miércoles, 31 de agosto de 2016

Ablación


Ablación es un concepto que relacionamos con sufrimiento, dolor y sangre. Evoca en nuestras mentes salvajismo atávico, crueldad monstruosa y mutilación desgarradora. Tiene connotaciones de opresión, machismo, superstición e ignorancia. Define el sacrificio y menoscabo de derechos. Remite a prácticas violentas basadas en creencias falsas, en miedos infundados y consideraciones que sirven para preservar desigualdades sociales y abusos de género. Se relaciona con sociedades establecidas sobre la segregación sexual y la condena del placer orgánico de la mujer. Nos hace recordar niñas y mujeres sometidas a amputaciones aberrantes en lo más íntimo de su anatomía por causa de criminales tradiciones misóginas. A ritos que perpetúan el poder de unos con el terror carnicero sobre otros en razón del sexo, buscando someter su sensibilidad y hasta anularla por extirpación física horripilante. En ocasiones, demasiadas ocasiones, significa muerte.

Pero ablación es también un término que significa vida, aunque esta acepción sea menos común o conocida. Está ligada a la salud recobrada por la acción de cortar, separar y quitar lo que la quebranta. Viene de la mano de avances tecnológicos y profundos conocimientos anatómicos de órganos y tejidos, sobre los que actúa delicadamente corrigiendo defectos fisiológicos. Consiste en procedimientos médicos que frenan impulsos desbocados mediante cateterismos vasculares con navegación teledirigida que alcanzan y neutralizan esas fuentes que alteran el ritmo sincopado del corazón. Interrumpe y anula líneas nerviosas aberrantes y los miedos que provocan. Separa y extirpa el peligro que conllevan. Proporciona alegría al enfermo intervenido y satisfacción al profesional que la aplica con los resultados deseados. De ahí que signifique, en casi todas las ocasiones, vida.

Se trata, pues, de un sustantivo con el que nombramos dos realidades distintas, que tiene connotaciones opuestas. Yo he sufrido la segunda, que me ha dado la oportunidad de seguir albergando esperanzas e ilusiones, pero me avergüenza, increpa y enerva la primera. Porque es impropia del ser humano y un atentado a la dignidad de la mujer.

lunes, 29 de agosto de 2016

Investidura eterna


Ejercer la política sin mayorías absolutas o, cuando menos, mayorías simples pero con apoyos puntuales es, por lo que parece, imposible en democracias poco consolidadas o sin una tradición de pactos y coaliciones gubernamentales como la española. Aquí estamos acostumbrados a gobiernos de partido único que hacen y deshacen a su antojo, sin contar apenas con el resto de las fuerzas políticas. Eso ha cambiado. Hace cerca de un año (desde diciembre pasado) que se celebraron elecciones generales en España sin que, tras repetirlas por segunda vez en junio, los partidos que obtuvieron representación parlamentaria, todos minoritarios y sin posibilidad alguna de gobernar en solitario, sean capaces de alcanzar acuerdos que permitan investir un presidente de Gobierno. Y esta situación de interinidad continúa, a estas alturas, sin visos de resolverse a causa de los vetos cruzados y líneas rojas que mantienen las distintas formaciones políticas para llegar a cualquier pacto de mínimos entre sí. Y así no se avanza aunque se multipliquen las elecciones indefinidamente. Hace cerca de un año que el Congreso de los Diputados no hace más que intentar investir un candidato sin conseguirlo, tras renunciar primero Mariano Rajoy (Partido Popular) a someterse a esa votación, intentarlo más tarde Pedro Sánchez (PSOE) de manera infructuosa y volver ahora Rajoy, por fin, a cumplir el trámite. Nos encaminamos, pues, hacia una investidura que nos parecerá eterna puesto que ninguna intentona previa se ha consumado, ni en la “abortada” legislatura pasada y en ésta por estrenar.

Ni los partidos que comparten ideología de derechas ni los de izquierdas logran formar, por requerir apoyos adicionales de otros grupos, ninguna propuesta viable para formar gobierno. Los conservadores del Partido Popular y de Ciudadanos, el gran bloque de la derecha, no suman mayoría absoluta (176 votos) para investir a su candidato, ni los progresistas del PSOE y Podemos, el bloque de la izquierda, tampoco. Además, ni Ciudadanos admite apoyos de partidos nacionalistas, ni PSOE de los que persiguen la independencia, que resultan ser los mismos. Para colmo, los emergentes Podemos y Ciudadanos se repelen mutuamente, negando cualquier punto en común entre ellos. Todo lo cual hace que las negociaciones para una investidura se tornen infructuosas por falta de una voluntad real de entendimiento.

