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domingo, 31 de mayo de 2020

Habermas, un pensador comprometido


Empecé oír hablar de Jürgen Habermas muy tarde en mi vida, rebasada la cincuentena, cuando me dispuse a estudiar una segunda carrera. Y si lo había oído, no le presté demasiada atención por estar ocupado con objetos volantes no identificados, por estar en babia. Pero durante una asignatura sobre comunicación, en la que citaron a este autor de la “teoría de la razón comunicativa”, ubicándolo entre los filósofos contemporáneos más influyentes de la “Escuela de Fráncfort”, junto a Theodor W. Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, su pensamiento atrajo de inmediato mi interés. Aquellos investigadores alemanes que aunaban filosofía y sociología, partiendo de las ideas de Hegel, Marx y Freud, no se limitaban exclusivamente a elaborar aporías con finalidad académica, destinadas a alumnos de sus cátedras universitarias, sino que conjugaban la elucubración filosófica, en especial su concepto de razón, con el análisis crítico de la sociedad moderna para elaborar teorías de carácter práctico, basándose, entre otras cosas, en el lenguaje, que es el medio que posibilita la interactuación en sociedad a la hora de ponerse de acuerdo en sus intereses enfrentados y alcanzar consensos sobre la mejor forma de vida en común.

Aquella asignatura me reveló a un teórico que creía en el poder de la comunicación y en su radical importancia en toda sociedad democrática, en la que los ciudadanos, si no quieren que la democracia sea un mero decorado, han de participar en la vida pública, aportar sus puntos de vista y abrir debates acerca de los asuntos que les preocupan o interesan para, en conjunto, acordar, argumentativamente y sin restricción, el modelo de vida o convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.   

Habermas emergió ante mí como un filósofo de la modernidad que, además, actuaba como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban. De hecho, en alguna ocasión ha reconocido que “es la irritabilidad lo que convierte a un sabio en intelectual”. Esa irritabilidad del pensador que no está encerrado en la burbuja de cristal de su objeto de estudio, sino que sigue con atención los acontecimientos que le han tocado vivir hasta convertirse en un influyente intelectual público que asume el compromiso político inherente a tal actitud, en especial su identificación inequívoca con la democracia, de la que afirma que es una forma de vida indisociable de la sociedad libre y de la mayoría de edad de sus miembros. Pero también advierte de la democracia que practica una “política de hechos consumados, en la que el poder del pueblo se limita a asentir decisiones ya tomadas y que trata a los “ciudadanos como si fuera una masa de menores de edad, para que en cuestiones de destino político se decida todo para el pueblo, pero sin el pueblo.” Habermas, pues, no rehúye de la necesaria función de vigilancia que tiene la crítica política y que debiera ser consustancial a todo aquel que se dedica al oficio de pensar.

Es por eso que la labor filosófica de Habermas se ha centrado en determinar las condiciones en las que tanto los problemas morales como los políticos pueden ser dilucidados de forma racional. Y de ahí, también, que el amplio abanico de sus intereses abarque el estudio del sujeto, la racionalidad -que considera dialógica, no fundamentalista-, la dialéctica, los regímenes políticos, la modernidad y la democracia, como hemos visto, entre otros. En Jürgen Habermas se entrelaza, sellado por el compromiso, la labor del filósofo y teórico social con la del intelectual público, desarrolladas ambas de manera tan brillantes y profundas como clarificadoras y atractivas.

Todos esos estudios filosóficos y de ciencia social lo llevan a elaborar una teoría crítica de la sociedad, que articula a través de la complejidad de la “racionalidad comunicativa”, al entender que el mundo que nos rodea sólo puede ser conocido -interpretado- por patrones culturales y sobre todo lingüísticos. Que la realidad sólo existe mediada por el lenguaje. Entre otros motivos, porque la mente y el razonamiento descansan en el lenguaje, es decir, los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Lo característico del ser humano es esa racionalidad manifestada a través del lenguaje. Gracias al lenguaje podemos comunicarnos, pero toda comunicación que pretenda orientarse hacia el entendimiento precisa cuatro convicciones o condiciones que den validez al habla: inteligibilidad, verdad, rectitud y veracidad, de lo contrario la comunicación sería parasitaria, engañosa, manipuladora. Cuando no se trata de dominar al otro como si fuera un objeto, sino de comunicar e interactuar con él, de comprenderlo, entonces hacemos uso de una racionalidad comunicativa. Tal es la materia de la “Teoría de Acción Comunicativa” de Jürgen Habermas, es decir, una teoría de la sociedad basada en una teoría del lenguaje y en el análisis de las estructuras generales de la acción, que sigue siendo de actualidad porque sirve para entender las bases de una cultura política democrática y deliberativa.

No se trata, por tanto, de cuestiones que nos puedan parecer ajenas o que no nos incumben. Tal vez, sea hoy, precisamente, en que vivimos inmersos en una sociedad confundida y guiada gracias a una saturación de mensajes e informaciones bombardeados por los medios de comunicación y las redes sociales, con la intención de controlar y homogeneizar nuestras ideas, opiniones y conductas, cuando resultan pertinentes las reflexiones de Habermas sobre el poder de la comunicación y la influencia del lenguaje en la acción humana. Tan pertinentes como su empeño por ofrecer claridad a conceptos, contextos y discursos con los que construimos nuestra realidad o damos forma a nuestro modelo de vida en sociedad. Sin embargo, la crítica social de Habermas no persigue la recuperación de un idealizado mundo desaparecido, sino sacar a la luz las contradicciones de la sociedad existente para obtener de ellas los puntos de partida para modificarla, puesto que toda sociedad tiende siempre a transformarse. También hoy es necesaria esa transformación para mejorar nuestra sociedad de tal forma que ofrezca “referencias para superar el sufrimiento y la desdicha que resultan de las estructuras de los contextos vitales sociales”. De ahí la vigencia del pensamiento de un filósofo tan conspicuo y comprometido como Jürgen Habermas, etiquetado muchas veces como “el paladín de la modernidad” o “el maestro de la comunicación”. A mi me gusta más la de pensador comprometido con los problemas reales de su tiempo. Y para comprobarlo, sólo basta leer el soberbio libro de Stefan Müller-Doohm, Jürgen Habermas, una biografía, que recomiendo encarecidamente. O cualquiera de las obras más importantes del filósofo y sociólogo más conocido de la “Escuela de Fráncfort”.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Por qué soy de izquierdas


Es fácil responder recurriendo al chiste: porque soy pobre, hijo de una familia humilde. Pero, dejando aparte las condiciones de origen, soy de izquierdas por convicción, por considerarlo lo más justo para todos, no sólo para mí. Por ello, aunque fuera rico, seguiría siendo de izquierdas y contribuyendo a la materialización de su ideario. Pero no milito en ningún partido político, aunque mi voto siempre apoye a las formaciones de izquierdas, obedeciendo antes a una actitud pragmática que fundamentalista. Sin embargo, soy fiel a la ideología más que a unas siglas. Una especie de librepensador, como me calificó un amigo. Si alguna vez me he sentido defraudado por el partido al que voto, lo castigo votando a otro partido de izquierdas. Por simple coherencia. No concibo un trabajador de derechas, ¡y mira que los hay! Me parece una contradicción.

Tan contradictorio como un burgués de izquierdas. Resulta “lógico” que un burgués, un acaudalado de las clases privilegiadas, se identifique con la derecha o con el liberalismo económico. Es decir, con ideas y políticas que defienden su clase social y su concepto de sociedad y modelo económico, puesto que su mayor preocupación estriba en conservar su riqueza y privilegios. Es lo que le permite disfrutar de una educación privada, una sanidad privada y un ambiente social diferenciado y exclusivista. Y está en su derecho, mientras pueda costeárselos de su bolsillo. Su desahogada posición se la ha ganado con el sudor de su frente o la ha heredado. Los desfavorecidos no han tenido tanta suerte ni las condiciones para acceder a ella. Estos condicionantes de nuestros respectivos nichos sociales son los que nos obligan a ser consecuentes y coherentes con la ideología que vela por nuestros respectivos intereses.

