viernes, 8 de junio de 2018

Demasiado gobierno

Pedro Sánchez, el candidato ganador de la moción de censura que derribó al carcomido gobierno conservador de Mariano Rajoy, acaba de designar a los miembros de su Gabinete, escogiendo concienzudamente las personas que lo compondrán.



El flamante Gobierno socialista tendrá 17 ministerios, la mayor parte de los cuales estará dirigido por mujeres, incluida la única vicepresidencia, adjudicada a Carmen Calvo, doctora en Derecho Constitucional, exministra de Cultura y firme defensora de la igualdad entre hombres y mujeres. Además del presidente, sólo seis hombres forman parte del Ejecutivo, en el que sorprenden dos nombres. El astronauta Pedro Duque, en la cartera de Ciencia, Innovación y Universidades, y el juez Fernando Grande-Marlaska, en Interior, ambos independientes en el PSOE. También es llamativo Josep Borrell, en Exteriores, que constituye un mensaje diáfano contra las pretensiones de internacionalización del conflicto catalán, porque será difícil argüir victimismo independentista en el extranjero con un encargado de política exterior catalán, de sobrado prestigio y constitucionalista. Y una extrañeza: el titular de Cultura y Deporte, Máxim Huerta, un periodista y escritor que reniega hacer deporte, como ejemplo de que la cultura ha dejado de ser instrumento creativo de conocimiento y emancipación para devenir espectáculo mediático. Quedan dos varones más: Luis Planas, un reputado experto en los asuntos que le conciernen, Agricultura, Pesca y Alimentación, y José Luis Ábalos, cuya lealtad al presidente, control del aparato y buen hacer para aupar a Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE y a La Moncloa, constituyen méritos que avalan su designación para dirigir el Ministerio de Fomento, la palanca gubernamental de construir país y distribuir riqueza entre los territorios.

Carmen Calvo, vicepresidente del Gobierno
Pero lo que más impacto ha causado ha sido la configuración femenina del Gobierno, en el que las mujeres acaparan once carteras, con el propósito de exhibir el compromiso con la igualdad que ya había manifestado en múltiples ocasiones Pedro Sánchez. De hecho, este Gobierno supera la paridad que la izquierda suele respetar en la formación de ejecutivas orgánicas o gubernamentales, para convertirse en el Gobierno con más presencia de mujeres de Occidente. Ocupan puestos de enorme peso y trascendencia, razón por la que sus titulares fueron seleccionadas por su experiencia y capacitación profesional, además de ser expertas en la materia que han de abordar de inmediato. Las responsables del área económica, Nadia Calviño (Economía) y María Jesús Montero (Hacienda), encarnan la ortodoxia en el compromiso por la estabilidad económica y financiera que España ha asumido ante las autoridades europeas e internacionales para afianzar el proceso de recuperación tras la crisis económica. Una estabilidad necesaria para la creación de empleo, y que éste sea de mayor calidad y menor precariedad.

En puestos clave figuran Dolores Delgado, una fiscal experta en la lucha contra el terrorismo y valedora de la justicia universal, que asume la cartera de Justicia; Margarita Robles, exjueza y exmagistrada del Tribunal Supremo, llega al Ministerio de Defensa desconociendo los motivos por los que se venden fragatas a Arabia Saudí, pero generando menos reticencias y sin el dogmatismo (banderas a media asta en Semana Santa) de la titular saliente. Magdalena Valerio accede a otra cartera estratégica socialmente, Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, en la que deberá revertir las políticas más regresivas en materia laboral del anterior Gobierno. Otras áreas en manos femeninas son Industria, Comercio y Turismo, de la que se ocupa Reyes Maroto, profesora asociada de Economía en la Universidad Carlos III, Isabel Celaá, exconsejera vasca en los gobiernos de Patxi López, que se hará cargo de Educación y Formación Profesional y de dar la cara como portavoz del Gobierno; Carmen Montón dirigirá Sanidad, Consumo y Bienestar Social con el bagaje que trae de su paso como consejera valenciana en estos mismos asuntos, demostrando ser contraria a las privatizaciones y a los lobbies farmacéuticos; y Teresa Ribera, ministra para la Transición Ecológica, confuso nombre para el departamento encargado de Energía, Cambio Climático y Medioambiente. Mención especial merece la titular de Política Territorial y Función Pública, Meritxell Batet, que desde su despacho ministerial deberá afrontar el “problema” de Cataluña, de donde es originaria, para encauzarlo por la senda de la legalidad y normalidad institucional, haciendo uso de sus simpatías federalistas y sus relaciones con los actores de la política catalana.

