Este blog cumple hoy siete años y continúa con las
mismas incertidumbres que motivaron su creación, se ve inmerso en los mismos
desasosiegos que la realidad produce a cualquier observador preocupado por
cuanto acontece y por las perspectivas de futuro que mal se vislumbran en el
horizonte. Lienzo de Babel sigue haciéndose
más preguntas y hallando menos respuestas, detecta más interrogantes que
certezas en el mundo, sin importar el ámbito del que se trate: personal, local,
nacional o internacional. Desde el primer al último post ha procurado reflejar
el acontecer de la vida desde la parcelita insignificante de su autor con la única
intención de compartir inquietudes. De eso hace ya siete años. Y, por lo que se
ve, parece que hay cuerda para rato porque la vida no deja de ser una incógnita
que sorprende cada vez que se la mira con intención comprensiva o inquisitiva. Tal
vez en eso consista vivir: en buscar respuestas y hallar más preguntas. Pero lo
mejor de todo ello son esos amigos que participan de estas preocupaciones y de
las reflexiones que suscitan. A cuantos nos siguen, directamente o a través de Facebook,
les expresamos nuestro más sincero agradecimiento. Todos esos babilonios invisibles son los que
posibilitan la continuidad de esta aventura. Y, así, desde hace siete años.
Gracias.
viernes, 30 de septiembre de 2016
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Gorrillas con corbata
Esos estirados caballeros que sufren por estar sentados donde nunca creyeron que iban a estarlo son una representación de aquellos expertos en finanzas que nos acusaban, a quienes vivimos sólo del sueldo que ganamos a duras penas, de vivir por encima de nuestras posibilidades y de tener que trabajar más y ganar menos mientras ellos dilapidaban lo que no estaba en los escritos en lo que les daba la gana y sin declarar al fisco. Son prebostes de la banca, empresas, política y sindicatos que compartieron mesa en el consejo directivo de la entidad que más dinero público ha necesitado, en toda la historia de la banca española, en ser rescatada.
Lo del rescate es un eufemismo cuando en realidad se ha
procedido a nacionalizar sus pérdidas, es decir, se le ha regalado dinero público
para sanear una quiebra. Y gran parte de esa quiebra fue debida a la actuación
de estos que se sientan en el banquillo de los acusados. Miradles los ojos,
parecen corderitos, pero son lobos con piel de cordero. Tienen distintos grados
de culpa. Unos, por tirar de tarjeta “opaca” con la que obtenían un sobresueldo
generoso para gastos “personales”, que bien podían tildarse de profesionales,
profesionales en lo que ellos son expertos: en birlar el dinero de los demás para
engrosar sus cuentas y egos en abundancia. Unos cuantos millones de euros en
peluquerías, alcohol, joyas y viajes, como si su trabajo valiera semejante
dispendio (dispendio, otro eufemismo que sustituye al término exacto: robo).
Y dos sujetos de entre ellos, Miguel Blesa y Rodrigo Rato, por
ser los diseñadores del quebranto patrimonial del banco y de la estafa a los
españoles, con una salida a bolsa basada en una contabilidad más falsa que
Judas, y por permitir y extender como directores de la entidad un instrumento
–las tarjetas Black- con el que comprar las voluntades de sus compinches en el
consejo de administración. Ellos solitos, con el silencio cómplice de quienes
se sientan a su lado, hicieron con su gestión al frente de la segunda caja de
ahorros más importante de España –Caja Madrid-, luego convertida en banco
–Bankia-, la mayor quiebra jamás producida en el mundo financiero español.
Miradlos bien, se sienten indignados de tener que sentarse a
la vista del público y ser acusados de, como poco, avariciosos. Creen que el
detalle de sus gastos, desglosado para evidenciar el descaro del delito, atenta
contra su dignidad en tanto exhibe la inmundicia de la que están hechos y la
calaña con la que se relacionan. Son encorbatados gorrillas que atracan los
ahorros que los españoles depositaron en su banco, al que tomaron por asalto
gracias al amiguismo político e institucional de un sistema que premia a sus
más ilustres bandoleros en puestos de libre designación y mejor remuneración.
Retornan a una actividad “civil” preparada con los favores que se deben unos a
otros y gracias a unas amplias relaciones políticas que amortizan así su
desvelo por lo “público”.
Reconozco que el titular es injusto porque compararlos con
los gorrillas es una ofensa para los gorrillas, pues estos malviven pidiendo
una ayuda a los conductores por limpiarles los parabrisas, indicarles un
aparcamiento libre y gratuito o venderles unos pañuelitos de papel en los
semáforos. Hacen, al menos, un trabajo que nadie les solicita y suplican una
contraprestación que les permita sobrevivir. Pero los de la foto no te ofrecen
nada por desvalijarte. Se quedan con tu dinero al creerse más listos que nadie
y no tener el más mínimo escrúpulo de robar, engañar a Hacienda y, si se
tercia, pedir una indemnización si no les dejan seguir saqueando instituciones
y bancos.
Ahí sentaditos, todos juntos, ponen esa jeta de dignidad
mancillada con la que en silencio miran al tendido y guardan el tipo. Confían
en el trabajo de su pléyade de abogados y picapleitos para salir indemnes,
cuando la condena del público es ya notoria: son simples chorizos cazados por
su avaricia. ¡Mira que podían hacer lo que quisieran!, pero ese ego enfermizo
que los caracteriza les hizo aceptar una tarjeta con la que podían sentirse
como reyes, reyes del despilfarro y el dispendio, sin mengua de sus
astronómicos sueldos. Ahí están, todos juntos sentados más serios que en un
velatorio: velan su avaricia. Darían pena si ellos no fueran culpables, con
otros muchos, de nuestra pobreza.
lunes, 26 de septiembre de 2016
12 canciones para una vida
He transitado por la existencia musitando melodías que se
han quedado grabadas en mi memoria y me han ayudado a revivir momentos que, sin
la música que los impregna, habrían sido olvidados sin que tuvieran una
significación especial ni aportaran ningún recuerdo amable. Acaso, sin ese hilo
musical que ha sido consustancial con el vivir, ni siquiera recordaría que una
vez fui joven y tímido, que buscaba refugio en la música para ocultar mis
debilidades y temores. Canciones que me conciliaron conmigo mismo.
Black is black, de Los Bravos.
Hubo músicas para la revolución que cobardemente nunca
emprendimos y para el amor que ingenuamente siempre perseguimos hasta que nos
hirió y nos hizo sangrar de dolor, del dolor de los desengaños y el dolor de los
obstáculos en los que se tropieza al pretender acapararlo. Canciones que
mitifican sentimientos que se hacen eternos entre las notas de un pentagrama,
donde siempre te encuentro.
Only you, de Yazoo.
