jueves, 21 de marzo de 2019

Caricias de primavera


Los meteorólogos informan, con datos que calculan los astrónomos, que a las 22 horas y 58 minutos de ayer llegó la primavera, aunque climatológicamente venimos sintiendo sus caricias cálidas bajo esa luminosidad que hace brillar el cielo desde hace días. Los expertos, con precisión científica, acotan a 92 días y 18 horas la duración de una estación en que las flores estallan de color y de deseos los cuerpos, sin darse cuenta de que la Naturaleza no conoce ni respeta más rigor que el que imponen la savia y las hormonas en unos organismos que se desperezan con los efectos de la luz y el calor. Y esa luz y ese calor ambiental se han adelantado a las fechas exactas de los expertos, permitiendo que la primavera releve con anticipación al invierno, para alborozo de una vida que se renueva cíclicamente. Sólo los seres humanos, dotados de una inteligencia no sometida a los instintos, son reacios a que las estaciones modifiquen su conducta, pero dejan que el egoísmo les impida convivir de manera pacífica y en solidaridad. Las caricias de la primavera no influyen en el odio y las guerras de quienes tienen consciencia de su existencia, pero no del mal que generan. ¡Qué envidia de las flores! ¿Por qué no podemos vivir juntos? Santana y Winwood.



martes, 19 de marzo de 2019

Las listas de espera como señuelo

Cada alternancia en el Gobierno se acompaña del reproche acusatorio al equipo saliente y la consecuente promesa de revertir -a mejor, naturalmente- la “herencia” recibida. Andalucía no iba ser una excepción. Después de décadas de gobiernos socialistas, cabía esperar que el nuevo Ejecutivo del Partido Popular (PP) en la Junta de Andalucía denunciase una cascada de “males” que los recién desalojados del poder provocaron o no supieron o quisieron resolver. Es lo que acaba de hacer el flamante consejero de Salud y Familias, Jesús Aguirre, nada más aterrizar en el cargo: declarar que el SAS (Servicio Andaluz de Salud) ocultaba miles de pacientes de las listas de espera sanitaria que no figuraban contabilizados como tales. Es decir, que el anterior gobierno socialista “maquillaba” las cifras, “falseando los números”, para “ocultar” el número real de pacientes que esperan ser atendidos en la consulta del especialista (lista de espera diagnóstica) o intervenidos quirúrgicamente (lista de espera quirúrgica). Para el consejero de Presidencia Elías Bendolo, también del PP, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) “ocultaba” más de 500.000 andaluces sin contabilizar en las listas del SAS. Nada de datos oficiales, estadísticas comparativas ni valoraciones: sólo titulares tremendistas que tan buena repercusión tienen en los medios de comunicación y morboso interés (y preocupación) generan en los ciudadanos. Queda, de esta manera, dirigido el “foco” hacia las listas de espera de la Sanidad pública como índice de una buena o mala gestión de las autoridades sanitarias y responsables políticos cuando se pretende desviar la atención sobre el modelo de sanidad pública que se piensa desarrollar. Y conociendo la “experiencia” sanitaria en las Comunidades Autónomas donde ha gobernado el PP, el temor, la alerta y la desconfianza están, cuando menos, justificados. Y, a menos que el PP andaluz sea genéticamente diferente de sus franquicias regionales y de la matriz nacional, la sospecha de recortes y privatizaciones, so pretexto, en principio, de “aligerar” las listas de espera, no sólo no es infundada, sino que es para ponerse a temblar.

Los “antecedentes” del PP en la gestión de la sanidad pública allí donde ha gobernado se resumen en dos hechos: deterioro intencionado y progresivo de lo público e incentivos o implantación de la gestión privada. Comprometido constitucionalmente, por ley, con el derecho a la salud de los españoles, el PP procura la provisión de la atención sanitaria, un servicio público esencial, a la iniciativa o gestión privada. No en valde los que militan en ese partido están convencidos de que lo privado funciona mejor, porque su fin es la rentabilidad, que lo público. Va en el ADN de su ideología conservadora neoliberal. Y así gestionan la sanidad pública cada vez que gobiernan. Ya lo demostraron en la Comunidad valenciana y lo siguen evidenciando en Madrid, Galicia, Castilla y León, La Rioja y Murcia. Ahora le toca a Andalucía.

