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sábado, 11 de abril de 2020

El virus y los populistas


Conforme la infección se ha ido extendiendo por el planeta, algunos gobernantes dicharacheros han tenido que arrepentirse del menosprecio y la infravaloración con que saludaron la aparición de una pandemia causada por el virus Covid-19 en el mundo. Sobrevaloraron su propia capacidad de enfrentarse a ella, creyendo que sus países serían inmunes a una epidemia que desconoce fronteras tanto como ellos humildad e inteligencia. Y han tenido que tragarse sus palabras y adoptar medidas que descalificaron como propias de sociedades vulnerables o crédulas de un conocimiento basado en la ciencia que ellos se permiten cuestionar, como el que preconiza el cambio climático.

Tales líderes, negacionistas de la racionalidad empírica cuando contraviene sus intereses, forman parte de una lista de charlatanes que, aunque corta, representa lo más granado de la necedad mundial y el populismo redentorista y demagógico. Bocazas que, en el caso de la pandemia, no dudaron en mofarse de unas medidas excepcionales de prevención adoptadas en otras latitudes para aislar a la población, confinándola en sus domicilios, y así frenar la propagación de una epidemia que se expande de manera increíble. Tampoco les importó que dichas medidas fueran aconsejadas en consenso por la comunidad científica, integrada por médicos, epidemiólogos, sociólogos y virólogos, entre otros expertos, con objeto de proteger a la población por encima de cualquier otra consideración.

Sin embargo, cuando el azote pandémico hubo alcanzado a sus países, han tenido que desdecirse de sus descalificaciones y tomar taza y media del caldo que habían rechazado. Al final, han tenido que actuar con idéntica improvisación que cuestionaron en otros, a pesar de sus balandronadas iniciales. Se han visto superados por la tozuda realidad que negaban en un afán por anteponer la economía y los negocios a las vidas humanas. A estas alturas de una desgracia que a todos nos tiene acogotados, es posible señalar a los insensatos que gobiernan países con la osadía del ignorante, incapaces de apreciar una emergencia sanitaria, inédita en nuestra época, hasta que no la tienen encima. Estos son los más destacados de entre ellos. Y los más peligrosos:  

Boris Johnson, el premier británico conocido por su pelo alborotado, como sus ideas, y por sacar a Inglaterra de la Unión Europea, estaba convencido de que luchar contra la pandemia del virus Covid-19 mediante el confinamiento de la población era una tontería, puesto que el patógeno acabaría inevitablemente contagiando a más de la mitad de los habitantes del Reino Unido. Pensaba, por consiguiente, que lo más acertado sería que las personas afrontaran la enfermedad para que un 60 por ciento de ellas acabara adquiriendo inmunidad, “inmunidad de grupo”. Tales cálculos comprendían que, de los 40 millones de británicos que enfermarían, el uno por ciento moriría por la letalidad del virus, es decir, unas 400.000 personas. El líder parecía, así, asumir que esa cifra de “daños colaterales” sería inevitable en su estrategia para enfrentarse a la mayor pandemia que se produce este siglo en el mundo. Estaba decidido, por tanto, a retrasar, como así hizo, el cierre de escuelas y el aislamiento de la población -como hicieron otros países-, al confiar en que la inmensa mayoría de los contagios, según su hipótesis, sería de jóvenes y personas saludables que adquirirían esa “inmunidad de grupo” al superar la enfermedad como si padecieran un simple resfriado o gripe. Se supone que el resto de la población tendría que esperar a que el virus desapareciera por sí solo o engrosar el balance de damnificados a causa de la soberbia de un gobernante ignaro.

El torrente de críticas vertidas por retrasar esa implantación de las medidas de prevención, encaminadas a limitar el avance de la pandemia en su país, sólo surtió efecto cuando el propio primer ministro acabó siendo contagiado por la enfermedad, curiosamente un día después de que el príncipe Carlos también contrajera la infección. Su pretensión de no decretar la cuarentena total, subestimando la epidemia en aras de proteger la economía, tuvo que ser descartada cuando el propio Boris Johnson pasó a formar parte del contingente de probables “daños colaterales” del virus. Una irresponsabilidad que pudo salirle cara, puesto que tuvo que ser ingresado en una UCI hospitalaria al agravarse su estado de salud y presentar problemas respiratorios que podrían interesar su vida, el destino previsto para ese uno por ciento de compatriotas que le resultaban indiferentes.

