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sábado, 26 de mayo de 2018

El contable


Mientras el contable atendía sus obligaciones con rigor y celo, dedicándoles el tiempo que fuera necesario, su mujer permanecía al cuidado de la casa y los niños. Durante los primeros años, esa rutina en ambos apenas sufrió modificaciones y permitió al matrimonio disfrutar de estabilidad económica y labrarse un prestigio de personas serias y formales, quizá un tanto distantes pero educadas en su trato con los vecinos, con quienes en realidad no entablaban amistad ni consentían confianzas.

La importante empresa para la que trabajaba el contable le confirió, con el tiempo, mayores cargas de responsabilidad, hasta el extremo de confiarle el control absoluto de las cuentas, dada su sólida profesionalidad y probada eficacia al frente de los libros de contabilidad. Había demostrado con creces su habilidad para cuadrar al céntimo los balances y, en ocasiones, no eludir las indicaciones de maquillar movimientos atípicos de capital para que no perjudicasen a la empresa ni a sus propietarios. De este modo, llegó a conocer secretos o irregularidades que afectaban a todos, por lo que su peso en la empresa llegó a ser enorme y su labor, imprescindible. De igual forma, sus emolumentos también se incrementaron considerablemente, lo que se trasladó a su nivel de vida y a un ascenso social entre las clases acomodadas. No en balde era el responsable de cobros y pagos a proveedores, clientes y empleados de la empresa, así como de autorizar las nóminas, pagas extras, gratificaciones y cualquier gasto complementario con el que se retribuyera al personal. Incluso las percepciones a la dirección y los altos ejecutivos, junto a sus gastos de representación y pluses, en metálico o mediante tarjetas, debían contar con su visto bueno. No entraba ni salía un euro de aquella empresa sin su conocimiento y autorización.

Su mujer se acostumbró enseguida a ese estilo de vida y a frecuentar las tiendas más elegantes de la ciudad, veranear en destinos lejanos y exquisitos, y acudir a los bancos para realizar las transacciones que le encomendaba su marido. Lo creía tan ocupado que ella asumía aquellas gestiones bancarias, sobre todo una vez que los hijos ya no acaparaban su tiempo y en la casa contaba con ayuda doméstica. Su confianza en él era tan grande como el amor que se profesaban. Desde que se conocieron en la facultad y unieron sus vidas, atravesando juntos dificultades y momentos de felicidad, ninguna grieta se había producido en su matrimonio. También en este aspecto su fidelidad constituía una rareza en el ambiente elitista en el que se desenvolvía, donde predominaban los divorciados y emparejados en segundas o terceras nupcias. Era verdad, por extravagante que resulte, que su marido la adoraba. Y ahora que la fortuna les sonreía, aún más. De hecho, ella era para el contable tan importante o más que el dinero. Y sin una y otro, él no se imaginaba la vida.

Pero la situación se torció. Una investigación a la empresa y el descubrimiento de la financiación paralela que mantenía con la dolosa intención de ocultar ingresos, gastos y pagos que no se reflejaban en la contabilidad oficial, ocasionaron la imputación, primero, y la condena, después, del contable y de otros cargos de la empresa. Durante el juicio quedó demostrado el enriquecimiento irregular del contable gracias a comisiones, contratos y demás transacciones que una contabilidad fraudulenta favorecía. Y de la que su mujer participaba al mover las ganancias de una cuenta a otra en bancos en los que tenía firma autorizada. Eso era lo que más dolió al contable, pues ella también había sido condenada a penas de cárcel, por cómplice. Y lo que hizo que creciera la inquietud en la empresa, donde temían que ahora el contable, por salvarla a cualquier precio, revelara hasta dónde alcanzaba la trama corrupta en aquella organización, en la que él era un simple pero lucrativo contable.