Cuando el PP gobernaba en Valencia, en los infaustos tiempos de Zaplana y Camps (aparte de que ambos presidentes estén en el banquillo de los acusados por corrupción), se ensayó la primera concesión privada de la sanidad pública española con la construcción del Hospital de Alzira -el llamado “modelo Alzira”-, que resultó ser una losa para las arcas públicas y un enorme fracaso, al concebir la sanidad como negocio atractivo a la iniciativa privada. El procedimiento era sencillo: primero se crea expectativa, alabando las bondades de un nuevo y moderno hospital para el ciudadano, y después la Administración encarga a una empresa la construcción, gestión y contratación del personal del nuevo centro, a cambio de un “canon” anual por cada persona censada -que no atendida- del área de influencia del hospital. Los sobrecostes para la Administración fueron tan elevados que el hospital ha pasado, tras 18 años de gestión privada, a la titularidad pública, por ser más económica a la hora de ofrecer las mismas prestaciones. Y más beneficiosa y respetable con los trabajadores, dicho sea de paso.

En Madrid, desde los gobiernos de Esperanza Aguirre hasta hoy, el sistema sanitario ha estado expuesto, a través de concesiones, al capital y la gestión privados, emulando el “modelo” valenciano. La privatización de hospitales o la “externalización” de servicios y procedimientos han sido la característica dominante de la sanidad pública madrileña, en la que los recortes, la conflictividad laboral, los escándalos sanitarios (imputaciones de falsas de sedaciones irregulares en el Hospital Severo Ochoa, caso del ébola, etc.) y la “permeabilidad” hacia lo privado de sus responsables públicos (Lamela, Güelmes y otros consejeros de Salud emigraron a consejos de administración de empresas a las que habían adjudicado concesiones sanitarias) han acabado denigrando, no sólo la sanidad pública, sino las instituciones del gobierno regional, poniéndolas “al servicio de sus intereses políticos, empresariales o personales”, como concluye el informe elaborado por la Comisión de Investigación de la Corrupción de la Asamblea de Madrid.

Otro tanto cabe decir de la Sanidad en Castilla y León, donde los recortes, las irregularidades y la mala gestión de unos responsables políticos, que conciben la prestación de un servicio público como posibilidad de negocio privado, han posicionado a la Comunidad castellano-leonesa en el ranking de la que menor número de personal médico por centro tiene de España. La escasez de médicos rurales (un médico para 10 municipios), listas de espera de oncología de más de 200 días, sobrecostes hospitalarios por alquiler de edificios privados, protestas por el procedimiento “a dedo” para el acceso a puestos directivos y hasta la condena del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León a la Junta por un doble fraude en la contratación de personal sanitario interino (encadenan contratos hasta cerca de 10 años), son algunos de los “logros” de la concepción del PP de la sanidad pública.  

También en la Castilla-La Mancha de Cospedal, que cerraba centros de salud y despedía personal con la excusa de la crisis económica y los recortes impuestos por el Gobierno de Mariano Rajoy, o la Galicia de Feijoo, donde se “experimentó” el sistema de fundaciones hospitalarias que acabó en quiebra y en la que los jefes de servicio de Atención primaria, los médicos, usuarios y sindicatos todavía denuncian la mala praxis de la Administración que provoca una situación caótica del Servizo Galego de Saúde, condenado si no se rectifica al deterioro sanitario por la precariedad y la saturación, aparecen inevitablemente los “frutos” de la labor del PP cuando asume la responsabilidad política de los servicios sanitarios públicos.  