O canciones
que te invitan a seguirme, a venirte conmigo para volver a soñar, a recrear
aquellos lugares que habitamos puros entre nubes de promesas y flores de un
prado que irradiaba belleza. Eran tiempos de credulidad y lozanía cuando
aún creíamos poder subir todas las montañas y atravesar incólumes todos los
valles de la vida. Canciones que nos devuelven la inocencia desperdiciada en
crecer y encanecer de serios.
Are you going with me?, de Pat Metheny.
Black is black, de Los Bravos.
Estas canciones no responden a un gusto musical determinado
ni pertenecen a un estilo concreto, salvo el pop y el rock, sino al arbitrario capricho
de quien retiene esas melodías aferradas a su vida por mil y un motivo
diversos, a veces contradictorios, aunque generalmente porque le cautivaron en
el instante en que las escuchó por primera vez y porque le hacen rememorar acontecimientos,
un tiempo o unos sentimientos que cree fueron, en su día, felices y agradables,
instantes que vinieron marcados por una banda sonora que los conservó en el
cajón de lo inolvidable.
Let it be, de The Beatles.
Muchas de esas canciones sirven de acompañamiento a una pretérita
y fugaz felicidad y despiertan aún la nostalgia de lo irremediablemente
perdido, pero que deja el rastro indeleble de unas notas musicales con las que
siempre las vinculará la memoria.
Honky tonk women, de The Rolling Stones.
Son canciones que de alguna manera forman parte de mi
biografía, aunque aquí se relacionan sólo
las que constituyen la médula musical de mi identidad personal. Sin ellas yo no
sería el mismo porque no habría vivido lo que ellas me hacen recordar.
Ponte de rodillas, de Los Canarios.
Responden a tiempos distintos y estilos variados, pero todas
se circunscriben a una época en que la música moderna influyó sobremanera en
una generación que estrenaba adolescencia e ilusiones con las que pensaba
comerse el mundo, antes de atragantarse con él.
Tu nombre me sabe a
hierba, de Serrat.
Incluso imaginábamos poder transformar la realidad a golpes
de versos y entonando himnos que señalaban el camino a cualquier lugar ubicado
en la utopía romántica del soñador que fuimos.
My way, de Nina
Simone.
O nos sumíamos en la más profunda e inútil de las
ensoñaciones para bucear en nuestro interior en busca de una paz y una
comprensión que jamás encontramos porque el silencio nunca nos perteneció ni
supimos apreciarlo. Teníamos prisa por vivir y no podíamos quedarnos quietos.
Sonidos del silencio,
de Simon y Garfunkel.
Sin embargo, no renunciamos a balancearnos en las notas
agudas de ritmos que nos transportaban a lejanos paraísos sin necesidad de
acuerdos políticos ni sustancias alucinógenas. Viajábamos sin salir de casa y
con el pasaporte de un sencillo `pick-up´ que nos hacía internacionales y
modernos en ferias y verbenas.
Europa, de Santana.Only you, de Yazoo.
Are you going with me?, de Pat Metheny.
Por eso me gustan estas canciones que acompañaron mi vida y supieron
convertir derrotas en ironías, que
cantan la incredulidad de los perdedores y la desconfianza de los vapuleados
por las leyes y las hormonas, por las deudas y las enfermedades. Con ellas, yo
también transbordo en la estación de la nostalgia, rememorando viejas melodías
que me inducen aun a soñar despierto lo que nunca seré y lo que ya fui: otro que
llena los balcones de sacos terreros, cual trinchera donde defenderse de todos,
también de mi, viejo amigo. Chao.
Transbordo en Sol, de Patxi Andión.
domingo, 25 de septiembre de 2016
España, según Galicia y País Vasco
La gobernabilidad de España está condicionada por el resultado de las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco que se han celebrado hoy. Tanto el Partido Popular (PP), que mantiene en funciones el Gobierno de la nación, como el Partido Socialista (PSOE), que aspira a consolidar una alternativa de izquierdas que desbanque a los conservadores del poder, tenían puestas sus esperanzas en que sus marcas regionales se convirtieran en imprescindibles para los ejecutivos nacionalistas y, por ende, se vieran obligados a entablar acuerdos de alcance nacional que posibiliten la investidura de sus respectivos candidatos al Gobierno de España.
Esas eran las esperanzas por las que tanto Mariano Rajoy
como Pedro Sánchez, líderes de ambas formaciones políticas, se volcaron
personalmente en esos comicios, participando en mítines y arrogándoles una
importancia “nacional” de la que, en realidad, carecen. Buscaban interpretar los
resultados autonómicos como si fueran generales y demostrativos de la fuerza
con la que contaban para labrar acuerdos en el Parlamento nacional. Pero el
resultado ha dejado la situación tal como estaba: el Partido Popular revalida
su ventaja en Galicia, donde su candidato gobernará cómodamente el único gobierno
regional con mayoría absoluta del Estado, y asume una indiscutible posición de
autoridad para sustituir a Mariano Rajoy como candidato a presidente del
Gobierno en España. Por su parte, el Partido Nacionalista Vasco repite como primera fuerza política del País Vasco, donde podrá seguir al frente del
Ejecutivo regional con apoyos parlamentarios puntuales. En ambas comunidades,
el partido socialista pierde votos, siendo tercera fuerza en Galicia y cuarta
en Euskadi, donde el batacazo es descomunal.
La única lectura posible de estos resultados es evidente:
los populares, a pesar del resultado
en el País Vasco donde pierden un escaño, conservan la confianza del
electorado, reteniendo el gobierno gallego por mayoría absoluta, mientras que
los socialistas hacen agua de manera dramática y son superados por las marcas
territoriales de Podemos en ambas comunidades, especialmente en el País Vasco,
donde pierden siete escaños. Interpretar estos datos a escala nacional
significa dejar gobernar al Partido Popular en España, aunque sea en minoría y
dependiente de pactos y acuerdos parlamentarios, y que el PSOE digiera en la
oposición sus reiterados malos resultados, intentando desde el control al
gobierno en el Parlamento reconciliarse con sus antiguos y defraudados
votantes. Para ello, deberá abstenerse y desbloquear una situación de
ingobernabilidad que perdura desde hace casi un año y tras dos elecciones
generales seguidas. Acudir a unas terceras elecciones sería suicida para un
PSOE que, vistos los resultados cosechados en todas las elecciones desde hace
seis años, se despeña en la irrelevancia política.
Si la gobernabilidad de España estaba pendiente del
resultado de estos comicios autonómicos en Galicia y País Vasco, ya no hay
excusas: hay que asumir el dictamen de los votantes que, por dos veces consecutivas,
se han pronunciado por un gobierno conservador minoritario y una oposición de
izquierdas en el Parlamento que lo controle férreamente. No hay que darle más
vueltas ni acudir a unas terceras elecciones generales para certificar el
hartazgo de los ciudadanos con la clase política. España ya ha quedado definida
según Galicia y el País Vasco.
viernes, 23 de septiembre de 2016
Derecho de adoctrinar
Siempre me ha parecido un abuso de autoridad mentalizar a los niños con las creencias religiosas de sus padres a través del bautismo y la primera comunión sin que ellos sean conscientes, dada la edad y su inocencia, a lo que se comprometen con esos rituales en apariencia sociales, festivos e inofensivos. Están siendo obligados, mediante el adoctrinamiento ritual desde que nacen y antes de que alcancen la mayoría de edad, a adoptar las creencias religiosas de sus progenitores, en las que es fácil entrar, incluso sin solicitarlo ni quererlo, pero muy difícil salir, ya que el proceso de apostasía es sumamente complejo y está estigmatizado socialmente. Se soslayan, de esta forma, los derechos del niño con tal de ganar adeptos, con la bendición del poder eclesial y el apoyo legal del Estado y del poder judicial.
