Primer fin de semana de otoño, primeras horas libres para
aguardar que la estación se infiltre, además del calendario, en el aire, en los
árboles y en el ánimo de quienes la reciben con alboroto. Será cuestión de días
para que el calor residual del verano deje paso al fresco húmedo de atardeceres
adelantados y mañanitas de niebla. Y que las hojas comiencen a emanciparse en
su empeño por besar la tierra, tiñendo los caminos con el color seco que ellas visten
para la ocasión. Y de que el amor haga bramar a los venados ocultos en bosques
y montañas con la pasión desenfrenada que envidiamos al oírlos berrear en la lejanía.
Pronto las lluvias bendecirán campos y ciudades para que el aire se purifique y
se vuelva límpido y fresco, libre de la polvareda del estío. Las chimeneas
garabatearán los cielos con sus enigmáticos mensajes de humo y las setas
dejarán sus refugios bajo tierra para entablar con las hojas cuchicheos
silentes de sus cosas. Toda la añoranza del otoño se ve al fin satisfecha con
el simple anuncio de su llegada y desde el primer fin de semana bajo su égida.
Sólo queda disfrutarlo con el ánimo renovado de quien se extasía con los
paisajes ocres y los ruidos del silencio, inundado de tranquilidad y paz.
viernes, 25 de septiembre de 2015
jueves, 24 de septiembre de 2015
¿Cuántos refugiados puede acoger España?
Tras el espectáculo que está dando Europa con los cupos o número de refugiados que los distintos países deberían acoger para dar respuesta sensata y compasiva al éxodo que se agolpa en sus puertas -una especie de reparto caritativo para salvar el prestigio y lavar la conciencia-, parece pertinente valorar la miseria con que se pretende zanjar la cuestión. Un espectáculo del que participa España al poner condiciones para acoger 17.000 refugiados y hacer planes para alargar en dos años el plazo en que escalonaría el recibimiento de ese cupo de exiliados que huyen de la guerra y el hambre. Arguye nuestro país que hay que ordenar la acogida para evitar problemas de integración y alojamiento. Causa vergüenza ajena las excusas que pone un país de más de 46 millones de habitantes para dar asilo a 17.000 refugiados.
Una actitud cicatera que se practica en toda Europa –un club
de naciones ricas con 500 millones de habitantes- para afrontar la crisis
humanitaria que provoca la guerra civil de Siria y que expulsa a buena parte de
su población a jugarse la vida en una huida en barcazas por el mar y a pie por
tierra, atravesando países intermedios que ponen todo tipo de trabas a esa
migración. Los que no acaban ahogados en las playas (la cruda fotografía de
Alan nos muestra una realidad que preferimos ignorar) se dejan los pies
machacados de cruzar fronteras y alambradas para alcanzar el continente de la
cristiandad y la riqueza, para intentar llegar a la Unión Europea. Un destino final
cuya riqueza parece ser que no alcanza para acoger a tantos inmigrantes y una
cristiandad que olvida su moral al negar auxilio al necesitado. Todo un ejemplo
de civilización que figurará en los libros de historia cuando se hable de la
injusticia y el egoísmo de una Europa que se afana en abanderar lo contrario de
lo que practica, desdiciéndose a la hora de asumir un problema puntual, cual es
la tragedia a la que se ven abocados ciudadanos sirios, afganos y eritreos a
causa de guerras o dictaduras que no nos son del todo ajenas. Y de la xenofobia
y el racismo que vuelven a brotar en la próspera Europa, ofreciendo el bochornoso
espectáculo de ver centros de acogida incendiados y manifestaciones
ultramontanas contra los inmigrantes y los supuestos peligros que representan,
no por parte de algún palurdo sin alma ni cerebro, sino en boca de ministros y
dignísimos altos dirigentes políticos, que dudan incluso si un español pierde
su nacionalidad cuando se halla en el extranjero.
España podría, si se lo propusiera, acoger a 100.000
refugiados, repartidos entre todos los municipios del país. Un simple cálculo
nos revelaría que el esfuerzo de solidaridad que demandaría tal propuesta se
limita a 12 refugiados por cada uno de los 8.122 pueblos que existen en todo el
territorio nacional. Tal número de refugiados representa sólo el 2 por ciento
de la población española, un porcentaje que ni altera la convivencia ni
menoscaba nuestras libertades y oportunidades materiales, pero nos engrandece
como nación hospitalaria y responsable ante los países de su entorno,
afianzando lazos y relaciones en un mundo interdependiente y global.