Jesús Aguirre, consejero andaluz de Salud
Y en Andalucía, último lugar donde “experimentar” su neoliberalismo sanitario, han hallado el asunto de las listas de espera para iniciar su labor de zapa de la sanidad pública. Y lo hacen desde la demagogia y con intenciones inconfesables. Porque, sin tener elaborado aun ningún Presupuesto para la Comunidad, el Gobierno del PP anuncia un “plan de choque”, dotado de 25 millones de euros, para reducir las listas y los tiempos de espera, sin especificar de dónde obtendrá ese dinero o de qué partida lo quitará. El consejero de Salud, previendo las críticas, asegura que potenciará los recursos propios (horas extras, extender horarios, contratar personal, intensificar actividad quirúrgica a tardes y sábados, etc.) antes de reconocer que se derivará a centros privados concertados lo que no se pueda atender en lo público. Una medida que ya existía y se utilizaba. Pero se guarda el consejero de exponer algunas explicaciones que clarificarían el problema, sin demagogia ni manipulaciones. Y, fundamentalmente, no aborda el problema más grave que aqueja a la Sanidad pública, cual es el déficit de financiación que le impide ofrecer una sanidad eficiente, incluso para reducir las listas de espera. Y no lo dice porque ya sabemos lo que opina el PP sobre financiación de servicios públicos: austeridad, restricciones, recortes y “adelgazamiento” de todo cuanto suponga “gasto” social, considerado genéricamente un despilfarro “insostenible”.

Por eso, antes de “meter mano” a la privatización de la sanidad pública -lo que han intentado en todos los sitios cuando han podido, como hemos visto-, los gestores del PP han preferido en Andalucía congraciarse primero con la población -por algo han estado 37 años en la oposición- anunciando medidas expeditivas para disminuir los tiempos de espera sanitarios, como si los planes de choque, como demuestra un estudio de la OCDE, no tuvieran sólo un efecto débil y pasajero que no resuelve el problema. Pero el asunto tiene repercusión mediática y concita el interés ciudadano, porque quien más o quien menos tiene un familiar aguardando algún tratamiento por una de esas patologías que engrosan las listas de espera.

No se reconoce públicamente que las listas de espera son consustanciales a una sanidad pública que atiende a la totalidad de la población en función de la necesidad, no de la rentabilidad. Evidentemente, una cosa son listas de espera y, otra, los tiempos excesivos. Pero ajustar los tiempos a un plazo racional, sin dejar de atender la actividad ordinaria y las prioridades que demandan lo urgente y lo grave en los hospitales, es posible con una racionalización de los recursos, incrementando el rendimiento con incentivos y coordinación entre centros, fijando objetivos por patologías y pacientes, según gravedad y estado, y estableciendo topes máximos de espera. Todo ello era lo que, justamente, se hacía antes de los recortes aplicados por la crisis económica. Aun no se han recobrado los medios disponibles previos al “tijeretazo”. Y debería ser lo primero, para no tener que detraer medios de otras partidas de forma provisional y puntual.

El “talante” privatizador del PP obliga a desconfiar de la supuesta bondad del propagandístico plan de choque con que pretende eliminar las listas de espera sanitarias en Andalucía, por cuanto, con el subterfugio de derivar pacientes a centros privados concertados, puede sucumbir a la tentación, como ha hecho cada vez que ha tenido ocasión, de “externalizar” otros servicios y procedimientos que, a la postre, benefician a la iniciativa privada en detrimento de la pública. Y, aunque es verdad que la gestión privada funciona en la actividad sanitaria, únicamente es rentable para determinadas prestaciones. Sólo la pública atiende a la totalidad de la demanda y todas las necesidades. Por eso existen clínicas muy confortables para dar a luz, pero pocas con servicios neonatales para atender a niños prematuros o con problemas graves. Ni con unidades de quemados o de trasplantes de órganos y tejidos como en la red sanitaria pública de Andalucía. Hay que estar atentos no vaya a ser que, por una tardanza, siempre criticable, en operarnos de cataratas o hacernos una resonancia, nos engañen para desmontar una red asistencial que, siempre también mejorable, es la “joya de la corona” de los servicios públicos, posibilitando un derecho a la salud a todos los ciudadanos, sin importar condición ni capacidad económica.   

