lunes, 31 de marzo de 2014

Algarrobico, la contumacia de un error


Hubo un tiempo en que se demolían casonas o palacetes para ensanchar una avenida o construir una tienda por departamentos en pleno centro de cualquier ciudad, también se eliminaban los restos de la fachada arquitectónica de una industria acorralada por la expansión urbanística para levantar un bloque de pisos almenas, sin más diseño que el de un rectángulo cuadriculado de balcones clónicos, o se asfaltaba la costa para promocionar un turismo de masas, hoteles y segundas residencias, de nacionales y foráneos, que contribuía al desarrollo especulativo y fácil del país, sin necesidad de apostar por el conocimiento, la investigación y la innovación como motores inagotables del crecimiento.

Aquellos hábitos son difíciles de erradicar y todavía incuban muchas de las iniciativas que más de un corregidor iluminado pretende implementar para conseguir un atajo hacia el progreso de su término municipal, en el mejor de los casos, o el aprovechamiento particular e incluso la avaricia lucrativa, en el peor, de los que portan en su cara la desfachatez. No hay clases sociales para la estulticia, aunque sí mayores o menores posibilidades para ejercitarla. Hace pocos días, sin ir más lejos, tuvo que dimitir todo un director general de la Agencia Andaluza de Energía por seguir creyendo que todo espacio libre es urbanizable y construir una vivienda de forma ilegal en un terreno rústico, pero de una belleza paisajística indudable, en el municipio malagueño de Yunquera. Pero no es sólo una persona la que se equivoca.

Frente al mar de Arborán, en pleno Cabo de Gata, se levantó una torre de hormigón de veinte plantas de altura destinada a convertirse en un hotel enclavado en un envidiable rincón, a pie de playa, que atraería como moscas turistas propios y extraños a extasiarse con las vistas. No en balde aquellos paisajes conforman un espacio natural protegido que sólo rinde beneficio al medio ambiente, para disfrute de lagartijas, gaviotas y hippies nostálgicos que rastrean calas solitarias e inaccesibles donde practicar nudismo a la luz de la luna y bajo los sones de una guitarra.

Imbuidos por esa mentalidad antigua que anhela el desarrollo rápido y especulativo, el municipio de Carboneras concedió licencia en 2003 a un empresario para la construcción del hotel Azata del Sol, de 411 habitaciones, en la playa de El Algarrobico. Las demás administraciones públicas implicadas tampoco pusieron objeciones al proyecto inmobiliario, sin tener en cuenta que se ubicaba en terrenos no urbanizables y, para colmo, incumplía la Ley de Costas, que establece una servidumbre diáfana de 100 metros en la que está prohibido construir. Desde entonces, El Algarrobico se ha convertido en todo un símbolo, en la contumacia de un error que transita por los juzgados del país sin que, a día de hoy, ninguno corrija definitivamente la aberración urbanística y, lo que es peor, obligue asumir responsabilidades por parte de quienes cometieron tamaño yerro.

Se suceden, desde hace más de una década, las sentencias que paralizan las obras y ordenan la demolición del edificio junto a otras que dan la razón al constructor por disponer de las correspondientes licencias. La última, del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, declara urbanizable el solar donde se yergue el hotel, lo que motiva la inmediata reacción de los que entonces se equivocaron de recurrir al Supremo, sin que aclaren quién se hará cargo de los costes de demolición y de las indemnizaciones que haya que pagar al propietario.

Y es que seguimos pensando que el “ladrillo” no es ninguna equivocación si posibilita un modelo productivo que genere empleo, riqueza y crecimiento a corto plazo, como exige la emergencia del paro en esta región. La contumacia del error consiste en creer que El Algarrobico es sólo un caso puntual que puede dirimirse en los juzgados y que no impide que se siga apostando por la construcción y el turismo, sometidos a cierto control medioambiental y modificando las leyes que haga falta, como resortes del desarrollo en Andalucía y España.

Yo no sé si algún día se tirará aquel horrible hotel y se restituirá la zona a su estado natural. De lo que si estoy seguro es que ninguno de los que se equivocaron al propiciar el entuerto responderá de ello y los costos los asumirán los contribuyentes, como se hace con las pérdidas de los bancos y las autopistas. Pero puestos a erigir un monumento a la estulticia, dejaría aquella mole vacía como símbolo a la contumacia del error y distribuiría su fotografía entre todas las administraciones que intervienen en el diseño urbanístico de nuestro país, empezando por Andalucía, donde sería obligado fijarla en cada despacho.

sábado, 29 de marzo de 2014

Huelga en las cafeterías del mayor hospital de Andalucía


Que los tiempos no son buenos para el “currante” es algo archisabido y además sufrido. Se destruye empleo como nunca en la historia reciente de este país y la última “reforma” laboral diseñada para combatirlo facilita aún más el despido. Son contradicciones que uno no acaba de entender pero que los “expertos” en economía dictan como si fueran verdades bíblicas y los políticos aplican a rajatabla, ignoro si convencidos de su idoneidad aunque no den resultados. Por esa regla de tres, hay que causar más paro para combatir el desempleo y precarizar el poco trabajo existente para crear empleo, eliminando de camino derechos y garantías que amparaban al obrero frente al inmenso poder del patrono y el capital.

De este modo, el trabajador en España se está convirtiendo en una especie en peligro de extinción a la vista de cómo las empresas han aprovechado todas esas posibilidades para maximizar los beneficios a costa de minimizar costes, sobre todo los salariales. Sería una tontería no aumentar las ganancias por querer mantener las plantillas, cuando el Gobierno concede todas las facilidades legales para hacer lo contrario. Es justamente lo que está intentando hacer la empresa MARHAN, concesionaria de las cafeterías del complejo hospitalario Virgen del Rocío de Sevilla.

Marhan es una filial del grupo Casa Márquez que se dedica al negocio de la restauración y suministros de catering a instituciones, fundamentalmente. Da empleo a 90 trabajadores en las cafeterías del Hospital de la Mujer, Traumatología, Centro de Diagnóstico y Hospital General de aquel recinto, en el que atiende al personal sanitario y a los usuarios del enorme complejo hospitalario, el mayor de Andalucía. También se encarga de facilitar las comidas al personal de guardia y de explotar las máquinas dispensadoras de bebidas y víveres (frutos secos, frutas, etc,) existentes en el interior de esas instalaciones, donde, aprovechando que la matriz se dedica  a la comercialización, montaje y mantenimiento de material e instalaciones eléctricas, ha conseguido, además, la adjudicación del negocio de los televisores para los pacientes, aparte de otros contratos. Es, evidentemente, una empresa que ha sabido diversificar su actividad, al parecer a expensas de contratos con el sector público en general, y el sanitario en particular. Nada que objetar si con tal crecimiento conseguía crear empleo, no sólo ganar dinero.

Pero, tras hacerse con el negocio de las cafeterías y desvinculándose del convenio colectivo del sector, Marhan ha aplicado un ERTE a los trabajadores como paso previo a un ERE que reducirá la plantilla, se desentiende de las condiciones retributivas acordadas cuando consiguió la concesión y rebaja drásticamente el sueldo a unos camareros que luchan por no ver empeoradas sus condiciones laborales, sin dejar por ello de ofrecer el buen trato, la amabilidad y la profesionalidad que les caracteriza a la hora de atender al público (sanitarios y familiares de pacientes) de aquellas cafeterías, un público que, téngase en cuenta, constituye una clientela asegurada y “cautiva” del negocio.  

A causa de esa política empresarial de optimizar los beneficios, los trabajadores de las cafeterías llevan sin cobrar pluses, antigüedades y algunas nóminas ordinarias y extraordinarias desde hace meses, algunos conceptos desde hace años. No obstante, los demás trabajadores del hospital se enteran del conflicto cuando, como último recurso en las negociaciones, padecen una huelga intermitente que mantiene cerradas las cafeterías en determinados días durante las últimas semanas.

La mayoría de los trabajadores de esas cafeterías son compañeros que, en algún caso, conocemos de “toda la vida” porque son los mismos camareros que tuvieron que constituir una cooperativa para conservar el empleo cuando la primitiva empresa que las explotaba renunció a la concesión. Ahora, al cabo de tantos años, vuelven a revivir aquella incertidumbre que les trastoca la estabilidad laboral, pero esta vez sin la “comprensión” de la gerencia del Hospital ni el apoyo de una legalidad que los ampare y proteja frente a la voracidad lucrativa del nuevo patrón.