La derecha aboga constantemente por bajar impuestos y reducir todo gasto social. procura la precarización laboral y la privatización de los servicios públicos. Detesta que con su dinero se construya un Estado del Bienestar que sólo beneficia a los desafortunados, a quienes dependen del trabajo por cuenta ajena y de salarios que apenas cubren sus necesidades básicas, incluso a los que ni siquiera pueden aportar recursos a la riqueza nacional. Por ello es reacia a pagar impuestos y, más aún, a la progresividad de una política fiscal que le obliga pagar más que los que menos tienen. Una sociedad “solidaria”, que mira por todos, no es su objetivo -le parece un modelo injusto y contrario a sus intereses-, sino aquella neoliberal que declara el predominio del individuo y su suprema libertad, aun cuando perjudique el bien común. Por eso, el pensamiento de derecha se basa en el individualismo, de igual modo que el eje del liberalismo es el yo.

La libertad de mercado y el neoliberalismo económico crean desigualdad, inestabilidad y pobreza. Tratan a todos como agentes iguales, tanto compradores como vendedores, con los mismos derechos para enriquecerse o empobrecerse, sin valorar si todos disponen de las mismas oportunidades. La ley de la oferta y la demanda, en mercados poco regulados, representa una oportunidad para el que dispone de recursos para invertir y especular. Pero el trabajador sólo puede vender su propio trabajo, sobre el que pivota su desarrollo como persona y miembro de la colectividad, dotándole de significados y propósitos vitales. La “igualdad” y la libertad de mercado le niegan derechos, libertad y autonomía para el control, la estabilidad y el sentido de su único patrimonio: su trabajo. Su seguridad, la satisfacción de sus necesidades más apremiantes, descansa en la cooperación y la solidaridad de toda la sociedad en su conjunto. Más que individualista, es gregario por necesidad porque precisa de servicios públicos que sustenten la educación, la salud, la justicia, la vejez y hasta el transporte (subvencionado) urbano. De ahí que la izquierda se declare socialista* o colectivista, en su más noble significado, desde los tiempos de los babeuvianos, por su afán en defender la verdadera igualdad (de oportunidades y derechos), la libertad (emancipadora de la opresión) y la solidaridad (entre toda la comunidad). Viene de antiguo, de los viejos utopistas (Moro, Campanella, Owen, etc.) que soñaron un mundo mejor en el que poder llevar una vida digna de ser vivida. Y de la razón, de la que emerge la acción política que persigue tales objetivos “utópicos” de transformación social.

Tras casi dos siglos de pensamiento socialista, jamás satisfecho por mucho que el humanismo y la ilustración hayan guiado sus pasos, persisten los problemas, aparecen nuevos retos y las metas se mantienen en el horizonte de lo inalcanzable. Por cada respuesta, surgen nuevas preguntas a los problemas de nuestro tiempo que el socialismo no acaba de atender. Lacras de desigualdad, opresión y pobreza que siguen sin eliminarse y vuelven a constituir desafíos al bienestar común, presentándose en la actualidad como los Objetivos del Milenio de la ONU. De hecho, en las últimas décadas, la desigualdad, la precariedad y la pérdida de derechos han aumentados en nuestro país y otras democracias de nuestro entorno de manera inimaginable. Hemos asistido impávidos a crisis económicas que se han hecho recaer impúdicamente sobre los hombros de los trabajadores y los desfavorecidos, generando miseria, paro y desigualdad, mientras los ricos aprovechaban para hacerse más ricos con cada estornudo cíclico del capitalismo

Por todos estos motivos, los intereses de los trabajadores y de los acaudalados o detentadores del capital son diferentes, son opuestos. Unos defienden su individualismo egoísta y autosuficiente, mientras que otros buscan la solidaridad en el reparto de cargas y riqueza entre todos. Unos buscan salvarse solos, otros salvarse todos. Y yo, como trabajador, prefiero pagar impuestos y disfrutar de servicios públicos. Y de un Estado que corrija los desajustes del mercado y regule su funcionamiento para evitar la explotación, la desigualdad y la pobreza de los más débiles. Aunque ello me condene, como a Marx, al sexto círculo del Infierno de la Divina Comedia, donde Dante alojaba a los herejes, a los seguidores de Epicuro y a los ateos. Mejor compañía, imposible.

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Nota*: Socialismo, historia y utopía, de L.F. Medina Sierra. Ediciones Akal, Madrid, 2019.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Desgarraduras


Tanto la Historia -el hombre sujeto al tiempo- como la vida -cuya más sólida invención es la muerte- comparten una franca decadencia. Es algo que se percibe cuando se asiste a progresos que se basan en la eliminación de lo conquistado y a una vejez -el castigo por haber vivido-, cuya meta es la nada absoluta. Es decir, cuando se descubre la inanidad de lo que se persigue y la inutilidad de todo progreso. Es la síntesis de una obra de Emil M. Cioran (1911-1995)*, de la que extraigo las siguientes píldoras:

La mayor proeza de mi vida es la de seguir aún con vida.

Dichosos los que ignoran que madurar es asistir al agravamiento de sus incoherencias y que ese es el único progreso del que debería estar permitido vanagloriarse.

Quien desea instalarse en una realidad u optar por un credo sin llegar a conseguirlo, se dedica por venganza a ridiculizar a quienes lo logran espontáneamente.

Las sectas permiten que el ciudadano dé libre curso a su locura.

Estamos resentidos, sobre todo, con los animales. Puesto que nos está prohibido el encanto de la existencia irreflexiva, de la existencia como tal, no podemos tolerar que otros gocen de él.

La muerte es un estado de perfección, el único al alcance de un mortal.

Existir es un fenómeno colosal… que no tiene ningún sentido.

Cualquier acto de valor es obra de un desequilibrado. Los animales, normales por definición, siempre son cobardes, excepto cuando se saben más fuertes, lo cual es una pura cobardía.

El paso del tiempo, la emergencia y el desvanecimiento de cada instante, la interminable descomposición del presente.

El verdadero escritor escribe sobre los seres, las cosas y los acontecimientos, no escribe sobre el escribir, utiliza palabras pero no se detiene en las palabras.

Lo que escribimos no da sino una imagen incompleta de lo que somos, debido a que las palabras sólo surgen y se animan cuando estamos en lo más elevado y en lo más bajo de nosotros mismos.

Mi misión consiste en matar el tiempo y la de éste es matarme a mí. Entre asesinos nos llevamos de perlas.

No perder nunca de vista que la plebe lloró a Nerón. Deberíamos recordar esto cada vez que nos veamos tentados por alguna quimera.

Es necesariamente vulgar todo aquello que está exento de un ligero toque fúnebre.

La amistad es un pacto, una convención. Dos seres se comprometen tácitamente a no airear nunca lo que, en el fondo, cada uno piensa del otro. Ninguna amistad soporta una dosis exagerada de franqueza.

Cada individuo que desaparece (muere) arrastra el universo tras de sí. Nuestra conciencia es la sola y la única realidad.
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*Desgarradura, de E. M. Cioran. Editorial Austral/Tusquets.

martes, 27 de agosto de 2019

Ni hispanofobia ni imperiofilia: historia


En los últimos tiempos, como si de una moda se tratase, se han publicado varios ensayos acerca de la historia de España o, más concretamente, sobre algunos aspectos del largo liderazgo hispánico en el mundo y, en consecuencia, del papel que España ha representado para la civilización occidental. No es de extrañar esta súbita curiosidad sobre una parte destacada de nuestra historia dado que, durante siglos, el imperio español dominó gran parte de Europa, América y el Pacífico, dejando un legado cultural, religioso y social que perdura hasta la actualidad, pero que provocó también la animadversión de las naciones con las que se enfrentaba y le disputaban su hegemonía, especialmente las del ámbito protestante o, en expresión del diplomático Martínez Montes, las del eje “nord-atlántico”.