Otro consumado charlatán, líder mundial del populismo nacionalista, nativista y racista, es Donald Trump, presidente de Estados Unidos de América (EE UU). Del mismo modo que su colega británico, también creyó que el asunto no sería para tanto y que tenía el virus “controlado en este momento, es un problema muy pequeño”, como lo despachó en un mitin. Su obsesión era entonces que la Bolsa de Nueva York fuera bien y no reflejara como amenaza para la economía a una pandemia que se inició en China. Incluso esta procedencia de la epidemia le sirvió a Trump para continuar su enfrentamiento comercial con aquel país, tratando de desprestigiarlo al bautizar despectivamente al germen como el “virus chino”. Se jactó de frivolizar, en todas sus apariciones públicas, con las consecuencias humanas de una epidemia de la que había minimizado su verdadera magnitud, a pesar de las evidencias científicas y las reacciones de los países donde surgía cada foco nuevo. Su gran temor era, y es, que la emergencia de esta crisis sanitaria anulara los aspectos positivos de una economía que, de momento, parecía responder a sus iniciativas aislacionistas y proteccionistas, tal vez el único argumento favorable para su reelección en las presidenciales del próximo noviembre.

Pero, como Boris Johnson, calculó mal. EE UU es actualmente el nuevo epicentro de la pandemia, al contar con el mayor número de contagiados del mundo, con una tasa de crecimiento imparable y un número de fallecidos también creciente. La gravedad de la situación es tal que el presidente de Salud Pública norteamericano, Jerome Adams, ha declarado que el país vivirá este momento “como el de Pearl Harbor o el del 11-S”, ante el elevado número de muertes que se espera. Hasta fosas comunes se cavan ya para enterrar a los muertos por la infección no reclamados.

Reacio a implantar el aislamiento social, Trump no ha tenido más remedio que reconocer que el confinamiento era necesario en gran parte del país, como en California o Nueva York, ciudad ésta última en la que la situación es crítica y escasean los recursos materiales y humanos para combatir la emergencia sanitaria. De hecho, la propia Casa Blanca estima ahora que el Covid-19 podría dejar entre 100.000 y 200.000 fallecidos en el país. Y, como en el resto del mundo, la lucha por adquirir respiradores, mascarillas y test de diagnóstico ha llevado a varios estados de la Unión a competir entre ellos por comprarlos donde sea. Ni el país más poderoso del mundo estaba preparado para esto.

Es por ello que la ignorancia de algunos gobernantes, como estos, resulta nefasta para la población de sus países, al ser incapaces de percibir los problemas reales a los que deben enfrentarse, en vez de dedicarse a los problemas ficticios que inventan para exhibir su supuesto talento y dotes de mando. Su cinismo se hace patente a la hora de echar la culpa a los demás cuando las cosas les salen mal. Así, acostumbrado a mentir y practicar la demagogia, Donald Trump critica ahora a la Organización Mundial de la Salud (OMS) por no advertir con tiempo de la magnitud de esta pandemia y por desaconsejar, en su inicio, el cierre de fronteras. Fiel a su obsesión, Trump deduce que la OMS actúa en beneficio de China, razón por la que amenaza con restringir la contribución financiera de EE UU a ese organismo. Utiliza cualquier motivo para hacer política, en este caso, su guerra comercial con China.

Pero hacer política con el virus es la peor estrategia para combatirlo e intentar salvar el mayor número posible de vidas. Pero es lo más fácil cuando no se sabe qué hacer y la actitud ha sido, desgraciadamente, no sólo errónea sino contraproducente, hasta el extremo de convertir a su país en el mayor foco de la infección actualmente en el mundo. Eso sí, por si acaso, Donald Trump se ha hecho reiterados análisis durante todo este tiempo para comprobar que no se ha contagiado, mientras dejaba inerme a sus conciudadanos frente a una epidemia que minimizaba, guiado por prejuicios ideológicos, como buen charlatán hipócrita.

