lunes, 7 de septiembre de 2015

Ancestrales tradiciones salvajes


En casi todas las culturas existen costumbres que se mantienen a través de generaciones sin apenas modificación y aceptándose simplemente por formar parte de la tradición. Es, precisamente, la tradición el argumento de autoridad que utilizan sus defensores para conservar atávicas y cuestionadas costumbres que, ante los ojos de la actualidad, resultan inapropiadas y hasta repudiables. En casi todos los países se dan estos comportamientos contradictorios entre unas arraigadas costumbres antiguas y los modernos parámetros éticos y morales asumidos por la sociedad.

En Estados Unidos (EE UU), por ejemplo, es legal portar armas con sólo rellenar un formulario en la armería antes de adquirir un arma de fuego. Tan tradicional es la libertad de “defenderse” que, en ese país, se producen tres muertes cada hora relacionadas con armas de fuego. De hecho, 32.163 norteamericanos perdieron la vida por armas de fuego en 2011, según de Gun Policy, más del doble de muertes ocasionadas en todo el mundo por atentados terroristas. Siendo una causa de muerte tan importante y que podría evitarse con facilidad, los ciudadanos norteamericanos no apoyan las iniciativas gubernamentales tendentes a regular más estrictamente, de manera restrictiva, la adquisición de armas de fuego. Apelan a un derecho constitucional que ampara la libertad del individuo a asumir su propia defensa, incluso frente al Gobierno, aunque en otras cuestiones permitan modificaciones y “enmiendas” a la Constitución.

Sin embargo, más que “defensa”, el acceso a las armas de fuego provoca “ofensas” a la integridad vital de inocentes víctimas por parte de sujetos que, gracias a la posesión de armas de fuego (pistolas, rifles, etc.) la han emprendido a tiros con conocidos o desconocidos. El historial de sucesos relacionados con armas de fuego es prolijo y raro es el día en que los medios de comunicación no se hacen eco de nuevos episodios que engrosan la negra lista de masacres y matanzas. Como la de Newton, donde un joven de 20 años abría fuego en un colegio, matando a 20 niños menores y seis profesores. O la matanza en un cine, en la que otro joven dispara contra los espectadores, causando 12 muertos y 58 heridos. Pero quizás la más conocida (gracias al documental realizado por Michael Moore) sea la matanza de Columbine, en la que dos alumnos la emprendieron a tiros contra sus compañeros de instituto, asesinando a 12 de ellos y a un profesor antes de acabar con sus propias vidas. Ni el sentido común, ni la precaución ni los intentos del Gobierno por combatir esta lacra han podido con la “tradición” de portar armas en Estados Unidos, aunque acaben matándose entre ellos. Es su manera de sentirse “libres”.

Pero si sanguinarios son los “yankees” con el “disfrute” de sus armas de fuego, tan sanguinarios son muchos países de África y Asia, donde se practica la ablación del clítoris por “tradición”. Más de 125 millones de niñas y mujeres en todo el mundo han sido víctimas de la mutilación genital femenina (MGF). Quienes la consienten dicen estar amparados por la tradición, a pesar de que numerosos estudios demuestran que ninguna religión justifica ni alienta su realización. Según la Organización Mundial de la Salud, las causas de la MGF hay que buscarlas en factores culturales, religiosos y sociales que se perpetúan por tradición, presión social y creencias “machistas” sobre la virginidad prematrimonial y la fidelidad matrimonial. En la mayoría de las sociedades  en las que prevalece esta práctica se considera una arraigada tradición cultural, el argumento más socorrido para su mantenimiento, ya que sólo basta para sostenerlo el que “siempre se ha hecho así”.

Pero el recurso a la tradición no valida lo que abiertamente choca con planteamientos legales y éticos que en otros ámbitos hubieran bastado para prohibirlos y extirparlos del comportamiento colectivo y de las costumbres sociales. Aquí, en España, se mantiene una disputa por el maltrato animal. El maltrato animal por pura diversión, por muy tradicional que sea, causa rechazo en amplias capas de la población. Sin embargo, en muchos pueblos de España se siguen celebrando la suelta de toros como parte de fiestas patronales, incluso en aquellas comunidades que prohíben la lidia “profesional” del toro bravo. Tal es el número de festejos en los que se contempla toda la siniestra graduación de ensañamiento con el animal, que este verano se ha producido la muerte de 13 personas cogidas por asta de toro, una de ellas al caer desde una zona protegida. Desde el año 2000, la estadística eleva a 74 el número de muertos por encierros y festejos taurinos en España.

