domingo, 30 de agosto de 2020

La vida es fortuita

Y llamo vida a lo que existe, desde el Universo hasta el ser humano, la única criatura conocida con plena consciencia de su existencia y dotada de inteligencia para plantearse la realidad, llegando incluso a cuestionar el sentido de la vida. Pero dejando al margen las especulaciones religiosas y otros desvaríos filosóficos con los que el hombre ha explorado alguna explicación que satisfaga su curiosidad, lo que su raciocinio descubre es que la vida es un hecho contingente que en modo alguno estaba predeterminado en el origen del universo. No tiene más sentido que el puro azar, en el que el ser humano, por mucho que su antropocentrismo sea irrefragable, es un accidente fortuito.

Es lo que la ciencia nos va desvelando poco a poco, descubriéndonos una realidad más prosaica, menos trascendente, pero sumamente fascinante del probable relato de nuestro origen, en el que participamos con una humildad próxima a la insignificancia. Y nos sorprende al evidenciar que nuestra imagen y semejanza no constituye ningún molde de lo creado. Ni siquiera que la vida formase parte de ningún diseño, sino que es fruto de un accidente surgido del material de desecho en la formación de las primeras partículas que dieron lugar al universo primitivo. Que somos simples cenizas de una explosión.

La teoría del Big Bang, como se califica a la explosión primigenia que dio origen al universo, llenando el espacio de partículas elementales de materia que se alejaban rápidamente entre sí, y que explica su actual estado de expansión, supone el modelo físico más convincente y fundamentado sobre la génesis de todo lo existente. Según esa teoría, al parecer es pura chamba que de aquella explosión, en la que también se formó la antimateria, pudiera derivarse la vida que nos posibilita contemplar hoy la magnificencia de un cielo estrellado, puesto que la colisión entre partículas de materia y antimateria provoca la desintegración de ambas. Tal colisión imposibilitaría la formación de átomos y otras estructuras más complejas que son los rudimentos con los que se edifica el mundo existente, incluida la vida. Gracias a que no sucedió así, estamos aquí para contarlo.

Lo que se sabe, con más o menos certeza científica, es que aquel petardazo sideral generó, en la primera centésima de segundo, una temperatura en el universo de unos cien mil millones de grados centígrados. Un calor más elevado que el de cualquier estrella, y tan grande que imposibilitaría que ningún componente de la materia ordinaria -moléculas, átomos, etc.- pudiera mantenerse unido. Pero otras partículas elementales, que en la actualidad son objeto de estudio por parte de la física nuclear de altas energías, como el electrón, el positrón, los neutrinos y los fotones, junto a pequeñas cantidades de protones y neutrones, pudieron unirse y formar núcleos más complejos, conforme la temperatura del universo iba descendiendo.

Estas transformaciones de la materia acontecieron durante los tres primeros minutos de la explosión, según describe el Nobel de Física Steve Weinberg en un libro (véase bibliografía adjunta), cuando el enfriamiento del universo hizo posible que protones y neutrones comenzaran a formar núcleos de hidrógeno pesado (deuterio) y, más tarde, de helio. De esa sopa cósmica, que llenaba todo el universo de luz (partículas energéticas sin masa), fue surgiendo la materia, el cosmos y lo existente tal como lo conocemos. Esta explicación racional y lógica del origen de la realidad, mediante la aportación de datos empíricos, es la teoría más creíble y aceptada de nuestro origen. Además, es, hasta cierto punto, demostrable mediante pruebas tan contundentes como la detección del rastro de aquella explosión, que la física puede valorar midiendo la magnitud de la radiación de fondo cósmica. Ello no impide que muchos formulen la típica pregunta: ¿Qué hubo antes del Big Bang? Lo mismo que había antes de Dios: nada, para nuestra capacidad de comprensión.

