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sábado, 4 de abril de 2020

No dejaré de escucharte, Aute

En este día aciago, de reclusión, epidemias y muerte, ennegrece aún más su grisura, si cabe, el fallecimiento del cantautor, pintor, poeta y escritor Luis Eduardo Aute, un icono insustituible de mi memoria musical y un referente artístico para más de una generación de españoles. No por esperada, porque desde el año 2016 estaba en coma tras sufrir un infarto, su muerte me resulta menos dolorosa.

Aute, con esa pinta de bohemio sentimental, rasgueaba su guitarra para ponernos los pelos de punta con su voz, menos grave pero igual de susurrante que la Leonard Cohen, y con las letras de unas canciones que desnudaban nuestras emociones. Su poética y sensibilidad musical eran excepcionales, siempre centradas en el amor, el compromiso y la amistad. Fue un compositor fecundo que ayudó que otros cantantes alcanzaran notables éxitos interpretando sus canciones. De hecho, así fue como lo conocí en mi adolescencia, cuando “Aleluya nº 1” y Rosas en el mar”, que le dieron fama a Massiel, destacaban sobre la mediocridad de la música popera y desenfada de aquella época. “Al alba”, una letra comprometida que se convirtió casi en un himno, logró burlar la censura de la dictadura disfrazada de desgarro romántico, cuando en realidad era un lamento por las víctimas de los últimos fusilamientos del franquismo.

La música de Aute me ha acompañado, de manera tan irregular como su propia producción artística, durante más de cincuenta años de mi vida, junto a la de otros autores que también me han dejado huérfano de referentes musicales. El tiempo transcurre, inevitablemente, para todos. Lo último que adquirí sobre él, en el año 2000, fue el disco homenaje que le tributaron artistas como Ana Belén, Juan Manuel Serrat, José Mercé, Joaquín Sabina, Jorge Drexler, Rosendo y otros, en el que versionaban sus canciones. Hoy suena mi tocadiscos en honor de Luis Eduardo Aute, un músico renacentista, de amplios registros e intereses, que ha muerto hoy a los 76 años. Nunca dejaré de escuchar sus canciones.



miércoles, 18 de diciembre de 2019

Adiós a Patxi Andión


Una nueva ausencia viene a agrandar el vacío que genera la pérdida de quienes hicieron posible la memoria sentimental y musical de toda una generación. Una ausencia insustituible por cuanto Patxi Andión fue, como Víctor Manuel, Serrat, Aute y algunos otros, mitos que no sólo conmovían por sus canciones, sino que además enseñaban a contemplar y ubicarte en la vida a través de sus letras y sus actitudes personales.

Hoy, por desgracia, ha fallecido a los 72 años el artista, cantante y actor, Patxi Andión, a causa de un accidente de tráfico. Nos quedarán sus discos, en los que la grave y desgarrada voz del cantautor podía hacernos saltar las lágrimas cuando abordaba temas que calaban en lo más hondo de nuestra sensibilidad. Su discografía no era tan prolija (sólo 17 discos) para la longevidad de su carrera musical, en la que había cumplido 50 años el año pasado, precisamente. Pero contenía abundantes joyas, de enorme calidad poética, que no siempre alcanzaron el éxito masivo del público. Hoy decimos adiós a Patxi Andión, mientras mi memoria llora con el recuerdo de algunos de aquellas melodías y letras que me ponían la piel de gallina. Descanse en paz, viejo amigo.





miércoles, 3 de octubre de 2018

Adiós a Jerry González

Ha muerto en Madrid, el pasado día 1, el trompetista de jazz Jerry González, víctima de un incendio en su casa del barrio de Lavapiés. Tenía 69 años y muchos proyectos por delante. De padres puertorriqueños, había nacido en Nueva York, donde se crió y se formó como músico, marcado por las influencias de Miles Davis, Dizzy Gillespie y Eddie Palmieri. Se convirtió en un referente del jazz latino y, en los últimos años, de la fusión con el flamenco.

Conocí a este músico gracias al documental de Fernando Trueba, en el año 2000, Calle 54, junto a otros que también figuraron en el mismo y que me dejaron impresionado por su forma de interpretar y hacer música. Salí del cine directamente a comprar el doble “compact-disk” con las melodías de aquellos autores, entre los que se hallaban Paquito de Rivera, Eliane Elías, Michel Camilo, Bebo y Chucho Valdés y, como maestro de ceremonias y narrador con su trompeta de los créditos finales, Jerry González.

