Los días de la presente semana se convertirán en el espejo donde se mirará la historia actual de España para buscar similitudes o diferencias con la de hace 80 años, cuando tras unas elecciones generales las izquierdas, en plural, buscaron la unión para evitar que la derecha gobernase el país. La historia no se repite nunca, pero parece que se versiona actualizando protagonistas y tramas que ponen los pelos de punta a más de uno que ya conoce el final de aquella película. Confiamos que esta vez el espejo nos devuelva una imagen distinta y más esperanzadora que la que sirvió de prolegómeno a décadas de oscuridad y violencia.
Pedro Sánchez no es Manuel Azaña ni Mariano Rajoy es José
María Gil-Robles, pero ambos lideran los bloques que se enfrentan, en esta
semana decisiva, para formar gobierno en España, después de que el 20 de
diciembre pasado ningún partido obtuviese mayoría suficiente para hacerlo en
solitario. Como entonces, la derecha aglutina el voto conservador y
tradicionalista que se ve en la necesidad de alguna alianza para mantenerse en
el poder, sin que encuentre apoyos siquiera para aceptar la candidatura e intentarlo.
El grupo más afín, Ciudadanos, una formación que representa a una derecha
moderna en lo económico y liberal en lo social, no está dispuesto a mancharse
con la que lidera el actual presidente en funciones, al que identifica con la
corrupción y los desmanes que desea erradicar de la práctica política española.
Y Rajoy, por su parte, no está dispuesto al sacrificio personal a pesar de que
se le llena la boca de patriotismo y responsabilidad por el bien de España.
Queda la oportunidad del Partido Socialista (PSOE) de
congregar en torno a su proyecto gubernamental a una izquierda fragmentada que
le exige cada día condiciones imprescindibles para otorgarle la confianza. No
se trata de un Frente Popular, aunque la voluntad en ambas situaciones históricas
sea la de evitar que gobierne la derecha. Ni el país de ahora es como era entonces
ni la sociedad española se parece en nada a la agraria y medio analfabeta del
año 1936, cuando el estallido de la Guerra
Civil. Pero las semejanzas de una confrontación parlamentaria
entre dos bloques ideológicos prácticamente iguales son muy inquietantes por
cuanto parecen proceder por motivos idénticos y no periclitados: impedirse
mutuamente gobernar.
El PSOE busca acuerdos de gobierno con Ciudadanos y Podemos,
quienes con un apoyo explícito y la abstención podrían facilitar su acceso al
poder, pero los dos partidos emergentes se consideran incompatibles. La
presencia de uno causa el rechazo del otro, al menos durante el proceso de
negociación en que, hasta el final, las apuestas y las cesiones se libran a
cara de perro para obtener las máximas ventajas. Podemos gustaría de un
gobierno exclusivamente de izquierdas y con un programa radical, mientras
Ciudadanos pretende un Ejecutivo centrista que aplique medidas liberales,
fundamentalmente en lo económico. Ambas tendencias anidan entre los
socialistas, que se ven obligados a pulir sus propuestas socialdemócratas de
forma equidistante hacia uno y otro lado para dar satisfacción a sus probables
socios de gobierno.
¿Qué haría el Partido Popular en la oposición? Lo que
siempre ha hecho: deslegitimar la acción de gobierno, poner trabas a cualquier
acuerdo parlamentario, censurar iniciativas, tergiversar actitudes e intentar
desestabilizar cuanto pueda al nuevo Gobierno desde la confrontación y la
deslealtad institucional. La derecha se permite siempre ser irresponsable
aunque exija responsabilidad cuando la necesita, sin que por ello pierda la
cara ni la gente parezca tenérselo en cuenta. En caso de ser desalojada del
poder, dispondrá de munición suficiente para estar constantemente poniendo objeciones
al Gobierno con la cuestión catalana, la contrarreforma laboral, la política
económica y fiscal, los asuntos sociales, los planes educativos y la defensa de
renovados valores y libertades.
Representan, efectivamente, dos conceptos de España enfrentados y agrupados en dos bloques que, salvo la apariencia externa, en nada son semejantes, afortunadamente, aunque esta semana parezca que se reflejan en un espejo. Más que un Frente Popular enfrentado a una derecha monolítica, lo que existe en la actualidad es una sociedad diversa, plural y heterogénea que basa su convivencia en el diálogo, el acuerdo y la discusión de manera pacífica y democrática, sin alarmas en los cuarteles ni amenazas golpistas. La interrelación con entes supranacionales, políticos y económicos, asegura que, cualquiera que sea el resultado de estos pactos, no supondrán alteraciones revolucionarias en la acción de gobierno. En un mundo global, esos entes supranacionales imponen condiciones a cualquier gobierno que aspire a la aquiescencia de tales poderes. Si ella, ningún gobierno es viable. Por eso, a pesar de los nervios y los aspavientos por lo que pueda surgir esta semana en las negociaciones, sólo nos jugamos matices con los que seguir administrando nuestra convivencia. Matices importantes, es verdad, para corregir desigualdades y evitar injusticias, pero sin salirnos del sistema ni del esquema general. Ni vienen los comunistas a violar nuestras mujeres ni Franco a fusilar a cualquiera que considere rojo o masón. Al menos, esa es nuestra esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario