jueves, 25 de junio de 2020

Rincones del verano

Nos sorprende el calor como un amor espontáneo, casi sin buscarlo pero deseando que nos atrape con esa luz cautivadora que altera nuestras vidas a su antojo. Desamparados frente a los estragos que nos causa, no sólo en la piel sino también en nuestra voluntad, buscamos refugio en los ambientes que matizan su luminosidad cegadora y nos libran de su abrazo ardiente. Rincones protegidos por la penumbra quieta de bóvedas vegetales y la estrechez de una cintura pétrea, en los que el calor insoportable, como las pasiones impetuosas, aplaca su ímpetu voluptuoso por la placidez silente de la atmósfera que los envuelve y que contagia y serena el ánimo. No son callejuelas para esconderse, sino para dejar que la vida transcurra tranquila entre ventanas enrejadas de sombras que aíslan una intimidad temerosa de la luz. Abundan pasajes recónditos así, en esta ciudad enamorada del calor y de la luz, que semejan esas gafas que convierten los rayos del Sol en una caricia agradable para los ojos y el corazón. Espacios en los que el verano es domesticado para poder ser deseado y disfrutado, sin riesgo de que nos atolondre con su ardor.

martes, 23 de junio de 2020

Una cierta esperanza


Más por suerte que por voluntad soberana de los votantes, los españoles más vulnerables y débiles (entre los que incluyo a los trabajadores, las amas de casa, las personas dependientes y la mayoría de los jóvenes y los niños) pueden albergar motivos para una cierta esperanza en que el Gobierno de España intentará defender y proteger los intereses generales de la ciudadanía. Por suerte, el país está dirigido por un gobierno de izquierda, nada radical, que conjugará, si no traiciona sus promesas, el interés social con el económico, lo que significa que no doblegará el primero a las exigencias del segundo, como hace y ha hecho siempre la derecha para satisfacer intereses particulares muy poderosos.

Las clases más desfavorecidas, las primeras que son olvidadas y que tienen que cargar con todos los sacrificios, tienen motivos para una cierta confianza en que, en esta ocasión de emergencia sanitaria y crisis económica, no serán dejadas de la mano de Dios por un Gobierno que, a los pocos meses de su formación, ordenó una subida espectacular del Salario Mínimo Interprofesional, comenzó a compensar el salario de los empleados públicos (profundamente devaluados por la anterior crisis financiera) y ha derogado el despido de cualquier trabajador por causas médicas. Y que, enfrentado a la crisis sanitaria, ha facilitado los ERTE (Expedientes de Regulación Temporal de Empleos) por causa de fuerza mayor, que benefician tanto al trabajador (no agotan su derecho al paro) como a las empresas (no asumen la carga empresarial de la cotización), gracias a los cuales el trabajador no rompe su vinculación laboral con la empresa durante el actual parón de la actividad económica causado por la pandemia. Todas ellas son medidas de fuerte impacto para las cuentas del país que el Ejecutivo adopta priorizando las necesidades sociales a las estrictamente económicas, como se espera de un gobierno de izquierda, sin por ello renunciar al sistema capitalista ni a la economía de mercado, por mucho que la derecha lo acuse de actuar de manera radical y hasta revolucionaria.

Comparado con la actuación del anterior gobierno conservador durante la pasada crisis financiera, que practicó recortes drásticos en el gasto social, redujo a su mínima expresión al Estado de Bienestar y soló ayudó con el rescate europeo al sector financiero (los bancos) con préstamos a fondo perdido, el actual gobierno parece más preocupado por que las clases desfavorecidas no salgan perjudicadas por la emergencia sanitaria-económica. Ello es motivo de cierta esperanza en que las cargas no golpeen otra vez a los débiles y desafortunados de la sociedad, haciéndolos más pobres aún. Sus medidas han sido oportunas, necesarias y sensibles socialmente, diametralmente opuestas a las que tomaría un Ejecutivo preocupado exclusivamente por el interés económico y mercantil.

Muchos de los aplaudieron por las tardes a los que se enfrentaban “en primera línea” a la pandemia, exhibiendo así un agradecimiento público a la abnegada actitud profesional de los sanitarios y otros colectivos, más por entretenimiento que por verdadera empatía, fueron los mismos que apoyaron con su voto los recortes en la sanidad y en el resto de prestaciones sociales como si fueran gastos suntuarios. La ideología que considera elefantiásico al Estado y pugna por “adelgazarlo”, es la misma a la que se adscriben los que ahora se indignan de que el Gobierno no disponga de recursos materiales y humanos para afrontar la emergencia sanitaria con mayor diligencia y eficacia. Los que ahora apoyan de manera cómoda y nada comprometida (con aplausos) a los funcionarios públicos por su entrega en condiciones de carestía, son los que anteriormente defendieron la precariedad en sus condiciones y recursos. Los que privatizaron hospitales se quejan de falta de camas de cuidados intensivos (uci), y los que externalizaron servicios, porque eran más rentables prestados por la iniciativa privada, se sorprenden de que las residencias de ancianos hayan sido focos de contagio que diezmaron miles de vidas de nuestros mayores, a los que no se les permitió acudir a los hospitales para no colapsar las escasas camas de uci. Es la actitud cínica de los hipócritas que no son consecuentes con sus decisiones políticas.