Esgrime la dirección del centro sanitario que se trata del conflicto de una empresa privada y esgrime la empresa privada que el hospital paga “tarde y mal” el servicio de hostelería que le presta, a pesar de -se supone- que todas esas particularidades estaban perfectamente acordadas en las cláusulas del contrato con el que se consiguió la concesión, junto al previo estudio pormenorizado sobre la viabilidad económica del negocio por el que se pujaba, sin necesidad de despedir a nadie.

Sin embargo, lo único cierto es que 90 trabajadores ven peligrar su puesto de trabajo y no se les reconoce la deuda contraída con ellos por los reiterados retrasos e incumplimientos retributivos por parte de la empresa. Encima, se les “castiga”, como medida de presión, con la prohibición de tomar café en el desayuno si antes no lo abonan religiosamente y se cuestiona su honestidad al instalar un sistema de televigilancia electrónica que “espía” su trabajo, al menos en las cafeterías del Hospital General.

Todo ello sucede en el interior de unas instalaciones públicas y contra unos trabajadores prácticamente tan “funcionarios” como el personal sanitario, de los que la dirección del Hospital se desentiende completamente al no considerar suyo el problema. La actitud de “lavarse las manos” del Hospital no es neutral, ya que podría amenazar con rescindir la concesión por incumplimiento, obligando a la concesionaria a negociar con menos prepotencia con los trabajadores, y no alinearse con ella al contratar a unos trabajadores “ajenos” que sirvan los servicios mínimos al personal de guardia. Casa mal con la pretensión de “neutralidad” esa casi conculcación del derecho de huelga que se comete con la contratación de “esquiroles” y, sobre todo, cuando se ordena redoblar el número de vigilantes de seguridad, lo que ha supuesto algún forcejeo y enfrentamiento verbal con los huelguistas.

En estos comportamientos tan propios del “capitalismo de amiguetes”, que se confabulan para repartirse la tarta de cualquier negocio, siempre acaban perdiendo los trabajadores. La externalización de servicios acarrea en todos los casos una pérdida de empleo y la reducción de salarios. Los gestores salen ganando al reducir con las concesiones el “gasto” de ofertarlos directamente, y los que se las adjudican precarizan cuánto pueden o permiten con tal de aumentar las ganancias. Unos cobran un canon y otros consiguen pingües beneficios, pero el trabajador sale perjudicado en su más preciado patrimonio: su trabajo, del que se le despoja, se mal paga o se retrocede en las condiciones de prestación. Lo estamos comprobando en el seno de la mayor empresa pública de Andalucía, en ese conflicto que sufren los trabajadores de las cafeterías de un hospital de la Sanidad, en el que observamos la connivencia entre empresarios ávidos de enriquecimiento y los “mandados” de una política que dice -de boquilla- estar en contra de que se castigue siempre a los trabajadores. Todo muy legal, seguramente, pero hipócrita e inmoral, si procede de quienes luego van a pedirte el voto supuestamente para defender a la parte débil de esa relación: al obrero. ¡Tomad nota, compañeros, y contad con nuestro apoyo!

miércoles, 26 de marzo de 2014

Culto al difunto

Este país es proclive a mostrar aprecio a la persona muerta, pero negárselo en vida. Más que el reconocimiento de lo que no se quiso o convino valorar, se expresa en el culto al difunto el remordimiento, nunca confesado, por la ingratitud que se le dispensó al ahora llorado y añorado. Si el finado se presentase a unas elecciones en medio de tanta conmiseración como la que despierta, arrasaría con mayorías absolutas lo que no consiguió mientras podía disputarlo a causa del aislamiento y el rechazo que le brindaron los que hoy sienten su desaparición. De cuerpo presente y camino del sepulcro, hasta el enemigo más repudiado encuentra la comprensión y el halago de los que sólo denunciaban carencias y hasta maldad en su conducta y en sus propuestas o acciones. España es especialista en obituarios laudatorios. Rinde honras al difunto y eleva a los altares, hasta rozar el culto a la personalidad, a los personajes que calan en su alma cuando fallecen, pero que no logran anidar en su corazón cuando gozan de buena salud o se entregan vivos a desempeñar la tarea que le han encomendado.

Es lo que se está haciendo en estos momentos inmediatos a su muerte con Adolfo Suárez, el primer presidente de Gobierno de la democracia en España. Su mérito: tener olfato político, para desde una dictadura transitar hacia un régimen democrático, y sentido común. Es decir, ser práctico y sensato para comprender que, tras la muerte del dictador Francisco Franco en la cama, el país tenía que evolucionar de la manera menos traumática posible hacia la “normalidad” política en la que se hallaban los demás países de nuestro entorno. ¿Qué otra cosa podía hacer?

No es restarle méritos a la afortunada empresa que supo dirigir para que la democracia y las libertades se asentaran entre nosotros, pero se sobrevalora a Adolfo Suárez después de muerto con la misma intensidad con la que se le expulsara de la política por falta de apoyos y votos. El centro político que logró configurar en torno a su figura y sus partidos (UCD y CDS) le fue arrebatado tanto por la derecha de aquella Alianza Popular de los “Fraga boys” como por la izquierda de Felipe González, ambos adversarios inmisericordes con aquel advenedizo demócrata surgido del franquismo más genuino, el que vestía camisa azul y llegaría ser Secretario General del Movimiento y director de una TVE en la que existía la censura.

Hoy se forja el mito de un político que, aparte de nadar en la dictadura y guardar la ropa en democracia, fue ante todo honrado. No renegó de su pasado y se dedicó a planificar un futuro que debía venir acompañado forzosamente de democracia, para respetar la voluntad inequívoca y plural de la sociedad de la época, imposible de amordazar por más tiempo. Es indudable que fue uno de los artífices principales de la famosa Transición española de la dictadura a la democracia. Podía prometer y prometía a los ciudadanos tesón, coraje y prudencia para conseguirlo, partiendo de la legalidad existente para construir otra legalidad constitucional, moderna y democrática. Y supo lograrlo gracias al consenso al que todos los actores de aquel “experimento” se entregaron para evitar “males mayores”, pero sin poder silenciar completamente el “ruido de sables” que provenía de algunos cuarteles.

Suárez era listo y pragmático. Había que pactar para alcanzar el acuerdo de convivencia en democracia y libertades que él supo labrar, estando a la altura de las circunstancias de lo que la Historia de este país exigía tanto a él como a todos los invitados de aquellos instantes históricos. Desde el Rey hasta los comunistas, los militares y las fuerzas sociales, sindicatos y empresarios, políticos y ciudadanos, se avinieron a encontrar el mínimo común que les concediera la oportunidad de enganchar España en la normalidad de un régimen democrático y que dejara atrás la anomalía de una dictadura con sus fusilamientos y estados de excepción.

Y como tantos otros que lucharon incluso con más sacrificios por estos ideales, pronto fue superado por una dinámica que les arrasaría. Adolfo Suárez recibiría la misma recompensa que, a nivel periodístico, consiguiera la revista Cuadernos para el Diálogo: tras empeñarse en convocar la democracia, ésta los arrolla y los relega al olvido. Fue cuando, aparte de ser práctico y sensato para afrontar el devenir político de este país, demostró también ser honrado y honesto. E hizo aquello que no es común ni en los políticos de antes ni los de ahora: dimitir cuando se sintió abandonado por todos, a pesar de haber vivido toda su vida de la política. Todos, los suyos y los oponentes, se apartaron de él y le dejaron languidecer entre traiciones de sus correligionarios y la desafección de sus votantes.

Hoy todos agradecen a Adolfo Suárez su trabajo y lloran su pérdida, sin acordarse de que empezaron a perderlo tras el batacazo electoral de 1982, cuando cuatro millones de sus votantes prefirieron otras opciones. Más que un ser providencial, fue un político cabal y sagaz, sensato y honesto. Nunca lo voté, pero hoy tampoco lo santificaría. Simplemente, entre la mediocridad y ruindad que caracteriza a los políticos actuales, el primer presidente de la democracia emerge como una figura íntegra que no engañó a los ciudadanos. De resultado de ese contraste, es imposible no rendir culto al difunto. No es para menos.

lunes, 24 de marzo de 2014

Insultos a la dignidad

Este fin de semana confluyeron en Madrid las ocho marchas que partieron de todos los puntos cardinales de España para manifestarse en la capital del reino contra los recortes, los desahucios y el empobrecimiento en general que el Gobierno está consiguiendo con sus políticas en la población. Los integrantes de las marchas, más de 50.000 personas (según datos policiales) estaban convocados bajo el lema de Marcha de la Dignidad, con el objetivo de expresar públicamente el hartazgo y el malestar de los ciudadanos con las medidas económicas adoptadas por el Ejecutivo de Mariano Rajoy que castigan especialmente a las víctimas y no a los causantes de la crisis financiera que dice combatir. Una protesta generalizada que quedaba patente en las reivindicaciones que lucían las pancartas de la manifestación final que recorrió Madrid: “No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más” y “Fuera Gobierno de la troika”.

