jueves, 8 de octubre de 2015

Adiós Andrea, adiós


Surge otra vez el debate acerca de si se debe facilitar la muerte a una persona en estado terminal. Es un debate nunca abordado con afán de darle una solución definitiva en nuestro país, una solución necesariamente legal que evite que médicos o familiares acaben siendo acusados de un delito de inducción al suicidio. Se trata de un asunto complejo que, aparte de los aspectos penales, también contempla cuestiones morales para los familiares y deontológicos en los profesionales sanitarios. Ninguno de ellos quiere que nadie muera, pero inevitablemente la muerte es lo que aguarda a los pacientes refractarios a todo tratamiento y mantenidos en vida gracias a un soporte vital que alimenta y ventila un cuerpo que no reacciona y a un cerebro que, en el mejor de los casos, ya no es consciente de lo que le rodea ni controla apenas las funciones básicas del organismo.

Mediante alimentación enteral, respiración asistida y cobertura antibiótica contra las infecciones, estos enfermos pueden mantenerse, así, en un estado de vida prácticamente vegetativo hasta que una complicación afecta a un órgano vital y les causa la muerte. Son casos extremos en los que una enfermedad irreversible e incurable ha ido provocando un progresivo deterioro físico y psíquico del paciente y el agotamiento emocional en unos familiares que contemplan, en el límite de sus fuerzas, que ni la ciencia ni la medicina les ofrecen ninguna esperanza, salvo esperar un milagro ante un final anunciado y retardado. Es difícil ponerse en la piel de quien sufre esta situación, pero es comprensible que en ocasiones se solicite a los hospitales que no mantengan artificialmente con vida y dejen morir dignamente en paz, sin dolor ni sufrimiento, a pacientes en estado terminal que están sometidos a lo que parece una obstinación terapéutica.

Es el caso de la niña gallega de 12 años Andrea Lago, afectada por una enfermedad degenerativa e irreversible, cuyos padres reclaman para ella una muerte digna, encontrándose con la negativa de los facultativos del servicio de pediatría del hospital donde está ingresada, que se niegan a aplicar una limitación terapéutica, a pesar de las consideraciones del Comité de Ética Asistencial del centro, que recomiendan retirar la alimentación asistida. Los médicos sólo estaban dispuestos a aplicar medidas paliativas en caso de un mayor agravamiento de la enfermedad, cosa que finalmente hicieron cuando, ante la denuncia de los padres, un juez reclamó al hospital sendos informes sobre la situación actual de la niña, el tratamiento que se le está administrando y una copia del citado informe del comité de ética. Tras la intervención del juez, los facultativos accedieron a la limitación terapéutica para no alargar artificialmente la vida de Andrea.

Yo he visto padres abrazar a hijos agarrotados por la inmovilidad y ajenos del mundo por la inconsciencia de una enfermedad que les retarda el crecimiento y los conduce irremediablemente a la muerte, pero que se negaban a aceptar tal pronóstico. Estaban dispuestos a seguir cuidándolos cada día en el hospital aunque supusiera vivir entregados en cuerpo y alma a ello. También he contemplado cómo la desgraciada situación de niños en estado terminal ha servido para despertar la compasión y la atención de terceros hacia unos padres que exhiben su dolor de manera pública en las redes sociales. O adultos en fase terminal, cada vez más invadidos por sondas, catéteres y aparatos que alargan su agonía durante días y semanas. Son todas ellas situaciones extremas en las que las decisiones son difíciles de tomar, especialmente cuando afectan a niños que nos hacen recordar a nuestros propios hijos.

Preferir la muerte digna al mantenimiento de un soporte vital que alarga la situación y el sufrimiento de un paciente terminal, es una decisión comprometida. Debe venir precedida de una información exhaustiva por parte de los médicos sobre la situación en que se encuentra el paciente, el diagnóstico claro de su enfermedad y las expectativas que realmente existen, para que el paciente mismo, si está consciente, o sus familiares puedan decidir con criterio. La eutanasia o el suicidio asistido están prohibidos en España, no así los cuidados sintomáticos, la sedación paliativa y la limitación terapéutica. Pero persisten los cuestionamientos morales, tanto en pacientes/familiares como en sanitarios.