En todo caso, a partir de esa explosión se fue formando el universo que contemplamos y todo lo que integra, incluida la Tierra. Nuestro planeta se formaría, eones de tiempo después, por la acumulación de materiales procedentes de la nebulosa de la que también surgió el Sistema Solar. Un planeta sólido como el nuestro, formado por materiales agregados a lo largo del tiempo y en su mayor parte procedentes de las proximidades del Sol, como las condritas de enstatita, era inviable que albergara agua, y menos en la abundancia que contienen los océanos. Pero unos investigadores acaban de revelar, en un trabajo reciente, que la suerte volvería a sonreírnos cuando, hace unos 3.900 millones de años, la Tierra recibió un bombardeo de asteroides y cometas que trajeron con ellos agua y otros elementos orgánicos que, 400 millones de años más tarde, posibilitaron que la vida pudiese surgir, haciendo el recorrido inverso al de la muerte: de lo inorgánico inanimado a lo orgánico animado.

En el citado trabajo, publicado en la revista Science, se señala que aquellas rocas primigenias que se estrellaron contra la Tierra contenían grandes cantidades de isótopos de hidrógeno y deuterio suficientes como para reaccionar con el oxígeno y producir agua. Tales elementos, descubiertos en contra de lo esperado en meteoritos provenientes de asteroides de enstatita, coinciden con los hallados en el manto terrestre. Se trata, por tanto, de otro afortunado evento que facilitaría la aparición de vida en nuestro mundo. Y por el que, ahora, aparte de cenizas, podemos concebir que también somos polvo de estrellas.

Hasta entonces, la física había hecho su aparición en lo creado. Y, sin que sepamos cómo, de ella derivaría la química y el mundo biológico, puesto que los componentes atómicos son comunes. De átomos a moléculas y de éstas a proteínas es cuestión de tiempo… y suerte. En cualquier caso, de una simple célula, el “átomo” de la vida, a un ser pensante y autoconsciente, como el hombre, hay un largo trecho que recorrer, que la evolución se encargaría de completar. Tampoco esta vez se sigue un diseño prestablecido y, menos aún, teledirigido por la divinidad, hasta llegar al ser humano. Pero la continua complejidad del proceso evolutivo acaba encumbrando a un homínido en la cúspide del reino animal, gracias al desarrollo de su inteligencia.

El reino de los seres vivos evoluciona para preservar la especie, adaptarse al medio y por la limitación de los recursos. La evolución por selección natural, las leyes de la genética y la herencia son indiscutibles hoy en día, haciendo compatible nuestro origen con las leyes de la física. De hecho, se ha constatado que la vida surgió en el agua del mar, al que empezó a poblar, primero, de seres unicelulares, bacterias y arqueas, después algas, esponjas o medusas, y más tarde de artrópodos y primeros anfibios que, hace unos 370 millones de años, empezaron a salir del mar. Algunos de los que abandonaron el agua se adaptaron a la vida terrestre, dando lugar a las tortugas, lagartos, serpientes, aves y mamíferos. Se sabe que la evolución biológica de los mamíferos se inició hace más de 100 millones de años. Y el más sobresaliente de esos mamíferos, desde nuestro punto de vista, es el humano.

Nos guste o no, provenimos del primate (término nada negativo, por otra parte, puesto que Linné lo usó para describir, atendiendo a su importancia y primacía, a los humanos y otros mamíferos que se les parecían: primates, del latín primus, primero). Se estima que, hace unos 2,5 millones de años, animales con rasgos homínidos aparecieron por primera vez sobre la faz de la Tierra, más concretamente en África. La evolución hizo que de un ancestro común se derivaran varias ramas, desde una de las cuales -la de los grandes simios- surgiría la especie “Homo” (Australopithecus, Ergaster, Erectus, Neanderthal, Sapiens, etc.). Es decir, el género Homo surge a partir de homínidos anteriores. La posición erguida y la marcha bípeda constituye la característica fundadora de los homininos, homínidos que bajaron de los árboles y se pusieron a andar erguidos sobre sus patas traseras por la selva, pasando de ser cuadrúpedos arborícolas a bípedos terrestres.

