miércoles, 23 de enero de 2019

La ley y la libertad


Un amigo, al que sigo con asiduidad, se pregunta en su blog si la ley hace hombres libres o cautivos, para seguidamente, apoyándose en Locke y Marina, quienes afirman que sin ley y su obediencia no se concibe la libertad ni se aprende a vivir en ella, mostrarse perplejo porque la ley no impide matar, robar o insultar, conductas lesivas a la libertad por faltar a la ética. Creo que mi amigo no ha querido profundizar en el asunto sobre la necesidad imprescindible de la ley para aspirar a una libertad que nunca será absoluta, cosa que al parecer le causa perplejidad, a pesar de que la cita de Locke enuncia su necesidad para combatir la violencia.

Al respecto*, habría que partir de que la ley es una invención humana para no depender de la selva, de las bestias. En un mundo sin leyes, los fuertes y violentos impondrían la suya. Y para evitarlo, el invento de la ley nos protege de la violencia de los otros, de los fuertes, de las bestias, de los tiranos. Y posibilita el Derecho, un ordenamiento legal de derechos, deberes y sanciones, con el que la ley constriñe la violencia de cada uno y nos disuade para que vivamos libremente persiguiendo nuestros proyectos de vida personales, propiciando, al mismo tiempo, actos de cooperación y proyectos colectivos de progreso social y económico.

Es así como la ley facilita la libertad aunque no impide el fraude y los abusos de los tiranos. Pero sólo con la ley y desde la ley se consigue combatir tales fraudes y quebrantos. Por ello la ley propugna y propicia la igualdad y la facultad de los ciudadanos de controlar el poder. Desde el imperio de la ley se construye la democracia, de tal manera que sin leyes ésta no existiría, puesto que todas las actuaciones democráticas han de estar sujetas a la ley. La ley limita el poder del gobierno gracias a la separación de poderes y la existencia de un poder judicial independiente. Esa independencia es imprescindible para que el juez tome sus decisiones en función de los hechos y de acuerdo exclusivamente con la ley. Esta situación dista de ser perfecta, pero es la mejor que puede garantizar la libertad.

Es, por tanto, el imperio de la ley lo que propicia la libertad y la capacidad del hombre para realizar sus acciones y desarrollar su plan de vida. Tal libertad, sin embargo, no es absoluta por culpa de la propia ley, pero sin ella no habría ninguna libertad, sino anarquía y la incertidumbre de lo selvático. Por eso, y porque las leyes son susceptibles de modificarse mediante procedimientos contemplados en la propia ley, deberíamos mostrarnos respetuosos siempre con las leyes por sí mismas y porque, aunque nos desagraden o nos impongan limitaciones, garantizan nuestros derechos, un cierto orden racional y los compromisos de convivencia pacífica en sociedad. Si esto no es libertad, no sé yo qué será tal cosa.
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* Para esta entrada me baso en el artículo La ley y la libertad, de Francisco J. Laporta, publicado en la revista Claves de razón práctica, nº 262, de enero/febrero 2019.

martes, 22 de enero de 2019

“Profesionales” de la aflicción

Juan José Cortés

En nuestra sociedad, la sociedad occidental capitalista, hecha para el consumo, cualquier iniciativa u obra ha de ser rentable, brindar beneficios. Todo producto, manufacturado o no, ya sea un bien o un servicio, ha de perseguir el lucro o, cuando menos, la “sostenibiidad” para que sea viable. Desde un bolígrafo, una patata, un antibiótico, un abrigo, una composición musical o un museo, todos están sometidos a esta ley de la rentabilidad, a la economía de mercado. Y una de las estrategias publicitarias para que cualquier elaboración humana llegue a las masas de consumidores es el espectáculo, es decir, provocar la expectación y convertir en atrayente lo que se ofrece para hacer que el consumidor adquiera un producto mediante un impulso emocional más que por una estricta necesidad racionalizada. Es por ello que Guy Debord definió nuestra era, en 1967, como la civilización del espectáculo*, en la que lo que predomina es el entretenimiento, la diversión y el “aligeramiento” cultural. Toda acción o iniciativa que surja en una sociedad espectacularizada debe tender hacia ese objetivo de distracción, de representación que privilegia la imagen sobre la idea, lo frívolo sobre grave y la banalidad sobre lo serio, ya que sólo así, empobreciendo el pensamiento, puede la gente, creyendo divertirse, seguir comportándose como un consumidor obsesivo de mercancías innecesarias, un consumidor de ilusiones. No es casual, por ejemplo, que los programas de más audiencia sean los de cocina o de moda, sin citar los dedicados a una actualidad de cotilleos e intrigas del corazón. Y que la prensa de mayor difusión sea la deportiva.