Eso es, precisamente, lo que ha ocurrido con una niña de la Comunidad Balear ,
a la que una sentencia de la Audiencia
Provincial de Palma de Mallorca ha obligado a hacer la primera
comunión en contra de su voluntad pero de acuerdo con el criterio de su padre,
que estaba empeñado en ello. Se trata de un caso extremo que ha llegado a los
juzgados por la discrepancia suscitada en el seno familiar entre los deseos de
la niña, secundada por su madre, y los contrarios del padre, quien hizo valer su
patria potestad con ayuda de la justicia. Según la sentencia, nada salomónica, dado
que los padres (divorciados) se habían casado por la Iglesia y habían bautizado
a la menor, resultaba coherente que la niña, hija de creyentes, comulgara con tales
creencias, a pesar de su negativa a celebrar ese rito religioso. La coherencia valorada
por el juez se impone a un menor, obviando sus derechos, pero no a unos adultos
que incumplen, cuando les conviene, los dogmas de la religión que dicen
profesar al romper el “indisoluble lazo del matrimonio” católico. Ejercen una
coherencia “descafeinada”. Lo grave del asunto es que un juez, presumiblemente católico,
refrenda judicialmente el capricho del padre porque la ley garantiza el derecho
que asiste a los padres para decidir la formación religiosa y moral de sus
hijos. Del derecho de la madre y de la propia hija no dice nada ni se tiene en
cuenta.
Ese derecho de los padres a que sus hijos reciban los
sacramentos colisiona con la libertad del niño para creer o no creer en lo que
quiera en virtud de su “libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”
que reconoce la Convención
de los Derechos del Niño. No parece justo, por tanto, que ante la voluntad
expresa del menor de no celebrar el sacramento iniciático de la primera
comunión, se le haya impuesto una decisión, en este caso judicial, que contraviene
sus deseos, máxime cuando tal rito obedece a una estrategia de adoctrinamiento
que la Iglesia Católica
aplica en connivencia con el propio Estado y otros poderes civiles.

Sin embargo, en España el Estado no es neutral y mucho menos
laico, en contra de lo que proclama la Constitución. El
Estado español reconoce una preponderancia a la Iglesia Católica que se traduce
en privilegios y libertades para la manipulación de esas criaturas maleables
que son los niños. Fomenta y hasta facilita económicamente el adoctrinamiento
continuado de las personas que practica la Iglesia a través del bautismo del infante, la
primera comunión del niño, la confirmación del adolescente, el matrimonio del
adulto y hasta la extremaunción del que muere, sin olvidar las misas, cultos y
demás ceremonias que tratan de reafirmar los preceptos religiosos –católicos,
por supuesto- dominantes en la sociedad.
Esta contribución activa del Estado en el fomento del
catolicismo se hace descaradamente evidente en la presencia de la signatura de
religión en la educación, no como parte de una historia del pensamiento
filosófico del hombre, sino con la finalidad catequética de señalar
determinados valores morales a los que el niño ha de adherirse y las sendas
predeterminadas que han de seguir para orientar su comportamiento. Es decir, no
sólo se le tolera a la Iglesia
que practique el adoctrinamiento de sus fieles a través de los ritos que
celebra como entidad religiosa, sino que el Estado le permite que utilice la
educación pública para sembrar su ideario excluyente y manipulador. Un
privilegio aún más hiriente cuando un Gobierno sectario, afín al catolicismo,
prefirió eliminar la asignatura Educación para la ciudadanía, que perseguía
promover valores cívicos de tolerancia, justicia, pluralismo y libertad sobre
los que descansan los Derechos Humanos y el Estado de Derecho, para sustituirla
por la asignatura de religión con valor académico en el currículo escolar.
Que este peso asfixiante de la religión católica en la
sociedad española y en la vida de los ciudadanos, desde su más tierna infancia,
no haya sido suficiente para que una niña decidiera no sucumbir a ceremonias
que, tras su aparente e intencionada vertiente “festiva”, son meros instrumentos
de proselitismo y adoctrinamiento, es algo digno de encomio que resalta su
capacidad crítica, mucho más racional que la de su padre. Un hecho que pone de
relieve, además, la intromisión de la Justicia , como uno de los poderes del Estado, en
asuntos que debieran solventarse en la privacidad de las creencias
individuales, sin menoscabo de los derechos y libertades que asisten a las
personas, sean niños o adultos. Todo ello evidencia la necesidad de que el
Estado sea realmente laico, no sólo “aconfesional”, para que no favorezca con
privilegios a ninguna confesión religiosa y deje que las creencias respetables
de los ciudadanos se circunscriban al ámbito íntimo e individual de cada uno de
ellos. Y, sobre todo, que no participe en la manipulación y adoctrinamiento de
los niños para que, cuando sean adultos, se conviertan en personas libres,
racionales y responsables. Un Estado que no reconozca ningún derecho de
adoctrinar.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
Júbilo de otoño
La estación que hoy comienza es, para muchos, un tiempo gris y
melancólico, propicio para encerrarse en uno mismo y añorar, durante esas
tardes breves y aterciopeladas de sombras, aquella luminosidad radiante del
verano y sus horas renuentes a que la noche extendiera su manto. Con el
otoño, las estrellas encienden el firmamento con la impaciencia de quien ha vencido la tiranía de
la luz y hacen parpadear de júbilo la inmensidad nocturna que se enseñorea cada
vez más temprano del día. Un aire fresco hace tremolar las hojas de los árboles
y alivia la tierra de un calor que agoniza entre estertores sofocantes. Es el
otoño que revive en los calendarios de la naturaleza y en el instinto de los
animales, renovando los ciclos por los que se rige la vida y el mundo en el
transitar de los años. Una estación de sosiego y cautela ante las rigurosidades
del invierno y tras los ímpetus desatados del verano. Con el otoño se jubila el
año y nos prepara para un nuevo renacer en el que las yemas de las plantas y
las hembras fecundadas de los animales volverán a poblar, entre flores y seres
animados, el paisaje indómito de la vida. Júbilo de otoño que nos predispone a
nuevos retos, nuevas esperanzas, nuevos proyectos. Como la jubilación otoñal de
las personas: tiempo para despertar otras ilusiones, descubrir otras
inquietudes desde la serena atalaya de la experiencia y el sosiego de una
vitalidad domeñada. Júbilo de otoño en la mirada y en lo que vemos: un remanso
ocre de paz y promesas.
lunes, 19 de septiembre de 2016
ERE en los zapatos de los expresidentes de Andalucía
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Griñán y Cháves |
Ajustándose al criterio de la juez instructora, Mercedes
Alaya, el fiscal del caso y el juez que ha de juzgarlo, Álvaro Martín,
consideran que todo el programa de ayudas de la partida presupuestaria 31L es
ilegal y su uso delictivo, por lo que todo el dinero otorgado a prejubilaciones
de trabajadores y ayudas sociolaborales a empresas en situación de especial
dificultad ha sido malversado. De ahí que se acuse a estos exmandatarios de
robar o permitir robar a otros cerca de 800 millones de euros, a pesar de que
el Tribunal Supremo fallara que sólo una pequeña parte de los ERE
subvencionados fueron fraudulentos o improcedentes. El matiz no es baladí.