Son tan numerosas las variables de regocijo patrio con la tortura y muerte de un animal que ya existe un movimiento animalista que lucha por evitar este tipo de festejos salvajes que se mantienen por simple tradición. Entre las expresiones más deplorables de esta diversión “taurina” podría figurar la conocida como El toro de la Vega, que se celebra en la localidad vallisoletana de Tordesillas, en la que un toro es perseguido por lanceros a caballo hasta que acorralan y logran matar al animal, atravesándolo con las lanzas. Otra “tradición” muy arraigada son los “toros de fuego o toros embolaos”, en las que al animal se le atan antorchas en llamas en los cuernos que le provocan graves quemaduras para solaz diversión de los pueblerinos que corren a su alrededor. Los “toros enmarronados” son aquellos que son atados con cuerdas y arrastrados por las calles para divertimento de los lugareños en fiestas y jolgorios. La “suelta de toros” por calles y plazas, dentro de un perímetro aislado con barreras de madera para “protección” del público, es la modalidad más común de festejos en los que el personal se entretiene corriendo y esquivando a un animal asustado que puede acabar “ejecutado” tras la fiesta. Es lo que se hace ante los ojos de la autoridad en Coria (Cáceres), donde el toro es finalmente abatido públicamente de un disparo durante las fiestas de San Juan, contraviniendo las ordenanzas de Seguridad Ciudadana a la hora de portar armas y hacer uso de ellas en público. Sin embargo, se mantienen estas costumbres con el argumento de la tradición, porque es lo que siempre se ha hecho durante décadas, a pesar de causar muertos, violentar principios cívicos y morales y rozar en algunos casos la ilegalidad.  

Las salvajadas mantenidas por tradición abundan en todos los lugares, siendo impermeables al progreso y avance de las sociedades que las mantienen. Están ancladas en comportamientos que debían haber sido erradicados por la formación, la ética y las leyes que combaten las injusticias, la iniquidad y las creencias infundadas. Disponer de armas de fuego en los hogares, como si de un electrodoméstico se tratara, aunque los niños las encuentren y las utilicen para matar, que es su función; mutilar a las niñas y mujeres por absurdos e irracionales motivos más machistas que culturales; o matar animales sin más finalidad que la mera diversión, son atávicas salvajadas que ni la tradición justifica. Pertenecen a otras épocas y a otra mentalidad, cuando la relación del hombre con sus semejantes o con la naturaleza se basaba en la supervivencia del más fuerte y en aprovechar hasta esquilmar los recursos, con desprecio al débil, a las mujeres y a los animales. Son restos atávicos de los que hay que desprenderse para seguir avanzando en un mundo regido, no por la tradición, sino por la razón. Pero, me temo, que una vez más se perpetuarán porque “es lo que se ha hecho siempre”, aunque sea inexacto e interesado. Se hacen porque conviene al poder que las tolera, simplemente, y al negocio que con ellas se beneficia. A pesar de ser auténticas salvajadas.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Lágrimas de cocodrilo


