Octubre se disuelve para dejar paso al mes de los muertos.
Ingrata festividad que celebra el único destino que a todos alcanza. La
gravedad con que nuestros abuelos recordaban a los difuntos queridos, mientras
aseaban las lápidas de los nichos donde reposaban sus restos, contrasta con la
banalidad de esas fiestas extrañas que imponen una moda consumista de brujas y
calabazas para que los niños abracen el jolgorio gótico entre disfraces. Todo
sea a mayor gloria del mercado, ese dios que vuelve las tradiciones en
oportunidades espectaculares para la rentabilidad y el lucro. Si no fuera
porque olvidan las raíces sentimentales que las mantienen vivas entre las
costumbres de un pueblo, no habría nada que objetar al sustituir un muerto
familiar por una calavera de plástico para rendir culto al dinero. Ya estamos
acostumbrados a vivir la Navidad entre guirnaldas y regalos. Lo malo es que no nos importa lo que celebremos con tal de disfrutar un día de asueto dedicado a gastar. Vamos quedándonos sin símbolos culturales que nos recordaban nuestra condición efímera en la vida. Pronto, ni sabremos quiénes somos. Simples mercancías, me temo.
jueves, 31 de octubre de 2013
miércoles, 30 de octubre de 2013
Miércoles atípico
Hoy es un miércoles atípico. No se comporta como ombligo de la semana, sino como pórtico de su final. Precediendo a un viernes festivo, este miércoles trompetea cual beduino en la cabalgata de los reyes magos para anunciar la anticipada llegada del monarca del ocio: el fin de semana. Un fin de semana más extenso que de costumbre y que se acompaña, para mayor satisfacción, de esa nómina que, antes de cobrarla, ya está hipotecada de deudas, pero proporciona el alivio fugaz de un placebo económico. Así es este miércoles último de octubre, atípico como la felicidad.
lunes, 28 de octubre de 2013
Desaparecen los canallas
Ayer murió Lou Reed, el autor menos correcto en sus letras y
músicas del rock de nuestra adolescencia, y el que, con su rostro duro y voz
gutural, representaba al canalla indisciplinado que queríamos ser, pero no nos
atrevíamos. Era el músico que cantaba los excesos de la vida y los vicios que
se hallan en el lado salvaje de cualquier existencia que se apura hasta la
última gota. No fue un poeta pulcro pues el orden, incluso gramatical,
significaba estar sujeto a una sumisión que cercena las ideas, ni tampoco un
prestigioso guitarrista, pues sus canciones escapaban de los límites
establecidos del pop más condescendiente para bucear en la oscuridad en la que
habita la bestia que todos llevamos dentro, agresiva y desmadrada. Eso era,
precisamente, lo que nos atraía del autor de Walk on the wild side, Heroin, Sweet Jane y otras canciones que nos hacían sentir tan indómitos como él. Con Lou Reed desaparece el canalla que anida en nuestro interior y que gusta traspasar el borde de lo tolerado. Van cayendo uno tras otro, anticipando una derrota que nunca reconocemos.
domingo, 27 de octubre de 2013
El error de los pacíficos
He preferido esperar un tiempo -justo hasta hoy en que se celebran manifestaciones contra la sentencia que dictó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) el pasado martes derogando la aplicación retroactiva de la conocida doctrina Parot- para comprobar si la falsa polémica surgida al enfrentar emociones con la razón
sería reconducida a sus justos términos. Pero las manifestaciones que recorren
hoy las calles, a las que se adhiere el partido que Gobierna, demuestran que se
impone la irracionalidad a la cordura o, lo que es peor, se recupera la burda
manipulación de los sentimientos de las víctimas del terrorismo con fines
partidistas, como hace la Faes en su último comunicado. Y eso hay de
denunciarlo.
Y es que el Partido Popular se halla preso de su propia estrategia al verse enfrentado a una situación que, estando en la oposición, no tenía reparos en utilizar para acusar al Gobierno de pactar con terroristas cuando exploraba vías políticas y jurídicas con las que evitar que los violentos siguieran matando. Ahora, aquellos acusadores detentan responsabilidades de Gobierno y se ven obligados a acatar sentencias que les hubieran servido para sonrojar a los que estiman que la política es algo mucho más noble que la simple negación del adversario, al que se le intenta segar la hierba bajo los pies, aun en iniciativas de correcta y oportuna necesidad.
Y es que el Partido Popular se halla preso de su propia estrategia al verse enfrentado a una situación que, estando en la oposición, no tenía reparos en utilizar para acusar al Gobierno de pactar con terroristas cuando exploraba vías políticas y jurídicas con las que evitar que los violentos siguieran matando. Ahora, aquellos acusadores detentan responsabilidades de Gobierno y se ven obligados a acatar sentencias que les hubieran servido para sonrojar a los que estiman que la política es algo mucho más noble que la simple negación del adversario, al que se le intenta segar la hierba bajo los pies, aun en iniciativas de correcta y oportuna necesidad.
Aquellos que acusaban al Gobierno socialista de estar
vendido a ETA, de traicionar a los muertos y de negociar con terroristas son
los que ahora, encargados de la gobernabilidad de este país, deben excarcelar a
etarras que han cumplido condena pero que, en virtud de una interpretación de
la denominada doctrina Parot, seguían
en prisión. Ahora, en el Gobierno, se ven obligados a respetar y cumplir la
ley, debiendo asumir la legalidad que convierte a la democracia en el más
deseable de los regímenes. Y, claro, se les vuelven en contra aquellas viejas
estrategias de demagogia con las que tuvieron éxito para ganarse la confianza de
las víctimas del terrorismo y, con ellas,
la de una inmensa mayoría de la población que aborrece la violencia como
instrumento para conseguir fines políticos.
Ahora hay que hacer pedagogía en sentido contrario, lo que
conlleva el riesgo de descubrir la falaz manipulación que entonces se cometió
al utilizar el terrorismo en la diatriba política. Ahora hay que aceptar el
sometimiento a la ley y la corrección de medidas democráticas, para admitir que
hasta los reos tienen derechos reconocidos por nuestra propia Constitución.
Ahora se debe reconocer que no es un error acatar las leyes porque aquellos
acusadores son, hoy, los responsables de cumplir y hacer cumplir la Constitución. Ahora
hay que explicar muchas cosas que entonces se tildaron erróneas.
Porque no es un error que las leyes se apliquen en todos los
supuestos y a todas las personas. No es un error que los poderes públicos
acaten las leyes y estén obligados a cumplirlas y hacerlas cumplir. No es un
error que el diálogo sustituya a la violencia hasta acallarla. No es un error
que las condenas judiciales contemplen medidas de reinserción que beneficien al
reo. No es un error que la democracia sea un instrumento de convivencia en vez
del totalitarismo. No es un error que los valores éticos tengan supremacía
frente a las emociones. No es ninguna claudicación el funcionamiento normativo
del Estado Democrático y de Derecho. No es ninguna derrota el fin de los
asesinatos ante la algarabía de los fanáticos. No es ningún precio la paz, sino
el triunfo de la razón y de la democracia. Ni una aberración que la moral no esté
condicionada por ningún propósito, sino inherente a la razón.
