Todo el mundo predice que en otoño volveremos a estar confinados. Es rara la conversación en la que alguien no afirme estar convencido de que el país necesitará estar enclaustrado, guardando una nueva cuarentena colectiva más o menos duradera. Pero nadie aporta datos objetivos ni referencias de expertos comprobables, sino juicios que se basan en la intuición y las especulaciones que circulan por las redes sociales. Tales profetas son presas de un exceso de información que les imposibilita discernir entre bulos e información fidedigna. La incertidumbre y los miedos por una coyuntura realmente preocupante, a causa de una epidemia que no se puede combatir más que con el aislamiento individual, favorecen más una respuesta emocional que racional. Sobre todo, si los brotes de la enfermedad se multiplican por todo el país, incrementando el número de personas afectadas, con o sin síntomas, así como el cómputo de fallecidos. Y, ante la alarma por un problema que no acaba de solucionarse, la reacción pesimista es lo que nos lleva a expresar pronósticos catastrofistas. Se pierde la confianza y la capacidad de criterio más o menos objetivo.
Es cierto que la pandemia, lejos de estar vencida, se halla
semicontrolada gracias a las medidas de protección personal (mascarillas,
distancia interpersonal, etc.) establecidas para servir de barrera a la transmisión
de contagios. Con ellas se dificulta que el virus campe por sus respetos, pero
no que siga entre nosotros, contagiando a nuevos huéspedes en cuanto bajamos la
guardia y nos creemos libres de la enfermedad. De ahí la aparición de brotes
diseminados por toda la geografía, fruto, en la mayoría de los casos, de
reuniones, celebraciones y aglomeraciones de gente (por causa festiva o
laboral) que no cumplen las medidas de protección a que están obligadas. Los
expertos médicos y epidemiológicos, desconociendo el número exacto de personas
infectadas en la población, esperaban la aparición de estos brotes como una
evolución natural de la epidemia, siempre y cuando fueran detectados
precozmente y debidamente rastreados para circunscribir su extensión y limitar
su expansión.
Por tanto, que existan brotes no significa que la pandemia
esté descontrolada, propiciando una nueva oleada como la que obligó confinar a la
población y paralizar la actividad económica. Muy torpes e irresponsables hemos
de ser para llegar a ese extremo, otra vez. Pero las autoridades deberán aunar
esfuerzos para unificar y fortalecer los mecanismos de actuación posibles
contra esta inimaginable amenaza, evitando utilizarla para la confrontación
política, y los ciudadanos tenemos que asumir que sin nuestro comportamiento
responsable no se podrá doblegar esta situación, sin caer en dramatismos ni pesimismos
injustificados. Y confiar en que, más pronto que tarde, se logrará el remedio
terapéutico que nos facilitará una protección más eficaz contra el virus. Tal
vez entonces olvidaremos las especulaciones gratuitas y los bulos tendenciosos
que tanto contribuyen a desinformarnos y atemorizarnos, haciéndonos perder el
juicio y la capacidad crítica. También a no caer en la actitud opuesta que
niega la evidencia y hace caso omiso de las recomendaciones de las autoridades
e instituciones sanitarias.
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