viernes, 15 de marzo de 2019

Electoralismo de trincheras


Además de los comicios europeos, locales y autonómicos en trece comunidades que se celebrarán, de manera simultánea, en mayo próximo, también están convocadas elecciones generales adelantadas para un mes antes, en abril, en las que se elegirán las nuevas Cortes Generales que deberán nombrar a un presidente del Gobierno que cuente con el beneplácito de la mayoría del Congreso de los Diputados. Asistiremos, por tanto, a una primavera de concentración electoral y empalago de votaciones, en el intervalo de un mes, que exigirá de los ciudadanos un esfuerzo inaudito de decisión democrática, pero también de paciencia, después de años de tensiones territoriales, inestabilidad gubernamental y diatribas políticas que parecen no tener fin, ni siquiera acudiendo reiteradamente a las urnas.

Desde la restauración de la democracia, que reconoció nuestras libertades y, con ellas, a los partidos políticos y la periódica consulta cuatrienal de la voluntad popular expresada en votos, nunca se había vivido en España, si exceptuamos la Transición y la intentona golpista de Tejero, un período de tanta convulsión política y debilidad gubernamental como el de los últimos cuatro años. Un período que bien podría calificarse de cuatrienio negro de la democracia española por su inestabilidad política, indignación social, fragmentación ideológica y vaivenes gubernamentales, en el contexto de crisis económica que nos golpeó de lleno, unas fortísimas medidas de austeridad que empobrecieron a buena parte de la población, el conflicto independentista en Cataluña y su pulso a la legalidad constitucional, la corrupción política e institucional, con la guinda de la condena al Partido Popular (PP) por el caso Gürtel, y la aparición de nuevas formaciones políticas cuya presencia en el Parlamento liquidó la vieja alternancia bipartidista a que estábamos acostumbrados.

Si a todo lo anterior se le añade la abdicación del rey Juan Carlos I y la entronización de su hijo Felipe VI como nuevo monarca, la encarcelación de un miembro de la Familia Real (Iñaki Urdangarin, marido de la infanta Cristina), condenado por el caso Nóos, los desahucios masivos de viviendas, el desfile en los juzgados de políticos de todo pelaje (Caso ERE, Pujol, Papeles de Bárcenas, Camps, Zaplana, etc.) y de banqueros que se creían intocables (Tarjetas black, Bankia, Popular, Cajas de ahorro, etc.), se comprenderá mejor que el panorama, desde 2016 hasta hoy, se antoje sombrío y preocupante, por cuanto los viejos demonios de la incertidumbre, la polarización ideológica, la confrontación política, la inestabilidad gubernamental y la fractura social vuelven a sacudir una España confiada en sus domésticos y tranquilos rituales democráticos. La “cosa pública”, en tan breve tiempo, se ha complicado sobremanera y ha motivado que el descontento por todos esos problemas agite en la actualidad las banderías partidiarias, frente a la próxima y reconcentrada competición electoral, con ventoleras sectarias y un electoralismo de trincheras, es decir, de todos contra todos. Y desde una radicalidad desmesurada, si se admite la redundancia.

Y es que del “polvo” de la X legislatura (2011-2015), la del primer Gobierno del PP de Mariano Rajoy caracterizado por los recortes, reformas laborales que podaron derechos de los trabajadores, educativas que adoctrinaron la enseñanza, y sociales que limitaron libertades y prestaciones públicas (en sanidad, farmacia, pensiones, becas, dependencia, intento de restringir el aborto, ley mordaza, etc.), junto al rescate de la banca, la abdicación del rey por sus escándalos personales (cacería en África y “amiga” íntima) y aquel sarampión de indignación popular del 15-M (mayo 2012) que ponía en cuestión una política percibida a espaldas de los ciudadanos (cada día se conocían nuevos casos de corrupción), procede en parte el “lodazal” que actualmente nos anega hasta las cejas.