Resulta, por tanto, sorprendente que, al sentir de
determinados sectores sociales que hoy se echan a la calle, actuar conforme a
Derecho a la hora de aplicar las leyes sea considerado pagar un “precio
político” a ETA. Resulta sorprendente que ser consecuentes con nuestra propia
legislación, sin violentar ni buscar atajos al espíritu de la ley, suponga una
“derrota” de la Democracia
en su lucha contra el terrorismo etarra. Resulta inaudito que la sentencia del
Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que considera ilegal la aplicación
retroactiva de la doctrina Parot a
condenados por delitos de terrorismo y otros crímenes de especial gravedad, se
perciba como el resultado de una “claudicación” aducida al expresidente
socialista José Luis Rodríguez Zapatero por intentar alcanzar un acuerdo
dialogado para que los violentos dejen de matar. Resulta ignominioso que años
sin víctimas mortales por culpa del fanatismo asesino de los terroristas,
vencidos por la voluntad infatigable de los demócratas y su supremacía moral,
no sea valorado un logro mayor que el reconocimiento de los derechos que
asisten a verdugos, como a todo ciudadano, aunque ellos no se lo merezcan y se
mofen de los mismos. Resulta increíble tanta desmemoria y tanta endeblez en
nuestros argumentos cuando abordamos el fenómeno del terrorismo desde un prima
partidario.
Y es que en la lucha contra el terrorismo, en este país, todos
los Gobiernos han intentado hallar una solución para hacer desaparecer ese
cáncer de la democracia, paralelamente a
las medidas policiales y de contra espionaje que jamás se abandonaron. Salvo
Calvo Sotelo, todos los presidentes que ha tenido España en democracia han
mantenido con mayor o menor discreción conversaciones con representantes de la
banda terrorista vasca ETA que resultaron inútiles por exigencias desorbitadas
de los terroristas o la intransigencia de algunos de sus miembros más
radicales, si cabe. Sin embargo, la democracia siempre ha explorado vías
pacíficas para acabar con un problema inaudito en un país, el último en Europa
en padecerlo, en el que existen cauces para la expresión de cualquier
alternativa política, siempre y cuando respeten las reglas que establece la Constitución.
Una Constitución que convierte a España, por voluntad
soberana de los españoles, en un Estado Democrático, Social y de Derecho, con
lo que ello significa de garantías democráticas, sociales y jurídicas que, no sólo
constituyen el marco legal con el que hemos acordado convivir, sino que,
además, nos ha proporcionado el mayor período de paz y libertad que ha tenido
este país en su Historia y nos ha hecho semejantes a los demás países
democráticos de nuestro ámbito occidental. No fue fácil transitar de una
dictadura a la democracia. Se nota en actitudes e inercias con las que
reaccionan esos sectores minoritarios
frente a lo que son, simplemente, principios democráticos reconocidos en todo
el mundo.
El Tribunal de Estrasburgo ha dictaminado que España, un
país que ha firmado convenios jurídicos internacionales y asume la Carta de
Derechos Humanos, no puede aplicar medidas penales con carácter retroactivo a
reos ya juzgados y que cumplen condena. Es decir, el TEDH no deroga la doctrina Parot, sino su utilización con
carácter retroactivo con el que se procura corregir una “laguna” del Código
Penal que limita el tiempo máximo de reclusión en cárcel de cualquier
condenado, independientemente del número de delitos cometidos, a 30 años. El
TEDH nos ha enfrentado a nuestro propio ordenamiento legal vigente y al
ordenamiento internacional que hemos conveniado, donde se contempla que la
irretroactividad de las penas es un principio insoslayable. Así, la
Constitución española “garantiza el principio
de legalidad, la jerarquía normativa, la publicidad de las normas y la
irretroactividad de las disposiciones sancionadoras no favorables”.
Pero, en vez de corregir esa “laguna” del Código Penal que
impide, limitando el tiempo máximo de permanencia en prisión, una
proporcionalidad efectiva de las penas, España busca el subterfugio con la doctrina Parot para conseguir, al menos,
el cumplimiento íntegro de la condena a 30 años, reduciendo los beneficios
penitenciarios de la totalidad de condenas acumuladas. Y lo interpreta, con
carácter retroactivo, a reos ya juzgados y cumpliendo condenas. Incumplimos,
así, la Constitución
y convenios jurídicos europeos.
Acatar las leyes y adecuar nuestras conductas a la legalidad
que emana de un Estado de Derecho no es dejar sin castigo a los terroristas ni
otorgarles ningún beneficio. Es, simplemente, demostrar que la razón, la ley y
la justicia están de parte de los pacíficos y los demócratas sinceros.
Aún así, es comprensible, aunque no justificable, esa
reacción de las asociaciones de víctimas del terrorismo y de algunos sectores
sociales, que muestran su rechazo a lo dictaminado por el TEDH y solicitan del
Gobierno la desobediencia de la sentencia.
Incluso es comprensible, aunque difícilmente justificable, las
manifestaciones públicas de esos sectores exigiendo medidas gubernamentales
basadas antes en la venganza que en imperativos éticos, contagiándose de la
dialéctica bélica de los violentos que diferencian entre vencidos y vencedores,
cuando el fin último que debiera guiarnos es el imperio de la ley y el triunfo
de la democracia y la razón.
Ahora que parece contraproducente para la estrategia
partidista reprochar la supremacía moral de la ley y la democracia frente a los
violentos, sería un error de los pacíficos que le dieran la espalda a las
propias normas con las que han logrado vivir en paz, libertad y progreso en los
últimos decenios. Un error que nos cegaría para contemplar lo alcanzado: vencer
a los violentos, ponerlos a disposición de la justicia, que cumplan las condenas
y dejen de matar. Cualquier otro propósito perseguiría una finalidad
inconfesada, aunque fácilmente adivinable con sólo imaginar lo que habrían organizado
los manipuladores de la opinión pública si estuviesen ahora en la oposición.
¡Tiemblo de sólo pensarlo!
jueves, 24 de octubre de 2013
El color de la educación
Comienzan las movilizaciones en un otoño que se presumía “caliente”. Motivos para “arder” no faltan ante las innumerables agresiones que está sufriendo la mayor parte de la población (esas clases medias en continuo declive) por parte de unos gobernantes que no dejan de echar “gasolina” a la situación, ya de por sí “explosiva”, a causa de todos los recortes en servicios públicos y la supresión de derechos sociales. Ahora son los estudiantes los que expresan su rechazo a las medidas que les afectan y perjudican. Otra vez.
