Es difícil diferenciar las vacaciones en la cotidianidad de
un jubilado que, encima, no ocupa su inactividad laboral con dedicaciones no
remuneradas que lo distraigan de un tiempo a su entera disposición. Para los
que aun soportan un trabajo y siguen en activo, el período vacacional, que la
inmensa mayoría de los asalariados disfruta durante estos meses de verano, se
trata de un tiempo anhelado durante todo el año para olvidar obligaciones, no
madrugar y descansar junto a la familia en un ambiente distinto y, a ser
posible, alejado del habitual. Para un jubilado, como lo percibe quien aún no
ha alcanzado tal condición, es hacer lo mismo que el resto del año, pero en otra
parte, es decir, seguir haciendo lo de costumbre en el lugar al que se desplace
por vacaciones. Y se equivoca el que así lo crea porque el jubilado también
ansía disfrutar de vacaciones para variar de hábitos y descansar de la rutina,
aunque esta no sea impuesta por obligaciones laborales. Las vacaciones, como para
todo el mundo, resultan necesarias para recobrar ánimos y afrontar un nuevo
ciclo de aparente inanidad que hay que llenar de metas y expectativas que
inviten a recorrerlo con ilusión y esperanzas. No es mantener la inactividad improductiva
del jubilado, sino de aprovechar las vacaciones para llenar de sentido y
contenido, junto a demás proyectos familiares, un futuro que compartido parece
posible y apetecible. Las vacaciones de un jubilado sirven también para cargar
las pilas y las ganas de vivir. Disfrútenlas.
domingo, 30 de junio de 2019
viernes, 28 de junio de 2019
Animales y personas
Ha sido noticia, y no hubo barra de bar donde no haya sido
comentada, el hecho de que un juez argentino haya sentenciado que una
orangutana, llamada Sandra, tenga derechos como “persona no humana” y que, como
tales, sean reconocidos, respetados y protegidos por ley. Ello ha provocado que
más de un cliente de esas tabernas se llevara las manos a la cabeza para acompañar
con gestos un comentario de burla con el que se mofaba no sólo del mono, sino
también del magistrado. Y es que, en esos ambientes de cultura desinhibida, que
los animales posean derechos como las personas, era lo último que cabía escuchar
y menos aún entender, sin perder, eso sí, la sed. De ahí que la conclusión
fuera aplaudida por la concurrencia: "Llene aquí, maestro, antes que
vengan los monos a quitarnos la cerveza".
Podría parecer trivial la reacción del parroquiano de tasca,
pero no es así. Ante un asunto que concierne a media población -en un cálculo a
voleo- que es dueña de animales de compañía y que, de alguna manera, adquiere obligaciones
de respetar normas y derechos reconocidos a sus mascotas, la reacción pone de
relieve, a través de los comentarios que genera, un grado de ignorancia e
irresponsabilidad alarmante. Es verdad, por supuesto, que ningún ciudadano acoge
en su casa a un homínido o gran simio, que son los animales que se reconocen como
“persona no humana”, en cuanto sujetos de derecho, a nivel jurídico, por sus especiales
especificidades cognitivas y una sensibilidad que evidencia rasgos de cierta conciencia
e inteligencia. Pero que no tengamos monos en nuestras casas, sino en los
zoológicos, no significa que gatos, perros, pájaros o peces, por ejemplo, no sean
merecedores de consideración y respeto en tanto seres vivos y sensibles. Y es este
aspecto el que me gustaría matizar.
Porque, si nos reímos de las normas que amparan a los
animales más cercanos a nosotros en la escala evolutiva, cómo nos comportaremos
con los que consideramos criaturas inferiores que sólo nos sirven de
esparcimiento y diversión. Aunque España suscribió, en 2015, el Convenio
Europeo que establece que nadie debe infligir innecesariamente dolor,
sufrimiento o angustia a ningún animal de compañía, todavía queda mucha labor
de concienciación para erradicar el comportamiento de dueños que maltratan, no
cuidan o abandonan a sus animales de compañía cuando les estorban o pierden interés
por ellos. Y es que el deseo por adquirir una mascota parece ligado a modas pasajeras,
incluso para satisfacer caprichos de los hijos, antes que a un convencimiento meditado
de dar protección a un animal, responsabilizándonos de su salud y bienestar. Está
estudiado que, en nuestras ciudades de soledades multitudinarias, el cuidado de
animales de compañía viene a compensar el progresivo alejamiento del medio
rural y satisfacer una nostalgia romántica de la naturaleza, como constata la
socióloga Belén Barreiro en su libro La sociedad que seremos (Planeta,
2017), citado por Luis García Montero en Las palabras rotas (Alfaguara,
2019).