Mariano Rajoy, presidente de Gobierno en funciones y candidato a seguir ocupando el puesto por pertenecer a la minoría con más votos (134 escaños), se limita a verlas venir, consciente de la inviabilidad de ninguna combinación parlamentaria que pueda arrebatarle el sillón. Apura los tiempos y amenaza peligros apocalípticos para el país si no se avienen –los demás- a elegirlo. No se digna recabar los apoyos necesarios que le confieran la confianza del Parlamento. No negocia a la espera de que pánico a unas terceras elecciones mueva a los demás a dejarle gobernar. Y en esa estamos, esta misma semana, en que volvemos a intentarlo, con la única “novedad” de que Rajoy, al fin, acude al Congreso a someterse al proceso de investidura, donde presentará su programa de gobierno con el que solicitará el refrendo de los parlamentarios, un programa que es más de lo mismo: liberalismo económico y conservadurismo social. En medio de ese proyecto, trabajadores y clases medias, la inmensa mayoría de la población que es oprimida y esquilmada por la supresión de derechos, el recorte de las prestaciones públicas y la precariedad en las condiciones laborales. Un proyecto que comprime y “estruja” a esa mayoría social que no puede evitar su destino ni votando mil veces porque el resultado en las urnas favorecerá siempre a la banca, como en los casinos. Y, si no, se repite la jugada tantas veces como sea necesario. ¡Hagan juego, votantes!

La derecha carcomida (por la corrupción) del Partido Popular y la moderna de Ciudadanos logran ahora un acuerdo que les permite sumar 170 votos para que Rajoy, al que tanto denostaron los segundos, sea investido presidente del Gobierno, al menos en una segunda vuelta que sólo precisa mayoría simple. Y, en vez de buscar los seis votos que le faltan entre sus “cuates” ideológicos (que los hay en el Parlamento), Rajoy y Albert Rivera, líder de la formación “naranja”, se limitan a meter presión a los socialistas del PSOE para que se abstengan y permitan esa mayoría simple de votos a favor. Lo más curioso de este insistente reclamo a la “responsabilidad” de los socialistas para evitar unas terceras elecciones es que, cuando se produjo la misma situación en que Pedro Sánchez, líder y candidato del PSOE, intentó también ser investido, el PP de Mariano Rajoy votó en contra. Entonces, nadie acusó de “irresponsabilidad” a los conservadores por evitar unas segundas elecciones generales que finalmente fueron convocadas.

Ya nadie se acuerda de los gobiernos en minoría que en la democracia española han sido posibles gracias a pactos y acuerdos como los que Rajoy no sabe o no quiere conseguir para constituir un Ejecutivo presidido por él. Todos esos gobiernos minoritarios pudieron alcanzar acuerdos con fuerzas afines para sumar apoyos suficientes en una segunda votación de mayoría simple. Supieron pactar y hallar puntos en los que entenderse. Tanto Felipe González, como José Mª Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero hilaron negociaciones cuando las necesitaron para salir investidos con los apoyos de fuerzas nacionalistas, sin que la patria se rompiera ni renunciaran al grueso de sus programas electorales. ¿Por qué no lo consigue Rajoy?

Tal vez en la respuesta a esta pregunta residan las claves de las actuales dificultades que impide alcanzar acuerdos parlamentarios a un partido que ha actuado de manera sectaria a la hora de gobernar, ha emprendido iniciativas muy discutidas por todos los sectores políticos y sociales no representados por el Partido Popular, ha utilizado las instituciones para confrontar con sus adversarios políticos, ha optado por las políticas económicas más perjudiciales para la mayoría de la población y está envuelto en los mayores escándalos de corrupción que afectan a las instituciones y los partidos políticos en España. Que ni sus afines ideológicos quieran saber nada del Partido Popular y menos de su líder, Mariano Rajoy, es sintomático de un mal que no está en los demás, sin en él, en quien ahora, hallándose entre la espada y la pared, exige a todos que le permitan seguir gobernando. Y echa la culpa a los socialistas si no lo consigue.

