas de mis padres, como todos los adultos, acostumbrados, con su calma bendita y habla amorosa, a enfrentarse a estas fuerzas desatadas de la naturaleza protegiendo puertas y ventanas, sellando rendijas y huecos, agrupando los coches en plazas o junto a edificios macizos de cemento, avituallándose de víveres y velas y velando durante la noche, con la familia congregada en torno a un café para los adultos y leche con chocolate para los niños en la estancia más segura del hogar, esperando el paso del huracán, todos atentos al silbido culebrino del aire y a las noticias de una radio charlatana y siempre en alerta, ahora parecen de película. Una película inverosímil y ficticia frente a la ruina y la desolación que, en realidad, traen consigo los huracanes.

Lo que reflejan los periódicos del presente es un panorama de caos, con ríos desbordados, marejadas que han invadido las zonas costeras, árboles arrancados de cuajo, techos y ventanas volando por los aires, antenas, postes y semáforos caídos, carreteras cortadas, puentes rotos, miles de personas sin electricidad y sin agua, y muertos, muchos o pocos, pero víctimas mortales que no pudieron resistir el zarpazo terrible del huracán. El interés de los meteorólogos es prever la fuerza y el desplazamiento de estos fenómenos, la preocupación de la gente es sobrevivirlos cuando, a pesar de los avances modernos, siguen siendo una fuerza devastadora y, en muchos casos, mortal. Por eso hoy, tras el paso de María por Puerto Rico, el solar de mi infancia, no puedo menos que unirme en solidaridad con los que sufren y combaten esta calamidad, borrando aquel recuerdo nostálgico de la niñez para sustituirlo por la esperanza y entereza de los damnificados. Estoy convencido, haciendo mías las palabras del gobernador de la isla, que “no hay ningún huracán más fuerte que el pueblo de Puerto Rico”. Estoy seguro de ello.    

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Signos de deshumanización


Cada cierto tiempo, por no decir que continuamente a lo largo de la historia, el ser humano no puede evitar mostrar, sin disimulo ni rubor, rasgos que lo apartan de lo que debiera ser su condición esencial, la que lo define como humano y supuestamente inherente a su capacidad racional e inteligente, para dejarse llevar justamente por la opuesta, por la deshumanización, la irracionalidad y la animalidad más vergonzantes y crueles. Es como si el hombre no pudiera librarse de esos signos de deshumanización que porta en sus genes y que de vez en cuando se expresan dominantes en su conducta.

Un ejemplo, que desgraciadamente no será el último, es la avalancha de refugiados de etnia rohingya que huyen desesperadamente de Myanmar (antigua Birmania), donde son perseguidos, rechazados, reprimidos, apaleados y asesinados, en lo que ya se considera por la comunidad internacional como “limpieza étnica”, simplemente por pertenecer a una minoría étnica de credo musulmán en un país mayoritariamente budista. Una vez más, la intolerancia religiosa es la causa que alimenta el odio racial y la violencia en el seno de una sociedad. El régimen de Myanmar no los reconoce como ciudadanos, aunque hayan nacido y habiten en el estado de Rakhine, al norte del país, tratándolos como advenedizos o inmigrantes bengalíes. Se trata de una comunidad de poco más de un millón de personas, de las que cerca de 300.000 han tenido que huir hacia el vecino país de Bangladesh a causa de la represión que sufren por parte del ejército de Myanmar en respuesta a los ataques que supuestamente comete un grupo rebelde rohingya, que niega los hechos. Ya se han producido más de mil muertos, en un conflicto antiguo que ahora se recrudece, sin que nadie esté dispuesto a mover un dedo, ni siquiera la líder y Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, actual presidenta del país. Su silencio es estridente. Tanto que otros galardonados con el Nobel, como Dalai Lama, la activista pakistaní Malala Yusufzay o el clérigo de África del Sur Desmond Tutu, la han cuestionado. “Si el precio político que tienes que pagar por ostentar el cargo más importante de Myanmar es tu silencio, entonces sin lugar a dudas se trata de un precio demasiado alto”, ha señalado Desmond Tutu.

Y es que son demasiados muertos y demasiada violencia la desatada contra una comunidad pequeña y castigada por ser diferente de la mayoría social del país. Muchos de esos muertos lo son por ahogamiento al intentar cruzar a la desesperada las aguas que separan Myanmar de Bangladesh, adonde los vivos llegan exhaustos y famélicos, con el miedo incrustado en el cuerpo y la desconfianza en los ojos. Un nuevo conflicto de injusticia y maldad en el mundo, por si acaso nos habíamos acostumbrado a los ya existentes. Otro signo de la deshumanización que nos lleva a tratar al diferente, en razón de sus creencias, como un peligro o un enemigo que haya que erradicar o eliminar.

Algo semejante a lo que sucede, al mismo tiempo, en otros lugares del planeta, como esos otros refugiados, procedentes esta vez de Oriente Próximo y África, que soportan idéntica situación de intolerancia y rechazo por parte de sociedades civilizadas y prósperas, como son las de Europa, que se niegan a acoger y dar asilo a los que también se ven en la necesidad de escapar del hambre, la pobreza y las guerras de sus respectivos países de origen. Demasiados de ellos también se ahogan en la travesía del Mediterráneo, y a los que arriban a nuestras costas o cruzan la frontera les damos la bienvenida con devoluciones “en caliente”, deportaciones, internamientos cuasi carcelarios y barreras fronterizas llenas de alambradas y concertinas con los que intentamos frenar esa “avalancha” humana que sueña con el progreso y la libertad de Europa. Ignoran, en su desesperación, que tales valores hace tiempo fueron sustituidos por los del egoísmo y el temor hacia el distinto, hacia el otro, hacia el inmigrante pobre y miserable que sólo busca sobrevivir, como cualquiera de nosotros. Aquí los tachamos de delincuentes o terroristas, o de que nos quitan el trabajo y abusan de nuestros servicios públicos, siguiendo las consignas de quienes, agitando los fantasmas del racismo y la xenofobia, persiguen tribunas de poder o de influencia desde las que irradiar la exclusión, la intolerancia y el egoísmo en nuestra sociedad como medio para medrar en la política. De esta forma, populismos de uno y otro signo se empeñan en sembrar la deshumanización en nuestras sociedades plurales y diversas, en abierta contradicción con los valores que constitucionalmente debíamos asumir, como el respeto a los Derechos Humanos.


Tampoco es este el único signo de deshumanización existente. A nuestro alrededor abundan focos de destrucción y muerte que ya no nos quitan el sueño ni agitan nuestra conciencia, al considerarlos ajenos a nuestra responsabilidad y extraños a nuestra incumbencia. Hoy, las hambrunas asolan Nigeria, Sudán del Sur o Yemen, por señalar algunos sitios, unas veces debido a la sequía o la falta de infraestructuras, otras por guerras y conflictos de diversa naturaleza. Según la ONU, millones de personas están en la actualidad al borde de la inanición en Etiopía y Somalia, entre otros lugares, sin que esa realidad haga temblar los telediarios ni estallar las páginas de los periódicos, como hace el “problema” catalán, que tanto nos preocupa, obligando al Gobierno a tomar medidas extraordinarias. Tal parece que, para nosotros, esa gente no forma parte de la Humanidad ni dispone de las cualidades que nos distinguen como humanos. Estamos tan acostumbrados a hacer distinciones y a tratar deshumanizadamente a quienes no forman parte nuestro ámbito, que recurrimos al “nosotros” para parapetarnos frente a los “otros” y sus problemas, a pesar de compartir el mismo mundo y acaparar egoístamente sus recursos. Sus hambres, sus matanzas y sus guerras no nos conmueven porque son asuntos suyos que sólo ellos han de resolver, aunque muchos de sus problemas deriven de situaciones coloniales, una injusta distribución de los recursos o la simple explotación a que se ven sometidos por un sistema económico, unas leyes comerciales y unas políticas que reparten la pobreza entre muchos para que una minoría acapare el desarrollo y la riqueza, afianzando un orden internacional caracterizado por la deshumanización y la desigualdad.