Pero un ejemplo aún más vergonzoso y ridículo de este comportamiento populista, ignorante y manipulador es el ofrecido por el mandatario de Brasil, Jair Bolsonaro. Este ni siquiera se digna rectificar, como los anteriores, sino que continúa relativizando la gravedad de la pandemia que comienza a asolar su país. Tampoco quiere admitir que las restricciones sociales sean necesarias para intentar detener su expansión entre la población. Ni reconoce que esta emergencia constituya una crisis mundial que exige una respuesta extraordinaria. Su negacionismo es tan radical que hasta ministros de su gobierno empiezan a cuestionar y desconfiar de su liderazgo. Y es que un líder, que se permite afirmar públicamente que contagiarse de este virus no es para preocuparse, pues es como padecer una gripezinha o un resfriadinha, no constituye ninguna sorpresa, sino un peligro evidente. Su incontinencia verbal es motivo suficiente para descalificarlo por ignorante e inhabilitarlo para todo cargo público. No se puede poner la salud de las personas y el destino de una nación en manos de personajes tan endebles intelectualmente, cuyas anteojeras ideológicas le impiden seguir los consejos de los expertos en las materias que han de tratar.

Terco como todo fanático, Bolsonaro sigue empeñado en defender el comercio y la economía antes que a los brasileños, razón por la que se niega reconocer la realidad y a imponer una cuarentena a la población, aun cuando varios gobernadores y alcaldes del país ha decretado confinamientos en sus respectivos territorios. Incluso, va en contra de los deseos de los ciudadanos, porque, según un sondeo, un 76 por ciento de los encuestados está a favor de encerrarse en sus casas para detener la propagación de una epidemia que se cebaría sobre los más desprotegidos e indefensos. No hay que olvidar que más de 13 millones de personas viven en Brasil hacinados en asentamientos poblacionales informales, sin servicios básicos y sin un empleo estable que garantice a sus moradores ingresos económicos. No es de extrañar, por tanto, que la pandemia tenga probabilidades de propagarse como la pólvora por unas favelas que ni tienen, ni el gobierno les presta, protección suficiente para contenerla. Tal situación podría desencadenar una enorme crisis sanitaria en Brasil, un país que es ya uno de los más castigados por la pandemia en Latinoamérica.

Sin embargo, ello no quita el sueño al mandatario ultraderechista brasileño, para quien las muertes provocadas por la epidemia no son más preocupantes que las causadas por los accidentes de tráfico. “¿Van a morir algunos? Lo siento. Esta es la vida, así es la realidad”, dijo para justificar su decisión de mantener a toda costa la actividad económica del país. Su fanatismo ideológico le lleva, incluso, a desafiar las medidas dictadas por su propio Ministerio de Salud y solicitar a los brasileños, excepto los ancianos, que regresaran al trabajo y no se quedaran confinados en sus domicilios.

Al contrario que Johnson y Trump, que acabaron, aunque tarde, reconociendo la magnitud de la tragedia, Bolsonaro se empecina en ignorar las recomendaciones científicas que aconsejan el confinamiento para controlar la pandemia, evitar el colapso de los servicios sanitarios de salud, no sufrir desabastecimiento de los recursos y limitar el número de fallecidos. Como todos los charlatanes ignorantes, habla de lo que no sabe y, lo que es peor, pone en riesgo la vida de los demás gratuitamente, por mero interés partidista.

Son muchos los que se comportan como los descritos. Pero estos son los más groseros e impresentables, no sólo ante sus propios conciudadanos, sino ante el mundo entero. Y, sin embargo, el miedo y la demagogia con los que enfrentan a sus votantes a dilemas falsos (seguridad frente a libertades), los encumbran y mantienen en el poder, aun cuando por su actitud, su sectarismo, su ignorancia y su mediocridad representen más un peligro que una solución para el interés general. Ahí están y por sus hechos los conocemos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Indignación y populismos

¿Qué indigna a los ciudadanos? ¿Qué empuja a la gente a mostrar su enojo o indignación? La pregunta no es retórica y se la plantean quienes -políticos, sociólogos, expertos en prospectiva, curiosos- no comprenden la indignación que, sin mecha previa, prende de súbito en la reacción popular y en los comportamientos impredecibles de la ciudadanía. No es que no haya razones para la indignación, el desencanto o la desidia, que abundan, sino que ninguna es tan crítica como para esa repentina reacción colectiva de rechazo y rebeldía que desata. A lo mejor es, simplemente, la gota que colma el vaso de la paciencia y aguante de la gente, pero ¿cómo prever esa gota y contrarrestar la influencia de su desbordamiento? Todos los ejemplos de indignación popular producidos hasta la fecha, desde el 15M español hasta las protestas de los chalecos amarillos franceses y el voto sorpresivo a Vox en Andalucía, sólo se “explican” una vez han sucedido, nunca antes de que surjan y, lo que es peor, sin que se detecten previamente las causas que los motivan.

