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sábado, 21 de diciembre de 2019

Boris Johnson, el Brexit y la desinformación


Boris Johnson ha conseguido una victoria rotunda en las elecciones generales del Reino Unido del pasado 12 de diciembre y dispondrá de una holgada mayoría absoluta en el Parlamento británico para acometer definitivamente la salida del país de la Unión Europea. El partido conservador, con el locuaz líder que ha revalidado el cargo, ha arrasado, incluso, en aquellas circunscripciones que tradicionalmente votaban socialista, no gracias a la charlatanería del político “tory”, sino por el rechazo que provocaba el líder izquierdista, Jeremy Corbyn, incapaz de mantener un criterio claro sobre el dichoso Brexit e intentar disimularlo con propuestas extemporáneas que acabaron infringiendo la mayor derrota al Partido Laborista desde 1935. Es así como el primer ministro de pelo alborotado sólo precisó de no meter mucho la pata para atraer en torno a su candidatura a los descontentos de uno y otro lado, tanto de los partidarios de abandonar ya la UE como de los que confiaban permanecer en ella, en la esperanza común de dar carpetazo a un embrollo que mantiene dividida a la sociedad inglesa y que se alimenta de falsas promesas, cuando no de burdas mentiras.

Tantas son las leyendas, exageraciones y desinformación que, cual capas de cebolla, han estado engordando la propuesta del Brexit, desde mucho antes del referéndum de 2016, que, lo que no consiguieron políticos serios de anteriores gobiernos en agotadoras negociaciones y votaciones, lo ha logrado un populista simpático, charlatán y embustero con la promesa de abandonar las instituciones comunitarias el próximo 31 de enero y aumentar significativamente las inversiones públicas, sobre todo en sanidad y gasto social, para compensar la “desconexión” económica y la polarización de los ciudadanos.

Ha sido una campaña intensa de demagogia que ha tenido la ayuda, sin que sea tachada de injerencia, del “siamés” norteamericano, Donald Trump, con sus reiteradas invitaciones a establecer el mayor tratado de libre comercio jamás firmado entre ambos países, una vez que el Reino Unido haya soltado amarras con la UE, naturalmente. Sin disimular su entrometimiento, el aliado americano proponía que se desentendiera de Europa para que se atara a EE UU y priorizar, así, unas relaciones bilaterales que sustituyeran el multilateralismo que predica Europa. Solos y desunidos en vez de compartir el proyecto común europeo. Y, si no se produce un milagro, el Reino Unido de Boris Johnson va a seguir el consejo y abandonará la Unión Europea, gracias a la labor de los euroescépticos y los populistas, cuyas promesas saben ganarse a los descontentos e insatisfechos en nuestras “líquidas” sociedades modernas.

Pertenecer a un club, como es la Unión Europa, sin disfrutar de privilegios no les parece ventajoso a los renegados ingleses que se disponen a dar el portazo. Y para justificarse, aseguran que todos los problemas de Gran Bretaña son por causa de su adhesión a la UE. O de los otros, los demás, los de fuera, focalizados en el inmigrante, la globalización, las decisiones de Bruselas, una diversidad que nos hace temer por la propia identidad, etc. Es el argumentario de todos los populismos ultranacionalistas, de izquierdas o derechas, con sus promesas de soluciones simples para los complejos problemas que afectan a sus naciones, y que, sin tener que demostrar su viabilidad, consiguen atraerse a los indecisos, a los castigados por todas las crisis (política, económica, social, religiosa, cultural), a los parados, a los xenófobos y hasta a los que predican la “esencia” racial y cultural de la que se erigen valedores.

El premier inglés ha sabido manejar el oportunismo populista y la manipulación descarada para ganarse el éxito en esas elecciones. Y no ha dudado en hacer uso de la mentira para conseguir sus propósitos, como ya venía haciendo desde que era un simple periodista contrario a la Unión Europea. Va a hacer ahora como primer ministro lo que hacía como periodista, cuando era corresponsal en la Capital europea: no dejar que los hechos le estropearan su relato. El cúmulo de invenciones y mentiras de su historial periodístico haría avergonzar a cualquier estudiante de Comunicación. A él le ha servido para transitar desde el euroescepticismo a Downing Street, sin cambiar de estilo y sin despeinarse, si esto último no fuera un sinsentido.

De ahí que, entre sus objetivos, figure también, junto al Brexit, “tener a raya” a la BBC, el ente público audiovisual inglés de sobrada reputación por su neutralidad informativa y calidad técnica. Y es por ello, por esas cualidades profesionales, que Johnson ha ordenado que ninguno de sus ministros acuda a un programa informativo de Radio 4, una de las emisoras de la corporación. No perdona que la BBC no expresara un apoyo menos neutral a su candidatura y al Brexit. Vamos: que no se aviniera a manipular como él solía en sus tiempos de reportero. Y que fuera públicamente puesto en evidencia cuando un prestigioso entrevistador de la cadena le reprochó en directo, señalando todas las preguntas que pensaba formularle, que no hubiera querido participar en el programa, como hicieron los demás candidatos. Boris no fue porque sin demagogia y bulos no sabe responder a quien no se deja engañar con artificios verbales.

