lunes, 27 de junio de 2016

País de masoquistas


Tras toda una legislatura implementando iniciativas que han perjudicado considerablemente a los trabajadores y las clases medias -sectores que comprenden la mayor parte de la población-, sucumbiéndolas al paro, a la precariedad laboral y salarial y a la restricción de ayudas, derechos y libertades como nunca antes en la historia reciente de España, los españoles, cual masoquistas, apuestan y votan mayoritariamente a quienes les infligen castigos tan lesivos y empobrecedores. Medidas semejantes y acaso no aplicadas de manera tan inequitativa y rigurosas en otros países, han bastado para retirar la confianza a los gobernantes y apearlos del poder. Tanta injusta austeridad impuesta sobre todo a las clases sociales menos pudientes y, por tanto, más vulnerables e indefensas, ha provocado la reacción en contra de los afectados y el más contundente de los rechazos en las urnas. Salvo en España.

A pesar de una Reforma Laboral que ha abaratado el despido y ha desvalijado las conquistas que protegían al trabajador frente a los empresarios, como eran los convenios colectivos y toda suerte de derechos contra el abuso empresarial, tendentes a facultar a las empresas a dictar unilateralmente las condiciones laborales, reducir salarios, precarizar el trabajo y obligar a trabajar más horas que las que reflejan las nóminas, no ha desmotivado a cerca de ocho millones de personas a mantener su apoyo al partido que defiende estas medidas y promete continuar aplicándolas y hasta profundizar aún más en su extensión y severidad. Los trabajadores que las votan creen que, permitiendo que los poderosos y ricos sean más poderosos y ricos, ellos recogerán las migajas de una riqueza que les niega estabilidad en el empleo y dignidad laboral y salarial.

De igual modo, los estamentos medios de la sociedad, que ya aceptan el copago farmacéutico, el repago en algunas prestaciones y atenciones sanitarias, el endurecimiento de los requisitos para tener derecho a una jubilación, la disminución en la cuantía de las pensiones, congeladas indefinidamente con el subterfugio de un mísero incremento anual a todas luces insuficiente para mantener poder adquisitivo, los recortes salariales de los funcionarios, con la pérdida incluso de alguna paga extra, el aumento de sus cargas y horas de trabajo y la disminución de las plantillas, la cínica eliminación de las ayudas a la dependencia mediante asfixia presupuestaria y la parálisis de las evaluaciones de clasificación para tener derecho a ellas (cuando se conceden ya se ha muerto el anciano), la disminución en número y cantidad de las becas a los estudiantes, la rebaja en la cuantía y duración de las prestaciones por desempleo, el aumento de los  impuestos directos (IVA) en artículos de primera necesidad y productos culturales (libros, espectáculos, etc.) que penalizan a los menos pudientes, y toda una serie de tijeretazos a derechos y libertades que criminalizan las protestas, coartan las manifestaciones e impiden el ejercicio de derechos reconocidos en la Constitución, nada de ello tampoco ha disuadido a los que votan a quienes perpetran estos atentados contra los ciudadanos. Causa rubor que iniciativas parecidas sean combatidas con virulentas alteraciones callejeras en otras latitudes, como Francia, mientras aquí reciben el respaldo electoral de una mayoría de españoles, aún se vean afectados por ellas con un empobrecimiento innecesario.

Pero si hay algo que resulta totalmente incomprensible, mayor aún a lo ya señalado, es el refrendo que consigue en las urnas la corrupción que caracteriza al partido que gobierna España, imputado judicialmente por financiación ilegal y que no deja de sorprender con nuevos casos o nuevos corruptos cada vez. A los votantes masoquistas del Partido Popular parece no preocuparles la corrupción que emana continuamente de esa formación, incluso allí donde el saqueo del dinero público ha sido asquerosamente desmedido y está siendo objeto de una compleja investigación judicial, como es Valencia y Madrid, centros de la trama Gürtel. En ambas plazas, la hipocresía generalizada vota masivamente al partido que tiene a todos sus extesoreros implicados por corrupción y a muchos de sus políticos señalados por ella, siendo portadores de sobres con sobresueldo con dinero obtenido gracias a la corrupción y mentir sobre sus inversiones en paraísos fiscales (Soria), elaborar amnistías fiscales para los evasores (Montoro) e, incluso, utilizar las instituciones del Estado con fines partidistas, como se descubrió en unas grabaciones al ministro del Interior (Fernández Díaz). Esa corrupción política que corroe las altas esferas de las instituciones no se castiga en las urnas, sino que se premia de manera contumaz con el voto de los masoquistas que nada les duele, aunque ello conlleve el deterioro de los servicios públicos, una mengua por robo de las arcas públicas y una inevitable desintegración del sistema democrático que hasta la fecha nos ha proporcionado el mayor período de paz y prosperidad relativas.