Pero es en la XI legislatura (enero-mayo 2016), en la que Rajoy estuvo en funciones 111 días (la legislatura más corta de la democracia) al no ser capaz de conseguir la investidura por una Cámara a la que acceden Podemos y Ciudadanos, los nuevos partidos de izquierdas y de derechas que se cuelan en el Parlamento, cuando los “polvos” de la confrontación partidista y de hartazgo social inundan de “lodo” definitivamente el paisaje político, dando paso, tras una repetición electoral, a la XII legislatura (julio 2016 a junio2018) en la que Rajoy, al fin. logra ser investido presidente del Gobierno por mayoría simple, al segundo intento, gracias al apoyo de Ciudadanos. Es, entonces, cuando se recrudece el conflicto catalán por la celebración de un referéndum ilegal de autodeterminación el 1 de octubre de 2017 y la consecuente aplicación del Artículo 155 de la Constitución (que suspende la Autonomía), el 27 del mismo mes, hechos que tensionan la política, judicializándola, y enervan los nacionalismos sordos (todos apelan al diálogo, pero ninguno escucha), que llenan de banderas las calles y balcones del país.

Se acumula tanto “fango” que, al cabo de sólo un año, cuando se conoce la sentencia judicial que culpabiliza al PP como partícipe lucrativo por financiación ilegal en la trama Gürtel, una moción de censura, presentada por los socialistas y apoyada por toda la izquierda parlamentaria, incluida la independentista y la nacionalista, tiene éxito por primera vez en democracia y logra desalojar al PP del Gobierno, permitiendo que el PSOE acceda al Ejecutivo justamente cuando menos representación ostenta en la Cámara Baja (84 diputados). Pedro Sánchez, líder del PSOE, forma un Gobierno minoritario de izquierdas que sucede a otro de derechas, también en minoría. Es la constatación de que las mayorías absolutas u holgadas del antiguo bipartidismo quedan descartadas a causa del “barro” que mancha la credibilidad de las siglas políticas, provocando la desconfianza y la atomización ideológica de los ciudadanos. Y con razón.  

Pero la “cosa” iba empeorar. Nada se había resuelto con la repetición de elecciones ni con la moción de censura. Desde ese momento (junio 2018), Pedro Sánchez, que lidera al PSOE tras haber sido repudiado como secretario general del partido y haber recuperado el cargo tras un proceso de primarias que dejó fracturada a la militancia, se convierte en presidente del Gobierno sin pasar por las urnas. Ni el PP ni Ciudadanos se lo perdonan, como tampoco le consienten que gobierne amparado en los apoyos de independentistas catalanes y separatistas vascos afines al antiguo y vencido terrorismo de ETA. Incluso su socio prioritario, Podemos, que en la anterior legislatura se negó a dejar gobernar a los socialistas, le reclama ahora iniciativas más radicales a cambio de su apoyo parlamentario. Con intención temporal, en principio, y luego con afán de agotar la legislatura, los socialistas conforman un gobierno tan minoritario y cogido con pinzas que sólo puede tomar iniciativas a golpe de decreto-ley, mecanismo legal para elaborar leyes que, por su carácter de urgencia, no siguen el procedimiento ordinario de tramitación y aprobación parlamentario. Y así se mantiene hasta que es incapaz de aprobar la Ley de Presupuestos para el presente curso ante las exigencias inasumibles de sus socios independentistas, lo que obliga a convocar nuevas elecciones generales anticipadas, para el próximo 28 de abril. Mientras tanto, en el Tribunal Supremo se inicia el juicio contra los líderes independentistas que no huyeron y fueron detenidos por quebrantar la ley e ignorar la Constitución cuando proclamaron la República de Cataluña, que inmediatamente dejan en suspenso, después de un referéndum ilegal de nula credibilidad, malversar fondos públicos, retorcer el funcionamiento del parlamento regional y promover manifestaciones tumultuosas en las calles. Por todo ello podrían ser condenados por cometer delitos de rebelión o sedición.