Porque otra vez, ante la inminente aprobación en las Cortes
de una nueva ley (LOMCE), toda la comunidad educativa se manifiesta hoy por las
calles y plazas de España para mostrar su repudio y hartazgo frente a las pretensiones
del Gobierno de volver a utilizar la educación como espejo donde se refleje su
modelo de sociedad: liberal y elitista. Y no son sólo los chicos, sino también los
profesores y hasta los padres/madres de alumnos los que quieren hacer constar públicamente
su disconformidad por los “modos” con los que el ministro del ramo, el ínclito
José Ignacio Wert, pretende imponer una “reforma” educativa tan plagada de
ideología que hace retroceder la enseñanza a la época franquista, cuando la
escuela servía para enseñar las “cuatro reglas” a los hijos de obreros destinados
a convertirse en mano de obra sin cualificar, y reservaba la formación superior
a los pudientes de las clases acomodadas y, por supuesto, vencedoras del
régimen.
Salvo los burócratas del ministerio y del partido que
sustenta al Gobierno, nadie está de acuerdo con esta Ley supuestamente para "la
mejora de la calidad educativa". Nace sin consenso y se aplica por una mayoría
absoluta que extiende su rodillo para aplastar cualquier disenso, aunque sea
constructivo. Pocas veces un Ejecutivo es capaz de legislar en contra de la
opinión mayoritaria de los afectados, sin su concurso y con su total oposición,
salvo cuando goza de una mayoría absoluta parlamentaria y cree estar en
posesión de la verdad absoluta. Pero se equivoca, también absolutamente.
Todos los partidos de la oposición advierten de un cambio de
modelo en cuanto se produzca un cambio de Gobierno, lo peor que puede ocurrir a
un asunto de Estado como la educación, algo que debería ser estable porque
alcanza a generaciones venideras. El clamor popular en contra de la nueva ley
es ensordecedor y tiñe de verde -color de la esperanza- a las manifestaciones
que hoy recorren España. Manifestaciones que claman porque esta ley, contra
todos los criterios tendentes a evitar cualquier discriminación, reafirma la
segregación por sexo y por rendimiento escolar;
persigue la merma de las becas y endurece las condiciones para
conseguirlas; reinstaura las reválidas que actuarán como “filtros” en distintos
niveles de la enseñanza para eliminar alumnos, en vez de potenciar las clases
de apoyo; allana el camino a una futura privatización de los estudios de
bachillerato y no contempla la fase preescolar dentro de la enseñanza pública, con
lo que las guarderías sólo serán privadas; establece una FP dual que favorece
la mano de obra barata al empresario y porque, de manera global, la educación,
en cuanto derecho básico de los ciudadanos, está siendo zancadilleado o ignorado
a causa de los recortes económicos, el descenso de la inversión presupuestaria,
la reducción del profesorado, el aumento de las ratio de alumnos por clase, los
cambios en las asignaturas curriculares y los criterios ideológicos que
orientan una “reforma” que no persigue la mejora de la calidad educativa, sino
simplemente su entrega a la iniciativa privada y el retorno a los tiempos en
que sólo las élites podían estudiar.
Por todo ello, la educación se torna verde en las calles y plazas de España para gritar por una enseñanza pública de calidad y permanente. Unimos nuestra voz a ese grito.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Un semanario que se descubre a sí mismo
La revista dominical del diario “El País” ha estrenado nuevo diseño este fin de semana pasado, haciendo modificaciones tipográficas, de maquetación para jugar con los textos y los espacios en blanco, y en contenidos. Es una actualización del semanario que busca refrescar su imagen para continuar despertando el interés de los lectores y ampliar mercados. Hay que reconocer, en cualquier caso, que es una apuesta valiente y arriesgada por parte de los editores del periódico, en estos tiempos de profunda crisis en el sector mediático, en los que sigue descendiendo la difusión de los diarios de manera imparable (6 % menos en 2012).
El País semanal es uno de los dominicales más
veteranos entre los diarios de España, que perdura una vez desaparecido su
homólogo de “ABC”, Blanco y Negro. A lo largo de sus casi 40 años de existencia, ha sufrido diversas
actualizaciones en su diseño, por la evolución de las estéticas y las
preferencias de los consumidores de prensa, para adecuarse a las exigencias de
continua actualización e innovación que dictamina el mercado. Ese proceso de
permanente modernización ha conseguido que El País semanal sea hoy día
la revista dominical de mayor difusión de España (1.500.000 ejemplares), sin
contar a XLSemanal, que es
distribuida conjuntamente por varias cabeceras (2.500.000 ejemplares).
El interés por reforzar la oferta de la revista viene
determinado porque todos los periódicos aumentan sus ventas el domingo gracias
a estos suplementos dominicales. Aparte del mayor tiempo disponible para la
lectura, los dominicales complementan y profundizan los asuntos abordados por
el periódico, aportando una cuidada y más agradable presentación de su
contenido y ofreciendo una amplia selección de materias que atraen la atención
de un público diverso: motor, moda, reportajes, cómics, artículos, opinión,
etc. Se trata, por tanto, de un producto imprescindible en cualquier periódico
con ambición de continuidad y rentabilidad comercial.
Sin embargo, además de las modificaciones estructurales de El
País semanal (diseño y secciones), lo más significativo, a mi parecer, del
cambio que ha sufrido este suplemento periodístico ha sido la apuesta que han
realizado los editores por la consolidación de un producto en soporte papel que
busca abrirse al mercado latinoamericano. Se confirma, así, que la prensa escrita
sigue siendo el producto más importante sobre el que pivota la viabilidad económica
de las empresas de comunicación, superando a las ediciones digitales. Por eso,
cuando todo el mundo pronostica la inminente desaparición del papel como vehículo
para la transmisión del conocimiento y la información (libros, prensa, etc.),
“El País” renueva la oferta dominical de su revista con la incorporación de
firmas de periodistas procedentes del Nuevo Continente, como las de Juan
Gabriel Vásquez, Élmer Mendoza, Leila Guerreiro y otros, que se suman al plantel
de colaboradores habituales del dominical: Javier Marías, Rosa Montero, Javier
Cercas, Almudena Grandes, Juan José Millás y Santiago Roncangliolo.
