jueves, 12 de marzo de 2015

Insultos de señoritingo


Ana Mato saluda a Rafael Hernando
La verdadera jaez de la derecha caciquil, elitista y despreciativa española brota cuando, en momentos en los que entran en juego sus intereses o ante situaciones en que cree verse amenazada, se quita la máscara, pierde la compostura y se muestra tan insolente y procaz como en realidad es. En tales casos, las ofensas y los insultos constituyen los argumentos extemporáneos que llenan su boca para zaherir y criticar a quien se opone o se resiste a sus pretensiones. Esa derecha que en los tiempos predemocráticos dejó a Andalucía sumida en el más profundo subdesarrollo, sin más industria que una agricultura latifundista, sin más infraestructuras que una carretera radial por la que evacuar las rentas del botín hacia la corte donde residen los terratenientes y los aristócratas, y sin más porvenir que el de servir de abundante mano de obra barata, palmear el folclor en ferias y fiestas y el de convertirse en paraje virginal para el ocio y las juergas de los afortunados, es la misma derecha que después, con el advenimiento de la democracia, conserva en sus hijos y nietos el desdén por los humildes y la soberbia con los débiles que se sublevan.

Monserrat Nebrera
Hay sobradas muestras de esa actitud insolente de la derecha zafia cuando se encabrona con una Andalucía que no se fía de unos señores faltones en la ira, desvergonzados en la avaricia e hipócritas en las relaciones a que se ven obligados por los nuevos tiempos. Así es la derecha jactanciosa de sus lujos, sus colegios, su jerga y sus atropellos, la que se mofa del acento andaluz al que tilda “de chiste” porque aspira las eses y no se avergüenza del ceceo, como el que pronuncia la exministra de Fomento, Magdalena Álvarez, considerada la “cosa” por la diputada del Partido Popular Monserrat Nebrera, tan fina y culta ella. O la de los improperios de toda una ministra de Sanidad, Ana Mato, antes de ser ninguneada por incompetente frente a la crisis del ébola por la vicepresidenta del Gobierno y ser imputada por el juez del caso Gürtel, cuando aseguraba procaz que “los niños andaluces son prácticamente analfabetos” y “dan clase en el suelo”. Se deja llevar tan excelsa señora por sus prejuicios con la educación pública y su indisimulada tendencia a los buenos colegios privados que sólo pueden costearse los de su clase social.

Feijoó y el contrabandista
No son descalificaciones antiguas y puntuales, sino que siguen produciéndose cada vez que esa derecha se impacienta con la realidad. Aquel diputado por Almería que escupía aquello de que “Andalucía es como Etiopía” es el mismo Rafael Hernando que, ahora como portavoz del PP en el Congreso, anima a los suyos en la actual campaña electoral a “sacar a Andalucía del pelotón de los torpes” porque, al parecer, no votar al PP es cosa de torpes y cortos de entendederas. Aquí, la Transición no se ha completado, según un excelentísimo representante de esa derecha obtusa que gobierna Galicia desde los tiempos de Fraga, hasta que “en Andalucía gobierne un partido distinto al que ha gobernado siempre”. Lo que decidan los andaluces con su voto no es suficiente para Alberto Núñez Feijoó, ínclito presidente gallego que se pasea en barco de conocidos narcotraficantes de su región.

Desde esa condición que les caracteriza, incrustada en los genes de la derecha, no es de extrañar que una y otra vez recurran a los viejos estereotipos y a las vejaciones con Andalucía cuando creen que así pueden conseguir algunos réditos electorales. Es el caso, también de actualidad, del enamoradizo presidente extremeño José Antonio Monago, que acude a un vídeo para, desde su catadura moral, comparar los “dos sures”, el de su idílica y modélica Extremadura y el cargado de tópicos y chanzas de Andalucía. Se cree muy gracioso el “sureño” Monago cuando esgrime que “hay que tener más sentido del humor” para negarse a retirar una ofensa gratuita e injusta a toda una región que si algo tiene es memoria: no olvida quienes han sido y son los impiden su desarrollo y su avance, en pie de igualdad con las demás, incluidas aquellas comunidades a las que una burguesía histórica ha enriquecido gracias a la transformación de las materias primas que obtenía en Andalucía.

Albert Rivera
Hasta las nuevas hornadas de la derecha con piel de cordero, las que presumen de tolerancia, transparencia y sobrada preparación como las que vienen ahora a “repoblar” esta tierra con el conservadurismo moderno de Ciudadanos, también se dejan llevar por las salidas de tono y la arrogancia. Albert Rivera, el líder catalán de esta novísima formación, no se arredra en afirmar que viene a Andalucía a “enseñar a pescar”, cuando debería venir a no quitarnos el pescado, ni el algodón ni el aceite, para dejar aquí el valor añadido de nuestras riquezas. Procede este joven cachorro de la nueva derecha de una comunidad que no ceja en presentarse agraviada por aquellas regiones que reciben estímulos para superar un atraso secular y que no duda en descalificar a los jornaleros del PER de “estar todo el día en el bar del pueblo”, como dijo Durán i Lleida, muy en la línea del “pitas, pitas” de Esperanza Aguirre, o aventurar que “en Andalucía no paga impuestos ni Dios”, proferido por Joan Puigcercós.

Las fábricas alemanas, los campos franceses y los barcos de todos los mares conocen a los emigrantes andaluces, hombres y mujeres forzados a buscar un trabajo que en su país le niegan los mismos que hoy los acusan de indolentes y vagos, de empecinados en impedir que la derecha imponga su criterio y sus intereses, además desde las tradiciones y una historia de opresión, también ahora desde el poder civil regional. Lo que no consigue con los votos pretende alcanzarlo a fuerza de ofensas y descalificaciones. Pero es incapaz de engaña a nadie. Andalucía sabe distinguir el insulto del señoritingo.

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