El sudor me resbala, metafórica y materialmente. Las gotas
de sudor, al mínimo esfuerzo de iniciar un paso, empiezan a brotar como excrecencias
líquidas en la frente y la nuca, mojando el cabello y goteando, gravedad abajo,
desde la punta de la nariz. También humedecen otras partes del cuerpo,
empapando la ropa que lo cubre sobre el pecho, la espalda y las axilas. Imposible
permanecer seco sin que ese rocío orgánico intente refrescar una piel que, a
pesar todo, acaba asfixiada por el calor. Manos y pañuelos sirven para retirar
esa sudoración excesiva que nubla la vista y desagrada al que la contempla, sin
que nada impida, cuando agobia la temperatura, su constante segregación. La
modernidad aborrece el sudor y evita su presencia con antitranspirantes y aparatos
de aire acondicionado, pero el organismo se venga en cuanto ponemos un pie en
la calle. Entonces el sudor comienza a resbalar en busca de una brisa que refresque
la fiebre que lo hace brotar por los poros de la piel. Es un mecanismo natural
de refrigeración mucho más llevadero que estar jadeando con la lengua fuera de
la boca, como los perros, que no sudan. Prefiero sudar, por eso el sudor me
resbala.
viernes, 29 de junio de 2012
jueves, 28 de junio de 2012
Calores
Se inicia el verano con una ola de calor sahariano. El aire es puro fuego que a mediodía nadie es capaz de soportar sin refugiarse presuroso en cualquier centro comercial aclimatado humanamente con el aire acondicionado a plena potencia. Se produce así la paradoja de que, cuanto más preparados estamos para combatir las altas temperaturas, peor las soportamos. Nuestra resistencia al clima habitual de la región se reduce a medida que aumenta la tecnología que minimiza sus padecimientos. Por eso, en cuanto los termómetros registran los primeros calores de la canícula, comienzan nuestras quejas por la inclemencia de lo que cada año convierte a esta ciudad en una bocanada de fuego. Llega el verano a Sevilla.
martes, 26 de junio de 2012
También se rescatan las autopistas
Daría risa si no fuera cierto y doloroso. Los grandes
sectores económicos, aquellos que claman por la liberalización de un mercado
que podrían controlar, sin regulación, casi en régimen de monopolio –véase la
composición de los consejos de administración de los conglomerados
empresariales-, se tornan “socialistas” a la hora de apelar a la
nacionalización de sus pérdidas cuando la cuenta de resultados no satisface las
expectativas. En situación de pérdidas o quiebra, no le hacen ascos al
denostado Estado intervencionista que corre raudo a socorrer a unos sectores
poderosos que no pueden dejarse sin el sostén de las ayudas públicas, los mismos
recursos que se detraen o se niegan a otros servicios esenciales de titularidad
pública, como la educación, la sanidad o el salario de los funcionarios, que se
declaran cínicamente “insostenibles”.
Sin embargo, sí hay dinero para la banca, cuyas “puertas
giratorias” con la política son francamente de escándalo (Rato en Bankia, por
ejemplo), y de la que se asume como un problema gubernamental, no mercantil, su
necesidad de capitalización, una “ayuda” que por su envergadura obliga al
Estado a solicitar un “préstamo” de rescate a la Unión Europea en condiciones
todavía por conocer, pero con aval “soberano”, a través del FROB (Fondo para la Restructuración
Ordenada Bancaria), en forma de más deuda, naturalmente.
Por si fuera poco, ahora conocemos que las autopistas de peaje, especialmente las radiales de Madrid, también necesitarán un “rescate”
ante la deuda de cerca de 3.800 millones de euros que acumulan. Como los
bancos, parece que a las autopistas, esas que nos cobran un peaje por circular
aunque ya paguemos un impuesto de circulación y contribuyamos con nuestros
impuestos a la Hacienda
pública, tampoco se les debe dejar hundir en la quiebra. El Ministerio de
Fomento estudia un plan para permitir su viabilidad financiera a través de
préstamos a las empresas por importe, en principio, de cerca de 300 millones de
euros. Sería el tercer “rescate” en cuatro años que se le facilita a los
concesionarios de autopistas, empresas en las que participan las principales
constructoras (¡las del ladrillo!) y varias cajas de ahorros (¡otra vez los
bancos!).
Los mismos agentes en sectores económicos aparentemente
distintos que el Estado se muestra diligente a la hora de “socorrer” cuando no
consiguen las ganancias calculadas. Sus deudas las pagamos todos, incluso si
son ocasionadas por una gestión abiertamente irresponsable por parte de unos
administradores que, en correspondencia, pueden ser apartados impunemente del
cargo previa compensación de un astronómico despido blindado.
Este capitalismo que reparte plusvalías entre unos pocos y
socializa las pérdidas, daría risa si no fuera tan injusto y obsceno. Máxime si
quienes lo promueven tienen la desfachatez de alabar las presuntas “bondades”
de esa iniciativa privada (que recurre al Estado en caso de pérdidas) en
detrimento de lo público. Sería para mondarse si no te entraran ganas de
iniciar una revolución, porque cuando la flamante directora general de Tráfico,
María Seguí, afirma que, “entre una
carretera y una autopista de pago, yo escojo la de pago” lo que te pide el
cuerpo es declararte insumiso y dejar que ella pague, sólo con sus medios,
todos los servicios que precise. La responsable de la seguridad vial de
nuestras carreteras nos recomienda utilizar los servicios que oferta el sector
privado por ser más seguros o, como ella misma asegura, “como inversión en salud”. Es como si la ministra de Sanidad nos
aconsejase recurrir a las clínicas privadas en vez de a los hospitales de la
red pública en caso de enfermar. ¿Para eso pagamos impuestos?
