sábado, 29 de febrero de 2020

Un día extra


Hoy hacemos que el año dure un día más y sume 366 días en los últimos doce meses. Es lo que se conoce como año bisiesto, circunstancia que se produce cada cuatro años. El motivo astronómico es conocido y remite al movimiento de traslación de la Tierra, que no es tan exacto como para ser medido con la precisión que anhela la ciencia. El planeta tarda algo más de 365 días en completar un giro en torno al Sol, y ese pico de más suma un día extra cada cuatro años, que se añade al mes más corto, que es febrero. Tal anomalía métrica del tiempo no influye ni en el movimiento de los astros ni en el comportamiento de la naturaleza, incluyendo a todos sus seres vivos, todo lo cual es indiferente a nuestros intentos por racionalizar con leyes y normas la realidad, aunque a veces tengamos que corregir nuestros cálculos.

Los únicos que sufren alguna perturbación son los que nacen un día bisiesto, porque no pueden celebrar su cumpleaños con la regularidad anual acostumbrada, puesto que el 29 de febrero sólo aparece en los calendarios cada cuatro años. Cualquier registro humano que se base en este día, deberá hacer constar su excepcionalidad temporal para que sea tenida en cuenta en el futuro. Y es que disponer de un día extra, aunque sea cada cuatro años, trastorna nuestras rutinas y convenciones. Porque nacer o morir un 29 de febrero se convierte en una complicación, cuando no una extravagancia.  

viernes, 28 de febrero de 2020

Andalucía, 40 años de autonomía


El 28 de febrero de 1980 se celebró el referéndum por el que los andaluces ratificaron el acceso a la autonomía de Andalucía a través del artículo 151, el destinado a las regiones consideradas “históricas” (Cataluña, País Vasco y Galicia), y no por el previsto para las restantes regiones que conforman el mapa autonómico de España, que accederían a la autonomía por el trámite más lento del artículo 143 de la Constitución. Andalucía, por tanto, eludía el diseño original y rompía los esquemas previstos para intentar calmar las tensiones territoriales que, desde mucho antes de la restauración de la democracia, planteaban determinadas regiones, consideradas históricas, con ansias independentistas. Por eso, el proceso de descentralización no contemplaba el reparto equitativo de las herramientas de autogobierno en igualdad de condiciones a la totalidad de las regiones españolas. El referéndum andaluz hizo añicos aquel proyecto y obligó a Madrid, sede del Gobierno de la UCD de Adolfo Suárez, que aceptase el conocido “café para todos” con el que daba por válido una consulta que en Almería no alcanzó la mayoría suficiente. Quedaba, así, definitivamente configurado el mapa autonómico de España.

De aquello hace hoy, exactamente, 40 años, y el Gobierno andaluz, pilotado ahora por el conservador Partido Popular después de más de tres décadas en manos de los socialistas del PSOE, aprovecha la efemérides para la correspondiente campaña de loa y autobombo, tal vez para que no se recuerde que son herederos ideológicos de los conservadores que solicitaron en aquella fecha el voto en contra de la autonomía para Andalucía. La Junta de Andalucía, a la que sin demora se le cambia la imagen corporativa para diferenciarla de la que diseñaron los gobiernos socialistas, ha visto sentados en la Presidencia, durante todo este tiempo, a seis políticos, sin contar a Plácido Fernández Viagas que presidió la Junta preautonómica, que fueron organizando una Administración inexistente, exigiendo recursos y el traspaso de funcionarios, y asumiendo funciones cada vez más amplias para la necesaria modernización de un territorio que hoy, cuarenta años después, no se parece en nada al de antes.

