jueves, 21 de junio de 2018

Europa y los migrantes

Demostrando una gran sensibilidad ante la actitud de Italia de prohibir el desembarco de más de 600 migrantes rescatados por el barco Aquarius en aguas que separan a ese país de Libia, el nuevo Gobierno socialista de España ha autorizado la acogida por razones humanitarias de esos inmigrantes en nuestro país, adonde han llegado tras una travesía que les ha hecho recorrer medio Mediterráneo y que ha durado más de tres días, en condiciones que dejan mucho que desear, en un navío no preparado para el transporte de personas. Nada más desembarcar en un puerto de Valencia, acondicionado para ofrecerles ropa, alimentación y primeros auxilios, aparte de los trámites de extranjería oportunos, se les ha concedido un permiso especial de residencia de 45 días por las circunstancias excepcionales que han tenido que atravesar. Un permiso que no se concede a todos los inmigrantes que alcanzan las costas españolas por sus propios medios o después de haber sido rescatados por patrulleras de Salvamento Marítimo ante un dilema semejante: socorrerlos o dejarlos a la deriva.

Esta diferencia en el trato a migrantes, según el grado de implicación del Gobierno en la acogida (unos son “irregulares” y otros son “invitados”), desluce innecesariamente lo que, en todos los casos sin distinción, debiera ser el comportamiento habitual ante personas que huyen a nuestro país de las guerras, la pobreza, la desesperación y las persecuciones que les acechan en sus países de origen, obligándolos a lanzarse al mar en busca de auxilio, protección y posibilidades de una vida mejor e infinitamente más digna. Sea por humanitarismo o por exigencia legal, la defensa de los Derechos Humanos que asisten a todos los inmigrantes –insisto: sin distinción- que llegan o traemos a nuestro país debería encabezar la actitud con que los acogemos y tratamos, sin que ello suponga un problema moral, de orden público, de seguridad o de convivencia para nosotros. Y, mucho menos, de temor a un posible “efecto llamada”, como arguyen los líderes nacionalistas populistas y los gobiernos xenófobos que, como el del país transalpino, se niegan a socorrer a unas personas que, enfrentadas a la necesidad imperiosa de sobrevivir, no se detienen por muchas barreras que levantemos ni todo el agua del mar que encuentren en su camino.

Los que huyen no lo hacen atraídos por ningún “efecto llamada”, sino por mero instinto de supervivencia y hacia el lugar más próximo que les parezca seguro y con posibilidades de llevar una vida digna de vivirse. Tampoco les mueve el ánimo de delinquir, como se les acusa para atemorizar a los nacionales y atraer, así, su voto a partidos racistas o al refrendo de medidas egoístas e insolidarias, del todo inhumanas. No llegan a España, Italia o Grecia por ser destinos turísticos, sino porque son territorios limítrofes de la zona de donde proceden y de la que huyen sin importarles jugarse la vida. Estos países sureños –como el nuestro- constituyen una frontera de Europa, lindante de África y Oriente Próximo, que no es, ni puede ser, impermeable a los flujos migratorios de personas que esperan de nosotros, de la Europa civilizada y próspera, cuando menos, una oportunidad y que seamos consecuentes con nuestros propios valores y esos Derechos Humanos que decimos respetar por convicción.

Y es que el problema migratorio es mucho más grave y complejo que la anécdota protagonizada por el buque Aquarius. De hecho, durante el fin de semana en que el barco transportaba a Valencia a los rescatados al sur de Italia, intentaban llegar a nuestras costas más de 1.300 inmigrantes (507 en el Estrecho, 152 al sur de Canarias y 631 en el mar de Alborán) en precarios cayucos, pateras  y lanchas neumáticas, que les hacían pagar un precio insoportable: 43 personas resultaron desparecidas por caídas al mar debido a la extenuación, la hipotermia y los rigores del viaje, a pesar de los esfuerzos realizados por Salvamento Marítimo para rescatarlos, movilizando barcos y helicópteros, tras conocer los avisos de buques mercantes y ONG que alertaban de la presencia de tales embarcaciones, muchas de ellas a la deriva y semihundidas. Se producía, así, uno de los fines de semana de mayor presión migratoria y más trágicos de los últimos tiempos, con muertes que engrosan la estimación de 244 personas perecidas por ahogamiento, superando el total de 224 fallecidos registrados en 2017 en el intento por alcanzar las costas españolas. En todo el Mediterráneo, la cifra se eleva a cerca de 900 muertos en lo que va de año.