Por lo que se ve, dicen y están haciendo, pagamos impuestos
no para mantener unos servicios públicos que extiendan derechos a los más
desfavorecidos, sino para financiar aventuras ruinosas de sectores económicos
muy poderosos a los que el Estado debe garantizar la viabilidad y rentabilidad
a cualquier precio. Si para ello hay que amedrentar a la población con la
excusa de una crisis de la que es ajena, se recurre sin complejos, culpándola
de “vivir por encima de sus posibilidades”. Y ante cada “reforma” que la
empobrece, se le amenaza con nuevas medidas “difíciles” que continuarán una
austeridad de la que están exentos esos sectores políticos-económicos que nos
esquilman y nos tratan como tontos. Lo que no estará muy desacertado porque,
encima, les votamos.
domingo, 24 de junio de 2012
¿Tan mal estamos?
A estas alturas de una crisis que ha arruinando las
ilusiones de la inmensa mayoría de la población, tanto individual como
colectivamente, despojando a cinco millones de personas de cualquier medio de
subsistencia digno de ser llamado trabajo, y que ha llevado a la economía a dos
recesiones en pocos años, resulta increíble que alguien se haga la pregunta que
sirve de titular a este comentario. Sin embargo, yo me la hago.
Y me la formulo porque por mucho que busque motivos para lo
que nos describen como un cataclismo, no hallo causas que lo justifiquen, no
encuentro catástrofes que impidan la obtención de las fuentes de energía que
nos abastecen, ni guerras entre nuestros clientes que limiten la actividad
comercial de las empresas nacionales, ni siquiera una baja productividad en la
mano de obra de nuestros productos. Sólo me hablan de problemas financieros
que, en principio, son ajenos al normal desenvolvimiento de nuestra economía y
negocios.
De un día para otro, la rueda del consumo dejó de girar por
la avaricia de unos pocos, no porque se dejara de consumir ni de fabricar
bienes de consumo. Y aprovechando la confusión, nos están intentado meter un
miedo tan irracional que renunciamos a derechos inalienables. Esta situación me
recuerda la que se le hace sentir a algunos enfermos.
Cuando soportamos graves circunstancias, nos aferramos a un
clavo ardiendo con tal de vislumbrar alguna posibilidad de superación. O, al
contrario, se tira la toalla al primer contratiempo a pesar de la panoplia de
alternativas existentes para combatir la eventualidad que nos aflige. Todo
depende de cómo nos describan el diagnóstico de lo que sucede y los
tratamientos disponibles. Incluso, en ciertas ocasiones, se aprovecha una
afección banal para dibujar un negro pronóstico si no se modifican hábitos
contrarios a la salud. De tanto afirmar que fumar mata, ya pocos abandonan el
tabaco por ello.
Algo así está sucediendo con la crisis económica, en la que
se detectan las mismas respuestas y parecidas amenazas. Se está imputando a
países enteros el problema generado por la avaricia de una minoría que opera
detrás de unos mercados financieros tan opacos como irresponsables. Y en vez de
ofrecer un diagnóstico claro y veraz, se está aprovechando un estornudo cíclico
del capitalismo para infundir miedo a la gente con tal de que acepte,
convencida por el pánico, la eliminación de derechos, la reducción del poder
adquisitivo y la entrega al sector privado de servicios otrora suministrados
desde ámbitos públicos, en virtud a políticas tributarias progresivas y
solidarias.
Las terapias contra la enfermedad desbordan la
sintomatología que se dice combatir, sin conseguir ninguna mejoría. A pesar de
ello, se administran recetas que
llevan implícitas profundas reformas estructurales con el objetivo de implantar
un determinado modelo económico y social, de carácter marcadamente neoliberal.
Así, sin importar la ideología, los Gobiernos sometidos a dichos tratamientos
han tenido que admitir esas exigencias, aunque ello fuera en contra su ideario
político o despertara el profundo rechazo de la opinión pública. Hay
intenciones políticas y consideraciones morales en las decisiones económicas
que persiguen un objetivo ideológico no confesado. Son esos mismos intereses
inconfesables los que ocultan que las medidas para afrontar la crisis
financiera actual no suponen necesariamente el desmantelamiento de los
servicios públicos que los acreedores reclaman, que las exigencias para
adelgazar el llamado Estado de Bienestar son algo añadido a los mecanismos
contables con los que se podría equilibrar las cuentas del Estado, sin
someterse a un mercado que ansía su plena desregulación y en el que impera el
lucro sobre el interés social o colectivo.
Al enfermo se le ha metido miedo y se le ha presentado un
negro pronóstico para que se avenga a
unas decisiones que se le imponen, para que opte a un determinado tratamiento.
Tanto si confía en salvarse como morirse, deberá pagar la factura, que es de lo
que se trata, independientemente de su enfermedad. Nadie le anima a la
resiliencia, a esa capacidad de aprovechar los momentos de dificultad para
fortalecerse y afrontar proactivamente la adversidad. Por eso me pregunto: ¿tal
mal estamos que no podemos salir de ésta?
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