Un debate libresco que arrancó con la inusitada acogida del primer libro publicado, Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea, investigadora del CSIC, que se convirtió enseguida en un auténtico “best seller”, algo sorprendente en obras de carácter histórico. Su tesis era la que delataba el título: que el relato negativo de la historia de España se basa en ideas o sentimientos nacidos de una propaganda eficazmente difundida desde el ámbito protestante, históricamente enfrentado al español, cabeza del mundo católico. Así surgiría la hispanofobia, que la autora define como una variedad del racismo que niega al mundo hispano no sólo sus hitos históricos, como el descubrimiento de América, subrayando sus excesos militares y las atrocidades de los conquistadores, o la envergadura de la monarquía hispánica, que gobernaba vastos territorios de Europa, América y Asia, tejiendo así los primeros mimbres de lo que hoy es la globalización, sino también toda manifestación cultural o científica nacida en el ámbito de la lengua española. De este modo, la Inquisición y las barbaridades americanas constituyen los pilares sobre los que se sustenta una “leyenda negra” y las deformaciones históricas que alimentan la hispanofobia. Una propaganda que, por su persistencia, también ha colado en España y entre los restos de su antiguo imperio, cuando con la Ilustración una parte de las élites españolas confunde modernidad y rechazo de lo propio. Incluso utiliza sus tópicos como justificación de los fracasos y la postración nacional a consecuencia del derrumbamiento de la época imperial y la pérdida de las colonias ultramarinas. La investigadora Roca Barea busca demostrar que esa leyenda negra es fruto de una reacción fóbica que también provocan otros imperios, como los de Roma, Rusia o Estados Unidos, los cuales soportaron “propagandas antiimperiales que fabrican imágenes arquetípicas con el fin de perjudicar a las naciones a las que se teme”. Es lo que ella denomina imperiofobia, un peculiar prejuicio racial que no va de un pueblo poderoso contra otro más débil, sino al revés, y que cuenta con una incomprensible inmunidad intelectual.

El éxito editorial de la obra de Roca Barea genera, como cabía esperar, la contestación de otros estudiosos que creen advertir que, detrás la supuesta incorrección política e histórica contenida en sus páginas, se esconde un espurio ejercicio de blanqueamiento y manipulación ideológica: es decir, un claro ejemplo de populismo intelectual reaccionario. Es lo que intenta demostrar José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía y ensayista en el ámbito de la historia de las ideas políticas, con su respuesta en Imperiofilia y el populismo nacional-católico, donde expone ideas alternativas que contradicen la tesis de Roca Barea acerca de que la imperiofobia es un complejo racista y una obsesión esencialmente hispanofóbica. Para ello, cuestiona que el enemigo real de España, el verdadero forjador de la leyenda negra, sea Alemania, el mundo protestante o, en realidad, el protestantismo, haciendo hincapié en que no existe “ni un solo texto -que él haya podido leer- de Calvino ni de Lutero contra España como país o nación” (…) y que toda “la hostilidad y la amistad se dirige a actores concretos y sobre todo a los dirigentes. Nunca a los países”. Y se lanza a desmontar la estructura conceptual, poco rigurosa y científica, sobre la que, a juicio de Villacañas, se basa Roca Barea para construir su teoría de los imperios, sin abordar las realidades políticas e históricas de los mismos, haciendo un revisionismo histórico que le permite aseverar que los hechos de la Inquisición y el genocidio americano son, según ella, expresiones de la hispanofobia luterana. Aunque el autor de Imperiofilia se detiene en consideraciones históricas sobre la Inquisición, cuya fundación y la estabilización del poder de Fernando el Católico las considera parte de un mismo programa político, y sobre el genocidio inicial cometido en América, resultante de la enfermedad, la conquista, la explotación y el choque de civilizaciones, realidades manipuladas por la leyenda negra, Villacañas concluye que, en realidad, la productividad de la leyenda negra no fue más allá del siglo XVII, a pesar de que perduren opiniones más o menos negativas sobre España. Prejuicios que a veces se comparten para ignorar lo que pasó en realidad, debido a una cierta desidia intelectual, y no dotarse de criterios para juzgar el pasado y analizar el presente.

El tercer libro “de moda” no surge de esta polémica, sino en respuesta a la marginación que se hace de España en un ensayo del historiador del arte, humanista y publicista británico Kenneth Clark (1903-1983), titulado Civilización (Civilisation. A personal View), y en la serie homónima producida por la BBC en 1969, no reconociendo ninguna contribución histórica de España ni del mundo hispanohablante a la civilización occidental. Se trata de España, una historia global, escrito por el diplomático, escritor y ensayista Luis Francisco Martínez Montes, con el propósito de denostar los infundios de la narración “nord-atlántico” de la historia cultural de las civilizaciones y que establece una visión del mundo según la cual el eje de la moderna historia occidental -e incluso de la historia mundial- sigue una línea que conecta la costa noreste de Estados Unidos, Londres, París y Berlín, al sur de la cual nada de lo acaecido cuenta en términos de civilización. También le sirve para demostrar que España y el mundo hispánico son parte integral y consustancial de Occidente y de ninguna forma ajenos al mismo. Por el contrario, que su excepcional trayectoria histórica, caracterizada por su capacidad para absorber, mezclar y transformar culturas diversas, representa una versión original y enriquecida de Occidente.  Tras un repaso por esa trayectoria, que hizo de España, entre finales del siglo XV y principios del XIX, una de las mayores y más complejas construcciones políticas jamás conocidas en la historia, el autor trae en su apoyo el magistral Estudio de la Historia de Arnold J. Toynbee, donde se reconoce que los pioneros ibéricos (España y Portugal) “expandieron el horizonte y por tanto, potencialmente, el dominio de la Cristiandad Occidental hasta que terminó abrazando a todas las tierras habitables y mares navegables del globo” y que “ gracias en primera instancia a esa energía ibérica, Occidente ha crecido hasta convertirse en la Gran Sociedad, un árbol en cuyas ramas todas las naciones de la Tierra han encontrado acomodo”.

Tras conducirnos de manera amena por ese recorrido de lo que ha sido España a lo largo de la historia, desde los íberos, celtíberos, romanos y visigodos, pasando por la presencia musulmana, judía y cristiana de la España de las tres culturas, hasta llegar a los tiempos de los exploradores, conquistadores, amerindios y mestizos de América, Martínez Montes llega a la conclusión de que el papel de España en la historia de la civilización ha sido el de ser un punto de encuentro y una plataforma de lanzamiento de pueblos y culturas, no sólo de forma pasiva, sino extraordinariamente creativa.  Y que esa capacidad para absorber, no sólo intelectualmente sino vitalmente, creativamente, nuevos elementos en su propio ser y para ampliar, además de su campo de visión, también su propia esencia, constituye la marca característica del Mundo Hispánico y su principal contribución a la historia de la civilización. Y por ello invita a sus lectores a no olvidar nuestros orígenes y a recuperar, estudiar y revivir nuestra historia, en toda su plenitud y en todas sus dimensiones -amerindia, europea, africana, oceánica, asiática o, con más frecuencia, mezclada-, no sólo para permanecer anclados en el pasado, sino para aprender del mismo y situar ese conocimiento en el cauce siempre creciente y cambiante de nuestra común experiencia humana, y compartirlo. En definitiva, que estudiemos la historia para conocernos y evitar que nos manipulen.
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María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra. Ediciones Siruela, Madrid, 2017.
José Luis Villacañas, Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Editorial Lengua de Trapo, Madrid, 2019.
Luis francisco Martínez montes, España, una historia global. Biblioteca diplomática española, Madrid, 2018.