Afortunadamente, por suerte más que por voluntad expresa, existen motivos para una cierta esperanza de que las cosas no sean tan insoportables para “los de siempre”, para los que dependen de los servicios públicos, y de que se protejan también las necesidades sociales tanto como las económicas. Hasta la derecha política, que no social, reclama ahora la potenciación de la sanidad y las redes de auxilio público de la población (sumándose incluso a la aprobación del ingreso mínimo vital), aunque sea por mera estrategia electoral y con la boca pequeña. Hay actualmente la oportunidad, simplemente coyuntural, de rediseñar y fortalecer la sanidad, la educación, las residencias de la tercera edad y demás servicios y prestaciones públicos en función de las necesidades de la población y no de su rentabilidad o sostenibilidad para las arcas del Estado, dejando de lado ese “darwinismo” social al que aspira el proyecto del neoliberalismo político-económico. Entre otros motivos, porque se ha demostrado que sólo el Estado social, dotado con poderosas herramientas de justicia y bienestar, es capaz de afrontar con éxito retos como los planteados por una emergencia sanitaria de la magnitud de la que hemos vivido, aunque todavía no la hayamos superado definitivamente.

Por eso queda una tímida esperanza de que, con un poco de suerte, conscientes de la necesidad de una imprescindible solidaridad social, se pueda invertir la tendencia que hace hegemónica la economía y subsidiaria a la sociedad. Y que las deficiencias de este modelo social, a la hora de “socializar” los costes cuando afronta crisis que son recurrentes, como la emergencia sanitaria o la pasada recesión económica, no afecten con mayor dureza a los estamentos más indefensos de la sociedad. Ya que, por fortuna, quienes hacen posible que un gobierno así pueda emprender tamaña transformación son los ciudadanos que en su mayor parte van a verse beneficiados de tales políticas: trabajadores, mujeres en general, amas de casa, jubilados y pensionistas, personas dependientes, jóvenes y niños. Y también, naturalmente, sus representantes políticos donde reside la soberanía popular a la hora de pactar y llegar a acuerdos que posibiliten disponer de leyes presupuestarias al efecto y del tiempo y estabilidad requeridos para ejecutarlos. Si se contempla el futuro desde la perspectiva que ha proporcionado la experiencia sufrida, la conclusión inevitable es la de fortalecer el modelo social del Estado de Bienestar. Y para lograrlo sólo existe un camino: el de apoyar a los partidos que lo defienden y no a los que intentan debilitarlo en nombre de la economía y el mercado. Es decir, contar con un poco de suerte y una cierta esperanza en no malograr tales expectativas.    

sábado, 20 de junio de 2020

Verano 2020


Transitamos un año extraño, insospechado. Un año como jamás podíamos imaginar porque, al poco de comenzar, nos obligó a enclaustrarnos en nuestras casas mientras la primavera pasaba de largo. Cuando finalmente nos permitió salir a respirar a través de unas mascarillas cual ladrones emboscados, tropezamos con el verano al doblar la esquina del almanaque. Hoy, precisamente, es el día en que astronómicamente arranca la estación calurosa del año. Hoy es el día más largo del año, pero no el que sentimos como tal. Muchos de los que permanecimos encerrados nos parecieron infinitamente más interminables que hoy. Pero la ciencia mide datos objetivos, no sensaciones. Y lo cierto es que hoy es el día que más horas de sol recibe el hemisferio de la Tierra en que nos hallamos, según los científicos, cuando el sol amanece más temprano y se recoge más tarde, alumbrándonos durante más de 15 horas, ya que está en su posición más alta con respecto a nuestros tejados. Siempre hemos deseado que el tiempo del calor irrumpiera en nuestras vidas por lo que significa de puertas abiertas, relajación de obligaciones y olvido de represiones. Pero, este año, el verano se presenta con el aroma del miedo perfumando el aire y la desconfianza colgada en los ojos de los demás. Un verano atípico, tan extraño como los meses anteriores. Estamos ansiosos de volver a disfrutarlo como solíamos, pero al mismo tiempo temerosos de cometer una imprudencia. No sabemos cómo comportarnos, aunque yo estoy dispuesto a vivir sin miedo y apurar los días con la libertad que me concedan quienes me rodean en casa o en la calle. Con o sin mascarillas, no pienso renunciar a disfrutar de la vida con el apremio que me brinda mi finitud. Y que sea lo que dios o un virus quiera.     

jueves, 18 de junio de 2020

Epitafio


Cuando descubrieron entre los papeles de su despacho la siguiente reflexión escrita de su puño y letra…

“El día que muera, no habré desaparecido. Al que enterréis no será más que la carcasa con la que pude deambular por el mundo, porque soy y seguiré siendo el que está presente cuando me recordais. Mi ser habita en la memoria de quienes me conocieron y acompañaron en la existencia orgánica. Lo que era y soy permanece en los que continúan acordándose de mí y en el legado de hechos, afectos, descendientes y palabras que he dejado como rastro de mi transitar por la vida. Ahí me encontrareis siempre tal como fui, tal como soy. No me busquéis en una lápida, abrazadme en vuestra mente. Y perdonadme las decepciones y afrentas que haya podido cometer. Nunca pude ser mejor de lo que deseaba. Pero mis sentimientos eran sinceros y os he querido cuanto me habéis permitido. Por eso les recordaré incluso más allá de la muerte.”

…fue entonces cuando lo lloraron como no habían hecho el día que le dieron sepultura.