De hecho, siempre se ha dicho que tiene que haber pobres para que haya ricos. Y sabemos que eso es cierto porque nuestra prosperidad y desarrollo se basan en la explotación y el pillaje, aunque sean legales, que nos permiten considerarnos superiores, mejores y dignos de disfrutar de tales privilegios. Incluso entre nosotros mismos y en nuestro propio país. En la moderna, cristiana y primermundista España también actuamos con esos signos de deshumanización que vemos en otras partes del mundo,

Vistas así las cosas, no es que Cataluña pretenda la independencia por sentirse diferente del resto de españoles y hablar catalán, sino porque se considera más rica y cree que potenciaría su prosperidad si no tuviera que compartir proporcionalmente su riqueza con las demás regiones y comunidades del país. Todavía no es que haya muertos, aunque sí cierta violencia, pero hay exclusión, egoísmo y desigualdad en “nosotros” al intentar diferenciar al “otro” entre los que no forman parte de un territorio concreto, un espacio determinado. Aquí, la causa es económica, no religiosa, y el problema, a pesar de su atención mediática, no es primordial para el ser humano, aunque sí para la política nacional. Pero nos lleva a olvidar los grandes problemas sociales de nuestro país, en el que la falta de empleo, la precariedad, los recortes aplicados a los servicios públicos esenciales, la pobreza crónica de algunas familias que, aun trabajando, no consiguen escapar de ella, la brecha creciente entre ricos y pobres, los sin techo, la marginación y la falta de expectativas en buena parte de la juventud convierten nuestra sociedad en un ámbito deshumanizado, injusto y excluyente, donde reina la desigualdad y el oportunismo más ofensivos. No queremos verlos, pero están ahí, los “otros” siguen aquí, junto a “nosotros” en semáforos, en las puertas de los supermercados, rebuscando entre las basuras, trabajando a destajo sin contrato y por la mitad del salario mínimo, yendo de ventanilla en ventanilla persiguiendo alguna oportunidad, sin exigir ningún derecho, sin reclamar ninguna consideración. Asumiendo, con resignación, que ya no forman parte de la Humanidad porque ésta, a la que creemos pertenecer, no los trata así, con humanidad. Es el signo de los tiempos, la deshumanización que aflora por casi todas partes, aunque no hayamos citado ni a Siria, Irak, Afganistán, Palestina, Corea del Norte o Venezuela. Y es que son tantos, por desgracia, que no caben en un simple artículo como éste.    

domingo, 17 de septiembre de 2017

Suicidio en Saturno


Este podría ser el título de un relato de ciencia ficción, en el que una máquina dotada de sistemas informáticos que le confieren un complejo automatismo, permitiéndole conducirse prácticamente consciente cual sofisticado robot con inteligencia artificial, decide destruirse después de llevar una prolongada y estrecha relación, al principio científica y progresivamente obsesiva, con el planeta más hermoso y fascinante del Sistema Solar. Saturno había sido el objeto de su misión y, durante años, estuvo escarbando en sus misterios y profanando su intimidad hasta el extremo de generar en la máquina algo para lo que no había sido programada: un interés parecido al afecto. Por eso, cuando se agotaron sus fuentes de energía y se quedó sin fuerzas ni para orientar las antenas, en vez de perderse, sin rumbo ni control, en los confines del Universo, la sonda decidió morir, en un acto supremo de amor, penetrando para desintegrarse en la densa atmósfera opaca del planeta al que llegó a conocer más y mejor que nadie, incluso más que los propios científicos que la construyeron y enviaron allí. Decidió suicidarse en el regazo de brumas de Saturno.

Pero esta historia no es ficción, sino real. La sonda Cassini, lanzada en 1997 y que llevaba trece años explorando el enorme Saturno, sus anillos y lunas, completó su misión estrellándose contra el planeta para que el roce con su atmósfera, durante la caída, la desintegrara completamente e impidiera, de esta forma, que nada, ningún componente suyo con algún rastro orgánico (microbios, etc.), pudiera contaminar aquella parte del espacio en que podrían darse condiciones para la vida. Porque, en efecto, la misión Cassini-Huygens, un proyecto elaborado entre la NASA y la Agencia Espacial Europea, ha podido demostrar, con sus experimentos y observaciones, que es posible la vida, al menos en sus rudimentos moleculares y microscópicos, en otros lugares del Sistema Solar, además de la Tierra.

Imagen de Encélado tomada por Cassini
A tal efecto, en el año 2005, el módulo europeo Huygens, que formaba parte de Cassini, lograba ser el primer artificio humano en alunizar sobre la luna de otro planeta y descubrir, mientras lo sobrevolaba, montañas poderosas y superficies líquidas, como océanos y lagos, llenas de metano. Era la luna Titán que junto a Encélado, a la que se dirigió Cassini para descubrir fumarolas que brotaban de géigeres, fueron los satélites de Saturno que la misión Cassini pudo estudiar con cierto detalle gracias a las más de 290 órbitas descritas alrededor del planeta y los 162 sobrevuelos a sus lunas. Una tarea formidable que ha deparado más de 450.000 imágenes y un total de 635 GB de datos que los científicos tardarán años en analizar.

Recreación del final de Cassini
Pero lo triste de este relato no es el “suicidio” de una nave que ha estado 20 años sobreviviendo en las extremas condiciones del espacio para proporcionarnos un ingente conocimiento nuevo sobre Saturno y sus lunas, sino que una misión semejante, por su envergadura científica y complejidad técnica, no está siquiera prevista en el programa de exploración espacial inmediato, cuando se supone que la tecnología es infinitamente superior y más eficaz que la que en los años 80 y 90 posibilitó el éxito de la misión Cassini-Huygens. Es por ello que, entre la tacañería para la investigación y la imaginación que hay que echar a todo proyecto, me inclino por pensar que Cassini fue consciente al preferir el suicidio, inmolarse en coherencia con su misión, a vagar eternamente por el Universo y llevar la estulticia humana, capaz de rescatar bancos y negar recursos a la ciencia, a destinos ignotos.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Morir, tal vez vivir


Foto: ÁlvaroRo
Desde que tengo consciencia, la muerte siempre ha rondado mi cabeza, primero, como un asunto que concernía a los demás, pues siempre eran otros los que morían, y más tarde, cuando me incluí entre esos otros, como algo que acabaría afectándome algún día. Ese desaparecer en la nada para siempre, de manera definitiva, cuando uno está vivo, es un misterio que despierta muchos interrogantes y desasosiegos, desde que era niño hasta hoy. Porque ese vivir para morir parecía una estafa natural, un sinsentido metafísico. Y meter a Dios por medio, para hallar una explicación de crédulos, me resultaba irracional, un consuelo supersticioso. También la ciencia, con sus leyes evolutivas que sacrifican al individuo en beneficio de la especie, nos instalaba en la orfandad más absoluta, convirtiéndonos en meras sustancias sin importancia y sin finalidad trascendente.

La única conclusión a la que he llegado, a estas alturas de mi edad, es que, por muchas vueltas que le demos, la muerte es inevitable y determinante, puesto que condiciona nuestra existencia al establecer un plazo no prefijado al hecho de vivir. De ahí que la única certeza posible sea morir y, lo demás, tal vez vivir, una eventualidad afortunada si somos capaces de sacarle provecho. Porque ese sabernos mortales y poseedores de un crédito vital temporal, nos empuja a aprovechar cada minuto, mientras respiramos, en conseguir lo que deseamos, desarrollar nuestras potencialidades y hacernos cómplices de una aventura increíble en la que todos participamos como si fuésemos eternos. Una verdad de Perogrullo que también se descubre, sin tantos desvaríos reflexivos, cuando una grave enfermedad te hace anhelar la salud para dedicar tu vida a lo que aparece, en ese trance, como lo más importante: tus seres queridos, familia y amigos, y obviar lo superfluo, las envidias, la competitividad, el consumo. Y es que, puestos a morir, tal vez vivir sea mejor. Pero sin tantas complicaciones.

martes, 12 de septiembre de 2017

Una Diada sectaria

Ayer se celebró el Día de Cataluña (Diada) más sectario de su corta historia, una Diada que congregó en las calles a los catalanes independentistas (30-40 % de la población) y excluyó y menospreció al resto de ciudadanos (60 % de la población) que pueden ser independentistas pero no a cualquier precio, nacionalistas o españolistas. Esa mayoría excluida de catalanes de diversa sensibilidad tiene en común ser respetuosa con la legalidad y por ello tratada como ciudadanos de segunda o, peor aun, como traidores o extranjeros en su propia tierra. Una mayoría silenciosa a la que no se le permite cuestionar ni disentir de la deriva secesionista promovida por el Gobierno de la Generalitat (el famoso procés), siguiendo el dictado de los grupos parlamentarios soberanistas de la CUP (Candidatura de Unidad Popular) y Junts pel Sí (coalición formada por PDeCAT –antigua CiU-, ERC –Esquerra Republicana de Catalunya-, ANC y Omnium).