Algunos de esos presidentes tuvieron, incluso, que realizar verdaderos sacrificios reivindicativos, como el ayuno emprendido por Rafael Escudero, primer presidente de Andalucía (1979-1984), para que el Gobierno nacional, en poder de compañeros de su propio partido, cediera competencias contempladas al autogobierno andaluz, que iniciaba su andadura después de las primeras elecciones autonómicas de 1982. Tras ellos, se aposentaron en el Palacio de San Telmo, sede de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla (1984-1990), defenestrado sin contemplaciones por Alfonso Guerra, el temido secretario general del PSOE, cuando quiso defender Andalucía antes que a su partido; Manuel Chaves González (1990-2009), el más longevo en el cargo, pero que ha terminado condenado por el escándalo de corrupción de los ERE, igual que la persona que designó para sucederle, José Antonio Griñán (2009-2013), también condenado por el mismo caso. El lavado de cara emprendido por Susana Díaz (2013-2019), para asear a un PSOE ya identificado con el abuso y la patrimonialización de la Administración andaluza, no sirvió para evitar que, en 2019, Juan Manuel Moreno Bonilla accediera a gobernar Andalucía, procediendo a la primera alternancia de partidos en la Junta de Andalucía.

El balance de estas cuatro décadas de autogobierno difiere, según el color de quien lo realice, entre el medio vacía o el medio llena de la botella de logros. Lo cierto es que se han alcanzado cotas de progreso cuantificables que, sin embargo, no impulsan a Andalucía al pleno desarrollo económico, industrial, laboral, educativo, tecnológico o cultural que sería deseable. Del tercermundismo en el que se hallaba sumida, Andalucía ha pasado a contar con infraestructuras, servicios y recursos que han sido posibles por la existencia de un Gobierno autonómico, más cercano a las necesidades de la región y a las demandas de su población. Con todo, falta mucho por hacer para alcanzar esas metas en una región que el autogobierno ha ayudado a vertebrar, a arrancarla de la resignación a ser fuente de mano de obra barata para otras regiones desarrolladas y de combatir el prejuicio de la indolencia con que era tratada. De los latifundios a las cooperativas agrícolas y ganaderas, del señorito de cortijo a los trabajadores cualificados para la industria aeronáutica, de las carreteras bochornosas a las autovías y el tren de alta velocidad, los cambios han sido, aunque nos hayamos acostumbrados a ellos, espectaculares y amplios. Sólo exigen tener memoria, aunque los consideremos insuficientes.

Y nada mejor que la conmemoración de este 40ª aniversario del autogobierno andaluz para celebrar el avance que ha supuesto la descentralización del Estado que la democracia ha posibilitado en España. No es la panacea a todos los problemas que arrastra secularmente Andalucía, pero tampoco, ni mucho menos, el lastre que impide su desarrollo. Son 40 años que nos permiten recordar que debemos exigir más y exigirnos más, como ciudadanos comprometidos con su tierra, por el progreso y el bienestar de Andalucía y los andaluces. Y para que “sea por Andalucía libre, España y la humanidad”, como proclama su himno.   

jueves, 27 de febrero de 2020

Entre el miedo y la estafa


Las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos de América (EE UU) parecen moverse entre el bandazo ideológico y el continuismo, extremos que protagonizan un Bernie Sanders que va imponiéndose en las primarias del Partido Demócrata celebradas hasta la fecha, y el populismo ultranacionalista que supone la reelección de Donald Trump, el presidente más radical y heterodoxo que habita la Casa Blanca. Ambos extremos lo ocupan el miedo y el fracaso, representados por unos candidatos a las elecciones del próximo noviembre que, en sus prolegómenos, ya ofrecen un espectáculo de abrupta confrontación, como si defendieran dos EE UU diferentes y opuestos que buscan mutuamente anularse. Evidencian, así, una polarización que no es más que el resultado de la enorme fractura social que Trump se ha encargado de profundizar, desde el primer minuto en que ocupó el Despacho Oval, con sus exageraciones, extravagancias, mentiras y obsesiones.

De la maraña de candidatos demócratas sobresale, hasta ahora, el senador Sanders, que atrae el voto de los descontentos con las políticas de Trump, que son legión, como los hispanos, prácticamente el segundo segmento de población de EE UU, que se sienten víctimas de las restrictivas políticas sociales y migratorias de la actual Administración, y los jóvenes, quienes no comulgan con un mandatario que se orgullece de despreciar la diversidad, criticar la igualdad femenina, mofarse de la sostenibilidad medioambiental y de percibir la solidaridad como una debilidad, tanto en política como en los negocios y la convivencia, y no como un valor en sí misma o una virtud siempre recomendables. Su soberbia, rufianismo, falsedad y aprovechamiento del cargo para su interés particular y sus negocios son rasgos del inquilino de la Casa Blanca que no concuerdan con los valores de una generación que está acostumbrada al internacionalismo y las relaciones multiculturales, ámbitos en los que la confianza, el respeto, la sinceridad y la ecuanimidad son condiciones imprescindibles que evitan malinterpretaciones, roces y abusos.

