domingo, 5 de julio de 2020

Aforismos (9)


>Por mucho que lo intente no consigo apartar la metafísica de mis pensamientos, pero la inevitabilidad de la muerte se encarga de recordármela constantemente, casi cada noche.

>Desde los primeros sonidos de la oralidad hasta el descubrimiento de la escritura ha pasado más tiempo que desde el lenguaje escrito a los mensajes orales mediados por la tecnología. Toda una evolución cognitiva del ser humano para seguir siendo el bardo que desprecia el alfabeto a la hora de transmitir sandeces.

jueves, 2 de julio de 2020

Integrados y apocalípticos pandémicos


Después de meses encerrados a cal y canto en nuestros domicilios, regresamos a la calle con cierto desasosiego. Las autoridades no dejan de advertir que cualquier relajación de las medidas de protección podría provocar un rebrote de la epidemia. E insisten en que la distancia social y las mascarillas serán imprescindibles hasta tanto no se descubra una vacuna o un remedio eficaz contra el patógeno que amenaza nuestras vidas. Pero, al mismo tiempo, desde la sociedad emergen voces que reclaman la reapertura de comercios, industrias y actividades económicas que dan vida a las ciudades, riqueza al país y medios de subsistencia a las personas. Se debe, pues, compatibilizar cierto aislamiento individual con la concurrencia colectiva que exige el comercio y la economía. De ahí que, tras el confinamiento, se haya iniciado la “desescalada” hacia una “nueva” normalidad que despierta sentimientos encontrados. Por un lado, lamentamos que tiendas, hoteles y negocios estén cerrados, y, por otro, nos embarga cierto recelo y hasta miedo que los mismos, una vez abiertos, puedan convertirse en focos de contagio por aglomeración de clientes.

De hecho, los bares han vuelto a llenarse de parroquianos que, con antifaces y enjuague de manos, acuden a desayunar o tomar el aperitivo acostumbrados. Las tiendas de todo tipo recuperan poco a poco el revoloteo de curiosos alrededor de escaparates tras meses con las persianas bajadas y la mercancía guardada en cajones. El tráfico empieza a inundar las carreteras, provocando los primeros atascos y accidentes, una vez se ha dado vía libre a viajar por todo el país. Los parques y jardines reciben con alborozo el vocerío de paseantes que estaban deseando recuperar el contacto con ese trozo de naturaleza encapsulado en medio de las ciudades para escuchar el piar de pájaros y el griterío de los niños. Las rutinas, pues, han vuelto poco a poco a conducirnos por donde solíamos, sea por ocio o por razones laborales, pero de modo precavido y desconfiado. Porque no nos fiamos de nadie que se acerque a nosotros ni respete las medidas de protección de las que continuamente nos alertan. Pero, de tanto recelar, acabamos comportándonos como racistas con nosotros mismos, distinguiendo entre dogmáticos de la seguridad e higiene sanitaria y los relajados que la asumen con cierta flexibilidad. Grupo aparte son los que se saltan a la torera cualquier norma: los irresponsables. Obviando a los flexibles, estas dos actitudes radicales son, como siempre, extremas e irreconciliables, y caracterizan a las eternas dos Españas en cualquier ámbito colectivo, tanto político como religioso, deportivo, etc.

En la presente ocasión, ese enfrentamiento nos obliga tomar partido entre si continuar confinados o recuperar cierta normalidad en la actividad social y productiva. Y se convierte en el nuevo debate que nos impulsa a la porfía, dividiéndonos entre apocalípticos o integrados en el asunto de la pandemia, como un aspecto más de esa cultura popular que se divulga a las masas a través de los medios de comunicación.

Desde tales posicionamientos, no son pocos los ciudadanos que se decantan por intentar proseguir con sus costumbres y rutinas, y no renuncian a disfrutar de sus vacaciones, aun con todas las medidas de protección que siguen imperantes. Han planificado viajes a sus segundas residencias veraniegas o alquilado alojamientos en aquellos destinos turísticos que pretenden continuar con el negocio en medio de tantas dificultades.