En este sentido, más allá de estéticas y diseños, para los
que no renunciamos a la lectura sosegada de temas elaborados sin los agobios de
la actualidad y con el placer de palpar cada página que se pasa, es una reconfortante
noticia saber que El País semanal se descubre a sí mismo y se reconcilia
con unos lectores que mantienen su fidelidad a los “valores originales” del
periodismo, como ellos mismos reconocen.
lunes, 21 de octubre de 2013
La euforia de los cínicos
No es difícil percibir la aplicación de una consigna a rajatabla: recuperación. Todo el
mundo pronuncia esa palabra para referirse a sus impresiones de la actualidad,
sobre todo a partir de que el Gobierno presentara su proyecto de ley de
Presupuestos para
“Llega dinero de todas
partes”, exclamó un Emilio Botín eufórico sobre el interés que está
despertando España en los inversores extranjeros. La Bolsa de Madrid supera la
barrera de los 10.000 puntos, un índice que no coronaba desde el año 2011. Y,
al parecer, hay una evidente “mejora de
los datos macroeconómicos” que genera esa euforia que se extiende entre los
que tratan de convencernos de que, efectivamente, estamos en la senda de la
recuperación para el crecimiento y el empleo, que han de ser los objetivos
finales de las políticas económicas. Y la verdad es que no me extraña esa
alegría que exhiben los que antes nos han empobrecido con ajustes
“estructurales”, consistentes en una poda de austeridad que prácticamente ha
desmantelado todo el andamiaje público que proveía de servicios sociales a la
población con menos recursos, porque llega la época de las ganancias. Están que
no caben en sí de gozo por los réditos que obtendrán los que especulan con la educación, la salud, las pensiones, la
dependencia, los medicamentos, la seguridad en las calles, la ciencia e investigación y todo cuanto formaba
parte de unos servicios públicos financiados con cargo a los impuestos que
pagamos entre todos. Existen, realmente, grandes expectativas al alza en las
previsiones de los beneficios empresariales, aunque no veamos aún ni creación
de empleo ni un alivio para las familias.
Se palpa una inocultable satisfacción entre los sectores
–políticos y económicos- que contemplan una oportunidad de negocio privado en
lo que antes era de titularidad pública, al constatar que la política que se
aplica para afrontar la crisis deja en manos del mercado las necesidades de los
ciudadanos. Es posible que hayamos tocado fondo en el hundimiento de nuestra
economía, pero las señales que dicen percibir los que anuncian tan endeble
recuperación dista mucho de contentar a los han pagado las consecuencias de
tanta austeridad. Todavía se sigue destruyendo empleo, aunque a menor ritmo, y
se pierden cotizantes a la Seguridad Social.
El consumo privado continúa sin pulso por la bajada de salarios en el sector
privado, la disminución y congelaciones en el público y la reducción de
plantillas en uno y otro. Con rentas salariales en retroceso, pérdida del poder
adquisitivo de las pensiones, recortes en cuantía y duración de las prestaciones
por desempleo y una inversión pública en “stand by”, las esperanzas de crecimiento de la actividad económica y de
creación de empleo son, digan lo que digan los voceros del optimismo, escasas.
A menos que se refieran, claro está, a las posibilidades que les brinda este escenario de derrota a los grandes “tiburones” de la economía libre de mercado: trabajadores baratos, empresas en quiebra, sindicatos anulados, convenios prácticamente inexistentes, Estado “adelgazado” para que no interfiera demasiado, nuevos nichos de negocio en lo que era provisto por los servicios públicos, dinero más barato y un país del que cuelga un cartel: se vende. Si a todo ello añadimos la proximidad de un año electoral, sólo entonces se explica tanta euforia: la que manifiestan los cínicos
domingo, 20 de octubre de 2013
Tarde Avalon
Hay ocasiones en que los días se disfrutan placenteramente en casa, en el interior del hogar. Una temperatura agradable, una ligera brisa que se cuela por las ventanas para jugar con las cortinas y un ambiente relajado, rodeado de comodidades, invitan a quedarse en el sofá cabeceando una siesta que facilita la digestión. A la par que avanzan las nubes en el cielo, se recorren las páginas de un libro o las hojas del periódico que mantienes al alcance de la mano. Y cuando la paz y el silencio embriagan las emociones, una melodía suave y tranquila te envuelve de una felicidad que exteriorizas bailándola entregado en medio del salón, apretado a tu pareja, deseando que esa tarde Avalon no finalice nunca, aunque tengas que decir adiós.
viernes, 18 de octubre de 2013
Pobreza vs. riqueza
Ayer se celebró, como cada 17 de octubre desde 1993, el Día
mundial por la erradicación de la pobreza al objeto de concienciar a la
población sobre la existencia, incluso en nuestras sociedades de la abundancia,
de esa lacra que rebaja la condición humana a mera subsistencia. Una “cara
oculta” de la civilización que emerge con toda su crudeza cuando cualquier
crisis hace mella en la vulnerabilidad de nuestro confort y aparente bienestar.
Sin embargo, los pobres están aquí, conviviendo con nosotros, no son invisibles
aunque seamos incapaces de percibirlos, y abundan cada día más porque somos
reacios a impedirlo. El lema de este año era el de “trabajar juntos por un
mundo sin discriminación: aprovechar la experiencia y los conocimientos de las
personas que viven en la pobreza extrema”. Un objetivo tan ambicioso como
imposible.
La pobreza es el precio que se paga por la riqueza y el
mundo en que vivimos acentúa esa brecha, que se agranda constantemente, incluso a
escala nacional. Cuando la crisis económica ha empobrecido a millones de
personas en nuestro país, el número de ricos ha crecido en más de un 13 por
ciento. Hay más ricos pero a costa de más pobres. Cerca de 13 millones de
españoles viven en nuestro país por debajo del umbral de la pobreza, precisamente
en momentos en que, con la excusa de una austeridad ciega, se dejan de prestar
socorros públicos y se abandonan proyectos contra la exclusión social que deriva
de la marginación económica, política y social en la que caen los indigentes.
Y es que el sistema económico con el que hemos organizado
nuestra sociedad provoca la aparición de la pobreza, máxime si prevalecen
criterios de rentabilidad y “sostenibilidad” por encima de la prestación de
servicios y el reconocimiento de derechos. El capitalismo que rige a escala
mundial nuestras relaciones económicas, comerciales y financieras descansa
sobre la base de una pobreza como desecho inevitable del bienestar. El 20 por
ciento de la población del planeta que tiene la suerte de habitar el primer
mundo lo hace a cambio de condenar a la pobreza al 80 por ciento restante. Los
recursos que permiten a los primeros satisfacer sus necesidades son esquilmados
a los segundos, a veces de forma violenta, y siempre de manera injusta.
Es verdad que, moralmente, la imagen del pobre golpea
nuestra conciencia, pero no estamos dispuestos a renunciar a las comodidades
que disfrutamos en la vida cotidiana para mejorar la situación de aquel, por
mucho que celebremos jornadas contra el hambre y la marginación que sufren
todos los pobres del mundo. Damos limosnas, en el mejor de los casos, pero no
resolvemos el problema de los que, por simple azar del destino, nacen en países
subdesarrollados, son víctimas de guerras y hambrunas, adolecen de higiene,
salud, educación, trabajo y protección, dependen de costumbres y estructuras
(políticas, sociales, religiosas) que los mantienen en la ignorancia y en la
incapacidad para progresar y prosperar y, si se lanzan a la emigración, caen en
manos de mafias o son considerados delincuentes a los que les espera la
deportación, sirven de mano de obra barata e ilegal a empresarios sin
escrúpulos y, en definitiva, son mal atendidos porque suponen un gasto para
nuestros servicios públicos. Algunos, desgraciadamente, acaban muriendo en
albergues al final de un recorrido por la pobreza y la marginación de las que
no pueden escapar a causa del rechazo con que los tratamos.
