sábado, 14 de abril de 2018

República sin memoria

Hoy, 14 de abril, se cumplen 87 años de la proclamación de la Segunda República en España, una fecha que ha sido enterrada en el olvido por los autores y herederos de una sublevación de militares fascistas, encabezados por el general Francisco Franco, que se levantaron contra ella e impusieron una dictadura, tras llevar al país a una cruenta Guerra Civil, que anestesió a los españoles contra el recuerdo de un régimen democrático durante todos estos años.

Todavía hoy, derrotado el franquismo ideológico en las urnas y recuperada la democracia formal, la espesa niebla de la desmemoria y el miedo a la verdad impiden que una Ley de Memoria Histórica rinda tributo a las víctimas que defendieron la legalidad republicana y aquella democracia, siendo sacrificadas, enterradas en fosas comunes, despojadas de su dignidad, represaliadas y condenadas al olvido por los vencedores de una guerra fraticida que tildan de venganza a simples actos de justicia y reconciliación.

La Segunda República española, con todos sus defectos y problemas, constituyó el más noble y serio intento de hacer de España un país moderno, progresista y democrático de todos los del entorno en su tiempo. El voto femenino, los derechos sociales, la laicidad del Estado y la separación de poderes no fueron tolerados por los defensores de privilegios que enseguida se confabularon y combatieron contra ella desde la burguesía, la iglesia, los latifundios de los terratenientes, el poder económico y los cuarteles.

Hasta el presente, más de ocho décadas después, la República como forma de Estado, en un país de ciudadanos libres, comprometidos mediante su voto a gobernarse pacífica y democráticamente, sin tutelas de ningún tipo, ni religiosas ni monárquicas, sigue siendo víctima de los herederos de quienes la derrocaron y la amordazaron con pretensión eterna. Por eso hoy es un día para el recuerdo y el homenaje, siquiera individual, de aquella República de valores cívicos que cimientan nuestra democracia.  

viernes, 13 de abril de 2018

Diésel y lluvia

  
En estos días tan impropios de la primavera, en que los fríos no acaban de irse con el invierno y las lluvias insisten en llenar los pantanos, desbordar los ríos y anegar campos y ciudades, negando a la meteorología su rigor como ciencia y confianza en su autoridad predictiva, globos sonda del Gobierno la emprenden contra un combustible ayer subvencionado por intereses industriales y hoy estigmatizado como veneno del aire. En medio del temporal, los ciudadanos que hicieron caso a las recomendaciones de los concesionarios y a la propaganda gubernamental se sienten víctimas de un engaño mayúsculo parecido a la estafa. Los quieren castigar por adquirir coches contaminantes, que enrarecen la atmósfera y favorecen las enfermedades, que les fueron vendidos con el lacito del ahorro y todos los sellitos recaudatorios de la legalidad cada vez que convino, por intereses compartidos, al Gobierno, a la industria automovilística y a la de la energía y derivados petroquímicos. Tan imprevisibles como el tiempo son los cambios de política de las élites que gobiernan con vaivenes nuestra realidad. Ni los diésel eran la panacea ni la lluvia una bendición para todos, pues solamente resuelven la parte del problema que se dignan a contarnos, ocultándonos toda la realidad. Ya casi hay más daños por la lluvia que por la sequía y más perspectivas de negocio con los propulsores ecológicos que con los carburantes convencionales. Y la culpa no es de los ciudadanos, pero tienen que pagarlo. Quedan -quedamos- avisados.

jueves, 12 de abril de 2018

2001, una odisea inolvidable

El tiempo nos lleva en volandas por la vida sin dejar que apenas nos demos cuenta de su transcurrir hasta que celebramos ciertas efemérides. Es lo que me ha pasado con la película de Stanley Kubrick, 2001: una odisea del espacio, un filme que hace la friolera de cincuenta años fui a ver por primera vez en un cine de mi adolescencia, cuando se estrenó en España, allá por finales de 1969. Ese medio siglo transcurrido es un plazo considerable de tiempo para una película y para una persona, pues hace envejecer a ambas inevitablemente. En este caso, la obra de Kubrick se conserva fresca y sorprendente como el primer día, manteniéndose como referente del cine de ciencia ficción, más “sesudo” que espectacular sin renunciar a los efectos especiales, mientras que yo acuso el paso de los años, acumulando achaques diversos y arrugas en la piel.

