lunes, 9 de enero de 2017

2017, un año inquietante


Cuando parecía que la esperanza asomaba por lontananza en 2016, de la mano de una tibia recuperación que nos hacía creer que la crisis económica, esa que tanta austeridad injusta había impuesto a la mayoría de la población, sería la última de nuestras preocupaciones, se presenta, ahora, 2017 con más nubarrones en el horizonte que días soleados. Acabamos de despedir un año esperanzador para comenzar otro con más temores e incertidumbres, hasta el punto que 2017 es considerado ya un año inquietante, plagado de amenazas.

La más grande de esas amenazas la representa el presidente electo de EE UU, Donald Trump, del que no se sabe lo que hará a partir del próximo día 20, cuando tome posesión del cargo y sustituya a Barack Obama en la Casa Blanca. A tenor de sus promesas electorales y del perfil de los miembros que ha seleccionado para formar su equipo de Gobierno, los temores por lo que puede ser la peor administración norteamericana aumentan sin cesar, sin que la confianza en que la realidad imponga un inevitable pragmatismo amortigüe esa inquietud. Sólo pensar que la mayor superpotencia del mundo esté en manos de un personaje mediocre políticamente, impulsivo emocionalmente e irresponsable con la ley (elude sus obligaciones con el fisco, ignora la legalidad internacional e instrumentaliza la Justicia), pone los pelos de punta por el serio peligro que representa para la paz y el orden mundial, incluidas las normas comerciales y los flujos económicos que generan confianza en los mercados y estabilidad en los estados. El electo Trump fue un candidato controvertido en un momento de inseguridades que será presidente gracias, entre otras, a la “ayuda” prestada por una potencia extranjera que se inmiscuyó e influyó en los resultados electorales, difundiendo noticias falsas y realizando ataques cibernéticos que desacreditaron a su principal oponente, la candidata demócrata Hillary Clinton, según han denunciado los propios servicios de inteligencia norteamericanos en un reciente informe. Ese extraño interés de Rusia por Trump y las increíbles declaraciones de admiración del norteamericano hacia el líder moscovita no presagian nada bueno ni para EE UU ni para el resto del mundo occidental de la órbita norteamericana. La probable actuación de Donald Trump como elefante en una chatarrería sería un espectáculo irrisorio si no existieran arsenales nucleares al alcance de sus manos, con sólo apretar un botón en el maletín atómico.
 
De entrada, antes incluso de tomar posesión, ya ha hecho todo lo posible por hundir la economía de México, obligando a empresas automovilísticas norteamericanas a retirar sus planes de expansión en aquel país so pena de tener que pagar grandes impuestos a la importación, a pesar de los tratados de libre comercio establecidos entre ambos países. Y haciendo lo imposible por construir ese muro de las vergüenzas que se ha ofuscado en levantar a lo largo de toda la frontera mexicana, ignorando incluso las recomendaciones de los agentes encargados de la vigilancia y control fronterizos. Vuelven con Trump, en fin, los tiempos del proteccionismo más rancio y del papanatismo ideológico más sectario e irracional. Pero recomienda el ministro español de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, que “hay que darle a Trump una oportunidad y juzgarle después”. Juzgar cuando ya no haya remedio del estropicio es una temeridad de la que quizás tengamos que arrepentirnos. Y, tal como está el mundo, no parece que sea lo más sensato correr este riesgo al que nos obligan los votantes norteamericanos. Pero, ¿cómo conjurarlo?