Precisamente, las organizaciones radicales Asamblea Nacional de Catalunya (ANC) y Omnium Cultural son las convocantes de esas Diadas reivindicativas de la independencia que se celebran desde el año 2012 con el propósito de sensibilizar y atraer a la población para que se sume mayoritariamente a la exigencia secesionista. Es así como el Día de Cataluña (se supone que de todos los catalanes) ha acabado monopolizado de manera sectaria por una minoría (la independentista) para hacer alarde de una imagen de apoyo multitudinario (marea de esteladas) que no se corresponde con la realidad. Y esa necesidad de aparentar fortaleza social era más perentoria este año, en vísperas de la celebración de un referéndum ilegal y sin garantías, en que la Generalitat, subvirtiendo las leyes y actuando con desobediencia al Estado de Derecho, está empecinada en realizar el próximo 1 de octubre. De ahí la preocupación que despertaba la Diada de 2017: iba a ser manipulada como lo fue la manifestación contra el terrorismo organizada tras los atentados de Barcelona.

Pero por muchos vuelos de banderas independentistas –que no catalanas- que desplieguen y mucha parafernalia propagandística, la Diada sectaria de este año ha evidenciado que los sublevados que pretenden ignorar las leyes siguen siendo una minoría social, aunque representen la mayoría en el Parlamento de la Comunidad. Y así no hay manera, ni aritmética, de imponer su voluntad a la totalidad de los catalanes y, menos aun, de los españoles. No tienen razón ni fuerza para ello. Deberían asumir el fracaso de su intentona golpista y acatar la Constitución para volver a encauzar por la vía del diálogo y el respeto a la legalidad cualquier exigencia de autogobierno y reclamación identitaria, como hacen los países civilizados y verdaderamente democráticos. Es decir, con lealtad y sin sectarismos.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Soñadores en tiempos infames

Donald Trump es un infame presidente de EE UU que se la tiene jurada a toda iniciativa legada por el anterior mandatario Barack Obama. Nada de lo conseguido por el único presidente negro de la historia de aquel país le parece bueno al ínclito pero votado Trump, tanto que no ceja en su empeño de borrar toda huella del demócrata, aunque ello lo lleve a enfrentarse a su propio partido Republicano, en el que abundan cabezas pragmáticas que no se alinean con el sectarismo de su ala más radical e intentan corregir sus desmanes. Empujado por esa obsesión antiobama, que le hace sucumbir a sus más bajos instintos, el nuevo inquilino blanco y rubio de la Casa Blanca lucha denonadamente por eliminar el “Obamacare”, aun cuando deje sin seguro médico a millones de familias norteamericanas; dejar sin efecto los tratados comerciales firmados su predecesor, como el Acuerdo Transpacífico que vinculaba a once países de Asia y América, o el Nafta (acuerdo de libre comercio entre México, Canadá y EE UU) que ahora renegocia sin mucho convencimiento;  abandonar el Acuerdo de París, sellado en 2015 por cerca de 200 países para paliar los efectos del cambio climático, a pesar de que EE UU es el segundo emisor de gases contaminantes del mundo; y, ahora, suspender  el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), con lo que quita el sueño a los “soñadores” (dreamers) que se beneficiaban de él, inmigrantes que llegaron ilegalmente al país cuando eran niños, traídos por sus padres, y que se hallan plenamente integrados en la sociedad norteamericana.

Los “dreamers” no representan ningún problema social, ni económico ni cultural, al contrario, benefician a la economía y la industria de EE UU, pero habían sido regulados con el DACA por Barack Obama en 2012, por lo que, para Trump, es algo inaceptable que había que eliminar como sea. No hay que dejar ningún rastro del anterior mandatario. Por tal sinrazón, el presidente ha firmado la resolución de rescindir el DACA sin importarle dejar sin cobertura legal a cerca de 800.000 jóvenes, un 80 por ciento de los cuales son mexicanos, que podían trabajar, estudiar, poseer tarjetas de crédito y residir temporalmente en el país, siempre y cuando no tuvieran antecedentes penales, no cometieran delitos y estuvieran comprometidos con los valores de la República norteamericana, que la mayoría de ellos consideran como su país y su verdadero hogar. Con esa decisión de Trump, ahora están expuestos a una expulsión fulminante, en el plazo de seis meses, cuando sea aprobada por el Congreso una nueva ley de regulación que sustituya la anterior, según los criterios de la Casa Blanca.

De este modo, la infamia del presidente más sectario de la historia reciente de EE UU se ceba sobre uno de los colectivos más vulnerables de la sociedad norteamericana, como es el de los “soñadores”, que creyeron y persiguieron el “sueño americano” y que aspiraban, por haber crecido en EE UU, donde se han formado, viven y trabajan, convertirse en ciudadanos de pleno derecho y hasta conseguir la nacionalidad. Ese sueño se ha transformado en una pesadilla por la xenofobia y el racismo de un Donald Trump que alimenta el odio racial con sus actitudes y decisiones, tal como ponen de manifiesto su perdón presidencial al exsheriff Arpaio, condenado por racista; su equidistancia con la violencia nazi de Charlottesville; y, ahora, con la expulsión de los jóvenes soñadores que creían tener el mismo derecho a ser norteamericanos que la propia esposa del presidente, Malanija Knavs, una exmodelo eslovena –antigua Yugoslavia- nacionalizada norteamericana y convertida en Malania Trump.

Esta infamia denota los bajos instintos racistas del presidente porque ha actuado de modo discriminatorio contra los mexicanos (no se hace lo mismo con los canadienses, húngaros, etc.), precisamente los inmigrantes a los que suele acusar de violadores, ladrones y narcotraficantes, que quitan el trabajo a los norteamericanos, y contra los que sigue empeñado, aunque sin éxito, en construir un muro a todo lo largo de la frontera de México y EE UU. En contra de esos motivos discriminatorios de la resolución, entre otros, se han rebelado 15 Estados y el Distrito de Columbia, presentando una demanda que intenta paralizarla y así proteger a los beneficiarios del programa DACA, ya que la pérdida del estatus legal de los residentes afectaría a sus economías estatales.

Pero, sobre todo, por el gran problema humano que causaría esa medida racista y discriminatoria, ya que esos jóvenes soñadores, traídos ilegalmente al país por sus padres cuando eran niños, “no conocen otro país ni otro hogar” que EE UU, como reconoce el propio presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan. Numerosos demócratas, líderes empresariales y activitas rechazan la medida. Incluso las grandes compañías de muchos sectores empresariales, que encuentran en los “dreamers” una mano de obra cualificada y barata, critican la decisión de Trump. Directores de Facebook, General Motors y Hawlett-Packart, entre otros, han dirigido una carta al presidente, señalando las consecuencias negativas de su decisión para la industria. Nada de ello parece convencer a un presidente obsesionado neuróticamente con el legado de Barack Obama y guiado en sus actos por el racismo y la xenofobia más deleznables. Pero no es un loco y sabe protegerse.

