sábado, 30 de abril de 2016

Abril se va

Abril se va dejando rosas florecidas en los parterres y días de camisas arremangadas que pasean miradas furtivas, cargadas de deseo. Nos deja termómetros que señalan ya  mediodías veraniegos en terrazas y bares, donde las charlas y las cervezas maridan amistades y cuerpos desinhibidos que disfrutan del color de las jacarandas y del perfume de las flores del paraíso. Abril se lleva las lluvias que han regado el aire para que una luz prístina inunde los rincones íntimos en los que se esconden nuestra timidez y anhelos. Se va abril abriendo las puertas a un verano en ciernes que nos eriza la piel de sensaciones y caricias que nunca se perdieron en la memoria ni en el calendario. Abril se aleja en un horizonte que se ensancha a nuevas promesas que ponen rumbo a nuestras vidas. Abril se va porque el viaje y las esperanzas continúan.

miércoles, 27 de abril de 2016

Vivir sin Dios

Vivir sin Dios es vivir sujeto a la razón y no a expensas de la superstición, que es la materia de todas las religiones. La creencia en una trascendencia que esquive la muerte proviene de la capacidad que tenemos los seres humanos de ser conscientes de nuestra condición mortal. Eso produce una orfandad existencial que nos hace buscar una narrativa a la vida que la dote de sentido y la haga trascender del final conocido de antemano. Muchos no pueden soportar ese vértigo racional ante la nada y lo llenan de seres sobrenaturales que calman la ansiedad por la insignificancia humana. Prefieren creerse protagonistas de la creación a tener que admitir que somos meros accidentes de la evolución natural, sin más propósito que el de la adaptación al medio. La razón nos conduce a marginar a Dios y a no confiar en los atajos de la emoción, esa que nos precipita en una ficción consoladora.

Es por ello que debería escribirse una historia de las ideas de los pensadores que, a través de la filosofía, la literatura o el arte, ayudaron a construir un mundo al margen de Dios y de las religiones, y que denunciaron, incluso, las imposiciones dogmáticas y las supercherías ocultistas que pretendieron sustituirlo. Un libro que parta de la “muerte de Dios” proclamada por Nietzsche hasta desembocar en nuestros días, cuando proliferan las sectas y los fanatismos religiosos que asesinan en nombre del Altísimo. Afortunadamente, ese libro ya existe. Se trata de la interesante obra de Peter Watson, La edad de la nada, el mundo después de la muerte de Dios (Editorial Crítica, 2014), en la que el autor hace un recorrido por ciento treinta años de historia de las ideas que combatieron la credulidad religiosa del hombre. Un libro que debería ser de lectura obligatoria en la educación, al menos mientras exista la asignatura de religión, para compensar con formación el adoctrinamiento católico en las escuelas de un país, este que nos ha tocado vivir, que se define constitucionalmente aconfesional.

lunes, 25 de abril de 2016

Votos inútiles

El Rey y el presidente del Congreso 
El Rey inicia hoy la tercera y definitiva ronda de consultas con líderes parlamentarios para decidir si convoca nuevas elecciones o encarga de nuevo la formación de Gobierno a un candidato que reúna los apoyos suficientes para la investidura. Así llevamos desde diciembre pasado cuando de aquellas elecciones no surgió ningún partido con mayoría para acometer la tarea de gobernar en solitario o con algún apoyo puntual. Cuatro meses largos en un país en standby, con un Gobierno en funciones, que se niega a ser controlado por el Congreso, y una oposición fragmentada, incapaz de ponerse de acuerdo para construir una alternativa con posibilidades de gobernar. Mas de 100 días en un tira y afloja entre el Partido Popular, que exige ser reconocido como minoría mayoritaria y, por tanto, se le permita gobernar, y un PSOE que precisa de apoyos a diestra y siniestra para desalojar a los conservadores del poder. Nadie da su apoyo a los primeros y los segundos no consiguen el respaldo conjunto de quienes podrían permitirle formar ese Gobierno “del cambio”. La aritmética parlamentaria ha resultado ser más complicada de lo que, en principio, parecía posible con un poquito de voluntad para el diálogo.