Los ciudadanos de Europa (España incluida) no pueden soportar la imagen del niño sirio ahogado en una playa de Turquía, se sienten conmocionados y prefieren que los medios de comunicación les ahorren la imagen del espanto. La guerra, la muerte y la miseria hay que percibirlos desde el sofá del salón de manera edulcorada para que no nos corte la digestión ni nos quite el sueño. Sin embargo, la guerra siempre es sangrienta, la muerte sorprende indiscriminadamente a justos y pecadores, sin importar la edad, y la miseria se ceba sobre inocentes ciudadanos que son víctimas de nacer en el sitio equivocado y bajo un sistema que los condena a ser pobres para que los afortunados acaricien el bienestar amurallado de la ingrata pero próspera Europa. Las imágenes espeluznantes nos hacen verter lagrimitas hipócritas pero apenas vencen el egoísmo que nos lleva rechazar inmigrantes y refugiados por temor a perder la acomodaticia seguridad en la que estamos instalados, racaneando como país un ridículo cupo de solidaridad. Preferimos la venda en los ojos a conocer la realidad, una cruel realidad en la que compartimos, con nuestra indiferencia y nuestros intereses, la función de verdugos, de guadañas de la muerte que ahoga niños en la playa, o asfixia inmigrantes en un camión, cuando pretenden escapar del horror. Vertemos lágrimas de cocodrilo deseando que lleguen los anuncios y pasar página. Nos conmueve una foto, no el drama que empuja a seres humanos hacia el exilio y la muerte. No queremos saber, queremos entretenernos, porque bastante tenemos ya con nuestros problemas. Por favor, quitad eso, que no lo puedo soportar, aunque aparezca en todos los informativos y todas las portadas de los periódicos.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿Está España saturada de inmigrantes?

En una reciente entrevista en la Cadena Ser, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, advirtió de que la capacidad de acogida de refugiados de España está “muy saturada”, un esfuerzo que, en su opinión, no imitan otros países miembros de la Unión Europea. De ahí que, hasta que no haya un acuerdo global y equitativo, nuestro país no acepta la cuota de refugiados que había propuesto Bruselas -3.640 personas- para reubicar inmigrantes en España. Y para reforzar su argumento, la vicepresidenta aseguró que “nosotros damos acogida a ciudadanos inmigrantes en situación irregular en unos límites que desde luego Suecia no conoce”. Todo este rifirrafe dialéctico, pero sin datos, se produce en medio de la mayor crisis humanitaria que sufre Europa a causa de la presión migratoria de cientos de miles de ciudadanos que buscan asilo, huyendo  de guerras o hambrunas en sus países de origen. Según Sáenz de Santamaría, en España no cabe un inmigrante irregular más.  

Sin entrar en consideraciones éticas o humanitarias, en las que el respeto a la dignidad de las personas, la garantía de los Derechos Humanos y la solidaridad con las víctimas habrían de ser prioritarias sobre cualquier otra valoración (económica o política), la situación que describe la vicepresidenta del Gobierno no se ajusta a la realidad objetiva de las cifras. De hecho, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), España muestra un escaso compromiso con la institución del asilo, ya que sólo atendió al 0,95 por ciento de las solicitudes recibidas en Europa. Ello, no obstante, preocupa sobremanera a Sáenz de Santamaría porque, según reveló, los ministerios de Empleo e Interior detectan “un crecimiento exponencial, que podría duplicarse y hasta triplicarse”, del número de solicitantes de asilo. Y es que, al parecer, no son los conflictos y el peligro que corren en sus países lo que provoca el exilio de los inmigrantes, sino la boyante situación económica de España, que “ha vuelto a crecer desde el punto de vista económico”, ha asegurado la vicepresidenta del Gobierno.

Este “efecto llamada” por culpa de la manida “recuperación” económica tan pregonada por el Gobierno no concuerda con los datos que proporciona la Agencia Europea de Control de Fronteras (Frontex), en los que consta que, cuando en 2014 se registró un récord absoluto de personas que cruzaron las fronteras europeas de manera irregular, en España se dieron las cifras más bajas de entradas irregulares desde 2009, con 7.000 inmigrantes interceptados. Parece probable, entonces, que el “crecimiento exponencial” al que alude la vicepresidenta del Gobierno sea de carácter negativo, detalle que no precisó en sus declaraciones.

Pero es un detalle que queda matemáticamente aclarado en la Estadística de Migraciones 2014 que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE), en su Estudio de las Cifras de Población a 1 de enero de 2015, en el que se contabiliza que la población extranjera en España se redujo en 229.207 personas. Es decir, salieron más emigrantes que inmigrantes entraron en el país. Este “bajón” del número de extranjeros, junto al escaso crecimiento del número de españoles (156.872), es lo que hace disminuir la población total de España, que se situó en 46.439.864 habitantes, de los que 41.992.012 son españoles y 4.447.852, extranjeros. ¿Es ésta la saturación a la que se refiere Soraya Sáenz de Santamaría?