El camino evolutivo tan singular del ser humano radica en su desarrollo cognitivo, lo que ocasionó el aumento del volumen de su cerebro, permitiéndole adquirir diversas técnicas y habilidades en su continua adaptación al medio ambiente, en sus relaciones y para la supervivencia, pudiendo, además, transmitirlas culturalmente a sus congéneres. Ese aumento de la capacidad craneal es ya evidente en los primeros miembros del género Homo, que tenían el mismo tamaño de los Australopithecus, de los que descendían, pero con un cerebro un 50 por ciento mayor. Además, ocasiona cambios en la morfología de la mano, al alargar el pulgar en oposición a los demás dedos para conseguir la pinza de precisión humana de la mano, un agarre que combina fuerza y delicadeza. Y lo que es más exclusivo del homo sapiens, en el hecho de dirigir y compartir la atención con los otros, esa propensión a aprender de otros prestándoles una atención compartida, de la que surgió el lenguaje, la capacidad privativa del humán para articular en palabras sus pensamientos, sentimientos, deseos y conocimientos para comunicarlos a los demás. Con razón, Aristóteles caracterizó al humano por el lenguaje. Gracias a esa capacidad cognitiva, el ser humano no sólo comenzó a acumular conocimientos de lo que aprendía de otros, a ponerse en el lugar del otro y comunicarse mediante sonidos y palabras con él, sino también a ser consciente de su propia existencia y, de alguna manera, a intuir que era algo más que un simple animal o mero cuerpo material. Se singularizó del resto de la creación y se creyó la finalidad de un proceso que ni acaba en él ni se inicia por él.

La ciencia consigue excavar en la historia genética del homo sapiens y seguir su pista evolutiva, casi con más precisión que la paleontología. De ahí que pueda asegurarse su nacimiento en África y que otras especies Homo, como la Heidelbergensis o Neanderthalensis, hayan migrado hacia Europa y Asia desde hace unos 600.000 a 120.000 años. Aunque todavía algunos fundamentalistas del creacionismo renieguen del origen evolutivo de los humanos, el estudio del DNA mitocondrial permite rastrear toda la cadena de cambios y mutaciones sufrida en el genoma humano desde un resto fósil mitocondrial de nuestros ancestros.

Suprimir la superchería y la superstición en el relato del origen de la vida no resta fascinación ni misterio a algo que todavía escapa, en gran medida, a nuestra capacidad cognitiva. Al contrario, lo embellece con el fulgor de lo verificable y verdadero, con la realidad de los hechos científicos. Con la única parafernalia de la razón, la ciencia desbroza de elucubraciones el camino del entendimiento sobre el origen del mundo y del hombre, engrandeciendo aún más, si cabe, la aventura de la vida y el lugar que ha conquistado el hombre, por méritos propios y no por voluntad divina, en la cima de lo existente. Y todo ello, a pesar de que la vida sea un episodio contingente, un accidente fortuito.

Bibliografía:

Los tres primeros minutos del Universo, de Steven Weinberg. Alianza Editorial, 1996.

La naturaleza humana, de Jesús Mosterín. Esapa Calpe, 2006.

El hombre de Neandertal, de Svante Pääbo. Alianza Editorial, 2018.

Sapiens, de animales a dioses, de Yuval Noah Harari. Debate editorial, 2019

Dios, una historia humana, de Reza Aslan. Taurus ediciones, 2019..

viernes, 28 de agosto de 2020

Aforismos (10)

>Mi nombre me identifica, pero no me define. Más bien me singulariza e intenta limitarme a un cliché semántico que comparten listos y tontos, feos y guapos, ancianos y niños, incluso hombres y mujeres. Un nombre no expresa lo que soy, apenas me esboza.

>El sentimiento religioso surge de la orfandad del ser humano en el mundo. El hombre, que rehúye dejarse guiar por los instintos como los demás animales, se siente ajeno a la naturaleza. Por eso, la religión -toda religión- escarba y fomenta el infantilismo psíquico del ser humano -como apuntaba Freud- que añora la figura de un padre protector. Y crea el delirio colectivo de Dios, un chupete que consuela nuestra angustia existencial.