Me cayó simpático con ese hablar español tan reconocible en los latinos con acento inglés del Bronx, ese “nuyorrrican”, y por el dominio de sonoridades de su trompeta. Aquel documental le deparó un enorme éxito en España, país al que se trasladó a vivir y donde participó en numerosos festivales de jazz y no se abstuvo de frecuentar salas y garitos para dejar fascinada a la concurrencia. Aquí colaboró con los grandes del flamenco, como Paco de Lucía, Diego el Cigala, Niño Josele o Enrique Morente. Incluso llegó a formar el grupo “Jerry González y los Piratas del Flamenco” con el que expresaba su interés en la fusión del jazz con el flamenco. Tenía ese punto de excentricidad mezclado con el virtuosismo musical propio de los genios. Ya sólo podemos escucharle en los discos, como esta pieza, Cómo fue, junto al pianista Chano Domínguez. Su desaparición nos impide seguirlo con el detenimiento que merecía. Descanse en paz.

sábado, 21 de abril de 2018

Doctor Luis Montes, in memoriam


Acaba de fallecer (el día 19 a causa de un infarto), a la pronta edad de 69 años, el doctor Luis Montes, conocido anestesista del Hospital Severo Ochoa de Leganés (Madrid) que fue injustamente acusado, tras una denuncia anónima, de causar la muerte a enfermos terminales del centro hospitalario mediante sedaciones irregulares. La persona que soportó con dignidad y firmeza aquella carnicería mediática y judicial de la derecha madrileña hasta conseguir, años después, salir absuelto de todas las imputaciones, fue el doctor Montes, por aquel entonces coordinador de Urgencias del hospital madrileño.

Hoy muere la persona, pero su memoria y el recuerdo de su inquebrantable lucha por la Sanidad pública, el derecho a una muerte digna y contra los embates privatizadores en la Sanidad, perdurarán en el tiempo mucho más que las ofensas y el nombre de quienes intentaron desprestigiarlo, con una campaña de linchamiento moral e injurias, para derribar a través de su persona un modelo público sanitario.

Luis Montes, un médico sensible y coherente, era la cabeza visible de un grupo de facultativos madrileños que perseguía una práctica médica de servicio público y carácter progresista. En los cargos de responsabilidad que ocupó durante su trayectoria profesional, apostó porque los hospitales asumieran la realización de abortos, que en aquellos tiempos de ilegalidad se relegaba a clínicas privadas o centros poco fiables, facilitaran el derecho de una muerte digna a los pacientes terminales que así lo dejaran establecido y combatió con denuedo la privatización de hospitales que promovía el Gobierno conservador de Madrid.

Ante la altura moral y profesional del doctor Montes, la expresidenta Esperanza Aguirre (apartada de todo cargo por sus relaciones con la corrupción) y su mamporrero Manuel Lamela, exconsejero de Sanidad, (en empresas privadas como premio por laminar lo público) quedarán en esta infamante historia como autores materiales de unas acusaciones falsas y la cacería de brujas que tuvo que padecer el Jefe de Urgencias del Hospital Severo Ochoa por oponerse, desde sus convicciones y su dignidad, a los arrebatos neoliberales de unos gobernantes sin escrúpulos para privatizar los servicios y prestaciones públicos, como la Sanidad.

Descanse en paz este médico leal que ejerció al servicio de los ciudadanos y al que la Justicia reconoció, demasiado tarde como siempre, que no había actuado mal.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Ha muerto el padre del Big Bang

 
Esta madrugada ha muerto Stephen Hawking, el físico británico más conocido de los últimos tiempos y autor de la teoría del Big Bang, aquella explicación acerca de la creación del Universo a partir de una explosión inicial que lo hace expandirse para luego enfriarse y contraerse hasta volver a explotar, de manera indefinida.

Hawking era un cerebro privilegiado encarcelado en un cuerpo paralizado y atrofiado por una enfermedad neuronal (la esclerosis lateral amiotrófica), lo que no impidió que pudiera pensar y siguiera investigando y divulgando sus geniales teorías físicas que asombraban al mundo.

Tenía 76 años, muchos más de los que le pronosticaron que sobreviviría a causa de su enfermedad, demostrando una fuerza de voluntad extraordinaria con la que supo superar las limitaciones de un cuerpo que sólo le permitía mover los músculos de los ojos, suficientes para controlar con la vista un aparato que reproducía su voz y le permitía comunicarse y hasta dar conferencias.