El propio Gobierno del que forma parte la vicepresidenta refuta, sin proponérselo, esta alarma cuando menos exagerada de Sáenz de Santamaría, al desglosar los flujos migratorios de Europa, donde se concentra una población de procedencia no europea que varía según los países. Así, Alemania acoge 10,1 millones de inmigrantes, Francia, 6,5; Reino Unido, 5,4; España, 4,8; e Italia 2,5. Con tales datos, se hace difícil concluir, como hace la vicepresidenta del Gobierno, que España esté “saturada” de inmigrantes irregulares y que no pueda reubicar en su territorio un porcentaje mayor de ellos.

Cuando Europa soporta la mayor avalancha migratoria desde la Segunda Guerra Mundial provocada, principalmente, por la guerra civil de Siria, no parecen comprensibles estas “resistencias” a la solidaridad continental expresadas por miembros cualificados del Gobierno. Se trata de una grave situación excepcional que merece toda la ayuda posible. El conflicto sirio, por sí solo, ha provocado un aumento de las peticiones de asilo de tal magnitud que ha colapsado las instituciones europeas, ya que de abril de 2011 a julio 2015 se han formulado 348.540 peticiones de asilo por parte de ciudadanos sirios, como descubre un reportaje publicado en el periódico digital Infolibre. Sólo en lo que va de año, se han formulado 126.315 solicitudes de acogida, siendo Alemania la que ha acaparado el mayor número de ellas (98.782), Suecia (64.685) y Serbia (49.446). La “saturada” España ha recibido 5.554 peticiones de acogida de personas de ese país árabe que huyen de una guerra que ha acabado con la vida de cientos de miles de personas, ha obligado desplazamientos forzosos dentro del país a más de siete millones de sirios y ha empujado a cuatro millones de ellos a buscar refugio en países cercanos de Oriente Medio, norte de África y Europa.

La actitud incomprensible de la vicepresidenta del Gobierno, al racanear una urgente ayuda adicional, pero asumible, por parte de España, pone en entredicho la sensibilidad de un Gobierno hacia un problema humanitario que, en contra de lo afirmado por ella, está obligando a otros países, como Alemania o Suecia, a realizar un esfuerzo mucho mayor que el que nuestro país parece dispuesto a ofrecer. Una actitud cicatera que no se corresponde con la esperada de un país que necesitó de la solidaridad europea cuando los emigrantes españoles tuvieron que buscarse el sustento y la libertad fuera de nuestras fronteras, no hace tantos años. Ni la frialdad de los datos y del corazón de la vicepresidenta del Gobierno concuerdan con la realidad de España, lejos aún de esa supuesta saturación de inmigrantes que soporta la población, ni con la solidaridad de los españoles, siempre dispuestos a socorrer con generosidad a quienes llaman a nuestra puerta en busca de alguna oportunidad y auxilio. Una actitud que, que aparte de abochornar a los ciudadanos, resulta inapropiada y dañina con los esfuerzos de tolerancia que han de extremarse en un país periférico y fronterizo como España. El racismo y la xenofobia hallan su caldo de cultivo en actitudes insolidarias y en los miedos imaginados sobre “invasiones” de inmigrantes que nos despojan de nuestros recursos y bienestar. La vicepresidenta del Gobierno debiera ser, por tanto, mucho más cuidadosa con unas opiniones que habrían de ajustarse a la verdad en un tema tan delicado. Cuanto menos.   

martes, 1 de septiembre de 2015

Retornos

Retornan los ruidos, los humos, los atascos, las aglomeraciones, las prisas, las chácharas en las cafeterías, los estrenos interesantes en los cines, los compañeros de trabajo, los vecinos inaguantables, las multas a destajo en la ratonera del tráfico, las colas en los supermercados, los coleccionables en los kioscos, los autobuses escolares, las noticias en vez de reportajes en los periódicos, los ambulatorios atestados de jubilados, las visitas imprevistas, las obras de teatro, los niños en el parque, las dietas milagrosas, los madrugones laborales, los fines de semana efímeros, las miradas furtivas, los gestos contrariados, las nubes en el cielo y septiembre en el calendario.