>El ser humano es egoísta, agresivo y antisocial por naturaleza. Sólo la cultura, con su capacidad coercitiva de los instintos, ha conseguido que el hombre sea un ser moral y social. Ha logrado domesticar al animal que llevamos dentro.

miércoles, 26 de agosto de 2020

El “ticket” ultranacionalista de EE UU

El Partido Republicano presenta a Donald Trump como su candidato a las elecciones del próximo 3 de noviembre. El controvertido, imprevisible y ególatra empresario metido en política aspira a revalidar el cargo de Presidente de los Estados Unidos de América (EE UU), la nación más poderosa del planeta, en contra, incluso, del parecer de algunos de sus pares del Congreso y el Senado. Todo presidente norteamericano puede prolongar su mandato una segunda legislatura, como máximo, si los electores le renuevan su confianza en las urnas. Se le brinda, así, la posibilidad de consolidar las iniciativas y proyectos que ha puesto en marcha en los primeros cuatro años de presidencia, sin preocuparse, en ese segundo mandato, ni de las encuestas ni de la opinión de los ciudadanos. Y Trump no iba a ser una excepción, pero lo hace movido antes por un afán personalista que por refrendar sus políticas.

A sólo una semana de la de los demócratas, los republicanos han celebrado su inevitable convención nacional para hacer oficial, en un auditorio de Charlotte, en Carolina del Norte, la nominación de Donald Trump como candidato a la presidencia. Y, desde el primer día, Trump ha impuesto su sello personal a un evento que, aunque se organiza para dotar de impulso al aspirante en su campaña electoral, se desarrolla, no obstante, ateniéndose a un tradicional protocolo de intervenciones que dejan para el final el discurso de aceptación y programático del candidato, ya oficialmente ratificado. Trump ha obviado olímpicamente este trámite, apareciendo desde el principio para acaparar absolutamente todo protagonismo, siendo fiel a su estilo convulsivo, desenfrenado e impetuoso, como suele cuando alardea de su labor o arremete contra sus adversarios en Twitter.

No es ninguna extravagancia en el personaje, porque del mismo modo en que acometió su anterior campaña electoral en 2016, sin atenerse ni al respeto ni a la verdad esperada en el comportamiento entre contrincantes que se disputan la adhesión de los ciudadanos, también ahora Trump asume de manera unipersonal y hasta desde el Despacho Oval esta nueva y atípica campaña para permanecer cuatro años más en la Casa Blanca. Es decir, lo hace desde su consolidado protagonismo visceral y sin renunciar a verter falsedades, tergiversaciones e insidias, más o menos groseras, incluso sobre el sistema electoral de su propio país, el mismo sistema que posibilitó su triunfo en 2016 y que permite el voto no presencial. Ahora, temeroso de un voto más reflexivo y no presencial a causa de la pandemia, ha pretendido instalar la sospecha en el servicio postal, manipulando a su beneficio un recorte de su financiación presupuestaria y propalando la probabilidad de fraude en el voto por correo. Tanto es así que, por sistema, Trump no vacila en utilizar su posición privilegiada como inquilino de la Casa Blanca para difundir mensajes propagandísticos sobre su candidatura o para confrontar y demonizar al adversario, algo insólito en los hábitos electorales norteamericanos, acostumbrados a no mezclar la función institucional del presidente con la del candidato en campaña electoral.

El ticket republicano es, pues, exclusivamente Donald Trump y él constituye la única imagen física e ideológica del Partido Republicano, al que ha moldeado a su imagen y semejanza. El histórico partido conservador ha sido absorbido por la impronta de Trump hasta el extremo de que, por primera vez en su historia, ni siquiera elaborará un programa electoral que ofrecer a los ciudadanos, sino que se limitará a apoyar entusiásticamente las propuestas que se le ocurran a su candidato y sus reiteradas soflamas sobre “America first”. No queda otra, por consiguiente, que resignarse a asistir al permanente y bochornoso “show” de Donald Trump, a quien ni la pandemia, ni el revés de la economía, ni las imputaciones judiciales en torno a sus tejemanejes, acaso siquiera ni un resultado adverso, podrán disuadirlo de intentar continuar, por todos los medios, irradiando su populismo ultranacionalista desde el sillón presidencial del Palacete de la avenida Pensilvania de Washington. Y para ello se muestra dispuesto a romper las costuras de lo permitido en campañas electorales de la democracia estadounidense, hasta ahora modélica en ofrecer contrapesos a las tendencias omnímodas de sus tres poderes. Algo que a Trump le fastidia sobremanera y que percibe como obstrucción a su labor o “caza de brujas” contra él.