Sin querer nos delatan nuestros comentarios, porque detrás
de las chanzas en bares se oculta una actitud o unas tendencias de menosprecio hacia
animales que consideramos inferiores y carentes de derechos, a pesar de ser
seres tan vivos como nosotros y con capacidad de sentir dolor, angustia o
sufrimiento, pero también afectos y empatía hacia sus cuidadores, a quienes han
dado, en innumerables ocasiones, muestras de una fidelidad y entrega inconcebibles.
Sin embargo, todavía es bastante común, cada verano, los relatos sobre perros
abandonados por sus amos en carreteras y gasolineras mientras partían de
vacaciones, caballos reventados por agotamiento o de hambre durante romerías o
excursiones ecuestres, galgos colgados de cualquier rama cuando ya resultan
inútiles para las carreras y hasta de peces asfixiados en su propia pecera por falta
de alimentación o aporte de agua limpia cuando sus propietarios tuvieron que
ausentarse un tiempo. Tales comportamientos denotan que algunos propietarios consideran
a sus animales de compañía simples artículos de consumo de usar y tirar, sin
valorar que sus vidas no son desechables como un objeto y que moralmente están
comprometidos en no infligirles ningún sufrimiento innecesario. Máxime cuando
la posesión de un animal doméstico obedece a un acto al que no estamos
obligados.
Pero invertir la relación es igualmente preocupante, puesto que
dispensar a las mascotas un trato como si fuesen humanos y miembros de la
familia suele ser síntoma, más bien, de un trastorno afectivo, de alguna
carencia emocional, que lleva a confundir al animal con un ser humano, incluso
con un hijo. Humanizar a las mascotas y los animales de compañía es una forma
de violencia que afecta a sus instintos como abandonarlos en un descampado
cuando nos molestan. Establecer un vínculo emocional tan intenso es
desaconsejable tanto para el animal como para su propietario. Por un lado,
arranca al animal de su hábitat natural y condiciona su comportamiento a
nuestras atenciones y caricias. Y lo que es peor, lo expone a sufrir ansiedad,
temor y frustraciones cuando no recibe el trato al que estaba acostumbrado. Y
por otro, el dueño focaliza un amor tan exagerado que lo induce a considerar al
animal como si fuera un ser humano, una atención tan “personalizada” que a
veces es fruto de la pérdida de afectos en el ámbito familiar u otras
patologías de orden psicológico.
Hay que respetar y querer a los animales como son por su condición
y, a ser posible, en su entorno natural, sin forzarlos a adaptar sus instintos
y sus comportamientos en función de nuestras apetencias o nuestras necesidades
de diversión y compañía. Perros, gatos, peces o monos tienen derecho a la vida y
a vivirla en el ambiente en el que se han desarrollado y de acuerdo a su
condición animal. Ello implica que, gracias a nuestra comprensión del proceso evolutivo
por el que la hominización nos transformó de primates en humanos, reconozcamos a
los homínidos antropomorfos, por su intelecto y cercanía biológica, como “persona
no humana”. Se trata de una manifestación de nuestra inteligencia, un avance
moral y una consecuencia de la comprensión de nuestro lugar como especie animal,
cuya cúspide ocupamos. En definitiva, un hecho para alegrarse, no para hacer
chanzas dando muestras de ignorancia.
martes, 25 de junio de 2019
Lo espacial y lo terrestre
He de confesar, de entrada, que desde la adolescencia he
sentido una inusitada atracción por el Universo y los viajes espaciales, es
decir, por la astronomía y la astronáutica. Tal afición juvenil me empujaba ir
a las bibliotecas a hojear obras sobre enanas blancas, asteroides o planetas y coleccionar cuántos reportajes aparecían en la prensa que compraba mi padre
acerca de los proyectos Mercury, Géminis y Apolo, además de noticias que hacían
referencia a la NASA y Wernher von Braun, así como a los cohetes Saturno, las naves
Spuniks, Sayuz y todos aquellos héroes, como el ruso Yuri Gagarin y el
norteamericano John Glenn, que fueron pioneros en la fascinante aventura
espacial, incluyendo, naturalmente, a la perrita Laika y el chimpancé Ham. Es
algo que todavía me apasiona.
