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jueves, 28 de mayo de 2020

Del confinamiento al espacio


Escapando del estado de confinamiento que aqueja a media humanidad, dos privilegiados terrícolas, gracias a su condición de astronautas, podrán abandonar el planeta para visitar la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), en una misión con la que la NASA recupera su capacidad de poner en órbita naves tripuladas después de nueve años de carecer de estos vehículos, debido a la retirada de los transbordadores espaciales por culpa de los accidentes sufridos por el Challenger, en 1986, y el Columbia, en 2003. Hasta este lanzamiento, EE UU se veía obligado trasladar sus astronautas a la ISS como pasajeros de las naves rusas Soyuz.

Una cápsula de nuevo diseño, denominada Dragon Crew, propulsada por un cohete Falcon 9, de la compañía SpaceX, debía llevar hasta la Estación Espacial a los astronautas Doug Hurley y Bob Behnken, dos veteranos de la NASA que ya antes habían pilotado los transbordadores espaciales. Pero el lanzamiento, previsto para ayer, tuvo que ser suspendido, cuando faltaban sólo 16 minutos para el despegue, a causa de las malas condiciones climatológicas que cubrieron de nubes y provocaron una tormenta eléctrica sobre la zona del Centro Espacial Kennedy, en Florida.  La nueva fecha señalada para volver a intentar el lanzamiento es la del próximo sábado, cuando se prevé una mejora del tiempo y se abre otra oportunidad de trazar una trayectoria óptica (ventana de lanzamiento) hasta la ISS.

Este lanzamiento es especial por diversos motivos. No hay que olvidar que se trata de la primera misión espacial tripulada privada de la historia, denominada Demo-2, que es fruto de un proyecto compartido entre la NASA y la empresa SpaceX (Commercial Crew Program) para conseguir naves que permitan poner en órbita y acceder a la ISS a astronautas norteamericanos sin necesidad de depender de Rusia. El objetivo de la misión es validar los sistemas de lanzamiento y la viabilidad de la cápsula para maniobrar y acoplarse a la Estación Espacial Internacional de cara a futuras misiones espaciales.

La empresa SpaceX, de Elon Musk, propietario también de la compañía que fabrica los coches Tesla, compite con Boeing y Sierra Nevada Corp. en el desarrollo de naves tripuladas para la NASA que sustituyan a los retirados transbordadores. La Dragon Crew ya ha conseguido atracar en la ISS bajo modo automático en marzo de 2019. Las otras compañías van más atrasadas con sus prototipos. Aparte de su ventaja operativa, SpaceX ha actualizado el diseño de los cohetes, torres de lanzamientos, pasillo de acceso a la cápsula y hasta el traje de los astronautas, dotándolos de funcionalidad y atractivo estético. Ya sólo falta que, como se espera, todo funcione bien. Pero para ello hay que aguardar hasta el próximo sábado.

Actualización
Como estaba previsto, el sábado 30 de mayo el cohete Falcon 9 partió hacia el espacio, portando la nave Crew Dragon y su tripulación de dos astronautas norteamericanos. Al segundo intento, EE UU ha conseguido disponer de un vehículo propio para llevar astronautas al espacio, sin necesidad de contratar estos viajes en naves de otros países, después de haber dejado fuera de servicio a los transbordadores espaciales en 2011. En tan sólo 8 minutos, la nave alcanzó la órbita inicial. Y se acopló a la Estación Espacial Internacional después de 19 horas del despegue en el Centro Espacial Kennedy, de Florida. Todo un éxito de la astronáutica norteamericana y un triunfo para participación de empresas privadas, como SpaceX, propietaria tanto del cohete como de la nave. Se abre un nuevo capítulo de la aventura espacial. 

