He cumplido un año de abuelo, un tiempo nuevo que se vive con ansias de detenerlo para que no transcurra a la velocidad de los hijos. En estos meses sigo con deleite el crecimiento de una nieta que cumple ya su primer año de vida y de otra que tiene seis meses. Ambas te sitúan en una perspectiva extraña, porque de repente te das cuenta de lo mayor que eres, y agradable por volver a servir, con la comodidad de una responsabilidad delegada a ratos, de timón para unas criaturas que se aferran con fuerza a tu cuello confiando en tu seguridad y te transmiten la felicidad de su alegría cuando te tiran los brazos al verte. Es una trampa de la memoria que no recuerda cuando tus propios hijos te miraban con idénticos ojos luminosos de inocencia, haciéndote sentir el peso abrumador de un compromiso indelegable y permanente. Sin esa carga, los nietos despiertan unos sentimientos que no se supieron o pudieron disfrutar con plenitud con los hijos. Por eso, este primer año de abuelo es un gozo que se evapora como un suspiro en cuanto se exhala. Los nietos vuelven a llenarnos de satisfacciones remotas y dulces, como los sueños.
martes, 5 de julio de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
A la defensiva
Se quedaba en silencio en la cama mientras observaba lo que le hacíamos. No iniciaba ninguna conversación y se limitaba responder a las preguntas, en un diálogo que más parecía un interrogatorio. Sus ojos eran inquietos y escudriñaban cuánto sucedía a su alrededor. Era un hombre de mediana edad, rasgos acusados y semblante serio, como si estuviera huyendo, escapando de cualquier infortunio. Al inquirir sobre su procedencia, contestaba que era sudamericano pero que llevaba muchos años viviendo en España. Si te interesabas por su estado civil, te aclaraba que estaba casado con una española. Y si le preguntabas por la enfermedad, te informaba que siempre había sido un hombre sano y fuerte que de pronto sintió una pérdida progresiva de fuerzas. Todas sus respuestas sintéticas venían acompañadas de una oportuna y breve aclaración. De igual modo aseguró tener hijos y un trabajo que eran fruto de su honestidad y confianza en el futuro. Cuando le advertimos de la necesidad de amputarle algunos dedos necrosados del pie, arguyó que aquellas prolongaciones negras que la enfermedad le estaba causando no le dolían y que apenas eran útiles para conservar su trabajo. Aquellas respuestas a la defensiva delataban a un hombre temeroso de su suerte y en alerta constante ante cualquier contingencia que pudiera afectarle. Se sentía como un animal acorralado. Por eso no se fiaba ni de los médicos que trataban de curarlo.
sábado, 2 de julio de 2011
La crisis del nuevo rico
Que “no hay mal que por bien no venga” es un refrán popular que podría aplicarse a determinados aspectos de la grave crisis financiera que estamos padeciendo en España. No me refiero, evidentemente, al paro y estancamiento de la economía que tantos problemas está causando a una gran parte de la población que necesita del apoyo y la solidaridad que el Estado pueda brindar. El empobrecimiento que, en mayor o menor medida, afecta al país en su conjunto también ha obligado a desprendernos de ciertos comportamientos a los que nos habíamos habituado con alegre fruición, a renunciar de un dispendio que contagió no sólo a los ciudadanos concretos, sino también al Gobierno de la nación.
En aquellos tiempos previos al estallido de la crisis, sólo los tontos tenían miedo a formalizar hipotecas de 40 ó 70 millones de pesetas que los bancos concedían a quien tuviera el aval de un sueldo de mil euros. Mezclo intencionadamente ambas monedas, pesetas y euros, para que comparemos conociendo el valor de una y otra cantidad, únicamente compatibles si los vencimientos de los préstamos se dilataban a 30 y 40 años o se tenía la certeza de una revalorización inmediata y constante del inmueble. En esa borrachera, muchos se pillaron los dedos con casas que hoy no pueden pagar ni vender a esos precios astronómicos que, en ningún caso, el banco renuncia a cobrar, aunque embarguen la vivienda por debajo del valor de tasación.
Pero si grave es enfrentarse a esta realidad, más onerosas son algunas de las iniciativas gubernamentales que supusieron el gasto de ingentes cantidades de dinero público que hoy resulta injustificado. Porque si, por un lado, es comprensible que personas humildes, en medio de aquella situación, sucumbieran a la tentación de aceptar las ofertas que ofrecían entidades financieras y un mercado de la vivienda sumamente dinámico, es, por otro, de todo punto inconcebible que técnicos y expertos estatales de inversión y equipamientos planificaran infraestructuras, sin estudios previos de ocupación, que se demuestran ruinosas e inútiles. Ello debería ser delito.
