El pasado martes día 5 cumplía 92 años el filósofo sevillano
Emilio Lledó (5 de noviembre de 1927), el nonagenario más ilustre de la
actualidad y uno de los pensadores más importantes de esta época nuestra, tan
dada a la imagen y tan huidiza de la reflexión. Se trata de un sabio vivo que,
a través de numerosas obras, ha plasmado su preocupación sobre la relevancia de
la cultura, la memoria, la educación y la ética en la formación de las personas,
en un mundo que tiende a corromper y atrofiar al pensamiento. Su inteligencia y
sensibilidad quedan reflejadas en la fecunda producción intelectual que ha desarrollado
a lo largo de toda su vida, tratando de disolver los “grumos” que la desidia o
el descuido producen en la mente. Con su magisterio, impartido en las
universidades (Valladolid, Barcelona, Tenerife y Madrid) o en los libros, no
dejó nunca de inculcar el entusiasmo por el conocimiento, recalcando el valor
de la libertad y el poder de transformación de la educación. Su defensa de la
educación pública es insoslayable, valorándola como condición indispensable para
la formación de ciudadanos libres, críticos y responsables con la sociedad. La
vida y la obra de Emilio Lledó, corta en términos biológicos, será inmortal gracias
al legado de su ejemplo y sus ideas, condensadas estas últimas en obras que
enriquecen mi biblioteca y mi espíritu, como Lenguaje e historia (Taurus),
El epicureísmo (Taurus), El elogio de la infelicidad (Cuatro), El
silencio de la escritura (Austral), Los libros y la libertad (RBA
libros), Sobre la educación (Taurus) y El surco del tiempo
(Austral). ¡Feliz cumpleaños, sabio inmortal!
viernes, 8 de noviembre de 2019
miércoles, 6 de noviembre de 2019
Las respuestas del “saco”
Fue clamoroso el silencio del presidente del Gobierno en
funciones, Pedro Sánchez, a las preguntas directas que le formularon los
representantes de la derecha en el debate de candidatos a las elecciones
generales celebrado el lunes pasado. Su actitud de ignorar las preguntas y no
dar respuesta a las cuestiones planteadas fue negativa y contraproducente, no
sólo por parecer que despreciaba a sus interlocutores, sino además por
transmitir una imagen de incomodidad y acorralamiento de la que no sabía cómo
librarse. Su actitud de no mirar al adversario y mantener la cabeza baja,
entretenido en lo que supuestamente garabateaba en un folio sobre el atril para
ignorar las preguntas, seguramente respondía a una estrategia de sus asesores
de comunicación. No quería entrar a saco en las provocaciones. Y se equivocó.
Por supuesto que eran preguntas “tendenciosas” que
perseguían descalificarlo, cualquiera que fuera la respuesta que diera. Pero,
al hacer caso omiso, su efecto resultó perjudicial para la credibilidad de su
mensaje y la fortaleza de sus convicciones. Porque los simpatizantes y votantes
socialistas, y telespectadores en general. aguardaban argumentos convincentes con
los que enfrentar los reproches y acusaciones que le hacían los representantes
de la derecha de España, pues para eso se iba a un debate. Ya que para hablar
sólo de lo que se domina y conviene se acude a un mitin, donde la papeleta se
resuelve fácilmente con eslóganes, que fue lo que hizo el representante de la
ultraderecha: lanzar su mensaje, trufado de mentiras y falsedades, sin que
nadie le rebatiera ni diera réplica.
A mi juicio, estas fueron las preguntas “trampas” a las que
el presidente en funciones no quiso entrar a saco de responder.
¿Cuántas naciones hay en España? Hay tantas como las
que consagra la Constitución. Las nacionalidades, un concepto derivado de
nación, son realidades diferenciadas en nuestro país que determinaron una
configuración territorial más federal que centralista para integrarlas en un
todo, que es el Estado Social y Democrático de Derecho, como se constituye España. Nación es
un término ambiguo que apela a sentimientos más que a otra cosa y que, en un
sentido romántico, atribuye rasgos culturales e históricos comunes e
inalterables entre los que comparten un territorio determinado, Si la
Constitución reconoce a España como nación y a determinadas regiones como
nacionalidades, es que nuestro país es plural, rico y diverso en sentimientos
nacionales. Nuestro Estado de las Autonomías responde a esa realidad y
obedece al resultado democrático de una decisión soberana del pueblo español. Por
eso, toda modificación del marco constitucional exige el mismo refrendo de la
soberanía popular. La convivencia pacífica, cuando afloran tensiones, es un
problema político que hay que abordar con diálogo y lealtad, en el marco
siempre de la ley. Ello no impide que el que infrinja la ley, asuma las
consecuencias, ante la cual todos somos iguales y nadie disfruta de
privilegios.
