lunes, 8 de agosto de 2016

Bueno y mártir

La actualidad española se caracteriza por el inmovilismo y la desaparición de un pensamiento crítico que no se deja engatusar por la propaganda política y que cuestiona la realidad. Y la realidad es que sobrevivimos a un Gobierno en funciones en el que su presidente sigue mostrándose como un mártir ante los ciudadanos porque no le dejan gobernar pese a no tener votos suficientes para ello. Exige el mártir de la Moncloa que toda la oposición no haga oposición y le permita seguir impulsando iniciativas lesivas para los humildes que poco tienen (sólo trabajo y se lo quitan) pero beneficiosas para los que acaparan riquezas y negocios.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo salir de esta situación de inmovilidad y desidia en la que unos y otros siguen enrocados en sus posiciones iniciales, salvo Ciudadanos que, para demostrar el giro copernicano de sus planteamientos electorales, ahora acepta que Rajoy, el implicado en la corrupción de su partido, continúe al frente del Ejecutivo pero sin apoyarlo explícitamente, sino mediante la abstención de sus votos. Un sí pero no con el que intenta camuflar sus veleidades ideológicas, aquellas con las que apoyaba ayer un acuerdo con los socialistas del PSOE, y hoy, una `entente´ con los conservadores del PP. Así, pretende presentarse como garante de la gobernabilidad sin mojarse en apoyar abiertamente con un voto afirmativo a sus afines ideológicos. Además, exige que el PSOE, que se mantiene en sus trece desde diciembre pasado, pase del “no” a la abstención, única posibilidad, tras el “no” de las formaciones nacionalistas, de que el cambalache PP-C´s salga adelante. El mártir, mientras tanto, aguarda pasivamente que el Gobierno le caiga del cielo como fruta madura sin hacer nada, sin negociar, sin ceder, sin buscar acuerdos puntuales o de legislatura, y limitándose a meter miedo: que si los presupuestos, que si el techo de gasto, que si la multa de Bruselas, que si las pensiones, que si los funcionarios, etc. Ahora se acuerda de todos esos colectivos a los que ha castigado en la pasada legislatura con sus recortes, ajustes, congelaciones de sueldo y pensiones y demás durísimas medidas de austeridad que nos han llevado a donde nos han llevado: a la precariedad absoluta en todo, en salarios, trabajo y en expectativas de que nuestros hijos vivan mejor que nosotros. Encima, el mártir pretende que todos le apoyen para continuar aplicando la misma política y las mismas recetas…

Y los que piensan en serio en lo que somos y lo que hacemos, en cómo nos quedamos embobados con la basura audiovisual e idiotizados con la propaganda, los que reflexionan sobre el papel de los mitos y las instituciones en nuestras vidas, los que analizan la sopa boba que nos tragamos sin rechistar mediante el simulacro de información, democracia o creencias con que nos manejan, esos pensadores se mueren sin que nadie los eche de menos y sin los tumultos que se organizan en los velatorios de cualquier chiquilicuatre de la farándula que, después de robar a todo el mundo, quiere pasar por patriota o artista de sensibilidad especial. Así, en esta España de constantes vitales en funciones, hasta los cementerios también parecen estar en funciones mortuorias para acoger a pensadores honestos que fallecen hartos de vivir y de pensar, como Gustavo Bueno, un filósofo que pocos han leído y ningún político que se cree ilustre se ha dignado condecorar para evitar el sonrojo de que le pongan la cara colorada con los recortes en educación y las iniciativas para arrinconar la filosofía en los planes de estudio. Por eso este país no tiene costumbre de pensar: se hace lo imposible por erradicar tan peligroso hábito… 

No extraña tanta ignorancia oficial y popular con un hombre que se preocupaba por “La influencia de la religión en la sociedad española” y sacaba las tripas de la telebasura con su obra “Telebasura y democracia”, entre otros asuntos que diseccionó con su pensamiento crítico, poco vulnerable al conformismo y la estulticia.