Nada escapa al mercado y sus dictados lucrativos. Hasta el dolor, el sufrimiento y las desgracias son susceptibles de la `espectacularización´ en nuestra sociedad de consumo. Máxime si el hecho se convierte en noticia que, por definición, ha de interesar a la opinión pública y, mejor aún, ha de conmoverla para captar su interés durante todo el tiempo posible. Pero una cosa es que cierto periodismo, desgraciadamente el más común, estire la notoriedad de cualquier noticia durante días, echando mano incluso del morbo en asuntos luctuosos y tratando como noticia detalles o cuestiones que nada añaden al hecho en sí, con tal de ganar lectores e incrementar las ventas. Y otra que personas, que se vieron envueltas en los acontecimientos, los utilicen para mantener la estima social, obtener beneficios laborales o económicos y hasta para erigirse en guías anímicas, legales y mediáticas de otras víctimas de sucesos semejantes, ejerciendo de verdaderos “profesionales” de la aflicción. Esta es, exactamente, la impresión que causa el padre de Mariluz desde hace años.

Juan José Cortés, padre de esa niña de cinco años que un pederasta secuestró y asesinó, tras intentar abusar de ella, en 2008, no ha dejado de luchar para que se mantenga la prisión permanente para esta clase de delitos y de estar presente en todos los casos de la misma naturaleza que posteriormente han acontecido en nuestro país. Una actitud comprensible aun cuando la justicia apresó, juzgó y castigó al asesino de su hija.

Junto al líder del Partido Popular.
Es comprensible, también, que esa lucha para que no se derogue la pena de prisión permanente revisable le acerque ideológicamente al Partido Popular, alineándose con él en esta materia y recibiendo de él el apoyo necesario para ampliar su mensaje a la opinión pública. Pero lo que resulta menos comprensible es que este vendedor ambulante, a quien un asesino le arrebata una hija, haga carrera política de su dolor y desgracia. No se cuestiona que comparta un ideario, sino que la politización de las víctimas le permita acceder a puestos de asesor y personal de confianza para problemas de exclusión social en instituciones públicas, como el que ocupó en el Ayuntamiento de Sevilla, contratado bajo el mandato de Juan Ignacio Zoido, alcalde del PP, demostrando, de esta manera, una simbiosis oportunista con un partido en la que ambos persiguen réditos a costa del repudio de la población a estos actos execrables. O que le posibilite, finalmente, materializar su entrada oficial en la política de la mano de ese mismo partido, en cuya última convención participó activamente, con el encargo de trabajar en la no derogación de la Ley de Prisión Permanente Revisable y en la Ley del Menor como si fuera un experto en Derecho Penal, según informa El Cierre Digital.

Tampoco se critica la obsesión mediática de Juan José Cortés por mantener la expectación popular sobre esta clase de crímenes, presentándose personalmente junto a familiares de Diana Quer, Gabriel Cruz o Laura Luelma -una joven, un niño y una profesora víctimas de asesinos machistas y de una madrastra también asesina- como si fuera un psicólogo más de los que prestan socorro psíquico a las familias que sufren este tipo de desgracia. Pero que no deje pasar la ocasión para aparecer públicamente al lado de los padres de un niño que accidentalmente cayó por el agujero de una perforación de agua mal tapada en Málaga, pone en evidencia, no su solidaridad ante la tragedia, sino su interés por la espectacularización de un hecho luctuoso, fortuito y del que nadie tiene culpa. Demuestra un afán desmedido por acaparar una atención que no respeta el dolor ni la conmoción de quienes padecen un golpe tan duro, sea el que sea, con el inconfesable propósito de “vender” su estatus social de “profesional” de la aflicción y, de paso, su interés en ganar la confianza ciudadana hacia una determinada opción política que le apoya.