lunes, 19 de agosto de 2019

Cuentos de Pessoa


Fernando Pessoa (Lisboa 1888-1935) es un escritor portugués conocido por ser autor de una obra plural, desconcertante, heterodoxa y en extremo original, en la que destaca la singularidad de sus heterónimos, personajes ficticios en los que desdobla su fértil imaginación para crear otros “yo” a los que atribuye la autoría de gran parte de su producción literaria, especialmente Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, con quienes ejercita el “poder de despersonalización dramática” (Caeiro), la “disciplina mental” (Reis) y “toda la emoción que no debo ni a mí mismo ni a mi vida” (de Campos).  Cultivó la poesía, siendo uno de los poetas más celebrados en vida, el ensayo literario y estético, el teatro, la fábula y la novela, aunque nunca completó alguna. También escribió una amplia gama de textos autobiográficos, entre cartas y escritos íntimos, de pensamiento político, de filosofía, de teología y esoterismo, además de artículos sobre el comercio y la educación y hasta sobre las relaciones con los demás y consigo mismo, todo lo cual permite valorar la enorme complejidad de un atormentado y hermético escritor sin duda paradójico, pero extremadamente lúcido. Junto a Camoens, es el escritor portugués más conocido dentro y fuera de su país, aunque la totalidad de su obra no haya sido completamente publicada y aun depare previsibles sorpresas literarias.

El libro del desasosiego (Livro do Desassossego), la principal y más reconocida obra de Pessoa, es universalmente admitida como un clásico de la literatura del siglo XX. Firmada con el heterónimo de Bernardo Soares, de quien dijo su autor “soy yo menos el raciocinio y la afectividad”, es una acumulación de fragmentos que participan del diario íntimo, el ensayo, el poema en prosa e, incluso, de lo narrativo y lo descriptivo, un proyecto al que el autor nunca llegó a dar forma definitiva, aunque sí título. Trata sobre la desolación y la imposibilidad de hallar un sentido a la vida, tan fragmentaria y abúlica como la propia personalidad del autor y su imposibilidad para escribir, dado su estado de “abulia absoluta”, con la atención y la dedicación necesarias. Es por ello que "acabar" el libro -si se puede considerar así- le ocupó la mayor parte de su vida, desde 1912 hasta casi el mismo año de su muerte. No obstante, se ha convertido en un hito capital no sólo de la literatura portuguesa, sino de la cultura de nuestro tiempo.

Pero son los cuentos pessoanos los que brindan una oportunidad de descubrir el vasto y paradójico universo narrativo del escritor lusitano. Relatos alejados de la temática y estructuras habituales para presentar situaciones, diálogos y enigmas indescriptibles, en los que no es raro leer afirmaciones filosóficas, consejos morales y hasta experiencias de iniciación esotérica. En ellos se pueden hallar “perlas” de tal enjundia: “Hay fanáticos y creyentes tanto en la creencia como en la descreencia” (Memorias de un ladrón), “La humanidad es una enfermedad de la naturaleza” (En un bar de Londres), “Estamos a la misma distancia infinita de la verdad que de la felicidad” (El eremita de Serra Negra) o “Para mí, los viajes y el sueño de esos viajes no son dos, sino una misma cosa” (La perversión en lontananza).

Las doce narraciones breves recopiladas en el delicioso librito El mendigo y otros cuentos (Editorial Acantilado, Barcelona 2019) permiten vislumbrar la personalidad plural de Pessoa y algunos de los asuntos que le preocupan u ocupan. De hecho, la ficción le sirve a Pessoa para abordar el aspecto filosófico, científico o metafísico de cuestiones de su interés, a veces mediante el intercambio de ideas o el diálogo entre dos personas, una que enseña y otra que aprende, como especie de fluido mental sin acción. También, incluso, para narrar valores morales paradójicos, como la defensa del robo como una bella arte o el asesinato como modo de estar en paz con la Iglesia y la conciencia por parte de una mujer que se rebela a un destino predestinado, escrito con voz femenina.

Todos los cuentos de este libro, entre los muchos que escribió Fernando Pessoa desperdigados en manuscritos y fragmentos, a veces como simples textos incipientes o en función de proyectos inconclusos, traslucen las diversas personalidades literarias del autor y rasgos de su proceso de creación, que continuamente transita de una personalidad a otra y de un proyecto a otro, como señala en la Nota Introductoria Ana María Freitas, responsable de la edición de esta primera recopilación en español. Sin duda, una oportunidad para conocer la faceta cuentista del escritor lisboeta.

jueves, 1 de agosto de 2019

El error de América


Américo Vespucio, que legó su nombre al Nuevo Mundo, no participó en su descubrimiento, pero reconoció la existencia de unas tierras nuevas y fue el primero en describirlas y darlas a conocer en Europa. Cuando se conmemora la efemérides de Magallanes y Elcano de dar la primera vuelta al mundo en barco, no está de más conocer las circunstancias, casualidades y malentendidos que explican el extraño error de bautizar al Mundus Nuvus como América y no Colombia, en honor a Cristóbal Colón, su descubridor, como hubiera sido lo lógico. Un librito de Stefan Zweig, Américo Vespucio, relato de un error histórico*, aclara los hechos y comprueba que quien los narra o los explica puede resultar más importante para la posteridad que quien los llevó a cabo.

*Stefan Zweig, Américo Vespucio. Relato de un error histórico. Editorial Acantilado. Barcelona, 2019.

viernes, 7 de junio de 2019

Acarus eruditus


Que los libros tienen enemigos, no lo niega nadie. Ya William Blades*, impresor y bibliófilo británico, elaboró un compendio curioso y divertido, a mediados del siglo XIX, de las amenazas que se ciernen sobre ese objeto cultural, especialmente desde que gracias al papel y la imprenta se hizo común más allá de los monasterios y los palacios. Aparte de los peligros naturales, como el agua, el fuego, el polvo o los insectos y los hongos, el concienzudo bibliomaniático inglés enumera otras amenazas tan dañinas, aunque menos tangibles, que las anteriores, como la ignorancia y el fanatismo.

Y es que lo más devastador para el libro es el que, ignaro de su valor metafísico, lo utiliza como combustible para la chimenea o de papel higiénico, así como quien lo destruye o censura para impedir que nadie acceda a su lectura y aprehenda conocimiento. Los primeros, no es que queden pocos, sino que han evolucionado hacia la erudita ignorancia con la que lo exhibe en el mueble-bar como artículo de decoración. Los segundos, superados por los tiempos, se limitan a relacionarlos con la rentabilidad comercial o el interés de moda, abortando toda iniciativa que no reúna tales requisitos.

Todas esas acechanzas al libro se comportan, no obstante, como vulgares acarus eruditus, esas polillas que se alimentan con la destrucción del papel impreso, ajenas al daño que ocasionan a la transmisión del conocimiento y al refinamiento del espíritu en el ser humano. En la actualidad, además, por si eran pocas, habría que sumar nuevas agresiones que vienen de la mano de la tecnología y la comodidad. Y no me refiero al libro electrónico, que es libro al fin y al cabo, sino a la desidia que nos induce a reducir nuestra comunicación a 14 caracteres y a conformarnos con titulares y clikeos en vez de profundizar en el texto de cualquier información, alejándonos del hábito de leer.

Entre la biblioclastia y demás bibliopatías, nos estamos convirtiendo en temibles acarus eruditus que acabaremos haciendo desaparecer el libro como vehículo cultural imprescindible para la transmisión del saber.