La instantánea actual de nuestra realidad es, pues, esa España buena y mártir, un país caracterizado por los extremos de la más alta racionalidad que se manifiesta en un pensamiento crítico, tan bueno como inútil, y la más baja mediocridad que apela a las emociones, no a la razón, tan útil como infame para disfrazarse de mártir y seguir defendiendo intereses de clase y un modelo sectario de sociedad, en el que unos pocos viven a cuerpo de rey mientras la mayoría las pasa canutas. Una España buena y mártir.

viernes, 5 de agosto de 2016

¿Qué dirá Lobo?

Se ha desatado cierta polémica por la decisión de unos padres en querer llamar a su hijo `Lobo´, lo que, en principio, no fue aceptado en el Registro judicial, aunque finalmente, tras la presentación de un recurso ante la Dirección General de Registro y del Notariado, permitiera la inscripción. Afirman esos padres que la lucha por imponer ese nombre al hijo que acababa de nacer fue una auténtica “pesadilla”, por lo que confían que ello sirva de precedente para que no vuelva a ocurrir. Ya consta el nombre de Lobo en el Libro de Familia y sólo resta aguardar unas décadas para saber si quien va a llamarse así el resto de su vida estará contento con esta decisión de sus papás. De toda esta historia, y de otros casos similares, lo que llama la atención no es la singularidad del nombre, sino esa libertad de los progenitores para imponer cualquier nombre a sus hijos sin pensar si estos en el futuro estarán conformes con el mismo. En toda esta polémica, nadie ha defendido al niño, que ha sido tratado como un objeto que es susceptible de ser nominado como apetezca a sus padres, ni se ha estimado el derecho de poder modificarlo, si así lo desea, cuando cumpla la mayoría de edad, cosa harto improbable por el peso de la costumbre y para evitar disgustos a quienes escogieron su nombre.

Hay que tener en cuenta que, en esto de poner nombre a los vástagos, muchos padres se dejan llevar por la moda, la actualidad de personajes famosos o por hechos especialmente destacados que trasladan al nombre de sus hijos. Cada época genera nombres propios curiosos que, décadas más tarde, nadie recuerda su procedencia pero marcan la identidad de quien los lleva en el DNI. Son los Heidi, Shakyra, Desiré, Vanesa, Kevincostner o Supermán, entre otros. También existen nombres que simplemente obedecen a tradiciones familiares que han de heredar los sucesores, como Dolores, Petronila, Salustiano, Silverio, Rafaela, Gumersindo, Sinforosa, etc. Entre los nombres propios que, como Lobo, son al mismo tiempo nombre común de animal, están Paloma, León, Delfín, Alondra, Águila y hasta Rana. Incluso, en un alarde de supuesta originalidad, hay personas cuyos padres las han condenado a responder cada vez que escuchen nombres tales como Canuto, Arquímedes, Afrodisia, Sindética, Prepedigna, Austridiniano y otros de impronunciable y cuestionable “sonoridad”.

Si a ello añadimos la aleatoria adición de un apellido que puede aumentar la excentricidad o la comicidad de un nombre, podemos concluir que los padres perpetran en muchas ocasiones un verdadero atentado a la hora de nombrar a sus hijos. En cualquier caso, lo que hace atractivo o feo un nombre no es el sustantivo en sí, sino la persona a la que identificamos con él. Nombres hermosos nos parecen repudiables porque nos recuerdan a personas desagradables. Y, por el contrario, nombres “raros” nos parecen afortunados porque pertenecen a seres que consideramos agradables y buenos. Quiere decirse que, más allá de la palabra que escojamos para poner nombre a un hijo, lo importante es la crianza y la educación que le proporcionemos, pensando siempre en su bienestar y futuro. Si, encima, procuramos evitarles que su nombre sea un factor de disgustos y extrañeza en el contexto cultural en que nos desenvolvemos, mejor aún: menos problemas y obstáculos hallará en su vida. Por ello, de toda esta historia, me quedo con las ganas de saber qué dirá Lobo dentro de veinte años.  