En la capital les aguardaba un despliegue policial de más de 1.600 agentes antidisturbios, además de efectivos de la Guardia Civil y Policía municipal para evitar desórdenes y destrozos, a pesar de que la manifestación contaba con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Semejante fuerza “disuasoria” parece demostrar que las autoridades gubernamentales no se fían de la libertad de expresión y manifestación de los ciudadanos y mantienen una presencia alerta que, más que disuadir, logra estimular a grupúsculos extremistas para enfrentarse a las Fuerzas del Orden.

Ninguno de los colectivos integrantes y los miles de ciudadanos participantes de la Marcha de la Dignidad deseaban que se generara la más mínima violencia en la manifestación. Sin embargo, los medios de comunicación de derechas, afines al Gobierno, no cejaron desde semanas antes de la manifestación de resaltar el presunto carácter “radical” de la misma, insinuando que obedecía a consignas de formaciones “violentas” de izquierdas. Los ideólogos intransigentes de la derecha se afanaron desde las tertulias en las que intervienen en criticar ferozmente la convocatoria de las marchas y en lanzar insultos contra las figuras más representativas que las apoyaban, como el actor Willy Toledo (quien leyó el manifiesto que cerraba las marchas), al que acusan de tener un chalet en Cuba y venir sólo a dar lecciones a los españoles. O el Sindicato Obreros del Campo, liderado por Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda (Sevilla), al que tildan de impresentable por “ocupar” simbólicamente fincas y “requisar” carros de comida de los supermercados.

Con todo, a pesar de los insultos y la provocativa presencia de la policía, la Marcha de la Dignidad se realizó sin apenas incidentes para una manifestación tan numerosa y que pretendía exteriorizar el “cabreo” de los ciudadanos contra una gestión del Gobierno que entienden los castiga innecesariamente. Decenas de miles de personas, procedentes de todos los rincones del país, colapsaron el centro de la ciudad y se dispersaron tranquilamente, salvo los puntuales casos de enfrentamientos aislados que dejaron un saldo de veinte policías heridos e igual número de detenidos por vandalismo y agresiones. Algo semejante a lo que ocurre en cualquier partido de fútbol de los considerados de “alto riesgo”, pero con menor trascendencia.
 
Se quería menospreciar y tergiversar el mensaje contra los recortes que los ciudadanos pretendían transmitir al Gobierno de la Nación y la dignidad de su comportamiento y la franqueza de su actitud no pudieron ser mancillados por los que no soportan la crítica y el disenso. Los insultos a la dignidad se vuelven en contra de los intransigentes de la derecha española, que temen la concienciación de una sociedad harta de las políticas que impulsa el Gobierno, precisamente en un período -de aquí a 2016- de próximos comicios electorales europeos, municipales y autonómicos. Olvidan que no es con ofensas sino con razones como se convence a la gente. ¿Sabrán dialogar?

domingo, 23 de marzo de 2014

Domingo cualquiera


Hoy es un domingo cualquiera, un día sobrevalorado que siempre acaba decepcionando porque te conduce directamente a la rutina de la semana, ya sea laboral, doméstica o personal. A la sujeción de horarios, a los compromisos familiares o profesionales y a la dependencia siempre de circunstancias que vienen impuestas, son obligadas para vivir, respirar o comer. Toda la aureola festiva del domingo es una ilusión pasajera de libertad que jamás nos conceden, que nunca disfrutamos. Nos gustaría poder eternizar la jornada para dedicarnos a lo que de verdad nos apetece, pero en realidad no sabríamos qué hacer con unas horas vacías de contenido y llenas de expectativas insatisfechas.

El domingo sólo sirve para completar un engaño que intentamos creernos para sonreír, pasear o simular una felicidad que siempre nos niega, porque a la postre te hace despertar en la realidad semanal que te aguarda sin remedio. El ocio del domingo se convierte en una mascarilla que te impide morir de asfixia pero no te deja respirar con normalidad. Sabes que es una ayuda, un placebo para no desfallecer en el continuo avance que hacemos hacia ningún sitio deseado. Por eso, puestos a disfrutar de un día de asueto, prefiero antes cualquier otro de la semana. Lo aprovecho más en mi vagancia y parece que soy yo quién toma la decisión de celebrarlo, no por imposición del calendario.

sábado, 22 de marzo de 2014

El declive de la Sociedad

Los cimientos sobre los que se asienta la sociedad contemporánea son puramente economicistas. La economía, antiguo instrumento al servicio de la sociedad, se ha convertido en la infraestructura que determina y define la superestructura social, modos de vida en común que dependen de los intereses de los grupos de poder dominantes que controlan los procesos de producción y tecnológicos.

La sociedad, el sistema social que se forma a través de tradiciones, creencias, leyes, ideas y actitudes que comparten sus integrantes, está condicionada a preservar y garantizar los intereses del Capital. Lo estamos comprobando con dolorosa claridad gracias a las decisiones que, presuntamente implementadas para combatir una crisis surgida hace cinco años en el sistema financiero, nos imponen lo que se ha venido en llamar “mercados”: entes sin rostro y sin alma que anteponen el beneficio y la rentabilidad mercantil a las personas. Por interés económico, nos obligan a renunciar de nuestros sistemas de protección social para conseguir rebajar la “deuda” de los Estados que ellos estiman inasumible y contraproducente para el “negocio”. Su poder es tan absoluto que hasta nos contagian su jerga. Nuestro lenguaje se ha contaminado de términos contables con los que describimos esa realidad de pobreza a la que nos empujan los todopoderosos mercados.

De hecho, ya no medimos la utilidad de un servicio público en función de las necesidades que satisface, sino por si es “sostenible” o no. La sanidad, la educación o las pensiones están en cuestión por cálculos mercantiles, a pesar de que su financiación provenga de los impuestos que pagan los ciudadanos. Sin embargo, tal “inversión” de los Presupuestos del Estado en servicios públicos es considerada un “gasto” por una infraestructura económica que nos obliga a sustituirla por la ofertada por la iniciativa privada, lo que interesa prioritariamente al “mercado”. Es decir, nuestro estilo de vida sustentado en un Estado del Bienestar está siendo concienzudamente destruido para levantar sobre sus restos una sociedad regida por el neoliberalismo económico, capitalista sin caretas, que interesa a los detentadores de los modos de producción. Todo ello sin votarlos y sin tener en cuenta la opinión de los ciudadanos al respecto. Dada esta dependencia, los Estados han dejado de ser democráticos, por cuanto nadie elige a los dictan las normas.

Sin embargo, esta deriva neoliberal de los Estados era algo inevitable en tanto en cuanto nuestro bienestar se basa en la explotación de los recursos -naturales o técnicos- y la estratificación de la sociedad en élites que detentan el poder y unas masas que producen y consumen tales recursos, generando el negocio y la productividad de las inversiones. La globalización ha acelerado el proceso y una oportuna crisis lo ha precipitado. Existe toda una abierta ofensiva de los pudientes para no contribuir de ninguna manera en el sostenimiento de un modelo de sociedad que consideran lesivo a sus intereses y a su concepción de las relaciones de fuerza. La élite económico-política-social ha decidido cambiar los “viejos” Estados “protectores”, surgidos tras II Guerra Mundial, por Estados liberales que permitan actuar al mercado sin interferencias ni regulaciones, salvo si no es para garantizar la obtención de sus beneficios. De esta manera, se añade a las Constituciones la debida referencia a la supremacía del deber de saldar la deuda antes que cualquier otro derecho ciudadano. Y se desmantela pieza a pieza todo el sistema de auxilio social que se había consolidado durante generaciones, no por Humanidad sino como premisa básica para dotar a las masas de cierta estabilidad a la hora de producir y consumir en un incipiente mercado interno, para dejar en su lugar la libertad de oferta y demanda, sin intervencionismo estatal, movido por el lucro como único objetivo.

