viernes, 8 de noviembre de 2019

Cumpleaños de un inmortal


El pasado martes día 5 cumplía 92 años el filósofo sevillano Emilio Lledó (5 de noviembre de 1927), el nonagenario más ilustre de la actualidad y uno de los pensadores más importantes de esta época nuestra, tan dada a la imagen y tan huidiza de la reflexión. Se trata de un sabio vivo que, a través de numerosas obras, ha plasmado su preocupación sobre la relevancia de la cultura, la memoria, la educación y la ética en la formación de las personas, en un mundo que tiende a corromper y atrofiar al pensamiento. Su inteligencia y sensibilidad quedan reflejadas en la fecunda producción intelectual que ha desarrollado a lo largo de toda su vida, tratando de disolver los “grumos” que la desidia o el descuido producen en la mente. Con su magisterio, impartido en las universidades (Valladolid, Barcelona, Tenerife y Madrid) o en los libros, no dejó nunca de inculcar el entusiasmo por el conocimiento, recalcando el valor de la libertad y el poder de transformación de la educación. Su defensa de la educación pública es insoslayable, valorándola como condición indispensable para la formación de ciudadanos libres, críticos y responsables con la sociedad. La vida y la obra de Emilio Lledó, corta en términos biológicos, será inmortal gracias al legado de su ejemplo y sus ideas, condensadas estas últimas en obras que enriquecen mi biblioteca y mi espíritu, como Lenguaje e historia (Taurus), El epicureísmo (Taurus), El elogio de la infelicidad (Cuatro), El silencio de la escritura (Austral), Los libros y la libertad (RBA libros), Sobre la educación (Taurus) y El surco del tiempo (Austral). ¡Feliz cumpleaños, sabio inmortal!  

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Las respuestas del “saco”


Fue clamoroso el silencio del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, a las preguntas directas que le formularon los representantes de la derecha en el debate de candidatos a las elecciones generales celebrado el lunes pasado. Su actitud de ignorar las preguntas y no dar respuesta a las cuestiones planteadas fue negativa y contraproducente, no sólo por parecer que despreciaba a sus interlocutores, sino además por transmitir una imagen de incomodidad y acorralamiento de la que no sabía cómo librarse. Su actitud de no mirar al adversario y mantener la cabeza baja, entretenido en lo que supuestamente garabateaba en un folio sobre el atril para ignorar las preguntas, seguramente respondía a una estrategia de sus asesores de comunicación. No quería entrar a saco en las provocaciones. Y se equivocó.

Por supuesto que eran preguntas “tendenciosas” que perseguían descalificarlo, cualquiera que fuera la respuesta que diera. Pero, al hacer caso omiso, su efecto resultó perjudicial para la credibilidad de su mensaje y la fortaleza de sus convicciones. Porque los simpatizantes y votantes socialistas, y telespectadores en general. aguardaban argumentos convincentes con los que enfrentar los reproches y acusaciones que le hacían los representantes de la derecha de España, pues para eso se iba a un debate. Ya que para hablar sólo de lo que se domina y conviene se acude a un mitin, donde la papeleta se resuelve fácilmente con eslóganes, que fue lo que hizo el representante de la ultraderecha: lanzar su mensaje, trufado de mentiras y falsedades, sin que nadie le rebatiera ni diera réplica.

A mi juicio, estas fueron las preguntas “trampas” a las que el presidente en funciones no quiso entrar a saco de responder.

¿Cuántas naciones hay en España? Hay tantas como las que consagra la Constitución. Las nacionalidades, un concepto derivado de nación, son realidades diferenciadas en nuestro país que determinaron una configuración territorial más federal que centralista para integrarlas en un todo, que es el Estado Social y Democrático de Derecho, como se constituye España. Nación es un término ambiguo que apela a sentimientos más que a otra cosa y que, en un sentido romántico, atribuye rasgos culturales e históricos comunes e inalterables entre los que comparten un territorio determinado, Si la Constitución reconoce a España como nación y a determinadas regiones como nacionalidades, es que nuestro país es plural, rico y diverso en sentimientos nacionales. Nuestro Estado de las Autonomías responde a esa realidad y obedece al resultado democrático de una decisión soberana del pueblo español. Por eso, toda modificación del marco constitucional exige el mismo refrendo de la soberanía popular. La convivencia pacífica, cuando afloran tensiones, es un problema político que hay que abordar con diálogo y lealtad, en el marco siempre de la ley. Ello no impide que el que infrinja la ley, asuma las consecuencias, ante la cual todos somos iguales y nadie disfruta de privilegios.