jueves, 4 de agosto de 2016

Entre la bella y la bestia

El título es una exageración, a qué negarlo, porque ni Hillary Clinton es precisamente una beldad –nunca lo ha sido- ni Donald Trump es totalmente una bestia, aunque lo parezca. Pero el titular sí sirve para, de una manera simplista, describir gráficamente las opciones que se enfrentan en las presidenciales de Estados Unidos, elecciones importantes para ellos y trascendentales para los países que dependemos de, y giramos en torna a, la única Gran Potencia mundial. Ambos candidatos, ya confirmados en las convenciones de sus respectivos partidos, se disputarán el próximo 8 de noviembre el sillón del Despacho Oval de la Casa Blanca y el vencedor asumirá el cargo de Comandante en jefe del Ejército más poderoso del planeta, con bases en todo el mundo. De esta manera, el bocazas de Trump podría ser el portador del maletín nuclear y declarar la guerra a todos aquellos pueblos que desprecia y desea eliminar del mapa (hispanos, musulmanes, chinos, etc.) o la antipática Clinton, que es incapaz de ocultar su asombro ante las imágenes espectaculares de sus escuadrones de élite en plena acción, ser la primera mujer que rompe el último techo de cristal que parecía inasequible a una real igualdad entre el hombre y la mujer, y hacerse con la presidencia de un Gobierno histórica y exclusivamente dirigido por hombres. Que una mujer llegue a ser presidenta de EE.UU. es algo que misóginos como Trump no toleran y, por ello, son capaces de reclamar la ingerencia de una potencia extranjera para que espíe y divulgue los correos electrónicos privados de la candidata demócrata, cuando era Secretaria de Estado, con tal de desprestigiarla. Estos son los talantes entre los que pivota la próxima presidencia de Estados Unidos de América.

Entre ambos talantes, nadie en su sano juicio escogería al candidato republicano cuya nominación primero ha abochornado a los sensatos, luego ha asombrado a los incrédulos y finalmente ha atemorizado a todos aquellos que adivinan el peligro que supone un presidente populista, demagogo, engreído, ignorante y bocazas que se cree capaz de arreglar de un plumazo y con medidas radicales todos los problemas a los que se enfrenta no sólo su país, sino el mundo entero. Un candidato que es tachado de irresponsable porque ha llegado a decir que estaría dispuesto a usar armas nucleares para combatir el terrorismo y que cambiaría las leyes para permitir la tortura como forma de obtener información de los terroristas. Y es que la carrera electoral de Donald Trump ha estado dominada por los insultos, las mofas sobre los que disienten de él y las provocaciones groseras a los que no le ríen las gracias: mujeres, minorías raciales, intelectuales, el “establishment” político, su concepto de política exterior, la élite económica y hasta los medios de comunicación y los periodistas, a los que expulsa cada dos por tres de sus ruedas de prensa. Con tal ilustrado bagaje, no es de extrañar que el mejor argumento que ha podido encontrar para atacar a su contrincante Clinton sea el de compararla con el mismísimo diablo. Fiel a su estilo, casi todas las manifestaciones del magnate Trump son escandalosas, exageradas y pertenecen al género de los exabruptos. Todo un personaje mediático que ha sabido captar la atención y la confianza de amplios sectores de la población, en los que reina el descontento por los problemas económicos y sociales y por las expectativas de primacía global de su país, hasta auparle a disputar la presidencia a una ortodoxa de la política norteamericana como es Hillary Clinton.     

