sábado, 30 de junio de 2018

Nos tomamos un respiro

Un año más -¡y van nueve!- hacemos un alto durante el mes de julio para descansar, dedicar más horas a la familia, saldar viejas cuentas con uno mismo, satisfacer algunas querencias y vagabundear sin depender del tiempo ni de la necesidad por donde nos lleven los pies y la curiosidad. Tomamos vacaciones porque se la merecen los que nos acompañan en esto que es vivir y convivir, sean consanguíneos que habitan ese rincón íntimo en el que guardamos los afectos más valiosos, o extraños y desconocidos con quienes nos une una manera de ver y sentir el mundo, alguna extravagancia compartida o innumerables interrogantes a los que no hallamos respuesta, pero seguimos planteárnoslas. Lienzo de Babel enmudece en julio para regresar en agosto compartiendo inquietudes y desasosiegos con todos los que se dignan seguirnos y prestarnos un poco de su tiempo y atención. Nos tomamos un respiro para poder continuar. ¡Que disfrutéis unas merecidas vacaciones!, pero sin olvidar que hasta el Atlántico es limitado, como nos recuerda Julian Lage:
 

 

jueves, 28 de junio de 2018

Un semestre de vértigo

Nadie podía imaginarse que la política española alcanzaría la velocidad vertiginosa que ha tenido en el medio año transcurrido de este 2018. La alegría que deparó al Gobierno del Partido Popular (PP) la aprobación tardía de los Presupuestos Generales del Estado le ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio. A las pocas horas de ese triunfo que parecía proporcionar al Ejecutivo fuelle suficiente para acabar la legislatura (prorrogándolos en 2019), el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) le presentaba en el Parlamento una moción de censura que resultó exitosa y apeó, sorpresivamente, a los populares del poder. Los que habían prestado su apoyo al Gobierno para aprobar esos Presupuestos no tuvieron empacho en negárselo para secundar la moción socialista, razón por la cual Mariano Rajoy, sabiéndose ya expulsado de La Moncloa, se pasó más de siete horas atrincherado en un restaurante madrileño para no tener que oír los desaires de sus exsocios parlamentarios. Lo echaron de presidencia del Gobierno sin darle apenas tiempo de guardar las fotos de su despacho. Todo tenía que transcurrir de prisa.

Y es que la cosa venía endiablada desde el comienzo mismo de la legislatura y no tenía pinta de calmarse. Los hechos se desarrollaban a velocidad de vértigo y arrollaban a cuántos se ponían por delante, incluidos los sediciosos que pretendieron declarar unilateralmente una república en Cataluña en octubre pasado, yendo a dar con sus huesos en la cárcel o haciendo las maletas del exilio. Nadie supo prever que el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acabaría huido en Bruselas, el vicepresidente Oriol Junqueras estaría desde entonces entre rejas, varios exconsejeros de aquel govern correrían la suerte de uno y otro, según sus lealtades, y que Rajoy, en fin, recalaría en Santa Pola (Alicante) como registrador de la propiedad, su verdadera profesión tras su paso fugaz, de 35 años, por la política. Todos ellos han sido víctimas de la precipitación de acontecimientos que ha jalonado los últimos tiempos de la política española, incapaz de serenarse.   

Todo se aceleró tras la sentencia del caso Gürtel, que declaró culpable, por primera vez en democracia, al Partido Popular de beneficiarse de la trama de corrupción para financiarse irregularmente, y de la consideración por parte del tribunal de la testifical del presidente del Gobierno como poco creíble. Su palabra y su partido quedaban cuestionados con el fallo judicial. Llovía sobre mojado en las sospechas que arrastraba al partido en el Gobierno con la corrupción, lo que motivó y facilitó la moción de censura de los socialistas, inimaginable aunque deseada desde el inicio de la legislatura. Unas semanas antes habíamos asistido a la dimisión de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, por el fraude en la obtención de un supuesto máster que adornaría su currículo académico sin haberlo cursado. También pudimos contemplar la confesión inaudita del exsecretario general del PP valenciano, Ricardo Costa, en la que reconocía que el partido se financiaba con dinero negro. Y hasta vimos al atildado expresidente de aquella comunidad, Francisco Camps, ingresar en la cárcel por elusión fiscal y evasión de capitales. Todo ello ha resultado letal para la formación que gobernaba el país sin más excusas que arrogándose una recuperación económica debida fundamentalmente a factores externos (financiación de la deuda soberana por parte del BCE y abaratamiento de la factura energética de la OPEP) más que a las medidas de austeridad y precariedad adoptadas por el Gobierno.