Los rostros del nuevo Gobierno
En definitiva, son 17 carteras ministeriales –cuatro más que las del anterior Ejecutivo- para un Gobierno cuya solvencia, capacidad e idoneidad no se cuestiona, pero que resultó elegido para erradicar la corrupción institucional y partidista que representaba el Partido Popular (PP) y convocar elecciones en cuanto la situación lo permitiera. La excusa que ha justificado la moción de censura presentada por los socialistas ha sido la corrupción que anidaba en el PP y la incapacidad de esa formación para asumir responsabilidades, creyéndose perdonada por el voto de los ciudadanos. La sentencia del caso Gürtel, que culpabilizaba por primera vez a un partido político por su participación, aun a título lucrativo, en la corrupción, causó tal indignación que aglutinó el voto mayoritario del Congreso en torno a esa oportuna moción de censura socialista. Había que orear el enrarecido ambiente político que la corrupción del PP había provocado y oxigenar con ética y decencia el ejercicio de la política.

Pero, tal como está diseñado, el Gobierno de Pedro Sánchez parece exceder tales cometidos y abrigar la intención de completar la legislatura antes de devolver la voz a los ciudadanos para que decidan. La solidez de su composición está enfocada a demostrar voluntad de persistencia, mediante una gestión eficaz y progresista, todo lo que le sea posible, a pesar de que no dispone de mayoría en el Parlamento que le asegure la permanencia que desea. Su presentación ante los medios transmite la sensación de ser demasiado Gobierno para tan poca legislatura y maniatado por un Presupuesto del anterior Ejecutivo. Es decir, demasiados condicionantes y obstáculos para la ardua tarea de perdurar lo que resta de legislatura, puesto que su legitimidad, hasta que unas elecciones la validen, pasa por impulsar medidas de prevención, lucha y extirpación de toda corrupción e irregularidades que afloren en la “cosa política”, ya sea en las instituciones o, cuando menos, en el partido socialista, que precisamente gobierna con ese cometido tras ganar su moción de censura.
 
Pedro Sánchez
Que persiga, además, realizar políticas transformadoras, progresistas y transparentes desde un Gobierno sólido que inspire confianza en los ciudadanos, es una aspiración partidista que, aparte de ser intrínseca al objetivo de todo partido político, debería haberse esclarecido como programa de gobierno durante el debate de investidura del nuevo presidente. Haber ocultado tales intenciones, por loables que sean, haciendo hincapié en la necesidad de regeneración ética de la política como argumento para derrocar al anterior Ejecutivo, no deja de ser un acto indigno de oportunismo partidista y de premeditado cálculo electoral. Cabe la posibilidad que tal estrategia por conquistar la confianza del electorado, acometiendo iniciativas de gran calado y de un impacto que supere lo simplemente mediático, coincida con las expectativas de los ciudadanos y alcance un insospechado refrendo parlamentario. De lo contrario, no sólo parecerá un Gobierno excesivo para tan breve recorrido legislativo, sino una espectacular tomadura de pelo a ciudadanos ilusos que creían que, con 84 diputados en un Congreso de 350 escaños, se podía dar la vuelta a España como un calcetín. Ojalá me equivoque

miércoles, 6 de junio de 2018

Gustos y miedos


Me gusta más el día que la noche. La luz me tranquiliza, la oscuridad me inquieta. Todo me parece agradable cuando el Sol brilla en lo alto; las tinieblas, en cambio, me infunden amenazas y traiciones. Por eso asocio la vida al día. La muerte parece que acecha siempre de noche, con ánimo de pillarnos desprevenidos y confiados en el sueño. No tengo miedo a la muerte, pero sí a morir, al trance incomprensible de abandonar la vida. La muerte es nada, morir es todo, es dejar de ser. Sin embargo, me gusta más el atardecer que el despuntar del día. Ambos son espectáculos grandiosos de la naturaleza que me fascinan, pero las puestas de Sol me conmueven hasta el estremecimiento, por esa gama de anaranjados con que se tiñe el cielo antes de ennegrecerse por completo. Tal vez sea porque todavía relaciono madrugar a un imperativo, a algo que nos desvela, obligándonos a dejar las sábanas para ser testigos del nacimiento del día. Del atardecer participamos sin que nada nos fuerce a ello, sólo el placer de contemplarlo, de admirar la belleza de un astro que se pierde tras el horizonte infinito.