Juan José Cortés y el padre del niño de Málaga.
Sólo así puede entenderse que, una persona que soportó el asesinato de su hija, se valga del espectáculo mediático de la pena, propia o ajena, para ascender en la escala social y el reconocimiento público. Aparte de verse envuelto en un caso de tiroteo en el barrio donde vive y estar acusado de tenencia ilícita de armas y amenazas, del que salió absuelto por la oportuna confesión de un familiar que asumió la autoría de los hechos, este pastor evangelista, por su popularidad, ha podido fundar su propia Iglesia Evangélica Ministerio Juan José Cortés, gracias al ahínco en convertirse en un profesional de la aflicción. Lo ha demostrado claramente con su rápida presencia en el desgraciado accidente del niño de Málaga, haciéndonos que muchos nos hiciéramos la misma pregunta: ¿Qué hace allí este hombre? Vende su producto.
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* Sobre esto, cfr. Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. Alfaguara, 2012.

domingo, 20 de enero de 2019

Vivir de oído


Andrés Neuman es uno de los grandes andrés de la literatura española de los que hay que estar atentos para no perderse nada de lo que escriban, sea ensayo, narrativa o poesía. Y con Neuman, la poesía no es una dedicación secundaria, sino vital en su producción literaria. De hecho, escribe poesía casi antes que novelas, y es en ella donde se expresa con más sinceridad, descubriéndonos a un autor al que le duelen las pérdidas, y es capaz de enumerarlas, le estremece el amor y lo vence el tiempo. Véase -y siéntase-, si no, el estremecimiento que provoca un futuro descrito con las sensaciones y la perplejidad de un viajero:

No puedo comer el espacio
y me pesa.

Cuando miro adelante
el futuro me elude
como una lagartija.

Todo lo ocupa eso
que me queda lejano.

El kilómetro extra.

El horizonte en marcha.

`El kilómetro extra´ del poemario Vivir de oído, de Andrés Neuman.

viernes, 18 de enero de 2019

The dark side of the moon

Nave Chang´e 4

El de arriba es el título de un álbum de Pink Floyd, pero no es la música el motivo de este comentario, sino el satélite que orbita la Tierra y, en concreto, su cara oculta, ese lado oculto que inspiró al grupo de rock. Una cara oculta del satélite que, debido a su rotación, nunca es visible desde nuestro planeta y que sólo los astronautas de las misiones Apolo, que viajaron a la Luna y alunizaron en su cara visible, han podido contemplar con sus ojos… hasta hoy.

En un alarde tecnológico, la astronáutica de China ha logrado enviar un ingenio espacial que ha alunizado en la cara oculta de la Luna, transportando, además, un vehículo robotizado que ya ha comenzado a recorrer esa superficie lunar, cubierta de polvo y cráteres como la visible, que siempre ha estado vedada a la mirada humana. Se trata de la nave Cháng’é 4 que, enviada por la Agencia Espacial China (CNSA), se posó cerca del cráter von Kármán, en el hemisferio sur de la cara oculta de la Luna, el pasado 3 de enero, de forma automática y con pleno éxito. Doce horas más tarde, extendió una rampa por la que descendió el vehículo rover Yùtù 2, que comenzó a moverse por la superficie lunar hasta aproximarse al borde de un cráter cercano de unos 20 metros de diámetro.

Foto panorámica de la cara oculta de la Luna

El éxito de la misión, que ahora deberá desarrollar los estudios y experimentos científicos previstos, no hubiera sido posible si previamente no se pone en una órbita más allá de la Luna el satélite Quèqiáo, que permite las comunicaciones desde la Tierra y los ingenios posados en la cara oculta. China se incorpora, así, a la carrera espacial que iniciaron rusos y norteamericanos hace más de cuatro décadas, y lo hace demostrando capacidad y tecnología como para elaborar un programa de exploración propio, en el que ya ha logrado hitos como el de esta misión.

La Luna y la Tierra desde el satélite Quèqiúo.
De momento, la sonda china ha posibilitado la primera imagen panorámica de 360 grados de esa cara oculta de la Luna, elaborada a partir de fotografías tomadas por una cámara del módulo de aterrizaje. También ha enviado la imagen de la primera planta que ha podido crecer en el satélite, a partir de una semilla de algodón que se transportó en un frasco que recreaba una biosfera en miniatura. Y esa otra imagen, más estética que novedosa, de la Luna y la Tierra captada por la sonda que sirve de enlace para las comunicaciones. No son frutos menores, sino las pistas de un programa por el que China se incorpora a la carrera espacial con ímpetu y ambición.