Otro frente de inquietud y desgracias en 2017 es el que provoca el terrorismo de extracción islamista, que sigue poniendo bombas mientras es vencido en la guerra que libra la alianza entre Rusia, Estados Unidos y otros países occidentales contra el ISIS en Siria, desalojando el territorio que ocuparon los fanáticos yihadistas para implantar un supuesto Estado Islámico. Guerra allí y aquí. Más de 3.000 personas inocentes fueron asesinadas en atentados terroristas en todo el mundo en 2016. Pero 2017 arranca manchado de sangre, desde el primer día, por obra y gracia de esos fanáticos que perpetran actos de terror de manera arbitraria para extender la sensación de inseguridad y miedo en nuestras sociedades. Turquía y Siria se llevan la peor parte, con 39 muertos en el ataque a una discoteca en Estambul el mismo día uno de enero, 13 muertos en Bagdad días más tarde, otros 48 en Alepo, 4 en Jerusalem a causa del interminable conflicto que enfrenta a israelíes y palestinos, 5 en Florida, donde un ciudadano norteamericano la emprende a tiros en un aeropuerto por razones aún desconocidas, más de 40 muertos en otros atentados en Bagdad, etc. La lista continúa creciendo aunque no llevamos ni dos semanas del nuevo año. Crece aunque no hay razones, absolutamente ninguna razón, para matar inocentes más que por la ceguera irracional y la demencia de los fanáticos que empuñan las armas y ponen las bombas. Se siembra terror por el terror, sin ningún motivo y sin un enemigo real al que culpar, a pesar de que se esgrimen excusas religiosas, territoriales, políticas o culturales para justificar lo injustificable, lo más inhumano y execrable que puede hacer el hombre: matar por una idea. 2017 se presenta oscuro e inquietante para la paz y tranquilidad mundial a causa del terrorismo, al que hay que vencer afianzando nuestros valores, nuestras libertades y nuestras democracias.

En nuestro continente, aquí en Europa, asoman también negros presagios para el proyecto de unidad y progreso compartido que comienza a ser cuestionado por los propios países integrantes. Ha bastado una crisis económica para que emergieran las diferencias entre los estados contribuyentes y los receptores de ayudas, los recelos entre las regiones ricas y las pobres consideradas un lastre para los que quieren avanzar con más velocidad. Ni siquiera el espacio para la libre circulación de personas dentro de la Unión se ha respetado y se llena de vallas y fronteras interiores en cuanto la presión migratoria de nuestros vecinos puso en cuestión nuestros valores “progresistas”. 2017 aboca a Europa a enfrentarse sin tener ningún plan al Brexit de un Reino Unido que ha decidido salirse y abandonar el proyecto común, y a los desafíos que representan las  elecciones generales de Holanda, Francia y Alemania, aparte de las probables en Italia y España, países en los que existen formaciones políticas dispuestas a exacerbar los brotes de euroescepticismo que han surgido en esas sociedades para dar marcha atrás, en caso de ganar, al proyecto de una Europa basada en la Unión Económica y Monetaria, a la que le falta una unión fiscal y social.    

Los populismos, las guerras en los estados vecinales y una crisis económica que no acaba de superarse, mucho menos cuando los “vientos de cola” de un petróleo barato y un dinero también barato parecen haber amainado, ennegrecen el panorama de Europa en 2017, haciéndolo sumamente sombrío e inquietante.

Nubarrones que también sobrevuelan España, al compartir las amenazas europeas junto a los peligros propios, los generados por nuestros problemas domésticos. Nada está asegurado y la inestabilidad política se mantiene, a pesar de haberse constituido un Gobierno del Partido Popular tras cerca de un año con el anterior en prórroga y sin poder adoptar ninguna iniciativa nueva. Un Gobierno en minoría que ha de negociar cualquier iniciativa con la oposición. Y un Gobierno que ha de ajustar el Presupuesto a lo acordado con Bruselas, lo que obliga hacer recortes por valor de más de 5.000 millones de euros sobre unas cuentas que ya vienen sufriendo la poda de austeridad en ejercicios anteriores y que ha tenido directa repercusión en la provisión de unos servicios públicos sin capacidad para atender, en condiciones, toda la demanda. Hay menos becas, menos profesores, menos médicos, menos ayudas a la dependencia. Hay pérdida considerable del poder adquisitivo en los salarios de los empleados públicos, en las pensiones, en las prestaciones sociales, etc. Este año 2017, encima, hay que ajustar aún más el gasto para cumplir con nuestros compromisos de déficit ante Bruselas. La tenue “recuperación” de la que se jactan el Gobierno y sus voceros no servirá para recuperar un trabajo de calidad, unos salarios dignos y reducir considerablemente las tasas de paro. Continuarán la precariedad laboral y salarial y las desigualdades sociales como precio a pagar por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, como si alguna vez hubiéramos vivido así. La educación seguirá sin poder garantizar ni el trabajo ni el futuro vital, siendo el éxodo laboral la mejor solución para conseguir vivir de lo que se ha estudiado. Y la corrupción política y económica continuará ofreciendo muestras de hasta dónde ha carcomido las estructuras institucionales, económicas, políticas y culturales de nuestra sociedad, en la que sigue considerándose de tontos pagar impuestos, pues los “listos” evaden y eluden todo lo que pueden.