domingo, 16 de febrero de 2020

…y, otra, hacia los confines del Sistema Solar


Casi simultáneamente al lanzamiento de una segunda sonda directamente hacia el Sol (que comentábamos en la entrada anterior), otra nave, que había sido lanzada en 2006, llegaba a las cercanías de un asteroide de forma extraña -como un muñeco de nieve-, de no más de 36 kilómetros de longitud, que se halla orbitando en los límites del Sistema Solar, más allá de Neptuno, en lo que se conoce como el “cinturón de Kuiper”, una zona poblada de escombros con formas y tamaños diversos, a más de 6.000 millones de kilómetros de la Tierra. Por aquellos límites exteriores también orbita Plutón, rebajado a la condición de “planeta enano”, aunque sea el más grande de los objetos que pululan por el espacio transneptuniano.

La New Horizons, que así se llama la nave de la NASA, ha sobrevolado recientemente Arrokoth, un asteroide gélido y rojizo, formado por dos grandes esferas irregulares unidas por un estrecho cuello, y que anteriormente se conocía como Ultima Thule. La sonda “rozó” ese extraño objeto sideral al pasar sólo a 3.500 kilómetros de su superficie, distancia suficiente para que las cámaras y demás instrumentos de la nave pudieran fotografiarlo y hacer otros estudios más detallados que desde la Tierra. El asteroide es tan pequeño que tiene una fuerza de gravedad muy leve, unas mil veces menor que la de la Tierra. Su superficie es lisa y presenta pocos cráteres por impacto, por lo que los científicos creen que esta “roca” ha debido permanecer tal y como se formó en sus inicios, lo que podría aportar información sobre cómo se formaron los planetas y el propio Sistema Solar. Su color rojizo señala la presencia de compuestos orgánicos, como el metanol, lo que explica la detección de hielo de metano, pero no de agua. Dada su distancia del Sol, es un cuerpo sumamente frío y con la particularidad de que describe una órbita circular, no elíptica como la de otros objetos del cinturón de Kuiper, lo que indica que no se ve afectada por la de ningún planeta. Todo ello convierte a Arrokoth en una especie de cápsula del tiempo con la composición original del Sistema Solar. De ahí el interés que despierta ese peñasco en los confines del Sistema Solar.

Pero eso no es todo. La nave New Horizons puede seguir alejándose del cinturón de Kuiper y adentrarse en el espacio interestelar, más allá del Sistema Solar. La sonda dispone de energía para seguir activa -y enviando datos- durante, al menos, una década más de tiempo, en la que podrá hacer muchos descubrimientos. ¿Qué hallará? El estudio cada vez más profundo de nuestros “alrededores” en el espacio, tanto hacia el interior -el Sol- como hacia el exterior -los límites del Sistema Solar-, nos reportará un mayor conocimiento de la formación de los planetas y una mejor comprensión sobre cómo surgió este “hábitat” en el que la vida se ha desarrollado hasta ser consciente de su existencia. Y es que el ánimo que empuja al ser humano a la ciencia es, simplemente, la ignorancia. Porque sabe que no sabe apenas nada de cuanto le rodea. Por eso se adentra hasta donde le permite su conocimiento y técnica: hacia el interior de un átomo como hacia el espacio profundo del Universo.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Segunda nave al Sol


Una nueva sonda ha sido enviada hacia el Sol, esta vez a cargo de la Agencia Espacial Europea (ESA). Se trata de la nave Solar Orbiter (SO), construida por Airbus y lanzada al espacio desde Cabo Cañaveral (Florida, EE UU), el pasado 10 de febrero. Su intención es, después de diversas maniobras gravitatorias aprovechando atracción de Venus, situarse en una órbita inclinada en torno al Sol, que le permita acercarse a una distancia, en el perihelio, de tan sólo 42 millones de kilómetros. Para ello, tendrá que realizar una aproximación con órbitas cada vez más cercanas al astro rey, sobrevolando Venus, que no se completará hasta diciembre de 2026. Pero en febrero de 2021 se producirá el primer paso cercano al Sol, a una distancia de unos 75 millones de kilómetros. El objetivo de la misión es estudiar la actividad solar y analizar los mecanismos de formación del viento solar.