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Caso de los ERE en cifras |
Malversar dinero público es un delito penado con severidad,
por lo que la prueba ha de ser contundente e indiscutible y no basarse en meras
sospechas indiciarias que tienen más de persecución política que de rigor
legal. Máxime cuando los inculpados han pagado el precio político de abandonar
todo cargo y puesto partidista o institucional a los que hubieran accedido.
Ambos dimitieron de la presidencia de la Junta de Andalucía y de sus escaños en el
Congreso y el Senado, respectivamente. Tampoco se les ha probado un lucro
personal derivado de su presunta implicación en el escándalo por el que son
inculpados, una implicación que reviste una gravedad considerable si se
considera, como estimaba la juez Alaya, que toda la partida habría sido creada
en los Presupuesto de Andalucía, durante más de una década, con la finalidad
ilícita de saltarse la ley a la hora de otorgar subvenciones a empresas y
trabajadores en zonas o comarcas con especial incidencia de paro y destrucción
de empleo. Si toda esa partida era un fraude, los imputados pueden ser acusados
de malversación y condenados según lo solicitado por la fiscalía. Aparte del
perjuicio político y penal, se les infiere un daño moral en su hasta ahora
intachables honra, honestidad y dignidad personal que sería imposible de
resarcir si, al final del proceso, resultaran inocentes.
Que el escrito acusatorio del fiscal se haga público en
estos momentos no es una casualidad del destino en cuanto la dependencia del
ministerio fiscal con el Gobierno que nombra al Fiscal General del Estado es
reglada y motivo de críticas cada vez que su actuación parece obedecer a
criterios gubernamentales antes que judiciales. Justo cuando el Gobierno se
siente acorralado por los escándalos del caso Soria-Guindos, el de Rita Barberá
y el reconocimiento de que la mayor parte del rescate a la banca no se podrá
cobrar y se cargará a los ciudadanos vía impuestos, aparece el escrito de la
fiscalía dando a conocer oportunamente su calificación de los hechos y las
penas que demanda. Mucha casualidad para cualquier avezado lector de prensa que
no se haya mareado ante tan prolija relación de escándalos y los impedimentos que
encuentra el actual inquilino –en funciones- de la Moncloa para conseguir la
investidura que le permita seguir gobernando como si tal cosa. Es mucha
casualidad que ese candidato sea el líder, mira por donde, del partido corroído
por esos escándalos de corrupción que ahora pasan a segundo plano tras la
actuación del fiscal del caso de los ERE.
No seré yo quien defienda a estos expresidentes socialistas de
la Junta de
Andalucía, que para eso disponen de toda una serie de abogados expertos en la
materia, pero sí puedo mostrar mi extrañeza por unos procedimientos judiciales
tan alargados en el tiempo, pero tan oportunos a la hora de materializar cada
uno de sus pasos, tal como acostumbraba la juez instructora, Mercedes Alaya, con
los autos que dictaba coincidiendo cronológicamente con comicios o actos del
partido socialista en Andalucía. Demasiada casualidad.
Sin embargo, ello no me impide reconocer la nefasta gestión,
descuidada y poco ejemplar, que la
Junta de Andalucía ha llevado a cabo con esa partida
presupuestaria, dando lugar a actuaciones, al menos, irregulares y arbitrarias
en la concesión de tales ayudas sociolaborales a empresas y trabajadores. La
falta de rigor y de controles han provocado que los abusos y el fraude contaminaran
un instrumento de auxilio social del que se aprovecharon unos cuantos
desaprensivos. Es reprobable, inaceptable y corregible. Pero de ahí a la “imputación
masiva” y la conspiración criminal para delinquir desde la propia Junta de
Andalucía y sus más altos dirigentes a lo largo de más de una década, hay un
trecho. El mismo que se sorteó desde la instrucción del sumario hasta el
escrito de acusaciones del Ministerio Fiscal.
Mientras no se demuestre lo contrario, yo me alineo con el
periodista Antonio Avendaño, quien mantiene que Cháves y Griñán son personas
“honorables a los que cabe atribuir errores pero no delitos, atajos pero no
atracos, chapuzas pero no conspiraciones, debilidades pero no maldades” y, en
suma, equivocaciones pero no robos. Ningún ilícito, penal o no, debe
consentirse en la administración pública, aunque no todos sean de la misma
magnitud y perversidad. La corrupción política es indeseable e intolerable.
Pero no es lo mismo robar que errar en un procedimiento administrativo. El
matiz no es baladí, a pesar de que la fiscalía no lo tenga en cuenta, porque
presupone una condena antes de que exista sentencia en la honra y dignidad de personas
que, una vez puestas en duda, no podrán recuperarlas ni en el caso de que sean
declaradas inocentes. El daño ya estará hecho, que es lo que presumiblemente se
busca: poner un ERE en los zapatos de los expresidentes de Andalucía.
viernes, 16 de septiembre de 2016
Adiós, compañeros
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¡Qué tiempos de pelambre negra...! |
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El último vericueto |
Más que el trabajo, al final se echa de menos a los compañeros,
esos que quedan en la memoria de nuestro transcurrir durante más de cuarenta
años por los vericuetos de los hospitales. Un grato recuerdo que hace más
llevadero agotar esta etapa y emprender otra, la de la jubilación, la del júbilo, dicen. Por eso, llegada la hora, la única
despedida posible es decirles a todos adiós. Adiós, compañeros. Y gracias por
todo.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
¿Cuántos hacen falta?