Stephen Hawking era una mente brillante y un didáctico divulgador de ciencia que, gracias a libros como Breve historia del tiempo y El universo en una cáscara de nuez se convirtió en el científico más famoso y leído de la actualidad, a la altura de Albert Einstein, Isaac Newton, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Galileo Galilei, autores del canon de la cultura universal en el campo de la Física y la Astronomía.

Ha muerto el padre del Big Bang. Descanse en paz.

lunes, 13 de febrero de 2017

Se apaga una voz, Al Jarreau

Este año inquieto nos castiga con una pérdida del mundo de la música y nos condena al silencio de una voz original y aterciopelada, que nos acostumbró a escuchar un jazz melodioso que era interpretado con una soberbia técnica vocalista. Ha muerto, ayer en Los Ángeles (EE UU) Al Jarreau, un artista sobrio, ajeno a la farándula del famoseo, de inquietudes religiosas y empeñado en dotar a su voz de la sutileza y la limpieza de una nota musical. Se le recuerda por ser el autor de la sintonía de la serie televisiva Moonligting, traducida en España como Luz de luna. Al Jarreau y Bobby McFerrin compartieron un estilo único entre los grandes vocalistas jazzísticos que consiguieron popularizar, sin merma de calidad, lo que luego se ha definido como jazz fusión. Quédense con esta versión de Your song como recordatorio de su talento y en homenaje a un músico peculiar que ya forma parte de los grandes artistas eternos de la música.



viernes, 22 de abril de 2016

Prince

Ayer murió Prince, una estrella del pop de los ochenta que yo recuerdo por una sola canción. No es que no compusiera otras, es que el éxito de su famosa Lluvia púrpura eclipsó a todas las demás. Lo mismo me ha pasado con otros artistas, que los recuerdo por una sola y única obra, como Don McLean y su American pie o, incluso, el Tubular bells de Mike Oldfield. Son autores que ya no superan la genialidad de una obra por mucho que sigan toda su vida intentando repetir la hazaña. Nos sorprende, ahora, la muerte imprevista y prematura de Prince, un intérprete que me resultaba demasiado extravagante y presumido. Su voz en falsete se me revelaba tan aguda como falsa, valga la redundancia. Aunque no dejo de reconocer que forma parte de los grandes nombres de la música amplificada de los años ochenta, nunca adquirí un disco suyo. Me atraían otros guitarristas y otras voces. Con todo, Prince o el “innombrable”, como durante un tiempo quiso ser reconocido, forma parte ya de la historia de la música pop mundial y su Purple rain seguirá escuchándose por doquier, incluso cuando dejemos de reproducirla “in memoriam”. Descanse en paz.

domingo, 23 de agosto de 2015

Pero sí de Les Luthiers.


A las pocas horas de escribir el comentario anterior, en el que reconocía con ocasión de su fallecimiento que no era fan de la actriz cómica Lina Morgan, conocía la noticia de la desaparición de Daniel Rabinovich, el más “fresco” y caradura de los componentes de Les Luthiers, el grupo de humor musical argentino del que sí soy rabiosamente partidario. Murió el pasado viernes en Buenos Aires, a los 71 años de edad, a causa de complicaciones cardíacas que lo tenían alejado de los escenarios los últimos años. Ninguno de los integrantes de Les Luthiers resulta antipático, pero Daniel destacaba por su simpatía y comicidad. Echaré de menos sus gestos pícaros, sus explicaciones disparadas y aquella sinceridad inconveniente con las que apuntillaba las piezas hilarantes del show de este grupo de músicos comediantes en español más conocido del mundo.

Todos los integrantes del grupo son grandes músicos que se valen de la música y de los instrumentos estrambóticos que construyen con materiales de desecho para elaborar sus actuaciones. Juegos de palabras y una sutil ironía sirven para mantener al público pendientes de un humor absurdo pero inteligente y elegante con el que critican desde el deporte a la política, la religión y hasta el engreimiento cultural. Uno de sus éxitos más sonados lo alcanzaron con el personaje de Johan Sebastián Mastropiero, con el que satirizan, desde su creación en 1968, a Bach y a los encumbrados y supuestos entendidos de música clásica. Es inolvidable el monólogo que hace Daniel refiriéndose a la juventud de Mastropiero: “Todo empezó cuando un conocido crítico se resfrió… se refirió, se refirió a Mastropiero”. Desde entonces, siempre que he podido, he seguido los espectáculos de Les Luthiers a través de cintas de audio, de vídeo o en actuaciones en directo en teatros.