Sin embargo, y a pesar de que encabeza los apoyos en las primarias demócratas, Sanders no las tiene todas consigo ni acaba de aglutinar en torno a su candidatura a todo el aparato del partido. El núcleo duro de este y, por descontado, sus contrincantes republicanos, lo consideran “rojo”, es decir, sumamente peligroso. Hasta Hillary Clinton desconfía de él y espera que surja otro candidato que consiga ganarse todo el apoyo del Partido Demócrata. Ese establishment recela de Sanders y no aprecia que sea el “ticket” con más posibilidades para enfrentarse a un Donald Trump crecido, envalentonado después de superar un impeachment que ni lo ha arañado, aunque ha sacado a la luz sus “malas artes”, y de apropiarse los éxitos de una economía que evoluciona según el ciclo. Tales son los elementos de una campaña presidencial norteamericana que oscila, aun en sus fases iniciales, entre el miedo y la estafa: el que provoca uno y el que caracteriza a otro.

Un miedo al senador que emerge de su propio partido y que se une al propalado por los republicanos, que lo atacan por ese punto débil que él mismo ofrece al considerarse “socialista”, un término que en EE UU equivale a comunista. De ahí que lo tachen de “rojo”. Pero Sanders no es, ni por asomo, lo que se entiende por socialista en Europa, sino simplemente un defensor de aquellas capas ciudadanas desfavorecidas que son orilladas por un sistema económico que deja en manos del mercado y la iniciativa privada la satisfacción de sus necesidades básicas, como la salud o la educación. Sanders, como mucho, es socialdemócrata, la corriente ideológica en la que se encuadran los que persiguen, sin “tocar” el sistema capitalista, construir una red de seguridad pública que proteja a los más débiles mediante ayudas sociales. Y para financiar esa red (Estado de Bienestar), promueven una fiscalidad progresiva, que obliga pagar más a los que más tienen, con objeto de que cada ciudadano contribuya en función de su capacidad económica. Sanders también apuesta por una educación pública gratuita, un salario mínimo más alto y más inversión pública en infraestructuras “verdes” o sostenibles, entre otras propuestas de su programa. Y, por lo que se ve, ello en EE UU es mentar a la bicha porque tales propuestas van en contra de la actual corriente neoliberal del capitalismo más descarnado, que excluye toda intervención y regulación por parte del Estado.

Ni qué decir tiene que las compañías de seguros médicos y otras por el estilo, de titularidad privada, afectadas por el programa del candidato demócrata, se oponen frontalmente a cualquier “socialización” que regule la actividad económica, aunque sirva para mejorar el bienestar de la mayoría.  Y quien más critica la propuesta es, precisamente, Donald Trump, que ya se encargó de derogar una medida similar de su predecesor, el “ObamaCare”. La propuesta de Sanders de extender del medicare sirve de pretexto para inocular el miedo entre los ingenuos que se asustan con la palabra “socialismo”. En una sociedad que nació preconizando el liberalismo individual y renegando de cualquier intervencionismo estatal, al considerarlo una injerencia o limitación en la libertad, los mensajes de Bernie Sanders son percibidos como una extravagancia o una insensatez.

Y Trump explota, con sus habituales tuits despreciativos, esas “ocurrencias” de un adversario al que considera débil. Contra Sanders, contrariamente a lo que consintió contra Hillary o ha intentado contra Biden, no precisa de la “ayuda” de potencias extranjeras que espíen a su favor cualquier asunto pudiera perjudicar a sus adversarios. Contra Sanders le bastan sus exabruptos.