Me refiero a casos de corrupción que afectan al partido en el Gobierno, al partido de Mariano Rajoy, al Partido Popular que tiene a todos sus extesoreros acusados de irregularidades contables, de administrar cajas b, de cobrar comisiones, de financiación ilegal, etc.? ¿Cuántos casos serán necesarios para que no admitamos ninguno más y exijamos responsabilidades judiciales y políticas a una formación que hace de la corrupción un mecanismo ordinario de funcionamiento y organización? ¿Cuánto hay que esperar para censurar y repudiar al primer y único partido imputado por financiación ilegal en la historia de la democracia de nuestro país? ¿Cuántos casos hacen falta para que decidamos
que esto no puede seguir así, para impedir que un partido político con las
manos manchadas de corrupción siga chupando de los fondos públicos, ocupando
instituciones donde establece relaciones clientelares y toma iniciativas con
fines partidistas? ¿Cuánto hay que aguardar para no tolerar que nos tome por tontos
y continúe engañándonos sistemáticamente
con promesas falsas y endosándonos “ajustes” que sólo favorecen a los
poderosos, a los bancos, a los empresarios, a los ricos, a sus
correligionarios? ¿Cuántos hacen falta?
¿Cuántos Gürtel,
Púnica, Bárcenas, Acuamed, Pokémon, Campeón, Palma Arena, Nóos, Brugal, trajes
a Camps, Imelsa, Taula, tarjetas Black, etc., hacen falta para tomar medidas contra quien
con tanto descaro e insistencia se considera impune para abusar de los
españoles, empobrecer a los ciudadanos, saquear las instituciones, colocar a compinches
de manera discrecional en puestos de privilegio, actuar de manera sectaria en
su forma de gobernar, ofender a la inteligencia de los españoles y dilapidar el
prestigio de España en el ámbito internacional? ¿Cuántos casos hacen falta para
expulsar del poder a un partido tan carcomido de corrupción? ¿Cuántos Bárcenas,
Soria, Granados, Rato, De la
Serna , Mato, Matas, Barberá, etc., vamos aguantar antes de
aborrecer a un partido en el que sus miembros conviven y actúan en un ambiente
absolutamente minado por la corrupción? ¿Cuántos hay que dejar pasar antes de exigir
responsabilidades a un presidente de Gobierno que envía mensajes de apoyo a
delincuentes en la cárcel? ¿Cuántos hacen falta para que los ciudadanos
perciban el peligro que representa tanta corrupción para la democracia y nuestro sistema de convivencia?
¿Cuántos hacen falta aun?
lunes, 12 de septiembre de 2016
Cuando los hijos se escapan
En casi todas las familias se producen desencuentros entre padres e hijos que suelen resolverse, la mayor parte de las veces, sin traumas, aunque con un susto en el cuerpo. La responsabilidad de los padres por imponer cierta disciplina y obligaciones a los vástagos (estudiar, fundamentalmente) y la tendencia de éstos a explorar los límites de su libertad y satisfacer sus deseos con creciente autonomía, hace que irremediablemente estallen estos conflictos domésticos que tanto preocupan a padres y soliviantan a hijos. Un hogar donde no se hayan producido estos roces generacionales en la convivencia de sus miembros es una rareza, pues lo común es la existencia de tensiones que se encauzan normalmente mediante una pacífica transacción entre las partes. No en balde, todos hemos sido hijos más o menos revoltosos y acabamos siendo padres que se acuerdan de sus travesuras adolescentes a la hora de educar a nuestros hijos. Es lo que se conoce como ley de vida.
Recuerdo haber tenido encontronazos con mis progenitores que
me han llevado, en un arrebato de soberbia, a hacer la maleta para largarme.
Pero portar la maleta hacia ningún destino y sin dinero ni para un bocadillo me
hacía recapacitar y volver a casa a encerrarme en mi cuarto hasta que se pasase
el disgusto. También he tenido hijos que se han escapado varios días a casa de
un familiar que los acoge y comprende sólo temporalmente, hasta que se
convencen –hijos y familiar- de que lo mejor es regresar y hacer las paces. En estos
casos, la preocupación de los padres es mayúscula, hasta el punto de
cuestionarse la dureza de su actitud o el acierto de su decisión. Un alivio mal
disimulado les relaja la expresión cuando el escapado retorna al seno familiar
o da a conocer su paradero, cercano y sin daños. La normalidad se recupera
entonces con relativa facilidad gracias a una mutua disposición a la
comprensión y la tolerancia en las relaciones familiares.
Esta reflexión viene al hilo de la desaparición de una joven
madrileña que pasaba sus vacaciones en Galicia y a la que los medios de
comunicación están prestando una atención desmesurada, ofreciendo más
espectáculo que información. No sólo han especulado acerca de las posibles
causas del hecho -desde el secuestro, un asalto por parte de algún perturbado
y, finalmente, la huida voluntaria de la chica-, sino que incluso han aireado intimidades de la familia
y de la relación entre los padres que poco o nada aportan a la información del
suceso, respondiendo más bien al morbo o la curiosidad insana que alimentan las
revistas de cotilleo. Es cierto que la policía no descarta ninguna hipótesis y
continúa sus investigaciones, como corresponde a su labor en éste y en todos
los casos de desaparición de personas. Imágenes, comentarios y especulaciones se
multiplican por doquier y, aunque contribuyen a aumentar la expectación
ciudadana –y, con ella, el negocio-, también ahondan la angustia y el
desconsuelo de unos padres y su entorno familiar por la ausencia prolongada de la
hija. Este seguimiento exhaustivo de hasta las pesquisas y los rastreos por la
zona puede entorpecer una investigación policial que intenta esclarecer los
hechos y hallar a la desaparecida.
En España se producen de 10.000 a 14.000 denuncias
al año por desaparición de personas, de las que 1.270 siguen en búsqueda activa
para dar con su paradero. Los medios no se hacen eco de todos estos casos ni
les dedican una atención mediática que ocupa portadas periodísticas o tiempo
sin límite en los espacios televisivos. Sólo una minoría de ellos, como el de
la joven de Galicia, son mantenidos en continua actualidad por los medios de
comunicación con un exceso de información que no tiene justificación. La
discreción y la diligencia periodística acaban orillados por la búsqueda de una
audiencia que, con su curiosidad convenientemente estimulada a diario, engorda
la cuenta de resultados o la publicidad de estos medios que se comportan como
prensa del cotilleo en vez de ofrecer información. No evitan el dolor de unos
padres al ver su tragedia y su intimidad exhibidas sin reparo ni persiguen el derecho
de la población a formarse una opinión de lo que pueda afectarle cuando de ello
se obtienen rendimientos mercantiles. Y, aunque siempre ha existido prensa
amarilla, lo grave ahora es que hasta medios de supuesta seriedad y solvencia no
dudan en tratar espectacularmente estos acontecimientos noticiosos.
