miércoles, 10 de febrero de 2016

400 años de Cervantes

España desaprovecha ocasiones, o las aprovecha tarde, para presumir de un pasado en el que, con más estrecheces e incluso bajo amenazas vitales, la cultura ha podido resplandecer con sorprendente brillantez y mejor predicamento que en la actualidad. No es que la creación artística y cultural precise de las dificultades para germinar y desarrollarse, sino que la abundancia y la riqueza hacen superfluo el interés por cultivar el espíritu y satisfacer inquietudes no mediadas por un consumismo materialista. Una coyuntura caracterizada por la austeridad, que grava con impuestos la cultura como si fuera lujo, y un gobierno en funciones, pendiente de definición y establecer prioridades, brindan la escusa perfecta para la indolencia oficial ante una efemérides que en otros lares envidian y quien corresponde celebrarla lo hace tarde y a empujones. Tras la polémica por la inexplicable tardanza en dar a conocer su trabajo, ha sido ayer, a sólo dos meses de cumplirse 400 años del fallecimiento, un 22 de abril de 1616, de Miguel de Cervantes, gloria universal de la lengua española, cuando la Comisión Nacional constituida al efecto ha presentado por fin el programa oficial de actos con los que se pretende conmemorar tal acontecimiento.

Ha costado trabajo llegar a este punto por el secretismo en la preparación de las iniciativas que debían conformar dicho programa, hasta el extremo de despertar la alarma y desatar los nervios en los responsables de algunas de las instituciones más directamente vinculadas al proyecto. No hace mucho, el director de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), Darío Villanueva, advertía de que “el tiempo empieza a correr y la conmemoración del Estado no se conoce”. Su homólogo del Instituto Cervantes, entidad constituida para promover el estudio del español en el mundo, Víctor de la Concha, también deploraba en octubre pasado el retraso de los trabajos de la Comisión. Causaba perplejidad que los ingleses, que también celebran el cuarto centenario del fallecimiento de William Skakespeare, ya hubieran publicado un artículo a nivel mundial, de la mano de su primer ministro, David Cameron, para anunciar los fastos con los que piensan conmemorar durante todo este año a su autor igualmente universal. España perdía la oportunidad de liderar las iniciativas que han de marcar un año de especial relevancia en la literatura universal y de enorme trascendencia en el ámbito cultural español.

Ayer se supo que el año cervantino arrancará en marzo con la inauguración de la exposición Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616 – 2016), que se organizará en la Biblioteca Nacional y mostrará un conjunto de piezas relacionadas con la vida y obra del escritor procedentes, en su mayor parte, de los fondos de la propia Biblioteca, a los que se suman otros cedidos por el Ayuntamiento de Alcalá de Henares (ciudad natal de Cervantes) y de los archivos de Simancas, Universidad de Sevilla y General de Indias, también de Sevilla. Aunque el peso de la conmemoración descansará en las exposiciones, organizadas por los distintos organismos y entidades que colaboran en la celebración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, aclaró que el programa recién presentado “está abierto a las propuestas” que se seguirán recibiendo y que prolongarán estas celebraciones hasta junio de 2017.

En un país en que los índices de lectura son preocupantes y delatan nuestras preferencias, desaprovechar esta efemérides para fomentar este hábito entre los jóvenes, mediante iniciativas culturales encaminadas a divulgar el conocimiento y la obra de este autor en la comunidad educativa, parece un sinsentido, por mucho que se empeñe el Gobierno en resaltar la participación y la inversión privada en el evento, a la que se le ofrece desgravar con un 90 por ciento sus aportaciones en la colaboración y realización de las actividades de este cuarto centenario. Aunque es verdad que la conmemoración contempla exposiciones relativas al Siglo de Oro en el Museo del Prado, realización de espectáculos teatrales, la creación de un ballet por la Compañía Nacional de Danza, la grabación de varias series por Radiotelevisión Española, y hasta la puesta en marcha de una página web sobre la efemérides, entre otras iniciativas, la mayor parte de los actos están subordinados a la voluntad de cada organización o institución participante, cuya autonomía de colaboración se respeta. Es decir, aparte de acciones propagandísticas, que encima cuentan con importantes bonificaciones fiscales, con que se autopublicitarán estos organismos e instituciones al albur de los 400 años de Cervantes, poco queda que sirva en realidad par que los españoles valoren la importancia capital de Miguel de Cervantes en la cultura hispana y en la literatura universal, y se sientan atraídos por conocerlo y leerlo.

Por ello es de destacar que, al margen de los fastos y de la indolencia oficial, surjan iniciativas realmente enfocadas a la divulgación de la obra de Cervantes, como la edición del Instituto Cervantes, el año pasado, de Don Quijote de la Mancha, dirigida por Francisco Rico y publicada por la editorial Espasa, con el patrocinio de la caja de ahorros La Caixa. Y la traducción al castellano actual que hace Andrés Trapiello de la misma obra, en ediciones Destino, con prólogo de Mario Vargas Llosa, con la noble intención de hacer que el Quijote vuelva a ser esa novela “clara” en la que nada es ininteligible y para que los niños la manoseen, los mozos la lean, los hombres la entiendan y los viejos la celebren. Estas dos iniciativas resultan, en sí mismas, más eficaces para dar a conocer a Cervantes que todos los actos ideados por la Comisión gubernamental.

Lienzo de Babel también aportará su insignificante contribución a la conmemoración del IV Centenario del fallecimiento de Miguel de Cervantes con la inserción de un lema en la página durante todo el año 2016. Si con ello conseguimos que, al menos, un lector del blog caiga en la tentación de leer alguna obra de Cervantes, nos daremos por satisfechos.