A mitad de mandato, pues, y contra todo pronóstico, se ha producido un vuelco en la gobernabilidad del país, al acceder los socialistas al sillón de mando mediante la primera moción de censura que consigue su objetivo, sin que nadie se lo esperara, ni siquiera los mismos socialistas. Pedro Sánchez, un tenaz político que se ha fajado contra sus propios compañeros de fila que lo denostaban y contra un Gobierno al que le juró que “no es no”,  conseguía no sólo recuperar la secretaría general del PSOE sino la presidencia del Gobierno, por esas carambolas que el destino concede a los esforzados  y testaduros inasequibles al desaliento.

Ese líder joven y ambicioso, al que todos consideraban temporal en un PSOE en sus horas más bajas, ha constituido el Gobierno más feminista de Europa, el más preparado de España y el más inestable de la democracia por disponer, en principio, de sólo 84 diputados socialistas en un Parlamento de 350 escaños. Supo aprovechar, empero, la oportunidad del rechazo unánime que provocaba el PP de la corrupción para descabalgarlo del Gobierno, tomándole la delantera a Ciudadanos, el partido que pretende liderar la derecha española y que apostaba por convocar nuevas elecciones. Ahora Sánchez deberá retener los apoyos que le brindaron la izquierda y los nacionalistas del Congreso de los Diputados para insuflar la ilusión que los ciudadanos habían perdido en la política y en la honestidad de su ejercicio.

Con sólo tres semanas en el poder y sin derecho a los cien días de gracia que suele dispensarse a todo gobierno para demostrar su empeño, el presidente socialista ha evidenciado sensibilidad con el fenómeno de la migración, autorizando el desembarco en España de los rescatados por el buque Aquarius que Italia rechazaba. Ha aprobado un Decreto-ley para suspender el consejo de administración de RTVE (la televisión pública estatal) y proceder a su renovación de acuerdo con la nueva normativa elaborada por el Parlamento. Ha manifestado su voluntad de acercar los políticos catalanes presos a Cataluña y de reunirse con el presidente de aquella Comunidad para encausar el problema catalán por vías políticas y mediante el diálogo, en el marco de la legalidad vigente. Ha prometido sacar la tumba del dictador Franco del monumento del Valle de los Caídos para reservar aquel lugar a la memoria de todos los fallecidos durante la Guerra Civil y no a la peregrinación y honra del franquismo. Ha considerado que, derrotada definitivamente ETA, la política de dispersión penitenciaria podría modificarse para trasladar los terroristas encarcelados de más edad (70 años), enfermos graves y arrepentidos a cárceles del País Vasco, como muestra de normalidad de un país libre que ha ganado su lucha contra el terror. Ha devuelto el carácter universal de la sanidad española y ha suprimido algunos de los copagos farmacéuticos que afrontaban los pensionistas. Ha anunciado que no se renovarán a su vencimiento las concesiones de las autopistas de peaje. E, incluso, dado el renovado impulso que este Gobierno representa en la forma de actuar en la realidad, ha conseguido que los agentes sociales acuerden subidas salariales del 2 y 3 por ciento, que se fije como objetivo para el año 2020 un salario mínimo de mil euros y que el incremento anual de las pensiones vuelva a estar ligado al IPC. Pero hace depender de los apoyos que consiga en el Parlamento la derogación de la Ley Mordaza, la suavización o eliminación de la Reforma Laboral y hasta un nuevo acuerdo de financiación autonómica. Muchos asuntos que exigen seguir corriendo sin desmayo.