Es, por tanto, un problema de primera magnitud por el hecho de que están en juego vidas humanas. Y es un problema que afecta a Europa en su conjunto, aunque el drama se desarrolle en sus fronteras exteriores y, paradójicamente, cuando la presión migratoria está reduciéndose considerablemente desde que se tienen registros, por mucho que las medidas xenófobas de algunos gobiernos intenten trasladar a la opinión pública una preocupación excesiva que alimenta un grado de crispación artificial. Se obtienen réditos electorales con mensajes anti-inmigrantes y refugiados que llevan al gobierno a partidos ultranacionalistas, racistas, supremacistas y extremistas, tanto en Italia y Polonia o Hungría, como en EE UU o Filipinas. Cuela entre la población el miedo al extranjero, sobre todo si es pobre y miserable, víctima de guerras, explotación y calamidades.

Por ello, necesita Europa una política común de asilo y ayuda al refugiado, más allá de las cuotas vinculantes por países, limitar y regular los flujos internos de asilados entre los Estados miembros sin alterar la libre circulación del espacio Schengen, y unas medidas pactadas de defensa y actuación en sus fronteras contra la inmigración irregular (reforzar el Frontex), para no hacer recaer toda la responsabilidad en los Estados fronterizos que actúan de cordón sanitario frente a los migrantes en la zona meridional (Italia, Grecia, España y Malta), como esas controvertidas propuestas de creación de “plataformas regionales de desembarco” fuera de nuestras fronteras (algo parecido, pero con mayor transparencia, a lo que se acordó con Turquía) para acoger y seleccionar, entre migrantes económicos y perseguidos o refugiados políticos, los que se dirijan a la UE por el Mediterráneo, en colaboración con las agencias de la ONU Acnur (para los refugiados) y OIM (para las migraciones). Y, desde luego, potenciar la cooperación y ayuda al desarrollo con los países de origen de la migración.

Con todo, el fenómeno migratorio que sufre Europa no es el de mayor intensidad del mundo ni la fuente de problemas más preocupante del Continente, fuera aparte de que así lo quieran tratar algunos gobiernos europeos. Las poco más de 700.000 personas que solicitaron asilo en alguno de los 23 países comunitarios, en 2017 -según datos de la agencia europea de asilo (EASO)-, representan una proporción minúscula y manejable frente a los 25,4 millones de refugiados solicitantes de protección registrados en el mundo en el mismo período. Y son los sirios, con 6,3 millones de refugiados, los que encabezan este drama, seguidos de los afganos obligados a desplazarse a Pakistán, los rohinyás que padecen genocidio en Myanmar, los sudaneses víctimas de la guerra civil que asola Sudán del Sur, etc. La lista de atrocidades, violaciones, encarcelaciones, explotación, humillaciones y trato inhumano que genera el odio y el racismo contra el extranjero no para de aumentar, incluso en países supuestamente avanzados y civilizados, como Italia, donde hasta los gitanos despiertan la ojeriza del fascista Salvini, o EE UU, donde Trump separa y encarcela a niños de hasta tres años para chantajear a sus padres inmigrantes que desea expulsar del país.

Frente a este panorama, la migración y los refugiados que soporta Europa resulta un problema de menor envergadura que, en cualquier caso, por culpa de las políticas populistas de algunos gobiernos comunitarios, pone en tela de juicio nuestros valores éticos y democráticos y hasta el propio proyecto europeo. Como país que fuimos de emigrantes, ahora estamos, afortunadamente, en condiciones de ofrecer ayuda a los que migran a nuestro territorio, que es Europa, desde el respeto a los Derechos Humanos por encima de cualquier otra consideración o circunstancia. Y de hacer del modo de actuación con el Aquarius la norma a seguir hacia todo inmigrante o refugiado y que Europa en su conjunto ha de imitar y asumir. Ese es el reto que hemos de superar para demostrar el grado de civilización alcanzado por nuestra sociedad y no caer en la banalización del mal con que tratamos al otro, extraño o extranjero, sea migrante o refugiado.     

viernes, 15 de junio de 2018

El cuento de la economía

A pesar de la economía, la sociología o la política, existen pobres y ricos, tanto en términos de renta como en categorías sociales. Hay ricos y pobres porque existen personas que disfrutan o carecen de recursos económicos y, además, según el tipo de renta, unos se agrupan entre los banqueros, los ejecutivos, los empresarios o los profesionales liberales, y otros entre los obreros, los parados, los inmigrantes y hasta los pensionistas. En medio de ambos extremos sociales, se sitúa una extensa clase media y trabajadora que vive al día o tiene muy poca capacidad de ahorro.