Por su parte, Hillary Clinton es la segunda vez que intenta conquistar la presidencia de Estados Unidos. Ya en 2008 compitió y perdió en primarias frente a Barack Obama, quien sin embargo la rescató como Secretaria de Estado de su Gobierno. Esta licenciada en Derecho, que cursó estudios en Yale y Cambridge y fue catalogada entre las 100 mejores abogadas más influyentes en los años 1975 a 1991, tiene un amplio historial de activista y ambición política que se visualiza en su carácter: fría, antipática y dura. Como esposa del expresidente Bill Clinton, ha estado vinculada a la política desde que su marido era gobernador de Arkansas en la década de los setenta del siglo pasado, cuando ya dirigió una comisión especial sobre la reforma sanitaria, asunto que volvió a impulsar infructuosamente desde la Casa Blanca. Esa “sensibilidad” social queda de nuevo de manifiesto en su programa electoral al propugnar un salario mínimo a los trabajadores, abolir la pena de muerte y apoyar las medidas migratorias impulsadas por Obama y que tanto “escuecen” a su contrincante Trump. Ella es la candidata que más se ha preocupado por la situación de las mujeres y los inmigrantes, prometiendo políticas que respalden sus derechos y corrijan las desigualdades que aun padecen. También es partidaria de regular el mercado financiero y de instaurar medidas que eviten los desafueros que acaban transformándose en crisis económicas que pagan finalmente quienes no tienen culpa. Y en política exterior, con la visión de primera mano que le confiere su paso por la Secretaría de Estado, parece dispuesta a recurrir más a la acción que a la negociación siempre que ello sea ineludible, se muestra favorable a combatir el ISIS con fuerzas regionales antes que con tropas norteamericanas y apoya la solución negociada entre Israel y Palestina en conformidad con las resoluciones de la ONU.

La comparación de sus programas electorales evidencia las enormes discrepancias que caracterizan dos visiones opuestas de la realidad y de los proyectos con que pretenden abordarla sus candidatos. El magnate Trump confía en su experiencia empresarial, nula en política, para dirigir la nación y encarar los problemas a que se enfrenta, apelando a un patrioterismo ramplón de medidas extremas, como levantar un muro en la frontera con México para evitar la inmigración irregular, y a la fuerza, con tortura incluida, para combatir el terrorismo, como si este fuera un enemigo visible al otro lado de la trinchera. Frente a él se sitúa la exsenadora Clinton, que promete dar prioridad a la recuperación económica, sobre todo de los sectores más desfavorecidos, y potenciar desde el gobierno valores que estima duraderos, como la libertad, la igualdad, la justicia y la oportunidad.

Es desde el punto de vista de sus ideas, talantes y propuestas que la comparación entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el candidato republicano Donald Trump parece la misma que entre la bella y la bestia. Son como la noche y el día, no sólo en lo físico o estético, sino en lo ideológico y ético. Confiemos que la sensatez, la racionalidad y el sentido común guíen a los votantes que elegirán al próximo presidente de USA. Nunca nos hemos jugado tanto en unas elecciones presidenciales norteamericanas.

lunes, 1 de agosto de 2016

Agosto

     
Si hay un mes que signifique vacaciones es este. Agosto es el mes que escoge la mayoría de la gente para su descanso anual, ya sea un descanso retribuido o no. Algunas personas reservan unos días para escapar a la playa, la montaña, la casa familiar en el pueblo de origen o todo ello alternativamente. Otros aprovechan la totalidad del mes para quedarse en sus hogares sin más ocupación que la de dejar transcurrir las jornadas plácidamente y entregarse al ocio que puedan permitirse. Los hoteles, las viviendas de alquiler, las casas rurales, los medios de transporte (tren, avión, coches, barcos), bares y restaurantes hacen su “agosto” obteniendo la mayor parte de sus ganancias gracias al turismo de vacaciones que se concentra en este mes de forma preferente. Las ciudades de interior, en cambio, se quedan medio vacías y aletargadas a causa de esa huida vacacional de la población y el cierre temporal de muchos establecimientos. Aunque en julio se producen, por lo general, los picos de calor más elevados, agosto es un mes tórrido en que los días comienzan tímidamente a menguar y la amenaza del pedrisco inquieta a unos agricultores prestos a recoger sus cosechas. Se trata del octavo mes del año que aparenta ser, por esa interrupción que ocasiona en la actividad humana, la linde que lo divide por la mitad cuando en realidad nos aboca al último tercio del calendario. Agosto y ocio predisponen al “sprint” final de un ciclo con ilusiones y ánimos renovados para... seguir haciendo lo mismo. Porque el que hoy comienza es un mes para descansar, no para hacer mudanza ni cambios importantes en la vida. Para eso está el resto del año. Que lo disfruten quienes hoy inician sus vacaciones.