El Estado, que dada su dependencia no es democrático, deja de ser social para ser mercantil. No antepone los intereses sociales, sino que protege la rentabilidad de los mercados, a los que supedita toda su actuación mediadora y reguladora. Deja que el mercado imponga sus condiciones y no defiende los derechos de las personas que conforman el núcleo esencial de su existencia como organización de la colectividad. Corrige estatutos de los trabajadores, reforma leyes y modifica normas y servicios para adecuarlos a las exigencias del mercado o, lo que es lo mismo, del Capital y de los intereses de la élite dominante, propietarios y detentadores de aquel. Da la espalda a las necesidades ciudadanas para atender los reclamos mercantiles de la economía, único motor de la vida en sociedad y única y última justificación de toda iniciativa legal, cultural, social y moral. Como revelaron los filósofos de la Escuela de Frankfurt, ampliando el pensamiento del materialismo histórico, toda la superestructura social y sus formas de manifestarse depende de la infraestructura que forman los modos de producción y la economía de las clases dominantes.

Lo peor de todo ello no es el empobrecimiento al que conducen a las masas y la desaparición de las clases medias por la avaricia de una élite, sino que, según algunos estudios recientes, todo este sistema social está condenado al colapso por el agotamiento de los recursos y las tensiones de la estratificación económica que generan desigualdades sociales. Así lo advierten los científicos que han investigado las dinámicas humanas y naturales para pronosticar el colapso de la civilización industrial, en un estudio financiado por la NASA. Allí afirman que, igual que cayeron los imperios egipcios, romanos, maya, español, etc., también se derrumbará la civilización industrial occidental  Y no dentro de mil años, sino en unas décadas.

El pronóstico se basa en un hecho que causa vergüenza reconocer: el colapso sobrevendrá porque es improbable que las élites permitan que se ponga remedio a esta tendencia que conduce al agotamiento de los recursos naturales y a una distribución de la riqueza de manera equitativa y razonable que evite las insoportables desigualdades sociales entre ricos y pobres. Es decir, los mismos cimientos que soportan nuestra sociedad nos destruirán: esa economía ciega de la cúspide dominante. No es ideología, es simple constatación de hechos sociales.

jueves, 20 de marzo de 2014

Quedan advertidos: es primavera


A los alérgicos, a quienes el polen, los pelos, los ácaros y todos los excesos les irrita la piel y la paciencia; a los solitarios e introvertidos que no disponen de cremas contra las semanas santas, las ferias, las romerías o las verbenas que se aproximan a partir de ahora; a los que repudian las injerencias de la moda en el vestir, las lecturas, los paseos, la alimentación y hasta en el pensamiento y la cultura porque llega el tiempo impúdico de los estrenos y las exhibiciones; a los herejes de cualquier convencionalismo y cuántos deploran los atropellos y las imposiciones, incluidos los de la luz del sol, a todos ellos les informo de que hoy comienza la primavera, por si no se habían percatado a través de la publicidad. Quedan advertidos.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Hijos descarriados

Los padres procuramos proporcionar lo mejor a nuestros hijos, nos esforzamos en darles aquellas facilidades que no pudimos disfrutar para evitar que sufran las estrecheces y carencias que sí hemos padecido. A veces, en ese afán por conseguir que dispongan de todas las comodidades que ni en sueños hubiéramos imaginado para nosotros mismos, los acostumbramos a una vida fácil y placentera caracterizada por una sobreabundancia de derechos y apenas obligaciones. Incluso los obligamos a caminar hacia horizontes que nosotros no pudimos o no quisimos alcanzar, sin tener en cuenta en muchos casos ni sus preferencias ni sus capacidades o limitaciones. Queremos que sean mejores que nosotros satisfaciéndoles cuántas necesidades tengan durante la etapa en que dependen absolutamente de nosotros. Y nos equivocamos más de lo que creemos.

Hay un refrán que asegura que cuánto más se le da a los hijos, menos lo aprecian. No sólo juguetes, sino también ropa, accesorios domésticos, dinero, libertades y hasta agasajos y carantoñas. Es fácil sucumbir a la felicidad que exteriorizan abiertamente entregándoles cuánto desean o se les antoja, olvidando la responsabilidad que como padres nos corresponde de demandarles también disciplina, obediencia, respeto y esfuerzo, exigencias imprescindibles para que la educación se convierta en un valor que les posibilite ese futuro que de tan lejano no logran atisbar ni interesar.

Con todo, ni siquiera con una actitud así podremos garantizarles un porvenir halagüeño, pero al menos los habremos preparado para las dificultades a las que tendrán que enfrentarse tarde o temprano, sin que confíen ingenuamente en que todo les vendrá rodado con sólo desearlo. En cualquier caso, nunca tendremos la certeza de haber cumplido con ellos como hubiera sido lo adecuado, lo que no nos exime del deber de intentarlo permanentemente, aunque a veces sean descorazonadores los resultados.

Viene esto a cuento por un hecho que, aunque pertenezca al mundo de la farándula, no deja de indicar un problema que afecta a familias que presuntamente están en mejores condiciones de proporcionar a sus hijos una educación esmerada y un ambiente que facilite su formación sin impedimentos materiales. Me refiero al hijo de un extorero, que fue puesto en libertad provisional hace unos días, tras haber permanecido encarcelado durante cuatro meses, por agredir y robar a otro joven a la salida de un club de alterne en las afueras de Sevilla.

Debe resultar tremendamente horrible descubrir que un hijo ha tomado el camino equivocado tras los desvelos por protegerlo entre algodones. Un hijo descarriado representa un fracaso por partida doble: para el hijo y para sus padres, en tanto en cuanto el primero no satisface las expectativas depositadas en él para que supere las condiciones de origen y, para los segundos, porque asumen como una frustración no haber sabido conducirlos hacia ese horizonte de emancipación en el que se presumía hallarían la prosperidad y la felicidad.

Nunca es fácil enseñar a un hijo ser adulto. Como tampoco existe ningún libro que enseñe ser padres ni ningún manual que garantice el éxito de la tarea. El futuro que les prometemos es tan indeterminado como esquivo, máxime si aspiramos a preverlo desde que los alimentábamos con biberones en la cuna. Sólo encontramos la obligación de intentarlo y la responsabilidad de no renunciar al empeño, siendo conscientes de que los hijos comienzan a moldearse en el seno de la familia, donde se empapan de las actitudes y las conductas de sus padres. Es el seno de la familia el escaparate donde descubren y adquieren los valores que más tarde podrán conformar su personalidad. Una personalidad que, cuando se manifieste sin restricciones el día de mañana, reflejará –a veces, de forma sutil, y otras, grosera- los modelos en los que se ha fijado para formarse.
 

De ahí que, al conocer la noticia por los periódicos, me asaltara la sensación de que algo ha debido fallar en la estructura familiar del torero cuando su hijo, en edad de estar fraguando su autonomía personal a través de la educación, abandonaba en libertad provisional la cárcel casi simultáneamente en que su padre debía ingresar en ella por cometer otro delito contra terceros. Independientemente de las causas que conducen a uno y otro al mismo destino, no deja de extrañar una conducta tan parecida en ambos. No se colige necesariamente de ello que “de tal palo, tal astilla”, pues no es automático seguir los patrones conductuales en los que se ha estado inmerso y criado. Pero, indudablemente, influyen en no poca medida en los esquemas de valores que determinarán los criterios a la hora de conducirnos como adultos en la vida.

Algo, pues, está fallando en nuestra sociedad que facilita la quiebra en las familias de los resortes que las mantenían unidas en beneficio del desarrollo y el progreso de sus miembros. La moralidad, la decencia, la honradez, la seriedad, el respeto y la responsabilidad que debían transmitirse desde el hogar por emulación de las conductas de las personas más cercanas y asequibles, como son los padres y otros familiares, son sustituidos por un materialismo egoísta y un consumismo hedonista que son incompatibles con aquellos principios tachados de poco prácticos para la vida “moderna”. Es, precisamente, en lo que convergen la excesiva tolerancia de los padres respecto a la disciplina de los hijos y un modelo social que prima las leyes del mercado. ¿Cuántos hijos han dejado de estudiar para dedicarse a otras actividades más lucrativas que no les exigía tanto esfuerzo? Pues esa ceguera es la que estamos dejando en herencia y de la que derivan consecuencias que se convierten en noticias de los medios de comunicación. Todo un síntoma.

lunes, 17 de marzo de 2014

El fruto de una ilusión

¡Cómo pasa el tiempo! Me acuerdo como si fuera ayer de cuando Gregorio tomaba apuntes con su estilográfica junto a mí en las aulas de la Facultad de Comunicación y comentábamos, desde la experiencia canosa de nuestras pelambres que contrastaba con la insultante juventud sin destiñar del resto de la clase, lo que explicaba el profesor o profesora. La mayoría de las ocasiones coincidíamos en que no aprendíamos nada nuevo, pero nos enseñaban el término que lo definía todo académicamente y su origen preciso en la historia del saber. De aquellas bancas surgieron ideas e ilusiones que, en el caso de Gregorio, fueron concretándose en realidades.

