domingo, 25 de octubre de 2015

Un congreso en Valencia

Volvemos a tierra de Vicente Blasco Ibáñez, volvemos a la ciudad moderna y amplia de Valencia, que erige sus rascacielos sobre las huertas del costumbrismo regionalista levantino que tan magníficamente describiera ese escritor, para asistir a un congreso más lúdico que científico. Volvemos a recorrer sus calles llanas y bulliciosas para adentrarnos en la Lonja de la Seda y admirar sus columnas en espiral, del gótico tardío, que estallan en lo alto como hojas de palmera, durante una escapada de las soporíferas sesiones que reiteran lo ya conocido de anteriores ocasiones o descubren el morbo de recrearse en la emotividad, cual programa del corazón, para subrayar obviedades que a nadie sorprenden.

Nos perdemos por los canales que forman los cañizares de la Albufera, en barcas que transportan con parsimonia turistas en vez de aparejos y nasas para la pesca de angulas, capturando con los megapixeles de los teléfonos móviles las siluetas inconfundibles de las barracas y la inmensidad de un espacio reconocido de marismas y arrozales, que contrasta con las estrecheces que alojaron un congreso en el soberado del Ateneo valenciano. Desde aquellas cumbres palomares, más propias para la contemplación urbana que a la exposición de pósteres anodinos y descuidados, nos asomamos para distraernos con las trazas de una plaza esplendorosa y consistorial, en la que una alcaldesa cateta exhortaba a los suyos inventándose palabras del idioma que representaba y maltrataba con su supina ignorancia.

La misma ignorancia de la que hacía alarde un supuesto comité científico que deja pasar la oportunidad que le brindan las dos únicas comunicaciones que aportan novedad y enjundia científica (como es la investigación de las fuentes de contaminación en la proliferación de determinadas patologías que se engloban en la especialidad a la que pertenecen los asistentes y la magistral disertación, mayoritariamente alabada por los congresistas, en torno a la fotoféresis extracorpórea como campo de actuación que ofrece un nuevo horizonte a los profesionales concurridos), justificando así la celebración de un evento de esta naturaleza, para amoldarse a los intereses de patrocinadores y premiar una ponencia que insiste en lo que hace veinte años ya se había expuesto y que desde entonces se viene desarrollando y practicando, salvo el matiz, curiosamente “novedoso”, de la presencia mercantil de laboratorios privados en la materia.
 
Para hacer propaganda de empresas de capital privado que aprovechan cualquier oportunidad de ampliar el nicho de su mercado no hacía falta disimular en un congreso, que entrega su conferencia inaugural y de clausura a los comerciales publicistas de las mismas, las intenciones de los organizadores. Bastaba con dedicárselo de pleno. La mayoría de los asistentes hubiera venido de todas maneras a la ciudad del Turia, admirando sus encantos culturales y gastronómicos, sin falsas expectativas científicas y profesionales. Así no se organiza un congreso, se prostituye y se insulta a los congresistas y compañeros.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Lubricantes pedagógicos


No seré yo quien ponga pegas a una necesaria educación sexual y reproductiva de nuestros jóvenes, expuestos como están a ser mal informados o mal orientados en su desarrollo sexual y afectivo por una cultura y un mercado que hacen de las relaciones sexuales y el erotismo un filón, aparte de asequible, sumamente rentable y perfectamente útil para manipular o someter voluntades y conductas. Por el mero hecho de enseñarles a consumir lo que les será ofrecido de manera empalagosa por la publicidad, los hábitos sociales y sus propias pulsiones, se hace imprescindible unas mínimas nociones de lo que su anatomía y fisiología les brindan para asegurar la especie y disfrutar con ello, sin encorsetamientos morales pero con responsabilidad y respeto a las demás personas con las que han de relacionarse. Entre avanzar a tientas y a ciegas de manera intuitiva, aprendiendo de las equivocaciones, a guiarnos por el mundo de la sexualidad con un bagaje previo, más teórico que práctico, que nos prevenga de esos errores y peligros, siempre habrá un abismo, pero en el que será preferible la seguridad de una enseñanza y el conocimiento sobre lo que hacemos y a lo que nos enfrentamos. Mejor que la represión o las amenazas de castigos y pecados, a veces traumatizantes, resulta mucho más sano y racional descubrir el ámbito sexual de nuestra biología y psicología que tanta influencia tiene en la formación de la personalidad y los sentimientos. Nunca estará de más una deseable y completa formación que desmitifique y aclare las cuestiones sexuales con las que han de vérselas los jóvenes nada más alcanzan la pubertad y salen a la calle.