No quiso dar la cara por la decisión más cruel contra los inmigrantes que ha tomado hasta la fecha. Se ha valido del fiscal general de Estados Unidos, Jeff Sessions, para presentarla, intentando justificarla con los “centenares de miles de puestos de trabajo que quitan a los norteamericanos”, lo cual es falso. Ningún norteamericano, si quiere trabajar, pierde un puesto de trabajo por culpa de un inmigrante. Ni fiscalmente se resiente la economía, ya que los “dreamers” pagan los mismos impuestos que los nativos y contribuyen al crecimiento de la riqueza nacional. No existe ningún motivo económico ni social que justifique la medida, salvo el racismo.

Consciente de ello, y para evitar la controversia que le caería –y le está cayendo- encima, Donald Trump, dando muestras de su gallardía, ha endosado el problema al Congreso. Adoptando una decisión salomónica, deja en suspenso la medida y fija un plazo de seis meses para que los congresistas –republicanos y demócratas- se pongan de acuerdo y aprueben una ley sustitutoria y definitiva, pero que, de no conseguirse, supondría la expulsión automática de los “dreamers”. Así, el presidente intenta quedarse al margen –cuando ha sido él quien ha creado el problema- y, de paso, congraciarse con los sectores partidarios del endurecimiento de la política de inmigración de su partido y de sus votantes, a los que prometió promulgar leyes en tal sentido.

Sin embargo, no engaña a nadie. No es ecuánime ni pretende ser imparcial ni ético en el ejercicio de su presidencia, ni siquiera en su conducta personal. Guiado por sus obsesiones racistas, expulsa a los mexicanos y desea aislar a Estados Unidos con un muro de Hispanoamérica. Del mismo modo veta a los musulmanes de entrar al país –por ahora, a los procedentes de determinados países árabes-. Y no condena la violencia y las manifestaciones racistas de los supremacistas blancos, alimentando el odio y el rencor racial entre los ciudadanos norteamericanos y contra minorías étnicas que forman parte de su población. Su infamia es tan evidente y escandalosa como su flequillo. Pero es que así es Donald Trump, bocazas, inepto, machista, xenófobo, misógino y ultraconservador, y por eso salió elegido. Ahora queda aguantarlo hasta que lo expulsen o pierda las próximas elecciones. Entonces volverán a soñar los “dreamers” y todos los que temen a un presidente tan infame.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Les Luthiers y Pink Floyd

Este mes de septiembre se da una oportunidad única de disfrutar en Sevilla de dos grandes eventos para los amantes de la música y el humor. Por un lado, el Teatro de la Maestranza presentará, del 8 al 16 de septiembre, el último trabajo (el trigésimo cuarto del grupo) de Les Luthiers, ¡Chist!, antes de recibir el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, concedido por los 50 años que lleva este grupo argentino ofreciendo a dos generaciones de espectadores una mezcla de música, interpretada con instrumentos inverosímiles, y humor de forma inteligente y desternillante. A pesar de la pérdida del genial Daniel Rabinovich, el “caradura” más simpático del coro, fallecido en 2015, Les Luthiers continúa dando muestras de su creatividad y capacidad para seguir sorprendiendo a un público fiel, al que consigue arrancar en cada función una sonrisa perenne de los labios.

Y los nostálgicos del rock de Pink Floyd podrán revivir sus inolvidables éxitos con la proyección del audiovisual, en única sesión extraordinaria en el cine Cervantes (13 de septiembre), protagonizado por David Gilmour, guitarrista y compositor del grupo ya desaparecido. Se trata del concierto David Gilmour live at Pompeii que el artista ofreció en el mismo Anfiteatro Romano en el que la banda había grabado, 45 años antes, su mítico “Live at Pompeii”, y que incluye en su repertorio canciones de Gilmour en solitario y éxitos clásicos de Pink Floyd, como el legendario Wish you were here, entre otros. El documental fue grabado por el director Gavin Elder y, aparte de la magnífica actuación de la banda que acompaña al guitarrista, incluye láser, pirotecnia y una pantalla gigante en la que se proyectan imágenes originales que complementan las canciones. Lo dicho, una oportunidad única en Sevilla, provocada seguramente por un alineamiento irrepetible de los astros, para deleitarse con el humor y la música de estos geniales artistas. No se la pierdan.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La ministra y el cojo

Fátima Báñez, ministra de Empleo
El refranero español es rico en máximas acerca de cualquier aspecto de la vida (naturaleza, personas, costumbres), unas veces con acierto y otras con desatino. Muchos de tales dichos, que se transmiten de generación en generación, se ajustan a la realidad como el traje de neopreno a un buzo. Retratan el comportamiento o la manera de ser que caracteriza a determinadas personas mucho mejor que una fotografía. Como le ha sucedido a la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, cuando en unas declaraciones en la Comisión de Empleo del Congreso, a finales del pasado mes de agosto, aseguró muy circunspecta que “el empleo que llega con la recuperación es de mayor calidad que el que se fue con la crisis”. Todo el mundo se quedó estupefacto, en especial, los trabajadores de este país. La mayoría de ellos no pudo evitar acordarse del refranero para calificar la afirmación de la ministra: “Se coge antes al mentiroso que al cojo”, porque ha bastado sólo una semana para que los datos del desempleo registrados, precisamente en el mismo mes de agosto, descubran la verdadera naturaleza del empleo que se crea en España: precariedad, temporalidad, inestabilidad, es decir, empleo de ínfima calidad.

Y es que la ministra, puesta a vender la actuación del gobierno del que es miembro y la política que ella y su equipo han implementado para supuestamente estimular la economía y crear empleo, con una Reforma Laboral que ha sido particularmente nefasta para los trabajadores, no puede decir otra cosa más que maquillar la realidad. Es por ello que no tiene empacho en insistir en que “la recuperación de España es sólida, sana y social”  y que estamos asistiendo a una autentica “primavera del empleo”. Más que mentir, tergiversa intencionadamente la verdad y, como los mentirosos, incurre en contradicciones e inexactitudes. Ni el empleo es de calidad, y la recuperación ni es sólida ni sana ni social. Los datos del propio Ministerio de Empleo, del que es titular la ministra Báñez, contradicen el optimismo de sus aseveraciones, demostrando, con el aumento del número de parados del peor agosto desde 2011 y la pérdida de afiliados a la Seguridad Social, que la debilidad del empleo creado con sus reformas en estos años es enorme, debido a la temporalidad y precariedad del mismo. Y no sólo eso, sino también que los salarios tampoco son mejores que antes de la crisis.

Nada es de mayor calidad que antes, ni las condiciones laborales ni los salarios. Y la ministra lo sabe, pero no puede reconocerlo. Sólo le queda el recurso de mentir para intentar engañar a los que, tal vez no tengan los conocimientos de la señora ministra, pero disponen del refranero para describir su actitud. Y es que “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Nada más cierto.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Tiempos de mediocridad política


Ni en las peores pesadillas pudimos soñar que la mediocridad imperaría en la política como en estos tiempos actuales. Estábamos convencidos de que, con los usos democráticos y una mejorada y extensa formación de los ciudadanos, tanto cívica como educativa, para participar en libertad y con criterio en la “cosa pública”, pudiendo sancionar con su voto iniciativas y programas de progreso y prosperidad, la política elevaría sus exigencias para atraer a los mejores y más dotados líderes, capaces de vencer las limitaciones del presente e ilusionar a la gente con metas de un futuro en el que podríamos emanciparnos de las ligaduras que ahora nos atenazan. Confiábamos en la democracia como el mejor de los sistemas que nos permitiría seleccionar, entre un abanico de candidatos, a aquellos que, más allá de la coyuntura de la realidad, tuvieran una visión a largo plazo del país y de sus posibilidades para ofrecérsela, no como mera utopía, sino como objetivo ambicioso pero asequible, a base de tesón, a una ciudadanía dispuesta a seguirlos hasta ese edénico destino en común. Anhelábamos, cegados por la ingenuidad, políticos con voluntad de sacrificio por su país, honestos con sus contemporáneos y en sus conductas y exigentes consigo mismos como para no traicionar la confianza que reclamaban de los votantes en relación con su capacidad para cumplir sus promesas y con el objetivo visionario del lugar al que nos conducían. Pretendíamos, elección tras elección, que la democracia nos facilitara esos grandes estadistas que antaño hicieron crecer y avanzar hasta cotas impensables a las naciones que lideraron. Pero, al parecer, eso pertenecía al pasado, como amargamente comprobamos mirando a nuestro alrededor.

