lunes, 31 de agosto de 2015

Las vallas de Europa


Europa es un continente forjado por civilizaciones trashumantes que la fecundaron con las semillas de la diversidad y la libertad, aunque no por ello se mantuvo exenta del contagio de la intransigencia y el sectarismo más rabiosos. Pueblos y naciones crecieron en esta esquina occidental de un territorio que trasciende los Urales, desarrollando culturas ricas, ideas abiertas y el bienestar de la población gracias a un progreso material y social que, inevitablemente, acabaron compartiéndose y extendiéndose. El pensamiento alumbró filosofías y democracia cuando en otras partes del mundo el feudalismo esclavizaba a sus súbditos y les arrebataba riquezas y posesiones. Aquí florecían reformas, dentro de una religión omnímoda que distribuía bulas para asegurar su reino terrenal, que reconocían la individualidad de la persona incluso en su relación con Dios. Y también imperios que ampliaron los horizontes geográficos de lo conocido, movidos por la piratería, el colonialismo y la rapiña, pero al mismo tiempo llevando leyes, lenguas y culturas con los que se puede abrigar la voluntad de modernización, emancipación e independencia que sirven para afianzar el futuro de cada país.

De esa Europa física surgió, con el devenir de los tiempos, una Unión Europea política con vocación de materializar esas señas de identidad y un proyecto convivencial basado en la libertad y la diversidad originales, que ha estimulado un desarrollo económico como nunca antes en la historia del continente. Desde los Acuerdos del Carbón y el Acero hasta el Tratado de Roma, con los que se engendraron las actuales instituciones, Europa se ha ido configurando en una potencia mundial de enorme capacidad económica, gran atractivo social y un vasto acervo cultural. No sin insuficiencias y errores, la Unión Europea es hoy un faro que alumbra los sueños y esperanzas de muchos vecinos desafortunados y maltratados por propios y extraños, simplemente por nacer al otro lado del Mediterráneo o tras una imaginaria pero vigilada línea fronteriza trazada sobre la tierra.

Guerras, hambre y opresión son las causas por las que centenares de miles de migrantes intentan acceder a este espacio europeo que exhibe sin recato sus logros y su prosperidad en medio de tanta miseria y maldad alrededor. Refugiados e inmigrantes que huyen buscando una oportunidad a través de pateras, camiones o a pie desde diversos países de Oriente Medio y norte de África para toparse con mafias que se enriquecen a costa de su dolor, con vallas y alambradas que pretenden contener la desesperación y con la insolidaridad y la xenofobia de los que temen perder los privilegios que les depara la fortuna. Europa se enfrenta en la actualidad a una crisis humanitaria sin precedentes que pone en cuestión los principios y valores fundacionales que ella abandera en un mundo globalizado, sin distancias pero aquejado de profundas desigualdades e injusticias.

Los conflictos bélicos de Siria, Eritrea, Irak y Afganistán empujan a través de los Balcanes a los que están amenazados por la intransigencia y el fanatismo del islamismo más radical y sanguinario, el que instaura sociedades en las que impera la ley islámica (Sharia) tanto en el ámbito civil como el religioso, y que de manera violenta, mediante el asesinato y las ejecuciones públicas, elimina a sus opositores y a cuantos considera “infieles” del Islam. Centenares de miles de personas buscan refugio en Europa, no a causa del hambre sino de la guerra, saltando de Turquía a Grecia para alcanzar en Hungría los límites orientales de un “paraíso” europeo que no sabe cómo abordar semejante avalancha migratoria. Paralelamente, desde el norte de África miles de inmigrantes intentan salvar el Mediterráneo a bordo de frágiles embarcaciones para recalar en Italia y, en menor número, España, dejando un rastro de muertos flotando sobre las aguas que convierten al Mare Nostrum en el cementerio de los que prefieren morir ahogados que de hambre.

En un extremo y otro de Europa, vallas y alambradas intentan taponar estas vías por las que se “cuelan” las víctimas de hambrunas y guerras, condenadas a un exilio sin destino cierto y un porvenir más negro que el de la minería del carbón de España. El miedo y la insolidaridad de Europa, temerosa de la infiltración terrorista y de la no integración de los acogidos, hace que se endurezcan las leyes con las que castigar a quienes “ayuden” o acojan a los inmigrantes (Inglaterra), se interponga a la Policía a impedir el tránsito de inmigrantes (libre circulación de personas) dentro del espacio Schengen de la Unión (Frontera franco-británica de Calais), se construyan centros de acogida tan siniestros como cárceles hacinadas (Grecia e isla de Lampedusa) y se alcen alambradas con concertinas que disuadan de seguir adelante a los que no tienen adónde ir, e incluso esas “devoluciones en caliente” tan a gusto de las autoridades españolas.