¿Aceptaría los votos de los independentistas? Considerar
menos “dignos” los votos de partidos nacionalistas con ideología
independentista es hacer un flaco favor al sistema democrático y una
impugnación absoluta al esfuerzo por encauzar por vías pacíficas y democráticas
conflictos y demandas sociales que en algún momento se expresaron de forma
violenta. Del mismo modo, considerar ilegítimos aquellos eventuales apoyos que
se puedan recibir de formaciones cuyos objetivos son opuestos a los de uno sería
dañino e hipócrita para el funcionamiento del sistema democrático. Entre otros
motivos, porque la democracia es el triunfo de la razón frente a los totalitarismos
y el terrorismo. La democracia se asienta en el reconocimiento y garantía de
las libertades, los derechos y la confrontación civilizada y pacífica de las
diferencias ideológicas existentes en el seno de la sociedad. Se construye a
partir de la soberanía popular y mediante la elección ciudadana de los
gobernantes, quienes son controlados, confirmados o removidos periódicamente a
través del voto. Esa delegación de voluntades en la representación política es
la antítesis del totalitarismo. Y en un parlamento democrático todos los votos
son iguales y legítimos, porque garantizan la misma capacidad para conformar
decisiones políticas colectivas. No reconocerlo así sería deslegitimar, también,
los apoyos de Vox, el partido ultraderechista, anticonstitucional, xenófobo y
antieuropeísta, que ha posibilitado los gobiernos conservadores pactados tras
las últimas elecciones municipales y autonómicas. Porque tan inconstitucional
es pretender la independencia de una parte del territorio como la recentralización
del Estado de las Autonomías. Sin embargo, ambas ideas se pueden defender cívica,
pacífica y democráticamente en la sede de la soberanía nacional, que es el Parlamento
de la Nación.
Distinto es que con esos apoyos se pretenda coaccionar la
voluntad mayoritaria expresada en las urnas y la obligación de las formaciones
que, por su mayor representación parlamentaria, tienen de aglutinar los votos
necesarios para conformar gobierno. Cualquier pacto parlamentario es legítimo
siempre y cuando sus condiciones y finalidad se ajusten a la ley, respeten la
legalidad, sean transparentes y sin cláusulas ocultas, y respondan al interés
general de los ciudadanos. El único motivo para rechazar esos apoyos sería
condicionarlos al quebrantamiento del Estado de Derecho, violar la
Constitución, actuar en desacuerdo con la legalidad e impedir el progreso de
una sociedad más justa, próspera, igualitaria en derechos y libertades, y construida
con los valores democráticos que la caracterizan. Votos para progresar, no para
retroceder. Y votos para unir, no para separar. Esa es la diferencia.
El populismo de Vox. Aparte de esas preguntas sin
respuestas, resultó sorprendente que ninguno de los intervinientes en el debate
contestara las soflamas incendiarias del representante de la ultraderecha, que
se despachó a gusto. Más que debatir, el líder de Vox esparció su ideario,
basado en exageraciones alarmistas cuando no en meras mentiras y falsedades, sin
ser rebatido o corregido. Porque es mentira que el feminismo y la ley de
protección contra la violencia de género criminalicen al hombre. Ni que la
mayoría de los delitos de violación y agresiones sexuales que sufre la mujer,
como en el “caso de la manada”, sean cometidos por inmigrantes, como aseguró. Tampoco
que los centros de menores inmigrantes no acogidos (menas) sean fuente de
conflictos en los barrios donde están ubicados. Es hacer populismo cuando se criminaliza
la inmigración y se incuba la xenofobia en un país tolerante como el nuestro, porque
España no soporta ninguna presión migratoria desorbitada, ni existe ningún problema
de seguridad ciudadana por culpa de los colectivos de extranjeros que, legal o
ilegalmente, se han instalado en nuestro territorio. Todas estas afirmaciones son
fakes new.