¿Aceptaría los votos de los independentistas? Considerar menos “dignos” los votos de partidos nacionalistas con ideología independentista es hacer un flaco favor al sistema democrático y una impugnación absoluta al esfuerzo por encauzar por vías pacíficas y democráticas conflictos y demandas sociales que en algún momento se expresaron de forma violenta. Del mismo modo, considerar ilegítimos aquellos eventuales apoyos que se puedan recibir de formaciones cuyos objetivos son opuestos a los de uno sería dañino e hipócrita para el funcionamiento del sistema democrático. Entre otros motivos, porque la democracia es el triunfo de la razón frente a los totalitarismos y el terrorismo. La democracia se asienta en el reconocimiento y garantía de las libertades, los derechos y la confrontación civilizada y pacífica de las diferencias ideológicas existentes en el seno de la sociedad. Se construye a partir de la soberanía popular y mediante la elección ciudadana de los gobernantes, quienes son controlados, confirmados o removidos periódicamente a través del voto. Esa delegación de voluntades en la representación política es la antítesis del totalitarismo. Y en un parlamento democrático todos los votos son iguales y legítimos, porque garantizan la misma capacidad para conformar decisiones políticas colectivas. No reconocerlo así sería deslegitimar, también, los apoyos de Vox, el partido ultraderechista, anticonstitucional, xenófobo y antieuropeísta, que ha posibilitado los gobiernos conservadores pactados tras las últimas elecciones municipales y autonómicas. Porque tan inconstitucional es pretender la independencia de una parte del territorio como la recentralización del Estado de las Autonomías. Sin embargo, ambas ideas se pueden defender cívica, pacífica y democráticamente en la sede de la soberanía nacional, que es el Parlamento de la Nación.

Distinto es que con esos apoyos se pretenda coaccionar la voluntad mayoritaria expresada en las urnas y la obligación de las formaciones que, por su mayor representación parlamentaria, tienen de aglutinar los votos necesarios para conformar gobierno. Cualquier pacto parlamentario es legítimo siempre y cuando sus condiciones y finalidad se ajusten a la ley, respeten la legalidad, sean transparentes y sin cláusulas ocultas, y respondan al interés general de los ciudadanos. El único motivo para rechazar esos apoyos sería condicionarlos al quebrantamiento del Estado de Derecho, violar la Constitución, actuar en desacuerdo con la legalidad e impedir el progreso de una sociedad más justa, próspera, igualitaria en derechos y libertades, y construida con los valores democráticos que la caracterizan. Votos para progresar, no para retroceder. Y votos para unir, no para separar. Esa es la diferencia.

El populismo de Vox. Aparte de esas preguntas sin respuestas, resultó sorprendente que ninguno de los intervinientes en el debate contestara las soflamas incendiarias del representante de la ultraderecha, que se despachó a gusto. Más que debatir, el líder de Vox esparció su ideario, basado en exageraciones alarmistas cuando no en meras mentiras y falsedades, sin ser rebatido o corregido. Porque es mentira que el feminismo y la ley de protección contra la violencia de género criminalicen al hombre. Ni que la mayoría de los delitos de violación y agresiones sexuales que sufre la mujer, como en el “caso de la manada”, sean cometidos por inmigrantes, como aseguró. Tampoco que los centros de menores inmigrantes no acogidos (menas) sean fuente de conflictos en los barrios donde están ubicados. Es hacer populismo cuando se criminaliza la inmigración y se incuba la xenofobia en un país tolerante como el nuestro, porque España no soporta ninguna presión migratoria desorbitada, ni existe ningún problema de seguridad ciudadana por culpa de los colectivos de extranjeros que, legal o ilegalmente, se han instalado en nuestro territorio. Todas estas afirmaciones son fakes new.