Las instituciones europeas abandonan a su suerte, con toda clase de obstáculos, el éxodo migratorio que llama a estas puertas del primer mundo, renegando de aquel sueño de derechos, libertades y solidaridad con el que se fundó la vieja Europa de valores democráticos y humanitarios y que ha mutado a selecto club de satisfechos acaudalados que imponen un estricto derecho de admisión. No acierta Europa -ni con la agencia Frontex de protección de fronteras, ni el Convenio de Berlín para devolver a sus países de origen a los inmigrantes (aunque ofrezca miles de millones para acelerar las expulsiones), ni la agenda sobre Migración para repartir cupos de inmigrantes entre diversos países europeos (los cuales se niegan a cumplir)- con la solución al drama humanitario que se desarrolla en sus propias narices. Y no acierta mientras insista en medidas policiales y represoras que no actúan sobre las causas de una migración provocada, entre otras razones, por situaciones que la misma Europa ha creado o ha contribuido a crear: participación en conflictos no resueltos (primaveras árabes), relación con antiguas colonias, protección a dictadores “amigos”, negar la colaboración al desarrollo de vecinos limítrofes y, en definitiva, no afrontar la migración como reclama la dignidad humana y no como preconiza un capitalismo que considera a la persona simple mercancía o gasto.

No se sabe cuántos muertos más tienen que producirse, asfixiados en camiones, ahogados en el Mediterráneo o abandonados en las fronteras para negocio de las mafias, para que la Unión Europea asuma su identidad de lugar de acogida y respeto a los Derechos Humanos en vez de mostrarse como un territorio que alberga el egoísmo, el racismo y la xenofobia más repugnantes. La civilización de este solar ha de servir para algo más que para el negocio y el lucro. También para situar al ser humano como medida de todas las cosas, como proclamaba Protágoras.          

sábado, 29 de agosto de 2015

Agonías de agosto


Agosto se derrite en el calor de su último fin de semana dejando las ciudades desiertas y los campos ardientes para que los veraneantes apuren unas playas atosigadas de sombrillas y toallas. Un cielo escandalosamente azul vela los últimos estertores de un mes tan señalado que sus días se confunden con la estación y nos hacen creer que, con su agonía, también muere el verano. Hacen brotar sensaciones infantiles que surgen de súbito de entre los recuerdos de una vuelta al colegio que aborrecíamos por marcar el final de las vacaciones y el retorno a las ataduras de lo pautado y reglado. Y los estremecimientos de las caricias y los susurros que con agosto abandonaríamos en las playas de nuestra juventud, donde se quedaba lo único que podía rompernos el corazón, el amor, como canta Gwyneth Herbert.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Comparaciones odiosas


Se presentaron, hace sólo tres años, como los únicos que podían atraer la confianza de los mercados y, nada más acceder al poder, la prima de riesgo escaló cifras astronómicas, lo que obligó pagar millones de euros diarios por intereses de la deuda durante varios meses. Al parecer, lo que en realidad atrajeron fue la desconfianza de los acreedores, incrédulos de nuestra solvencia “soberana”. De igual modo, aseguraron estar convencidos de que iban a reducir las magnitudes del paro, que consideraban inaceptables, pero han dejado a más trabajadores sin empleo que cuando se hicieron cargo del Gobierno. Cerca de un millón de personas más están sin trabajo gracias a sus promesas laborales. Tampoco se tocarían las pensiones, y cada año, cumpliendo esa promesa, pierden poder adquisitivo con el subterfugio de asignarles una subida automática de sólo el 0,25 por ciento, ridículamente insuficiente para compensar el incremento del coste de la vida. Experimentan el típico “crecimiento negativo” que tanto gusta a los economistas cuando no desean pronunciar lo que es, con precisión, pérdidas.

Estos son algunos ejemplos de las promesas que el actual Gobierno hizo con calculado énfasis a los españoles para que les votaran en 2011, cuando España era pasto de una crisis económica mundial, que se vio agravada con el estallido de nuestra particular burbuja inmobiliaria. Por si no nos acordamos, entonces nadie, ni siquiera el Fondo Monetario Internacional, fue capaz de prever la envergadura de los problemas financieros que se nos venían encima ni de acordar las medidas para afrontar con eficacia y prontitud ese “crack” que hizo tambalear a Estados Unidos y asoló Europa. Se recurrió, como primera y lógica reacción, a aplicar medidas anticíclicas (gasto público) para contrarrestar la contracción de la actividad económica. Por eso, hacer hoy la comparación entre lo prometido y lo conseguido resulta odioso, pero oportuno. Oportuno, porque aquellos que no cumplieron lo que prometieron vuelven a ofrecernos idílicas promesas “sociales” ante la proximidad de otras elecciones generales, en las que esperan renovar la confianza de los ciudadanos.