Daniel Rabinovich fue uno de los fundadores del grupo y tal vez el más popular y apreciado de todos ellos, junto a Marcos Mundstock, la “voz” grave de las presentaciones del espectáculo. El resto del quinteto lo forman Jorge Maronna, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés, quienes ahora deberán adaptarse a ser un cuarteto. Cuando Daniel aparecía por el escenario, su sola presencia ya invitaba a la risa, a esperar alguna boutade desternillante del personaje que representaba, incapaz de contenerse y sin sentido del ridículo, como el atrevimiento de los ignorantes. Pocos conocen que se le concedió la nacionalidad española en 2012, que era una persona entrañable y alegre y que sabía tocar unos quince instrumentos musicales, como la guitarra y el violín. Y que era escribano público (notario), título que consiguió en 1969 tras estudiar Derecho.

El mundo, al menos el mío, se hace más triste e insoportable sin la compañía de artistas cómicos que, entre risas y chistes, nos ayudan a soportar las contradicciones, los infortunios y las injusticias del mismo. El humor crítico es cuestionador de lo establecido y escarpelo de la inteligencia para hurgar en la verdad que se pretende ocultar. Ahí radica la diferencia entre las payasadas de Lina Morgan y los disparates de Les Luthiers, y la razón por la que yo prefiera a los segundos que a la primera. No hay color.
 
 

sábado, 22 de agosto de 2015

Nunca fui fan de Lina Morgan

Lina Morgan, actriz cómica española, murió el jueves pasado a los 78 años de edad en Madrid, tras sufrir una larga enfermedad. A lo largo de su vida profesional había cosechado innumerables éxitos de cine, teatro y televisión que atrajeron el fervor del público y de la crítica, lo que le permitió ser propietaria de un teatro, Teatro La Latina, en el que representaba, como única estrella y con su propia compañía, obras que mantenía varias temporadas en cartel. No cabe duda de que fue una actriz afortunada y querida por los espectadores, como se desprende de los encendidos y laudatorios obituarios con los que los medios de comunicación han reseñado su fallecimiento.

Sin embargo, a mí nunca me gustaron los personajes, en realidad siempre el mismo, que esta actriz encarnaba a la perfección: humildes, ingenuos, casi pánfilos, pero astutos como el hambre y listos hasta para hacerse el tonto y conseguir que los demás no se aprovecharan de su aparente bobería. Mímicas exageradas, guiños al respetable y absurdos movimientos de piernas caracterizaron la forma de actuar de quien se hizo llamar Lina Morgan, propinándole un éxito arrollador en obras como La tonta del bote, La descarriada, La marina te llama, ¡Vaya par de gemelas! y otras.

Ahora que ha muerto, he de reconocer la coherencia de una actriz que supo exprimir al personaje que podía interpretar con una gran fidelidad sin que el público se cansara de consumir la misma parodia y las mismas payasadas, riéndose a mandíbula batiente. También he de reconocer la capacidad de trabajo y entrega de una mujer que siempre quiso ser actriz y lo consiguió encasillándose como artista cómico. Sin embargo, a mi no me gustaba Lina Morgan, no por ella, sino por los personajes que representaba: palurdos pero listos, analfabetos pero imposibles de engañar, ingenuos pero desconfiados, pobres pero felices con su miseria. No me gustaba porque sus personajes extrapolaban una época y una gente que, sin brincos ni gansadas, tuvieron que aguantar a muchos señoritos que sí se aprovecharon de los infelices y humildes, condenándolos a la sumisión y la pobreza. Personas simples que soportaron las estrecheces materiales, las carencias de una clase social dependiente de la caridad y las migajas de los poderosos y la asfixia de libertades de una dictadura y una moral autoritarias e intransigentes.
 
Nunca pude aceptar la resignación como espectáculo y menos aún utilizándose como comedia que banaliza el sufrimiento de los que de verdad son ingenuos, simples y honrados perdedores en la vida. Ello no quita que Lina Morgan se merezca el reconocimiento de su público y el homenaje póstumo de quienes la consideran una gran actriz española, de la que nunca fui fan. Lo siento. Descanse en paz.