De igual manera, mintió acerca de las duplicidades y el gasto que, según él, suponen las autonomías, movido por su afán en denostar un diseño territorial que ha venido a dar respuesta a un problema de sensibilidades nacionales plurales. La descentralización ha acercado el Estado, al transferir competencias, a los ciudadanos de cada autonomía, sin renunciar ni a las materias que le son propias, ni a la coordinación general, ni a la solidaridad compensatoria interterritorial. Es una falacia afirmar que las autonomías suponen un coste inasumible puesto que los gobiernos regionales administran unas prestaciones que, de otro modo, tendría que ofrecer el Estado, sin estar sobre el terreno. Tampoco que el número de funcionarios y la estructura política que conlleva una autonomía representen, sin faltar a la verdad, una "elefantiasis" burocrática. De hecho, el peso del sector público en España es inferior a la media de los países de la OCDE.

Pero lo más grave fue renunciar a desmentir las aseveraciones acerca de que, en contra de lo sentenciado por el Tribunal Supremo, en Cataluña se está produciendo un golpe de Estado permanente, por lo que debería ilegalizarse los partidos golpistas, encarcelar al presidente de la Comunidad y suspender la Autonomía, aplicando contundentemente el Artículo 155 de la Constitución. Además de criminalizar al independentismo, se falsearon los procedimientos constitucionales que permiten dejar en suspenso un Gobierno autónomo. Todo ese ideario ultraderechista de Vox, expuesto en el debate sin ser discutido, es contrario a los valores constitucionales y a la más mínima decencia política e intelectual. Pero nadie se lo recriminó ni quiso entrar a saco.

Y ese saco precisa de respuestas. No serán exactamente como las aquí apuntadas, pero, al menos, podrían ser del mismo tenor argumental que contribuyan a contrarrestar las insidias, tergiversaciones y falsedades que devaluaron el pasado debate y lo convirtieron en cinco mítines simultáneos, sin posibilidad de preguntas ni de respuestas.   

lunes, 4 de noviembre de 2019

Enésimas elecciones


Por segunda vez este año estamos convocados a unas elecciones generales, tras las celebradas en abril en las que no se consiguió investir un presidente de Gobierno. Además, tuvimos que acudir a las urnas en mayo para elegir a los alcaldes y a algunos presidentes de comunidades autónomas. En los últimos cuatro años se han celebrado seis comicios en España (cuatro generales -2015, 2016 y dos en 2019-, unos comicios autonómicos adelantados en Andalucía y los municipales de mayo pasado) que hacen que los ciudadanos hayan perdido la cuenta de las veces que han ido a las urnas.  ¿Significa esto que nuestra democracia es más sólida y representativa o que se ha devaluado hasta reducirla a un mero trámite formal, sin respeto a lo que decidan con su voto los ciudadanos?

En función de la respuesta que se dé a esta cuestión, se producirá el grado de participación que el próximo domingo consiga estas enésimas elecciones generales. Porque motivos para la abstención no faltan ni razones para la desafección política. Y ese descontento, que se detecta en las encuestas, representa el mayor peligro que se cierne esta vez sobre las urnas por parte de unos votantes que parecen hartos de cumplir con su derecho al voto, sin que los elegidos asuman su deber de actuar en consecuencia. Conjurar tal peligro debiera ser la prioridad de los partidos en liza, pero, por las estrategias que desarrollan y los mensajes propagandísticos que emiten, no parece que estén dispuestos a hacerlo. Por el contrario, nuevamente se dedican a cuestionar posibles alianzas entre ellos y anteponer antagonismos que harán muy difícil cualquier pacto que sea necesario con un resultado que mantenga la fragmentación del Parlamento. ¿Qué hacer entonces, insistir con otras elecciones hasta provocar la anomia total en la sociedad?

La situación de bloqueo que ha obligado esta repetición electoral puede volver a presentarse si, como parece, persiste la existencia de dos bloques ideológicos, ninguno de los cuales consigue mayoría suficiente para formar gobierno. Tirados los dados electorales, el resultado podría ser prácticamente el mismo, aunque dentro de cada bloque, unos partidos ganen escaños a expensas de los que pierden otros. Y en esa disyuntiva, la persistencia de una actitud obstruccionista volvería impedir la investidura de un gobierno en minoría a cargo del partido que más votos obtuviera. Como en abril pasado.