Y son esos cuestionamientos religiosos y morales los que impiden adoptar una decisión racional y objetiva. Hay pacientes y hay médicos que ponen en manos de Dios toda decisión tendente a facilitar una muerte digna, por lo que son reacios a adoptar medidas eutanásicas, aún cuando exista un testamento vital en el que quede registrado la expresa voluntad del paciente de no prolongar su agonía innecesariamente. Por parte de los sanitarios, como sucede en la práctica del aborto, son profesionales que anteponen sus creencias a la ciencia a la hora de obrar de manera profesional. Otros, en cambio, defienden el derecho de los enfermos a morir dignamente, sin sufrimiento, como el doctor Luis Montes, encausado y absuelto por practicar eutanasia en el conocido caso Leganés.

Si el paciente está en un estado en que no es competente para tomar decisiones, es la familia quien las adopta. La Ley General de Sanidad atribuye a los profesionales sanitarios la tarea de explicar a sus pacientes o familiares cuál es la situación en que se encuentran para que estos puedan decidir. Los padres de Andrea ya han tomado una decisión y prefieren que descanse de una vez a verla seguir sufriendo, consumiéndose en un estado lamentable de franco deterioro. Y lo piden como muestra suprema de amor por su hija, a la que la enfermedad, desde que nació, le ha hurtado todo futuro de vida. Alargarle la vida artificialmente, en su caso, es más un acto de crueldad que de compasión, cuando ninguna esperanza es capaz de ofrecerle la ciencia o la medicina. Ellos ya están preparados para decirle: adiós Andrea, adiós. A los demás nos corresponde respetar su decisión.

lunes, 5 de octubre de 2015

¿Qué pasa con Pemán?

Los jóvenes de hoy no es que no hayan leído a José María Pemán (Cádiz, 1897-1981), es que no saben siquiera quién es. Si acaso, algunos podrían referir haber escuchado ese nombre en boca de sus padres o de algún profesor de aquellos recalcitrantes en resaltar las “glorias” del bando victorioso de la Guerra Civil española. Otros, los menos -entre los que me encuentro-, recordarán haber leído artículos suyos en la “tercera” del diario ABC, el periódico de declarada adhesión monárquica y abigarrada lealtad al régimen que implantó una dictadura en España. A todos, en cualquier caso, les sorprenderá la pequeña trifulca que se ha montado en los últimos días a cuenta de este escritor que lleva 35 años enterrado en una tumba de la Catedral de Cádiz. Y se preguntarán, con razón, ¿qué pasa con Pemán?

Hay que decir que Pemán era un escritor andaluz que cultivaba la novela, la poesía y el teatro, además del ensayo y los artículos periodísticos, con estilo tradicionalista y siempre desde unas convicciones religiosas, católicas por supuesto, y monárquicas, de don Juan (abuelo del actual rey), también por supuesto. Era una pluma dotada para el ingenio y la “grasia” en comedias de ambiente andaluz, costumbristas y castizas, y abiertamente al servicio de la causa franquista, a la que exaltaba de manera épica y triunfalista. Se convirtió, así, en una de las figuras representativas de la intelectualidad afín al régimen dictatorial, con el que ideológicamente se alineaba, produciendo una prolífera y dilatada actividad literaria que comprendía todos los géneros. Antes de la guerra, había alcanzado un gran éxito con la obra El divino impaciente (1933), un drama histórico sobre la figura de San Francisco Javier. Más escandaloso resultó su Poema de la Bestia y el Ángel (1938), obra poética que algunos tachan sin ambages de “literatura fascista”, por su adhesión triunfal al régimen de Franco.

Tras la guerra, fue nombrado director de la Real Academia Española de la Lengua, cargo que cedió al poco tiempo. Más recientemente, obtuvo el reconocimiento de Caballero de la Orden del Toisón de Oro de manos del rey Juan Carlos I. Su fama y su ideología lo convirtieron en adalid de los sectores más reaccionarios de la derecha política y social española, que le rinde veneración. Un busto suyo, esculpido en bronce, presidía el vestíbulo del Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera, de donde ha sido retirado por acuerdo del Pleno del Ayuntamiento, con la intención de borrar nombres y símbolos del franquismo. Toda una afrenta para la “caverna”.

Y es en este contexto en el que una concejal de Izquierda Unida del Ayuntamiento jerezano, Ana Fernández de Cosa, vierte expresiones sobre el escritor, en el transcurso del Pleno que debatía la moción para la retirada del busto, que los herederos de Pemán consideraron injuriosas, por lo que presentan una demanda por calumnias. La edil comunista había afirmado que “José María Pemán y Pemartín era un fascista, un misógino y un asesino”, lo que causa gran revuelo en ámbitos no sólo políticos sino también culturales, de signo conservador, y contra la concejal, a la que exigen una rectificación en toda regla. Por su parte, los cinco hijos de Pemán presentan una demanda, previa a la formulación de querella, contra la edil jerezana por un supuesto delito de calumnias, que justifican en que los “descendientes del escritor no deben ni pueden resignarse a la calumnia, la afrenta, el denuesto y a la palabra torcida (…) de quien ya no puede defenderse”. Le piden a la edil que se retracte de la consideración de “asesino” imputada al escritor como condición para suspender la denuncia.