Es posible que las grandes figuras se forjaran gracias a problemas inmensos y que un Winston Churchill necesitase de una guerra mundial para estimular su ingenio y su enorme potencial con los que logró que su país, mediante la promesa de “sangre, sudor y lágrimas”, hiciera frente a las adversidades y consiguiera superar los obstáculos. Era capaz de intuir el futuro y de sacudir las consciencias para encarar ese futuro con determinación, energía y credibilidad. Y, como él, también Charles De Gaulle, el enhiesto militar francés que posibilitó la Francia libre, liderando la resistencia a la invasión nazi de su país, creando la Quinta República, que perdura hasta hoy, y recuperando el protagonismo internacional de Francia, para que volviera asumir su “grandeza”, más o menos merecida.

Y es que la historia, en épocas de dificultades realmente asoladoras, nos presenta a políticos que saben elevarse sobre su tiempo y avizorar el porvenir para guiar a sus pueblos por las sendas más directas y seguras por donde alcanzarlo. Estadistas que no se dejan atrapar por la lucha diaria tendente a retener un cargo o saciar una ambición y se entregan, en cambio, a facilitar las condiciones, establecer las estrategias y sellar los compromisos que posibilitan ese futuro, de bienestar y crecimiento, que mejora el presente y que la mayoría de sus coetáneos no alcanza a sospechar.

Eran hombres –y mujeres- que sobresalieron de la mediocridad de la mayoría de los gobernantes de su tiempo y que confiaron su prestigio a un futuro que sólo ellos vislumbraron al alcance de sus manos y de las potencialidades de sus países, si conseguían que todos remaran en la misma dirección. Ejercieron su liderazgo en tiempos tan convulsos o más que los actuales, en medio de guerras, enfrentamientos y otros grandes desafíos, en los que la política exigía altura de miras, convicciones firmes pero al mismo tiempo actitudes amplias para el entendimiento, el diálogo y la persuasión, sin deberse al rédito político inmediato ni a la conveniencia partidista egoísta que se sobrepone al interés general de la nación. Recordar sus nombres, dignos mandatarios de todas las ideologías,  es hacer un ejercicio de pesimismo intelectual, moral y político si se comparan con los miserables e ineptos que hoy en día pretenden emularlos sin estar capacitados. Nombres como Kennedy, Mitterrand, Gandhi, Gorbachov, Mandela, incluso Clinton, Brand y otros que supieron legar a sus ciudadanos un mundo mejor en derechos, seguridad, libertades, bienestar, progreso y dignidad.

A pesar de sus errores, que también los cometieron, y sus defectos personales –no eran dioses ni seres providenciales, sino personas entregadas a un ideal de extraordinaria trascendencia-, tales personajes históricos deslumbran aún más frente a la mediocridad y la endeblez que caracteriza a la retahíla de politicuchos que en la actualidad pretenden con descaro gobernar nuestras vidas, hundiéndonos en la apatía, la desconfianza o el inevitable repudio. Verlos acaparar puestos, acumular privilegios, crear camarillas y balbucear consignas en vez de argumentos con la sola finalidad de defender exclusivamente sus intereses personales o partidistas en detrimento de los del país, causa tristeza cuando no rabia porque demuestra la veracidad de aquel verso del Cid, que podría reinterpretarse como “qué gran pueblo si tuviera buenos gobernantes”.

Ningún pueblo se los merece aunque los vote. Pero es bochornoso que, cuando más instrumentos y conocimientos existen en el planeta para combatir calamidades y desigualdades, emerjan políticos tan infames, ineptos pero sumamente peligrosos, por carecer de escrúpulos para la rapiña y la mentira, como Trump, Putin, Maduro, May, Netanyahu, Kim Jung-un… y Rajoy, por citar sólo a los más reconocibles de nuestro entorno. Dignos sucesores de aquellos impresentables, entre ególatras, cleptómanos, alcohólicos o acomplejados patológicos, como Bush (padre e hijo), Berlusconi, Aznar, Blair, Sarkozy y muchos otros, que contaminaron la política de rufianismo y vulgaridad. Entre dictadores, populistas, magnates, corruptos e ineptos, no hay más remedio que reconocer que, definitivamente, vivimos en la época de la mediocridad política. Para llorar, si ello sirviera de algo.   

sábado, 2 de septiembre de 2017

Apenas septiembre

  
El verano comienza su marcha, le queda apenas septiembre para despedirse y dejarnos en el recuerdo los días lentos y largos de calor y siestas, de risas y playas, de holganza y familia, de despreocupación y descanso, de las siempre anheladas y nunca suficientes vacaciones. Va alejándose ya, como un barco en el horizonte, aquel tiempo de tardes eternas que entreteníamos con lecturas reposadas y diálogos con las moscas que nos ayudaban ignorar el sudor y escapar de la luz que nos perseguía tras las cortinas, refugio de las sombras. Septiembre apenas para dejar los sueños y despertar en la cotidianeidad de las jornadas que se suceden sin sobresaltos, de la rutina inalterable de lo establecido de antemano. Días como eslabones de una cadena, todos iguales, que conducen la vida por la ruta segura de lo conocido, de lo previsto. Ya sólo faltan las nubes en el cielo y las nieblas en los campos para que, apenas septiembre avance, el otoño ocupe su lugar en el calendario y en las hojas ocres de los árboles. Sólo queda apenas septiembre para todo, para despertar y volver a empezar.


jueves, 31 de agosto de 2017

Cinismo independentista catalán

El agotador procés que el gobierno de la Generalitat lleva años impulsando en Cataluña para declarar la independencia de aquella región respecto de España peca de muchas cosas, pero en especial de cinismo. Los agentes soberanistas que  persiguen la secesión en la Comunidad Autónoma catalana se manifiestan –expresan y actúan- con un cinismo insultante, a caballo entre el descaro y la provocación. No sólo muestran deslealtad al Estado que representan en aquel territorio, sino que también adoptan iniciativas deliberadamente ilegales que no respetan el Estado de Derecho y no dudan en reescribir la historia para adecuarla a sus pretensiones independentistas. Exhiben en todo lo que hacen un cinismo que nadie toleraría en cualquier otra circunstancia. Sólo hay que acudir al diccionario para percatarse de esa actitud, pues mienten sin ocultarse ni sentir vergüenza como modus operandi.

Son cínicos al querer confundir su afán  independentista con la verdad histórica, como si Cataluña hubiera sido alguna vez un reino independiente de España que fuera conquistado, colonizado y sometido por Castilla en los arcaicos tiempos fundacionales de España como nación. Así elaboran la gran mentira con la que se vale el nacionalismo soberanista catalán para promover la secesión de España y constituirse en república independiente, incluso en caso de que tal pretensión no sea avalada por la mayoría matemática de los ciudadanos catalanes. Gracias a este ardid pseudohistórico, el cinismo independentista construye un enemigo (que prohíbe su identidad, que rechaza su lengua, que inhibe su talento, que les roba) contra el que enfrentarse y que justifica la rebelión. Ello permite, también, identificar la veleidad de algunos, por muchos que sean, con una supuesta realidad nacional, se equiparan con el pueblo al que dicen representar sin que nadie se lo pida, de tal manera que, o bien estás con ellos, o bien no eres un buen y auténtico catalán. Ellos son el pueblo catalán, los demás, todos los que discrepen, son traidores españolistas. Es cinismo elevado a la máxima expresión.  