Se cumplen dos años de la creación de Sevilla Report, el periódico digital que impulsara Gregorio Verdugo en compañía de algunos amigos, entre los que me incluyó más por amistad que por otra cosa. No me uní finalmente a la iniciativa porque me resultaba excesiva para mis fuerzas, pero no he dejado de seguir con interés su éxito y sus reportajes. A partir de lo que nos esforzábamos en pulir en blogs y trabajos diversos, el diario recogió el entusiasmo de sus fundadores para profundizar en reportajes que abundan en la crítica social y política de Sevilla, desde el enfoque del compromiso e iluminando las zonas de penumbra de lo que no es recogido, porque no interesa o no es rentable, por los medios, digamos, “establecidos”. Con ese propósito, los amigos de Sevilla Report “patean” diariamente las calles en busca de esos ángulos inéditos que posibilitan a sus lectores conseguir un conocimiento más completo de lo que se cuece en esta ciudad acostumbrada a mirar ensimismada su imagen cosmética de postal turística.

Y como ejemplos de sí mismos ante las nuevas camadas de periodistas sin rumbo que salen cada año de aquella Facultad, vuelven a sus aulas estos intrépidos aventureros de la profesión para demostrar que, con empeño y tesón, haciendo las cosas bien se puede, si no vivir de una ilusión, sí al menos sentir la satisfacción de verla materializada en una realidad palpable y recibir el reconocimiento de los integrados y los apocalípticos, todos compañeros de profesión.

Por todos esos motivos, tanto sentimentales como profesionales, mañana será obligado asistir con Gregorio, Jesús y Juan José a un nuevo día de clase, pero esta vez con ellos como profesores, y recibir sus lecciones de amor a una profesión y fidelidad a un sueño: ser periodistas, contra viento y marea. Allí nos encontraremos, amigos.

domingo, 16 de marzo de 2014

El `ratón´ de la reforma fiscal

Los `sabios´ han hablado: bajar los impuestos directos y subir los indirectos. A grandes rasgos, esa es la reforma fiscal que proponen los sabios a los que ha consultado el Gobierno. Y quitar competencias fiscales a las autonomías. En una palabra: centralizar (aún más) la capacidad tributaria del Estado y aplicar una rebaja en lo que se paga por impuestos directos (IRPF) para recaudar más a través de lo que se paga vía IVA y demás tasas variopintas. Evidentemente, los que más ganan salen beneficiados porque su poder adquisitivo queda indemne mientras consiguen un ahorro importante con la reducción del 52 al 50 y hasta el 45 por ciento de su tributación de renta. Para compensar, quedan exentos de hacer declaración los que ganen menos de 14.000 euros al año. Se supone que ya participan con Hacienda cada vez que compran en el supermercado y echan gasolina al coche. Por eso, el IVA se “modifica” para que productos que cotizaban al 10 % lo hagan al 21 %. Así se les obliga a pagar más. Eso sí, se deja reducido el impuesto que deben pagar los hoteles y los restaurantes, no vaya a ser que los ricos dejen de viajar y el turismo se resienta.

Para este “parto” de nueve meses de sesudo trabajo no se necesitaban estas alforjas tan iluminadas. Porque lo que se parió fue un “ratón” de reforma fiscal que incide en la doctrina recaudatoria más ortodoxa, aquella que no contempla “particularidades” que amortiguen desigualdades y se limita a extraer recursos de forma ciega, es decir, vía impuestos indirectos, especialmente. La aparente “progresividad” del impuesto sobre la renta del trabajo (IRPF), el que se paga en función de los ingresos salariales, queda anulado con las exenciones fiscales en renta y patrimonio que disfrutan las grandes fortunas, y toda una panoplia de impuestos indirectos que deben satisfacer todos los consumidores por igual, independientemente de su nivel de renta. Rebajar cosméticamente los primeros para mantener o subir de forma importante los segundos, es el truco más ramplón que hasta Montoro puede ingeniar para engordar las arcas del Estado. No hacía falta el parto tan largo de unos “sabios” tan previsibles como los que acaban de entregar su informe-ratón al Gobierno.

Son tan “listos” que proponen que hasta la vivienda habitual grave como renta y se eliminen (de hecho, ya se han eliminado) las bonificaciones fiscales que favorecían la compra de un techo donde vivir. Para tranquilizar a los ciudadanos, la vicepresidenta Soraya de Santamaría ha tenido que salir de inmediato a decir que esta posibilidad no se contempla en los planes del Gobierno y que las propuestas de los sabios son consultivas, no vinculantes. ¡Menos mal! Ya respiro tranquilo hasta que el Gobierno lleve al Parlamento su prevista reforma fiscal…

Porque conociendo cómo piensan, qué ideas les mueven, qué iniciativas han tomado y a quiénes benefician todas sus “reformas”, traducidas en recortes a los ciudadanos y “ayudas” a los poderosos, pocas modificaciones contendrá la reforma fiscal del Gobierno sobre el contenido de las propuestas de los “sabiondos” hacendísticos.  Al final, como siempre, tocará pagar más a los que menos tienen, y menos a los acaudalados. ¿Van a tirarse piedras sobre su propio tejado?

Y es que yo, en esto de Hacienda, no puedo ser “neutral”, porque no comprendo que un señor con una simple nómina soporte una presión fiscal alrededor del 25 por ciento, más toda la retahíla de impuestos indirectos y tasas municipales en vigor, mientras un ricachón con fincas pueda desgravar hasta el coche de lujo que utiliza por declarar como una sociedad todos sus ingresos e invertir en una sicav*, al 1 por ciento. Y si lo cogen con la “pasta” en Suiza, le premian con una “amnistía” fiscal para que “regularice” su dinero en España. Si esta es la clase social que influye y participa en las decisiones políticas y económicas del país, hay que temer lo peor de la próxima reforma fiscal que anuncia el Gobierno. ¿No es para ponerse a temblar?
 
* Sociedad de inversión colectiva de capital variable.

sábado, 15 de marzo de 2014

Relaciones

Relato elaborado con las nuevas palabras que incorporará la 23º edición del Diccionario de la Real Academia Española, que aparecerá en octubre próximo en conmemoración del tercer centenario de la institución:

De serendipia, encontré una precuela en la que aparecía el cameo de un personaje real que, acostumbrado al pilates y la naturopatía, hacía un jonrón en un partido antes de irse con la cara llena de bótox a manejar un dron medicalizado que había adquirido en un hipervínculo a un cortoplacista de visita con audioguía en la ciudad para hacer un identikit.

viernes, 14 de marzo de 2014

El inacabable caso de los ERE

Mercedes Alaya
Una juez de Sevilla, Mercedes Alaya, investiga desde hace más de tres años una trama delictiva en la que están implicados altos cargos de la Junta de Andalucía, exsindicalistas, empresarios y familiares de militantes del PSOE. Aprovechando la existencia de unos fondos destinados a ayudar empresas y trabajadores en dificultad, los acusados defraudaron dinero público para beneficiar a empresas, ayuntamientos, amigos y simpatizantes del partido que gobierna la región, además de enriquecerse ellos mismos.

La instrucción del sumario, lejos de completarse, se prolonga indefinidamente a causa de nuevas pruebas, nuevos imputados, nuevas líneas de investigación y, esencialmente, por el empeño de la magistrada en cuestionar no sólo el mal uso del dinero desviado ilícitamente, sino de poner en tela de juicio la existencia misma de la partida y la presunta ilegalidad del Gobierno andaluz al dotar de presupuesto unas ayudas sociolaborales que se repartirían a través de transferencias de financiación, mecanismo legal, aunque quizás incorrecto, para agilizar pagos pero que escapa al control riguroso de la Intervención.