Los valores literarios y los juicios artísticos de José María Pemán no se ponen en cuestión, sino su significación política. Las palabras “gruesas” de la concejal subrayan la adscripción cómplice de Pemán a una dictadura que “asesinó” a miles de españoles, todavía esparcidos en fosas comunes por toda la geografía, y su alineamiento ideológico con un  régimen dictatorial y “misógino” que consideró a la mujer subordinada al hombre hasta para abrir una cuenta bancaria. El fascismo de ese régimen fue alabado por el escritor desde antes incluso de su implantación, cuando llamaba con vehemencia a la insurrección militar contra la legalidad de la República desde sus artículos en el citado diario madrileño. Un personaje totalmente identificado con un régimen sanguinario que trataba con misoginia a la mujer y actuaba de manera fascista, no puede evitar verse calificado con los mismos atributos políticos de la causa que defiende y apoya. La historia juzga el pensamiento de un autor que no dudó en poner su pluma al servicio de una dictadura abyecta, totalitaria y violenta, por mucho que ganase una guerra fraticida. Y en virtud de decisiones democráticas, que persiguen la recuperación histórica y la erradicación de cualquier apología del sectarismo, la violencia y la dictadura –como fue el franquismo-, no deberían producirse discusiones por el traslado de José María Pemán a los libros de historia y literatura.

Porque reubicar a Pemán en la literatura, donde lo podrán continuar venerando sus seguidores y lectores, y retirar los símbolos que homenajean a través de sus más fervientes lacayos a la guerra civil y la dictadura, es un acto de higiene política y democrática necesidad. Los méritos que reunió Pemán para presidir teatros y subirse a los pedestales de la gloria en mármol y bronce son más ideológicos que literarios, pues artistas como él, que cultivaron la literatura de manera brillante, fueron represaliados con el olvido o perdieron la vida por defender la legalidad de la República y mantener un compromiso por la libertad, la democracia y los humildes. Ningún busto de Federico García Lorca o Miguel Hernández, con idéntica o más elevada calidad literaria, recibe a los espectadores en un teatro español, simplemente por tener la desgracia de pertenecer al bando derrotado en la Guerra Civil. Es de justicia que ahora, cuando disfrutamos de democracia y libertad, se eliminen los “homenajes” y símbolos apologéticos del sectarismo y la sinrazón para sustituirlos por los que instan a la concordia, la paz y la igualdad. Valores que José María Pemán no representaba, por muy “gracioso” que fuera en sus comedias o filosófico con su Séneca.

domingo, 4 de octubre de 2015

Felicidad y atardeceres


Foto. Elena Guerrero
Casar a los hijos es una esperanza que los padres alimentan con el deseo de que accedan a una felicidad que tradicionalmente se consigue en pareja y creando una familia. Ello no significa que personas solas, solteras, no puedan ser felices. Conservar la soltería por decisión voluntaria es, a veces, el camino que conduce a ella. Pero lo común es compartir con otro/otra un proyecto de vida que aporta satisfacciones que se asemejan extraordinariamente a la felicidad, si no se confunden con ella. Por ello, el enlace matrimonial de un hijo culmina la larga crianza de unos padres volcados en “lo mejor” para él, como si una boda representara el certificado de plena adultez y autonomía, la puerta por la que se accede a circular por la vida por sí solo, bajo la propia y recién entrenada responsabilidad.

Todos estos sentimientos se agolpan en la garganta de unos padres cuando asisten a las bodas de sus hijos. Y fue lo que pasó ayer, precisamente. Acostumbrados en estos tiempos a que hijos sobreprotegidos decidan regresar a casa de sus padres tras un breve período de convivencia en pareja, abrumados por la responsabilidad, causa legítimo orgullo que una hija, al cabo de unos años de vida en pareja, decida hacer el camino inverso de formalizar su matrimonio, convencida de que su felicidad nace del amor que siente por su marido y de las niñas fruto del mismo. Fue un acto de confirmación, con el formalismo oficial, de una relación que subrayaba así la firme voluntad de permanecer unida y fortalecerse. Una boda civil de hijos, ya convertidos en padres, que asumen la responsabilidad de seguir compartiendo sus vidas, dando testimonio a la sociedad de ese compromiso de amor. Pero saber lo que se hace no evita las emociones. Y estas se agolparon en los contrayentes, sus familias y los amigos, enlazando a todos con lágrimas de emoción y alegría. Es lo que sucede en las bodas: por muy preparado que vayas, se te quiebra la voz. Que la felicidad, como los atardeceres, siempre culmine cada día de vuestras vidas, hijos.