Y con esa dinámica cínica exigen un referéndum como acto evidente, en si mismo, de democracia, pero en el que sólo una parte restringida del cuerpo en el que reside la soberanía nacional puede participar, a pesar de que la cuestión afecte a la totalidad del mismo. Y ello, además, en condiciones tan laxas que cualquier resultado quedaría invalidado, no sólo por carecer de rigor, sino fundamentalmente porque no representaría, en puridad democrática, la voluntad mayoritaria de los electores concernidos, ni siquiera la de la mayoría de los catalanes.

Pervierten la legalidad al convocar un referéndum ilegal del que son conscientes que no podrán realizar sin cometer delitos punibles por la justicia y actuando desde la deslealtad institucional, la arbitrariedad jurídica y con claro desprecio del Estado de Derecho. Lo hacen cínicamente con la excusa de satisfacer un supuesto “derecho a decidir” (¿no deciden cuando votan en elecciones legales?), pero para decidir sólo lo que a ellos interesa y con el resultado asegurado previamente gracias a esas condiciones laxas de participación (eximen de un resultado cualificado y de una participación también incontestable) y al control absoluto de su organización (depuración del Govern de los consellers poco dados a quebrantar la legalidad, nombramiento de radicales independentistas al frente de la Policía autónoma, constante movilización ciudadana por organizaciones soberanistas que chantajean al Ejecutivo catalán, incluida la burda manipulación de cualquier tipo de manifestación ciudadana, como la celebrada en contra del terrorismo, etc.). Es tal la influencia de tales organizaciones radicales en la Generalitat (CUP, Asamblea Nacional, etc.), que el gobierno catalán actúa al dictado de ellas si pretende seguir gobernando. Ejemplo palmario de tal influencia es Carmen Forcadell, activista de Omnium Cultural y de la Asamblea Nacional Catalana, organizaciones que reclaman la independencia de Cataluña, que con su actitud consiguió ser designada presidenta del Parlamento catalán, no por sus méritos jurídicos y de servicio público, sino por la fuerza intimidatoria de sus movilizaciones. Ahora es ella la responsable de controlar la labor del Parlamento en favor de las iniciativas de sus afines independentistas. Y si para ello hay que subvertir la legislación vigente y no acatar las resoluciones del Tribunal Constitucional, ella está dispuesta a consentirlo desde su tribuna parlamentaria, la misma desde la que niega la labor de discusión de las leyes y el control al gobierno por parte de la oposición. Si eso no es cinismo, habrá que redefinir el concepto.

Una de las razones, cínicas por supuesto, para impulsar un referéndum ilegal es la negativa del Gobierno de España a negociarlo tal como conviene a los convocantes, partiendo del desprecio de la ley que no les faculta a promover tal medida. Nunca han querido discutir si ello era posible o no, asumiendo que la negativa sería la posibilidad más probable, por respeto a la legalidad, de esa imposible negociación. Su exigencia de negociación se basaba en el sí o sí, convencidos de que si ganan la consulta (por la mayoría que fuese) impondrían su criterio independentista, pero si perdían, obtendrían una excusa, a modo de agravio, para seguir intentándolo en el futuro, cuando las condiciones fueran más favorables, y así tantas veces como sean necesarias hasta culminar sus propósitos separatistas. Con todas las cartas marcadas, exigen cínicamente el “derecho” a decidir el sí, pero sólo el sí, cómo les interesa, cuándo les conviene y únicamente para lo que están dispuestos a consultar a una parte fragmentada de los electores y sin demasiados requisitos que preserven la voluntad de la mayoría. Se trata, por tanto, de un referéndum cínico promovido por cínicos representantes de la política nacionalista catalana, facción independentista.

Pero lo más peligroso de este envite cínico no es que una independencia de Cataluña sumiera en el aislamiento y la irrelevancia a la nueva república por causa del rechazo de la Unión Europea y del Derecho Internacional a reconocerla, en el improbable caso de que triunfara la consulta por mayoría indiscutible, sino el riesgo de enfrentamiento armado que podría derivarse entre Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que actuarían dependiendo de los poderes públicos en defensa de la legalidad constitucional, por un lado, y del “autogolpe” catalán, por el otro. Es un peligro cada vez más evidente conforme se acerca la fecha prevista del referéndum, aunque casi nadie lo aluda ni lo comente. Sin embargo, podría producirse un escenario de enfrentamiento violento entre los Mossos d´Esquadra y la Guardia Civil o el Ejército, cada cual obedeciendo órdenes en defensa de diversas legalidades, la existente y la que quiere imponer la Generalitat en sustitución de la constitucional vigente. Unos querrían asegurar la viabilidad del proceso electoral, otros impedirlo por ser ilegal. Afectados por una mutua desconfianza y directrices opuestas, no sería descabellado pensar que la tensión hiciera que se perdieran los nervios en algún momento. También, incluso, que unidades del Ejército tomaran el control de centros y organismos relevantes de una Comunidad a la que se le suspenden sus competencias por parte del Gobierno ante el claro incumplimiento constitucional y legal y su actuación contraria al interés general de España, según contempla la aplicación del Artículo 155 de la C.E. No es, pues, un escenario improbable, sino factible y al que parece conducir la actual dinámica de los acontecimientos. Provocarlo y desearlo es, en realidad, una actitud cínica irresponsable, por cuanto se pueden producir víctimas inocentes que enconarían todavía más el enfrentamiento, la división social y el odio en una región hasta la fecha pacífica y tolerante con las ideas, las culturas, los idiomas, las razas y los credos. Perseguir deliberadamente la ruptura de esa tradición y la buena convivencia que hasta ahora imperaban en Cataluña es un acto de cinismo supremo por parte de dirigentes independentistas catalanes, contrarios a cualquier solución que no sea la previamente diseñada en sus mentes cínicas.  

lunes, 28 de agosto de 2017

Muerte injustificable en un hospital


Mucha gente muere en los hospitales, lugares donde todos sus profesionales se dedican a luchar contra la enfermedad y velar por la salud de pacientes y usuarios. Son sitios en los que no resulta extraño que se produzcan, de forma cotidiana, muchas defunciones como resultado inevitable de procesos patológicos irreversibles o por el deterioro psico-somático que conlleva la vejez y el final de la vida de las personas. Todos hemos de morir alguna vez. Pero morir en unas instalaciones hospitalarias como consecuencia de un accidente perfectamente evitable es, además de injustificable, intolerable. Podrán esgrimirse explicaciones más o menos técnicas, pero no se hallarán razones que justifiquen la muerte trágica de un paciente aplastado por un ascensor. Ello es inconcebible, máxime en estos tiempos en los que sistemas mecánicos, técnicos y electrónicos con que se equipan estas máquinas garantizan su perfecto funcionamiento y minimizan cualquier riesgo, incluso en caso de fallo del suministro de energía eléctrica. Nada de lo cual evita las averías, pero ninguna de ellas con resultado de muerte.

Sin embargo, es lo que pasado en un centro sanitario. En el Hospital de Valme de Sevilla ha muerto hace unos días una joven de 25 años, que acababa de dar a luz por cesárea su tercer hijo, cuando era trasladada desde la zona quirúrgica a la de hospitalización. Durante el trayecto, el celador que la traslada se percata de que el ascensor no responde a las órdenes pulsadas en la botonera y, al intentar sacar la camilla para utilizar otro elevador, éste se pone repentinamente en marcha con las puertas abiertas y atrapa a la paciente contra las estructuras superiores, aplastando su cabeza y provocándole un traumatismo craneal severo que le causa la muerte inmediata, sin que diera tiempo de acabar de extraer la camilla de la cabina. Es una muerte atroz, inexplicable, injustificable e injusta. El celador testigo de los hechos está en tratamiento psicológico y los familiares de la víctima aún aguardan, más allá de las burocráticas condolencias, la asunción de las debidas responsabilidades, al nivel que correspondan. Porque lo ocurrido es una tragedia inverosímil que nadie podía imaginársela. Resulta inconcebible que en pleno siglo XXI, en el que los adelantos técnicos permiten hasta triplicar los mecanismos de seguridad de los elevadores, sujetos además a periódicas revisiones que condicionan su uso, se pudiera producir un accidente de esta magnitud, de fatales consecuencias, por un cúmulo tan insólito de fallos. Alguien o algunos tendrán que dar la cara por lo acaecido, sin endosarlo a la casuística de accidentes desafortunados e inevitables que acarrea cualquier actividad humana. Éste, en concreto, era un accidente perfectamente evitable si se hubieran respetado todos los protocolos de mantenimiento, revisión y reparación que aseguran el buen estado de funcionamiento de las máquinas elevadoras. Algo, pues, ha fallado y algunos, de manera activa o pasiva en el ejercicio de sus competencias, han actuado con negligencia, una negligencia homicida. Y esa responsabilidad hay que depurarla, no sólo como castigo o escarmiento, sino para que no vuelva a ocurrir, nunca más, nada parecido. Nadie debe morir por el fallo de un ascensor. Y menos en un hospital.

