viernes, 30 de noviembre de 2018
Se despide noviembre
Hoy finaliza noviembre y nos deja a las puertas del
invierno. Da el testigo a diciembre para que completemos el ciclo con el que
contabilizamos nuestra vida en años y en recuerdos de un pasado cada vez más cargado
de trastos viejos y rancias vivencias. Un noviembre con días benignos y, también,
aciagos, como esas jornadas soleadas que alternaron otras lluviosas y frías que
nos fueron habituando a las inclemencias que se avecinan. Cumplió su cometido
gris y anodino de mes cuya mayor significancia es honrar a los difuntos y
entristecer el ambiente, impregnando las horas de melancolía. Hoy se despide noviembre
del calendario, dejando la última página de un solitario diciembre como recordatorio
de la fugacidad del tiempo y lo baldío de cualquier empeño. Sin pena ni gloria
desaparece noviembre del mismo modo que una hoja a merced de la corriente, aunque
esa hoja seamos nosotros y el río, la vida. Por eso digo adiós a noviembre, para
no olvidar que también nosotros nos despedimos mientras flotamos.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Un susto
No es que fuera asustadizo, pero sí realista. Era consciente
que había alcanzado esa edad en la que, en cualquier momento, un quiebro en la
salud, más indeseado que improbable, podía cercenar su porvenir de esperanzas y
proyectos. Y aunque presumía de obstinado optimista por naturaleza, aquellas
toses recurrentes y la prueba que el especialista le había solicitado, lo
obligaron a adivinar nubarrones en su vida y prestar atención a las señales de
fatiga que su organismo comenzaba a enviar cada vez con más frecuencia. Salió
de la consulta con el susto nublando sus ojos, pero con el propósito de no
dejar que afectara a sus hábitos cotidianos y menos aún que lo percibieran su
familia y amistades. Se lo guardó en su mente como solía con las malas
noticias, hasta que no hubiera más remedio que reconocerlas. Ni siquiera su
mujer, que finalmente le acompañó a la prueba, tuvo posibilidad de descubrir en
sus palabras y comportamiento algún indicio del temor que anidaba en su
interior y que, a veces, lo desvelaba por las noches, cuando los pensamientos
vagan por la oscuridad sin que la
voluntad pueda sujetarlos.
Tuvo que aguardar dos meses para que el especialista le
informara del resultado de la prueba. Dos meses de un terror secreto que se
alimentaba de la espera y la incertidumbre del diagnóstico. Y como todas las
personas que se ven atormentadas por una enfermedad repentina, buscaba razones
para esa mala suerte que arbitrariamente pudiera golpearlo en la peor de las alternativas,
confirmando las sospechas del médico y los augurios que no podía ignorar. Aquel
optimismo innato con que afrontaba hasta entonces los contratiempos parecía
haber sido doblegado por la inevitable probabilidad de la fatalidad, justamente
cuando más lo necesitaba. Ninguna distracción lograba aliviar una pesadumbre
que lo devoraba por dentro sin borrarle la sonrisa de los labios. Era su manera
de ser: fuerte por fuera y débil por dentro, una careta de valentía que disfrazaba
a un tímido acobardado.
Por eso, cuando llegó el día de enfrentarse a la verdad, le
sudaban las manos y el corazón aporreaba su pecho. Llevaba el periódico
arrugado de amortiguar una intranquilidad que sólo él percibía y un móvil
cómplice en el bolsillo por si tenía que implorar esa ayuda que hasta entonces
creía innecesaria. Se sentó en el borde de la silla con la despavorida sensación
de un condenado que aguarda el castigo. Durante los minutos, que le parecieron eternos,
en los que el facultativo consultó en el ordenador su historial médico y el informe
de la prueba, él se entretuvo en observar el frío y desangelado habitáculo de
la consulta y la cara inexpresiva de la enfermera, indiferente a las angustias
de los pacientes que diariamente pasaban por allí.
Y en el preciso instante en que el médico le comunicó que
nada maligno se había detectado en la prueba, él recobró su tenaz optimismo.