Cuando fui a ver la película por primera vez, en mi cabeza bullían ideas y lecturas sobre teorías y explicaciones del mundo y la existencia, libros que devoraba anárquica y atropelladamente. Al cine acudí siendo un adolescente que ya estaba contagiado por la espiritualidad orientalista de Hermann Hesse y su crítica a los valores occidentales, en los que prima el materialismo y el poder del dinero. Y me había asomado a los peligros de Un mundo feliz, guiado por Aldous Huxley, acerca de una sociedad homogeneizada y controladora hasta de las emociones y necesidades de los individuos. E, incluso, andaba enfrascado con el Nietzsche de El eterno retorno y El Superhombre, intentando comprender que “el sendero de la plenitud es curvo porque el tiempo es una perenne repetición en la que todo, incluido el ser, muere y renace continuamente”, o que “el superhombre es la superación del hombre que, tras la muerte de Dios, asume el eterno retorno de la vida”. Pero, sobre todo, estaba fascinado con las ideas del padre Teilhard de Chardin, el filósofo jesuita que proponía una percepción de la evolución en la que tanto la materia como el espíritu logran en todo el Universo mayores niveles de complejidad hasta formar una superconciencia sideral, el llamado Punto Omega.

No es de extrañar, por tanto, que el filme de Kubrick me dejara boquiabierto y me causara una impresión que aún perdura: era la plasmación en imágenes de un compendio de aquellas lecturas e ideas, pues más que aventuras desarrollaba una trama filosófica. Desde la elipsis inicial, que condensa cuatro millones de años de la evolución del primate a los viajes espaciales, hasta el “renacer” del astronauta Bowman, convertido en centinela del Universo como “superconciencia” espiritual, pasando por el monolito precursor y catalizador de la aparición de la vida inteligente, conduciendo al ser humano fuera del planeta hacia una evolución superior, y el desafío de la inteligencia artificial, representado por la computadora Hal 9000 que controla la nave, al adquirir conciencia de su existencia y sufrir una “neurosis” de consecuencias fatales para la tripulación.

Por todo ello, 2001: una odisea del espacio, obra en la que Kubrick invirtió cinco años de su vida, es una película inolvidable y sin precedentes en la historia del cine, que revolucionó la cinematografía de ciencia ficción. Hasta su banda sonora, basada en la música clásica y no compuesta expresamente, guarda tan estrecha relación con las imágenes que ya nadie puede dejar de asociar “Así habló Zarathustra”, de Richard Strauss, con el filme. Pocas películas actuales del género, por no decir ninguna, más allá de la espectacularidad de los efectos especiales digitales que contenga, han llegado aún a superarla y dejar en el espectador tantas inquietudes y reflexiones. Los cincuenta años que han pasado por ella apenas la han hecho envejecer, salvo en algunas transparencias de los efectos especiales que no restan profundidad narrativa y belleza formal al conjunto. Ni qué decir tiene que sigue siendo uno de mis filmes predilectos, hasta el punto de volver a visionarla por enésima vez en cuanto ponga punto final a este artículo.
 
  

martes, 10 de abril de 2018

Titulitis


En España aún no hemos superado la fiebre de la “titulitis”, ese afán por cursar estudios universitarios que enriquezcan la formación y permitan mayores posibilidades de hallar un empleo que nos libere de las condiciones de origen. Durante décadas, familias humildes no dudaron en hacer grandes sacrificios para que algún hijo, al menos, tuviera estudios con los que escapar del destino de privaciones y estrecheces al que, como las generaciones precedentes, estaría predestinado. Con la llegada del desarrollo –económico, el político tardaría más- los padres hicieron lo imposible para que los hijos vivieran mejor que ellos y aspiraran a un futuro halagüeño que, gracias a una carrera universitaria, era factible.

Aquella situación, no obstante, ha evolucionado mucho, y no siempre para mejor. La obligatoriedad de la enseñanza y la posibilidad de becas han abarrotado las universidades. Hasta tal punto se multiplicó el número de graduados que disponer de un título universitario no garantiza, hoy por hoy, la obtención de un empleo, por saturación de la oferta. En la actualidad, muchos titulados soportan una situación de desempleo durante años o desempeñan un trabajo que no requiere los conocimientos adquiridos en una universidad. O, peor aún, hay universitarios que consiguen ejercer su profesión, poniendo en práctica sus conocimientos y formación, pero bajo contratos como becarios o remunerados en categorías inferiores a las que les correspondería por el trabajo que realmente desarrollan.

La verdad es que no existe una fórmula mágica que señale el camino más seguro para conseguir un empleo. Un título no es un cheque al portador para trabajar, ni la falta de esa cartulina certificada por una universidad impide trabajar si la formación, la capacidad intelectual y la experiencia de la persona se adecuan al trabajo buscado. Claro que, también, todo depende de lo qué queremos ser en la vida. Para ser médico, arquitecto o químico, por ejemplo, es obligatorio cursar los correspondientes estudios y obtener el título que faculta al titular como tal. Ese título, empero, no será suficiente para garantizar el trabajo en lo que se ha estudiado, pero es imprescindible para acceder al mercado laboral y profesional con posibilidades de desarrollar la carrera elegida. Estudiar es, en cualquier caso, la vía idónea para materializar unas legítimas aspiraciones, desarrollar al máximo las capacidades y habilidades que se tienen y, en función de las convicciones y valores que nos orientan, enfrentarse a un mundo en el cual, en caso contrario, nos hallaríamos a merced de una ignorancia que nos hace vulnerables a la manipulación y la instrumentalización de cualquier poder social, económico, político, religioso o cultural, y que seríamos incapaces de cuestionar o tan siquiera detectar. Este tipo de titulitis es, simplemente, afán de superación, y es aconsejable.

