lunes, 11 de febrero de 2019

Unidos contra el traidor felón


Ayer domingo, 10 de febrero, se celebró una concentración contra el Gobierno socialista de Pedro Sánchez en la plaza de Colón de Madrid que congregó a decenas de miles de personas (45.000 según la delegación del Gobierno y cerca de 200.000 según los organizadores), en la que se produjo la inevitable imagen de unidad y confabulación que existe entre los líderes de las fuerzas convocantes: Pablo Casado del Partido Popular (PP), Albert Rivera de Ciudadanos (Cs) y Santiago Abascal de Vox, representantes de las tres caras (ortodoxa, centrista y extremista) de la derecha en España. El motivo de la convocatoria era la presunta cesión del Gobierno al “chantaje” de los independentistas de Cataluña para ganarse su apoyo en la aprobación de los Presupuestos del Estado que comienzan su trámite parlamentario el martes 12 de febrero, justo el mismo día que arranca en el Tribunal Supremo el juicio contra los líderes soberanistas encarcelados. Habría que recordar que los encarcelados están imputados por violar la ley y atentar contra el ordenamiento democrático cuando decidieron desobedecer al Tribunal Constitucional, quebrantar la legalidad con iniciativas tendentes a romper con el ordenamiento vigente, celebrar un referéndum ilegal para el que carecían de competencias y proclamar unilateralmente una república en Cataluña mediante el desacato y fraude de ley, y promoviendo una presión social próxima a la violencia (sedición o rebelión).

Los convocantes de la concentración del domingo acusan al presidente del Ejecutivo de “traición” y de dar una “puñalada por la espalda a España” por, presuntamente, aceptar las exigencias de los secesionistas, enumeradas en las 21 peticiones que el presidente de la Generalitat, Quim Torra, trasladó al Gobierno en un escrito durante una reunión entre representantes de ambos gobiernos. El “ambiente” de frentismo había sido caldeado con antelación cuando el presidente del PP, en unas declaraciones previas, había acusado a Pedro Sánchez de “felón, incapaz y mentiroso” por mantener ese canal de diálogo con el Govern catalán con la pretensión de encauzar el “conflicto” por vías políticas en vez de las judiciales. Y el colmo de la “felonía” fue, al parecer, que el Ejecutivo estaba dispuesto a aceptar la presencia de un “relator” o mediador en la mesa de partidos que debía convocarse para dilucidar el problema catalán y hallar iniciativas que hicieran posible su resolución. Salvo la figura de un moderador, el Gobierno de Pedro Sánchez había rechazado todas las exigencias de los independentistas, negándose a discutir cualquier demanda que fuera contraria a la Constitución o que hiciera mención expresa a un inexistente derecho a la autodeterminación.

Santiago Abascal (2 por la izquierda), Pablo Casado (5) y Albert Rivera (9).
Sin embargo, nada se le reconoce ni se perdona al Gobierno desde que promovió una moción de censura contra el anterior Ejecutivo conservador de Mariano Rajoy que contó con el apoyo de las fuerzas de izquierdas, nacionalistas e independentistas con representación en el Congreso de los Diputados. Porque, a pesar de que aquella iniciativa parlamentaria fue legal, los conservadores nunca la consideraron legítima por apearlos del poder sin mediar unas elecciones. Y desde entonces tratan de deslegitimar al Gobierno de Pedro Sánchez y forzar la convocatoria de nuevas elecciones. La concentración de ayer, en ese contexto, intenta demostrar el rechazo de la población a las vías políticas mediante el diálogo emprendidas por los socialistas con el Govern catalán y, fundamentalmente, tratar de visibilizar que el “comienzo de la reconquista” del Gobierno por parte de la derecha española ya es factible. Que “el tiempo de Sánchez ha acabado” así como su “rendición al chantaje de los independentistas”, en palabras del líder del PP. Basándose en calumnias (acusar al presidente de Gobierno de cometer traición) y en manipulaciones (cesión al separatismo), los convocantes rechazan todo intento de diálogo, aun cuando José María Aznar, carismático gurú del conservadurismo patrio y referente ideológico del actual líder del PP, dialogó con la banda terrorista ETA y llegó a considerarla “movimiento nacional de liberación vasco”.

Pero, detrás de las motivaciones reconocidas, lo que quedaba explícito en la concentración madrileña era la confluencia estratégica y dogmática de los diversos sectores de la derecha ideológica española, a pesar del rechazo que causaba, aparentemente, en Ciudadanos la presencia de Vox, un partido de extrema derecha, contrario a la Constitución, al Estado de las Autonomías y a la igualdad de la mujer, y que no tiene representación en el Congreso de los Diputados. Un partido racista y retrógrado que, no obstante, acapara el malestar y el voto de los simpatizantes conservadores menos tolerantes y que está obligando a las fuerzas ortodoxas (PP) y centristas (Cs) de la derecha a endurecer sus discursos e, incluso, a pactar con él cuando la ocasión lo permite, como ha quedado demostrado en Andalucía. Vox ha podido presentarse en la concentración de Madrid en pie de igualdad y codo con codo con el Partido Popular y Ciudadanos, dejando patente que ningún “cordón sanitario” iba aislar a la extrema derecha de la familia conservadora española, cuando su participación resulta imprescindible para la “reconquista” del poder. Y esa fue la imagen y el mensaje que ayer ofrecieron los tres rostros de la derecha en la plaza de Colón, donde visibilizaron su confabulación frente a un adversario al que intentan vencer a cualquier precio, incluido el de reconocerse entre sí como iguales que comparten un ideario, con tal de acabar con el Gobierno socialista de Pedro Sánchez.

Lo de menos era la tentativa gubernamental de un diálogo con Cataluña. Esa fue la excusa. Lo realmente importante fue presentarlo como traidor capaz de la mayor de las felonías, aunque para ello se haya que admitir, sin disimularlo, la compañía de la extrema derecha. Y abocar al país a un frentismo peligroso que ya recupera los insultos y los enfrentamientos ideológicos de un pasado que se creía superado. Ahí posan, “sin complejos”, las caras de la derecha de España, dispuestas a una cruzada por el poder.

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