Sin embargo, es oportuno conmemorar jornadas contra la
pobreza. Por poco efectivos que sean sus resultados, si al menos sirven para paliar
la vida de alguna persona en nuestro entorno más cercano, siempre será
preferible a la inacción y el desentendimiento. Aportar cualquier humilde
contribución a las personas y entidades que combaten esta situación de
emergencia social en las que se hallan tantas familias que se ven abocadas al
paro, al desahucio de sus viviendas, a la retirada de coberturas sanitarias o a
la falta de cualquier recurso que posibilita nuestro estilo de vida, siempre
representará un consuelo y una ayuda inestimables.
Pero también, y con semejante intensidad, se deberá luchar
contra el desmantelamiento de las políticas sociales que sirven de socorro a
los más desfavorecidos, denunciar la destrucción del Estado de Bienestar con el
que la sociedad en su conjunto, y gracias a una fiscalidad progresiva y
solidaria, corregía las desigualdades que castigan a amplios sectores de la
población, donde las mujeres y los niños continúan siendo los más afectados. Hay
que solventar circunstancias particulares, pero del mismo modo hay conseguir
que la justicia, la equidad y la solidaridad se mantengan como valores
irrenunciables que caracterizan nuestra convivencia en sociedad.
Está demostrado que una economía orientada sólo por el
beneficio genera pobreza, al detraer recursos que considera poco rentables de
las partidas de inversión social. Ya se sabe –y lo estamos sufriendo- que la
pobreza se acrecienta al ritmo que se elimina la protección de las
políticas sociales. Las medidas de austeridad en nuestras economías de libre
mercado, dictadas por contables que vigilan exclusivamente los intereses del
capital, se ceban predominantemente en las capas de población más indefensas,
aquellas que no cuentan con más patrimonio que su trabajo. Estas son,
justamente, las que están engrosando de pobres nuestra realidad. Las cifras de
paro están equiparando el desempleo femenino y el masculino, situados ambos en
umbrales insoportables, y las “reformas” laborales, lejos de ofrecer
estabilidad laboral y trabajo para todos, están provocando “trabajadores
empobrecidos”, aquellos cuyos sueldos no les permiten llegar a final de mes o
les impide afrontar gastos imprevistos. Vivimos rodeados de pobres.
Ese es el retrato de una pobreza que presenta graduaciones
de miseria hasta alcanzar la exclusión total y la marginación social a las que
están expuestos los que quedan atrapados en ella. En Andalucía, hay más de 3,5
millones de personas que viven en el umbral de la miseria, según datos de un
reciente informe de la
Red Andaluza de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social.
Más del 66 por ciento de los escolares en nuestra región no tiene acceso a
algún recurso educativo (libros de texto, calculadoras, etc.) por falta de
medios para adquirirlos, lo que acarrea que haya alumnos que no pueden comprar
siquiera libros con los que estudiar.
Hay que contribuir en erradicar la pobreza. Además de
celebrar un día al año para visualizar el problema, hay que atacar las raíces
que engendran tal pobreza. Si no podemos forzar un comercio justo a escala
planetaria ni cambiar un sistema económico en el que el hombre no es la medida,
sino el beneficio, al menos podremos evitar el abuso y el despilfarro de un
consumo insensato. Y optar por políticas que garanticen el mantenimiento de
aquellos instrumentos públicos que palian desigualdades de origen (sanidad,
educación, pensiones, prestaciones por desempleo, ayudas a la dependencia,
etc.) y proporcionan oportunidades a los más desfavorecidos de nuestra
sociedad. Se pueden hacer muchas cosas si de verdad estamos empeñados en
combatir la pobreza, empezando por cambiar nuestra mentalidad a la hora de
abordar una problemática que a todos afecta. No hay que sentar un pobre en la
mesa una vez al año para cumplir con una moral hipócrita, sino averiguar qué es
lo que nos empobrece para corregirlo. Sin aguardar a que el pobre sea uno
mismo.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Al cielo con unos, a la fosa con otros

Los verdugos de cualquier conflicto, más aun si es fratricida como una guerra civil, desean que nunca nadie se acuerde de sus crímenes ni de sus injusticias. Suelen recomendar encarecidamente que el pasado no debe removerse y lo aconsejable es mirar hacia el futuro. Dejar que el olvido cubra con su manto la memoria de los vencidos, no la de los vencedores. Y nunca están dispuestos a rendir cuentas ni a pedir perdón por las atrocidades cometidas. Pero tampoco dejan que una verdadera reconciliación, la que surge del reconocimiento de las afrentas llevadas a cabo y la recuperación de la dignidad arrebatada de quienes todo lo perdieron, incluyendo la vida, sea posible así pasen 100 años. Sólo guardan memoria por los caídos en su bando, a los que la Iglesia, cómplice con un vencedor al que paseaba bajo palio, los beatifica como mártires a causa de su fe, no como víctimas de una tragedia que arrasó con inocentes a cada lado. Así se escribe
sábado, 12 de octubre de 2013
Geometrías del río
El río siempre ha sido metáfora del discurrir incesante del tiempo, de la vida, de nosotros. Como herida líquida que rasga la tierra, parece una corriente inmutable pero sus aguas nunca son las mismas, jamás nos bañamos en las mismas aguas. Se asemeja a las personas: una identidad que va mutando con la edad, los conocimientos y las experiencias, cincelándose con los golpes que recibe de fuera y desde dentro. Un río es camino que nos conduce al exterior, al mundo, o nos atrinchera en nuestra ignorancia y temores. Es fuente que calma la sed y sacia la curiosidad del viajero, hace frontera de las ambiciones o sirve de pórtico a lo desconocido, a las utopías y las esperanzas. Siempre se presenta como un reto, un desafío que sólo se supera con audacia y malicia, con esas geometrías que diseña la razón y la inteligencia en forma de puentes que salvan distancias y nos acercan a lo inasequible, a lo imposible y prohibido. El río es metáfora del discurrir del hombre y de su capacidad racional para encauzar su propio devenir. Como este puente sobre el Guadalquivir, una geometría que domeña el albedrío de la lámina líquida en su paso eterno por Sevilla.
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Foto: Jaime Velasco |
viernes, 11 de octubre de 2013
Preludio hispánico

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Fotos: Loli Martín |
jueves, 10 de octubre de 2013
El rebrote del `facherío´

La derecha política -que gusta describirse como de “centro” pero que abarca desde la extrema derecha hasta el centro propiamente dicho del abanico ideológico (demócratas cristianos, liberales, nacionalismos periféricos, etc.)- y la derecha económica -que jamás ha renunciado al botín que expropió durante la dictadura franquista ni a su predilección por gobiernos conservadores, a los que financia abierta o subrepticiamente (véanse los cuadernos de Bárcenas)- estimulan cuando detentan el poder el auge de estos radicales al sentirse amparados por quienes deberían respetar y hacer respetar las leyes, mantener el orden público y velar por que no se avasallen los derechos de los ciudadanos, de todos los ciudadanos. Estos grupos ultras se sienten fuertes, gozan de supuesta impunidad y reciben la conmiseración de los correligionarios que, instalados en diversas instancias oficiales, profesan admiración al dictador franquista o muestran añoranza por un régimen que cometió crímenes abominables y es contrario a los valores democráticos y constitucionales.