Abandonó aquella habitación blanca e impersonal con la ligereza de quien ha
sido liberado de un peso enorme y con la impaciencia del que no quiere malgastar
más tiempo en temores inútiles que nada resuelven. Envió a su mujer un mensaje que
ella estaba acostumbrada a recibir: “no problem”. Y respiró tranquilo. Todo
había un susto. Un susto que él se había tomado demasiado en serio.
lunes, 26 de noviembre de 2018
Cookies ideológicos
Era cuestión de tiempo -y de cinismo- que la recopilación de
los perfiles ideológicos o políticos de los usuarios de internet acabara
realizándose con el mismo descaro con que se mapean nuestros gustos para
atiborrarnos de anuncios publicitarios cada vez que visitamos páginas on line o adquirimos cualquier producto
y utilizamos cualquier servicio por internet. Lo que ya venían haciendo de
manera encubierta desde hace mucho tiempo múltiples agencias de inteligencia de
todo el mundo -como NSA (Agencia Nacional de Seguridad de EE UU, que monitorizó
las comunicaciones de ciudadanos de todas las latitudes e interceptó más de 60
millones de llamadas telefónicas en España) y otras muchas dedicadas a la
vigilancia informática-, ahora también lo podrán hacer los partidos políticos españoles
para ofrecernos en la bandeja de la pantalla una “oferta” política afín a
nuestro perfil ideológico. Es lo que faltaba en el control de las personas para
que ningún resquicio de la intimidad individual, incluyendo el pensamiento y la
tendencia ideológica, quedara al margen de la explotación comercial y, desde ahora
y de manera legal, también política.
Tal es el peligro que se deriva de la nueva Ley de Protección de Datos y Garantía de los
Derechos Digitales aprobada recientemente por el Senado, al incluir un
artículo, el 58 bis, que permite que, por interés público, los partidos
políticos, coaliciones y agrupaciones electorales puedan recopilar y elaborar
bases de datos sobre la ideología de los internautas para la realización de
actividades de propaganda electoral a través de medios electrónicos. El único
límite establecido es que los datos se extraigan de “páginas web y fuentes de
acceso público”. Esta práctica, que estaba vetada a todo tipo de empresas y
organizaciones e impedía el envío de propaganda si no existía un consentimiento
previo, se consiente ahora sin ningún tipo de restricción a los partidos
políticos, los cuales podrán inundar a los usuarios de Internet de spam (basura propagandística) durante
las campañas electorales a partir de perfiles elaborados con “cookies”
ideológicos, y sin ningún consentimiento expreso.
Para la Plataforma en Defensa de la Libertad de información
(PDLI), resulta “escandaloso” que esta ley vaya a posibilitar en nuestro país
actividades, como las que desarrolla Cambridge Analytica (CA), basadas en el
envío masivo de propaganda electoral personalizada (microtargeting) sin
consentimiento de los usuarios, que convierten los datos personales en
mercancía electoral y, lo que es peor, en un arma de influencia esencial de la
opinión pública. Basta con recordar, para valorar el peligro al que nos
referimos, que esa consultora británica fue acusada de manipular los datos de
50 millones de usuarios de Facebook con mensajes personalizados para influir en
la campaña electoral de Donald Trump, en 2016. Y que la filial norteamericana
de la misma aseguró tener información de más de 230 millones de electores
estadounidenses, con la que elabora estrategias y útiles de comunicación que
ofrece a empresas y organizaciones políticas interesadas en sus servicios.
Esa capacidad de “perfilar” las tendencias e ideologías de
los ciudadanos se pone ahora a disposición de los partidos políticos de España
para que la utilicen en el diseño de sus campañas electorales, sin que los
usuarios de internet tengan conocimiento de que sus datos y opiniones son
recogidos y archivados sin su consentimiento. Y aunque la finalidad es
publicitaria, no es de extrañar que las posibilidades que brinda una
herramienta de vigilancia informática de esta naturaleza abarque otros objetivos
menos bondadosos. Porque, más allá de las “buenas intenciones” de las consultoras
especializadas en el “big data” con fines publicitarios, existen muchas agencias
dedicadas al spyware, es decir, a
elaborar software de vigilancia del espacio virtual que rastrean todo tipo de
información para prevenir, presuntamente, delitos. La NSA no es la única interesada en
recopilar datos de los internautas, aunque sí la más poderosa y conocida, que
se sepa, sin contar lo que hacen las rusas interfiriendo en los comicios de medio mundo.
Si cada formación política puede elaborar su propia base de
datos con el propósito de conocer el perfil ideológico de los usuarios de
internet, más que una Ley de Protección de Datos, lo que se está legalizando es
la manipulación de las tendencias ideológicas de los usuarios con fines
partidistas, permitiendo la proliferación de tantas NSA como partidos políticos
haya en España. Un peligro del que ya advirtió la ONU en 2014, cuando publicó un
informe para alertar de que la recopilación masiva de datos personales “elimina
cualquier consideración de proporcionalidad” y “genera interferencias” con el
derecho a la privacidad.