Y es que Donald Trump no persigue sólo su reelección, sino aparecer como un ser providencial y la única persona capaz de levantar a América de su decaimiento imperial. Y lo hará recurriendo a la estrategia que ya usó en su primera elección. Volverá a valerse de la distracción (construcción de un muro en la frontera con México), la tergiversación (criminalización de la inmigración), el racismo (ley y orden contra las protestas sociales), sus obsesiones (China y su emergencia como potencia mundial), la falsedad (Obama y la izquierda radical), su interés particular (aislacionismo comercial y unilateralismo político) y su capacidad intelectual (suficiente para tuitear compulsivamente). A ello añade su inclinación y facilidad para el espectáculo mediático con el que satisface las demandas de sus seguidores, basado en “fake news” y exageraciones de los problemas y en recetas milagrosas.

De este modo, tildará a los adversarios demócratas de ser radicales “socialistas” al apostar por combatir la desigualdad y la injusticia con, por ejemplo, el proyecto de una sanidad básica universal de carácter público, pero ignorando que la “radicalidad” izquierdista la representa un comunismo que aboga por la abolición de la propiedad privada como fuente de desigualdad, abusos y opresión contra los excluidos de toda pertenencia. También ignora Trump, en su obrar, que utiliza inconscientemente el recurso psicológico, ya señalado por Freud en su ensayo El malestar en la cultura, de culpabilizar de sus frustraciones (personales, políticas) siempre en el otro, en un chivo expiatorio sobre quien poder descargar las tendencias agresivas que nos provocan. Lo hicieron los nazis con los judíos, los cristianos con los gentiles, los comunistas con los burgueses y, actualmente, las opulentas sociedades consumistas de Occidente con los inmigrantes y los diferentes que anhelan compartir los recursos de este mundo.  

Pero nada de hacer balance ni autocrítica de su gestión, ni reconocimiento de sus mentiras, estafas y fracasos políticos, de sus engaños y su descarado nepotismo. Ni de su tendencia a la manipulación y al sectarismo en la actuación gubernamental. Ni de los continuos abandonos de personas de su equipo a causa de su arbitrariedad, ignorancia y petulancia. Tampoco de la nula transparencia en su proceder particular y público, que incluye el ocultamiento de las declaraciones fiscales de su fortuna, ni sus pagos a prostitutas con fondos electorales. Ninguna disculpa por el comportamiento miserable de su amigo y anterior jefe de campaña electoral y exconsejero de Seguridad de la Casa Blanca, Steve Bannon, imputado y detenido por lucrarse con las aportaciones privadas solicitadas por el propio Trump para la construcción del famoso muro con México. Para Trump, la política es el arte de hacer olvidar lo prometido para entusiasmar con nuevas promesas que volverán a incumplirse. Y lo hace groseramente, con total descaro. Porque ni el muro se construirá, ni lo pagará México, ni blindará a EE UU del fenómeno de la migración, ni conseguirá un saldo positivo en todas las transacciones económicas del país, ni vencerá a la pandemia despreciando las indicaciones de expertos y epidemiólogos, ni eliminará la violencia de las calles, ni calmará el hartazgo de las minorías por la discriminación racial, ni podrá evitar que la Justicia acabe alcanzándolo por sus abusos y desmanes recurrentes. Ni siquiera podrá impedir que su recuerdo se diluya entre lo insignificante y anecdótico en la historia de los EE UU.