Es la segunda nave que se manda al espacio para estudiar nuestra estrella. En agosto de 2018, la NASA lanzaba la Parker Solar Probe (PSP) con una misión semejante y una técnica de aproximación idéntica. Sin embargo, ambas misiones no compiten, sino que se complementan para estudiar el Sol con instrumentos diferentes y desde ángulos y distancias distintos. Todos los resultados que se obtengan aportarán una información más completa y rigorosa del astro que nos alumbra. De hecho, ambas misiones forman parte del programa GHO (Great Heliophysics Observatory) de la NASA.

La sonda PSP volará más cerca del ecuador del Sol, en la llamada corona solar, para medir campos magnéticos y las partículas de plasma. La SO, por su parte, podrá “ver” y fotografiar por primera vez, desde una órbita algo más lejana e inclinada, los polos solares, las regiones del astro que desde la Tierra no se pueden contemplar. Pero ambas se enfrentan al mismo peligro de quedar “achicharradas” por la radiación solar, a pesar de los escudos térmicos con los que se protegen. El desafío es, pues, inmenso, tanto como las expectativas científicas que suponen las dos naves solares.  

viernes, 18 de enero de 2019

The dark side of the moon

Nave Chang´e 4

El de arriba es el título de un álbum de Pink Floyd, pero no es la música el motivo de este comentario, sino el satélite que orbita la Tierra y, en concreto, su cara oculta, ese lado oculto que inspiró al grupo de rock. Una cara oculta del satélite que, debido a su rotación, nunca es visible desde nuestro planeta y que sólo los astronautas de las misiones Apolo, que viajaron a la Luna y alunizaron en su cara visible, han podido contemplar con sus ojos… hasta hoy.

En un alarde tecnológico, la astronáutica de China ha logrado enviar un ingenio espacial que ha alunizado en la cara oculta de la Luna, transportando, además, un vehículo robotizado que ya ha comenzado a recorrer esa superficie lunar, cubierta de polvo y cráteres como la visible, que siempre ha estado vedada a la mirada humana. Se trata de la nave Cháng’é 4 que, enviada por la Agencia Espacial China (CNSA), se posó cerca del cráter von Kármán, en el hemisferio sur de la cara oculta de la Luna, el pasado 3 de enero, de forma automática y con pleno éxito. Doce horas más tarde, extendió una rampa por la que descendió el vehículo rover Yùtù 2, que comenzó a moverse por la superficie lunar hasta aproximarse al borde de un cráter cercano de unos 20 metros de diámetro.

Foto panorámica de la cara oculta de la Luna

El éxito de la misión, que ahora deberá desarrollar los estudios y experimentos científicos previstos, no hubiera sido posible si previamente no se pone en una órbita más allá de la Luna el satélite Quèqiáo, que permite las comunicaciones desde la Tierra y los ingenios posados en la cara oculta. China se incorpora, así, a la carrera espacial que iniciaron rusos y norteamericanos hace más de cuatro décadas, y lo hace demostrando capacidad y tecnología como para elaborar un programa de exploración propio, en el que ya ha logrado hitos como el de esta misión.

La Luna y la Tierra desde el satélite Quèqiúo.
De momento, la sonda china ha posibilitado la primera imagen panorámica de 360 grados de esa cara oculta de la Luna, elaborada a partir de fotografías tomadas por una cámara del módulo de aterrizaje. También ha enviado la imagen de la primera planta que ha podido crecer en el satélite, a partir de una semilla de algodón que se transportó en un frasco que recreaba una biosfera en miniatura. Y esa otra imagen, más estética que novedosa, de la Luna y la Tierra captada por la sonda que sirve de enlace para las comunicaciones. No son frutos menores, sino las pistas de un programa por el que China se incorpora a la carrera espacial con ímpetu y ambición.