Pero es lo que han votado los ingleses, atrapados en el barrizal de las mentiras del Brexit y seducidos por la capacidad manipuladora de un oportunista populista. Por muchas promesas patriótico-populistas que haga, ahora tendrá que bregar con la realidad que entraña una nueva relación del Reino Unido con la UE, un futuro acuerdo comercial, otros tratados de defensa y seguridad, reelaborar intercambios educativos, financieros y empresariales, coordinar la protección de datos, etc. Ahora queda lo difícil y que difiere de aquellas exageraciones sobre la rapiña de Europa, los burócratas de Bruselas, las cesiones de soberanía, los mercados encorsetados y tantas otras patrañas aireadas para camuflar motivaciones ideológicas de los que están decididamente en contra del proyecto común europeo, aunque beneficie a sus países. Con el Brexit, la elección de Boris Johnson y la desinformación de la que se valen, percibimos con claridad las intenciones de estos populismos oportunistas y a lo que debemos enfrentamos en nuestras confiadas democracias. Vemos cómo nos manipulan y mienten.

miércoles, 5 de junio de 2019

Trump en Reino Unido


¿A qué va Donald Trump al Reino Unido? El momento de la visita no podía ser más inoportuno: con la primera ministra británica dimitida, aunque en funciones, y con el problema del Brexit más enconado que nunca, sin acuerdo para una salida “ordenada” de Inglaterra de la Unión Europea. Como si escogiera la fecha adrede, el presidente de EE UU parece que ha ido a Gran Bretaña a echar gasolina al fuego y pavonearse ante la reina como un vaquero que aprecia más sus reses que a sus vecinos y que desprecia lo que ignora, aunque lo lleven a un concierto de música clásica, rodeado de lores y demás aristócratas ingleses. El presidente-empresario, cuyo mérito ha consistido en amasar una fortuna que le ha permitido codearse con lo más rancio del partido republicano para, con “ayuda” soviética y de la mano de Steve Bannon, auparse a la Casa Blanca y vestir la chaqueta de comandante en jefe del mayor y más poderoso ejército del mundo. No es triunfo despreciable, pero para el que no está capacitado. Y lo demuestra cada vez que abre la boca, escribe un tuit o hace una visita al extranjero, como ésta a la pérfida Albión.

Fiel a su estilo faltón y provocativo, el más extraño a los usos diplomáticos, Trump “caldeó” su visita publicando tuits ofensivos contra el alcalde de Londres, Sadiq Khan, al que calificó de “perdedor irrecuperable”, por haber criticado su visita, y de ser un alcalde terrible para la ciudad, tal vez porque en ella no se producen las periódicas matanzas que protagonizan los norteamericanos que poseen armas de fuego. En otro mensaje aconsejaba al Gobierno británico abandonar la UE, sin pagar ninguna factura, y cuestionaba a la premier Theresa May por su fracaso en las negociaciones del Brexit, motivo de su dimisión, al tiempo que mostraba sin recato su apoyo al euroescéptico Boris Johnson como sucesor de ella en Downing Street. También se permitía recomendar al eurófobo Nigel Farage -líder del partido ultranacionalista que provocó el referendo de la discordia, para responder con “taza y media” a los negociadores burócratas de Bruselas. Esta es su manera de tratar a los anfitriones de su visita oficial al Reino Unido, con una cortesía propia en establos, además de mostrar su particular visión sobre las relaciones internacionales y la consideración que le merecen los países aliados de EE UU. Aquella regla no escrita de la diplomacia, relativa a obviar en las visitas de Estado cualquier alusión que pueda considerarse una intromisión en los asuntos internos del anfitrión, ha sido olímpicamente pisoteada por el impulsivo presidente Trump. A él no le van las sutilezas.

Claro que su comportamiento tampoco ha cogido por sorpresa a nadie. A estas alturas de su mandato, el mundo entero conoce al procaz presidente norteamericano y su forma de proceder, en la que no escatima insultos, amenazas y descalificaciones groseras para conseguir sus propósitos. Con esa estrategia ha ido al Reino Unido, obsesionado por conseguir que el país consuma su separación de la Unión Europea, ofreciéndole para ello el mejor y más goloso acuerdo bilateral de ayuda comercial jamás firmado entre ambos países, como si el resto de Europa sea el enemigo. Es la misma estrategia que está llevando a cabo con su plan-haraquiri de Palestina, a la que también promete ayuda futura, si firma la rendición que su yerno le ofrece para acabar con su conflicto con Israel, al que todo le consiente sin rechistar. En suma, es su forma de hacer negocios: presionar, amenazar y chantajear. Y cree que gobernar se hace de igual modo.