Pero también me ha interesado tempranamente la política y
los enrevesados manejes de la gobernación, junto a las ideologías e intereses en que
se basan. Tal inquietud tal vez naciera de la curiosidad por comprender la
realidad política de donde procedía y la del régimen dictatorial al que recalaba
por avatares familiares. También, sin duda, por lo heredado de un padre
interesado y familiarizado con la política y su pertinaz manía lectora de
periódicos. Eran tiempos en que me creía capaz, con cierta pedantería, de
cuestionar a Franco y su régimen ante amigos españoles de mi edad que parecían desconocer
la historia contemporánea de su país, a partir de la sublevación de un general
que lideró una guerra civil e instauró una dictadura que ofrecía sólo una
versión torticera de lo acontecido. Como los noticiarios del NoDo.
Y en esas me he mantenido. Así, presencié en directo, a
través de la retransmisión televisiva de madrugada de Jesús Hermida, la llegada
del hombre a la Luna, de la que se cumplen ahora 50 años, y fui testigo de la
evolución de la dictadura a la democracia, como ciudadano con derecho al voto,
mediante una Transición que, con la indulgencia del tiempo, resulta
sorprendente y hasta milagrosa, puesto que podía haber acabado a garrotazo
limpio, como algunos pretendieron. No ocultaré que, en plena vorágine por la
democracia, yo prefería la ruptura a la reforma y optaba por la república en
vez de la monarquía. Aquel apasionamiento juvenil, que me hacía devorar Triunfo,
Cuadernos para el Diálogo y Cambio16, entre otras publicaciones, fue
calmándose hasta mutar en un interés adulto que contempla el devenir de lo que
sucede en el espacio y en la Tierra sin las urgencias de lo inmediato y con
referencias a la experiencia. Prácticamente, como cualquier abuelo que cuenta sus
batallitas.
En la actualidad, conservo el interés por ambos campos de la
realidad, junto a otros, pero prefiero la aventura espacial a la terrestre. Me
emocionan las hazañas de rovers que recorren la superficie de la Luna o
Marte, las sondas que “aterrizan” en satélites de otros planetas o sobre
asteroides llenos de arrugas y los descubrimientos de exoplanetas u otros
cuerpos más allá de los límites de lo conocido en el espacio profundo. Me dejan
con la boca abierta esos nuevos cohetes cuyas fases impulsoras retornan
controladamente al punto de partida, y no al mar en paracaídas, para volver a
ser reutilizados, y los sofisticados instrumentos, como el reloj atómico que controlará
las señales, sin pérdida de tiempo por la distancia, que sirven para calcular
la ubicación y la trayectoria de las naves espaciales. También la incorporación
de otros actores a la carrera espacial, como Europa y China, que rompen el
monopolio de rusos y norteamericanos en la investigación científica del cosmos,
y hasta las revelaciones que confirman teorías de la física, como las fuerzas
gravitacionales, o nos muestran por primera vez la imagen de un agujero negro,
del que se supone ni la luz puede escapar. Conservo, en fin, una enorme fascinación
por el progreso en el espacio y los logros de la astronáutica, pero me
decepciona, también enormemente, el retroceso en el acontecer terrenal, donde
los nacionalismos, la estrechez de miras y el egoísmo convierten la acción
política del hombre en una asquerosa batalla movida por ambiciones particulares
o partidistas que genera conflictos, desigualdades, guerras y pobreza por
doquier.
Los avances en el espacio no se corresponden con los de la
Tierra. Trump, por ejemplo, gobierna EE UU -la única superpotencia del planeta-
y ordena el mundo a impulsos de sus instintos primarios e insolidarios y enarbolando
un discurso grosero y ofensivo, como cualquier matón de los bajos fondos. Ya no
existen telones de acero que separen territorios en función de ideologías enfrentadas,
pero continúan las divisiones por el control económico, energético, militar,
político y hasta cultural de cada bando. África se desangra por hambrunas,
enfermedades y conflictos que hacen huir a sus poblaciones en desbandada. Y de
Sudamérica también se huye con lo puesto por la mala gestión y los abusos en
países que prometían un paraíso y acabaron instalando un infierno de déspotas y
ladrones. Nuevos muros y vallas, por tierra y mar, intentan contener esas
avalanchas de desesperados, que nos parecen más peligrosos que la peste, para
que no se cuelen en nuestras casas y arrebaten la riqueza y el bienestar que acaparamos
para nosotros solamente.