Europa y, con ella, España están obligados a definir su
papel en defensa de las libertades y, ante la tragedia de los refugiados
sirios, del derecho de asilo como valores irrenunciables en todo el espacio común,
sin dar lugar al triste y vergonzoso espectáculo de división y egoísmo que
hasta la fecha han ofrecido. Si juntos formamos un espacio económico y monetario
común, también juntos debemos respetar y cumplir los acuerdos fundacionales de la Unión en cuanto a valores y
principios que inspiran las leyes y la convivencia en Europa, sin que ninguna
crisis ni ninguna avalancha migratoria nos haga renegar de ellos. Mientras
Europa se lo piensa, España puede y debe dar ejemplo.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Homo “accidens”
Los humanos nos consideramos seres que se diferencian del resto de los animales por poseer una inteligencia que nos permite no depender de los condicionamientos o instintos que rigen la conducta de las demás especies animales. Esa inteligencia capaz de razonar y de ser autoconsciente la solemos medir por la evolución del cerebro, cuya complejidad y tamaño parecen aumentar conforme se adquiere mayor inteligencia. No obstante, existen animales con un cerebro mayor y más complejo que el del hombre, que dan muestras de poseer cierta inteligencia, sin que por ello alcancen la condición de humanos, como los delfines. Algunos investigadores sospechan que la humanidad procede de varios factores que evolutivamente nos ubicaron en la cúspide de las especies vivas del planeta: ser bípedos, omnívoros, tener lenguaje, capacidad de construir herramientas y poder aprender y transmitir conocimientos. Con mayor o menor habilidad, algunas especies de monos hacen lo mismo. En realidad, no hay una cosa única que nos convierta en humanos, salvo la tendencia a la violencia y la afición de matar por matar, no por alimentarnos o defendernos.
Rastreamos nuestra huella y probable evolución a través de
los restos fósiles que encontramos esparcidos por el planeta y que nos
emparentan con los primates del reino animal. Cada hallazgo nos sorprende con
nuevos interrogantes antes que aportar respuestas. Desde los australopithecus al homo sapiens, pasando por el homo
erectus, homo habilis y los neandertales, la humanidad parece que ha
recorrido diversos caminos para lograr su actual desarrollo evolutivo. En
comparación con los tiempos geológicos, nuestra presencia en el mundo es
bastante reciente. Los primeros primates surgieron de los mamíferos hace unos
70 millones de años, pero hace sólo 15 millones de años que de la familia de
los homínidos se desgajó la rama que nos conduce al hombre actual. Y el homo sapiens, la única especie que
sobrevive del ser humano, lleva conquistando el mundo los últimos 200.000 años.
Durante todo ese tiempo no hemos dejado de buscar vestigios que den respuesta a la gran pregunta: ¿qué nos hace humanos? La ciencia, ese gran instrumento ideado por la inteligencia que nos ayuda a conocernos y conocer lo que nos rodea, nos arrebata toda soberbia y singularidad al despojarnos del centro del Universo y negarnos un único factor providencial que nos transforme en lo que somos, seres humanos. Cada vez parece más claro que somos así por casualidad, sin ninguna intervención divina. Vamos, que muy bien podrían etiquetarnos como homo accidens, sin que ello desmerezca a un animal capaz de construir catedrales y componer sinfonías cuya belleza y sensibilidad nos elevan por encima de lo creado.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Vivir en la civilización
La civilización a la que pertenecemos se pone a prueba cuando a sus puertas se congregan miríadas de personas que buscan precisamente un mundo civilizado. Actuamos en contra de la civilización cuando la rodeamos de muros y cuchillas para sellar todo acceso a ella. El bienestar que disfrutamos en su interior nos hace temer que los que suplican ayuda desde fuera nos arrebaten comodidades y beneficios que gracias a ella hemos alcanzado. Ese miedo, rayano en el egoísmo, nos impide compartir con inmigrantes y refugiados los recursos y posibilidades que nos procuran sobre todo civilidad. La memoria se vuelve amnésica a la hora de negar el trato que recibimos cuando fuimos nosotros los que partimos en busca de socorro y asilo en vecinos afortunados y civilizados. Nos despojamos de la civilización cuando ignoramos que todos somos extranjeros y huéspedes unos de otros. Y retornamos a la selva cuando olvidamos, como sostiene Savater, que “portarse hospitalariamente con quien lo necesita –y por ello se nos asemeja- es ser realmente humano.” Y civilizado.
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