Este año recién estrenado es verdaderamente inquietante. Pero no todo es negativo, algunas cosas ofrecen cierta esperanza, aunque sean motivadas por las circunstancias. El presidente del Gobierno se ha visto obligado a revertir algunas de sus políticas si aspira a mantenerse en el cargo. Así, ya no se impondrán las reválidas en la educación, no se cortará la luz a quienes sufran “pobreza energética”, la Ley Mordaza tiene los días contados, la reforma laboral parece que sufrirá una contrarreforma, el salario mínimo es algo menos mínimo al subir un milagroso 8 por ciento, etc. Y la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha montado oficina en Barcelona para abordar, al fin, el problema catalán. Son pequeños destellos que alumbran el paisaje de tinieblas e inquietud de este año. ¿Persistirán durante mucho tiempo?  

viernes, 6 de enero de 2017

Mis regalos de Reyes


Aunque ya no creo en los Reyes Magos, siempre me traen regalos, unas veces útiles y prácticos (pijamas, corbatas, bolígrafos), y otras, simples objetos de compromiso (colonias, libros de autoayuda, sacacorchos, etc.) Pero este año me han sorprendido porque no han esperado a este seis de enero para darme obsequios. Y han sido extremadamente generosos.

Para empezar, me han traído en otoño una jubilación que ya estaba deseando conseguir y a la que me he entregado en cuerpo y alma. Cada día, desde entonces, me levanto agradeciendo la posibilidad de disfrutar del tiempo a mi antojo, sin estar condicionado por más obligación que la que yo mismo me imponga. Tiempo dedicado a leer, escribir y, fundamentalmente, a vivir y gozar de la compañía de la familia y los amigos. De esta manera, como cualquier jubilado, aprovecho para andar, recorrer la ciudad y descubrir, con ojos de curioso impenitente, rincones, personajes y estampas nunca antes contempladas desde una perspectiva inédita y empática, a ras de acera y surgida de la emoción, no desde el coche, camino hacia alguna parte. Todo un regalo.

También he sido obsequiado con mi propio hogar, no como lugar de tránsito hacia el reposo tras una jornada laboral, sino como espacio en el que las horas transcurren en función de los deseos y de mi actividad. Ha sido muy grato disfrutar de las mañanas en mi casa, dispuestas a mi entera voluntad y satisfacción, para planear nuevas rutinas domésticas, y de enriquecimiento y ocio. No he hallado mayor alegría que salir al balcón cada día a saludar una jornada que yo decido cómo emplear, sin que me sobren horas para el aburrimiento. La lista de proyectos es aun larga y plena de ilusión.

Se acumulan, por ejemplo, las lecturas, las visitas sosegadas a las librerías, a los museos, los espectáculos y las exposiciones que atraen mi interés y sacian un apetito selectivo por la cultura y el conocimiento, sin ánimo erudito, sino por el placer de saber, comprender y conocernos como seres humanos. De ello deriva una disposición diaria a la lectura reposada de autores noveles y de los que siempre he tenido predilección. Relecturas y lecturas que se rumian en el silencio mimado y atemporal que envuelve el lugar de las ensoñaciones literarias de una salita atiborrada de libros. Otro regalo inapreciable.