Como vemos, estos seis meses de vorágine política han sido apabullantes en acontecimientos en España. Tantos que se ha podido presenciar cosas nunca vistas anteriormente, como que el Partido Popular se embarcase en un proceso de primarias para elegir al sucesor de Rajoy al frente de la formación, al que han concurrido hasta siete candidatos. Y que un miembro de la Familia Real ingrese en prisión, también por corrupción, dejando a una infanta triste y compungida y sin hablarse con su hermano, el rey. Por ello, y como esto siga así, nos veremos obligados a exclamar aquello: "¡Cosas veredes, amigo Sancho!"

lunes, 25 de junio de 2018

Perspectivas de la migración


El drama de la migración nos golpea cotidianamente, nos atosigan las fotografías de decenas o centenares de inmigrantes que luchan por llegar por cualquier medio a las costas de nuestro país en embarcaciones rudimentarias o saltando las alambradas de la frontera que nos separa de Marruecos. Son imágenes tan habituales que nos hemos acostumbrado a observarlas como parte del paisaje y que, en el mejor de los casos, nos inducen a pronunciar algún comentario de contrariedad o repulsa, casi nunca de conmiseración y comprensión. O, peor aún, nos dejan en la indiferencia, que es la expresión del que nada siente, nada le importa y nada le preocupa, salvo la propia vida y hacienda. Sin embargo, los hechos que nos revelan son tercos y suceden a diario no sólo en nuestro país sino en todo el Mediterráneo, evidenciando un problema continental que no sabemos cómo resolver e intentamos abordar cada cual –cada país- a su manera. Pero lo peor de esta cotidianeidad del drama es su banalización, la tendencia a ignorar su alcance, negar el mal que lo causa y a no reaccionar ante las implicaciones que representa para nuestra sociedad y los valores en que se fundamenta nuestro modelo civilizado de convivencia.

De tan reiteradas y cíclicas, miramos las fotos más por curiosidad que por interés de lo que nos dan a conocer. Más por excepcionalidad estética que por dato gráfico. Les dedicamos sólo unos segundos antes de continuar con lo que nos interesa o evade de la información que recibimos a raudales, sin ahondar jamás, ni preocuparnos de verdad, en ningún asunto. Sin embargo, esas imágenes muestran perspectivas de los hechos y de quien los observa. Están tomadas desde una posición que en absoluto es neutral ni objetiva. Reflejan una manera de mirar y percibir/comprender lo que pasa, aquí y en el mundo. También, a veces, demuestran con meridiana claridad la existencia de mundos diferentes que no se acercan, sino que se distancian o repelen. Son imágenes que están impregnadas de nuestra actitud ante lo fotografíado, sin siquiera sentirnos aludidos por lo aprehendido, por lo que vemos.

Como esa imagen de dos mundos divididos por una valla. Dos realidades opuestas, separadas por una alambrada, para que en un lado se pueda disfrutar de la vida jugando tranquilamente al golf, y en el otro se desarrolle una catástrofe que empuja a la gente a huir saltando, si es necesario, la barrera. Una valla que subraya la indiferencia distraída de los afortunados en la diversión en contraste con la desesperación incrédula de los que están encaramados a ella, teniendo a la vista el futuro que persiguen y que le es negado. Queda patente en esa foto la indolencia confortable de los privilegiados frente a las dificultades insoportables de los que tienen la mala suerte de nacer al otro lado.

Es una perspectiva de la migración que retrata con fidelidad el hecho y la actitud hacia lo percibido, evidencia la despreocupación que nos ocasiona un drama que sólo nos impele a levantar muros para que nos protejan y aíslen de las miserias del otro lado, pero que son completamente inútiles para combatirlas y paliarlas. Más que la migración, la foto resalta nuestras vergüenzas y el cretinismo de nuestras conductas ante un problema del que no somos ajenos ni inocentes. Una perspectiva que nos avergüenza porque estar a un lado u otro de la valla es simple cuestión de azar, no de superioridad étnica, económica o cultural.  

Pero más bochornosa es, si cabe, la imagen que captó Javier Bauluz, en el año 2000, en la Playa de los Alemanes, en Zahara de los Atunes (Cádiz). Es un rincón solitario, medio salvaje, azotado por el viento cuando sopla Levante con rabia, que es casi siempre, al que los bañistas acuden atraídos por su belleza paradisíaca y su tranquilidad escondida. Pero también es de las zonas más cercanas a África y a las que intentan llegar los que migran de aquel continente. La travesía del Estrecho, a pesar de la escasa distancia, es peligrosa cuando el mar está embravecido y los vientos adquieren velocidad por hallarse encajonados entre las montañas de ambas orillas. Pero nada de ello detiene a los que desean huir de la miseria, la pobreza, las guerras y la muerte. Por pequeña que sea la posibilidad de futuro que adivinan al otro lado del mar, se juegan todas las cartas a esa posibilidad. Las cartas de la vida, que es lo que está en juego. Desgraciadamente, un número nada insignificante de jugadores pierden la partida. El soberbio mar se cobra su precio y abandona la carta de su triunfo sobre la arena, donde deposita los que se ahogan en el intento.