A tal efecto, no dudan en anunciar una recuperación económica que –afirman- es debida en gran parte a las medidas y reformas que ellos han acometido desde el Gobierno, corrigiendo la situación que habían heredado del período socialista. Y repiten las promesas, unas promesas que, si se materializaran de verdad, significarían una rectificación en toda regla de sus propias iniciativas anteriores. Pero habría que ser muy olvidadizo para que estas nuevas promesas resulten creíbles. La memoria nos hace prudentes y desconfiados. Más ejemplos: quieren congraciarse con los funcionarios al prometerles una subida salarial del uno por ciento para el próximo año, después de haberles reducido el sueldo un cinco por ciento (Gobierno socialista), quitarles pagas extras, aumentarles el horario laboral, reducir las plantillas, suprimirles días graciables y congelarles la nómina durante los últimos cinco años (Gobiernos socialista y conservador), haciéndoles perder hasta un 30 por ciento de poder adquisitivo. Comparar lo que han hecho con lo que prometen causa indignación.

La tomaron con los servicios públicos y eso que se ha dado en llamar el Estado de Bienestar. Venían de gobernar muchas comunidades autónomas y, al acceder al Gobierno, descubren que las previsiones del déficit público (en gran parte, debido al gasto autonómico) debían ser revisadas al alza, hasta el 8 por ciento del PIB. Así, emprenden una política urgente de “recortes” del gasto que se lleva por delante toda la capacidad del Estado en atender a los más necesitados y prestar servicios sociales que corrijan las desigualdades de origen o nacimiento. Dejan sin financiación la Ley de Dependencia, aunque no la derogan, convirtiendo en agua de borrajas un derecho asumido por el Estado. No contentos con esto, hacen un “recorte” adicional de 10.000 millones de euros en Educación y Sanidad que deteriora peligrosamente estos pilares fundamentales del Estado de Bienestar, como se comprobará posteriormente cuando se tuvo que atender al misionero contagiado por ébola en África y se había desmantelado el hospital especializado en infecciones emergentes de Madrid. Ahora prometen aumentar la tasa de reposición de los empleados públicos, tras la reducción de plantillas hasta límites insoportables, y causa indignación lo realizado frente a las nuevas promesas. Es una comparación odiosa.

No dicen nada del “copago” sanitario, por el que se retiró la financiación pública a 456 fármacos y que ahora han de ser sufragados de sus bolsillos precisamente por quienes menos recursos tienen y más afectados se ven por la crisis económica. Ni de los “repagos” que se introdujeron para que los usuarios abonen determinadas prestaciones sanitarias (prótesis, sillas de ruedas, muletas, traslados en ambulancias no urgentes, etc.), a pesar de que ya las financian vía impuestos. Habría que ser muy olvidadizo para creer que los que han encarecido la asistencia sanitaria y han obstaculizado (con recortes) su provisión pueden ahora prometer lo contrario. Ni los inmigrantes a los que se les retiró la cartilla sanitaria, abandonándolos en un “limbo” carente de derechos asistenciales, podrán tomar en serio las nuevas propuestas del Gobierno, de carácter electoralista, de crear un fichero sanitario que lo único que conseguirá será crear dos tipos de asistencia sanitaria pública en España: la de los afortunados nacidos aquí y la de beneficiencia para los desafortunados que huyen buscando “fortuna”. Avergüenza lo realizado y abochorna lo prometido, por inhumano e inicuo.

Pero es que toda la clase trabajadora le debe al Gobierno, ahora tan generoso, la precariedad en salarios, trabajo y derechos laborales, el despido casi libre, la congelación del salario mínimo interprofesional, la desvinculación del convenio colectivo y el recorte de prestaciones por desempleo, en cuantía y duración, y demás ayudas a los parados, Se promete una recuperación que consolidará la creación de empleo, pero lo único que figura en el Boletín Oficial del Estado es la Reforma Laboral de febrero de 2012 que ha posibilitado toda esta suerte de amenazas a un trabajo digno, estable y bien remunerado. Una “reforma” que ha debilitado el poder de negociación de los trabajadores frente a los empresarios y ha precarizado trabajos y salarios, consiguiendo que un “mileurista” con un trabajo temporal sea considerado un privilegiado en nuestra sociedad. Mientras a la Fuerza del Trabajo se le exigen grandes sacrificios, al Capital se le conceden ingentes ayudas y beneficios, incluso recursos a fondo perdido. Tan es así, que el rescate que la “troika” europea ha llevado a cabo en España, ha consistido exclusivamente en reflotar bancos con dificultades de financiación, a pesar de que sus problemas se deban al despilfarro y la corrupción, como el del caso Bankia. Comparar todo lo que ha tenido que soportar el trabajador español, al que se ha tratado como culpable de la crisis, con medidas que lo han conducido a un empobrecimiento material y al expolio de derechos, causa exasperación e ira, máxime si los autores del atropello pretenden ahora, como hace el Gobierno, convencer de que la explotación es benéfica para el explotado, según las grandes cifras de la macroeconomía.