A la ronda del Rey acuden los representantes de las formaciones políticas con el convencimiento de que, si no se produce un milagro, no hay más remedio que convocar nuevas elecciones generales. Si ello es así, el mensaje que se traslada a la ciudadanía es que sus votos de diciembre fueron inútiles y habrán de afinar sus apuestas en las urnas si quieren que alguien les gobierne tras una nueva campaña electoral que se antoja agotadora. Ninguno de los partidos que se han mostrado incapaces de dialogar asume la responsabilidad de este fracaso. Todos culpan al adversario de una situación inédita en la democracia española y que obliga repetir unas elecciones para conformar Gobierno, sin ninguna seguridad de que el resultado sea muy distinto del que refleja el Parlamento actual.

Volver a la situación de partida, con pequeñas variaciones en los escaños, supondría un acto de autoridad por parte de los votantes, que exigirían se respete su soberana voluntad, reafirmada en las urnas, y una vergüenza para los partidos políticos, que no saben o no quieren aceptar el veredicto democrático y se niegan plegarse al mismo, atendiendo exclusivamente a sus intereses partidistas. Ese es el riesgo que se corre al convocar nuevas elecciones. Unos confían en que, entonces, el “sentido común” permita esa gran coalición que el Partido Popular tanto ha invocado, y otros aguardan que los ciudadanos premien su intransigencia o, al menos, castiguen la del contrario, posibilitándoles las combinaciones para formar Gobierno que antes fueron imposibles. Todos transmutan los votos en inútiles cuando no sirven para sus estrategias partidistas y obligan tirar nuevas cartas para ver si la suerte les acompaña, sin pensar en los intereses del país y en las necesidades de la gente, aburrida y hastiada de que se juegue con ella.

En cualquier caso, si el Rey se ve en la necesidad de convocar nuevas elecciones, como parece probable, considerar inútiles los votos de diciembre pasado tendrá un precio, un alto precio que vendrá a profundizar la desafección de los ciudadanos con la política y agrandar su desconfianza en quienes no se toman en serio sus deseos, expresados en las urnas. Declarar inútiles esos votos traerá la consecuencia de un mayor desprestigio de un sistema político que no sirve para interpretar y asumir la voluntad democrática de votantes, a quienes se les está exigiendo, en la práctica con nuevas elecciones, una rectificación en toda regla: ustedes se equivocaron, vuelvan a votar otra vez.

Tratar así a los ciudadanos de un país en que los escándalos por corrupción salpican, especialmente, a la clase política, con una crisis económica que empobrece injustamente a quienes no tuvieron la culpa de su aparición, que rescata a los que la engendraron con dinero público, los premia con una amnistía fiscal y, al final, figuran en los papeles de paraísos fiscales, todo ello, decimos, no hace más que ahondar la brecha de la desconfianza, el rechazo, la frustración y la apatía entre los que, con razón, piensan que no sirve de nada participar y votar en democracia, puesto que, como ha quedado demostrado con las elecciones de diciembre, sus deseos volcados en las urnas no son tenidos en cuenta.

Los que están evacuando consultas con el Rey evalúan sus posibilidades electorales y no tienen en cuenta los intereses generales de la población ni las consecuencias de declarar inútil su voto. Ellos van a su bola, esa que aplasta las urnas y sofoca nuestra voz, para regocijo de los populismos que pescan en río revuelto y de los seres providenciales que todo lo prometen, hasta lo que no pueden cumplir. A ver dónde acabamos.

viernes, 22 de abril de 2016

Prince

Ayer murió Prince, una estrella del pop de los ochenta que yo recuerdo por una sola canción. No es que no compusiera otras, es que el éxito de su famosa Lluvia púrpura eclipsó a todas las demás. Lo mismo me ha pasado con otros artistas, que los recuerdo por una sola y única obra, como Don McLean y su American pie o, incluso, el Tubular bells de Mike Oldfield. Son autores que ya no superan la genialidad de una obra por mucho que sigan toda su vida intentando repetir la hazaña. Nos sorprende, ahora, la muerte imprevista y prematura de Prince, un intérprete que me resultaba demasiado extravagante y presumido. Su voz en falsete se me revelaba tan aguda como falsa, valga la redundancia. Aunque no dejo de reconocer que forma parte de los grandes nombres de la música amplificada de los años ochenta, nunca adquirí un disco suyo. Me atraían otros guitarristas y otras voces. Con todo, Prince o el “innombrable”, como durante un tiempo quiso ser reconocido, forma parte ya de la historia de la música pop mundial y su Purple rain seguirá escuchándose por doquier, incluso cuando dejemos de reproducirla “in memoriam”. Descanse en paz.