Desde esa perspectiva, la juez Alaya mantiene el foco acusatorio sobre todas las personas que pudieron tener alguna relación, directa o indirecta, con la existencia de estas partidas presupuestarias -creadas para que la Consejería de Empleo prestarse socorro a empresas y trabajadores insertos en expedientes de regulación de empleo-, además de los imputados por malversación de caudales públicos y otros delitos, como el exdirector general de Empleo de la Junta de Andalucía, Javier Guerrero. La lista de imputados se eleva a 144 personas, sin contar a personalidades y dirigentes políticos que, por su cargo, están aforados y no acaban de ser citados por la juez, ya que ello la obligaría a inhibirse y trasladar la instrucción del sumario al Tribunal Supremo.

Javier Guerrero, exdirector general de Empleo
Precisamente esa es una de las contradicciones de esta causa. Las pretensiones incriminatorias de la juez Alaya, con las que busca demostrar la complicidad de toda la Junta de Andalucía para idear un instrumento administrativo que facilitaría la corrupción a sabiendas de su ilegalidad, choca con la capacidad de la magistrada para llamar a declarar a los miembros del Gobierno y a los parlamentarios que aprobaron los Presupuestos andaluces cada año, a pesar de que los invite hacerlo de forma voluntaria, sin ninguna imputación previa.

Más que un caso complejo de justicia, la juez Mercedes Alaya parece decidida a emprender una causa general contra el Gobierno andaluz por crear un mecanismo de ayudas públicas sociolaborales y permitir que, durante 10 años, fuera saqueado por determinados personajes que tenían acceso a él de manera discrecional y casi sin control. Durante todo ese tiempo, el fondo de los ERE ha sido dotado con 850 millones de euros y ha beneficiado a 6.435 trabajadores, pero de ese dinero se han “desviado” 17 millones a indemnizar 196 “intrusos” (falsos trabajadores), 70 millones en ayudas a empresas que no reunían los requisitos, y hasta 50 millones a intermediarios y agencias consultoras que cobraron comisiones sobrevaloradas.

Pero de ahí a que expresidentes de la Junta, la exconsejera de Hacienda, todos los titulares de la consejería de Empleo durante el tiempo en que estuvo vigente la partida de los ERE y hasta los diputados del Parlamento autónomo que aprobaron los Presupuestos de la Junta de Andalucía, estén bajo sospecha de la juez Alaya parece un despropósito. De tanto querer abarcar y alargar la instrucción del sumario, éste puede terminar escapándosele de las manos y dar lugar a un macroproceso del que sólo sale condenado el principal acusado desde el principio, el exdirector de Empleo y su camarilla de compinches, a quienes, por cierto, ya no podemos sorprendernos verlos sonrientes en la cafetería donde degustaban fino cada vez que acudían al Juzgado, porque la crisis la ha cerrado. ¡Una lástima! de cafetería, no por los delincuentes.

jueves, 13 de marzo de 2014

Una tarde con Glenn Miller

Asistir a un concierto es domeñar algunos prejuicios y satisfacer muchas expectativas. Escuchar  la Glenn Miller Orchestra, en directo y sobre las tablas de un escenario operístico como el de La Maestranza de Sevilla, es presenciar un espectáculo único del que no cuesta trabajo reconocer que no te arrepientes, aunque la música que interpretan responda a la banda sonora con la que identificas el imperialismo cultural en tu rincón sentimental del mundo y la que se animaba a las tropas que lo extendían a la fuerza, si era preciso.

Olvidas pronto los recelos culturales con los que accedes al teatro para admirar la impresionante profesionalidad de unos músicos que no se limitan a interpretar conocidas melodías mil veces oídas en discos, radios o películas, con el particular swing que les caracteriza, sino también a disfrutar del espectáculo con que acompañan sus actuaciones. Quedas subyugado por la habilidad de unos artistas que no permanecen hieráticos tras los atriles donde apoyan las partituras, sino que buscan un dinamismo expresivo con el espectador, mediante movimientos simétricos entre ellos e, incluso, paseándose entre el público, sin dejar de tocar sus instrumentos. Demuestran una elevada calidad como músicos y una innegable capacidad para el show, en el sentido artístico de la palabra.

Aunque no formen parte de las preferencias personales, la Glenn Miller Orchestra no defrauda a quienes no tienen empacho en reconocer la calidad de aquellos estilos ajenos a los gustos de cada cual, siempre que se sepa valorar la música. Y estos músicos interpretan magistralmente buena música, guste o no guste.

 
 
 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Dejación del Estado


Aprovechando que la crisis pasa por España, el Estado está haciendo dejación de sus funciones y dejando que sea el mercado quien lo sustituya. Hace lo mismo que permite hacer a cualquier empresa: aminorar gastos para aumentar beneficios. El Estado recorta o elimina servicios y empleados públicos pero aumenta los ingresos vía impuestos. Olvida o se desentiende de su principal cometido, la función pública. Sólo se libra una “casta” dependiente de sus estructuras que mantiene privilegios y conserva prebendas: la de los políticos. Si acaso se ve obligado a demostrar cierta equidad, acomete alguna medida cosmética, más publicitaria que eficaz, con el anuncio de reducir la flota de vehículos oficiales o disminuir el número de escaños en alguno de los 17 parlamentos regionales, siempre que el nuevo reparto perjudique sobre todo a la oposición.

El Estado, subyugado por la mentalidad capitalista de la economía, orilla las políticas de redistribución de la riqueza y contribuye a la fragmentación social que genera la desigualdad y la falta de auxilios públicos a los más necesitados. Asume los postulados de rentabilidad que exige el mercado, en el que cualquier servicio ha de ser productivo y potencialmente atractivo para el provecho privado, menospreciando su necesidad para la comunidad o la convivencia.

Maniatado por una globalización  que le arrebata el control de la deuda pública, el Estado se transforma en una empresa que actúa conforme a criterios contables cuya finalidad es el traspaso a la iniciativa privada de todas sus “áreas de negocio” más “sostenibles”. Los desequilibrios que se afana en corregir son los del “debe” y el “haber” y no los que determinan las injusticias y las brechas de todo tipo existentes en la sociedad. De ahí que reduzca becas, disminuya pensiones, recorte prestaciones por desempleo, dificulte las ayudas a la dependencia, “adelgace” la Administración pública, rebaje el salario a los funcionarios, cierre centros de salud, congele la inversión pública y, en definitiva, consiga un ahorro descomunal en el “gasto” presupuestado, mientras que por otro lado potencie los “ingresos” y aumente los impuestos, desregule el control de precios, suba tasas, privatice empresas o “externalice” servicios, obligue a encarecer matrículas universitarias, introduzca el repago sanitario y el copago de los medicamentos, invente mecanismos que consiguen encarecer tarifas sometidas a supervisión y, por lo general, logre cobrar más por lo que antes era financiado con el dinero de los contribuyentes.

El Estado hace dejación de sus funciones al sucumbir a una mentalidad que lo transforma en un ente de unidades productivas que deben rendir un balance positivo en sus cuentas de resultados, independientemente de los objetivos redistributivos para las que fueron creadas originariamente. Y, a excepción de esa clase política que lo opera, toda su estructura y todas sus funciones deben estar sometidas a decisiones economicistas dictadas por un capitalismo financiero que despoja de poder real al Estado nación.

Los ciudadanos quedan subordinados a un papel de clientes/usuarios de una sociedad regida por el mercado, sin que dispongan de herramientas válidas que hagan posible su participación democrática en la toma de decisiones del modelo social y económico que pudiera convenirles. Quedan a merced de una globalización y de un Estado cómplice de políticas que les hurtan representatividad a la hora de diseñar el futuro y conducir el presente. Previamente castigados, empobrecidos y atemorizados por las consecuencias sombrías que una oportuna “crisis” de la que los hacen responsables, los ciudadanos se limitan a votar cada cuatro años una papeleta de comparsas en una farsa que sólo sirve para que los ricos sean ricos, los poderosos más poderosos y los pobres más pobres, ya sin siquiera clases medias que separen ambos polos sociales.