Porque no es noticia que unos padres estén divorciados, en
un país y una época en que se producen más divorcios que enlaces matrimoniales,
ni que una hija haya tenido enfrentamientos con sus progenitores, ni siquiera
que se haya escapado del hogar familiar, cuando la necesidad de independencia
en la adolescencia y el exceso o carencia de normas en el hogar favorecen el
afán por escaparse de algunos jóvenes. Nada de ello es noticia, al menos, con
la dedicación y extensión que se le está dando a este caso en concreto. La
noticia es que diariamente se producen casi 100 casos de desaparecidos en
España, de los que más de 30 son de menores. Con todo, España es uno de los
países de Europa con tasas más bajas de desapariciones, la mayor parte de las
cuales responden a fugas voluntarias y secuestros parenterales. Los padres y
familias de todos ellos desearían, cuando sufren este problema, la misma
atención policial y mediática que se le está dando al de la joven de Galicia por
encontrarlos. Sin embargo, los medios seleccionan cuál de estas desapariciones
merecen cobertura mediática en función de criterios que no siempre son
periodísticos. Ojalá que, cuando los hijos se escapan, el interés de los medios
de comunicación sirva para encontrarlos.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Belén para mis oídos
Todos tenemos una memoria musical registrada en nuestra biografía sin la cual ésta ni aquella se explicarían por sí solas ni se comprenderían la una sin la otra. Somos lo que hemos hecho y la música que ha acompañado esos momentos de nuestra vida, hasta el punto que recordar una melodía nos transporta al instante donde nos impresionó por primera vez y sirvió para asegurar sonoramente ese recuerdo. Músicas que nos hacen vibrar de emoción al retrotraernos a épocas adolescentes, a los primeros escarceos del amor, a aventuras disfrutadas con la irresponsabilidad propia de la edad, al crecimiento de los hijos, a experiencias que nos acontecieron y a páginas de nuestra historia en colectividad. A momentos felices y a pasajes tristes de la vida.
La voz insuperable de Ana Belén ha sido y es un susurro para
mis oídos, el timbre de la melodía para muchos de mis recuerdos y la banda
sonora de gran parte de mi vida. Más que como actriz, por cuya carrera le
acaban de conceder el premio Goya de Honor de 2016, es como cantante por lo que
más me atrae esta artista, casada con otro músico y compositor, Víctor Manuel,
que ha narrado con canciones los sentimientos que a veces nos asaltan por la
opresión y la vulnerabilidad que existe a nuestro alrededor.
Como contribución personal, sirva este homenaje a la voz que
sigue susurrando a mis oídos recuerdos y actitudes que forman parte de mi vida,
en la que sigo intentando que nada me sea indiferente. Una delicia.
jueves, 8 de septiembre de 2016
El ministro y los bancos
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El exministro José Manuel Soria |
Los responsables “técnicos” del nombramiento, una comisión
del ministerio de Economía formada por altos cargos elegidos entre afines por
el responsable del departamento, el ministro Luis de Guindos, soportaron
estoicamente que fueran presentados como simples funcionarios que se limitan a
valorar las candidaturas presentadas a un supuesto concurso administrativo en
el que el Gobierno ni mediaba ni influía. Con ello se buscaba explicar la
designación de Soria como un mero trámite administrativo, al que podía acceder
cualquier funcionario, cuando en realidad era una decisión política. Se
construyó así un nuevo escándalo en el que las mentiras han vuelto a poner en
evidencia, no sólo la tendencia del exministro a saciar sus ambiciones
personales, sino la opacidad de un Gobierno que actúa por “amiguismo” y el
interés particular de sus correligionarios, aunque ello vaya en detrimento de
la imagen y el prestigio del país en las instituciones internacionales. Un
Gobierno, además, que no duda en poner a todos sus miembros a propalar la
mentira, encabezado por su presidente en funciones, con tal de justificar una
actuación arbitraria en todo punto injustificable.
Pero, más allá de la actitud del personaje implicado, un
profesional de la política que ansía continuar viviendo a expensas de los
contribuyentes y gracias a sus amistades y relaciones políticas, lo que destaca
de este escándalo es la tendencia del Gobierno a socorrer, no a las víctimas de
un abuso, sino a los verdugos que cometen tales abusos. Hay ejemplos de esta
actitud partidista y favorable del Gobierno con los poderosos.
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De Guindos y Soria compartiendo confidencias |
De igual modo que Soria fue rescatado y premiado con un
“ascenso” generosamente remunerado tras su deshonrosa dimisión como ministro,
el Gobierno también acudió en ayuda de unos bancos de titularidad privada,
causantes de la crisis económica que ha empobrecido a la población, “regalándoles”
un rescate financiero que los libra de la ruina a la que estaban abocados por
sus negligencias y avaricias especulativas. En ambos casos, el Gobierno se
inclinó por la magnanimidad con los causantes del desafuero en vez de socorrer
a los afectados por abusos intolerables y condenables en países serios y
acostumbrados a actuar con transparencia.
El caso Soria sirve,
además, para poner de manifiesto el comportamiento del Ejecutivo presidido por
Mariano Rajoy basado en el despotismo y la arrogancia, sin atenerse a ningún
código ético ni de transparencia que controle y guíe sus decisiones. Un
Gobierno capaz de recurrir por enésima vez a la mentira para justificar una
arbitrariedad imposible de ocultar a los ciudadanos. Escuchar a algunos
ministros, incluida la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, defender al
“compañero” galardonado con un premio de consolación tras su dimisión como
ministro, causa bochorno. Pero, el ridículo ofrecido por el propio presidente
del Gobierno abundando en la mentira, provoca vergüenza ajena. El país no se
merece un Gobierno de esta catadura moral y desvergüenza funcional. Un Gobierno
que de manera descarada gobierna para los ricos y poderosos, abandona a su
suerte a los ciudadanos, y premia a los suyos con toda clase de prebendas.
Aunque al final el interfecto ha renunciado al cargo, el asunto da asco.
martes, 6 de septiembre de 2016
Preservar la desigualdad
A la hora de seducir a los votantes, todos los partidos políticos, sean de derechas o de izquierdas, pregonan machaconamente estar dispuestos a luchar contra las injusticias y las desigualdades que subsisten en el seno de la sociedad. Se les llena la boca de grandes proclamas bienintencionadas, pero ninguno de ellos concreta qué injusticias y qué desigualdades pretenden enfrentar y cómo van a solventarlas. Tales promesas, de tanto repetirlas, acaban convirtiéndose en un latiguillo que, desde las tarimas mitineras, siempre va unido al empeño de
nuestros líderes por hacer lo indecible para combatir el problema número uno
del país: el paro y la falta de empleo. Esta triada de calamidades (paro,
desigualdad e injusticia) aparece, tarde o temprano, en el discurso de los que
ejercen la política y es aprovechada para justificar su entrega con el fin,
dicen, de revertir la situación y promover las condiciones que favorezcan la
creación de empleo. Incluso, el pleno empleo. Así, de un tirón, cual demagogos
profesionales. A estos encantadores de la confianza popular les resulta sumamente
fácil prometer todo tipo de iniciativas como extremadamente complicado cumplirlas,
razón por lo que, después de casi 50 años de democracia en España, todavía seguimos
esperando que la mayoría de esos buenos deseos se materialice alguna vez o, cuando
menos, se avance significativamente en la erradicación de los problemas que los
desatan. Nunca se consigue.