Las grietas, pues, por las que se colaron el barrizal del descontento y el enfrentamiento son enormes. Ellas han facilitado que la confrontación política y la polarización ideológica chapoteen en el “fango” surgido del “polvo” acumulado desde hace cuatro años, posibilitando la eclosión social e institucional de la extrema derecha, una derecha radicalmente racista, xenófoba, machista, misógina, nacionalcatólica e inconstitucional de la que creíamos estar a salvo por ser residual y quedar constreñida en la militancia rancia y facha del PP. Pero que en Andalucía se independiza del partido maternal, izando la bandera del descontento popular con los independentistas, los inmigrantes, la globalización económica y el empobrecimiento que nos trajo la austeridad, y accede por primera vez, en democracia, a las instituciones (Parlamento) como grupo político que tiene la llave para que cuaje, también por primera vez, una alternativa de derechas al sempiterno gobierno socialista andaluz. Gracias al apoyo parlamentario de Vox (extrema derecha), Partido Popular y Ciudadanos asumen el gobierno de la Junta de Andalucía después de 37 años de monopolio gubernamental del PSOE.

En semejante escenario, completamente enfangado, no resulta extraño que los partidos políticos afronten el denso calendario electoral previsto con actitud intransigente y planteamientos de barricadas, en absoluto proclives al debate sereno, la explicación de propuestas serias y el respeto al adversario. Desde el lodo sólo se percibe suciedad y se combate con malos modos, acritud, descalificaciones y exabruptos. Así, los independentistas acusan al Estado español de franquista, aunque España sea considerada uno de los veinte países del mundo de democracia plena. El PP tacha de “felón” al presidente Sánchez y de “traidor” y “poner de rodillas a la Nación española” por dialogar y negociar con el Govern para encauzar “políticamente” el conflicto catalán. Ciudadanos, por su parte, acusa al PSOE de dejar de ser un partido “constitucionalista” y promete no llegar a ningún acuerdo con Pedro Sánchez, de quien no se fía. Ambas formaciones de derechas compiten entre ellas por atraer el voto útil conservador, que les disputa Vox, con mensajes cada vez más radicales. Y el PSOE advierte al electorado de que la extrema derecha casposa y fascista viene de la mano del PP y Ciudadanos, que la “blanquearon” en la gran movilización celebrada en Madrid para pedir la dimisión de Sánchez, permitiéndole participar de la iniciativa en pie de igualdad. Y de apoyarse en ella cuando convenga, a pesar de su programa ultramontano, como dejaron demostrado en Andalucía.

Este electoralismo de trincheras, vociferante y aturdidor, puede acabar con la paciencia de los ciudadanos, a quienes se recurre cada vez con más frecuencia cuando los políticos son incapaces de consensuar soluciones a los problemas que preocupan a los españoles, echándolos en brazos de los populismos de uno y otro signo, cuando no en los de la desafección y la frustración. Tras un cuatrienio negro que ha enfangado la política y la convivencia pacífica en España, todavía puede ocurrir que, después de tanta concentración electoral en esta primavera, la situación se mantenga tan sucia y embrollada como al principio. Que la crispación y los insultos continúen en los modos y en el vocabulario de los políticos. Si no fuera una situación tan peligrosa, sería para dejarlos a todos chapoteando en el fango. Pero nos salpican y ensucian, nos contagian de su sectarismo y estrechez de miras. ¿Dejaremos que sigan embarrándonos?     

martes, 12 de marzo de 2019

Apresurados


Vivimos tiempos de tanta celeridad que hasta el clima se apresura. Todavía no ha finalizado el invierno cuando marzo se comporta ya como si fuera mayo y las plantas, engañadas, comienzan a ofrecer sus flores a un sol tan impropio como inseguro. El refrán recoge esta paradoja climática al prevenirnos de que, cuando marzo mayea, mayo marcea y los fríos y las lluvias todavía pueden sorprendernos en mangas cortas. Pero el engaño es tan convincente que las hasta rosas exhiben sus pétalos ruborizados a la benignidad de unos días tan templados que recuerdan el verano, como si las estaciones sucumbieran a esa carrera por adelantarse y aturdir a una naturaleza acostumbrada al fluir cadencioso e imperceptible del transitar del tiempo. Una vorágine que nos conduce a otoños veraniegos e inviernos primaverales que en los parterres enloquece a las plantas y hace confluir a gente en zapatillas o con abrigos en las calles. Todos -clima, naturaleza, personas-, apresurados por adelantarse a un destino que, por mucho correr, no es posible esquivar.