La población está conmocionada, y con razón, porque teme que lo sucedido sea fruto de una conjunción de fallos no correctamente solventados por múltiples contingencias, que abarcan desde la austeridad económica que condiciona un mantenimiento riguroso y exhaustivo hasta la manipulación de comandos o sensores que reduzcan las pérdidas de tiempo en un aparato de uso continuado y permanente. Tal vez, incluso, la simple fatalidad de otros factores desconocidos que inutilizaron los sistemas de bloqueo de seguridad de la máquina. Todo ello lo investigan la Justicia, la empresa externa encargada de su mantenimiento y los técnicos del propio hospital, a fin de averiguar la o las causas de un fallo tan extraño y repentino. Hasta los expertos del sector se muestran sorprendidos porque lo sucedido es algo inusual.

Pero, mientras tanto, los familiares de la mujer aplastada por el ascensor y los usuarios de la sanidad sevillana y andaluza exigen responsabilidades que vayan más allá de las meras notas de lamento y condena con las que pretenden disculparse los directivos de la institución y los responsables de la sanidad andaluza. Accidente fortuito, chapuza o negligencia hay que esclarecerlos sin lugar a dudas y con total transparencia, ya que un derecho, como es el de la salud, no puede suponer un riesgo mortal para el que lo exige, lo ejercita y, encima, lo financia con sus impuestos. Los recortes en sanidad, y en cualquier otro servicio público, no deben afectar a la calidad de la prestación. Pero menos aún poner en riesgo la vida de los usuarios. Esperamos, por tanto, esa explicación, que no justificación, de lo sucedido en ese hospital. ¿Quién va a dar la cara?

sábado, 26 de agosto de 2017

Yo sí tengo miedo

Un lema encabeza la manifestación que hoy recorre las calles de Barcelona en contra del terrorismo: No tinc por (no tengo miedo). Ese fue el grito espontáneo de los ciudadanos de aquella ciudad, y los del todo el país, ante la matanza causada por un terrorista yihadista, que atravesó la vía peatonal de La Rambla atropellando con una furgoneta a cuantos pudo embestir en su acción asesina. Frente al terror de los fanáticos, los barceloneses expresaron su apuesta por la paz, la libertad y la tolerancia. También en contra de la islamofobia, aunque algunas personas desahogaron su rabia culpando a los musulmanes, en general, del atentado y haciendo pintadas en mezquitas y centros islámicos.

Pero, aun uniéndome a los manifestantes, yo sí tengo miedo. Tengo miedo porque sus autores crecieron en nuestra sociedad pero no asimilaron nuestros valores. No eran guerrilleros venidos de fronteras lejanas y de otras culturas dispuestos a combatir lo que representamos, sino que eran chavales de nuestro entorno, que compartieron juegos con nuestros hijos, y no vacilaron en asesinar a sus paisanos en nombre de una religión que supuestamente exhorta la paz, la caridad y la bondad entre los seres humanos.

Yo sí tengo miedo porque de nuestra tolerancia se aprovecha el terror para captar a sus agentes del odio y la muerte, de nuestra libertad se vale para incubar su semilla de maldad, intolerancia y fanatismo, y de nuestra solidaridad obtiene recursos para fijar los objetivos de su demencial obsesión homicida. Algo hacemos mal cuando nuestros valores no convencen a los asesinos de lo erróneo de sus actos y de la perversión de sus ideales. Algo falla cuando cualquier lunático es capaz de mentalizar a unos adolescentes de que se inmolen, mientras matan a inocentes, en nombre de no se sabe qué guerra santa pretenden librar en nuestros países. Yo sí tengo miedo de ese terrorismo que surge en nuestras calles y barrios. Por eso estoy en contra del terrorismo, y por ello tengo miedo, mucho miedo.     

viernes, 25 de agosto de 2017

Calor de agosto


Casi podría decirse que el titulo es una redundancia, puesto que en el hemisferio norte agosto es el mes central del verano, en el que, aparte de ser el preferido por la mayoría de la población para disfrutar de las vacaciones, se disparan las temperaturas y los días sofocantes se multiplican como si de un castigo bíblico se tratase. En estas latitudes, calor y agosto pueden usarse como sinónimos. Y los que aborrecemos las aglomeraciones y los insomnios nocturnos a causa de un sudor que humedece las almohadas, no soportamos el calor de agosto. Tampoco el de julio ni el de septiembre. Demasiado calor y durante demasiado tiempo, ya que entre los prolegómenos y la agonía de la estación, el calor dura cerca de cinco meses, demasiados meses que achicharran el ánimo y derriten las meninges. Pero agosto tiene algo bueno: en él ya se empieza a percibir una mengua de la luz a medida que transcurren los días. Es un aviso, una leve esperanza para los que añoramos la brisa fresca, la quietud de los espacios y el silencio en el horizonte. Pero hasta entonces, hay que aguantar este calor de agosto. Un verdadero suplicio que se hace más llevadero con las melodías refrescantes del "Verano" de George Winston...


miércoles, 23 de agosto de 2017

Cultura sin sectarismos

Ahora, cuando el sectarismo nacionalista considera “franquistas” o, lo que es lo mismo, "fascistas " por presuntamente “españolistas y anticatalanistas”, lo que equivale a ser tachados de "hostiles a la lengua, cultura y nación catalanas", a figuras de la cultura española más universal, como son Antonio Machado, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Goya o Mariano José de Larra, entre otros, con la pretensión de eliminarlos del nomenclátor de la ciudad de Sabadell en virtud de una particular Memoria Histórica sesgada de cantonismo excluyente y desintegrador, reivindicamos desde esta bitácora a tan egregios nombres que marcaron con sus obras una visión desacomplejada y una cultura propia de la que podemos sentirnos orgullosos, pues contribuyó a forjar una España plural, diversa y compleja que nos lega un idioma como vehículo de convivencia, conocimiento y fraternidad a escala mundial entre pueblos, razas, continentes y culturas, salvo, al parecer, la catalana, huérfana de una identidad sin taras ni privilegios. Sin pedantones…


SOLEDADES, canto II
 
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
 
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
 
y pedantotes al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
 
Mala gente que camina
y va apestando la tierra…
 
Y en todas partes he visto
gente que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra. 
 
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
 
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
 
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra.
 
Antonio Machado

lunes, 21 de agosto de 2017

Árabes, musulmanes, moros y yihadistas

Cuanto más cercano y brutal golpea el terrorismo, como el atentado producido en Barcelona la semana pasada con quince muertos y más de un centenar de heridos, ejecutado con el salvajismo y la frialdad habituales de unos fanáticos radicales, enajenados con ideas demenciales y absurdas (emprender una guerra santa contra los “infieles”), más necesario es mantener la cabeza fría, aunque los sentimientos se desborden, para evitar caer en estereotipos manidos a la hora de reaccionar ante la tragedia. Es entonces cuando hay que hacer un esfuerzo por racionalizar los impulsos y centrar los análisis para no equivocar las conductas ni las posibles soluciones con las que enfrentarse a estos y futuros ataques.