Frente a ello, la economía y la política ofrecen distintas representaciones de esta bruta y lacerante realidad, explicaciones más o menos científicas y movidas, en ocasiones, con voluntad de corregir problemas, que sólo convencen a quienes las exponen y a los entendidos, pero cuya eficacia es, históricamente, escasa, por no decir nula. Son teorías y análisis “a posteriori” de los fenómenos que intentan explicar. Y para una vez que osan preconizar, caso del marxismo, no aciertan ni por asomo. En cualquier caso, esas teorías o proyectos económicos no evitan el acumulo exorbitado de riqueza por una minúscula parte de la población, cuyos privilegios y prerrogativas garantizan normas e instituciones creadas a su medida, ni libran de la extrema pobreza o pobreza a los que desafortunadamente han caído en ella, manteniéndose una desigualdad inmoral e injusta que apenas fluctúa, independientemente de la evolución de los ciclos económicos, es decir, ajena a las fases de expansión o crisis de la actividad económica. Siempre habrá ricos y pobres, aunque habrá más pobres cuando menos empleo haya y más ricos cuando el mercado financie sin reservas la especulación indecorosa de los pudientes.

Todos los datos macroeconómicos que nos suelen vender para asegurar que la recuperación es manifiesta y que pronto (nunca se concreta cuándo) la notarán los ciudadanos, es una falacia que engaña a una gran parte de la población, siempre crédula a los milagros, excepto a quienes “venden la burra” y, por supuesto, a los que continúan soportando una situación de pobreza y dificultades a pesar de tales promesas. La economía es un cuento que sólo sirve para que nos acomodemos a una situación dada y sin ánimo de modificarla. Por muchos cuantiles, deciles, percentiles, quintiles y demás trozos en que se divida la población, en un extremo estarán siempre los pobres y en el otro, los ricos. Y ninguna teoría ni estadística económica cambiará esa triste realidad que conforma nuestro modelo de sociedad, entre otras cosas, porque  ni las políticas redistributivas (quitar a los ricos para dar a los pobres) ni el aumento del crecimiento económico (más actividad, más empleo) apenas modifican la pobreza relativa y la desigualdad en general, puesto que no producen un crecimiento asimétrico en el que las rentas de los pobres crezcan más que las del resto. Aparte de que pretender esto es absurdo, siempre será una utopía que los ricos y acomodados consientan ser empobrecidos para sacar de la extrema pobreza a los más pobres y reducir de verdad la desigualdad existente en la sociedad.

Lo más conveniente, por  tanto, es seguir contando el cuento de que se está trabajando en favor de los desfavorecidos todo lo que se puede, que siempre será poco, para, al menos, mantener un simulacro de educación (apostar por una generación venidera mejor formada y, por ende, con mayores oportunidades de prosperar -como nuestros universitarios actuales, en paro o trabajos precarios-), de sanidad cuasi universal (para morir en plazos mientras se aguarda en alguna lista de espera) y de pensión a jubilados (cada vez más reducidas y previa cotización cada vez más prolongada) para que puedan cenar calentito en un asilo. En resumidas cuentas, un cuento con el que imaginamos vivir en el país de las maravillas, gracias a este sistema económico tan formidable que nos hemos dado. En fin.   

jueves, 14 de junio de 2018

¡Calor!


Este año, el calor se ha hecho rogar. A menos de dos semanas del verano, empieza al fin la temperatura a subir en los termómetros para estar en consonancia con la estación. Tal atraso en un calor que nos obliga a desprendernos de las ropas pesadas y oscuras no es habitual en estas latitudes sureñas del país, en las que el calor predomina sobre todas las estaciones del año, acostumbrándonos a darle la bienvenida en plena primavera, tras las fiestas de Semana Santa y Feria. Pero este año, la primavera ha sido inusualmente arrasada por borrascas sucesivas que han dejado un rastro de frío, viento, lluvia e inundaciones interminable. Hasta hoy. Hoy ha hecho su aparición el ansiado, de momento, calor y ha iluminado nuestros rostros de alegría y color, al recordarnos que las vacaciones, las playas y las terrazas bulliciosas nos aguardan a la vuelta de la esquina. Luego el calor se prolongará más allá de lo que corresponde y lo maldeciremos. Pero eso es otra historia. Ahora toca agradecer que el calor se digne a reinar sobre estos días próximos al verano. ¡Ya era hora!