Las expresiones de malestar social son difícil, por no decir imposible, de pronosticar por cuanto obedecen a razones múltiples, acumulativas y subjetivas, a veces sin relación directa con la reivindicación que desencadenan, y escapan al análisis objetivo de los hechos y los contextos en que surgen. De ahí la súbita eclosión de una indignación y repulsa masivas que puede materializarse en actos de vandalismo o violencia callejera, en el apoyo a partidos extraparlamentarios o en el surgimiento de movimientos o fuerzas que la ira posibilita y alimenta. Y, en especial, por seguir cauces ajenos a las instituciones y la política convencional que han de encausar la participación ciudadana y canalizar sus muestras de confianza o desafección. Los grupos radicales de ambos extremos del espectro ideológico y los profetas del hiperliderazgo personal contrarios al “establishment” aprovechan estas explosiones de indignación popular, más o menos espontáneas, en provecho propio, intentando asumir una representación que no les pertenece y denigrar una intermediación de la que están o han sido excluidos. Utilizan o instrumentalizan las expresiones de desencanto social para cuestionar la política y el funcionamiento de la democracia representativa, sirviéndose de ellas no con ánimo de dar respuestas a las demandas de los descontentos, para las que siempre hallan “culpables” externos (los inmigrantes, el mercado, la Unión Europea, el capitalismo, el Estado de las Autonomías, etc.), sino para el acceso al poder e imponer regímenes ultranacionalistas reaccionarios, basados en el odio, la intolerancia y el sectarismo.
Favorece esta simbiosis política -la llama de indignación que arde y el viento populista que la aviva-, una democracia que, como régimen político, no resuelve ni satisface completamente las exigencias de la totalidad de la población, aunque sea el sistema menos traumático y más equitativo –toda persona tiene derecho al voto- para seleccionar a quienes pretenden buscar soluciones a los problemas que afectan al colectivo social. Ni que la más justa de las propuestas o soluciones alcanzadas convenza a todos, porque cada individuo alberga intereses e interpretaciones particulares sobre los asuntos que conciernen al conjunto. Y porque, además, muchas de las “soluciones” que se adoptan, en función de las circunstancias –crisis económicas, marcos supranacionales, etc.-, provocan efectos adversos que perjudican a amplios sectores de la población, los cuales no se resignan aceptar la situación de impotencia social a la que conducen el paro, la precariedad laboral o salarial, la falta de oportunidades y ayudas, y, de manera especial, la indiferencia o incapacidad de gobiernos o estados para socorrerlos o, cuando menos, proporcionarles esperanzas.
La aversión política o la antipolítica que generan estas situaciones de orfandad social es terreno abonado para las propuestas radicales –y, por tanto, inviables- que hallan arraigo en el malestar ciudadano. Se establece, de este modo, un mecanismo de retroalimentación entre el populismo neofascista y la indignación social que va vaciando a la democracia de aquel empeño de nobleza y entrega que ha de caracterizarla para, entre todos, hallar salidas a los desafíos de la colectividad, hasta convertirla en un medio de satisfacer exclusivamente “lo mío” o lo de mi tribu.
Amanece, entonces, el tiempo de los “caudillos” democráticos, de los líderes que fundan partidos para la promoción de su persona y plataformas con las que extender sus propuestas fáciles y simplistas que supuestamente permitirán resolver todos los males o temores que nos acucian. Seres iluminados que solucionarán el fenómeno de la migración cerrando herméticamente fronteras o levantando muros; que enfrentarán la globalización de la economía con el aislamiento comercial y los aranceles; que combatirán el terrorismo tachando a todo inmigrante, sobre todo si es musulmán o pobre, de peligroso o delincuente; que no creerán en el calentamiento global ni aceptarán la igualdad de la mujer, repudiando los foros y acuerdos climáticos y revocando, cuando pueden, las políticas de género; que los conflictos territoriales los querrán resolver centralizando otra vez el Estado y suprimiendo las televisiones autonómicas; o que el odio, el egoísmo y la insolidaridad serán las recetas idóneas que propondrán para preservar nuestra –mejor, la suya- identidad frente a las amenazas de la multilateralidad, la diversidad étnica y cultural, y la otredad. Ninguno aportará soluciones complejas porque creen que la gente no es capaz de entender la complejidad de los problemas o seguir con interés ningún análisis minucioso. Piensan, como temía Pessoa en sus Confesiones*, que a sus seguidores no les importa la verdad sino las mentiras que más les gustan, y que sólo aceptan ideas simples, vagas generalidades, porque la mayoría de ellos reaccionan movidos por las emociones, los sentimientos o los impulsos, no por ideas.
Desgraciadamente, es cuando el malestar, la indignación o la apatía de los ciudadanos los vuelve vulnerables y maleables ante los profesionales del populismo y la demagogia, cayendo en una dependencia que únicamente puede desembocar en mayor conflictividad, mayor desencanto, mayor desconfianza en las instituciones, mayor incredulidad en la democracia y en un deterioro general de la realidad, a pesar de que inicialmente parezcan cumplirse sus expectativas. Y no pueden cumplirse porque ni las soluciones eran tan fáciles y simples, ni las promesas de los populistas nunca fueron veraces y sinceras. Es lo que tiene el neofascismo: te promete el cielo pero te aboca al infierno del odio, el racismo, el aislacionismo, el egoísmo, el sectarismo y la intolerancia, destruyendo la democracia, la convivencia pacífica y el progreso de todos. Justamente, el desafío al que nos enfrentamos actualmente si no somos capaces de conjurarlo.
*Confesiones, Fernando Pessoa. Edición de Manuel Moya. Alud Editorial, Fuenteheridos (Huelva), 2018.