lunes, 20 de agosto de 2018

Viaje al Sol


Recientemente, la curiosidad infinita del hombre lo ha llevado enviar una sonda a achicharrarse en las cercanías, astronómicamente hablando, del Sol, dotada de escudos térmicos que teóricamente le posibilitarán, antes de derretirse, poder estudiar la estrella más próxima a nosotros del Universo y en torno a la cual gira la Tierra junto al resto de planetas del Sistema Solar. Si ya habíamos alcanzado con nuestros artefactos espaciales el helado y distante Plutón, ¿por qué no explorar también el enorme e incandescente Sol, de cuya energía depende la vida en nuestro mundo? Pues lo dicho: a pesar de todas las dificultades, el ansia insaciable de conocimiento y la capacidad técnica adquirida han empujado al ser humano a emprender una fantástica aventura científica: viajar al Sol. Una aventura que acaba de empezar.

El pasado día 12, la Agencia Aeroespacial norteamericana (NASA) lanzó al espacio la sonda Parker (en homenaje al astrofísico, todavía vivo, Eugene N. Parker, descubridor en 1958 del viento solar) a bordo de un cohete Delta IV, desde la base de Caño Cañaveral (Florida, EE UU). Una vez impulsada a la órbita prevista, la nave se separó del cohete y emprendió rumbo hacia el Sol, distante unos 150 millones de kilómetros de la Tierra, adonde espera llegar en el año 2025 para situarse a una distancia de 6,1 millones de kilómetros de su superficie. Durante los próximos siete años de viaje, la nave irá aproximándose progresivamente al Sol hasta conseguir una órbita que le permita pasar cerca de la estrella. Y para poder soportar las altas temperaturas a las que estará expuesta, la sonda va provista de un escudo protector, en forma de cono, de unos 12 centímetros de grosor y compuesto de carbono, cuya sombra protegerá los instrumentos científicos que transporta de los más de 2 millones de grados Celsius que puede alcanzar la corona solar.

Y es, precisamente, esa corona solar el objetivo primordial de la sonda que ya viaja hacia el Sol. Se trata de la capa más externa de la atmósfera solar, la cual atrae poderosamente la atención de los astrónomos, puesto que parece 300 veces más caliente que la superficie del astro, donde se registran temperaturas de más de 5.500 grados Celsius. Los científicos no entienden esa paradoja en el funcionamiento de la corona que hace que su temperatura, contra toda lógica, resulte superior a la de la masa ígnea de la superficie, pese a hallarse mucho más lejos del núcleo del astro. Este misterio es el que se intenta dilucidar con la nave solar Parker, si todo sale según lo previsto.

La misión tendrá una duración de siete años, durante los cuales la sonda realizará 24 órbitas alrededor del Sol hasta disminuir las trayectorias elípticas que la llevarán a él, de manera que consiga situarse en una órbita final comprendida entre los 110 millones de kilómetros de afelio y unos 6,1 millones de kilómetros de perihelio. Para lograrlo, la nave alcanzará una velocidad máxima de 600.000 kilómetros por hora, lo que la convierte en el vehículo espacial más veloz construido por el hombre, pero también el más ambicioso hasta la fecha, ya que su objetivo es conocer cómo funciona el Sol desde la menor distancia posible de la estrella.

La dependencia de la Tierra respecto al astro rey es indiscutible. Gracias al incesante flujo de energía procedente del Sol ha sido posible la aparición de la vida en nuestro planeta. Sin la luz y el calor que nos proporciona, las plantas, por ejemplo, no podrían llevar a cabo su función clorofílica ni los animales que dependen de la alimentación vegetal hubieran podido sobrevivir. Además, sin la descomposición y transformación de antiguas masas forestales no se hubiera producido la hulla ni el petróleo, fuentes de energía imprescindibles para nuestro desarrollo industrial y tecnológico. De igual modo, el ciclo del agua y los fenómenos atmosféricos que determinan el clima no serían posibles sin la energía del Sol, ese poderoso “quemador de átomos” en cuyo “horno” reacciones nucleares transforman el hidrógeno en helio, liberando ingentes cantidades de energía. Por todo ello, no resulta descabellado el interés que muestran los científicos por conocer con más detalle el funcionamiento del Sol, guiados por esa búsqueda de conocimiento que, en un plazo corto de tiempo histórico, no ha dejado de acompañar al hombre, permitiendo que Copérnico pudiera demostrar que la Tierra no era el centro del Universo y la hiciera circular alrededor del Sol, una más de las infinitas estrellas que pueblan el firmamento.