No obstante, me gusta más desayunar que cenar. Comer para afrontar el día, no para entregarnos a la inconsciencia del dormir. Y es que me gusta comer, aunque cada vez con menos gula. No me agrada tener que ayunar, aun de forma voluntaria. También me gusta andar, pero me da miedo nadar. Lo uno puede cansarme y lo otro, matarme, porque apenas me defiendo en el agua. Prefiero pasear a estar quieto sin hacer nada. Y viajar a permanecer siempre en el mismo lugar. Será porque me gusta la compañía de mis congéneres y me da miedo la soledad, la soledad impuesta y no buscada. La compañía de la familia y los amigos es un lujo que no siempre está a nuestro alcance, mientras que la soledad es un castigo la mayor parte de las veces inmerecido. Por ello cultivo la amistad y rehúyo el enfrentamiento. Soy amante de la paz y enemigo de la guerra. Me place el amor y me enerva el odio. Creo que un beso es más contundente que un puñetazo. Me encantan los abrazos, pero no soy partidario de las banderas. Las banderías me ponen nervioso y me hacen temer lo peor, como las bullas y las aglomeraciones. Tengo miedo de los animales, grandes o pequeños, feroces o mansos, sin embargo las personas me gustan, aunque de manera selectiva. Me gusta la juventud, la vejez me da pánico, por las promesas que ambos estados contienen. Adoro la salud y temo a la enfermedad, del mismo modo que amo la vida y deploro la muerte. No ambiciono riquezas, pero no considero una virtud la pobreza. Me preocupa no poder atender las necesidades básicas de los míos. Pienso que el mundo se podría organizar de tal manera que no condenara a nadie al desvalimiento, a la miseria. Tiendo a la solidaridad e intento no dejarme atrapar por el egoísmo.
 
Y me gusta más leer que escribir, a pesar de que la escritura es una pasión a la que me entrego con esfuerzo. La lectura me brinda visiones de la realidad, la escritura me permite expresar mi propia visión y mi manera de mirar esa realidad. En definitiva, atesoro tantos gustos y miedos entremezclados que ignoro cuáles me definen o condicionan. Vivo en tensión constante entre gustos y miedos, sin poder evitarlo.

martes, 5 de junio de 2018

Insólito cambio de Gobierno

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno.
Por primera vez en democracia, se produce un cambio de Gobierno en España a causa de una exitosa moción de censura que contó con el apoyo de casi toda la oposición. Hasta los radicales antisistema pero con representación parlamentaria, los independentistas, los nacionalistas y la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia se conjugaron para unir sus votos a la moción presentada por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y derribar el Gobierno de Mariano Rajoy y, cosa unida a la otra, aprobar la investidura de Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, como nuevo presidente del Gobierno. Una operación insólita por inesperada que ya en el año 2015 resultó infructuosa pero que una sentencia judicial ha hecho posible ahora al declarar probado que el Partido Popular (PP), dirigido por Rajoy, y la trama Gürtel de corrupción, encabezada por Francisco Correa, “crearon un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública central, autonómica y local”.

Una vez dictada esa sentencia que señalaba al PP y no daba credibilidad al testimonio de Mariano Rajoy, nadie en el hemiciclo de San Jerónimo quería sostener al Gobierno de un partido político condenado por corrupción, hecho éste de verdad insólito, aun lo fuera a título lucrativo. Y es que son tantos los casos de rapiña y corrupción que afectan de una forma u otra al PP, que la puntilla del veredicto del caso Gürtel venía a poner punto y final a tanta impunidad y descaro. Ya no cabían más excusas ni condescendencias de mirar hacia otro lado. Los populares se convirtieron en los “apestados” del Congreso de los Diputados a los que nadie, salvo Ciudadanos -el grupo que apoyó la investidura de Rajoy con la abstención del PSOE, en 2016-, ha querido tender la mano para impedir la defenestración de Rajoy. La legislatura ya había comenzado convulsa y ha acabado en un estertor precipitado y letal. El nuevo Gobierno que debe rematarla cuando convoque nuevas elecciones, breve por definición e interesante por la pluralidad de quienes lo hacen plausible, despierta muchas incógnitas.