Cosa distinta son los que se empeñan en obtener títulos académicos con la pretensión de elevarse sobre los demás y vanagloriarse de un supuesto estatus social que los distingue de los que no tienen tales titulaciones. Se trata de una “titulitis” que afecta a aquellos que se creen superiores y supuestamente mejor preparados por poseer una titulación de la que carecen los de su entorno laboral o familiar, aunque ocupen puestos o ejerzan funciones de mayor responsabilidad que ellos con sus diplomas. Se les distingue porque suelen dictar sentencias del estilo: “no sé cómo ha llegado hasta ahí si sólo es…” (completar con la formación del criticado). Y son los mismos que piensan que un máster, por ejemplo, certifica que eres más listo o capacitado que el que no lo posee.

Posiblemente, una actitud semejante es lo que ha empujado a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, a protagonizar un escándalo que pone en entredicho su credibilidad a cuenta de un máster. Nadie entiende cómo una persona con su trayectoria y responsabilidad pone en riesgo su carrera política por un asunto motivado más por la vanidad que le proporciona la “titulitis” que por el supuesto enriquecimiento que puede aportarle a su currículo académico. Una actitud favorecida, además, por esa sensación de impunidad que sobrevuela a las altas esferas para desafiar las normas, los procedimientos y hasta las leyes, gracias a una maraña de relaciones, favores y clientelismo en la que están inmersas las élites de este país.

La señora Cifuentes ha cometido, por lo que parece, irregularidades muy graves por añadir a su formación de Licenciada en Derecho la realización de un máster que no ha cursado en realidad. La investigación periodística de dos medios de comunicación ha revelado múltiples irregularidades y falsificaciones en los datos aportados por la presidenta de Madrid para avalar que realmente cursó unos estudios de posgrado, que exigen 600 horas presenciales. Según revelan los medios y se confirma después, se formalizó la matrícula fuera de plazo (tres meses después de iniciado el curso), el acta de notas de dos asignaturas fue alterada para reemplazar sendos “no presentado” por la calificación de “notable”, dos profesoras afirman que sus firmas han sido falsificadas en un acta que ellas no han firmado, el director del máster reconoce públicamente haber “reconstruido” el acta a instancias del rector, y, finalmente, que no aparece, ni en la Universidad ni en la casa de tan destacada alumna, el trabajo fin de máster (TFM) que debía realizarse para poder aprobarlo. Y como colofón, ninguno de quienes fueron compañeros de clase de Cristina Cifuentes recuerda haberla visto por las aulas ni asistir a los exámenes. En resumidas cuentas, un asunto, más que feo, sintomático de esa patología de la “titulitis” que todavía afecta a personas que no precisan adornar con un título adicional su competencia profesional. O eso creíamos.

Porque la presidenta Cifuentes, empeñada en defenderse a costa de socavar el prestigio de la Universidad y la dignidad de las instituciones, supuestamente cursó ese máster de Derecho Público del Estado Autonómico en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, entre 2011 y 2012. Entre tanto, era nombrada Delegada del Gobierno en la Comunidad madrileña y, tres años más tarde, en 2015, Presidenta del Gobierno de esa Comunidad Autónoma. Para ninguno de esos cargos públicos necesitaba el máster en cuestión, a menos que estuviera preparando con antelación visionaria su currículo para cuando accediera al Gobierno de la Comunidad. No era requisito para su ascenso. Y menos aún cuando, tras los escándalos de corrupción en los que se ha visto envuelto el Gobierno madrileño y los que afectan a otros dirigentes de su partido, Cristina Cifuentes ha pretendido representar la regeneración, la transparencia y la honestidad en una Comunidad que ha visto a una expresidenta dimitir por rodearse de corruptos, y a un expresidente, varios exconsejeros y diversos alcaldes ir a la cárcel por delitos de corrupción. Y que por todo ello, los ciudadanos retiran progresivamente su apoyo al Partido Popular, el partido al que pertenece la señora Cifuentes. De ahí que negar la mayor, pillada en falta, haya sido su primera y errónea reacción. No la han cogido robando, malversando fondos o traficando con contrataciones públicas a cambio de financiación ilegal o sobornos, pero ha sido sorprendida participado de ese hábito corrupto de obtener acreditaciones académicas con amaños y chanchullos. Dejada llevar por la titulitis, no se ha comportado con la honradez y la honestidad que exigía a los demás y de las que pretendía ser ejemplo en política. Ha sido pillada en sus propias contradicciones e hipocresías. Algo muy feo y que le pesará, por culpa de la titulitis patológica que padece.