domingo, 17 de noviembre de 2019

Jazz en la salita


No es habitual asistir a un concierto de jazz en un salón pequeño, de no más de 60 personas, en el que la música podía escucharse sin necesidad de ser amplificada por altavoces, sino directamente desde cada instrumento, pudiendo distinguirse claramente su voz y la habilidad ejecutoria de los artistas. Así fue como se pudo disfrutar del concierto de Jazling Quartet, un cuarteto de virtuosos músicos, que ofreció la Fundación Unicaja en su sede de Sevilla, como si estuviera destinado a unos pocos escogidos, amantes de la calidad y la novedad.

Jazling Quartet puede considerarse una novedad en tanto no es conocido por el gran público ni sus discos abundan en las tiendas, pero su calidad es incuestionable no sólo por la formación académica de sus miembros, sino por la sólida trayectoria artística de un grupo de renombre en la escena andaluza y nacional. Está integrado por Lorenzo Triviño (violín), Juan Ramón Veredas (piano), Marcus Schneider (contrabajo) y Pedro Valdivieso (batería), músicos eclécticos que saben combinar, con maestría y soltura, la música clásica con el jazz, el blues, el tango o el swing.

Y eso fue lo que regalaron a los oídos de los privilegiados que asistieron al concierto: la perfecta fusión del jazz con temas clásicos del pianista francés Bolling y arreglos de temas del jazz más universal, interpretados con la exquisitez y la elegancia de unos músicos prodigiosos, que nos dan a conocer la dialéctica entre la música clásica y la frescura del jazz. Un aforo reducido y una duración breve -apenas una hora-, convirtieron la velada cultural en un aperitivo musical que dejó a todos con la miel en los labios y ansiosos de que Jazling Quartet vuelva a deleitarlos con su enorme profesionalidad y talento. ¡Que sea pronto!  

jueves, 14 de noviembre de 2019

Normas “antitrust” en publicidad televisiva


Está comprobado que, dejadas a su libre albedrío, las empresas tienden a robustecerse y crecer, tienden a la concentración para acaparar mercados y aumentar beneficios. Es un fenómeno natural de simple evolución empresarial en un entorno mercantil de economía capitalista. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, también está comprobado la pertinencia de regular esa tendencia, a menos que se sea un talibán del neoliberalismo más salvaje -si se disculpa el pleonasmo-, mediante leyes “antitrust” que impidan la formación de auténticos monopolios que ahogan la libre competencia en bienes, servicios y precios. De ahí el rechazo casi visceral de cualquier empresario a que su actividad sea regulada por el Estado, aunque tal regulación vaya en beneficio del propio mercado. Siempre andan clamando por una mayor “libertad” para desarrollar su tarea, sin intervenciones del gobierno, y dejar a su conveniencia las condiciones y funcionamiento de los negocios. Es una tensión que viene de antiguo.

En España, la penúltima batalla “antitrust”, librada hasta ayer mismo, ha enfrentado al duopolio televisivo formado por Atresmedia (propietaria de los canales Antena 3 y la Sexta) y Mediaset (dueña de Cuatro y Telecinco) con la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) a causa de sus políticas comerciales de publicidad televisiva, mercado en el acaparan el 85 por ciento del negocio, a pesar de que su audiencia conjunta sólo sea del 55 por ciento. El ente regulador les ha impuesto una sanción de más de 77 millones de euros, a pagar entre los dos operadores, por mantener prácticas anticompetitivas en la comercialización de la publicidad televisiva que restringen, de hecho, no sólo la competencia y la capacidad de otros medios de comunicación para captar publicidad, sino que, además, imponen volúmenes de contratación mínimos de paquetes publicitarios que desvirtúan los precios. Hay que indicar que ambas plataformas operan en España como un duopolio de facto, puesto que, de toda la oferta televisiva, son las únicas generalistas de ámbito estatal, ya que TVE, de carácter público, no emite anuncios en su programación, y el resto de emisoras (autonómicas, de titularidad pública, o canales privados, temáticos mediante cuota) no cubren tal espectro.

Evidentemente, estas empresas han anunciado que recurrirán en instancias judiciales tales sanciones, al considerarlas lesivas para su política comercial e injustas para un proceder que estiman no es monopolístico, sino ajustado a la legalidad vigente en el negocio publicitario. Es decir, se amparan en la sacrosanta libertad del mercado sin más regulación que la de la oferta y la demanda, y sin preocuparse de que, si la demanda la satisface un único ofertante -o dos, en este caso-, éste acaba imponiendo precios y condiciones a su entera conveniencia, sin mediar competencia alguna. Eso es, justamente, lo que se dirime de las estrategias publicitarias de Atresmedia y Mediaset. Porque la concentración empresarial que ha dado lugar a esas dos plataformas ha propiciado un mapa audiovisual en España en el que sólo sus marcas son predominantes, hasta el extremo de limitar toda competencia y acaparar la práctica totalidad del mercado publicitario televisivo.

Es, por tanto, el derecho de los ciudadanos a la pluralidad, y no sólo la libertad de empresa, lo que exige la regulación de unos mercados, como el de la publicidad televisiva, que afectan a la libre competencia y hasta a la producción o adquisición de contenidos audiovisuales. Al respeto, no hay que olvidar que la publicidad es la principal fuente de financiación de estos negocios audiovisuales. Y que, sin publicidad, no sería posible la libre competencia entre empresas televisivas, poderosísimos medios que influyen en la opinión pública, no sólo en los hábitos de consumo. Tengámoslo en cuenta.

martes, 12 de noviembre de 2019

Razón poética


El ser humano no es enteramente racional. Dispone de otras maneras para acercarse a la realidad distintas de la razón, pero no alejadas de ella. El acceso a la verdad a través de la razón, como anunciara Platón, no es la única vía hacia una visión del mundo que complementa el conocimiento de la realidad. Y esa es la razón poética sobre la que María Zambrano reflexiona en su quehacer filosófico. Se trata de una irracionalidad poética y creadora que permite acceder a la realidad íntima, fluyente, de las cosas y de uno mismo, en tanto ser heterogéneo. Ella distingue entre filosofía y poesía como vías de conocimiento.