Si las ilusiones, los sentimientos y la vida han de medirse en función del dinero y su capacidad para proporcionar ganancias en cada transacción, incluyendo las interacciones humanas, sin que el Estado con el que hemos organizado nuestra convivencia intervenga para evitar abusos, ¿qué clase de mundo dejaremos en herencia a nuestros hijos?  Dejaremos un mundo en el que el Estado hace dejación de su función pública.

martes, 11 de marzo de 2014

Diez años de una masacre y una mentira

Se cumplen hoy 10 años de la fatídica mañana del 11 de marzo de 2004 en que terroristas yihadistas de una célula islámica de Al Qaeda atentaron contra cuatro trenes de cercanías de Madrid, cerca de la estación de Atocha, matando a 192 personas e hiriendo a otras 1.858. Fue el mayor atentado terrorista perpetrado en España y el segundo mayor de Europa, y la fecha escogida recuerda los ataques suicidas cometidos también por comandos de Al Qaeda en Estados Unidos, estrellando aviones comerciales, con todos sus pasajeros y tripulación como rehenes, contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Virginia, el día 11 de septiembre de 2001. Murieron casi 3.000 personas y resultaron heridas cerca de 6.000. Ambos atentados marcaron un antes y un después en el enfrentamiento que mantiene el terrorismo islamista contra Occidente y dieron lugar no sólo a declararles la guerra abiertamente, como en Afganistán, sino también al contagioso levantamiento ciudadano en diversos países árabes, indisimuladamente favorecido por la respuesta político-militar de Estados Unidos y sus aliados, entre ellos España, contra aquellos regímenes pertenecientes a lo que George W. Bush había calificado como “eje del mal”, es decir, Estados gobernados por sátrapas caídos en desgracia y auténticos focos generadores de metástasis terrorista.

El atentado en España se produce tres días antes de unas elecciones generales y, en medio de la confusión inicial, el Gobierno rápidamente atribuye su autoría a la banda terrorista ETA. Nadie duda de la versión inicial y todas las fuerzas políticas secundan la decisión gubernamental de convocar una manifestación en repulsa del terror y a favor de la Constitución y la Democracia. Las imágenes impresionantes del desastre en Atocha y los otros tres escenarios donde explotaron hasta 10 bombas, Santa Eugenia, Téllez y El Pozo, habían horrorizado a todos, hasta el punto de que era imposible contener las lágrimas. El país entero se sentía atacado con una virulencia desconocida. Ni siquiera el atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona, en el año 1987 y con 21 muertos de saldo, podía comparársele en maldad y magnitud letal.

Pronto, sin embargo, aparecieron indicios de que no era ETA la autora de la matanza, a pesar de lo cual el Gobierno continuó señalando a la banda terrorista vasca. Los rostros de aquel empecinamiento interesado fueron los del entonces ministro del Interior, Ángel Acebes, y el propio presidente del Gobierno, José Mª Aznar. Ni entonces ni todavía hoy la formación política a la que pertenecen, el Partido Popular, muestra su conformidad con una sentencia que investigó, juzgó y concluyó que los autores reales del atentado del 11-M habían sido miembros de una célula islamista de Al Qaeda en España. Ayer mismo, la secretaria general del PP, Mª Dolores de Cospedal, seguía insistiendo en que desea conocer toda la “verdad” de lo sucedido.

Se cumplen, pues, diez años de una barbarie y una infamia, de un atentado salvaje que segó la vida de inocentes ciudadanos por motivos injustificados, y de una mentira insostenible que se mantuvo en el tiempo, en contra de toda evidencia, por inconfesadas intenciones electoralistas. Lo más doloroso de todo ello es el sufrimiento desconsolado causado a las víctimas y sus familiares, tanto por la muerte violenta de sus seres queridos como por la continua manipulación a que han sido sometidos en aras de cálculos partidistas.

Sin reparos ante el sufrimiento de las víctimas ni al descrédito que instalaban en el sistema judicial, los patrocinadores de la llamada “teoría de la conspiración”, apoyados por La Cope y El Mundo, extendieron las sospechas y siguieron alimentando la insinuación inicial de ETA como autora material de los atentados de Madrid. Tal vez por no enmendar una primera acusación o por intereses políticos, lo cierto es que aquellas elecciones las perdió un Gobierno que no supo o no quiso comunicar con sinceridad la información que la policía y los servicios de información le iban suministrando.

Diez años es mucho tiempo para no reconocer los errores, pero poco para el consuelo de los que perdieron familiares y amigos. Si de algo ha de servir este aniversario, ojalá sea para mostrar nuestra solidaridad franca con las víctimas, sin doblez ni interés espurio, y para aprender que manipular la realidad a fin de adecuarla a nuestros intereses no siempre ofrece los resultados apetecidos. Con sinceridad a la hora de expresar nuestros sentimientos y honestidad en nuestras ocupaciones, ni la guerra de Irak hubiera hecho perder a Aznar aquellas elecciones. Pero se empeñó en negar una evidencia que procedía de “lejanas montañas y remotos desiertos”.

sábado, 8 de marzo de 2014

La obsesión clerical contra el aborto

Raro es el día en que algún miembro de la Iglesia en España (la única que se autodenomina así sin especificar que es católica) no la emprende contra las mujeres por el hecho de abortar. Para esa institución religiosa se trata de un tema mayor en el que no piensa transigir ni ante ajenos a su doctrina, ni ante consideraciones científicas, ni ante decisiones democráticas de la sociedad civil. Cual auténticos empecinados en posesión de la Verdad Absoluta, pretenden imponer sus creencias al conjunto social y que se legisle en función de sus especulaciones metafísicas. Andan obsesionados en salvar España de la “agresión” laicista que acompaña al racionalismo, la educación crítica y la libertad sin tutelas. Y no dudan, día sí y día también, en manipular palabras y conceptos para, no sólo influir en ámbitos que nos les corresponden, sino amedrentar a las “atemorizadas” almas que los escuchan entre asombro e indignación.

Se turnan. Ahora le ha tocado al Obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plá, salir a la palestra para declarar que el aborto en este país ha sido “un holocausto silencioso” y que desde 1985, en que se despenalizó esta práctica en determinados supuestos, se han producido “dos millones de abortos, más muertes que en la Guerra Civil”. Es decir, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, el señor obispo, presidente de la subcomisión episcopal de Familia y Vida, compara los muertos de la guerra fraticida española con el aborto, equiparando al embrión con un ser nacido, desarrollado y asesinado precisamente en nombre de una “cruzada” santificada por la misma Iglesia que monseñor representa.

Es insufrible el empeño clerical por criminalizar y “pecaminizar” decisiones legítimas y perfectamente acordes a criterios democráticos, científicos y sociales que adecuan leyes a los comportamientos asumidos, como es el caso del aborto. Puede comprenderse que se pretenda influir en creyentes que voluntariamente aceptan los preceptos de la religión que profesan, pero es de todo punto inaceptable que se pretenda imponer a toda la sociedad pautas de conducta conformes a tales creencias. El ámbito de las creencias es individual, pero las decisiones sociales son democráticas y las adoptan quienes representan la soberanía popular.

Mantener una campaña permanente contra decisiones políticas que incumben a la sociedad civil es una deriva autoritaria de la Iglesia Católica en España que, más allá de velar por el cumplimiento de sus reglas entre los fieles, procura conservar privilegios y posiciones de fuerza que incomprensiblemente aún detenta en el país. Si su interés fuera verdaderamente la vida de las personas, monseñor Reig Plá estaría clamando contra los muertos de Ceuta, las mujeres víctimas de la agresión machista, los expulsados de la sanidad por motivos económicos y que empiezan a fallecer sin la debida atención médica e incluso por los muertos que aún permanecen en las cunetas y fosa comunes y de los que este Gobierno tan católico no mueve un dedo para que sean enterrados como el Dios de monseñor manda: devueltos a sus familiares para recibir cristiana sepultura.

Pero no. El señor obispo prefiere hacer “cruzada” contra la libertad de la mujer y su derecho al aborto. Prefiere tildar a la mujer de “nazi” por el “holocausto” del aborto en vez de pedir perdón por pasear bajo palio al mayor asesino que emprendió una guerra civil en este país y se mantuvo en el poder condenando a muerte a sus oponentes. Aquello, como dirían sus correligionarios ideológicos, pertenece al pasado, y ahora hay que mirar al futuro. Parece que ese futuro consiste en impedir que la sociedad se libere de las tutelas que coartan su libertad. Y a ello se entrega en cuerpo y alma la Iglesia en España. Católica, naturalmente.    

jueves, 6 de marzo de 2014

Marzo feminista

Como cada 8 de marzo, pasado mañana se celebra el Día Internacional de la Mujer. No tiene nada de festiva la jornada, sino reivindicativa de los derechos que asisten a las mujeres, sin que sean discriminadas por razón del sexo. Justo cuando se “recortan” libertades en nuestro país con reformas que limitan prácticas -como la del aborto- habituales en países de nuestro entorno, se hace más necesario que nunca la exigencia de una efectiva igualdad de género y la ruptura del dominio patriarcal que somete a la mujer en la familia y la sociedad. Por tal razón, este año el mes de marzo estará impregnado de una “lucha feminista” que rehuirá el tratamiento trivial de la problemática que afecta a las mujeres para centrarse en la realización de una serie de actividades (talleres, charlas, jornadas de convivencia, manifestaciones y otras acciones) que servirán para hacer patente la voluntad de éstas en no ceder a sus derechos y exigir el respeto que merecen como personas.