Las religiones siguen empeñadas en sus sectarismos
espirituales mientras aspiran a influir en lo material, sea gobierno, sociedad
o intimidad de cada cual, todo lo que pueden, como si estuvieran en posesión de
la Moral absoluta y, aseguran, revelada. Y en España, para no ir más lejos,
volvemos a los viejos cainismos e intransigencias que, de antiguo, nos impiden
progresar en pacífica convivencia ni estar a la altura que corresponde a un
país moderno, plural, libre y civilizado. Derechos conquistados con sudor son
cuestionados por exigencias del mercado y libertades arrancadas tras años de
lucha y sangre son, a su vez, limitados o condicionados por unas élites que
nunca han renunciado a sus privilegios ni a su modelo tradicional de sociedad.
La cultura y el conocimiento están supeditados al espectáculo o a la
manipulación más insidiosa del consumismo. Comparados con los frutos de la
ciencia en el espacio, la deriva de la política hacia maximalismos excluyentes,
lenguajes arrabaleros y estrategias cortoplacistas o populistas que no atienden al interés
general, plagadas de banderías, vetos y consignas, resultan tan desagradables
que, si no fuera porque nos afectan, los aborreceríamos e ignoraríamos
olímpicamente.
Pero eso es lo que quieren. Su objetivo es defraudar, que
no nos interese la política, que nos conformemos con eslóganes y lugares
comunes y no profundicemos en las causas y consecuencias de cada hecho, cada
doctrina, cada problema y cada supuesta solución. Que nos comportemos como un
rebaño manso que vota aleccionado por la oportuna propaganda cada cuatro años o
cada seis meses, según les convenga. Y que nos olvidemos de progresar como
organización social de la misma manera que progresamos en el espacio. Que no
descubramos nada nuevo en la Tierra, como se consigue allá arriba donde giran
los cuerpos celestes, que nos sirva para librarnos de prejuicios,
supersticiones y demás ataduras de la ignorancia y la opresión. Que el
individualismo, el egoísmo y la mediocridad nos hagan esclavos en cada parcela
donde pleiteamos ambiciones y banalidades, y no que la cooperación, la
solidaridad y el esfuerzo por el bien común orienten nuestras preocupaciones, como suele en la investigación espacial.
Y eso es lo malo de las aficiones: que unas dan
satisfacciones y, otras, sufrimientos. Pero de ninguna te puedes zafar sin
renunciar a tu manera de ser y tu trayectoria vital. ¿Qué se le va a hacer?
viernes, 21 de junio de 2019
Verano
A partir de hoy, las horas se embobarán con el vuelo hipnótico
de las moscas y los días irradiarán una luz que teñirá con el color del mar a
ciudades y ánimos. El aire, sofocante pero diáfano, traerá olores a placeres renovados
y aromas de la infancia, cuando el temprano ajetreo en la cocina anunciaba
jornadas de diversión junto a la arena y las olas. Y recuerdos de sonrisas
abiertas como el horizonte azul del Atlántico y apetitos saciados con temblores
de ingenuidad o arrebatos de imprudencia. Vendrán noches sin prisas para la
contemplación de las estrellas y charlas desinhibidas sobre los misterios de
las amapolas o los ovnis, con las que se nutre la convivencia y la amistad. Volverá, desde hoy,
el tiempo apacible de lecturas pendientes y paseos sin rumbo hasta lo más
recóndito de la voluntad. Así será el verano que hoy arranca: una estación que
zamarrea al alma adormecida por obligaciones y horarios y que, cada temporada, desborda
vitalidad al calor de la vida. Hasta la música conmemora, hoy, su Día Mundial
para promover el intercambio cultural entre los pueblos a través del único
idioma que une y no nos separa: la música, con sus melodías y cánticos. Con ella podemos dar la
bienvenida al verano, disfrutando de esta noche más corta del año. ¡Adelante y que tengáis buenas vibraciones!
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