Sin embargo, en España todos los partidos con representación
parlamentaria votaron a favor de esta Ley en el Congreso de los Diputados, eximiéndose
a ellos mismos, mediante el artículo 58 bis, de las restricciones que
garantizan la protección de los datos personales y que, en todo caso, exigen el
consentimiento previo de sus titulares a la hora de elaborar perfiles
ideológicos basados en sus opiniones políticas. Y aunque la Agencia Española de
Protección de Datos ha salido al paso para recordar que no va a permitir el
tratamiento de datos personales con tal finalidad, se mantiene la incredulidad
de que, realmente, pueda impedir lo que la ley posibilita tan claramente, que
es, simple y llanamente, espiar a los ciudadanos para elaborar el perfil
ideológico de los votantes. Un aspecto de nuestra intimidad expuesto a ser
almacenado por cookies ideológicos y que ha pasado a ser legal con esta ley,
dejándonos completamente desnudos ante quienes nos escudriñan por internet.
viernes, 23 de noviembre de 2018
Despeñado por la obsolescencia
La vida, como expresó Dante, es un camino a mitad del cual el
poeta florentino emprendió la elaboración de La Divina Comedia, una joya de la
literatura universal que dejó boquiabiertos por su belleza a cuantos vinieron
detrás de él. No aclaró que ese camino era cuesta arriba en su mayor parte,
pero que superados dos tercios largos de su recorrido se produce un cambio de
rasante que nos hace descender, ir cuesta abajo. Tan ingrata es, para algunos,
esa bajada final del camino que, alterando el orden de los tramos versificados
por el poeta, los trechos a transitar nos conducen por el Paraíso, el Purgatorio
y el Infierno descritos por Dante, pero en orden inverso. Porque a partir del
último recodo nos despeñamos por una espiral de obsolescencia que nos hace sentir,
por la mengua de capacidades y la irrupción de molestias y complicaciones de todo tipo, un infierno aborrecible e indigno de una vida que apura el final
del trayecto con ansias de liberación y descanso. Y aunque cada caminante afronta
ese reto de distinta manera, serán la experiencia individual y las
expectativas de futuro las que determinen el orden de esos trayectos y las
vivencias que nos deparen. En cualquier caso, es inevitable pero conveniente que
la senectud sea la acompañante fiel en esas últimas vueltas y, con ella, los
obstáculos o las facilidades con que las abordaremos. Pero para muchas
personas, por no decir casi todas, esa compañía parecerá una pesada carga
que lastra la marcha con torpezas, olores y flaccideces que tanta repugnancia
nos provocaron en otros, aun familiares, restándole ilusión y fuerzas al empeño. Y es en tales
casos cuando apurar las vueltas finales del sendero supondrá una caída por el
despeñadero de la obsolescencia, del que Dante no nos previno en ninguno de sus
cantos. Algo así como tropezar con el infierno al final del camino.
*¡Oh insensata avidez de los mortales,/débiles son los silogismos esos/que os hacen aletear a ras de tierra! Canto XI, versos 1-3 del Paraíso de La Divina Comedia. Dante Alighieri.
Sin embargo, no podemos caer en el engaño. Sabíamos que la obsolescencia biológica es insoslayable
pero indeterminada en todo ser viviente. Que aparecerá sin anunciar cuándo ni
cómo. Y que a veces su presencia es imperceptible y discreta; y otras, violenta
y traicionera. En ocasiones, tardía, aunque también temprana. Que lo único
cierto es, en definitiva, que llega y nos envilece, arrebatándonos fuerzas y motivos
para ser leales a la vida y no traicionarnos a nosotros mismos ni a nuestra
propia memoria. Y que por mucho que aleteemos en la vida con insensata avidez de
mortales, lo hacemos a ras de suelo, al que acabaremos cayendo*. Es el destino
que nos tiene reservado la obsolescencia. Un despeñadero por el que podemos caer con la
elegancia de quien asume el precio de su existencia o con el patetismo del desagradecido
contrariado. Admitámoslo.
______________*¡Oh insensata avidez de los mortales,/débiles son los silogismos esos/que os hacen aletear a ras de tierra! Canto XI, versos 1-3 del Paraíso de La Divina Comedia. Dante Alighieri.
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