Este es el ticket ultranacionalista del Partido Republicano que encumbra a un personaje como Donald Trump. Él es el preciado y único valor de la propuesta republicana, aunque le acompañe para el puesto de vicepresidente quien ya ostenta el cargo y cuyo nombre es totalmente indiferente a efectos propagandísticos, políticos y electorales. Mike Pence es, simplemente, el clásico segundón que siempre maniobra a la sombra del jefe, al que presta lealtad incondicional y absoluto servilismo, sin pretender destacar en nada ni contradecir en ningún caso.

Lo verdaderamente relevante del ticket republicano es que presenta a Donald Trump a la reelección para que siga haciendo de las suyas, movido por su populismo ultranacionalista y su neoliberalismo unilateralista y aislacionista, bajo el señuelo de “hacer América grande, otra vez”, sin que nadie le pregunte qué América ni a qué modelo de América se refiere.

jueves, 20 de agosto de 2020

Nuevos confinamientos

Todo el mundo predice que en otoño volveremos a estar confinados. Es rara la conversación en la que alguien no afirme estar convencido de que el país necesitará estar enclaustrado, guardando una nueva cuarentena colectiva más o menos duradera. Pero nadie aporta datos objetivos ni referencias de expertos comprobables, sino juicios que se basan en la intuición y las especulaciones que circulan por las redes sociales. Tales profetas son presas de un exceso de información que les imposibilita discernir entre bulos e información fidedigna. La incertidumbre y los miedos por una coyuntura realmente preocupante, a causa de una epidemia que no se puede combatir más que con el aislamiento individual, favorecen más una respuesta emocional que racional. Sobre todo, si los brotes de la enfermedad se multiplican por todo el país, incrementando el número de personas afectadas, con o sin síntomas, así como el cómputo de fallecidos. Y, ante la alarma por un problema que no acaba de solucionarse, la reacción pesimista es lo que nos lleva a expresar pronósticos catastrofistas. Se pierde la confianza y la capacidad de criterio más o menos objetivo.

Es cierto que la pandemia, lejos de estar vencida, se halla semicontrolada gracias a las medidas de protección personal (mascarillas, distancia interpersonal, etc.) establecidas para servir de barrera a la transmisión de contagios. Con ellas se dificulta que el virus campe por sus respetos, pero no que siga entre nosotros, contagiando a nuevos huéspedes en cuanto bajamos la guardia y nos creemos libres de la enfermedad. De ahí la aparición de brotes diseminados por toda la geografía, fruto, en la mayoría de los casos, de reuniones, celebraciones y aglomeraciones de gente (por causa festiva o laboral) que no cumplen las medidas de protección a que están obligadas. Los expertos médicos y epidemiológicos, desconociendo el número exacto de personas infectadas en la población, esperaban la aparición de estos brotes como una evolución natural de la epidemia, siempre y cuando fueran detectados precozmente y debidamente rastreados para circunscribir su extensión y limitar su expansión.

Por tanto, que existan brotes no significa que la pandemia esté descontrolada, propiciando una nueva oleada como la que obligó confinar a la población y paralizar la actividad económica. Muy torpes e irresponsables hemos de ser para llegar a ese extremo, otra vez. Pero las autoridades deberán aunar esfuerzos para unificar y fortalecer los mecanismos de actuación posibles contra esta inimaginable amenaza, evitando utilizarla para la confrontación política, y los ciudadanos tenemos que asumir que sin nuestro comportamiento responsable no se podrá doblegar esta situación, sin caer en dramatismos ni pesimismos injustificados. Y confiar en que, más pronto que tarde, se logrará el remedio terapéutico que nos facilitará una protección más eficaz contra el virus. Tal vez entonces olvidaremos las especulaciones gratuitas y los bulos tendenciosos que tanto contribuyen a desinformarnos y atemorizarnos, haciéndonos perder el juicio y la capacidad crítica. También a no caer en la actitud opuesta que niega la evidencia y hace caso omiso de las recomendaciones de las autoridades e instituciones sanitarias.