El desarrollo de esta campaña parece apuntar a esa dirección si tras las elecciones sus líderes no entran en razón y atienden al interés general. La “izquierda” acusa al probable ganador, en minoría, de estos comicios, al partido socialista, de preferir un pacto con la derecha. Y la derecha, a su vez, advierte del peligro de que intente, en realidad, un gobierno “frankestein” formado por una coalición de las izquierdas que incluya a nacionalistas e independentistas. Y todos reinciden, así, en su incapacidad para asumir un resultado que no satisfaga sus expectativas particulares, sin importarles la estabilidad gubernamental ni el futuro del país, en una coyuntura nacional e internacional especialmente delicada.

El debate televisivo entre los portavoces parlamentarios de las distintas formaciones (intencionadamente escribo esta crónica cuando aun no se ha celebrado el de los líderes de cada una de ellas) abundó en esa incapacidad para el consenso y en la notable facultad para la descalificación y la polarización política. Pocas propuestas, muchas recriminaciones y exageraciones burdas, tanto de las debilidades ajenas como de las fortalezas propias. Una retahíla de reproches mutuos para acusar al adversario de la parálisis que atenaza la gobernabilidad de este país desde hace cerca de un lustro, lo que impide la implementación de medidas de calado que permitan afrontar los retos a que nos enfrentamos. Y mucho han de cambiar las cosas para que el debate entre los primeros espadas escape de ese guion preestablecido que sólo sirve para engordar una abstención en la que se refugian quienes el desánimo se ha adueñado de sus vidas, los que están desquiciados con una sociedad tensionada absurdamente a causa de “ideas -como diría Unamuno- que se presentan en rosarios de sentencias graves”, inútiles para alcanzar ningún acuerdo.

Con todo, la única salida es votar, volver a votar para que unos pocos no decidan en nombre de todos, por demostrar mayor civismo democrático que los propios elegidos y no hacer dejación de una responsabilidad que la democracia pone en nuestras manos. A pesar de las frustraciones y los desengaños, las urnas nos permiten condicionar a nuestros gobernantes para que actúen conforme nuestra voluntad, aunque se empecinen en no hacerlo. No usar el voto e ignorar este sistema, que no es perfecto pero es el mejor para expresar nuestra decisión soberana, sería facilitar que los desaprensivos maliciosos, emboscados en los populismos de todo pelaje, suplanten nuestra voluntad y opinen por nosotros. No cabe en democracia el pesimismo porque tenemos capacidad de combatirlo ejerciendo el derecho a votar con criterio y objetividad a los más idóneos para representarnos. Las veces que haga falta, aunque sean las enésimas elecciones en las que participamos.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Belén en vivo


Ana Belén es una artista de la cabeza a los pies que forma parte de la cultura popular española contemporánea. Es actriz de televisión y de teatro, pero la faceta por la que la conozco de antiguo es por ser una de las figuras más destacadas de la música moderna. Su voz, fina y aterciopelada, te acaricia la sensibilidad, poniéndola a flor de piel, con canciones que constituyen la historia musical de varias generaciones de españoles. Su estilo y elegancia son reconocibles cada vez que la escuchas, y te imaginas a una diva inaccesible en su torre de marfil, consciente de poseer un don que la distingue entre los cantantes.

Y no es así. Ana Belén en vivo se muestra como una persona abierta, sincera y cercana. Comenta con el público el tema de sus canciones y no oculta las convicciones que algunas de esas letras revelan y por las que atrae el entusiasmo de tantos seguidores. Su voz en directo en nada difiere de la reproducida en sus discos, mostrando las cualidades, sin aparente esfuerzo, por las que ha alcanzado el lugar de honor que ocupa en el panorama musical español. Máxime cuando se acompaña de una banda de músicos de proverbial maestría.

Ana Belén gana sobre el escenario al exhibir, junto a sus dotes para el canto, su calidad humana y una sensibilidad extraordinaria. Por eso canta a la mujer que ha de luchar en un mundo machista, al oprimido en un mundo de poderosos, a la libertad en un mundo de cadenas, al niño que, como Aylán, puede morir en una playa, al amor en un mundo de engaños, o a esa España cuya camisa, en la actualidad, apenas es blanca como la esperanza. Ana Belén en vivo es una artista viva que te reconquista con su fragilidad y encanto, y con su don. Escúchenla.