Me estoy refiriendo a inversiones millonarias que se tiraron a la basura. La línea de alta velocidad que une las capitales de Albacete, Cuenca y Toledo, con una media de siete pasajeros por trayecto y que costaba 18.000 euros diarios de mantenimiento, ha tenido que cerrarse a los seis meses de servicio, justo después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo pasado. Nadie se ha dignado a aclarar aún cuánto costó construir ese tren en Castilla-La Mancha, aunque el responsable de viajeros de Renfe, en un descuido de sinceridad, ha reconocido que su diseño fue debido a requerimientos de los alcaldes que demandaban la alta velocidad para sus municipios, en detrimento, nos tememos, de otras líneas convencionales a localidades con necesidad real de comunicación y mayor demanda.
Pero entonces éramos ricos, todos queríamos chalets y trenes AVE desde cualquier pueblo, y el país en aquel momento creía que podía permitírselo. Sin embargo, con la llegada de la crisis aquellos excesos deberán ahora pagarse. Al trabajador le quitan la casa, al banco le conceden ayudas para que siga prestando sin tanta alegría dinero y el tren se elimina sin que nadie admita responsabilidades. Mientras a unos se les exige la devolución de préstamos, otros pueden dilapidar recursos que hubieran sido más “rentables” en educación o sanidad, por ejemplo. Nos comportamos como nuevos ricos e hicimos demostración de nuestro “poderío”. Así que, si algo bueno se deriva de la crisis, confío en que sea el haber aprendido a no vivir por encima de nuestras posibilidades, ni como personas ni como país.
En aquellos tiempos previos al estallido de la crisis, sólo los tontos tenían miedo a formalizar hipotecas de 40 ó 70 millones de pesetas que los bancos concedían a quien tuviera el aval de un sueldo de mil euros. Mezclo intencionadamente ambas monedas, pesetas y euros, para que comparemos conociendo el valor de una y otra cantidad, únicamente compatibles si los vencimientos de los préstamos se dilataban a 30 y 40 años o se tenía la certeza de una revalorización inmediata y constante del inmueble. En esa borrachera, muchos se pillaron los dedos con casas que hoy no pueden pagar ni vender a esos precios astronómicos que, en ningún caso, el banco renuncia a cobrar, aunque embarguen la vivienda por debajo del valor de tasación.
Pero si grave es enfrentarse a esta realidad, más onerosas son algunas de las iniciativas gubernamentales que supusieron el gasto de ingentes cantidades de dinero público que hoy resulta injustificado. Porque si, por un lado, es comprensible que personas humildes, en medio de aquella situación, sucumbieran a la tentación de aceptar las ofertas que ofrecían entidades financieras y un mercado de la vivienda sumamente dinámico, es, por otro, de todo punto inconcebible que técnicos y expertos estatales de inversión y equipamientos planificaran infraestructuras, sin estudios previos de ocupación, que se demuestran ruinosas e inútiles. Ello debería ser delito.
Me estoy refiriendo a inversiones millonarias que se tiraron a la basura. La línea de alta velocidad que une las capitales de Albacete, Cuenca y Toledo, con una media de siete pasajeros por trayecto y que costaba 18.000 euros diarios de mantenimiento, ha tenido que cerrarse a los seis meses de servicio, justo después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo pasado. Nadie se ha dignado a aclarar aún cuánto costó construir ese tren en Castilla-La Mancha, aunque el responsable de viajeros de Renfe, en un descuido de sinceridad, ha reconocido que su diseño fue debido a requerimientos de los alcaldes que demandaban la alta velocidad para sus municipios, en detrimento, nos tememos, de otras líneas convencionales a localidades con necesidad real de comunicación y mayor demanda.
Pero entonces éramos ricos, todos queríamos chalets y trenes AVE desde cualquier pueblo, y el país en aquel momento creía que podía permitírselo. Sin embargo, con la llegada de la crisis aquellos excesos deberán ahora pagarse. Al trabajador le quitan la casa, al banco le conceden ayudas para que siga prestando sin tanta alegría dinero y el tren se elimina sin que nadie admita responsabilidades. Mientras a unos se les exige la devolución de préstamos, otros pueden dilapidar recursos que hubieran sido más “rentables” en educación o sanidad, por ejemplo. Nos comportamos como nuevos ricos e hicimos demostración de nuestro “poderío”. Así que, si algo bueno se deriva de la crisis, confío en que sea el haber aprendido a no vivir por encima de nuestras posibilidades, ni como personas ni como país.
viernes, 1 de julio de 2011
Ánimos de julio
Comienza oficialmente la temporada de vacaciones, de la búsqueda de rupturas de la cotidianeidad que nos hagan el año menos monótono y más llevadero, como si pudiésemos escapar de las inercias que nos conducen del nacimiento al polvo sepulcral. El calor despierta nuevos ánimos que el sudor se encarga de limpiar de una piel cuarteada por tantas insolaciones inútiles. Sin embargo, cada temporada enciende la ilusión rediviva de hallar el camino propio a la felicidad, al encuentro al fin de uno mismo, la propia manera de ser. Mi camino jamás recorrido.
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