Pero constituyen una mayoría quienes temen exponerse a posibles o remotas posibilidades de contagio si salen de su casa o ciudad. Desconfían del aire que cualquier desconocido o conocido expele al respirar en su cercanía, en medio de la calle o en un restaurante. Sufren del síndrome de la cabaña, porque desisten de abandonar la reclusión a la que han sido obligados durante el confinamiento. Se comportan como apocalípticos que, para acudir a cualquier sitio, abierto o cerrado, hacen uso de mascarillas, pantallas, guantes, hidrogeles y demás medidas de prevención de contagios, tal como reiteradamente aconsejan la prensa, la radio y la televisión. Los más fanáticos del rigor cuestionan a todo el que no actúe como ellos, echándole en cara el peligro que supone para todos que no sigan las recomendaciones como ellos entienden. Que la norma legal contemple, en su articulado, que en espacios abiertos, siempre que se pueda mantener la separación interpersonal recomendada, no es obligatorio el uso de mascarillas, no les convence ni les exime de arrogarse la autoridad de interpelar a los “flexibles” por una conducta que tachan de “irresponsable”. Y que estos continúen su camino sin responder a la recriminación les parece más grave, si cabe. Tal respuesta les provoca mayor ofensa e indignación que si entablaran una franca discusión.

Y la verdad es que todos tienen parte de razón. La información facilitada ha sido abundante, pero poco clara, escasamente profunda y, en no pocas ocasiones, contradictoria. Durante el largo período de alarma -y todavía hoy-, los responsables gubernamentales y los medios de comunicación estuvieron cambiando de opinión sobre las condiciones de uso de las mascarillas, de la distancia mínima de separación entre las personas y de hasta si el virus podía sobrevivir más o menos horas o días sobre cualquier superficie, dependiendo si era de papel, metal o plástico. La apertura gradual de comercios e industrias, incluso las consideradas esenciales, tenían una regulación diferente a la que regía a la totalidad de población. Lo que era considerado espacio cerrado con obligación de usar mascarillas, no lo era si se trataba de un establecimiento hostelero, puesto que con esa barrera bucal es imposible consumir ningún producto. La sensación general es que se han ido improvisando normas conforme se iban adquiriendo conocimientos biológicos y epidemiológicos del patógeno causante de la pandemia. Y esas normas han debido de aplicarse dependiendo de los estratos sociales afectados y de sus respectivos intereses.

El resultado de todo ello es que cada cual ha entendido la información como ha podido, según el medio habitual utilizado para acceder a ella. Si a ello añadimos, además, el aprovechamiento de esta situación excepcional para la confrontación política, que no hace ascos a tergiversar hechos, ocultar datos y ser parcial en los argumentos, no debería extrañar que la gente esté dividida sobre qué es exactamente lo que se le pide y se le dice. Y que, como ya determinó con su teoría Umberto Eco, hallemos verdaderos integrados y apocalípticos respecto de la información que reciben de los medios de comunicación y la cultura popular que estos fomentan. Una cultura, en este caso “sanitaria”, saturada de información imprecisa, cuando no espectacular, que lo mismo hace creer una cosa y la contraria. Ello explica la dicotomía de nuestro comportamiento: quedarnos encerrados o salir a la calle, usar mascarillas en todo momento o no hacerlo en espacios abiertos y manteniendo la distancia social, etc.

Se trata de una situación única que dará lugar al inevitable estudio sociológico que se elaborará en la era poscovid. En él se explicará cuánto ha habido de espontáneo o de provocado en nuestra actitud colectiva frente a la pandemia. Y qué responsabilidad tienen gobiernos y medios de comunicación en la respuesta dividida de la población. Y volverán a demostrarnos que reaccionamos como integrados a apocalípticos a la información mediática que nutre nuestro conocimiento de la realidad.          