miércoles, 13 de junio de 2018

El "desorden" mundial de Trump

Líderes del G-7 en Canadá
Desde que Donald Trump accediera a la presidencia de EE UU, los equilibrios políticos, económicos y sociales que de alguna manera posibilitan un cierto orden en el mundo, basado en reglas por todos asumidas y acuerdos internacionales entre Estados que, sin ser perfectos, generan estabilidad y prolongados períodos de paz, han saltado por los aires. El mandatario norteamericano se ha propuesto –y lo está consiguiendo- desbaratar los delicados consensos conseguidos después de la Segunda Guerra Mundial y que han servido para evitar, de entrada, una tercera guerra planetaria (provocaciones no han faltado) y, por si fuera poco, trenzar lazos económicos y políticos que han proporcionado al mundo desarrollado décadas de progreso, bienestar y seguridad como nunca antes en la Historia. Es evidente que no se trata de un sistema perfecto de convivencia global, pero es el que mejores resultados ha deparado a unas naciones condenadas a entenderse, mantener relaciones y afianzar la paz a sus poblaciones, en beneficio común de todas ellas. Y que, salvo conflictos regionales muy delimitados, es el que ha permitido que el mundo haya disfrutado de relativa calma y armonía, confiando en ese orden estable y en las normas legales y diplomáticas que lo regulan. Aunque tal orden es susceptible de mejoras, de momento no existe otro que lo sustituya, por lo que torpedear y romper el existente es una iniciativa suicida propia de ignorantes o lunáticos.

Y eso es, justamente, lo que está haciendo con sus decisiones el presidente más bocazas, impulsivo e impredecible de EE UU. y sus populistas políticas supremacistas, englobadas bajo el lema “América primero” (America first) con el que ganó las elecciones, contando con el apoyo encubierto de Rusia, detalle este último que continúa investigándose por parte de un fiscal especial. No ha habido acuerdo internacional ni normas implícitas y explícitas de ese orden mundial que no hayan sido despreciadas por Donald Trump, haciendo que EE UU faltase a su palabra, incumpliera tratados ya en vigor y comprometiera objetivos ambiciosos que afectan a millones de personas. Exhibiendo un claro desdén hacia la diplomacia convencional, Trump impone su veleidosa personalidad (de comercial charlatán) para “ganar” objetivos tangibles a su concepto de nación providencial hegemónica, aun a costa de aislarla del resto de la comunidad internacional y de distanciarla de sus aliados históricos y estratégicos.

Actitud de Trump en la cumbre del G-7
Así, nada más asumir el poder se autoexcluyó del Acuerdo Transpacífico que su antecesor, Barack Obama, había impulsado y suscrito un año antes con once países de Asia y América. También ha obligado a renegociar, sin ningún fruto hasta la fecha, el Acuerdo de Libre Comercio para Norteamérica (NAFTA, en sus siglas en inglés) que mantenía con Canadá y México, a los que acusa de obtener ventajas. Y es que sus intenciones proteccionistas chocan frontalmente con todo convenio comercial regido por la reciprocidad y la equidad entre distintas áreas económicas del mundo. Pero mucho más grave y peligroso aun es la ideología visceral e imperialista que le ha motivado retirarse del Acuerdo del Clima de París para la lucha contra el cambio climático, siendo EE UU uno de los países más contaminantes del mundo, y del Pacto Nuclear de Irán, que impedía la fabricación de armas atómicas a cambio de levantar las sanciones económicas. El Pacto había sido trabajosamente elaborado y suscrito entre el país persa y EE UU, contando con el y aval de China, Rusia, Francia, Reino Unido y Alemania, pero era duramente criticado por Israel, país protegido por EE UU que desconfía de Teherán y no desea perder su capacidad de influencia y la supremacía en la región.