Esto debe ser así porque las reacciones emocionales suelen ser exageradas, ciegas, confusas y poco útiles, y se prestan a la manipulación interesada y la creación de estados de opinión que convienen a los que “pescan en ríos revueltos”. Por ello interesa averiguar con desapasionada precisión cuánto sucede e intentar determinar sus causas reales a fin de atinar en la respuesta y fortalecer nuestra defensa. Nada se logra, por tanto, en culpabilizar del desastre e identificar a sus autores con la totalidad del colectivo musulmán ni, tampoco, con el fenómeno de la inmigración. Las generalizaciones, aparte de injustas, no hacen más que desviar responsabilidades y camuflar incompetencias y errores. Yerran en el diagnóstico y fallan en la solución de los problemas, como demuestra, precisamente, el presidente Trump en Estados Unidos cuando dice combatir el terrorismo islamista prohibiendo la entrada de todo musulmán a su país. Criminaliza una religión. Y adopta, en su obcecación, medidas extremas que son inútiles y zafias, entre otros motivos porque no se pueden poner puertas al campo ni muros a los océanos, aunque permitan ganarse el apoyo emocional de los que creen que los problemas complejos tienen soluciones simples y, en apariencia, contundentes.

Nada es sencillo ni fácil en la lucha contra el terrorismo de cualquier jaez, pero menos aun en el de raíz islamista radical. De ahí la necesidad de aclarar ideas y precisar términos para saber de lo que se habla y a quiénes nos referimos. Racionalizar el problema. Y lo primero es reiterar cuantas veces haga falta que los musulmanes no son el problema, ni estamos frente a una guerra de civilizaciones, ni los inmigrantes debilitan nuestras defensas frente al terror. Incluso hay que subrayar que ni siquiera los occidentales somos los más perjudicados por este mal que sólo excepcionalmente incide –y mata- a ciudadanos de nuestros países. Nada de lo anterior, empero, impide que se actúe con determinación y eficacia frente a los que intentan minar nuestras convicciones y atemorizar a nuestros pueblos, haciéndonos creer que somos vulnerables a sus acciones a la desesperada. Buscan infructuosamente con sus bombas y atentados que renunciemos, en aras de la seguridad, a los ideales y valores de libertad, democracia, tolerancia e igualdad que iluminan nuestras sociedades, incitando una respuesta pasional que contribuya a convertirlos en víctimas y no en verdugos, que es lo que son, lo que utilizarían como justificación a sus arrebatos homicidas. Pero tal precisión ha de empezar por el lenguaje, definiendo conceptos y aclarando términos, puesto que nada hay más tendencioso que las palabras, con sus connotaciones y ambiguas interpretaciones que denotan intenciones, sean explícitas o implícitas. Expresan más de lo literalmente dicen hasta convertirse algunas de ellas en términos peyorativos, útiles para la ofensa y la difamación. Por eso conviene no dejarse llevar por la emoción.

Y es ahora, en que la rabia nos presenta al Islam como el enemigo y al “moro” como objeto de nuestras fobias y peores temores, cuando hay que afirmar con rotundidad que la religión de los seguidores de Mahoma, igual que otros credos, no representa ningún peligro para los fieles del catolicismo en Occidente. Aunque toda religión, por definición, se considera como la única verdadera y fruto de la revelación divina, lo que supone que las demás son falsas, ello no significa que en estos tiempos modernos unas y otras mantengan un enfrentamiento a muerte entre ellas, salvo esos cuantos lunáticos islamistas que, por motivaciones políticas y de dominio ideológico, declaran la “guerra santa”, la yihad, contra aquellos que no comulgan ni acatan su particular interpretación religiosa ni la obligada tutela que esta ejerce sobre la organización civil, social y cultural, allí donde se implanta a sangre y fuego.

Las primeras y principales víctimas de la intransigencia religiosa de estos radicales son los propios seguidores del Islam, los musulmanes que habitan los países por donde expanden su terror los yihadistas con afán excluyente y totalitario, despreciando y asesinando a quienes pertenecen a cualquier otra escuela o secta islámica (sunníes, chiíes, wahhabistas, salafistas, etc.) que no sea la que ellos encarnan con bombas y metralletas. La casi totalidad de los musulmanes son pacíficos y se integran sin dificultad en nuestras sociedades, manteniendo, eso sí, ritos y costumbres de su cultura y religión perfectamente compatibles con la convivencia en sociedades plurales y diversas. Se pueden contar con los dedos de una mano los inmigrantes islámicos que han cometido atentados terroristas en los países de acogida. La mayoría de esos inmigrantes huyen de guerras, calamidades y pobreza de sus respectivos orígenes. De ahí que la inmigración no sea la causa principal, ni siquiera condición que lo favorezca, del terrorismo islamista radical que intenta atemorizarnos en nuestros países con actos arbitrarios y a la desesperada.

Lo que sí se produce es que los descendientes en segunda o tercera generación de esos inmigrantes, que ya nacieron en nuestros países y son ciudadanos occidentales como nosotros, con problemas de identidad y arraigo (no se consideran totalmente europeos, pero tampoco árabes), marginados, sin apenas formación, excluidos del mundo laboral y sin expectativas en su horizonte vital, se convierten en presas fáciles para la radicalización por parte de manipuladores religiosos (emir o imán radicado aquí o a través de Internet), que los convencen de que su identidad islámica está por encima de la europea y han de vengarse de los “infieles” de esta sociedad que impide que “su” Islam se expanda y, como verdadera religión que es, implante su dominio en esta parte del mundo. Así mentalizados, pueden crear una célula de desarraigados musulmanes radicalizados dedicada a practicar la Yihad por su cuenta y riesgo, sin necesidad de estar coordinada por ninguna organización de dentro ni de fuera del país, aunque posteriormente al atentado la más activa de ellas reivindique la autoría de un hecho que ignoraba se estaba preparando. Se valen de esos “lobos solitarios” o células invisibles para amplificar una amenaza que no están en condiciones ni capacidad de materializar. Es decir, no todos los atentados cometidos en Europa son obra del Daesh, grupo armado islamista que prácticamente ha sido expulsado de todos los territorios que había ocupado en Siria e Irak.

Es injusto y desproporcionado acusar, pues, al Islam y a los musulmanes de las atrocidades que cometan unos lunáticos en nombre de Alá. Lo que sí se debe exigir a la comunidad musulmana es que detecte y denuncie a las autoridades a los que sorprendan de entre ellos con un fanatismo hostil hacia el país que los acoge y en el que residen, con actitudes violentas hacia las personas de otras creencias y culturas, y que muestran conductas sospechosas de estar siendo radicalizados por desconocidos.

Pero ninguno ha de ser tildado de “moro” como expresión que denota nuestro desprecio y rechazo. Porque no todos proceden del Magreb ni invadieron España en el siglo VIII. Pueden ser sirios, pakistaníes, turcos, marroquíes, sudaneses y hasta palestinos que comparten profesar una misma religión, en cualquiera de sus divisiones, como seguidores de Mahoma. Hay que dejar de usar ese término peyorativo con el que denominamos a todo árabe que practica el Islam, a todo musulmán procedente de África o Cercano Oriente que habla árabe y se arrodilla varias veces al día a rezar el Corán. Si queremos derrotar el terrorismo yihadista tendremos que concretar quiénes son los terroristas y no tachar a medio mundo de ser nuestro enemigo. Así no derrotaremos nunca esta amenaza que nos conmueve hasta las entrañas. Los musulmanes auténticos también se manifiestan en contra de la violencia y el terror.

jueves, 17 de agosto de 2017

Jo també sóc catalá


Jo també sóc catalá y estoy al lado de las víctimas inocentes del terror, sean catalanas, españolas, francesas, belgas o inglesas, víctimas de cualquier nacionalidad, raza, idioma o religión que son objeto del odio de los fanáticos e intolerantes que asesinan indiscriminadamente empujados por su debilidad y complejo de inferioridad. Hoy más que nunca, cuando el terrorismo yihadista atenta en Barcelona, me solidarizo con el ser humano al que le arrebatan la vida porque ama la libertad, la paz y la democracia que los terroristas combaten porque no son compatibles con su ideario trasnochado de sangre y muerte.