De igual manera, mintió acerca de las duplicidades y el gasto
que, según él, suponen las autonomías, movido por su afán en denostar un diseño
territorial que ha venido a dar respuesta a un problema de sensibilidades nacionales
plurales. La descentralización ha acercado el Estado, al transferir
competencias, a los ciudadanos de cada autonomía, sin renunciar ni a las
materias que le son propias, ni a la coordinación general, ni a la solidaridad compensatoria
interterritorial. Es una falacia afirmar que las autonomías suponen un coste
inasumible puesto que los gobiernos regionales administran unas prestaciones
que, de otro modo, tendría que ofrecer el Estado, sin estar sobre el terreno.
Tampoco que el número de funcionarios y la estructura política que conlleva una
autonomía representen, sin faltar a la verdad, una "elefantiasis" burocrática. De
hecho, el peso del sector público en España es inferior a la media de los
países de la OCDE.
Pero lo más grave fue renunciar a desmentir las
aseveraciones acerca de que, en contra de lo sentenciado por el Tribunal Supremo, en
Cataluña se está produciendo un golpe de Estado permanente, por lo que debería
ilegalizarse los partidos golpistas, encarcelar al presidente de la Comunidad y
suspender la Autonomía, aplicando contundentemente el Artículo 155 de la Constitución.
Además de criminalizar al independentismo, se falsearon los procedimientos
constitucionales que permiten dejar en suspenso un Gobierno autónomo. Todo ese
ideario ultraderechista de Vox, expuesto en el debate sin ser discutido, es
contrario a los valores constitucionales y a la más mínima decencia política e intelectual.
Pero nadie se lo recriminó ni quiso entrar a saco.
Y ese saco precisa de respuestas. No serán exactamente como
las aquí apuntadas, pero, al menos, podrían ser del mismo tenor argumental que contribuyan
a contrarrestar las insidias, tergiversaciones y falsedades que devaluaron el
pasado debate y lo convirtieron en cinco mítines simultáneos, sin posibilidad
de preguntas ni de respuestas.
lunes, 4 de noviembre de 2019
Enésimas elecciones
Por segunda vez este año estamos convocados a unas
elecciones generales, tras las celebradas en abril en las que no se consiguió
investir un presidente de Gobierno. Además, tuvimos que acudir a las urnas en
mayo para elegir a los alcaldes y a algunos presidentes de comunidades
autónomas. En los últimos cuatro años se han celebrado seis comicios en España
(cuatro generales -2015, 2016 y dos en 2019-, unos comicios autonómicos adelantados
en Andalucía y los municipales de mayo pasado) que hacen que los ciudadanos
hayan perdido la cuenta de las veces que han ido a las urnas. ¿Significa esto que nuestra democracia es más
sólida y representativa o que se ha devaluado hasta reducirla a un mero trámite
formal, sin respeto a lo que decidan con su voto los ciudadanos?
En función de la respuesta que se dé a esta cuestión, se
producirá el grado de participación que el próximo domingo consiga estas
enésimas elecciones generales. Porque motivos para la abstención no faltan ni
razones para la desafección política. Y ese descontento, que se detecta en las
encuestas, representa el mayor peligro que se cierne esta vez sobre las urnas por
parte de unos votantes que parecen hartos de cumplir con su derecho al voto,
sin que los elegidos asuman su deber de actuar en consecuencia. Conjurar tal
peligro debiera ser la prioridad de los partidos en liza, pero, por las
estrategias que desarrollan y los mensajes propagandísticos que emiten, no
parece que estén dispuestos a hacerlo. Por el contrario, nuevamente se dedican a
cuestionar posibles alianzas entre ellos y anteponer antagonismos que harán muy
difícil cualquier pacto que sea necesario con un resultado que mantenga la
fragmentación del Parlamento. ¿Qué hacer entonces, insistir con otras
elecciones hasta provocar la anomia total en la sociedad?
La situación de bloqueo que ha obligado esta repetición
electoral puede volver a presentarse si, como parece, persiste la existencia de
dos bloques ideológicos, ninguno de los cuales consigue mayoría suficiente para
formar gobierno. Tirados los dados electorales, el resultado podría ser prácticamente
el mismo, aunque dentro de cada bloque, unos partidos ganen escaños a expensas
de los que pierden otros. Y en esa disyuntiva, la persistencia de una actitud
obstruccionista volvería impedir la investidura de un gobierno en minoría a
cargo del partido que más votos obtuviera. Como en abril pasado.