Sin embargo, alcaldes, como el de Badajoz, que mantiene
enseñas anticonstitucionales a la entrada de su despacho y que el presidente de
la Comunidad
extremeña se resiste obligar a retirar, como dicta la ley, por considerar el
tema “una catetez”; o el de la
localidad madrileña de Quijorna, que organiza en un colegio público una
exposición de parafernalia franquista y nacionalsocialista, con pancartas con
el lema “¡Saludo a Franco! ¡Arriba España!”, de clara exaltación fascista; o el
de A Beade, en Galicia, que presume de ser franquista y atiborra su despacho de
fotos, botellas, insignias y hasta un altar dedicado al dictador; y el de
Baratalla, también en Galicia, que justificó los crímenes de Franco diciendo
que “quienes fueron ejecutados sería
porque lo merecían”, son muestras de una apología fascista desde el poder
institucional que abona el sentimiento que hace resurgir a estos grupos
radicales de extrema derecha.
Si los elegidos en democracia para cargos públicos, de un
determinado partido, hacen alarde de sus nostalgias reaccionarias, con claro
desprecio a la legalidad constitucional con que se han dotado los españoles, no
puede resultar extraño que sus “cachorros” ideológicos se comporten con la
radicalidad violenta que estiman necesaria para “imponer” sus ideas a quienes
no las comparten o las repudian. Existe un caldo de cultivo que genera este
resurgir de los “fachas” irredentos, capaces de cometer delitos contra la
libertad de expresión o de incitar el odio, la discriminación y el racismo en
sus actos vandálicos. Proliferan cual setas en un ambiente que les es propicio
y son perfectamente conocidos, pero en absoluto originales. Se dedican a
“copiar” de sus mayores o de lo que hacen otros, a los que emulan.
Alianza Nacional,
España 2000, entre otros, son grupúsculos que promueven una violencia
gratuita por motivos racistas y buscan un populismo fácil con “azañas” calcadas
de “Amanecer Dorado”, partido nazi de Grecia, al equiparar inmigración con
delincuencia y acusarlos de invadir España, en actitud intencionadamente
xenófoba. En Málaga, por ejemplo, se concentran ante el consulado griego para
protestar por la detención de los líderes de aquella formación nazi helena,
concentración que había contado con la oportuna bendición de la Subdelegación del
Gobierno en Andalucía.
Pero otras veces, y cada vez con mayor frecuencia, sus
conductas no son tan pacíficas. El pasado septiembre, un comando de extrema
derecha boicoteó el acto de celebración de la Diada de Cataluña, en una librería de Madrid,
lanzando gases lacrimógenos y destrozando parte del mobiliario. Portaban
banderas españolas con el águila de San Juan, de Falange y de Alianza Nacional,
al tiempo que proferían gritos de “¡Viva España!” y “¡No nos engañan: Cataluña
es España!”, propinaban empujones a la gente y arrancaban los carteles del
acto, todo ello a cara descubierta.
Otro grupo, en Belchite, se dedicó a destrozar la fosa común
del cementerio antes de asistir a una misa franquista celebrada en la localidad
vecina de Codo (Zaragoza). Y en internet es fácil descubrir imágenes y vídeos
que miembros de estos grupos cuelgan en actitud amenazante y de provocación,
prolijas en saludos nazis y simbología fascista.
Tanta desfachatez, como la que exhibe la extrema derecha
española en estos tiempos, ha de poner en alerta a las autoridades de nuestro
país, por mucho que mantengan una complacencia vergonzante, pues la espiral de
violencia que puede generar es sumamente peligrosa y de consecuencias
incalculables. Máxime cuando están dispuestos a la confrontación visceral y
violenta, al convocar manifestaciones, el próximo 12 de octubre en Barcelona,
contra el derecho a decidir y por la españolidad de Cataluña. O las
movilizaciones anunciadas por grupos violentos de extrema derecha en Zaragoza,
para ese mismo día, en desagravio por la explosión de un artefacto depositado
en el interior en la Basílica
del Pilar, que no tuvo víctimas y apenas ocasionó daños materiales.
Ese ambiente propicio y enrarecido, al que contribuye el
“apoyo” dogmático que le brindan unos medios de manifiesta afinidad ideológica,
con informaciones y análisis que suponen siempre el rearme moral de la derecha,
la rectitud y eficacia de sus iniciativas políticas y económicas, aunque
perjudiquen a la mayoría de la población, y el “adiós a la superioridad moral
de la izquierda”, vencida y derrotada hasta en sus propuestas más
progresistas, incluidas las que combaten
las desigualdades sociales, alimentan la sensación de actuar conforme al
pensamiento imperante y responder a las predicciones absolutistas que dejan
entrever.
No se trata, pues, de acciones irresponsables realizadas por
jóvenes y nostálgicos del franquismo, sin capacidad crítica para discernir el
significado ni las consecuencias de sus bravuconadas, sino de una manifiesta
campaña de acoso e intimidación de todo cuánto suponga un obstáculo o una
resistencia al triunfo total y absoluto de la derecha. Se trata de un rebrote
del “facherío” perfectamente teledirigido y que, cuando interese, será
oportunamente controlado y anulado. Es una manera torticera -y violenta- de
influir en la voluntad de los ciudadanos y alcanzar lo que en las urnas no consiguen:
la adhesión inquebrantable.
lunes, 7 de octubre de 2013
La sociedad anestesiada
Sin darnos cuenta, pero de forma imparable, nos dirigimos hacia un modelo de sociedad insensible, como si estuviera anestesiada. Los síntomas de este abotargamiento de la sensibilidad social se acumulan diariamente y ya nadie puede mostrarse indiferente ante lo que abofetea el rostro de una dignidad que debiera anidar en nuestras conciencias. La hipocresía hace tiempo que fue superada, como apariencia de responsabilidad que nos impelía a suplir justicia por caridad, por esa otra forma de inequidad que nos deja yertos y con la capacidad sensitiva de un cadáver. Ahora preferimos abiertamente carecer de todo compromiso y mostrar la más absoluta indiferencia frente a las alarmas inhumanas que se suceden a nuestro alrededor y que consentimos sin siquiera abochornarnos. De manera impávida, dejamos que muera gente sin que reaccionemos por culpa de una sociedad narcotizada, incapaz de mover un dedo contra los daños que aflige a los más débiles de sus miembros, a los más desafortunados de sus integrantes, a los más indefensos de todos: a seres humanos segregados por cualquier condición que pueda dividirnos, ya sea por raza, credo, sexo, cultura o capacidad económica. Y nos cruzamos de manos con una excusa tan falsa como inmoral que ni siquiera nos convence porque podría volverse contra nosotros mismos. Intentamos argüir entre balbuceos que no podemos hacernos cargo de todos los que hollan el suelo de España porque el Sistema no lo soportaría, sería insostenible. Y fingimos que nos lo creemos.