Si algo ha desvelado las últimas elecciones generales ha sido que España es un país de masoquistas capaces de votar mayoritariamente a quienes se ensañan con los más desfavorecidos y resisten sin rechistar cualquier opresión y abuso. Somos así, qué le vamos hacer.

domingo, 26 de junio de 2016

Las urnas repiten mensaje: diálogo

Se acaban de celebrar unas elecciones generales en España, a seis meses de otras anteriores, y el resultado de las urnas se mantiene invariable: cuatro partidos se reparten la confianza de los ciudadanos (Partido Popular, PSOE, Podemos y Ciudadanos), pero ninguno obtiene mayoría absoluta para gobernar en solitario. Están obligados a llegar a pactos y acuerdos para conformar un gobierno, o bien en coalición o bien parlamentario, que pueda subsanar el tiempo perdido desde los comicios del pasado diciembre, gastado en negociaciones estériles que sólo desembocaron en una nueva confrontación electoral, y afrontar los retos de un país periférico de la Unión Europea con grandes problemas económicos, laborales, territoriales y sociales.

La única novedad de estas elecciones es el fracaso de la apuesta de Podemos de propinar un “sorpasso” al PSOE, adelantándolo en votos y escaños, objetivo que había querido afianzar con la coalición urdida con Izquierda Unida que le permitiría sortear las peculiaridades del Sistema D´Hondt para el reparto proporcional de los escaños del Congreso de los Diputados. Y es que, a pesar de esta estrategia, los ciudadanos le han vuelto a dar prácticamente los mismos diputados que en las anteriores elecciones. No han conseguido beneficiarse de los votos que supuestamente debían proporcionarle los votantes de Izquierda Unida y no han podido, por tanto, adelantar al PSOE como segunda fuerza política, arrebatándole la hegemonía de la izquierda española. Repetir resultados para Podemos ha sido una derrota que no han logrado disimular en sus valoraciones en la noche electoral.

Pero si no ha habido “sorpasso”, sí sorpresa con el aumento logrado por el Partido Popular, que consigue sumar más de diez escaños al resultado anterior, prácticamente los mismos que pierde Ciudadanos, la formación emergente que porfía el mismo espacio electoral a la derecha. Ni los escándalos de corrupción ni las grabaciones comprometidas al ministro del Interior que evidenciaban el uso de las instituciones más sensibles del Estado con fines partidistas, han socavado el apoyo de los conservadores en el poder. El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, puede presumir de haber ganado las elecciones aunque tenga difícil formar gobierno.

La situación resultante nos retrotrae a la pasada del 20 de Diciembre: sólo cabe dialogar para poner encima de la mesa los intereses del país y dejar de lado los partidarios de cada formación. Si ese objetivo guía las negociaciones, ahora que ya los ciudadanos han repetido su mensaje, puede ser sumamente fácil acordar un Gobierno estable y sólido para los próximos años. Ya no hay cálculos electoralistas que valgan: la realidad es la que es y los actores políticos son los que han querido los votantes. Ahora resta ponerse a trabajar de una vez.

viernes, 24 de junio de 2016

Un amigo


En el colegio lo buscaba para juntos trepar a los árboles y corretear por el patio. Cuando podíamos escabullirnos de nuestros padres, íbamos muchas tardes a descubrir los alrededores del pueblo y los recovecos de un riachuelo sinuoso como una misteriosa lombriz acuosa que lo travesaba de parte a parte. Años más tarde, quedábamos los fines de semana para perseguir a las chicas y disputarnos una mirada o la promesa de una sonrisa, envanecidos con las primeras sombras en el bigote y las torpes galanterías de un soñador timorato. Después coincidimos en la universidad y compartimos apuntes, noches en vela y suspensos para septiembre que nos permitieron labrarnos una profesión, con más incertidumbres que vocación, con la que encarar ese futuro al que aspiran los adultos. Formamos un hogar y nuestros respectivos hijos disfrutaron, mientras iban creciendo, de reuniones en torno a  cervezas, algunas paellas y excursiones a la sierra o la playa que constituían el marco para filosofar de lo bien que se está cuando se está bien y de las oportunidades que hemos desperdiciado a lo largo de nuestras vidas. Solíamos quedar en el trabajo para saborear el primer café de la mañana y la única ocasión para una charla distendida y reconfortante. Nos invitábamos recíprocamente a las bodas, bautizos, comuniones y entierros que se producían en nuestras familias y allegados para rubicar que el tiempo se fuga y los sueños se agotan conforme las canas y las arrugas domestican nuestra identidad. Y, al final, a pesar de vicisitudes diversas y adversas, sabíamos que estábamos ahí, dispuestos a responder a una llamada que remueve el poso de aquella amistad de la que jamás renunciamos aunque padezca períodos de alejamiento y silencio. Porque un amigo es al que puedes llamar siempre.