Pero donde ese fanatismo proteccionista se ha exhibido con más descaro ha sido durante la reciente cumbre del G-7 (grupo de países más industrializados del mundo: EE UU, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Japón. Rusia ha sido excluida por la anexión de Crimea en el conflicto bélico que mantiene con Ucrania), donde el presidente norteamericano, fiel a su estilo provocador y maleducado, volvió a acusar al mundo entero de robar a Estados Unidos por preferir un libre comercio mundial, recíproco y equitativo, sin aranceles ni intervencionismo estatal. Los países que integran el G-7 representan más del 65 por ciento de la riqueza del mundo, por lo que en estas reuniones coordinan posiciones y mecanismos de colaboración sobre el entramado económico y político mundial que pueda beneficiarles. Y a esta cumbre Trump acudió dispuesto a hacer valer su visión aislacionista de la política económica norteamericana. Llegó a defender los aranceles que está imponiendo a muchos productos importados con el argumento de la “seguridad nacional”, lo que generó las críticas del primer ministro de Canadá, país anfitrión de la cumbre, al recordar que soldados de ambos países “habían luchado hombro con hombro en tierras lejanas en conflicto desde la Primera Guerra Mundial”. Estas `verdades del barquero´ hicieron reaccionar con furia al mandatario norteamericano quien, vía twitter como suele, menospreció a su homólogo canadiense, tachándolo de “débil y deshonesto”.

Donald Trump y Justin Trudeau
Y es que Trump no acepta que se le cuestione y, menos aún, se le haga aparentar debilidad. Inmediatamente, tras conocer estas críticas, ordenó retirar su firma del comunicado final conjunto de la cumbre, lo que ha provocado un cruce de acusaciones entre los mandatarios allí reunidos que ha hecho estallar una crisis diplomática. Más que acuerdos y estrategias, la última reunión del G-7 ha evidenciado las divergencias existentes entre todos contra uno y las mutuas desconfianzas. Francia y Alemania han expresado su hartazgo con la política incendiaria del presidente norteamericano y sus exigencias de que el mundo entero baile al son que más le conviene a los intereses comerciales cortoplacistas de EE UU. Nadie está conforme con la postura de Donald Trump, salvo Rusia, expulsada del grupo, e Italia, gobernada ahora por un gobierno populista y xenófobo que ha prohibido el desembarco de refugiados socorridos por un barco frente a las costas de Libia. Este es el nuevo “desorden” mundial que ansían los dirigentes ultranacionalistas y demagógicos, como Trump y los adláteres que desea surjan, con ayuda de sus ideólogos radicales, en otras partes del mundo, fundamentalmente, Europa.   

Sus contradictorias y veleidosas iniciativas desde que gobierna en la Casa Blanca están socavando el orden mundial tan difícilmente conseguido en las últimas décadas por motivos espurios de proteccionismo comercial y preponderancia imperial. Se deja llevar por sus instintos empresariales, sin tener en cuenta sus responsabilidades como estadista de la primera potencia del mundo. Afectado de egocentrismo, muestra admiración por personalidades autoritarias, de las que le gustaría ser reflejo, sin importar que sean adversarios, como los prebostes gobernantes de Rusia o China, al tiempo que desprecia a los líderes amigos y aliados, de los que desconfía patológicamente. Y no duda en comportarse, si ello le procura réditos mediáticos, del mismo modo que había criticado ferozmente en sus predecesores, especialmente del Obama que proponía diálogo y negociaciones con Irán, Cuba o Venezuela.

Kim Jung-un y Donald Trump
Ha necesitado sólo un año para entablar lo que denostaba: un diálogo de banalidades, sin compromisos concretos ni fechas, con el sátrapa de Corea del Norte, conteniendo aquella verborrea hiperbólica, bélica y humillante con la que calificaba a Kim Jong-un de “hombre-cohete”, para poder vender al mundo un ”éxito” diplomático que ha sido incapaz de conseguir desde que conquistó la presidencia de EE UU. Con tal de incluir en su currículo la firma de un acuerdo retórico, que no histórico, no ha tenido empacho en desdecir y rectificar su propia actitud cuando cesó sin contemplaciones a Rex Tillerson, su anterior secretario de Estado, por mostrarse a favor del diálogo con Corea del Norte.

Este que emerge es el nuevo "desorden" que persigue Trump: sin normas, sin valores y sin reglas que garanticen unas relaciones internacionales basadas en la reciprocidad, la equidad, la lealtad y la legalidad. Él quiere “america first”, América a su manera, y los demás que se jodan. No es de extrañar, por tanto, que Angela Merkel calificara su proceder en la cumbre del G-7 de “aleccionador y deprimente”, y que Emmanuel Macron expresara en el mismo foro su resignación de que “nadie es eterno”. Pero, mientras tanto, Donald Trump puede todavía hacer añicos el delicado orden mundial. ¡Dios nos coja confesados!