Porque, precisamente, gracias a esa justificación nacieron todos los “recortes” y demás “ajustes” que están ocasionando víctimas mortales en nuestro país. Es la consecuencia más desgraciada e insoportable, totalmente previsible, que se deriva de una política que persigue únicamente el beneficio vía austeridad en el balance de resultados. Amparados en excusas contables, negamos el acceso a la sanidad (también a la educación y a cuántas ayudas puedan contribuir a una integración real) de los inmigrantes que deslumbrados vienen a Europa creyendo que acuden a un mundo civilizado y moderno, al lugar que dice guiarse por los derechos humanos y al espacio económico más rico del planeta, aquel que promete alguna oportunidad a quien huye del hambre y la muerte a que estaban condenados en sus lugares de origen. Hambre y muerte que, paradójicamente, encuentran en lo que no era el paraíso soñado, sino el infierno de los desposeídos de carnet de identidad, de trabajo, de ayuda, de comprensión, de humanidad.
Ofuscados en la rentabilidad de nuestra convivencia, olvidamos la finalidad que debiera motivarla: las personas. Cegados por la contabilidad de los recursos, optamos por conseguir antes su abaratamiento que cumplir su función. Priorizamos una sanidad “saneada” antes que dispensar un derecho reconocido a los ciudadanos. Es así cómo todas las medidas encaminadas a hacer “sostenible” las políticas sociales constituyen, a la postre, una afrenta a la dignidad de los seres humanos, pisotean sus derechos, porque hacen prevalecer lo material y economicista sobre lo justo y necesario. Ninguna razón contable puede justificar la suspensión de garantías reconocidas en la Constitución , la dejadez frente a necesidades básicas de los individuos y, menos aún, la muerte. Sin embargo, estamos aceptando que esto sea lo que suceda cada vez con mayor crudeza, mayor frecuencia y ante nuestras propias narices. Y nos mostramos impávidos, silentes.
Algo está fallando. Está quebrándose lo fundamental, lo que nos brinda cohesión en la solidaridad y el socorro colectivos. No es de recibo que una persona fallezca, por muy indigente que sea, tras ser supuestamente atendida en un gran centro hospitalario de Sevilla. Fallan los mecanismos sanitarios cuando el objetivo es el “ahorro” y no la salud, y falla la deontología profesional cuando adolece de falta de sensibilidad para prescribir un alta médica a una persona en deplorable estado físico, que a sus 23 años sólo pesa 30 kilos y presenta una severa desnutrición y deshidratación, y a la que, al parecer, no se sometió a todas las pruebas que hubieran bastado (una simple radiografía) para detectar la bronconeumonía que finalmente segó su vida. Era un inmigrante polaco que, tras pasar dos horas y media en urgencias, se decide no ingresar y se da de alta por “problemática social”, a las dos de la madrugada. Poco después, se le encuentra muerto, tumbado en los sillones del salón de un albergue donde había sido conducido por los servicios de emergencia municipales. Probablemente no había camas disponibles, ni medicamentos, ni pruebas diagnósticas, ni una familia angustiada que reclamara asistencia ni ningún interés por atender a una persona de la que nadie se responsabilizaba. Sin tarjeta sanitaria, sólo tendría derecho a ese “tratamiento” de urgencia que recibió en tan sorprendente poco tiempo, menos del que tarda cualquier análisis en el común de las situaciones. Representaba un mero trámite que había que solventar sin desperdiciar los escasos recursos disponibles, y se derivó a los servicios municipales encargados de estos asuntos. Pero no se trata de un caso aislado.
En Valencia, muere a causa de un proceso gripal, en febrero pasado, otra inmigrante boliviana, de 42 años, por falta de atención médica. La mujer tuvo que recorrer durante casi una semana por diversos centros de salud y hospitales valencianos sin que en ninguno de ellos le dispensaran la atención requerida. Tampoco disponía de tarjeta válida para la atención sanitaria porque no cotizaba, motivo suficiente para negarle una ambulancia, una cama de hospital y el tratamiento habitual para una simple gripe que, sin el conveniente tratamiento, se complicó y acabó con su vida. La peregrinación por uno de los sistemas sanitarios más avanzados de Occidente resultó inútil ante una simple afección, en principio benigna, que desajustaba nuestros presupuestos. Es otra víctima de los “recortes” que hacen “sostenible” nuestra sanidad, aquella que ahorra causando la muerte a los excluidos de la misma. Un suma y sigue de despropósitos y desgracias del que nadie protesta.
Médicos del Mundo ha denunciado el fallecimiento en abril de otro inmigrante, otro más, esta vez un senegalés que llevaba ocho años residiendo junto a nosotros. Padecía tuberculosis y se le negó atención médica repetidas veces en el Hospital de Inca, en Mallorca, donde había sido derivado por su centro de salud. Finalmente murió en su domicilio por razones que no aparecen en ninguna autopsia, en la que sólo se registran fallos orgánicos, no fallos en la sanidad. También carecía de tarjeta sanitaria, también carecía de recursos, también estaba en situación irregular, también estaba enfermo, también necesitaba ayuda y también lo abandonamos antes que “cargar” con los gastos de un sistema que vela antes por su “rentabilidad” que por la salud de los ciudadanos y usuarios. Como los descritos, hay cerca de 840.000 personas sin tarjetas sanitarias esperando en España que la “suerte” no los condene a precisar de una atención que saben les será negada. Son las víctimas que presagian la coyuntura que nos aguarda a la población en su conjunto cuando la finalidad de los servicios públicos no sea la prestación de unos derechos, sino la eficiencia económica que los haga atractivos a la iniciativa privada.
Lo grave es que no es un problema que afecte sólo a nuestro país, donde nos han atemorizados con una crisis que acabará desahuciándonos de todas las conquistas sociales conseguidas por las generaciones que nos precedieron, sino que es una estrategia global del pensamiento neoliberal que implanta su modelo económico en la Europa que resurgió de las guerras apoyándose en la justicia distributiva y en los mecanismos de solidaridad que dieron lugar al llamado Estado de Bienestar.
A las riberas de esa Europa, que cada vez se vuelve más injusta desde parámetros de justicia moral y social, llegan oleadas de inmigrantes a encontrar la muerte. Cuando no son pateras en el Estrecho de Gibraltar, son rudimentarias embarcaciones que vomitan cadáveres en las costas italianas tras naufragios espeluznantes, como el producido en Lampedusa hace pocos días, que arroja la cifra provisional de 200 ahogados. El cinismo que es capaz de mostrar un continente anestesiado queda patente al conceder la nacionalidad a los que ya no pueden disfrutar de ella mientras, simultáneamente, denuncia a los supervivientes por delitos de inmigración ilegal y clandestina, penados con fuertes sumas de dinero y la expulsión del país.