El miércoles próximo se procederá a la primera votación, que requiere mayoría absoluta, del candidato Rajoy, quien, convencido de que ni con el apoyo firmado con Ciudadanos obtendrá la confianza de la Cámara, ya asegura de que “perseverará en el intento”. El pacto actual ha sido firmado por los portavoces parlamentarios de ambos grupos para diferenciarlo de aquel otro rubricado con los socialistas y que fue tachado de “representación teatral y altisonante” por el propio Rajoy, ridiculizándolo en la tribuna de oradores cuando el socialista se sometía a la sesión de investidura. Ahora insta a la “responsabilidad” que él no ofreció entonces ni es capaz de ofrecer nunca. Íñigo Urkullu, presidente del Partido Nacionalista Vasco y lehendakari del País Vasco, evidencia el problema que sufre Rajoy con un ruego: “que le expliquen una razón, sólo una razón, por la que el PNV tenga que apoyar un Gobierno de Mariano Rajoy”.

En esas estamos desde hace casi un año, buscando razones por las que apoyar a un gobierno que se ha caracterizado por empobrecer a los ciudadanos, limitar derechos, recortar prestaciones, congelar salarios públicos y pensiones, subir impuestos, olvidar a los dependientes y sus familias, implantar la austeridad en el mercado laboral y castigar a quienes se manifiesten en su contra gracias a leyes mordazas concebidas para ello, pero que elabora leyes de amnistía fiscal para los evasores y pide rescates financieros a Bruselas para los bancos; es decir, un Gobierno que ayuda a los ricos y oprime a los menos pudientes. Sólo necesitamos una razón para apoyar una investidura que parece eterna. Hace casi un año que la buscamos…  

sábado, 27 de agosto de 2016

Andar como un egipcio


Me preparo para un cambio, para intentar adaptar mi vida a las nuevas condiciones que me aguardan tras un recodo de este trayecto vital que recorro siempre confiado en hallar más oportunidades que obstáculos. Esta actitud no me impedido tropezar, en algunas ocasiones, con verdaderos problemas que, hasta la fecha, no han hecho mella en mi ánimo ni me han apartado del camino. Pero lo cierto es que, esta vez, he de modificar el paso para adentrarse con precaución en una zona desconocida, transitar por una región ignota de la existencia que puede depararme algunas sorpresas, justamente cuando confiaba haberlas dejado atrás. Vuelven algunos sobresaltos a alterar la placidez de un deambular por los espacios diáfanos de la existencia. Retornan la incertidumbre y los temores que me hacen volver la cabeza a cada paso presagiando algún peligro. Me debato, a estas alturas de la vida, en distinguir lo real de lo infundado de unas amenazas que me obligan a andar como un egipcio, casi de perfil, girando la cabeza constantemente de lado a lado. Es el miedo, mezclado con la alegría, a un cambio de estado. Es la inquietud por un mal presagio. Quedémonos con su melodía burlona.


jueves, 25 de agosto de 2016

Hablando en plata


El dominio de nuestro idioma, con el que diariamente nos comunicamos los hablantes del castellano en España, deja mucho que desear. Resulta que hablamos regular, no sólo cuando lo hacemos coloquialmente sino incluso cuando pretendemos expresarnos de manera formal o culta, pues apenas construimos una frase sintácticamente correcta sin caer en la comodidad de las frases hechas, en los comodines verbales. Pero peor aun es cuando optamos por la comunicación escrita, especialmente si utilizamos las nuevas tecnologías para ello, ya sea a través del teléfono portátil -que no móvil- (mensajitos MSM o WhatsApps) o Internet (redes sociales).

A la hora de expresarnos, tanto de manera oral como escrita, abusamos de las abreviaciones, los neologismos, los latiguillos, las modas y hasta de la desidia que nos hace cometer faltas de ortografía e ignorar tildes y otros signos de puntuación. En no pocas ocasiones, ni siquiera sabemos colocar bien una coma. Y no se trata de convertirnos en académicos de la Lengua, puesto que no es cuestión de adquirir una formación especializada, sino de prestar más atención, para sacar el máximo provecho, a nuestra forma de comunicación, para corregir y evitar usos descuidados. También, para valorar que el uso correcto del idioma facilita la comprensión de lo que deseamos expresar sin equívocos ni malentendidos. Comprender y dominar el instrumento del idioma nos allana el acceso a otras formas de conocimiento que también se estructuran de manera ordenada y regido por normas. Nos habitúa a pensar o reflexionar respetando la lógica de lo complejo. Porque en comunicación, saltarse las normas gramaticales es renunciar al dominio de la herramienta más portentosa que disponemos, como es el idioma, y a ser claros como el agua cada vez que deseamos manifestar aquella otra virtud que nos distingue de los animales, la capacidad de razonar, para expresar nuestros juicios, ideas o emociones. Por eso, si descuidamos el idioma, empobrecemos nuestra capacidad de comunicación, limitamos esa facultad exclusivamente humana de hablar y entendernos de manera racional y renunciamos a transmitir nuestros pensamientos y experiencias, a los demás y a uno mismo, de manera fidedigna.