Rajoy felicita a Pedro Sánchez
Las expectativas son dispares y hasta opuestas. Hay quienes consideran este nuevo período de apocalíptico, sobre todo si alinean sus simpatías con los que han perdido el Gobierno o pertenecen a los estamentos sociales mejor tratados por aquel. Banqueros, empresarios, clases acomodadas y detentadores de capital en general, beneficiarios de la política económica neoliberal, la desregulación del mercado y la reforma laboral -lesiva para los trabajadores-, que implementó Rajoy con afán austericida, han manifestado su temor por el acceso al poder de la izquierda, como si el PSOE representara un cuestionamiento del Sistema y no la simple modulación de sus aristas más agudas e injustas. Ni contando con el apoyo incondicional de las formaciones más radicales con representación parlamentaria, los socialistas –y menos en esta coyuntura temporal- ejercerán un Gobierno que rompa en lo sustancial los compromisos de España con Europa, el sistema financiero, el orden económico o la orientación de su política exterior. Tampoco se apartarán de la legalidad constitucional del Estado ni del diseño territorial del país, por mucho que Bildu, PNV, ERC, PDdeCat o Podemos, cuyos votos favorecieron la formación del nuevo Gobierno, insistan en proponer iniciativas proclives a reconocer un inexistente “derecho a decidir” sobre alguna utópica independencia de ninguna región que atente contra la unidad de España. Todo diálogo al respecto, lo único ofrecido por Pedro Sánchez durante su investidura, se limitará a ofrecer respuesta política a problemas políticos en el marco de la ley, dentro de su obligación de hacer que ésta se cumpla y se respete, además de evitar judicializar aun más el ejercicio de la acción política, incluso para desandar actitudes intransigentes del pasado y enmendar enfrentamientos estériles.

Será la política social la que acapare la atención de un PSOE dedicado a ganarse el beneplácito de las capas de población perjudicadas por los recortes de Rajoy en servicios públicos básicos (sanidad, dependencia, prestaciones por desempleo, pensiones, etc.), la limitación de derechos (ley mordaza, etc.) y demás políticas sectarias (educación, aborto, etc.) que han empobrecido a las clases medias y trabajadoras, y han fomentado la desigualdad entre los ciudadanos. Muchas de estas medidas sociales son fáciles de materializar porque ya contaban con el refrendo parlamentario suficiente, sin que supongan un incremento insostenible del gasto. Otras, en cambio, requieren mecanismos que compensen o anulen la desviación del déficit que podría acarrear, como ligar la subida de las pensiones al IPC, la universalización de la sanidad a toda la población, incluyendo a los inmigrantes, mejoras para los funcionarios o ampliar la protección a los desempleados, entre ellas.

La reforma laboral y la financiación autonómica requerirán un complejo trabajo de filigrana para hilvanar posturas de unos y otros en torno a acuerdos de mínimos que hagan posible la disminución de la precariedad e inestabilidad en el mercado laboral, por un lado, y satisfacer las aspiraciones más urgentes de unas comunidades autonomías que han visto mermados drásticamente sus recursos durante los últimos diez años, por otro lado. Y todo ello, sin renunciar a la “estabilidad presupuestaria y macroeconómica” a que se comprometió el reino de España con Bruselas.

Los presidentes de Ucrania y España
Por insólito que parezca, el cambio de Gobierno producido en España no es ninguna excepcionalidad en las reglas democráticas al uso en cualquier país civilizado ni una catástrofe apocalíptica que perjudique los intereses generales de la Nación. Es, por el contrario, la “norma” en democracias consolidadas, en las que la representación política es plural o fragmentada. Los gobiernos de coalición o de minorías parlamentarias que se agrupan para consolidar un apoyo mayoritario, incluso entre formaciones incompatibles, es lo común en Europa frente a esas mayorías absolutas a que estábamos acostumbrados en nuestro país. Gobiernos multicolor –y no “frankenstein”- hay por doquier en Europa, Portugal es uno de ellos, sin que se rompa el país ni necesariamente les vaya mal. Antes al contrario, obligan al diálogo, al consenso y a practicar una política de acuerdos en los que nadie está en posesión de la verdad ni ejerce la exclusividad del patriotismo. La insólita normalidad del gobierno socialista de Pedro Sánchez, asumido tras una moción de censura y sin que el presidente sea diputado del Congreso, deberá acostumbrarnos a que en democracia, máxime si es reflejo de la pluralidad de la sociedad, todas las combinaciones partidistas son posibles, democráticas y, la mayoría de las veces, beneficiosas para el país, pues evitan el “ahormamiento” ideológico al que propenden los gobiernos monocolor.