En principio, para garantizar y reforzar su derecho a la libertad. El ejercicio de la libertad se basa en decidir con criterio, en saber distinguir lo que conviene de lo desaconsejable, lo beneficioso de lo perjudicial y lo plausible, aunque utópico, de lo imposible, y para ello se precisa de un conocimiento previo acerca de las opciones existentes y un criterio para decidir basado en argumentos sólidos y racionales. La libertad de disfrutar de la sexualidad, de manera responsable y beneficiosa, se logra inculcar en los jóvenes a través de la educación, del mismo modo que se les enseña de todo lo que puede serles de utilidad en su vida individual, colectiva y profesional. También, naturalmente, en relación a su educación sexual, en un contexto social de libertad, tolerancia y respeto a todas las tendencias y manifestaciones sexuales.

No se entiende, por tanto, la polémica que ha despertado, a estas alturas de la postmodernidad, la iniciativa del Ayuntamiento de Sevilla de gastar 1.400 euros en la compra de 7.000 monodosis de lubricantes de uso vaginal y anal destinados a los alumnos mayores de edad que asisten a los talleres municipales sobre Promoción y Protección de la Salud Afectivo Sexual. Se trata de una actividad promovida por el servicio de Salud y Bienestar Social del consistorio hispalense, que forma parte de un programa de educación que se imparte desde hace varios años en institutos de secundaria de la ciudad y en el que han participado entre 70 y 80 centros, según informan los medios de comunicación.

Los sectores más conservadores de la ciudad muestran su “sorpresa y escándalo” al conocer que un programa de educación sexual dispense a los jóvenes preservativos y lubricantes que facilitan unas relaciones sexuales sin peligro, sin dolor y con conocimiento de los recursos que posibilitan un disfrute placentero. Para las mentes “bienpensantes” aunque estrechas, rescatar el sexo del rincón pecaminoso, oscuro y sucio en el que lo arrinconan, destinado exclusivamente a la reproducción, para situarlo entre las manifestaciones polivalentes del ser humano -como el arte, el ocio o la gastronomía-, con las que expresa su cultura y una forma de relación y comunicación, a partir del sustrato biológico y psicológico que las hacen posible, es excesivo y escandaloso.

Por ello no comprenden que, como justifica el jefe de servicio de Salud en su informe técnico, Fernando Martínez-Cañavate, el objetivo del curso no consista sólo en evitar los embarazos no deseados o el contagio de enfermedades de transmisión sexual, sino también que “cada persona sea capaz de establecer relaciones amorosas y afectivas de buen trato”. No les parece bien que se persiga reorientar la percepción de la sexualidad de los jóvenes hacia aspectos que la vinculan al desarrollo y bienestar de las personas, liberándola de la “anormalidad” moral, jurídica y clínica en que está enclaustrada. Tienen una mentalidad y una concepción de la sexualidad distinta a la de los jóvenes.

Que el Ayuntamiento de Sevilla se gaste 1.400 euros de su presupuesto para adquirir un lubricante con finalidad pedagógica en unos talleres de educación sexual no debería causar ningún escándalo, Lo escandaloso es que todavía exista un sector de la población al que le parezca un despilfarro perjudicial combatir la visión sexista, androcéntrica, heterosexual, genitalista y coitocéntrica de la sexualidad que impera en el orden social hegemónico. Porque será la visión dominante del sexo, pero está cada vez más alejada de la práctica y la vivencia de la sexualidad de los jóvenes y de quienes conducen sus vidas en libertad y tolerancia plenas, con responsabilidad y criterio.

lunes, 19 de octubre de 2015

La caridad cristiana de monseñor

El cardenal arzobispo de Valencia, monseñor Antonio Cañizares, ungido por el Espíritu Santo, ha alertado a Europa de la “invasión” de refugiados e inmigrantes que intentan acceder a este continente huyendo de la guerra de Siria y de otros países del Cercano Oriente. Y ha cuestionado que la mayor parte de esos refugiados sean “perseguidos”, poniendo en duda su condición de migrantes que intentan escapar de los conflictos bélicos que sufren en sus países de origen. Incluso se ha preguntado en público, durante un desayuno informativo organizado por Fórum Europa, si todos ellos son, en verdad, “trigo limpio”, puesto que, en su opinión, “muy pocos lo son”. El alma compasiva de monseñor, con esa lucidez cristiana que le caracteriza, ha reflexionado del peligro que corren las sociedades europeas y en concreto la española al practicar una acogida de refugiados que pueden actuar como el Caballo de Troya y descristianizar este continente. Se pregunta el obispo de Valencia: ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años?

Teme el purpurado príncipe de la Iglesia que entre los refugiados se escondan radicales islamistas que siembren el terror en esta tierra donde reina la paz, la prosperidad y la religión católica. Un argumento esgrimido anteriormente por el ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, para justificar la negativa al derecho de asilo que solicitan muchos de esos refugiados y para quejarse de que España tendría dificultades para acoger la cuota de refugiados asignada por Bruselas a nuestro país. Y aunque parezca mentira, ambos ilustres personajes –cardenal y ministro- presumen de profundas convicciones cristianas y morales, a pesar de que con sus actitudes y manifestaciones públicas las contradigan.