lunes, 20 de junio de 2016

Incertidumbres socialistas


A una semana de las elecciones, todo parece indicar –según las encuestas- que en España volverá a reproducirse la situación de partida: cuatro formaciones conseguirán sendas minorías que les impedirán gobernar el país si no logran alcanzar acuerdos o pactos entre ellas para asegurar la necesaria mayoría parlamentaria con la que ratificar la investidura de cualquier candidato. Y las disposiciones de partida de cada una de ellas son las mismas que han obligado repetir las elecciones: vetar alternativas de otros y exigir el apoyo de las demás a la oferta propia. De mantenerse esa actitud, no se descarta una tercera repetición de los comicios hasta doblegar la voluntad de los electores, más por cansancio que por convencimiento. Flaco favor a la democracia y nulo respeto a la decisión de la soberanía popular.

Y quien en peor situación parece encontrarse es el Partido Socialista, al que se le sigue pronosticando una ligera pérdida de votos y de escaños hasta convertirlo en tercera fuerza política. En tal tesitura, se vería abocado a ejercer de partido bisagra que facilite, con su apoyo o abstención, o bien un gobierno del Partido Popular, al que siempre le ha negado toda viabilidad, o bien un Gobierno de Podemos, que siempre ha pretendido sustituir y erradicar a los socialistas como referentes de la izquierda española. Salvo sorpresas, el PSOE se juega en estas elecciones su razón de ser como partido que, hasta ahora, ha tenido un papel protagonista en la democratización y modernización de la sociedad española. Dejar de ser un puntal significativo en el panorama político nacional para convertirse en una fuerza residual en un parlamento multipartidista, provocará grandes confrontaciones internas entre los partidarios de las diversas estrategias que se enfrentan en su seno para intentar encabezar liderazgos que recuperen aquella confianza ciudadana que les confería preponderancia política. Es decir, los socialistas están abocados al todo o nada en estas elecciones en las que no sólo está en entredicho el futuro del partido sino también el futuro del país.

En esta hora de incertidumbres, el PSOE cosecha el desencanto de sus votantes por las veleidades de unas políticas ambiguas que, sin renunciar al sistema capitalista de la economía, se conformaban con maquillar sus aristas más cortantes, siempre y cuando ello fuera posible. La demostración definitiva de esa subordinación de su programa ideológico a los intereses del sistema fue la aceptación por parte del presidente Zapatero (2004-2011) de priorizar el pago de la deuda sobre la prestación de servicios públicos como imperativo constitucional, modificando para ello la Constitución española a instancia de los portavoces del mercado (Ángela Merkel y Barack Obama). Esa sumisión a los dictados mercantiles, en medio de una crisis financiera que empobrecía a las capas más vulnerables de la población, más toda la relación de casos de corrupción que jalonan su historia, desde Filesa y Juan Guerra hasta los ERE de Andalucía, han llevado al PSOE a esta hora de incertidumbres existenciales y de desconfianza en el electorado. Otras formaciones, con sólo abanderar la transparencia y la honestidad desde el populismo más oportunista, han conseguido atraerse a los descontentos, a los indignados y a los desengañados con un socialismo que no ha cumplido con sus promesas y se ha rendido a las élites que dominan el mundo de las finanzas y el capital y, por tanto, la política.
 
Una disyuntiva endiablada para los socialistas que, en la recta final para las elecciones del 26 de junio, tienen que contrarrestar los ataques que desde la derecha y la izquierda le propinan sus adversarios entre falaces invitaciones a sumar mayorías en cada bando. Si nada lo remedia, el PSOE centenario deberá hacer su travesía del desierto y volver a reencontrase con sus simpatizantes desde la oposición, la irrelevancia política y desde la humildad de unos líderes sin ataduras con los lastres que han hundido a este partido y lo han desviado de su compromiso con los ciudadanos. Si ello fuera así, estas horas de incertidumbre habrán sido beneficiosas para un socialismo renovado que aspire a transformar la sociedad y dotarla de igualdad de oportunidades para todos, sin discriminación y sin privilegios. Una tarea ingente para el futuro que comienza el próximo domingo.