Con un gobierno volcado en lo social, como parece que será el nuevo Ejecutivo socialista español, simplemente cambian las prioridades para repartir más equitativamente los beneficios de la recuperación económica y, por supuesto, los sacrificios que supuso la pasada crisis financiera. Y que ello atemorice a quienes hasta la fecha han acaparado privilegios no significa otra cosa que el rumbo elegido es el adecuado. Con que no roben ni caigan en la corrupción, ya salimos ganando.        

sábado, 2 de junio de 2018

¡Adiós a los cafés!


Las cafeterías son establecimientos que están desapareciendo de las ciudades o van transformándose en otra cosa, en bares de copas o salones de juego, dejando sin lugares a que acudir a quienes disfrutábamos de un buen desayuno sin prisas, leyendo tranquilamente la prensa, por las mañanas, o de un aromático y bien servido café vespertino, que frecuentemente solía acompañarse de un dulce de confitería y una charla distendida con familiares y amigos. Esas amplias y confortables cafeterías, dotadas de dos espacios diferenciados para los que preferían la barra o las mesas del salón, son actualmente tan escasas que prácticamente están en vías de extinción.

Hubo una época dorada de las cafeterías, o salones de té para los snobs, en la que estos negocios abundaban y daban posibilidad de ingerir un café, sin sufrir ni la falta de profesionalidad de los camareros ni los inventos que desnaturalizan esta bebida caliente en un brebaje. Nombres con solera y marcas comerciales que confiaban en su calidad y servicio para atraer una clientela fiel al ritual del café mañanero o vespertino, como Horno San Buenaventura u Ochoa. Ambos nombres fueron referentes de locales donde el aroma del café y las vitrinas de dulces jamás defraudaban al cliente. El primero, con horno propio, tuvo una expansión como franquicia, a partir del histórico local de la calle Carlos Cañal, que le permitió abrir cafeterías por toda la ciudad y algunos pueblos de la provincia. El amplísimo establecimiento, de dos plantas, que tuvo durante años en la avenida de la Constitución, con escudo incluido en la fachada, daba oportunidad a los afortunados clientes que lograban sentarse en las mesas situadas tras los ventanales del primer piso de disfrutar de un café mientras contemplaban, a escasos metros, las piedras y las agujas góticas de la Catedral, construida hace siglos para añadir deleite patrimonial a cada sorbo de café. Ochoa, otra etiqueta con solera, conserva aún el establecimiento de la calle Sierpes, pero ha tenido que cerrar los de Los Remedios y Huerta del Rey. Otros legendarios rincones existentes en la ciudad, donde podía uno refugiarse atrincherado tras una buena taza humeante de café, han ido cayendo a golpe de piqueta y modernidad, como La Ponderosa, en la Gran Plaza, o Cafetería San Bernardo, junto al Palacio de Justicia.

Café Majestic, de Oporto.
Ni siquiera en los pueblos, en que la presión especulativa inmobiliaria era menor, las cafeterías han podido soportar la puñalada mortal que bancos, supermercados o bares de copas les han asestado para arrebatarles un local que ambicionaban por amplitud y ubicación, y que consideraban desperdiciado en atender sólo a los amantes del café cuando se le podía sacar mayor rentabilidad. Como así ha sido, desgraciadamente, llevándose por delante sitios tan acogedores como la cafetería Nueva Florida, en la calle Gutiérrez de Alba de Alcalá de Guadaíra o Reiscamo y Sayca en Castilleja de la Cuesta, entre otros muchos.  

Y es que ya apenas quedan cafeterías amplias, hermosas y agradables como aquellos templos del café que, cual dinosaurios, han tenido que desaparecer a causa de la evolución de un mercado que no consiente el comercio ni las costumbres tradicionales, mucho menos si son pausadas y sin agobios. Salvo la superviviente La Campana, sin salón y amputada de sus sillas en esa céntrica plaza, Sevilla carece de cafeterías que, por su historia y magnificencia, puedan servir de reclamo turístico de la ciudad, como son Café Majestic de Oporto, Café Central de Viena, Café Greco de Roma o Café Le Procope de París, por ejemplo. A los sevillanos nos dejan los bares –algunos con sabiduría para dispensar un buen café- y otros fraudulentos espacios donde sirven un brebaje templado y lleno de espuma que nos quieren colar como café, servido, para colmo, en vasos de plástico y palito de madera. Nos obligan a decir adiós a los cafés como espacio público y estilo de vida.