*William Blades, Los enemigos de los libros, editorial Fórcola, Madrid, 2016.       

miércoles, 22 de mayo de 2019

Razón y fe


La religión y la filosofía son las dos vías por las que el ser humano accede a la “verdad” (revelada o deducida) de la existencia, la realidad y el ser. La fe no busca la comprensión ni se atiene a ninguna razón suficiente, sólo exige obediencia. La razón, la verdad increada, constriñe a los hombres y los somete a la necesidad porque, según Hegel, “todo lo real es racional”. Ambos pensamientos se oponen, puesto que uno justifica el conocimiento en el ser, y el otro justifica el ser en el conocimiento.  ¿Es posible conciliar las Sagradas Escrituras, fuentes de la revelación, con la sabiduría griega, fuente de la filosofía? ¿Es posible la relación entre la fe y la razón? Los escolásticos intentaron unir las verdades reveladas por la Biblia con las verdades evidentes descubiertas por Grecia, patria del pensamiento humano. Y la contienda aun continúa. Kant estimaba que el Deus ex machina es la más absurda de las suposiciones, puesto que la idea de un ser supremo, creador de todo lo existente, representa el fin de toda filosofía. Kierkegaard, por su parte, pensaba que creer equivale a perder la razón para ganar a Dios. De este modo, los apóstoles y los profetas se contentan con la fe; el filósofo aspira a más, desea el conocimiento. Los primeros aguardan la salvación desde lo alto; el segundo, a través de una sabiduría basada en el conocimiento estable y duradero. Con todo, ambas vías comparten algunas ideas que nada tienen que ver con la racionalidad y el positivismo. Y de ello es, precisamente, de lo que trata Atenas y Jerusalén, el libro más importante del pensador ruso Lev Shestov que acaba de publicarse por primera vez en español (Hermida editores, Madrid, 2019).

Es un ensayo profundo y denso que zarandea las certidumbres de, incluso, quienes estamos alejados de la filosofía, también de la fe, aunque no de la inquietud por saber. Y nos deja consternados con la duda sobre qué verdad es más verdadera, la de la fe o la de la razón, la revelada o la alcanzada por el hombre por sí mismo con su conocimiento. Personalmente, concibo ambas verdades como frutos de la racionalidad del ser humano que busca respuestas a su trágica singularidad consciente, hallándolas bien en la cabeza, bien en el corazón. Con eso sacio mi curiosidad, de momento.

domingo, 20 de enero de 2019

Vivir de oído


Andrés Neuman es uno de los grandes andrés de la literatura española de los que hay que estar atentos para no perderse nada de lo que escriban, sea ensayo, narrativa o poesía. Y con Neuman, la poesía no es una dedicación secundaria, sino vital en su producción literaria. De hecho, escribe poesía casi antes que novelas, y es en ella donde se expresa con más sinceridad, descubriéndonos a un autor al que le duelen las pérdidas, y es capaz de enumerarlas, le estremece el amor y lo vence el tiempo. Véase -y siéntase-, si no, el estremecimiento que provoca un futuro descrito con las sensaciones y la perplejidad de un viajero:

No puedo comer el espacio
y me pesa.

Cuando miro adelante
el futuro me elude
como una lagartija.

Todo lo ocupa eso
que me queda lejano.

El kilómetro extra.

El horizonte en marcha.

`El kilómetro extra´ del poemario Vivir de oído, de Andrés Neuman.

martes, 1 de enero de 2019

Año Nuevo y vejez

Hoy rebaso, en tres años, el tramo en el que los sabios de la Grecia clásica (Hipócrates, Solón, Aristóteles y otros) ubicaban el gran climaterio que da acceso a la vejez,  el escalón, cada uno de siete años, en que dividían la vida humana. Supero, pues, un estado que, a partir del noveno climaterio, muchos consideran o temen como de decrepitud e incapacidad, cuando no de inutilidad o pasividad, lo cual es aún más cruel e injusto. Aunque Galeno decía que “no es viejo quien tiene muchos años, sino quien tiene mermadas sus facultades”, es común la creencia estereotipada de que la tercera edad es sinónimo de degeneración y pérdida, umbral de la muerte. No saben lo que ignoran y podrían perderse.

Cicerón refuta las acusaciones contra la senectud recordando que las acciones más valiosas no se llevan a cabo con el ímpetu ni con la agilidad de los cuerpos, sino con el conocimiento, la competencia y el juicio de los que la vejez suele estar sobrada. Que no borra la memoria, sino que ésta nos abandona por no usarla, que perdemos destrezas cuando perdemos previamente el interés y la dedicación. Que no quita la salud, pues la salud es labor de una vida, y que hay que cultivarla desde que se nace para no echarla en falta en la vejez. Que arrebata placeres, cuando podría ser el exceso de los mismos lo que se lleva, puesto que no faltan placeres sutiles en la edad avanzada para el alma sensible que no se halla atada a los tiránicos. Que vuelve a los hombres irascibles, huraños, retrógrados y avaros, cuando esas lacras  vienen con cada uno y no con la vejez. Y a los que la consideran próxima a la muerte, les recuerdas que ésta se puede presentar a cualquier hora, por lo que el anciano tiene a su favor que no haya sido pronto.
Hoy, coincidiendo con el inicio del año, cumplo 66 años con el mismo propósito con que me he guiado siempre: aprender. O, citando otra vez a los clásicos, “cada día envejecer aprendiendo, ganando, haciéndome mejor”. Son los deseos que expreso cada Año Nuevo, una especie de `felicitación´ vital que me hago a mí mismo, y que he tenido la fortuna, en esta ocasión, de recibir con el libro: De senectute política, de Pedro Olalla (Editorial Acantilado), que me ha alegrado felizmente el cumpleaños y de donde he extraído el contenido de este comentario. ¡Que 2019 contribuya al enriquecimiento y felicidad de todos!

lunes, 13 de agosto de 2018

Deconstruyendo las religiones

Hablar de religión –o religiones, pues hay varias- es hacerlo de una creencia subjetiva, no de un hecho objetivo ni de algo natural. Las religiones son constructos imaginarios de los seres humanos que, más allá de las supersticiones y mitos que las conforman, tienen una enorme repercusión cultural y social, también política, en la vida individual y colectiva del hombre. La religión, toda religión, se basa en una entelequia sobrenatural, es decir, en creencias en cosas indemostrables, como Dios, espíritus, paraísos, infiernos, resurrección de los muertos y hasta ángeles buenos y malos. Por ello, la religión es radicalmente incompatible con la ciencia y la razón, instrumentos que permiten el conocimiento de la realidad, mediante el pensamiento racional y el procedimiento científico, en base a hechos verificables y demostrables empíricamente, más allá de toda duda racional. Por tal motivo, la religión es un artefacto cultural -como la pintura, la novela o el teatro- y no una verdad científica -como la ley de la gravedad- ni un ente natural -como las piedras o las nubes-. Las religiones son inventos humanos y, por ende, se inscriben en la historia cultural –o, si se quiere, la historia religiosa- de la humanidad. Y sirven para lo que sirven, para ofrecer una función consoladora o una respuesta, inverosímil pero emocional, a la orfandad existencial del ser humano, el único animal consciente que se plantea el sentido de su existencia.

Las grandes religiones monoteístas (el judaísmo y sus derivados: el cristianismo y el islamismo) provienen de mitos orientales, adaptados a las necesidades imaginativas del antiguo Egipto, los pueblos nómadas del Cercano Oriente, Grecia y Roma, los cuales reelaboraron apócrifamente leyendas, historias fantásticas, epopeyas, códigos de costumbres, aforismos y cosmogonías primitivas, etc., que poco o nada tienen que ver con la historia ni la geografía del Occidente bíblico. De ahí que Borges se refiriera a los orígenes no occidentales de las religiones monoteístas, afirmando que los libros sagrados eran “del todo ajenos a la mente occidental”. Pero, aunque compartieran orígenes, existía una gran diferencia: las mitologías persas, chinas o hindúes no aspiraban a ser únicas y verdaderas, ni siquiera religiones en el sentido convencional del término, sino escuelas de sabiduría, de moral y de actitudes ante la vida mediante ejercicios espirituales y físicos. Y sus fundadores no se consideraban seres divinos ni intermediarios exclusivos de la divinidad, sino hombres sabios, consejeros espirituales o maestros morales.