lunes, 7 de mayo de 2018

Cateto de medianoche


Se pasaba las horas sentado en aquellos sofás blandos, despatarrado y distraído, mirando a ninguna parte como un león aburrido en medio de la sabana, mientras empuñaba en su mano izquierda una copa enorme, su inevitable `pelotazo´ de los viernes por la noche en el que se refugiaba después de salir del trabajo y hacer tiempo con cuatro o cinco cervezas que compartía con los compañeros de fatigas, quinielas y fantasías en el bar del polígono. Es lo que hacía, al finalizar la última jornada laboral de la semana, después de haberse desprendido del mono de trabajo, lavado la cara y atusado el cabello en el lavabo del baño de la empresa, cuyas puertas eran un compendio de frases insultantes o lascivas, y vestido de limpio con la camisa y el pantalón que reservaba para los fines de semana, como otro uniforme que se aseguraba de trasladar a su taquilla para colgarlo de una percha, y que transportaba cada viernes al trabajo en la bolsa del gimnasio, junto al desodorante y el peine. Salía dispuesto a comerse el mundo si la oscuridad de la noche le daba esa oportunidad parda, como a los gatos. Esas salidas de los viernes noche se habían convertido en una costumbre anclada en sus rutinas de ocio desde que había abandonado su pueblo y emigrado a la ciudad para huir de un destino que lo ataba a su padre, a su abuelo, a su bisabuelo y a todos sus tatarabuelos en una miseria de siglos como braceros del campo. Estaba empeñado en romper una cadena a la que parecía predestinado y buscar un futuro diferente que lo alejara de ser otro fracasado más en la familia. En lo que lo conseguía, su consuelo eran esas fugas nocturnas de los viernes, en las que emulaba, sin saberlo ni pretenderlo, al vaquero de Schlesinger.

En la copa de balón que agitaba con indolencia flotaban los cubitos de hielo que aguaban el licor, de marca nacional y asequible al bolsillo, de un gin-tonic aromatizado con granos de pimienta, pequeños pétalos amarillos sospechosamente parecidos a los del jaramago, cortezas de limón y algún trozo de fruta inidentificable. Los veinte euros de esa inversión tenían que durar toda la noche, por lo que la copa no dejaba de balancearse en su mano sin apenas acercarse a los labios. La mano derecha descansaba estirada sobre el respaldar del sofá, abriéndole descaradamente una camisa blanca, desabrochada casi hasta la barriga, que dejaba al descubierto medio pecho ensortijado de pelambre negra, cual Alfredo Landa en El vecino del quinto. Un pantalón oscuro, con pretensiones modernas aunque con más temporadas que su fiel Corsa gris, se mantenía a duras penas aferrado, como si tuviera velcro, a la altura del pubis cuando se tenía que poner de pie para ir al servicio, cosa que hacía tan pocas veces como ingerir aquel cóctel. Entre la oscuridad del ambiente, fragmentada con lucecitas inquietas, y la música ensordecedora que obligaba hablar al oído, parecía allí sentado un elemento más de la decoración del establecimiento, si no fuera porque movía la cabeza y de vez en cuando charlaba con algún conocido tan desorientado como él.

Así transcurrían las horas, que se diluían como el hielo de su copa, cuando un grupo de chicas se acercó para ocupar los butacones y el sofá de lo que simulaba una salita, por lo que, cortésmente, no tuvo más remedio que desplazarse hacia una esquina del mueble que, hasta ese momento, había sido enteramente suyo. Se sintió molesto, pero, al poco, entabló conversación con la joven que se había sentado a su lado, intercambiando frases anodinas sobre el local, la gente y las consumiciones. Viendo reciprocidad en el diálogo, hilvanó otros comentarios acerca de la procedencia de cada uno de ellos y las ganas de diversión que creían merecer tras soportar una dura semana de odioso trabajo. La vida había que aprovecharla, aseguró entre risas y miradas, antes de que sea tarde. La desinhibición alcohólica o el aburrimiento existencial, o las dos cosas a la vez, facilitaron un intercambio de ocurrencias e insinuaciones que animó amistosamente aquella reunión fortuita de seres noctámbulos. Fue entonces cuando sonó aquella canción de la que desconocía el título pero que podía tatarear de tanto escucharla en la radio del coche. Una música amable que lo espabilaba, le levantaba el ánimo y solía acompañarlo en ocasiones durante el trayecto al trabajo. Y ahora sonaba maravillosamente fuerte y seductora a través de los altavoces. Quizás fuera eso lo que le insufló valor. Invitó a aquella chica a bailar y juntos se perdieron en la pista entre las parejas que habían decidido hacer lo mismo, fundirse en la oscuridad al son de la melodía. Las horas se aceleraron, consumidas en bailes, risotadas y chistes hilarantes con los que él sabía hacerse el simpático. También su copa acusaba el paso del tiempo pues se había vaciado hasta la mitad y no albergaba ni rastro de hielo. Su interior contenía más agua que ginebra y unos insalubres pétalos a la deriva que la hacían parecer la muestra de una riada antes que una bebida, y así permaneció encima de la mesa. Se había hecho muy tarde.