La poesía o la literatura son formas de conocimiento que no excluyen sino complementan a la razón y al pensamiento deductivo en la búsqueda de la verdad. Ambas descansan en la palabra. El logos, la palabra creadora y ordenadora, busca la verdad en lo universal, mediante la razón y de acuerdo con un método. La poesía es ametódica y usa la palabra para revelar lo particular, lo individual, que, para los filósofos, es irracional. Expresa lo indecible y lo inefable. La razón poética nos permite ir desde la belleza de lo que no es accesible porque no se conoce a la verdad que es accesible por la razón. O, si se quiere, desde la intuición o chispa poética que ilumina la mente y despierta las ideas que deducen la verdad o la realidad. Ambas formas de conocimiento no se dan por separado, sino que coexisten, predominando una sobre la otra según las personas, como dos caras de una misma moneda.

¿Cuántas veces han coincido en una visión del mundo o de la existencia un poema y una teoría física? ¿Cuántas veces nos define mejor un verso que un análisis clínico? María Zambrano, una filósofa española incomprendida, olvidada y maltratada por las circunstancias que le tocó vivir, ha reflexionado sobre las relaciones entre el logos, la razón occidental, y las oscuras “sinrazones” dimanadas de la vida cotidiana y humilde. Es decir, entre filosofía y poesía. Por eso yo considero más meritorio a Dante, creador de la Divina Comedia, que Robert Oppenheimer, inventor de la bomba atómica. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

¿Instalados en el bloqueo?


Acabamos de repetir elecciones generales cuyos resultados mantienen parecida configuración parlamentaria de fragmentación entre minorías excluyentes, que queríamos resolver con éstas, lo que dificulta o impide la formación de Gobierno. Y van, este año, dos. Más las que llevamos desde 2015, puesto que ya son cuatro las veces que hemos ido a las urnas, sin contar las autonómicas y municipales, en los últimos cuatro años. Tal parece que estamos condenados a continuar indefinidamente instalados, elección tras elección, en la inestabilidad y el bloqueo político en nuestro país. ¿Hasta cuándo y hasta dónde? ¿Hasta la hartura de los ciudadanos y la ingobernabilidad? ¿Hasta el fin de la democracia?

Una vez más, empecinados en tropezar en la misma piedra, las elecciones de hoy volvieron a resaltar que nuestros elegidos deben, por obligación, pactar y llegar a acuerdos entre ellos para formar un Gobierno que agote su mandato, olvidándose de preparar elecciones hasta dentro de cuatro años. Los ciudadanos, por enésima vez, han vuelto a demostrar que tienen claro lo que desean, aunque los políticos no acaben de aceptar el veredicto de las urnas. Porque ya los votantes no contemplan aquellas mayorías absolutas que hacían y deshacían a su antojo. Ahora exigen contrapesos entre formaciones en el poder para que se vigilen mutuamente en el cumplimiento de sus promesas. Y una oposición igualmente diversa para que existan alternativas al discurso oficial y posibilidades, también distintas, de conformar mayorías parlamentarias. A partir de hoy, lo que resta es que los representantes del pueblo cumplan con su trabajo y dejen de ponerse zancadillas para obstaculizarse con vetos e imposiciones sectarias, como si cada cual tuviera la razón y la receta milagrosa para arreglar de un plumazo los grandes problemas que tiene España. Es hora de ponerse a trabajar y gobernar este país. ¿Cuántas veces hay que ir a las urnas para que lo asuman?

Los resultados de esta repetición de las elecciones son elocuentes: todo sigue igual, salvo las sorpresas que ya vaticinaban las encuestas. El PSOE pierde dos escaños (121), Unidas Podemos también cede 7 escaños (35) y Ciudadanos se desploma estrepitosamente (de 57 a 10 diputados). El Partido Popular recupera 20 escaños (86) y Vox, el partido de ultraderecha, pasa a ser el gran vencedor, ganando nada menos que 29 escaños (53), convirtiéndose en tercera fuerza parlamentaria (Datos con el 92 por ciento del escrutinio). Con tales resultados, el Congreso continúa dividido en dos grandes bloques -y más fragmentado que antes-, ninguno de los cuales logra sumar la mayoría suficiente para gobernar. Es decir, volvemos a la posición de salida, en la que la intransigencia de unos y las exigencias de otros obstaculizaron los acuerdos para sumar los apoyos que posibiliten investir a un presidente de Gobierno, lo que motivó la repetición de elecciones. ¿Qué hacer ahora?

Lo que ha quedado claro es que, cuando se repiten unas elecciones, baja la participación de los ciudadanos y se produce un cierto castigo al partido gobernante (PSOE pierde dos diputados) y al causante que los votantes perciben como el responsable de la falta de acuerdo (Ciudadanos y Unidas Podemos). ¿Tomaran ahora todos ellos buena nota de esta lectura de los resultados que arrojan las urnas? Deberán hacerlo porque, por culpa de unos y otros, hoy, más que un día aciago, ha sido un día electoralmente inútil para solventar lo que los políticos son incapaces de resolver: su propia incapacidad para consensuar pactos que hagan posible la gobernabilidad en España. Y ello es ya un imperativo ineludible para todos los que se han ganado un asiento en nuestras Cortes Generales.