El desarrollo de esta campaña parece apuntar a esa
dirección si tras las elecciones sus líderes no entran en razón y atienden al
interés general. La “izquierda” acusa al probable ganador, en minoría, de estos
comicios, al partido socialista, de preferir un pacto con la derecha. Y la
derecha, a su vez, advierte del peligro de que intente, en realidad, un
gobierno “frankestein” formado por una coalición de las izquierdas que incluya
a nacionalistas e independentistas. Y todos reinciden, así, en su incapacidad
para asumir un resultado que no satisfaga sus expectativas particulares, sin
importarles la estabilidad gubernamental ni el futuro del país, en una
coyuntura nacional e internacional especialmente delicada.
El debate televisivo entre los portavoces parlamentarios de
las distintas formaciones (intencionadamente escribo esta crónica cuando aun no
se ha celebrado el de los líderes de cada una de ellas) abundó en esa
incapacidad para el consenso y en la notable facultad para la descalificación y
la polarización política. Pocas propuestas, muchas recriminaciones y
exageraciones burdas, tanto de las debilidades ajenas como de las fortalezas propias.
Una retahíla de reproches mutuos para acusar al adversario de la parálisis que
atenaza la gobernabilidad de este país desde hace cerca de un lustro, lo que
impide la implementación de medidas de calado que permitan afrontar los retos a
que nos enfrentamos. Y mucho han de cambiar las cosas para que el debate entre
los primeros espadas escape de ese guion preestablecido que sólo sirve para engordar
una abstención en la que se refugian quienes el desánimo se ha adueñado de sus
vidas, los que están desquiciados con una sociedad tensionada absurdamente a
causa de “ideas -como diría Unamuno- que se presentan en rosarios de sentencias
graves”, inútiles para alcanzar ningún acuerdo.
Con todo, la única salida es votar, volver a votar para que
unos pocos no decidan en nombre de todos, por demostrar mayor civismo
democrático que los propios elegidos y no hacer dejación de una responsabilidad
que la democracia pone en nuestras manos. A pesar de las frustraciones y los
desengaños, las urnas nos permiten condicionar a nuestros gobernantes para que actúen
conforme nuestra voluntad, aunque se empecinen en no hacerlo. No usar el voto e
ignorar este sistema, que no es perfecto pero es el mejor para expresar nuestra
decisión soberana, sería facilitar que los desaprensivos maliciosos, emboscados
en los populismos de todo pelaje, suplanten nuestra voluntad y opinen por nosotros.
No cabe en democracia el pesimismo porque tenemos capacidad de combatirlo ejerciendo
el derecho a votar con criterio y objetividad a los más idóneos para
representarnos. Las veces que haga falta, aunque sean las enésimas elecciones en
las que participamos.
domingo, 3 de noviembre de 2019
Belén en vivo
Ana Belén es una artista de la cabeza a los pies que forma
parte de la cultura popular española contemporánea. Es actriz de televisión y
de teatro, pero la faceta por la que la conozco de antiguo es por ser una de
las figuras más destacadas de la música moderna. Su voz, fina y aterciopelada, te
acaricia la sensibilidad, poniéndola a flor de piel, con canciones que constituyen
la historia musical de varias generaciones de españoles. Su estilo y elegancia
son reconocibles cada vez que la escuchas, y te imaginas a una diva inaccesible
en su torre de marfil, consciente de poseer un don que la distingue entre los
cantantes.
Y no es así. Ana Belén en vivo se muestra como una persona abierta,
sincera y cercana. Comenta con el público el tema de sus canciones y no oculta las
convicciones que algunas de esas letras revelan y por las que atrae el
entusiasmo de tantos seguidores. Su voz en directo en nada difiere de la reproducida
en sus discos, mostrando las cualidades, sin aparente esfuerzo, por las que ha
alcanzado el lugar de honor que ocupa en el panorama musical español. Máxime
cuando se acompaña de una banda de músicos de proverbial maestría.
Ana Belén gana sobre el escenario al exhibir, junto a sus dotes
para el canto, su calidad humana y una sensibilidad extraordinaria. Por eso
canta a la mujer que ha de luchar en un mundo machista, al oprimido en un mundo
de poderosos, a la libertad en un mundo de cadenas, al niño que, como Aylán, puede
morir en una playa, al amor en un mundo de engaños, o a esa España cuya camisa,
en la actualidad, apenas es blanca como la esperanza. Ana Belén en vivo es una artista
viva que te reconquista con su fragilidad y encanto, y con su don. Escúchenla.
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