Como consecuencia de tales andanzas, el encuentro amistoso con esos vecinos con quienes los saludos se prolongan más allá de los protocolarios buenos días o buenas tardes, y que también consumen los días con los paseos y quehaceres que les dicta su soberana voluntad. Charlas y hasta copas compartidas sin la presión de las apariencias, el tiempo o las obligaciones para intercambiar impresiones sobre lo banal y lo relevante, sin menoscabo del intercambio de preocupaciones y expectativas. Una oportunidad para descubrir que, a pesar de las diferencias que artificialmente nos separan, participamos de una común ambición: luchar por vivir. El barrio, ahora, se llena de caras amables y conversaciones espontáneas en vez de aquellos rostros de gestos hostiles que expresan desconfianza y competitividad. Un regalo maravilloso.  

Como el que me hicieron los compañeros del trabajo tras sondear mis aficiones y con el que me sorprendieron hasta la emoción cuando celebramos mi despedida laboral. Sólo entonces comprendí aquellas inquisiciones sobre mis gustos y aquel afán cuasi detectivesco por mis gustos que yo relacionaba con una curiosidad lindante con el cotilleo y la intromisión a mi intimidad, sólo permitida a amigos entrañables con los que se comparten secretos y confidencias. Gracias a ellos, la fotografía despreocupada, como mera afición, se transforma ahora en un reto que exige dedicación, conocimientos y dominio de una excelente e insospechada cámara semiprofesional, cuyo uso está permanentemente unido al recuerdo de unos compañeros formidables e inolvidables. Sólo con la intención, ya generaron en mí una deuda de gratitud que nunca podré recompensar más que con mi amistad sincera. Un regalo impagable.

Pero el mejor ha sido el proporcionado por mi familia, siempre dispuesta a seguirme en mis nuevos derroteros, dispuesta a apoyar nuevas iniciativas, siempre lista para acompañarme en nuevas aventuras, en ayudarme a familiarizarme con mis nuevas rutinas y en sacar el máximo provecho a todo el tiempo del que dispongo. Mis hijos y mi esposa, incluidas esas nietas bellísimas, me brindan afectos no mediados por las costumbres, la tradición o los lazos que nos obligan, sino por el corazón, donde nacen los sentimientos. Ellos son, de todos, el regalo más valioso que me han traído los Reyes este año, sin necesidad de aguardar al día de hoy. Me hacen sentir una persona sumamente afortunada. Y eso que no creo en los reyes Magos.    

miércoles, 4 de enero de 2017

Trillo, ¿único responsable?

Ahora, trece años más tarde, cuando el Consejo de Estado ha dictaminado que el Ministerio de Defensa es responsable del accidente del avión Yak-42, en el que murieron 62 militares del Ejército español que regresaban de Afganistán, todo el mundo se presta a exigir la inmediata destitución como embajador en Londres del entonces titular de aquel Departamento, Federico Trillo. Eso es quedarse corto.

Es ignorar la trayectoria de este político como un distinguido peón de Gobierno y del Partido Popular, encargado de los trapicheos judiciales fabricados para buscar beneficios o absoluciones en aquellas causas en que pudiera estar implicada su formación política. Al negar toda responsabilidad en aquella tragedia perfectamente evitable hizo que lo que siempre le habían mandado: defender al Gobierno, y por ende a los miembros de su partido implicados en ello -empezando por él mismo-, de cualquier vinculación que pudiera derivarse de las muertes por negligencia de unos miembros del Ejército cuando regresaban de una misión de mantenimiento de la paz en Afganistán y Kirguistán, integrada en la Fuerza Internacional ISAF. Una vez estrellado el avión alquilado que volaba en condiciones deplorables, había que enterrar a los muertos rápidamente, incluso sin identificar, y celebrar un pomposo funeral de Estado que irradiara la imagen de un Gobierno consternado que rinde tributo a las víctimas de la desfachatez y la desvergüenza institucionales. Y eso hizo el buen vasallo Trillo, con su cara de circunstancias: una chapuza más.