Y eso es, justamente, lo que nos muestra la imagen de Zahara: la presencia de un cadáver devuelto por el mar en una playa en la que los bañistas ni se inmutan. Se ha hecho tan habitual el drama migratorio que ya apenas conmueve ni nos echa a perder el día. Nos estamos acostumbrando a una “monotonía de la muerte”, parafraseando a Saramago, generada por el goteo incesante de los que arriban a nuestras costas, al precio que sea, para toparse con la indiferencia de los más, el rechazo e intolerancia de muchos, y la compasión y solidaridad de los pocos que aún conservan corazón y sentido cívico, tan escaso como el sentido común. Aunque la foto es trucada, más simbólica que fáctica, puesto que la indiferencia de los bañistas es supuesta (nadie les ha preguntado) y oculta en el encuadre a policías, médicos, curiosos, personal de asistencia, etc., -como criticó Arcadi Espada en su Diarios (Espasa, Madrid, 2002)-, sirve al menos para materializar la perspectiva de ese alejamiento del dolor, del sufrimiento, de la angustia y de la desesperación con que contemplamos desde nuestros cómodos sillones domésticos el drama de la migración.

El auténtico valor de estas imágenes es, pues, su perspectiva, el enfoque de quien observa y cómo lo percibe. Más que el hecho en sí, es el contexto y la mirada del observador lo que destaca. Y en ambas fotos, el contexto sobresaliente es nuestra despreocupación, esa percepción de lo ajeno que es para nosotros, presentes en las imágenes, el drama de la migración, lo extraño que nos resulta el dolor de los migrantes y su infortunio. Aunque salten nuestras vallas y mueran en nuestras costas, los inmigrantes y refugiados no son capaces de conmovernos ni despertar nuestra preocupación, más allá del fastidio de su presencia y la alteración que provocan en el paisaje. Hay fotos más duras y crueles que nos muestran la muerte en primer plano de niños ahogados o buitres aguardando una agonía para empezar el banquete. Pero son imágenes sin contexto, sin una perspectiva que nos incluya. Documentos gráficos elocuentes de un drama en el que no nos vemos concernidos más que como vehículos de información. Pero las imágenes aquí comentadas nos retratan sin disimulo como espectadores, nos reflejan tal como somos: hipócritas, egoístas e insolidarios con lo que sucede a nuestro alrededor. Por eso, aunque me golpeen la conciencia y atosiguen mis sentimientos, estas imágenes son las que mayor estremecimiento me provocan con esa perspectiva en la que me sitúan como observador/testigo de la escena. Y no lo soporto.

sábado, 23 de junio de 2018

Verano fugaz


Hace poco que comenzó el verano, justo en el día más largo del año. Pero es curioso que, desde el nacimiento de esta estación calurosa, los días comiencen a menguar tan imperceptiblemente que hasta mediados de agosto no notamos que anochece cada vez más pronto. Y es que así es el verano, algo que siempre va a menos, que apuramos sabiendo que se consume y acaba, aunque el calor de algunas jornadas nos agobie como una sauna en el infierno. Es la estación propicia para el descanso y las vacaciones, actividades por definición pasajeras, breves, cuasi suspiros que nos hacen sentir el instante antes de que disuelva en la vorágine de la rutina. El verano, que ya mengua, acaba de iniciar su recorrido por nuestra piel y su calor nos acompañará hasta, incluso, cuando se haya ido, hasta ese otoño de sueños grises y abrazos fríos. Tiempo de siestas pegajosas y noches de chácharas, esta estación de luz y jolgorio se antoja fugaz como una vida contemplada a la edad en que todo es imparable y nada permanece, salvo la ilusión que nos despierta. Todavía queda todo el verano por delante, pero ya notamos, sin desearlo, que se va apagando, va consumiéndose tan inexorablemente como el brillo de nuestros ojos o la fuerza de nuestros anhelos. Así es el verano, como la vida, algo que aprovechar mientras dure.