El mayor peligro para Trump era el impeachment, no porque pudiera acabar destituyéndolo (lo que era imposible por la mayoría republicana del Senado), sino porque pudiera sacar a relucir sus trapicheos, sus abusos de poder, su obstrucción a la Justicia, su sectarismo o su nepotismo tan poco ilustrado como sus gustos áureos en la decoración de sus residencias. De un individuo acostumbrado a considerarse por encima de la ley, por encima de la democracia, por encima de la diplomacia y por encima del mundo, lo único que podría esperarse es la estafa, la promesa de buscar el “America first” como señuelo para su beneficio personal y el de los de su clase. Ni sus guerras comerciales, ni sus muros, ni sus aventuras militares persiguen otra cosa que el enriquecimiento de los ricos, como él, que, hartos de ganar dinero, ya sólo les distrae gobernar su país del mismo modo que dirigen sus empresas: con amenazas, despidos, explotación, abusos, chantajes y fraudes. No miran al futuro, ni a las gentes, ni al planeta. Están obsesionados con la rentabilidad inmediata y el resultado de beneficios a cualquier precio. Y el precio, en política, es el inmovilismo, el aislacionismo, el oportunismo y el desbarajuste, todo ello sazonado con mentiras, abusos y arbitrariedad. Por eso Trump representa la estafa. Una estafa con enormes posibilidades de imponerse y ganar en las próximas elecciones presidenciales de EE UU. Habrá que seguir atentos a lo que allí se cuece, porque afecta a todas las “colonias” del imperialismo yanqui, como bien saben los agricultores de aceituna y productores aceite españoles.

domingo, 23 de febrero de 2020

Rincón periférico


Mi barrio es el último en un extremo de la ciudad, pero no está aislado. Dispone de varias paradas de autobuses urbanos que lo comunican directamente con el centro histórico o enlazan con otras líneas que llevan a cualquier punto de la urbe. Aunque es un barrio pequeño, está dotado o cercano de lo necesario, desde colegios y un centro de salud hasta una ferretería y una farmacia, además de bares, peluquerías, tienda de desavíos e incluso un ultramarinos reducido a la mínima expresión. Por tener, tiene una tintorería y una especie de club social en el que se ha acondicionado un hueco para alojar una virgen, con sus cirios y sus flores. La situación periférica en que se ubica le confiere al barrio tranquilidad y silencio, sin perder identidad urbana. Por si fuera poco, linda con un gran parque que constituye un privilegio que otras barriadas, de mayor prestigio inmobiliario, no disponen y anhelarían. Esa fronda vegetal, atravesada por senderos y un lago poblado de patos y peces, ofrece la oportunidad de pasear, respirar aire limpio, practicar deporte o dejar a los niños desahogarse con sus juegos sin peligro de ser atropellados, cosa que sólo se valora cuando, en vez de cruzar la calle, se está obligado a desplazarse en un vehículo para disfrutar de un trozo de naturaleza semejante en cualquier otro lugar distante.

Como todo barrio, máxime si es pequeño, sus cuatro calles están atestadas de coches que se disputan cualquier aparcamiento libre. No deja de ser una barriada dormitorio para unos habitantes que, antes que huir a esas viviendas unifamiliares más asequibles que se pusieron de moda en los años 80 del siglo pasado, prefirieron permanecer en la ciudad donde crecieron y mantienen lazos familiares. No les importaba el precio de conformarse con una zona periférica, si al menos continuaban empadronados en su ciudad natal. En este nuevo nido del extrarradio criaron a sus hijos y acabaron peinando canas hasta que, tras décadas de apenas pisarlo nada más que para entrar y salir, se convierte en refugio sosegado en el que pasear y entretener la jubilación. Y descubren que tienen un tesoro.

Porque, aparte de lo descrito, hallan en este rincón de la periferia aquello que no sabían que buscaban: comodidad, servicios, descanso, distracción, tranquilidad y convivencia. Y tropiezan con los vecinos que antes esquivaban por esa absurda competición de parecer más que nadie, cuando todos fueron asalariados que sólo pudieron elegir este rincón perdido de la ciudad. Con tiempo para pasear sin ir a ningún sitio, encuentran ahora aceras de amistad y cafés para la tertulia y los recuerdos. Y el placer de lo conseguido a base de ahínco y sacrificios. Pero, sobre todo, esa felicidad indescriptible que ruboriza el rostro cuando los hijos y los nietos te acompañan en el deambular por este rincón periférico que ya es tu hogar. Y no lo cambiarías por nada, porque todo él alberga recuerdos de tu existencia.