Y no se puede conseguir porque la estructura económica, política y social imperante no persigue resolver esos problemas de desigualdad e injusticia que percibimos persistentes en nuestro país. Entre otros motivos, porque para las élites que nos gobiernan, y para los poderes que por encima de ellas mueven los hilos de los que penden los gobiernos, estos asuntos se consideran inevitables consecuencias colaterales del funcionamiento del sistema económico y de libre mercado que rige nuestra actividad productiva y del modelo de organización social (tipo de sociedad) en la que estamos integrados. Así, si el objetivo final de la economía es la obtención de ganancias (ser rentable), difícilmente se podrán atender situaciones que por muy injustas que nos parezcan supondrían “gastos” totalmente innecesarios. La productividad -ese mantra que recitan los empresarios- para que sea rentable es incompatible con la solidaridad y la justicia. De ahí que, cuantos menos derechos se reconozcan a los trabajadores y más bajos (competitivos) sean sus salarios, mayor “productividad” tendrá la empresa y más abultados beneficios (rendimientos) lograrán sus propietarios y quienes les financian. El propio sistema impone que la riqueza de unos (pocos) conlleve el empobrecimiento de otros (muchos). Es decir, genera desigualdad material en el reparto inequitativo de la riqueza nacional, y gracias a ella, como mal colateral, es viable la actividad económica y comercial.
Y no se puede conseguir porque la estructura económica, política y social imperante no persigue resolver esos problemas de desigualdad e injusticia que percibimos persistentes en nuestro país. Entre otros motivos, porque para las élites que nos gobiernan, y para los poderes que por encima de ellas mueven los hilos de los que penden los gobiernos, estos asuntos se consideran inevitables consecuencias colaterales del funcionamiento del sistema económico y de libre mercado que rige nuestra actividad productiva y del modelo de organización social (tipo de sociedad) en la que estamos integrados. Así, si el objetivo final de la economía es la obtención de ganancias (ser rentable), difícilmente se podrán atender situaciones que por muy injustas que nos parezcan supondrían “gastos” totalmente innecesarios. La productividad -ese mantra que recitan los empresarios- para que sea rentable es incompatible con la solidaridad y la justicia. De ahí que, cuantos menos derechos se reconozcan a los trabajadores y más bajos (competitivos) sean sus salarios, mayor “productividad” tendrá la empresa y más abultados beneficios (rendimientos) lograrán sus propietarios y quienes les financian. El propio sistema impone que la riqueza de unos (pocos) conlleve el empobrecimiento de otros (muchos). Es decir, genera desigualdad material en el reparto inequitativo de la riqueza nacional, y gracias a ella, como mal colateral, es viable la actividad económica y comercial.
Esa misma actividad económica posibilita la recuperación de
la que tanto alardea el Gobierno y el crecimiento que registran los grandes
datos macroeconómicos del país. No puede negarse que España es, en la
actualidad, uno de los países que más crece en Europa, pero al mismo tiempo es
el segundo de la eurozona (detrás de Grecia) que más déficit público genera. Se
trata de un crecimiento subvencionado por el abaratamiento del precio del
petróleo y por la compra de deuda soberana por parte del Banco Europeo, que
mantiene “a raya” aquella prima de riesgo que tanto nos castigó durante la
crisis financiera aun renqueante. Tal crecimiento no sirve para aliviar la
deuda del país (no se puede trasladar a los ciudadanos), lo que obliga a seguir
con los “ajustes” y los recortes en las prestaciones públicas que se consideran
“gastos” del Estado. En otras palabras, para que el crecimiento y “rentabilidad”
impulsen la actividad económica y generen confianza al Capital (sistema
financiero), es obligado el empobrecimiento de las capas de población más
desfavorecidas y vulnerables, aquellas que dependen de los servicios y ayudas
públicas que dispensa el Estado. Otra vez, la desigualdad y la injusticia forman
parte ineludible del Sistema (económico y financiero) que rige nuestra
actividad productiva. Por ello, afirmar que se va a combatir el paro al mismo
tiempo que se va a procurar crear las condiciones que favorezcan el empleo,
manteniendo este sistema capitalista de libre comercio, es ocultar
deliberadamente a los ciudadanos que el paro es consustancial a este modelo
económico y mercantil, dado que crea más paro y desigualdad cuanto mayor
crecimiento y riqueza proporciona. Es engañar a la población con promesas
falsas cuando, al mismo tiempo, se adoptan medidas que inciden en la
precariedad laboral y en la debilidad jurídica de los trabajadores. En una
palabra: no se puede crear empleo de calidad con la actual Reforma Laboral,
elaborada exclusivamente para abaratar despidos, abaratar salarios, abaratar
condiciones laborales e instalar al trabajador en una precariedad absoluta.
Sin embargo, son las clases medias y trabajadoras, las más
perjudicadas por esta lógica capitalista, las que aportan el grueso de los
recursos que sostienen un menguante Estado de Bienestar que, a mediados del
siglo pasado, fue creado para socorrer a quienes no pueden costearse sus
necesidades básicas (salud, educación, pensiones y seguridad,
fundamentalmente). Esta financiación se basaba en un sistema fiscal progresivo
que hacía que contribuyera más quien más medios disponía. También aquí germinan
la desigualdad y las injusticias, porque las grandes fortunas, los pudientes y
acaudalados y las más rentables empresas esquivan contribuir conforme a lo que
ganan. La propia normativa fiscal les permite desgravar, con mil y un
subterfugios, gran parte de los impuestos que debieran pagar a la Hacienda pública, sin
necesidad de recurrir a vías ilegales para ello, que también. No extraña, por
tanto, que el jefe de Gobierno austriaco, Christian Kern, dijera sobre Amazon,
el gigante de la venta on line, que
“paga menos impuestos que un quiosco de salchichas”.
La maraña de la fiscalidad está ideada para atrapar a
incautos y humildes contribuyentes que no tienen capacidad para acceder a esa
“ingeniería financiera” que permite a los ricos eludir o reducir los impuestos
que pagan por sus rendimientos y patrimonio. Los Gobiernos lo saben, pero mantienen
las SICAV y demás fórmulas con las que los acaudalados rebajan insolidariamente
su aportación equitativa al bien común. Como también permiten, a escala
continental, esos paraísos fiscales que en Irlanda, Holanda, Luxemburgo o Malta
dispensan, en el corazón de Europa, un trato fiscal privilegiado y claramente
ventajoso a las grandes fortunas y empresas que radican allí su sede para pagar
menos impuestos. Si esto no es actuar para preservar la desigualdad entre
países europeos, y desigualdad, empobrecimiento e injusticia en los ciudadanos,
a los que se les niega progresivamente derechos y prestaciones mientras se les
exige mayores esfuerzos para “financiar” la menguante estructura de servicios
públicos, que venga John M. Keynes y lo vea.