Los ingleses deberían tener en cuenta, antes de firmar nada, la validez que Trump concede a los acuerdos y tratados que asume, como el de Libre Comercio con México y Canadá, el cual ignora a la hora de elevar arbitrariamente los aranceles de lo que importa del país centroamericano para chantajearlo por el problema migratorio. Ni la palabra ni la firma del actual presidente norteamericano sirven para garantizar ningún compromiso, sea económico o político, que permita unas relaciones entre países en condiciones de respeto y equidad. Ya lo demostró con el abandono del Acuerdo sobre el Cambio Climático, su desvinculación con el suscrito con Irán para el control de su plan nuclear y hasta con su denuncia del Tratado de limitación de misiles balísticos con Rusia. Su “America first” se traduce como “el negocio, lo primero”: ganar en todos los campos en los que EE UU está implicado, aunque ello comprometa el equilibrio y la convivencia pacífica entre las naciones.

Y por eso va al Reino Unido: a apoyar, prometiendo en tal caso un acuerdo “fenomenal”, un Brexit duro cuestionado por una mayoría de ingleses -de ahí las resistencias a celebrar un segundo referendo-, y que debilita el proyecto de una Europa unida, a la que combate por todos los medios posibles y a la que amenaza con represalias si continúa con los planes para dotarse de una fuerza militar conjunta y autónoma que de alguna manera escape de la dependencia, no militar pero sí comercial, con la poderosa industria armamentística yankee. Más que la seguridad, persigue el beneficio y la preponderancia comercial. Si la moneda europea y Airbus ya hacen competencia al dólar y a la industria de aviación y aeroespacial de EE UU, Donald Trump no está dispuesto que la UE se fortalezca en otros ámbitos, como el militar y hasta el automovilístico. Busca dividir a los países miembros de la UE con sus proclamas ultranacionalistas y aislacionistas, alentando por un lado el Brexit británico e incubando, por el otro, la eurofobia a través de partidos ultraderechistas que, con ayuda de Bannon, esparce por todo el Continente. Su exigencia de que los países europeos destinaran mayores recursos a Defensa no significaba que se fortalecieran, sino que aumentaran sus compras militares a empresas norteamericanas.

Su mentalidad empresarial, que no de hombre de Estado, es la que lo impulsa, también, a abrir una guerra comercial con China, no por los peligros de seguridad a los que alude como pretexto -el país que más espía a través de Internet, telefonía y redes sociales es EE UU-, sino por su aventajado dominio en tecnología 5G, la que impulsará un salto cualitativo en la comunicación, las redes sociales y en el ecosistema del Internet de las Cosas. Huawei no representa mayor peligro para los usuarios que Google, Facebook o Microsoft, cuyos abusos de posición empresarial dominante y por utilización de la información supuestamente confidencial que disponen de sus clientes han sido repetidamente demostrados. El peligro real es la política expansiva de China como potencia emergente a escala internacional, capaz de competir con la supremacía estratégica de USA en el mundo. Pero Trump sólo advierte de la competencia económica y comercial que representa China para los intereses de EE UU.

Su capacidad intelectual y sus modos rústicos no dan para más, para disgusto de sus compatriotas más ilustrados y preocupación para las personas sensibles del mundo, las cuales temen acabar sufriendo las consecuencias de sus bravuconadas. No es de extrañar que su visita oficial al Reino Unido desate las manifestaciones ciudadanas en su contra, aunque él las considere fake news, los recelos de buena parte de la clase política, incluidos los conservadores -Boris Johnson ha evitado fotografiarse junto a él- y la incomodidad de la monarquía y el Gobierno británicos, a pesar de su flema, con la presencia de un presidente tan imprevisible como osado (como la ignorancia), al que la propia May tuvo que explicarle cómo es el Sistema Nacional de Salud inglés ante su pretensión de incluirlo en las negociaciones sobre el futuro acuerdo “fenomenal”.

Aparte de entrometerse en la decisión de un probable abandono de Gran Bretaña de la UE y su interés por causar la división entre los países europeos, muchos se preguntan: ¿A qué va Donald Trump al Reino Unido? Parece evidente que no fue a conmemorar el 75 aniversario del desembarco en Normandía, del 6 de junio de 1944, con el que dio comienzo la fase final de la II Guerra Mundial hasta la rendición del Ejército de Hitler. No ha ofrecido ni un discurso en el Parlamento -donde no fue invitado- ni una ofrenda de flores por aquellos luchadores aliados, liderados por unos EE UU diametralmente opuestos a la mentalidad que encarna Trump (insolidario, aislacionista, unilateral, xenófobo y reacio a liderar la lucha por la democracia, la libertad y la paz en el planeta), que entregaron sus vidas por liberar a Europa de las garras del nazismo. Es lo que hubiera hecho un político de talla de gran estadista, pero lo que no se le ocurre a un mercanchifle de luces cortas metido en política. Como si lo empujaran para figurar, sólo acudió, junto a otros 15 líderes mundiales, al acto celebrado en la ciudad de Portsmouth, desde donde partieron las tropas aliadas rumbo a Normandía. La mayor hazaña de EE UU en defensa de los valores occidentales por un mundo libre, sin importar el precio, quedó relegada a los intereses mezquinos y sectarios del populista Donald Trump. Para eso, mejor que no hubiera ido al Reino Unido.