Este es el modelo de sociedad al que nos encaminamos, sin pulso, sin sensibilidad, sin alma. No hay que ser cristiano para compartir el bochorno que dice sentir el Papa católico. Porque ya no es cuestión de caridad, ni de fe ni de esperanza, sino que es cuestión de dignidad. La que se reconoce al ser humano para ser tratado como persona, no como mercancía. Sin embargo, los “ajustes” que estamos consintiendo nos contemplan como simples mercancías, susceptibles de generar beneficios. Si no, nos desechan, nos excluyen, como a los inmigrantes. Y seguimos callados, tolerando todos los atropellos que pisotean nuestra dignidad. ¿Hasta cuándo?
viernes, 4 de octubre de 2013
Octubre veleidoso
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Foto: Loli Martin |
jueves, 3 de octubre de 2013
Suave otoño de Sevilla
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Foto: Paseos por Sevilla |
miércoles, 2 de octubre de 2013
Nuevos Presupuestos, más pobreza
Las políticas, despojadas de la palabrería con la que suelen adornarse, resultan creíbles cuando se cuantifican en los Presupuestos Generales del Estado (PGE). Sólo entonces se convierten en hechos reales o acciones constatables y dejan de ser meras promesas intangibles o deseos improbables.
La reciente presentación en las Cortes del proyecto de ley de PGE para el año 2014, por parte del Gobierno de España, cuyo contenido
incide en los recortes para la disminución del déficit público, supone un jarro
de agua fría a las expectativas generadas sobre alguna probabilidad, aun
incipiente, de recuperación de la economía. A pesar de los datos, el Gobierno
publicita sus PGE como los de la recuperación después de superar la crisis económica de los
últimos años. Sin embargo, las cuentas gubernamentales no hacen más que
evidenciar, en líneas generales, el estancamiento económico de nuestro país y
el agravamiento de una pobreza que se extiende a cada vez mayores sectores de
la población. Porque con un estancamiento técnico de la actividad -se espera,
en el mejor de los casos, una leve expansión del 0,7 %-, todos los demás
indicadores atestiguan una tendencia negativa y, lo que es peor, anuncian un
escenario de parálisis que hará imposible la creación de empleo y ninguna
mejora de la situación financiera y económica.
Para empezar, la deuda pública remontará el año que viene hasta
cerca del 100 % del Producto Interior Bruto (99, 8 %), el porcentaje más
abultado en décadas. Es decir, el primer objetivo del Presupuesto resulta
fallido por cuanto se muestra incapaz de reducir el déficit. Por primera vez en
décadas, España deberá más dinero del que es capaz de generar en un año. Es
decir, será el Estado -y no las personas- el que vive por encima de sus
posibilidades. Y sin dinero no podrá financiar los servicios que presta. Ante
ello, los recortes siguen siendo la única receta que utiliza el Gobierno para
cuadrar inútilmente sus cuentas. Pero lo hace con eufemismos, intentando
ocultar la realidad de unas medidas que mantienen la austeridad.
Por ejemplo: para referirse a los recortes en las pensiones
-una de las prioridades que el Partido Popular prometía dejar al margen de los "ajustes", como
la sanidad y la educación-, la propaganda gubernamental
reitera hasta la saciedad que éstas tendrán asegurada una subida anual del 0,25
%. Es una falacia: en realidad, ello equivale a una disminución asegurada de su
poder adquisitivo cada año en función del diferencial que determine la
inflación. El propio Gobierno delata sus verdaderas intenciones al calcular que
el “ahorro” que espera conseguir en pensiones, hasta el año 2022, será de
33.000 millones de euros. Esto no supone una mentira más del Gobierno en
relación con sus promesas electorales, sino un tijeretazo descomunal –certificado
en los PGE- que empobrecerá de manera dramática a los actuales y futuros
pensionistas. Un recorte que se suma a los ya acometidos por el Ejecutivo de
Mariano Rajoy, obsesionado con la corrección del déficit vía reducción del
gasto y despreciando medidas anticíclicas que activen la economía y aumenten
los ingresos, como aconseja hasta el Fondo Monetario Internacional cuando se
deja llevar por los remordimientos.
Es cierto que hay que actuar contra una crisis financiera
que nos ha situado en recesión económica profunda y mantenida en el tiempo.
Pero tales medidas no pueden descansar sólo en hacer soportar a los ciudadanos
las consecuencias de la misma. Ni los trabajadores del sector privado –los más
perjudicados al engrosar cotas de desempleo históricas-, ni los funcionarios
públicos, ni los pacientes de la sanidad, ni los estudiantes de cualquier nivel
de la educación, ni las personas dependientes, ni por supuesto la cultura, la
investigación científica o los necesitados de tratamientos farmacológicos, ni
tampoco ahora los pensionistas son culpables de la situación económica. Ellos
ni las inversiones que requieren hacen insostenible la arquitectura del Estado
de Bienestar con el que se hacía frente a sus necesidades y se socorría su
situación.
En lugar de proteger a los damnificados por la crisis, se ha
optado por “rescatar” a los causantes de la misma. Lo que el Gobierno espera “ahorrar”
en pensiones es la misma cantidad que lleva entregada a los bancos para sanear
sus balances e incentivar una financiación de la economía que estos no
acaban de ofertar ni a las pequeñas y mediadas empresas ni a los particulares.
Las enormes facilidades cedidas a empresas y patronos con la “reforma” laboral sólo
han servido para abaratar el coste del trabajo, no para crear empleo. El potencial
de crecimiento de la economía, previsto en los PGE en el 0,7 %, será
insuficiente para la creación neta de empleo, por lo que mantendrá desgraciadamente
el paro en cifras superiores al 25 %. Las
subidas de impuestos que excepcionalmente el Gobierno conservador ha impulsado
(IRPF, IVA, etc.) castigan especialmente a los particulares y conceden
beneficios fiscales a empresas y grandes fortunas, opacas al fisco o con “atajos”
legales para eludir la tributación. No se adoptan medidas para políticas
activas de empleo ni de inversión que contrarresten la atonía económica. Antes
al contrario, se opta por castigar el consumo y empobrecer a los ciudadanos,
recortando o eliminando cuántas ayudas pudieran servir de estímulo.
Pendiente sólo de valores contables, es posible que al
final de demasiado tiempo (llevamos ya cinco años de crisis y nos aguardan
otros tantos para alcanzar tasas de crecimiento suficientes para crear empleo) se
consiga “cuadrar” las cuentas de nuestra economía, pero será al precio de haber
condenado al empobrecimiento y llevados hasta la desesperación a millones de
españoles, que se han dejado en la orilla de una sociedad atenta sólo del bolsillo. Los mezquinos, como los califica Paul Krugman, ganarán más dinero
gracias al aumento de la desigualdad. Y estos PGE van en esa dirección: a favor
de los mezquinos para crear más pobreza.
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