En cualquier caso, la creencia en la trascendencia y lo sobrenatural es algo que precede a las religiones, en forma de animalismo, magia o fetichismo que suponen una etapa previa a la creencia religiosa, y responde a una necesidad psicológica del ser humano que lo lleva a cuestionar su existencia. Lo relevante de las tres religiones monoteístas, que reconocen su origen en Abraham, es su expansión universal, debido principalmente a su relación con el poder político. El afianzamiento de estas religiones, que aún hoy siguen compitiendo y procurando ser más fuertes, no proviene de sus mensajes de paz y amor, sino de relaciones espurias con emperadores, reyes, guerreros y gobernantes, junto a los cuales pudieron utilizar la fe ingenua que mueve a los creyentes mediante la obediencia acérrima al clero y la sumisión a la doctrina de las jerarquías eclesiásticas y, cómo no, civiles. Todas las religiones han procurado la autoridad indiscutible de papas, rabinos, imanes o ayatolás sobre la sociedad y el poder civil de cada época. De ahí que ninguna de ellas sea partidaria de la consolidación de Estados laicos, aún sean escrupulosamente respetuosos con todos los credos, donde estén garantizados por ley la tolerancia, la libertad y el respeto a los Derechos Humanos. Son beligerantes sobre su poderío terrenal, aunque su reino no sea de este mundo.

Este es, nada menos, el asunto que aborda en su libro, Dios en el laberinto, crítica de las religiones (editorial Debate), Juan José Sebreli, conocido intelectual argentino que, más que adherirse a una disciplina especializada, cultiva la filosofía, la sociología, la teoría política y, naturalmente, la teología. A sus 88 años, ha querido legar una revisión integral, monumental y despiadada de lo religioso, lo sagrado y lo divino desde el punto de vista científico, filosófico, político, teológico y literario. Agnóstico por honestidad racional, Sebreli reconoce no poder declararse ateo porque no puede negar ni afirmar con certeza algo que no puede (de)mostrar. Por eso considera que la religión seguirá existiendo mientras la ciencia no llegue a encontrar solución a todos los misterios del Universo, aunque el margen sea cada vez más pequeño. Ello es así porque el religioso, como sostenía Hume, cree saber lo que no puede contestar el científico, aunque ignore lo que el científico conoce. Y como no hay pruebas ni para el teísmo ni para el ateísmo, la actitud más honesta es, según Sebreli, la lucidez y la modestia de aceptar lo mucho que todavía se ignora y tener el coraje de decir “no sé”, una ignorancia consciente de sí misma y una sabiduría conocedora de sus límites. Es decir, un agnosticismo como actitud del pensamiento.

Se trata, pues, de un libro que recomiendo enfáticamente a quienes cuestionan todo dogma y desconfían del irracionalismo, sea económico, político o religioso. Un libro que me ha enriquecido este verano.

lunes, 23 de abril de 2018

Día del Libro

Hoy es el Día Internacional del Libro y estoy celebrándolo con la mesita de noche abarrotada, como el resto del año, de estas fascinantes obras encuadernadas, que mezclan títulos de literatura, poesía y ensayo, y que reflejan mi gusto ecléctico en la lectura, puesto que en realidad soy de los que leen hasta los prospectos de los medicamentos. Por destacar algunos libros, en este Día dedicado al fruto de Gutemberg y el ingenio del hombre, señalaré los que acabo de leer -y están en proceso de una vuelta a sus páginas para revisar sus enseñanzas (los libros siempre me enseñan algo) y asentar lo subrayado por mí (tengo la manía de subrayar y hacer anotaciones cuando leo)- y los que pacientemente aguardan turno, invitándome constantemente desde sus portadas a que les hinque el diente, es decir, la vista. Son estos:

La obra completa de Miguel Hernández, edición a cargo de J. Riquelme y C.R. Talamás, editorial Edaf.

Ricos y Pobres. La desigualdad económica en España, de Julio Carabaña, editorial Catarata.

Jardín nublado, de Francisco Brines, edición de Juan Carlos Abril, en la colección La Cruz del Sur de la editorial Pre-Textos

Todo lo que hay que saber sobre poesía, de Elena Medel, Editorial Ariel.

Ordesa, de Manuel Vilas, editorial Alfaguara.

La expulsión de lo distinto, de Byug-Chui Han, editorial Herder.

Autorretrato sin mí, de Fernando Aramburu, editorial Tusquets.

Hay muchos otros alineados y amarilleándose con el tiempo en mi biblioteca, en una de cuyas estanterías, a la altura de la vista, descansa un cartel que reza: “Leerse todos los libros del mundo es imposible, pero hay que intentarlo”. A ello dedico instantes felices de mi vida.

lunes, 2 de abril de 2018

Hurgando en el cerebro


El hombre siempre ha sospechado que en su cabeza se alojaba el control de su cuerpo, que dentro del cráneo se ubicaba el órgano que dirigía todas las funciones y el comportamiento de su ser, a pesar de que en ocasiones creyera que tal labor directriz correspondía al corazón, por ser más evidente su existencia y su estrecha vinculación con la vida. Los egipcios hacían trepanaciones para tratar algunas enfermedades y, cuando fallecía algún faraón, vaciaban la masa encefálica, junto a otras vísceras, para conseguir la conservación momificada del cadáver. Es decir, tenían un conocimiento del cerebro como para extirparlo por consideraciones mágicas. En Occidente se ha pasado de tenerlo como un fluido cuya alteración provocaba enfermedades “nerviosas” a mapearlo en localizaciones cerebrales que determinaban la forma la cabeza, lo que se conocía como frenología craneológica.

Afortunadamente, la ciencia y la investigación médica han avanzado lo suficiente como para tener constancia científica de que el cerebro es el órgano rector del organismo, controlando los aspectos conscientes e inconscientes de nuestro comportamiento. Las sospechas primigenias estaban, pues, fundadas. Aún hoy se sigue hurgando en el cerebro para conocer su funcionamiento y tratar de comprender cómo realiza ese control del cuerpo, en el que interviene eso que hemos dado en llamar “mente”, la facultad que nos permite pensar y elaborar ideas abstractas. Se trata de una historia fascinante en la que interviene la neurología, la neurocirugía, la psicología y la psiquiatría, demasiadas ciencias que intentan descubrir los enigmas y misterios del “segundo órgano más importante del cuerpo”, según el “ranking” de Woody Allen.

Justamente, es de lo que trata un libro ameno, escrito por el profesor Esteban García-Albea, veterano divulgador de la neurología, titulado Su majestad el cerebro, historia, enigmas y misterios de un órgano prodigioso (La Esfera de los Libros, S.L., Madrid, 2017). No es un ensayo para entendidos ni tampoco una novela de entretenimiento, sino una síntesis de divulgación y narrativa (incluye biografías de científicos como Ramón y Cajal, Penfield y otros junto a cuentos breves del autor) con la que consigue atraer la atención de lector sobre la historia, siempre sorprendente y plagada de dogmas, supersticiones y avances científicos, del cerebro, además de enfatizar el lado humano y singular de un órgano que se resiste a desvelar todos sus secretos. Lo dicho, una historia fascinante.

viernes, 15 de julio de 2016

Lecturas de verano


En verano, cuando se dispone de más tiempo libre que muchas veces no sabemos en qué ocupar, podemos saldar esas lecturas pendientes con títulos que reposan en nuestras estanterías aguardando la ocasión propicia. Estos días que se dilatan en busca de alguna actividad que entretenga sus horas bien pueden dedicarse a satisfacer aquella curiosidad que nos llevó a adquirir determinados libros que, no obstante, conservan el secreto que se oculta en sus páginas. Que no nos han iluminado con la sabiduría que atesoran sus textos. Ni siquiera pudieron entretenernos con las aventuras que viven los personajes cuyas historias nos relatan. Todos ellos son libros que siguen intactos para ofrecernos el disfrute de su lectura con esa paciencia silente que sólo el polvo que los cubre delata.