viernes, 2 de octubre de 2015

Agua en Marte

Imagen coloreada de surcos de agua en Marte.
Los terrícolas, habitantes de un mundo cuya superficie está compuesta en sus dos terceras partes por agua, andan alborotados porque han hallado rastros de la existencia de ese líquido en el vecino planeta de Marte, primer y hasta la fecha único objetivo ante una hipotética necesidad de emigrar de la Tierra cuando las condiciones ambientales o la avaricia de los humanos la hagan inhabitable. Tras la Luna, nuestro satélite natural que nos alumbra por las noches, Marte es el cuerpo celeste que más miradas ha atraído desde la Tierra y con el que soñamos la posibilidad de encontrar, incluso, marcianitos verdes de cuyas intenciones desconfiaríamos eternamente. Avistar con rudimentarios telescopios lo que parecían canales sobre la superficie marciana dio pábulo, desde hace siglos, a todas las especulaciones acerca de vida en Marte. Ya modernamente, gracias a los adelantos de la ciencia y la tecnología, rusos y norteamericanos se dedicaron a estudiar con sondas automáticas el planeta. Así, las naves Mariner volaron cada vez más cerca hasta situarse en órbita del mismo tomando imágenes cuando las tormentas de arena lo permitían. Más tarde, los vehículos del programa Viking lograron aterrizar y enviar las primeras imágenes históricas desde la superficie de Marte, mostrando un paisaje pedregoso y árido, cubierto de polvo. Por último, vehículos robots han podido recorrer llanuras y cráteres de Marte (los Pathfinder, Spirit y Opportunity) tomando muestras del suelo, mediciones atmosféricas y buscando obsesivamente evidencias científicas sobre la existencia de agua en el planeta.

Ya se sabía, gracias a las imágenes de hielo sobre los casquetes polares, que aquel lugar rojizo podría albergar agua en estado sólido y que, de un pasado remoto, podrían encontrarse reminiscencias de agua líquida en lugares donde llegaría acumularse dando lugar a lagos y ríos hoy desaparecidos. Todas las misiones allí enviadas han estado buscando esos rastros de agua en un planeta más o menos próximo y el más semejante al nuestro. Han sido varias las ocasiones en que los científicos han anunciado el descubrimiento de visos de agua en Marte, bien porque han confirmado la existencia de elementos geológicos cuya formación requiere de agua, o bien porque en su atmósfera, ahora poco densa, existen las moléculas para formarla en estado gaseoso. Pero de ahí a encontrarla en estado líquido sobre su superficie dista un abismo.

Casquete con hielo en el polo norte marciano.
Y eso es, precisamente, lo que acaba de comunicar la NASA en su último anuncio. Al parecer, imágenes obtenidas con espectómetros, que trabajan en 544 canales distintos del visible al infrarrojo, han descubierto, observando la superficie del planeta desde órbita, que los surcos que se forman en la pendiente de algunos cráteres han sido formados por agua líquida con alta concentración de sales. Y que es justamente esa riqueza en sales lo que permite que el agua no se congele tan rápidamente y pueda fluir en algunos momentos sobre la superficie del planeta, aunque nunca de manera permanente. El origen de ese agua es todavía un misterio, pues no parece probable que proceda del hielo subterráneo o de acuíferos ubicados en las cimas de montañas y cráteres. Tampoco que sea suministrada por una atmósfera que es sumamente tenue. Lo que parece evidente es que en Marte se da un ciclo del agua que provoca esas marcas y que instrumentos más precisos y complejos confirman que son causados por la presencia de agua líquida.

Es decir, el planeta rojo sigue despertando la fascinación de los terrícolas por cuanto cada descubrimiento genera nuevos misterios aún más fascinantes. Poco a poco se van confirmando las sospechas de un pasado en el que albergó condiciones compatibles con la vida, tal como la conocemos, y que parece probable que aún reúna posibilidades para su investigación y exploración “in situ”. Entre otros motivos, porque hay agua en Marte.