Bajo la denominación Ni un paso atrás en nuestros derechos, nosotras decidimos, colectivos agrupados en la plataforma Movimiento Feminista de Sevilla, formado por múltiples asociaciones y mujeres a título individual, organizarán toda una batería de propuestas con las que intentarán “apropiarse del espacio público y compartir experiencias”. Además de la manifestación que recorrerá el sábado el centro de la ciudad, están previstas una perfomance en la Alameda, una piñata anti-Gallardón en las “setas” de la Encarnación, una asamblea que tratará sobre la crisis y precariedades vitales, la obra de teatro, Patricia David: Historia de Mujer, en el Teatro del Duque, un taller de Guerrilla de la comunicación feminista, una concentración para inscribirse en el Registro de la Propiedad con el lema Registramos nuestros cuerpos contra la reforma de la ley del aborto, diversas charlas, como la que se impartirá en la Universidad Pablo de Olavide acerca de La reivindicación del Derecho al Aborto en nuestro país, la presentación de un escrito en el Palacio Arzobispal sobre el derecho a decidir, además de exposiciones, entrega de premios, poesía, música y otras actividades que posibilitarán la denuncia de la situación que aún padece la mujer en pleno siglo veintiuno.

Enmascarados en hábitos y costumbres sociales que minimizan el machismo y la misoginia en las relaciones de pareja, la desigualdad de género y otras discriminaciones legales que sufre la mujer favorecen, en casos extremos, la aparición de una violencia que es imposible erradicar de forma definitiva en nuestras sociedades. La envergadura de este problema queda de manifiesto en un estudio reciente de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE, encargado por el Parlamento europeo, según el cual más de 62 millones de mujeres en Europa han padecido violencia física o sexual, más de 100 millones han sido acosadas sexualmente y 10 millones han sido privadas de su libertad incluso dentro de sus propias casas.

Es decir, una de cada tres mujeres adultas del Viejo Continente ha experimentado violencia física o sexual, y una de cada 20 ha sido violada. Y eso sin contar que el 67 por ciento de las mujeres maltratadas por su pareja no denuncia la situación. Se trata, pues, de un grave problema que, en lo que llevamos de año, ha causado la muerte a 14 mujeres en nuestro país, la última, ayer mismo. No es algo que suceda en países del tercer mundo o subdesarrollados, sino en la Europa del primer mundo y en nuestro ámbito de convivencia. El progreso material y educativo en las sociedades modernas no lleva apareado la consideración automática de la mujer como persona que disfruta de igualdad de derechos y oportunidades que el varón. Parece lo contrario. De los datos del estudio citado, se detecta un porcentaje mayor de maltrato de la mujer entre los países nórdicos que en los del sur, figurando España entre los que ofrecen cifras más bajas de maltrato por parte de la pareja.

Aparte de otras explicaciones y consideraciones, no es que los nórdicos sean más machistas que los del sur. Sino que, a mayor concienciación, mayor capacidad de denuncia de estas lacras que explotan a la mujer como ser subordinado al hombre. Los acosos sexuales, los “techos de cristal” que impiden la promoción de la mujer, la discriminación laboral y salarial y un paternalismo trasnochado que persigue el mantenimiento de privilegios y desigualdades por razón del sexo, son algunas de las causas que mueven a la mujer a reivindicar sus derechos, a no renunciar de sus conquistas legales y a exigir la ruptura de un tipo de relación patriarcal por otro basado en la equidad y la igualdad en la pareja.

Existen, por tanto, sobrados motivos para teñir de violeta el mes de marzo en Sevilla y en el mundo. Para no cejar en el empeño de que la mujer detente los mismos derechos que el hombre y goce de las mismas oportunidades para su desarrollo personal y profesional, sin que deba estar sometida o tutelada ni por el hombre, ni la iglesia ni el gobierno. Desterrar el machismo que hace prevalecer discriminaciones y conduce a la violencia de género es una tarea que incumbe a todos, no sólo a las feministas. Porque los Derechos Humanos han de estar vigentes en todos los países y amparar a todas las personas, sin distinción. Hasta que ese objetivo no se cumpla, al menos, en relación con el trato a la mujer en nuestro país, el Día de la Mujer debería celebrarse no sólo cada 8 de marzo, sino todos los días del año. Por una cuestión de dignidad. Y la dignidad no tiene sexo.

lunes, 3 de marzo de 2014

Un `guantánamo´ en Ucrania

Crimea va camino de convertirse en el guantánamo ruso de Ucrania si persiste la revuelta ciudadana que ya ha desalojado de gobierno y jefatura de Estado a esta exrepública soviética por querer adherirse a la Unión Europea. Si se consuma esa pretensión, será muy complicado exigir a Rusia que acepte que el territorio donde está ubicada la base de una flota de su Fuerza Naval pase a depender, para su defensa, bajo el paraguas de la OTAN, como está acordado con los demás miembros de Europa. Al parecer, Putin ya ha decidido que, si Ucrania insiste en la actitud de integrarse en el club de la Europa occidental que formalmente expide carnets de democracia a sus socios estatales, será a costa de la amputación de aquella península en la que recalan sus barcos de guerra del Mar Negro. Y, desde luego, no sin una sustancial subida de precio por el gas que suministra no sólo a Ucrania, sino a Polonia y Alemania, principales clientes de Gazprom. Toda la presión diplomática y demás amenazas para impedir que Rusia se anexione Crimea, incluida la expulsión del G-8, son inútiles ante los importantes intereses geoestratégicos que están en juego. Además, Rusia está en condiciones de exigir reciprocidad a su principal adversario, los Estados Unidos, al considerar ámbitos de su influencia los territorios limítrofes a su frontera de las exrepúblicas socialistas soviéticas, tal como USA esgrimió para impedir la construcción de una base de misiles en Cuba por parte soviética. En un mundo bipolar, cada bloque cuida de su “patio trasero” con uñas y dientes, aunque supuestamente dentro de cada uno de ellos exista libertad para aceptar estas condiciones innegociables.

No obstante, es impensable a estas alturas un conflicto armado en el viejo solar europeo, ni tampoco una guerra civil en la desdichada Ucrania por un estatus, el de ingreso en la UE, que no garantiza ni la prosperidad, ni el progreso, ni gobiernos escrupulosos con las libertades y los derechos. No hay más que ver lo que se hace en Ceuta para comprobarlo o cómo se empobrece a los ciudadanos por orden de acreedores continentales e internacionales. Antes al contrario, significará supeditarse a unas consignas de mercado que desprecian las necesidades sociales. Esta ampliación del mercado permitirá, de inmediato, la oferta de una mano de obra barata que puede desubicar industrias, pero no traerá consigo el enriquecimiento de la población de forma automática. De ahí las frustraciones y el escepticismo que genera Europa en sus propios ciudadanos.

Y eso en el caso de que Rusia permitiera, sin mayores costes, que su querida “Rusia la chica” sea arrancada de su regazo. Si se conformara con conservar Crimea, el problema se habría resuelto sin traumatismos exagerados y con cierto sentido común, pues daría satisfacción a una población que se halla dividida en sus simpatías. Los prorrusos de Crimea no se verían abandonados a una suerte decidida por los prooccidentales de Ucrania. Ni estos últimos a la voluntad soviética de restituir el imperio de la añorada superpotencia mundial.

Europa está en su derecho de hacer coincidir la geografía física con el modelo político de unión continental, pero está condicionada por una historia atomizada que enfrenta a sus propias regiones y naciones. Sin siquiera una unión fiscal, ni un verdadero banco central o un aparato defensivo propio, lo único que ofrece es un mercado común, una moneda y unas cuantas normas que se transponen a las legislaciones nacionales. En ese escenario, lo que aguarda a Ucrania es sustituir sus dirigentes corruptos por voraces tiburones que abren sus fauces ante los nuevos nichos de negocio que despiertan su apetito. ¡Ojalá ande yo equivocado!