miércoles, 1 de julio de 2020

Julio extraño


Se inaugura julio como corresponde, con calor de verano, con ese fuego que, a partir del mediodía, cae a plomo desde lo alto para secar el aliento y derretir un aire que no se mueve, que no se atreve a correr como brisa tímida hasta que el Sol salga del cielo y se oculte detrás del horizonte. Julio es mes, también, de pensar o iniciar las vacaciones, de soñar con el descanso de las obligaciones y el relajo indolente de cualquier actividad impuesta o por necesidad. Comienza, pues, el tiempo que estamos todo el año deseando que llegue para entregarnos a la contemplación placentera de la vida frente a la costa recta del mar, los ondulantes perfiles de las montañas o la ruidosa terraza de un bar. Julio, calor y vacaciones son palabras que, cual sinónimos, apelan a una misma sensación, que interpretamos con un común significado: ocio, descanso. Incluso en un año tan excepcional como este, en que un golpe inesperado ha puesto en jaque todas las certezas y confianzas que teníamos, en el que la solidez de nuestras expectativas fue quebrada por un minúsculo enemigo, invisible y mortal. Con todo, julio vuelve con sus horas eternas, deslumbrantes de luz, con las chicharras entregadas al cante en soporíferas tardes desiertas y con el calor que desnuda cuerpos y pensamientos. A pesar de las circunstancias, a pesar del miedo, el sudor ya corre por nuestra frente para que vayamos a refrescarlo, soñando con holgar y olvidarnos de tantas preocupaciones y temores. Arranca un mes de julio extraño, pero deseado.

viernes, 26 de junio de 2020

Aliento verde de Marte

Exploramos otros planetas en busca de vida, no sólo para descubrir minerales u otros materiales que podrían ser de utilidad en la Tierra, esquilmada ya de sus riquezas naturales. Y uno de los rastros por los que se podría detectar algún vestigio de vida es la existencia de una tenue franja de color verde, visible desde el espacio y principalmente de noche, en las capas altas de la atmosfera de un planeta, como sucede en el que habitamos. Se trata de un efecto producido por la excitación de los átomos de oxígeno presentes en la atmósfera por acción de los rayos del Sol, un fenómeno parecido al que causa las auroras boreales. Y tal franja verde ha sido descubierta ahora, por primera vez, en la atmósfera de Marte, para interés de la comunidad científica y alborozo para los amantes de las especulaciones marcianas.

El hallazgo, a pesar de ser teóricamente predecible, nunca antes se había realizado por la improbabilidad de conseguir tales mediciones experimentales. Sin embargo, gracias al empecinamiento de investigadores españoles -como Juan José López Moreno, del Instituto de Astrofísica de Andalucía-, que trabajan para la misión ExoMars de las agencias espaciales europea y rusa, se ha logrado detectar por primera vez esa franja verde en la atmósfera de Marte, acometiendo simplemente una modificación en uno de los instrumentos que rastrean gases de la sonda que actualmente, desde 2016, orbita el planeta rojo. Ese instrumento está diseñado para analizar de manera vertical trozos de columnas de la atmósfera del planeta y detectar en ellas los distintos componentes que las forman, habitualmente nubes, gases y polvo. Pero, siguiendo las indicaciones de estos investigadores, se procedió a reorientar el NOMAD, el instrumento encargado de estas mediciones, para que observase el perfil de la atmosfera mirando hacia el horizonte en vez de hacerlo perpendicularmente, en vertical. De este modo, se ha podido confirmar la hipótesis sobre la probabilidad de que, también en la atmosfera de Marte, se produzca ese “aliento” que tiñe de verde una de sus capas más externas. Para algunos, tal franja verde podría indicar el rastro de algún tipo de vida capaz de realizar la función de la fotosíntesis con la que las plantan “fabrican” oxígeno.

Lejos de estas ensoñaciones con vida marciana, los propios investigadores del proyecto se han apresurado a racionalizar las expectativas, al asegurar que la raya verde se debe a la disociación de las moléculas de dióxido de carbono, abundantes en aquella atmósfera, lo que posibilitó que los átomos de oxígeno procedentes de la ruptura interactuasen con la luz solar, causando la franja verdosa. No obstante, ello no resta viabilidad al experimento como rastreador de indicios de vida en los exoplanetas en que se detecten franjas verdes mucho más intensas en su atmósfera, compatibles, en tal caso, con la produción de oxígeno mediante fotosíntesis. Y es que el sueño de la búsqueda de vida en el espacio jamás se rinde ante ninguna evidencia que lo desmienta. Porque, entre otros motivos, cada vez conocemos cosas que antes se ignoraban y vemos fenómenos que no éramos capaces de percibir, como ese aliento verde en el cielo de Marte.