De ahí la fascinación que despierta la sonda Parker Solar Probe, no sólo por el reto técnico que supone, sino por posibilitar la expansión de los límites del conocimiento hasta donde nunca antes el ser humano había imaginado: hasta el mismo Sol. Bienvenidos, pues, a este viaje al Sol, un reto digno de la capacidad racional del ser humano.  

viernes, 9 de febrero de 2018

Un “camión” espacial privado

Cohete Falcon Heavy
La astronáutica ha dado un paso más, tal vez decisivo, para transportar cargas al espacio sin tener que depender de las agencias oficiales nacionales (NASA, ESA, Ruscosmos, etc.) que, hasta ahora, monopolizaban el negocio del lanzamiento de cohetes. Un nuevo proveedor de estos servicios, la compañía privada estadounidense Space X, perteneciente al magnate Elon Musk –fabricante de los coches eléctricos Tesla-, ha lanzado con éxito hace poco días, desde Cabo Cañaveral, un cohete capaz de transportar 64 toneladas de carga al espacio, a un precio sensiblemente inferior que la competencia. Se trata del cohete Falcon Heavy, el lanzador más potente disponible en la actualidad, en cuyo desarrollo se han invertido unos 500 millones de dólares, y que representa, a pesar de sus limitaciones, un avance importante en el empeño de esta firma por construir un cohete aún más potente, el gigante BFR (Big Falcon Rocket), pensado para elevar al espacio entre 100 y 140 toneladas de carga en órbita baja. Para hacernos una idea, este futuro cohete sería aún más potente que el legendario Saturno V, que llevó el hombre a la Luna.

Starman "circulando" por el espacio.
El ensayo exitoso del Falcon Heavy tiene, no obstante, una finalidad más propagandística que comercial (sí es que ello puede desligarse), subrayada por el hecho de llevar en sus bodegas y dejar flotando en el espacio un modelo del descapotable Tesla Roadster, de la firma de Musk, con un maniquí enfundado en traje espacial, bautizado como Starman, que deja boquiabiertos a cuantos terrícolas y potenciales extraterrestres puedan contemplarlo. Y es que, de esta forma tan espectacular, la agencia privada Space X ha querido demostrar su intención y capacidad para hacer realidad el proyecto del BFR, cosa que hasta hace dos días se ponía en entredicho.

Impulsores laterales aterrizando
Además, este lanzamiento ha certificado la viabilidad de recuperar y reutilizar los impulsores que se utilizan durante la primera etapa del cohete. Tras el despegue, los dos impulsores laterales del Falcon Heavy se separaron y regresaron a la base de lanzamiento, aterrizando suavemente en dos plataformas al efecto de Cabo Cañaveral. Todo un alarde de tecnología y de credibilidad, a pesar de que el impulsor central, que también debía regresar y aterrizar sobre una barcaza, no logró encender dos de sus tres motores y se estrelló en el mar. Estos tres impulsores de la primera etapa del cohete contenían, en su conjunto, nada menos que 27 motores, que se encendieron sincronizadamente y ofrecieron un impresionante empuje al vehículo, convirtiéndolo en el más potente del mundo, actualmente, por su capacidad de carga. 