Monseñor Cañizares se ha dejado llevar por su ideología, que comparte con la del ministro, en vez de por sus creencias, al olvidar aquellas obras de misericordia, que tanto habrá exhortado desde los púlpitos, de dar de comer al hambriento, de beber al sediento o dar posada al peregrino, etc., cuando ha aconsejado desconfiar y expulsar a los inmigrantes que hoy piden comer, beber y refugio en la cristiana Europa y, concretamente, en España, tierra de María santísima. Su fe, tan conservadora ella, lo ilumina para instar el cierre de fronteras y negar, no sólo el derecho a la vida y la dignidad de todo ser humano, sino también la paliativa caridad con la que se compensa a los que piden justicia y esperanza.

El cardenal valenciano parece haberse quedado anclado en los tiempos del nacionalcatolicismo, cuando aquella Iglesia que él representa bendecía a los vencedores de una guerra civil, contribuía con su silencio a la laminación de los perdedores y paseaba bajo palio a un dictador asesino, pero que otorgó privilegios y prebendas a la religión del régimen, facultándola a catequizar a los niños desde la escuela, del mismo modo que en la actualidad se reintroduce la asignatura obligatoria de religión en el currículo. Monseñor pertenece a esa Iglesia nacional que teme, en su falta de convicción, verse arrinconada por otras culturas, otras religiones, otras gentes, a las que niega lo que predica: el amor al prójimo.

En su desvarío, el arzobispo de Valencia no parece percatarse de contradecir las recomendaciones de su propio “jefe” espiritual y orgánico, el papa de Roma, que pedía predicar con el ejemplo y, ante la magnitud de la presión migratoria, que cada parroquia acogiese a una familia de inmigrantes. Acoger a los perseguidos, por mucho que lo digan las Escrituras o el Vaticano, no le parece conveniente a monseñor, no vaya ser que se infiltre un infiel en Europa. Prefiere centenares de miles de refugiados sin socorrer a que se cuele un presunto yihadista entre ellos. Y, aunque ha matizado sus palabras por el revuelo que han producido, monseñor Cañizares lo hace para quejarse de sufrir un “linchamiento” por parte de quienes lo critican. Su ilustrísima eminencia puede opinar de la inmigración (advirtiendo de su peligro), de la pobreza en España (negando su magnitud), de la corrupción política (minusvalorándola en comparación con el aborto), de la integridad nacional del país (para criticar las ideas independentistas) y de cualquier tema mundano o celestial, con razón o sin razón, pero los demás no pueden contradecirle o discrepar de él. Entonces, se  siente “linchado”.

No es capaz de entender el señor cardenal que, como persona, puede mostrar su opinión libremente, como cualquier ciudadano, pero como miembro de la Iglesia, máxime si es purpurado, sus manifestaciones al menos deberán guardar coherencia con las normas, el pensamiento y la moral de la entidad que representa. Habrá de ser algo más “católico” a la hora de enjuiciar los problemas que aquejan a la Humanidad, sin parcelarla en nacionalismos que condicionan su supuesta “vocación” de servicio y amor al prójimo “urbi et orbe”. Para escuchar opiniones como las suyas, ya nos sobran políticos que se alinean con la manera de pensar del cardenal. Y es que la caridad cristiana de monseñor, propia del Domund, es harto extendida entre los “poderosos”, que no desean que nada cambie, menos aun la tutela religiosa de la sociedad que lo considera a él príncipe de la Iglesia.  

viernes, 16 de octubre de 2015

Niños

Los niños suelen ser víctimas de la maldad o las imprudencias de los adultos, en quienes confían inocentemente de manera ciega. En los últimos tiempos, el mar escupe los cadáveres en la playa de los pequeños que acompañaron a sus familias en huidas desesperadas de guerras y hambrunas. Otros son objeto de la perversidad abyecta de pederastas laicos y clericales, o sufren hasta morir el odio y el rechazo de unos padres que los narcotizan con somníferos para quitárselos de en medio. Los hay que sirven de reclamo a los profesionales de la mendicidad para despertar la caridad de los transeúntes. La infancia de muchos niños se ve amenazada constantemente por los malos tratos, las vejaciones y la explotación más repugnantes, o simplemente por el desinterés de unos padres descuidados. Algunos de ellos son abandonados a su suerte mientras sus progenitores satisfacen vicios y apetitos incontrolados. En cualquier caso, ser niño y sobrevivir a la experiencia se está convirtiendo en un privilegio de afortunados que, ojalá, sirva para que se conviertan en adultos responsables y amantes de sus hijos.