La mayor parte de la fauna del local se había ido marchando conforme agotaban sus expectativas, apurando anhelos insatisfechos, monedas de la cartera y horas al sueño. Hasta las amigas de aquella chica hacía rato que se habían despedido sin que ninguno de los dos se percibiera realmente de ello entre el aturdimiento de los sentidos y el embeleso mutuo. Sólo cuando ella manifestó que debía irse, un tanto sorprendida por lo avanzado de la madrugada y lo sola que la habían dejado sus compañeras, él se ofreció a llevarla en coche hasta su casa para que no tuviera que recurrir a taxis o recorrer calles desiertas y peligrosas. Se lo agradeció, no sin ruborizarse, asintiendo con una mirada hipnótica que surgía desde la profundidad de sus ojos negros y chispeantes, impregnados de ternura.

A esas horas el coche parecía como abandonado, en medio del solar que se utilizaba como aparcamiento por los clientes del local, y sumido en las penumbras fantasmagóricas que proporcionaban las farolas de la calle. Encendió la linterna del móvil para alumbrar el camino hasta el vehículo y abrir con llave la puerta del acompañante para que ella tomara asiento sin dificultad ni tropiezo. Era lo que dictaba el manual básico de galantería que tantas veces había visto en las películas. Ella le sonrió desde el asiento cuando él cerró la puerta y pasó delante del coche para acceder al puesto del conductor. Apagó la luz del móvil y, antes de encender el motor, el silencio y la oscuridad inundaron el espacio que ellos habitaban en el interior del coche. Quiso ayudarla a abrocharse el cinturón de seguridad y, al acercar su rostro al suyo, ella le besó tan sorpresiva como dulcemente en la boca. Era algo que no esperaba pero tampoco descartaba. Tras el sobresalto, no pudieron reprimirse. Sin apenas pronunciar palabras, se entregaron a una pasión que venía creciendo desde el mismo instante en que coincidieron en aquel establecimiento de moda del extrarradio. Y descubrieron que las estrecheces del vehículo no impedían dar rienda suelta a los apetitos del amor y los deseos de la carne. Fue algo impulsivo que nadie interrumpió en la soledad de la noche ni ningún pensamiento perturbó unas mentes obnubiladas por un ardor inapelable. 

El alba perfilaba ya el horizonte por el que el Sol emergería tras los edificios, cuando las prisas y las preocupaciones se adueñaron del cuerpo y la voluntad de una joven que poco antes no reprimía los sentimientos que erizaban su piel. La noche se escurría entre ellos como las caricias entre las yemas que recorrieron aquel cuerpo tembloroso. Y con la misma turbación del principio, tuvo que interrumpir el encantamiento de unos momentos felices que se anhelaban eternos. Ella tenía que llegar necesariamente a su casa antes de que amaneciera, y lo que era entrega se volvió rechazo. Se arreglaron la ropa y levantaron los respaldos de los asientos poco antes de que la luz mortecina de las farolas se apagara y los camiones de la basura comenzaran a hacer ruido por las calles. El motor tosió un par de veces antes de arrancar y enfiló unas avenidas todavía somnolientas y vacías hacia el otro extremo de la urbe. El breve recorrido estuvo caracterizado por la idéntica parquedad en palabras con la que se habían entregado a un arrebato amoroso imposible de evitar, como náufragos arribados a una isla ruidosa y en tinieblas, compartiendo un mismo afán: sentirse vivos y dueños de sus vidas.    

Ella le rogó que la dejara varias manzanas antes de llegar a su portal por si sus padres la estaban esperando. No quería que la vieran salir del coche de un desconocido. Nada más descender del vehículo, se alejó deprisa y sin mirar atrás. Mientras él la observaba a través de la ventanilla, se acordó de que en ningún momento de la noche se habían facilitado sus nombres, tal vez porque nunca hizo falta. Y cuando quiso llamarla para preguntárselo, ella ya había desaparecido tras doblar una esquina. No fueron más que dos aves solitarias que se emparejaron antes de volver a levantar el vuelo hacia donde el viento las llevase.
 
Desde entonces, él sigue acudiendo todos los viernes por la noche a aquel local para esperarla en el sofá blando, con su camisa desabrochada y blandiendo una copa de balón en su mano izquierda. Se había convertido en un cateto de medianoche que no escuchaba a nadie y pendiente sólo de las sombras y los ecos que ocupaban su mente.