Por todo ello, no cabe duda de que el negocio astronáutico cuenta con un nuevo “camión” privado para transportar cualquier carga al espacio y entablar, así una dura competencia con las agencias nacionales. Ahí estará Starman, orbitando alrededor del mundo durante años, para recordárnoslo de manera atrevida, pero simpática.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Suicidio en Saturno


Este podría ser el título de un relato de ciencia ficción, en el que una máquina dotada de sistemas informáticos que le confieren un complejo automatismo, permitiéndole conducirse prácticamente consciente cual sofisticado robot con inteligencia artificial, decide destruirse después de llevar una prolongada y estrecha relación, al principio científica y progresivamente obsesiva, con el planeta más hermoso y fascinante del Sistema Solar. Saturno había sido el objeto de su misión y, durante años, estuvo escarbando en sus misterios y profanando su intimidad hasta el extremo de generar en la máquina algo para lo que no había sido programada: un interés parecido al afecto. Por eso, cuando se agotaron sus fuentes de energía y se quedó sin fuerzas ni para orientar las antenas, en vez de perderse, sin rumbo ni control, en los confines del Universo, la sonda decidió morir, en un acto supremo de amor, penetrando para desintegrarse en la densa atmósfera opaca del planeta al que llegó a conocer más y mejor que nadie, incluso más que los propios científicos que la construyeron y enviaron allí. Decidió suicidarse en el regazo de brumas de Saturno.

Pero esta historia no es ficción, sino real. La sonda Cassini, lanzada en 1997 y que llevaba trece años explorando el enorme Saturno, sus anillos y lunas, completó su misión estrellándose contra el planeta para que el roce con su atmósfera, durante la caída, la desintegrara completamente e impidiera, de esta forma, que nada, ningún componente suyo con algún rastro orgánico (microbios, etc.), pudiera contaminar aquella parte del espacio en que podrían darse condiciones para la vida. Porque, en efecto, la misión Cassini-Huygens, un proyecto elaborado entre la NASA y la Agencia Espacial Europea, ha podido demostrar, con sus experimentos y observaciones, que es posible la vida, al menos en sus rudimentos moleculares y microscópicos, en otros lugares del Sistema Solar, además de la Tierra.

Imagen de Encélado tomada por Cassini
A tal efecto, en el año 2005, el módulo europeo Huygens, que formaba parte de Cassini, lograba ser el primer artificio humano en alunizar sobre la luna de otro planeta y descubrir, mientras lo sobrevolaba, montañas poderosas y superficies líquidas, como océanos y lagos, llenas de metano. Era la luna Titán que junto a Encélado, a la que se dirigió Cassini para descubrir fumarolas que brotaban de géigeres, fueron los satélites de Saturno que la misión Cassini pudo estudiar con cierto detalle gracias a las más de 290 órbitas descritas alrededor del planeta y los 162 sobrevuelos a sus lunas. Una tarea formidable que ha deparado más de 450.000 imágenes y un total de 635 GB de datos que los científicos tardarán años en analizar.

Recreación del final de Cassini
Pero lo triste de este relato no es el “suicidio” de una nave que ha estado 20 años sobreviviendo en las extremas condiciones del espacio para proporcionarnos un ingente conocimiento nuevo sobre Saturno y sus lunas, sino que una misión semejante, por su envergadura científica y complejidad técnica, no está siquiera prevista en el programa de exploración espacial inmediato, cuando se supone que la tecnología es infinitamente superior y más eficaz que la que en los años 80 y 90 posibilitó el éxito de la misión Cassini-Huygens. Es por ello que, entre la tacañería para la investigación y la imaginación que hay que echar a todo proyecto, me inclino por pensar que Cassini fue consciente al preferir el suicidio, inmolarse en coherencia con su misión, a vagar eternamente por el Universo y llevar la estulticia humana, capaz de rescatar bancos y negar recursos a la ciencia, a destinos ignotos.