Federico Trillo
Por su culpa, tres mandos militares fueron condenados por el falseamiento de identidades de 30 de los 62 fallecidos. El ministro de Justicia de otro Gobierno conservador, Alberto Ruiz-Gallardón, indultó a los dos oficiales médicos que podían ir a prisión, puesto que el tercer condenado, un general, había enfermado y fallecido sin llegar a cumplir condena. Ante el dictamen del Consejo de Estado, el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha declarado que no cabe destituir al “embajador” Trillo de su destino en Londres porque su función actual no guarda relación con aquellos hechos, los cuales, insiste como si fuera un atenuante, sucedieron hace mucho tiempo. ¿Qué podía decir? ¿Culparse a si mismo y culpar a su propio partido?

Hay que recordar que el accidente se produjo cuando Trillo era miembro, como titular de Defensa, del segundo Gobierno formado por José María Aznar, en el que Rajoy ocupaba la vicepresidencia primera y la cartera de portavoz. Para valorar la catadura moral de aquel Ejecutivo basta con señalar que en él también estaban Rodrigo Rato, como vicepresidente segundo y ministro de Economía, Jaume Matas, titular de Medio Ambiente, y Miguel Arias Cañete, en Agricultura, Pesca y Alimentación, además de otras insignes figuras del Partido Popular que con el tiempo han revelado su verdadera condición. Precisamente, Alberto Ruiz-Gallardón, miembro de un Gobierno de Rajoy, “premió” a Federico Trillo con la embajada de Londres, haciendo caso omiso a las normas de Exteriores para la designación de los miembros de la carrera diplomática. Con tales antecedentes y esa complicidad “colegiada” a la que se deben los miembros del Consejo de Ministros, ¿podría Rajoy decir otra cosa más que exculpar a su antiguo compañero?

No todas las responsabilidades de un político, de cualquier partido y de cualquier nivel, están circunscritas al ámbito judicial. También han de asumir responsabilidades políticas por sus decisiones, acciones y omisiones. En el caso del accidente del avión contratado para repatriar a los militares españoles, existen responsabilidades políticas debidas a la cadena de negligencias e irregularidades cometidas que determinaron el fatal desenlace, sin que nadie de aquel Gobierno, obligado a ello, hiciera nada por supervisar y evitar los riesgos que ocasionaron una tragedia que ya había sido advertida por informes del propio Ejército. Trillo se comportó, simplemente, como lo que era: un fiel peón que se afanó por desviar toda culpa que pudiera inculpar a su partido, al Gobierno del que formaba parte y a él mismo. Está adiestrado y acostumbrado a eludir la verdad y levantar obstáculos frente a cualquier investigación que sea contraria a los intereses que debe defender. Y por ello fue premiado y apartado del “foco” político nacional.
 
Sus tejemanejes jurídicos, dialécticos y procedimentales son muy antiguos y conocidos. Era el encargado de Justicia del PP que presionó al jefe del sastre que demostró que los trajes de Camps, el entonces presidente de la Comunidad Valenciana, fueron regalados por una empresa de la trama Gürtel. Trillo ha demostrado, con esta y otras actuaciones, que es capaz de desacreditar jueces, buscar subterfugios y artimañas legales para anular pruebas, presionar a testigos y, en definitiva, eludir la acción de la Justicia en todos y cada uno de los casos que pudieran afectar a su partido, en el que milita desde los tiempos de Alianza Popular hasta hoy. Es imposible, por tanto, que Mariano Rajoy, prácticamente un subordinado de sus criterios, pueda reconocerle alguna responsabilidad por la muerte de militares cuando estaba al frente del ministerio de Defensa.

Mariano Rajoy y Federico Trillo
Federico Trillo no es el único responsable de un comportamiento gubernamental como el exhibido con aquellos sucesos, mintiendo al Parlamento, falseando identidades de cadáveres y manipulando los hechos. Hay que exigirle responsabilidad no sólo a Trillo, sino también a Rajoy y al Partido Popular por confabularse en ocultar la verdad, obstaculizar las investigaciones y participar en la exoneración de los responsables políticos por la muerte de 62 militares españoles, fallecidos a causa de las negligencias de un Gobierno sectario y mediocre, del que han brotado muchos de los personajes que en la actualidad protagonizan algunos de los escándalos de corrupción del Partido Popular. Trillo tiene conocimiento de primera mano de todos ellos y no es sensato abandonarle. Será todo un espectáculo ver la comparecencia de María Dolores de Cospedal, actual ministra de Defensa y Secretaria General del PP, cuando acuda a informar en el Parlamento sobre este asunto a instancia de toda la oposición.