Al fin y al cabo, con la excusa de la crisis económica se ha
conseguido imponer lo que neoliberalismo venía persiguiendo desde los tiempos
de Reagan y Thatcher. “adelgazar” al Estado, eliminar el poder regulatorio de
los Gobiernos en la economía y entregar a la iniciativa privada la satisfacción
de las necesidades de los ciudadanos, los cuales deberán costeárselas. Un
modelo que genera, por definición, desigualdad, pero que asumimos como el único
posible porque así conviene a los poderes y las élites establecidos. Son ellos
los que procuran preservar la desigualdad que se extiende entre la población,
sin que movamos un músculo por evitarlo. Seguimos votando a sus representantes
políticos, esos que claman contra el paro y la desigualdad con la misma
sinceridad con que Bárcenas proclama su inocencia. Y así nos va.
domingo, 4 de septiembre de 2016
Apurando el ánimo
No sé cómo se apura algo intangible como el ánimo, pero es la imagen que
mejor describe la sensación que me embarga cuando experimento que una etapa se
agota y otra no acaba de presentarse en el horizonte. Y no me refiero sólo a la
situación política que vivimos en la actualidad, sino al momento emocional en
que me hallo. Siento que atravieso un período de cambios ineludibles del que
ignoro qué me deparará mañana. El vértigo que me produce este remolino de
sensaciones incontrolables sólo puedo afrontarlo exprimiendo el ánimo del que
hasta ahora he hecho gala: el de un optimismo con el que hacer frente al
pesimismo fatalista. Confiar siempre en que todo saldrá bien y dejar caer en el
olvido lo que no pudo ser. Por eso, en estos momentos tan delicados para mí y
para el país, apuro el ánimo, imaginando que finalmente se impondrá la
racionalidad en lo que vaya a suceder, en beneficio de todos, y en la relativa
benignidad en el acontecer de mi futuro próximo. No lo puedo remediar, soy así
de tonto.
sábado, 3 de septiembre de 2016
A favor y en contra
Una especie de esquizofrenia, provocada por la situación política que se vive en España en los últimos tiempos, amenaza con afectar a aquellos que están a favor de impedir que Mariano Rajoy continúe al frente del Gobierno y en contra de repetir elecciones generales por tercera vez. Los que albergan ambos deseos, una parte nada despreciable de la población, apuran tazas de café y no sueltan la calculadora para estar la mayor parte del tiempo posible haciendo cálculos de probabilidades que hagan posible lo uno y lo otro. Pero esas conductas obsesivas resultan inútiles ante las limitaciones aritméticas que impiden sumar melones con churros y la imposibilidad de compatibilizar ambiciones y generosidad en una misma mesa. Así las cosas, los tics nerviosos y las pulsiones depresivas exteriorizan la tensión esquizoide que atenaza a esos frustrados votantes. Se cierne sobre ellos el negro pozo de la abstención si continúan empecinados en una disyuntiva tan inextricable como el misterio de la santísima trinidad.
Y es que la coyuntura los devuelve, una y otra vez, a la
posición de partida y les proyecta sensaciones ya vividas de investiduras
fallidas y candidatos sin apoyos en formaciones políticas que se muestran
incapaces de ponerse de acuerdo ni para una cosa ni la contraria; es decir, no encuentran
una solución sin Rajoy, al que nadie quiere, ni hallan alternativa viable a
esta problemática neurótica. La situación, tras casi un año inane con
somnolencia de marmota, vuelve abocarnos al abismo del absurdo al que por
tercera vez nos conduce esta especie de esquizofrenia colectiva. Lo preocupante
del caso es que esta patología política hace peligrar la salud democrática y la
estabilidad emocional de todo el organismo social sometido a semejante estrés.
Y si, para colmo, otro intento curativo ha de aplicarse justamente el día de
Navidad, nadie podrá extrañarse de que las Pascuas este año acaben celebrándose
en sanatorios desbordados de pacientes con alucinaciones de urnas e
investiduras girando como en un tiovivo infernal. Hasta los loqueros podrían
contagiarse de tan agobiante manía obsesiva y sucumbir a esta pesadilla
colectiva.
Y es que los agentes que ocasionan este trastorno siguen inoculando
su mal en el cuerpo social con sonoras y anunciadas derrotas del candidato
Rajoy, no por predecibles menos sorprendente, y sin anunciar ninguna propuesta alternativa
que evite esas terceras elecciones. Hasta el Rey parece estar harto de designar
candidatos fallidos que apenas duran lo que un caramelo en la boca de un
diabético. Las apelaciones a la responsabilidad de los demás, nunca a la de uno
mismo, y las invitaciones a la unión entre supuestas fuerzas del cambio no
sirven para resolver la convulsión neurótica que se vive en estos momentos en
España. Así, todos se aferran a las tazas de café y a las calculadoras con
obsesión patológica. Buscan una respuesta a la pregunta que se hacen los
españoles: ¿Y ahora qué?
Ahora toca ir al psiquiatra para que ayude a curar esta
neurosis de estar, al mismo tiempo, a favor y en contra. Bastaría con convencer
a los que la padecen que la solución la tienen al alcance de la mano, si fueran
capaces de quitarse la venda de los ojos o las obsesiones de la cabeza. Hacerles
ver que, si Rajoy da un paso atrás o Podemos un paso adelante hacia Ciudadanos,
se multiplicarían las salidas a la parálisis de las investiduras fallidas
gracias a una terapia de “anti-egos”. Y aunque ningún loco admite su locura,
unas buenas sesiones en el diván del sentido común y la altura de miras
acabarían paliando esa conducta del obsesionado en mirarse el ombligo y
aflorando las que no temen la convivencia con los demás. Descubrirían que
ningún obstáculo es insuperable si existe voluntad de afrontarlo y ánimo por
eliminarlo. En definitiva, se comportarían de otra manera, más racional y
generosa, y menos egoísta y electoralista. Dejarían de tomar tanto café y hacer
continuos cálculos de probabilidades. Porque, al fin y al cabo, estar a favor y
en contra no es tan grave como uno se cree. Lo grave es que con esa neurosis
tenemos al país pendiente de un hilo.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Amanece septiembre
Septiembre nos brinda su primer amanecer con sutiles avisos de un otoño que se avecina próximo aunque todavía perduren los sudores del verano. Los días comienzan a declinar cada vez más temprano y pinceladas blancas rompen la monotonía celeste que los cubre desde el orto al ocaso del sol. Algunas mañanas vienen acompañadas de una caricia fresca que nos hace recordar madrugones escolares y tazas de chocolate caliente. Las calles en septiembre vuelven a atiborrarse de coches que coagulan y congestionan la sangre que circula por la ciudad para impulsar su insaciable actividad comercial. El ruido y la gente inundan las aceras, donde los escaparates, cual ventanas al público, exhiben reclamos para la nueva temporada de manera impúdica. Amanece septiembre para que la nostalgia haga remota las recientes vacaciones y los sueños nos devuelvan imágenes de una lluvia que ha de calmar la sed de los campos. Amanece septiembre ya en los calendarios.
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