miércoles, 16 de marzo de 2016

De Europa a Marte

Marte, el planeta rojo, sigue acaparando la atención de los científicos por hallar rastros de vida fuera de nuestro mundo. Ya no es la NASA ni los rusos los únicos capaces de enviar sondas exploratorias a otros planetas, como hasta hace poco, sino que otras agencias y otros países se han sumado al esfuerzo, tras desarrollar la tecnología necesaria, de construir y lanzar al espacio vehículos o naves automáticas que sondean nuestro entorno sideral. El último cohete en partir hacia búsqueda de esos vestigios de vida extraterrestre lo ha lanzado la Agencia Espacial Europea (ESA, en sus siglas en inglés), el pasado lunes 14 de marzo, desde el cosmódromo de Baikonur (Rusia), transportando la sonda europea ExoMars, con la misión de explorar el planeta Marte.

Esta sonda, de 4332 kilogramos, está formada por un módulo orbitador TGO (Trace Gas Orbiter) y una cápsula que descenderá a la superficie del planeta, (Schiaparelli), construidos ambos elementos para ESA por empresas francesas e italianas, respectivamente. Portan innumerables instrumentos para analizar la atmósfera marciana e identificar el origen del gas metano detectado en ella, y verificar mediante sensores y cámaras fotográficas el descenso y aterrizaje de la cápsula en la zona escogida, cerca, por cierto, de donde se halla el vehículo Opportunity de la NASA. El impulsor que ha elevado la sonda hasta la órbita desde la que emprenderá rumbo al planeta rojo ha sido un cohete ruso, modelo Protón-M, el lanzador más potente en servicio y de amplia experiencia en la astronáutica rusa. La nave, con el módulo y la cápsula, deberán alcanzar Marte en octubre próximo, si no se produce ningún fallo. Se trata de la segunda misión europea con destino al planeta rojo y la primera que Europa emprende en colaboración con Rusia para la investigación del vecino planeta y que forma parte de un proyecto ambicioso que contempla el envío de otra nave, en 2018, con el objetivo de situar un robot (rover) sobre la superficie de aquel planeta.

De esta manera, mientras Europa cierra, por un lado, las puertas a refugiados procedentes de los conflictos que rodean al continente aquí en la Tierra, por el otro, abre las claraboyas al espacio en busca de conocimientos que aclaren nuestro origen y el lugar que ocupamos en el Universo. Egoísmo y curiosidad que explican el comportamiento en un rincón del mundo, capaz de negar el acceso a sus vecinos que huyen de la miseria y la muerte y, simultáneamente, emprender proyectos cósmicos que satisfagan la inquietud científica, tecnológica e industrial que el raciocinio más instrumental hace posible. Acaso esas dos actitudes aparentemente contradictorias, como caras de una misma moneda, sean las que han ubicado al ser humano en la cúspide de la escala animal: movido por el egoísmo no ceja en la búsqueda de nuevos recursos, territorios o conocimientos que permitan su supervivencia.

En competición con otras potencias, Europa se lanza ahora hacia la “conquista” de Marte, invirtiendo recursos económicos que revierten en aplicaciones técnicas, avances científicos y desarrollo industrial que convierten a esta zona del globo en un lugar destacado entre las regiones más desarrolladas del mundo, posibilitando una actividad económica y comercial de primera magnitud. Cabría esperar que el mismo ingenio y recursos se inviertan en socorrer y acoger a los que acuden a nuestras fronteras solicitando protección y ayuda. Europa puede ir hacia Marte, faltaría más, pero sin huir de su responsabilidad con la solidaridad hacia otros pueblos del planeta Tierra.