martes, 13 de marzo de 2018

Populismos y otras demagogias


Las viejas democracias occidentales, tanto en Europa como en Norteamérica, están sucumbiendo a los cantos de sirena de los populismos y los ultranacionalismos más viscerales, basados en propuestas simples para resolver los problemas complejos a los que se enfrentan, en estas primeras décadas del siglo veintiuno, las sociedades más avanzadas, ricas y presuntamente tolerantes del mundo. Una crisis económica de efectos desestabilizadores para el sistema financiero, que dejó a los Estados sin recursos para proveer servicios públicos esenciales (sanidad, educación, pensiones, ayudas al desempleo y la dependencia, etc.), junto al incremento explosivo del fenómeno migratorio en aluvión y a la desesperada desde regiones castigadas por la pobreza y las guerras hacia los países prósperos, desarrollados y seguros del entorno (De África y Cercano Oriente hacia Europa y de Sudamérica hacia EE UU, fundamentalmente), han bastado para desencadenar un miedo irracional en la población a la globalización del comercio y la economía y a los inmigrantes y refugiados, hasta el extremo de considerarlos fuente o causa de todos los problemas que agobian a las otrora abiertas y tranquilas democracias.

Los partidos tradicionales del denostado bipartidismo, que propugnaban un modelo de sociedad conservadora o progresista, de acuerdo a la ideología de sus postulados (liberales o socialdemócratas, principalmente), son vistos ahora por los ciudadanos como obsoletos instrumentos incapaces de responder a las necesidades del presente y, por ende, ineficaces para afrontar los problemas que preocupan a la mayor parte de la sociedad, como son esa globalización que externaliza el trabajo hacia países de mano de obra barata y esos inmigrantes que suponen un peligro para nuestra forma de vida y que, encima, arrebatan los pocos empleos a los que recurrir cuando no hay otra cosa. Por lo que parece, a la gente ya no le interesa ni la ideología ni valores con los que aspirar a  transformar la realidad, sino soluciones drásticas a problemas concretos, justamente lo que los populismos y los grupos de extrema derecha ofrecen desde la transversalidad de sus recetarios, ofertas que superan la caduca división entre izquierdas y derechas para establecerla entre ellos y nosotros, los de arriba y los de abajo, las élites y el pueblo. Todo mucho más comprensible y fácil.

Las amenazas –reales o imaginarias- y las dificultades que nos acechan constituyen el caldo de cultivo en el que proliferan estos  profetas demagógicos del paraíso terrenal -nacional y exclusivamente nuestro, por supuesto-, con sólo evitar el contagio de un mundialismo patógeno. Son adalides del retorno a la pureza de la tribu, la raza, y se nombran, sin que nadie los elija, en representantes del pueblo verdadero, de aquel “volk” fundacional del que procede la gente corriente que está harta de élites y de un “establishment” que los engaña y empobrece. De ahí que el aislacionismo, el proteccionismo comercial, la antiglobalización y la xenofobia o intolerancia cultural o religiosa emerjan enseguida en los discursos del populismo de izquierdas y del ultra nacionalismo de derechas. Son discursos sumamente seductores por la simplicidad tajante de sus argumentos y diagnósticos, con los que centran las culpas de todos nuestros males en el terrorismo, la inmigración, la globalización y, por supuesto, en la irresponsable debilidad de unos gobernantes “profesionales”, maniatados por intereses clientelares o la corrupción, para actuar y defender al “pueblo” con firmeza.
 