Sólo falta escuchar, como ya han señalado en multitud de ocasiones, que no ha sido el abaratamiento de la energía (a precios insospechados por intereses del cartel del petróleo saudí) y la compra de deuda por parte del Banco Central Europeo los “motores” de una recuperación que no se sustenta en las fortalezas estructurales de nuestra economía, sino en factores coyunturales externos. Sacar pecho y vocear a los cuatro vientos de que, sin ellos en el poder, peligra todo lo conseguido (parte de lo cual queda resumido), hace que entren ganas de que pierdan las próximas elecciones: por mentirosos, manipuladores y opresores de las capas de población que precisan del Estado de Bienestar para luchar contra las injusticias y las desigualdades. Basta simplemente con comparar entre lo que hacen y lo que prometen para valorar la credibilidad, si no fuera porque las comparaciones, siempre, son odiosas.   

domingo, 23 de agosto de 2015

Pero sí de Les Luthiers.


A las pocas horas de escribir el comentario anterior, en el que reconocía con ocasión de su fallecimiento que no era fan de la actriz cómica Lina Morgan, conocía la noticia de la desaparición de Daniel Rabinovich, el más “fresco” y caradura de los componentes de Les Luthiers, el grupo de humor musical argentino del que sí soy rabiosamente partidario. Murió el pasado viernes en Buenos Aires, a los 71 años de edad, a causa de complicaciones cardíacas que lo tenían alejado de los escenarios los últimos años. Ninguno de los integrantes de Les Luthiers resulta antipático, pero Daniel destacaba por su simpatía y comicidad. Echaré de menos sus gestos pícaros, sus explicaciones disparadas y aquella sinceridad inconveniente con las que apuntillaba las piezas hilarantes del show de este grupo de músicos comediantes en español más conocido del mundo.

Todos los integrantes del grupo son grandes músicos que se valen de la música y de los instrumentos estrambóticos que construyen con materiales de desecho para elaborar sus actuaciones. Juegos de palabras y una sutil ironía sirven para mantener al público pendientes de un humor absurdo pero inteligente y elegante con el que critican desde el deporte a la política, la religión y hasta el engreimiento cultural. Uno de sus éxitos más sonados lo alcanzaron con el personaje de Johan Sebastián Mastropiero, con el que satirizan, desde su creación en 1968, a Bach y a los encumbrados y supuestos entendidos de música clásica. Es inolvidable el monólogo que hace Daniel refiriéndose a la juventud de Mastropiero: “Todo empezó cuando un conocido crítico se resfrió… se refirió, se refirió a Mastropiero”. Desde entonces, siempre que he podido, he seguido los espectáculos de Les Luthiers a través de cintas de audio, de vídeo o en actuaciones en directo en teatros.

Daniel Rabinovich fue uno de los fundadores del grupo y tal vez el más popular y apreciado de todos ellos, junto a Marcos Mundstock, la “voz” grave de las presentaciones del espectáculo. El resto del quinteto lo forman Jorge Maronna, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés, quienes ahora deberán adaptarse a ser un cuarteto. Cuando Daniel aparecía por el escenario, su sola presencia ya invitaba a la risa, a esperar alguna boutade desternillante del personaje que representaba, incapaz de contenerse y sin sentido del ridículo, como el atrevimiento de los ignorantes. Pocos conocen que se le concedió la nacionalidad española en 2012, que era una persona entrañable y alegre y que sabía tocar unos quince instrumentos musicales, como la guitarra y el violín. Y que era escribano público (notario), título que consiguió en 1969 tras estudiar Derecho.

El mundo, al menos el mío, se hace más triste e insoportable sin la compañía de artistas cómicos que, entre risas y chistes, nos ayudan a soportar las contradicciones, los infortunios y las injusticias del mismo. El humor crítico es cuestionador de lo establecido y escarpelo de la inteligencia para hurgar en la verdad que se pretende ocultar. Ahí radica la diferencia entre las payasadas de Lina Morgan y los disparates de Les Luthiers, y la razón por la que yo prefiera a los segundos que a la primera. No hay color.