lunes, 10 de agosto de 2015

Tras Plutón y más allá



Plutón
Plutón era el último planeta de nuestro Sistema Solar. Eso aprendimos de niños. Era, nos enseñaron entonces, el planeta más alejado y pequeño de cuantos giran alrededor del Sol, un punto invisible, incluso para los telescopios, perdido en la inmensidad del espacio. A una distancia de 5.760 millones de kilómetros, está 40 veces más lejos del Sol que la Tierra. Pero hasta allá la NASA ha enviado una nave espacial que ha tardado nueve años y medio en recorrer esa distancia y ha podido pasar a sólo 12.000 kilómetros, casi rozando, del desconocido y lejano Plutón. La nave, denominada New Horizons, había iniciado su viaje en 2006 y el pasado 14 de julio alcanzó esos “nuevos horizontes” de su objetivo, pudiendo tomar fotografías nítidas y cercanas de la superficie del misterioso planeta y sus lunas, en particular, la más grande: Caronte. Y al cartografíar su superficie se ha descubierto que Plutón es 80 kilómetros más ancho y tiene 2.370 kilómetros más de diámetro de lo que se suponía. Ello no modifica la decisión de la Unión Astronómica Internacional, que lo había reclasificado como un planeta enano, prácticamente un gran peñasco sin tamaño suficiente para acceder a la división de planetas, orbitando en los confines del Sistema Solar. Pero no por ello carecía de interés.

Montañas de hielo de Plutón
La nave enviada al encuentro de Plutón, un cajón de 70 centímetros de alto y dos metros de largo por dos de ancho y un peso de 478 kilos de peso, llevaba un impulso que le confería una velocidad de 14 kilómetros por segundo, lo que suponía no poder ponerse en órbita del planeta al carecer de motores y combustible para el frenado. Pasó de largo con rumbo directo al Cinturón de Kuiper, una zona desconocida en los arrabales del sistema planetario en la que flotan los materiales de las “construcciones planetarias”, según la NASA, y de donde parten y se producen los cometas, como el que nos visita cada 75 años: el cometa Halley.


Caronte, luna de Plutón
Pero pasar de largo no ha sido ningún fracaso, sino toda una hazaña que ha permitido obtener imágenes inéditas y cercanas de Plutón, mientras la nave “sobrevolaba” el planeta. Imágenes que han deparado muchas sorpresas y una cantidad ingente de información que mantendrá a los científicos ocupados durante meses y años. Por de pronto, ya se ha constatado que en Plutón hay montañas heladas, con picos de más de 3.500 metros de altura, y bastante menos cráteres de lo que se esperaba, lo que induce a pensar que esas formaciones, medidas en tiempo geológico, son muy jóvenes, aunque se ignore qué fuerzas o fenómenos las han producido. También han sorprendido los hallazgos en Caronte, su luna principal. Según el divulgador Daniel Marín, el casquete polar oscuro que presenta esa luna es, al parecer, una enorme depresión, quizás producida por algún impacto. Al mismo tiempo, se ha descubierto un enorme complejo de cañones de más de mil kilómetros de longitud y con una profundidad de entre siete y nueve kilómetros. Todos estos hallazgos no hacen sino aumentar los misterios y la fascinación que rodean a Plutón y sus lunas. Todo un reto para la ciencia. 
 
Y es que el éxito de la misión de la nave New Horizons ha sido, desde cualquier punto de vista, absoluto, al ser la primera sonda que consigue llegar al lejano Plutón y más allá. Gracias a ella se ha podido completar la visita y exploración de todos los planetas principales de nuestro Sistema Solar. Para el investigador principal de la misión, Alan Stern, “esto es exploración en esencia”, lo que posibilitará que se conozca Plutón como nunca antes se ha hecho y que los datos aportados por los instrumentos de la nave desvelen la historia del planeta enano y sus lunas. Una tarea que ha estado cumpliendo escrupulosamente hasta el pasado 20 de julio, cuando la nave suspendió la retransmisión de fotografías para seguir su viaje más allá de Plutón. Se confía, no obstante, que a mediados de septiembre vuelva a reanudar la comunicación y envíe nuevas imágines sorprendentes de lo que hasta ahora era un misterio, ese objeto que no es un planeta pero tampoco un asteroide: Plutón