De este modo, logran ganarse la confianza de un número cada vez más creciente de votantes desengañados y crédulos en muchas de las democracias de Occidente, hasta el punto de convertirse en fuerzas determinantes a la hora de acceder o influir en los gobiernos de muchas de ellas. Representan un peligro para el orden global, la paz y las relaciones internacionales, y una amenaza cierta a la cohesión de Europa. Son una versión maquillada del fascismo y el anarquismo comunal anticapitalista, disfrazados ahora de demócratas asamblearios, que pugnan por imponer su ideario sectario y excluyente. Viejos lobos con pieles de cordero que reaparecen con Trump en Estados Unidos, con los euroescépticos impulsores del Brexit en el Reino Unido y con los supremacistas nacionalistas en Alemania, Polonia, Francia, Austria, Hungría, Holanda, Finlandia, Noruega e Italia, por citar ejemplos recientes. Todos ellos se asemejan en lo fundamental y no dudan en compartir apoyos y doctrina, como se encargó de visualizar ostensiblemente Steve Bannon, el ideólogo racista de Donald Trump, en el Congreso refundacional del FN, ahora como Reagrupamiento Nacional, de Marine Le Pen, en Francia. Y se caracterizan por ser hábiles pescadores en los ríos revueltos de la cotidianeidad de sus naciones, incitando las emociones en vez de la racionalidad crítica, en un mundo y un tiempo que les es propicio, en el que predomina el pensamiento “light” y la sociedad “líquida”, como se cansó de advertir Bauman.

Por ello, mientras más problemas nos aflijan, más oportunistas del populismo y otras demagogias aparecerán para prometernos alivio con sus proclamas. Mientras tengamos problemas complejos, propio de sociedades plurales y tiempos convulsos, brotarán populistas y demagogos que ofrecerán respuestas simples pero contundentes para resolverlos de un plumazo. Ante fenómenos como la migración y los refugiados, causados por las desigualdades y las injusticias, surgirán populistas y ultranacionalistas que propugnarán la recuperación de las esencias tribales, la defensa de la identidad amenazada y la expulsión del foráneo, previamente convertido en delincuente, terrorista o ladrón de nuestros trabajos. Mientras persista el paro y la precariedad laboral, habrá populistas que prometerán el pleno empleo y salarios dignos. Mientras la pobreza y las desigualdades no sean erradicadas, habrá quien se presente a combatirlas con rentas universales y recursos ilimitados para ampliar derechos y prestaciones, sin atender a sus causas. Mientras nos invada la frustración y el desánimo con nuestros semejantes, nuestras instituciones y nuestras democracias, habrá predicadores de la felicidad y el bienestar social dispuestos a derribar todo lo construido en dotarnos de un Estado de Derecho y un sistema político democrático, no tan perfectos como serían de desear, pero preferibles a cualquier entelequia visionaria. Y ello es así porque, mientras conservemos nuestra democracia, existirá el peligro de los que la utilizan para manipular a los ingenuos con promesas falsas y discursos demagógicos.   

Tan graves como las injusticias, las desigualdades, la pobreza, la precariedad laboral y salarial, los inmigrantes y refugiados, las dificultades económicas y las tensiones territoriales, son los populismos, los demagogos, los charlatanes y los radicales de izquierda o derecha que proliferan junto a los problemas y los utilizan para inocular ideas racistas y ultranacionalistas en sociedades que antes eran tolerantes, pacíficas y solidarias. Agitando los fantasmas del miedo existencial ante el terrorismo, el miedo identitario o racial ante la inmigración y el miedo económico o laboral ante la globalización y las crisis, los populismos y otros demagogos nos incitan al racismo, la xenofobia, al supremacismo nacional, al egoísmo y la intolerancia como armas de defensa de nosotros frente a ellos, del pueblo frente a la casta, los de abajo frente a los de arriba. Y lo peor es que lo están consiguiendo, nos están convenciendo de que pongamos puertas al campo y vallas al mar que nos blinden del mundo y nos aíslen de sus peligros, como si viviéramos solos y no dependiéramos de todos. Nos hacen creer que el mal anida siempre en los otros, en los demás. Nunca en nosotros. Por eso el mensaje de los populistas y otros demagogos es tan del agrado de nuestros oídos, tan eficaz para emocionarnos, pero tan cuestionado por la razón y la verdad.