martes, 3 de enero de 2017

Tiempo de dietas


Después de los excesos navideños, en que hemos abusado de las calorías, las grasas, los azúcares y el alcohol, con la consiguiente repercusión en los cinturones que hemos tenido que aflojar para que no nos aprieten la cintura, ahora llega el tiempo de las dietas. Llegan los esfuerzos por recuperar las formas y abandonar los “un día es un día” que han descontrolado el peso y el bolsillo. Ahora hay que ahorrar y moderarse, en la comida y los gastos. Se acabó el dispendio y la alucinación de vivir por encima de nuestras posibilidades, ignorando la báscula y la situación que padecemos. Volvemos a la cruda realidad.

El sobrepeso corporal es relativamente fácil de corregir: basta con cerrar la boca y dejar los tentempiés, las copas y esas comidas pantagruélicas que ingeríamos como si fueran la última cena de nuestra vida. Un poco de ejercicio y una alimentación sana y comedida nos ayudarán a componer una figura, si no más esbelta, al menos no tan perjudicial para el organismo, librándonos de riesgos cardiovasculares, hepáticos o bancarios. Precisamente, estos últimos son los más difíciles de solventar cuando hemos utilizado sin miramientos el aplazamiento de gastos con el uso de las tarjetas de crédito y débito. Gastar de más y no amoldarse a los ingresos conlleva acumular deudas e impagos que, tarde o temprano, hemos de afrontar si no queremos perder lo poco o mucho que poseemos: cuenta, coche, casa y trabajo. Nos vemos aprisionados por un déficit privado que puede provocar que nos cierren toda posibilidad de financiación, el embargo de bienes, el desahucio de la vivienda y hasta la pérdida del empleo por la imposibilidad de rendir con normalidad en tales circunstancias.

La maquinaria del consumo nos tienta a caer en esta espiral de exceso y despilfarro, sin que podamos zafarnos de ella y mantener cierta prudencia sin que nos tachen de raros y rácanos. Es difícil sustraerse del “espíritu” navideño que nos insta por tierra, mar y aire, esto es, prensa, radio y televisión, a comprar, comer y gastar lo que no está en los escritos, para que luego las noticias nos informen, en un claro ejercicio de retroalimentación, de que se nota la recuperación en las calles, el comercio recupera el pulso anterior a la crisis, se crea empleo aunque sea temporal y la población vuelve a tener confianza en no se sabe qué. Gracias a este mecanismo de alienación colectiva, se han vendido más coches en años, hemos gastado más dinero en loterías y los hoteles han mantenido el cartel de “al completo” más días que nunca. Ahora toca pagar todo ello.

Del mismo modo que el Gobierno ya no sorprende si, como parece, vuelve con nuevos recortes, más impuestos y menos prestaciones que sirven para cuadrar sus cuentas macroeconómicas, después de incumplir durante toda la legislatura pasada con las previsiones de déficit comprometidas, también nosotros asumimos que hemos de emprender la dura “cuesta” de enero para hacer frente a esos abusos que hemos cometido en estas fiestas. Con las dietas, toca pagar las facturas y limitar en lo posible cualquier gasto superfluo o innecesario. Y si no podemos ir de vacaciones debido al fuerte ajuste que estamos aplicando en nuestra economía doméstica, pues no se va y nos quedamos en casa tan tranquilos, digan lo que digan los vecinos y la publicidad. Peor lo tienen los que quieren acudir a un ambulatorio y se lo encuentran cerrado por aquello de la “sostenibilidad” de los servicios públicos. La mayoría de los españoles lleva a dieta desde el descalabro de Lehman Brothers sin que nada tuvieran que ver con aquella estafa financiera, aunque una minoría privilegiada sigue de vacaciones desde entonces. Lo único cierto es que llega, como el turrón, el tiempo de las dietas para los de siempre.