 

lunes, 12 de junio de 2017

Demasiado tarde para todo


Esa es la sensación que puede resumir mi vida, la de haber llegado tarde a las cosas importantes con las que pude haber topado. Es una sensación que me invade desde que empecé a repasar qué había hecho yo en un mundo en el que participo como mero figurante de reparto, cual bulto de relleno. Así y todo, no he dejado de aspirar a cosas que no he conseguido, en la mayoría de las ocasiones, por demorarme demasiado o no poner el empeño suficiente. O porque no estaban para mí. Desde niño he intuido, de manera más clara conforme transcurrían los años, que perdía muchos trenes que pasaban delante de mis narices a causa de mi indecisión o desconfianza innatas. Decían que era tímido. Y es verdad porque nunca fui capaz de ser impulsivo o imprudente, con lo divertido que hubiera sido, sino todo lo contrario, alguien que perdía el tiempo dudando de todo y no atreviéndose a hacer nada que valiera la pena o supusiera un riesgo. En definitiva, era más pragmático que romántico, incluso en el amor. No por ello dejé de tener sueños y deseos que he intentado atrapar demasiado tarde. Como siempre. Aunque también he tenido suerte, una pizca de fortuna con la que he logrado tirar para adelante. Hasta hoy, en que luzco cicatrices que premian mi obsolescencia con el mismo falso fulgor de las medallas que cuelgan en el pecho de los veteranos de guerra. Siempre a destiempo o tarde, para no variar.

Recuerdo que conseguí mi primera bicicleta cuando mis amigos ya estaban hartos de jugar con las suyas. Me llegó tan tarde que, al poco, tuve que olvidarla en casa cuando mis padres se trasladaron a otro país del que jamás he regresado, salvo en dos ocasiones: una, para enterrar a mi madre, muerta en el extranjero; y otra, para visitar a mi hermana que pocos años después también moriría. Entre ambos óbitos, el de mi padre, que fallecería entre el cariño de una nueva familia y nuevos hijos, de los que yo ya no formaba parte. Tales encuentros con mis orígenes han sido, en realidad, despedidas para quien ya iba tarde a una inútil recuperación de la memoria familiar. Reencuentros que, en sí mismos, eran tardíos para emprender cualquier reconciliación. Fue entonces cuando tuve la certeza que durante toda mi vida había llegado tarde a lo importante que ella me pudiera deparar. No había más que repasarla para darse cuenta.

Un buen reflejo de ello es mi adolescencia. Entre los que añoran la época dorada del rock´roll, con Elvis Presley como ídolo, y la de los hippies, con su lisérgica adoración a las bandas que llenaron la Isla de Wight de música, sexo y drogas, yo deambulé vitalmente en medio, demasiado pequeño para la primera, pero cercano a la segunda, aunque dominado por el escepticismo y las torpezas. Por eso soy fruto de ese espacio intermedio y carente de estímulos con los que adornar una existencia anodina de experiencias. Venía de ser un niño cuando mataron a Kennedy, el que despertó a América de su sopor imperial y la llevó a soñar con la luna, para llegar al joven inconsciente e incrédulo de las ansias de libertad revolucionaria que prendieron el mayo francés. No supe aprovechar esas lecciones de me brindaba la historia con la madurez necesaria para asimilarlas como trascendentales en la existencia de cualquier infeliz. Mi vida seguía siendo una cáscara vacía que flotaba a destiempo en la historia.

Cuando he querido recuperar el tiempo perdido, otra vez era tarde. Estudié periodismo cuando las canas me delataban entre los pupitres de la facultad para satisfacer unos peregrinos deseos infantiles por escribir y garabatear en un papel lo que no era capaz de articular verbalmente, para descifrar mis pensamientos y temores e inventar historias que me fueron negadas en la realidad. De nada me sirvió porque, al llegar tarde, ni profesional ni personalmente supuso transformación alguna en quien está atado a sus rutinas y desconfía de los saltos en el vacío. La escritura sigue siendo un vicio onanista que se consuma en la soledad en la que el tímido se refugia para dialogar con sus demonios, y el periodismo, un título que adorna una pared de ese refugio. Igual que aquellos anhelos de libertad que siempre representó una motocicleta que te permitiría huir en solitario hasta donde el Sol se oculta, sin más compañía que la del viento, pero para lo que se requiere la preceptiva licencia de conducción. Fui por dos veces suspendido y traicionado por la escasa fe del que lo da todo por perdido. Indefectiblemente, era demasiado tarde para imaginar ser joven y libre. De ahí esa sensación con que se puede resumir una vida, la mía.