Viene todo esto a cuento del estudio que acaba de realizar la editorial Rubio -la que elaboraba aquellos cuadernillos didácticos que compraban nuestros padres para que hiciéramos ejercicios durante las vacaciones- acerca de los errores más frecuentes que cometen los que se comunican a través de las redes sociales e Internet. El resultado del estudio no aporta nada nuevo pero provoca bochorno a quienes cuidan y aman el lenguaje. Porque revela que muchos internautas, en su afán por expresarse con escasos caracteres, elaboran unos textos plagados de faltas de ortografía y de “olvidos” o errores gramaticales. Es una costumbre impuesta por las “nuevas tecnologías” que causa pavor, puesto que lo excepcional del lenguaje “on line” puede convertirse en norma en la comunicación cotidiana, oral o escrita, de tal modo que el uso del idioma “comprimido” y lleno de onomatopeyas de la red se contagia a la comunicación personal habitual.

Mucha gente que acostumbra a escribir sin tildes o acentos en las redes sociales, acaba aceptando hablar de igual forma, de manera plana y monótona, obviando los signos de puntuación que nos ayudan a entonar un enunciado sin asfixiarse en el intento. Olvidan cómo enfatizar la pronunciación o la escritura de cualquier frase, con lo que leer un poema o recitar un diálogo se convierte en una tarea verdaderamente ardua. Si a ello añadimos el mal uso de las letras (k y c) al expresar un fonema e ignoramos si “haber” o “a ver” se escriben o no con hache, o nos empeñamos en utilizar los infinitivos para formular imperativos (cerrar por cerrad) y confundimos cuando hay ahí un ¡ay! de ¡cuidado!, que no echamos de menos (también sin hache), comprenderemos entonces que la pobreza en el uso del idioma denota una despreocupación intelectual que no se asume en otras actividades del individuo. Sin embargo, en aquella con que nos presentamos ante los demás y usamos para interrelacionarnos con ellos, cual es el lenguaje, no parece importar que la utilicemos de manera incorrecta y descuidada.

Una pereza para el buen uso del idioma que lo degrada y degrada a la persona. Admiramos a quien se expresa con rigor y claridad, pero evitamos por pereza seguir su ejemplo si ello nos obliga a prestar atención a las palabras y cómo emplearlas. Hasta quienes escriben por oficio o afición, los que tienen el gusto por la escritura, suelen –solemos- caer en los convencionalismos que contiene el lenguaje y que devalúan la precisión y la exactitud en la exposición de un pensamiento. Existen “estilos literarios” que revelan el desconocimiento de las posibilidades de la lengua e inseguridad de su autor, y no consiguen aportar ni originalidad ni un lenguaje rico, tan sólo pedantería y turbiedad. Es decir, la incapacidad para usar con corrección el idioma no amenaza exclusivamente a los hablantes que hacen un uso coloquial de la lengua, sino incluso a quienes se sirven de ella para fines supuestamente más cultos o literarios, los que utilizan la lengua como instrumento de la literatura y la comunicación. El poco dominio que exhiben del medio con que trabajan muchos de estos “profesionales” de la lengua no se concibe en “artistas” de otras materias (pintores, bailarines, cineastas, músicos, etc.) Convendría recomendarles la lectura del útil libro de Luis Magrinyá Estilo rico, estilo pobre para que aprendan, al menos, a no escribir mal.

Creemos que dominamos el idioma materno de forma innata sin necesidad de conocer la estructura lingüística ni la gramática que condiciona su uso correcto. Las nuevas tecnologías parecen fomentar el deterioro de la lengua al obligarnos elaborar textos amputados más que abreviados, circunscritos al empleo de pocos caracteres. Si ambas amenazas no son vencidas por la voluntad de no ceder al declive y empobrecimiento de nuestro idioma, un bien tan preciado como la mayor riqueza que se pueda atesorar, difícilmente podríamos “hablar en plata” en español y siempre estaríamos condicionados por nuestra desidia e ignorancia comunicativa. No sabríamos expresar con rigor y claridad lo que pensamos, lo que queremos y las dudas que nos plantea la existencia. Participaríamos de forma activa en “atrofiar” ese don que nos distingue de los animales: la lengua como instrumento racional de comunicación.