Los demonios andan entre nosotros, se integran en nuestras sociedades y alcanzan puestos desde donde pueden hacer el mayor daño posible a los pobres mortales que somos incapaces de verlos y reconocerlos. Algunos se dedican a empobrecernos materialmente, rebajando salarios, endureciendo condiciones laborales y limitando derechos y prestaciones por pura maldad. Son espíritus malignos, enviados de Belcebú, que disfrutan despojándonos de unas riquezas raquíticas, suficientes sólo para comer y vestir sin temer al mañana, para repartirlas entre sus seguidores y adoradores: avariciosos y acaudalados que profesan culto demoníaco a la especulación y al dinero.
Existen igualmente seres infernales que manifiestan su
maldad impidiendo cualquier posibilidad de progreso y educación a las almas ingenuas
que aspiran a la cultura como emancipación, seres del averno que se afanan en
reducir o eliminar becas, que se mimetizan de moralistas para obligar que se
imparta la asignatura de religión con la finalidad de adoctrinar en la
resignación y la sumisión en vez de prepararte para eludir un destino de
mano de obra barata, mansa y sin cualificar, carente de criterio y fuerza para
la rebelión. Muy pocos descubren a estos demonios y se atreven a negarles
valientemente el saludo, exponiéndose a sobrenaturales castigos. Estos malignos
se empeñan en mortificar y obstaculizar las expectativas de mejora personal y
social para que una élite formada por su lúgubre logia de feligreses conserve los privilegios en
esta Tierra.
Pero hay más, son muchos más los demonios que nos tientan
con tal de que la sociedad en su conjunto renuncie a sus logros colectivos y se deje
arrebatar los derechos y libertades por los que, durante generaciones, ha
estado luchando hasta conseguirlos. Son los que nos inducen a negar asistencia
sanitaria a semejantes sin papeles o marginados, los que recortan las pensiones a los
ancianos, los que impiden que la mujer decida sobre su cuerpo y la maternidad,
los que encarcelan y expulsan a quienes huyen de la miseria saltando nuestras
vallas en la frontera, los que golpean a estudiantes en las manifestaciones,
penalizan las protestas contra los desahucios y desalojan a propietarios
de sus casas para que un banco cobre una deuda, los que persiguen a pequeños
delincuentes mientras conceden amnistías fiscales a poderosos evasores, los que
niegan toda ayuda pública a los más desfavorecidos para crear nichos de negocio
y mercado.
Tan inmensa es la legión de los hijos de Satanás que
conviven entre nosotros que el miedo al infierno y sus demonios bíblicos resulta
infantil. Por eso me divierte esta canción de Aute, en versión rockera de
Rosendo, en la que la provocación de Lucifer no alcanza la
malignidad gratuita de los verdaderos de carne y hueso que pululan sueltos en derredor nuestro.
Esos sí que dan repelús.
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