Y los hay para todos los gustos y cualquier momento de la jornada. Libros que prefieren ser leídos a primera hora del día, cuando la concentración es plena y se asimila mejor su mensaje, como requieren los ensayos. Y libros que nos distraen en cualquier oportunidad, ayudándonos al relax de media tarde o al preludio del sueño por la noche, como sucede con las novelas. Todo se resume en conocer nuestras preferencias y en descubrir el momento más adecuado para saciarlas.

Este verano no sería completo si no viniera acompañado de libros. Dos están esperando ya en la maleta de las vacaciones y ambos son de la misma autora: Breve historia de la ética y Elogio de la duda, de Victoria Camps, filósofa española de sobrado prestigio que, aún estando jubilada, sigue brindándonos títulos que enseguida son devorados por los amantes de la dimensión ética del ser humano y del conocimiento. Gente que, incluso de vacaciones, no deja de asombrarse por los interrogantes que plantea la inteligencia y sigue pensando que estamos aquí para algo y actuamos también por algo, no sólo por mero instinto. Me las prometo felices sumergido en estas lecturas y debatiendo estas cuestiones.

jueves, 9 de junio de 2016

El rebote del intelectual


Son soberbios nuestros intelectuales patrios cuando se les lleva la contraria o, más grave aún, cuando se les critica. No aceptan que se les descubra una ligereza cuando ellos sólo expresan ideas contundentes y, por supuesto, absolutamente irrefutables. Las suyas, sus opiniones, sean las que fueren y versen de lo que sea, son verdades como puños y no admiten el error, ni siquiera el disenso. Nuestros líderes de opinión atinan siempre con lo cierto y los demás, los que mantienen puntos de vista distintos, andan equivocados. Además, forman una piña tan corporativista como la de los médicos, que no podrán verse ni aguatarse en privado, pero en público se cuidan de cuestionarse entre sí y de señalarse con el dedo. A lo sumo, nuestros prolíficos líderes de opinión se mandan indirectas e insinuaciones adobadas con la mejor de las intenciones, la constructiva. Es fácil que así sea porque atraen a legiones de seguidores ávidos de leer sus columnas, escucharlos por la radio o verlos por televisión. Y están acostumbrados –muy mal acostumbrados- a que sus comentarios sobre cualquier asunto reciban el aplauso mayoritario de la concurrencia. Pero a veces, más veces de lo que creemos y podamos distinguir, se equivocan. Se equivocan de cabo a rabo, sin que sean capaces de manifestar una disculpa. Se consideran infalibles y se comportan como dioses. Son nuestros intelectuales y su función es orientar a la gente, dictarles lo que deben pensar sobre cualquier cosa y crear estados de opinión en la población, en esa porción nada despreciable de la ciudadanía que los sigue a través de los medios de comunicación y confía en ellos y en su trabajada reputación.

Por eso ha causado cierta controversia un libro que los pone a parir y, como es natural, ha levantado ampollas entre los aludidos. Se trata de La desfachatez intelectual, del profesor de Ciencias Políticas Ignacio Sánchez-Cuesta, quien se permite citar por su nombre a lo más granado de nuestras lumbreras de opinión y les echa en cara la falta de rigor y la pobreza argumental que exhiben en muchas de sus aportaciones al debate público. Y lo hace extrayendo ejemplos que causarían rubor entre los afectados si no estuvieran endiosados, algunos de los cuales han replicado como se esperaba: considerando un ataque personal verse incluidos en esta obra y respondiendo con ofensas e intentando denigrar a su autor, no rebatiendo con argumentos la crítica de la que son objeto. Responden movidos por la pulsión emocional y no con el razonamiento, confirmando así la tesis del libro: personas a las que se les reconoce “inteligencia y conocimientos portentosos” se atreven a pontificar desde las atalayas de sus tribunas sobre cualquier asunto ajeno a su especialidad sin el debido respeto a los datos y los hechos ni la esperable coherencia en el razonamiento.
 
Se trata de una lista breve, pero escogida, de escritores e intelectuales que suelen enjuiciar en los medios la actualidad económica, política y social desde la autoridad que les confiere su prestigio profesional y académico. Según el autor el libro, son “intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria o ensayística como una forma de impunidad” con la que abordar cualquier tema. No les niega el derecho a intervenir en la esfera pública, pero les exige, precisamente por su sobrada reputación, que ofrezcan una contribución fundamentada, empapada de conocimiento, y no una conversación de casino o barra de bar. Y nos rompe el alma al descubrir la desfachatez con la que autores de nuestra predilección, que suponíamos faros que iluminaban nuestra reflexión y erradicaban nuestra ignorancia, se dejan llevar por la superficialidad, la vaguedad y los lugares comunes cuando opinan de asuntos que no dominan o de los que no son expertos. Personalidades de renombrado prestigio, como Fernando Savater, Antonio Muñoz Molina, Félix de Azúa, César Molinas, Jon Juaristi, Luis Garicano, Javier Cercas, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y Juan Manuel de Prada, entre otros, algunos de los cuales digieren mal que se les critique abiertamente y de manera fundada.   

El último intelectual en mostrar su rebote emocional por ser cuestionado ha sido el filósofo Fernando Savater, a través de su columna en las páginas del dominical de El País, bajo el título “A mi inevitable enemigo”. Es verdad que de Savater se hace un detallado muestrario de sus opiniones sobre el problema del terrorismo vasco, en particular, y del nacionalismo en general, para ilustrar la “inversión ideológica” de una autoridad que no duda en descalificar a quien no comparta todos sus virajes ni comulgue con sus ideas (las últimas, no las de antes). Sánchez-Cuesta pone ejemplos, contrasta las distintas posturas mantenidas por el pontífice de la opinión y argumenta las críticas en  las que resalta el poco rigor, la falta de preparación de los temas y la simpleza con que se elaboran unos supuestos análisis políticos o sociales que no aportan nada nuevo y que se caracterizan por ser una “mezcla de frivolidad y prepotencia en la forma estilística”.

Pero, en vez de refutar punto por punto y con argumentos estas críticas demoledoras pero razonadas, Savater, como antes hiciera Jon Juaristi desde ABC en marzo pasado, arremete contra el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III de Madrid tildándolo de “fiero jabalí de la izquierda” al que, “como todo jabalí (…), siempre se le nota su parentesco con los demás cochinos”. Como se ve, un perfecto ejemplo de trifulca tabernaria muy propia de un pensador encumbrado de soberbia. Lástima que estas reacciones, extrañas en una autoridad intelectual a la que se supone inteligencia además de conocimientos, vengan a confirmar un comportamiento movido por la vanidad y el obtusismo crítico de un tertuliano, atento sólo al espectáculo o a cultivar su propio personaje.

miércoles, 27 de abril de 2016

Vivir sin Dios

Vivir sin Dios es vivir sujeto a la razón y no a expensas de la superstición, que es la materia de todas las religiones. La creencia en una trascendencia que esquive la muerte proviene de la capacidad que tenemos los seres humanos de ser conscientes de nuestra condición mortal. Eso produce una orfandad existencial que nos hace buscar una narrativa a la vida que la dote de sentido y la haga trascender del final conocido de antemano. Muchos no pueden soportar ese vértigo racional ante la nada y lo llenan de seres sobrenaturales que calman la ansiedad por la insignificancia humana. Prefieren creerse protagonistas de la creación a tener que admitir que somos meros accidentes de la evolución natural, sin más propósito que el de la adaptación al medio. La razón nos conduce a marginar a Dios y a no confiar en los atajos de la emoción, esa que nos precipita en una ficción consoladora.

Es por ello que debería escribirse una historia de las ideas de los pensadores que, a través de la filosofía, la literatura o el arte, ayudaron a construir un mundo al margen de Dios y de las religiones, y que denunciaron, incluso, las imposiciones dogmáticas y las supercherías ocultistas que pretendieron sustituirlo. Un libro que parta de la “muerte de Dios” proclamada por Nietzsche hasta desembocar en nuestros días, cuando proliferan las sectas y los fanatismos religiosos que asesinan en nombre del Altísimo. Afortunadamente, ese libro ya existe. Se trata de la interesante obra de Peter Watson, La edad de la nada, el mundo después de la muerte de Dios (Editorial Crítica, 2014), en la que el autor hace un recorrido por ciento treinta años de historia de las ideas que combatieron la credulidad religiosa del hombre. Un libro que debería ser de lectura obligatoria en la educación, al menos mientras exista la asignatura de religión, para compensar con formación el adoctrinamiento católico en las escuelas de un país, este que nos ha tocado vivir, que se define constitucionalmente aconfesional.

viernes, 17 de abril de 2015

Semana infausta

G. Grass y E. Galeano
Ha sido una semana extraña, no sólo por esa climatología en la que se han sucedido días de calor luminoso con jornadas barridas por el viento y las lluvias, sino también por las pérdidas irreparables que han acabado por hundirnos en el desamparo y la lamentación. Ha sido la semana en la que han desaparecido escritores cuyos libros influyeron en toda una generación de lectores en los últimos 50 años. El tambor de hojalata y Las venas abiertas de América Latina son dos obras que en cualquier biblioteca doméstica figurarán como estandartes de la mejor literatura del siglo pasado y del compromiso de sus autores con los problemas morales, sociales y políticos que supieron abordar en ellas.

Günter Grass y Eduardo Galeano aprovecharon esta semana para escaparse al lugar que les corresponde en el Olimpo de los grandes intérpretes literarios de su tiempo, hartos quizás de una época en la que los días ilustrados se ven frecuentemente oscurecidos por las nubes más negras del fanatismo, la intolerancia y la injusticia que ellos estaban cansados de denunciar en sus páginas. Ni la historia de Óscar, relato épico sobre el nazismo, ni el ensayo sobre el colonialismo económico que es causa de desigualdades en los países subdesarrollados de Sudamérica, aliviarán la sensación de abandono que la muerte de estos grandes escritores nos produce al dejarnos huérfanos de referencias, tanto literarias como éticas.

Y para que la sensación de derrumbe sea absoluta, también enmudece esta semana la voz que nos facilitó apretujarnos, en los primeros escarceos de los guateques, al cuerpo deseado y esquivo de la muchacha a la que susurrábamos al oído las estrofas más tiernas de la canción por la que eternamente será recordado Percy Sledge: When a man loves a woman. Demasiadas pérdidas en una semana infausta.

 

miércoles, 11 de febrero de 2015

El amigo Popper

Un viejo amigo me recomendó (o me regaló, que no lo recuerdo), en mi lejana juventud, el libro La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper, autor que por entonces yo desconocía absolutamente. Aun conservo aquel libro, al que posteriormente se sumaron otros del mismo autor que he ido adquiriendo con los años. Reconozco que no fue fácil iniciarme en la lectura de este filósofo vienés, cuyo pensamiento se me hacía intrincado. Me interesaron especialmente sus juicios sobre política y ciencias sociales con los que refutaba el determinismo que las corrientes, en boga en aquel tiempo como el marxismo, decían poder demostrar y que regía, como una ley inexorable, la evolución y los cambios sociales, siguiendo pautas fijas y canales preestablecidos. Aquello era sumamente interesante y todavía me sigue apasionando, aunque los tiempos actuales no sean propicios para el pensamiento mesurado y sosegado, sino para lo superficial e instantáneo.

Karl Popper (1902-1994) fue fruto de una época en la que coincidió con Paul Dirac, creador de la teoría cuántica de campos, John Eccles, descubridor de la transmisión química en las sinapsis neuronales, Konrad Lorenz, impulsor de la moderna etología, Bertrand Russell, filósofo de la talla de los clásicos, y Albert Einstein, científico por todos conocido. Tras la anexión nazi de Austria, Popper se dedicó a criticar el marxismo, el nazismo y toda filosofía social basada en el determinismo y tendente a suprimir, a la postre, la libertad. Su pensamiento siempre fue en defensa de la libertad y contra las ideas totalitarias y autoritarias, por lo que ejerció una enorme influencia en las generaciones venideras.

La filosofía de Popper es la filosofía del error, pues advertía que ni en la ciencia ni en la política existen métodos infalibles que excluyan el error. Decía que no se trata tanto de evitar los errores, sino de detectarlos y criticarlos para aprender de nuestras equivocaciones. Aseguraba que el progreso de la ciencia y la evolución de las sociedades requieren errores porque ningún método garantiza el éxito. Sólo corriendo el riesgo a equivocarse existe alguna posibilidad de acertar, y que lo realmente importante era el esfuerzo incansable por corregir tales equivocaciones. Pero para subsanar los errores, hay que detectarlos y criticarlos. Y la crítica requiere libertad para ejercerse. Por eso se opuso al determinismo. Argumentaba que si todo estuviera predeterminado, las acciones dependerían siempre de causas previas, por lo que la libertad sería, entonces, un mero espejismo.

Este “filósofo de la sociedad abierta” asegura que es imposible predecir el curso de la historia, y que la evolución de la sociedad, que depende en parte de la evolución del conocimiento, es asimismo impredecible. Nunca se podrá poseer un conocimiento perfecto ni una sociedad perfecta. Es más, Popper cree que con la excusa de implantar una sociedad perfecta, el hombre acaba creando un infierno que sofoca las libertades. Para él, la libertad es fuente de errores y que ser libre significa tener derecho a equivocarse, pero también tener derecho a criticar las equivocaciones. En esa dinámica del error y la crítica sitúa la base de toda creatividad y todo progreso. Tanto la ciencia como la democracia no se asientan sobre la certeza, sino sobre el tanteo y la corrección de errores. De ahí que todos los regímenes políticos comentan errores. La superioridad de la democracia sobre la dictadura estriba en que en ella es posible detectar, criticar y eliminar los errores, sin acudir a la violencia.

Conocido como el teórico de la democracia liberal, Popper advertía, no obstante, de que la democracia no es el gobierno del pueblo, sino de los dirigentes de los partidos. No puede resultar extraño, por tanto, que los políticos que resultan elegidos sean ineptos, corruptos y demagogos. No obstante, la gran ventaja de la democracia consiste en que permite corregir esos errores y retirar del gobierno a esos políticos mediante una simple papeleta y no mediante cruentas revoluciones.

Tal pensamiento lúcido entronca con la situación actual, en la que las grandes certidumbres sobre las que descansaba un bipartidismo ya atrófico puede ser sustituido por propuestas no exentas de riesgos que buscan ensayar nuevas soluciones, tan provisionales e inseguras como todas las anteriores, pero que estarán expuestas a la crítica y la revisión. Y puesto que el error es inevitable, lo que hay que hacer es evitar el empecinamiento en el error, el mantener fórmulas caducas reacias a enmendar sus errores.

El amigo Popper nos enseñó a pensar en la falibilidad irremediable del ser humano, en no aceptar ninguna solución como definitiva y a ser más realistas que idealistas. De esta manera, sin dejarnos seducir por el fácil escepticismo y aunque no podamos soslayar equivocarnos, podremos evitar caer en los errores y, lo que es más importante, podremos aprender de ellos para recorrer el camino del progreso científico y social. Sólo desde la detección y la crítica de nuestros yerros podremos ejercer nuestro derecho a la libertad.