miércoles, 27 de febrero de 2019

Venezuela y la información

Juan Guaidó, presidente encargado.

Venezuela está presente, desde hace unos años, en la agenda mediática, es objeto de una sobreexposición que la lleva a ocupar diariamente los titulares informativos, en los que las palabras libertad, democracia y crisis humanitaria resumen una situación que dista mucho de abarcar toda la realidad del país sudamericano. Sin embargo, la inmensa mayoría de los consumidores de esa información llega al convencimiento de que en Venezuela la democracia ha sido traicionada por el Gobierno de Nicolás Maduro y que el desabastecimiento y las carencias, en un país paradójicamente rico, empujan a la población a las garras de la pobreza, razones que sirven para justificar la intervención en socorro de los venezolanos y en defensa de la democracia por parte de la "comunidad internacional". Se produce, así, una respuesta internacional que, en las últimas fechas, se ha visto reforzada con la intervención de EE UU, el todopoderoso vecino del norte que, por iniciativa de la Administración Trump, ha decido poner “fecha de caducidad” a la situación y exigir el abandono del poder por parte del actual presidente del Gobierno bolivariano. Y lo hace, para meter presión, recurriendo al envío de una ayuda humanitaria que ni ha sido solicitada ni cuenta con permiso aduanero para entrar en el país, lo que ha desencadenado en los pasos fronterizos con Colombia, fundamentalmente, un enfrentamiento, entre civiles que pretendían introducir esa ayuda al país y agentes del orden y del ejército que trataban de impedirlo, que ha causado cinco muertos y cientos de heridos. ¿Es esta toda la verdad?

La historia de los conflictos en América Latina es tan extensa como el propio relato histórico de unas naciones que, desde los tiempos del descubrimiento, conquista y colonización, han sido objeto de explotación y dependencia del imperio de turno para saquear sus riquezas naturales, abundantes en el continente americano. España, Portugal, Inglaterra, Holanda, hasta llegar a los actuales Estados Unidos, han sido, entre otras, las potencias extranjeras que, a lo largo de la historia, han colonizado y subordinado la existencia de los países latinoamericanos al proceso de expansión de un capitalismo comercial que convertía a cada uno de ellos en una factoría que enriquecía al colonizador y empobrecía al colonizado. Y no por maldad, sino porque así actúa el sistema capitalista, cuyo funcionamiento descansa necesariamente en la desigualdad, ya que para que haya unos pocos ricos han de haber muchos pobres. Y desde el saqueo inicial se ha evolucionado hacia el agiotismo económico que, mediante transacciones bursátiles, reglas comerciales y leyes internacionales, continúa exprimiendo aquellos países, sobre todo si disponen de riquezas y bienes naturales, como el petróleo, en beneficio de los imperios dominantes de cada época.

Caricatura sobre la dominación
Nunca han dejado de estar presentes empresas multinacionales foráneas que acaparan minerales, frutos agrícolas, recursos marinos, productos manufacturados o vías estratégicas, bien como propietarios, bien a través de concesiones otorgadas por gobiernos auspiciados por ellas, comportándose, en la práctica, como auténticas latifundistas del continente y cuyos nombres acompañan las peripecias políticas de la región, como la United Fruit Co., la Standard Oil de Nueva Jersey, la US Steel o la Shell, entre otras. Una historia de mercaderes, banqueros, embajadores, ingenieros o presidentes de empresas, cuando no marines, boinas verdes o dictadores telemanejados desde la metrópolis, que ha contribuido a la apropiación de los recursos, la vida y el destino de la mayoría de los pueblos de Sudamérica, merced a esa piratería capitalista basada en la doctrina liberal que tiene como expresión ideológica la articulación de los mercados a escala global. En definitiva, formas de colonización que han sido descritas de forma admirable por Eduardo Galeano en su obra Las venas abiertas de América Latina, imprescindible para comprender el pasado de maltrato y dominación que alimenta y explica un presente todavía incierto y convulso. Como el que vive actualmente Venezuela.

Sobre ese bello país sudamericano de más de 30 millones de habitantes, que asoma al Mar Caribe y linda con Colombia, Brasil y Guyana, se abate una sorda lucha geoestratégica que utiliza la democracia y la crisis humanitaria como excusas para doblegar a un régimen herético, pero democrático, que cuestiona la dependencia colonial del poder a través de la economía. Siguiendo el paradigma de las naciones del subcontinente, que transitaron desde el descubrimiento y la colonización hacia la independencia, pasando por dictaduras, caudillismos, golpes de Estado y, finalmente, la democracia, en Venezuela gobierna, desde que Hugo Chávez accedió al poder hace más de veinte años, un régimen socialista que lucha por desvincularse de las ataduras de ese imperialismo económico que asegura el éxito de la “norteamericanización” del mundo capitalista. Y mientras el petróleo con precios elevados lo permitía, la revolución bolivariana de Chávez y sus nacionalizaciones de sectores estratégicos de la economía, sus reformas sociales y sus ayudas a movimientos izquierdistas vecinales resistieron los intentos de aplastamiento de la todopoderosa bota de la superpotencia del norte, que considera a los países del sur como su patio trasero particular, el cual arregla según su gusto e intereses.

Juan Guaidó y Nicolás Maduro
Es cierto, no obstante, que Venezuela sufre una crisis política y económica, además de un grave problema de abastecimiento y escasez de alimentos y medicinas. Pero su democracia, alcanzada desde 1958 (mucho antes que España) y susceptible de mejoras como todas, es tan fiable como cualquiera de Occidente, en la que las elecciones libres, la separación de poderes y la libertad de expresión constituyen reglas indispensables de calidad democrática. Las críticas a la misma se realizan sin ningún soporte jurídico internacional y obviando la ampliación de derechos que ha supuesto. También es verdad que existe un elevado grado de frustración social debido a la escasez de alimentos, la hiperinflación, la corrupción, la mala gestión, el paro y la agitación política, problemas arcaicos acrecentados conforme mermaban los ingresos procedentes del petróleo, la mayor fuente de riqueza del país, y arreciaban los efectos del bloqueo financiero y el asedio político/económico internacional generados a causa de la deuda externa y el sesgo ideológico del gobierno bolivariano. Aún así, la revolución de Hugo Chávez ha tenido más suerte que la Fidel Castro en Cuba, gracias al petróleo, el principal combustible del mundo contemporáneo, del que Venezuela dispone de una de las mayores reservas del mundo. Suerte hasta hoy.

Porque, aunque en Venezuela no existe una dictadura, como no la hay en los EE UU de Trump, ni en la Hungría de Orbán o la Rusia de Putin, cala el mensaje de quienes han decidido, dentro y fuera del país, que allí reina una dictadura, a pesar de que se han celebrado más de dos decenas de elecciones bajo los gobiernos de Chávez y Nicolás Maduro. Con tendencia al populismo y a cierto autoritarismo, son gobiernos democráticos de una república federal, sujetos a reglas electorales y sufragio universal, que han posibilitado la redacción de una nueva Constitución y la implementación de profundas reformas sociales para reducir la pobreza, potenciar la educación y las tasas de alfabetización de la población, con gratuidad desde la guardería hasta la universidad, fomentar el acceso a la salud también de forma gratuita, con medias de médico por habitante más elevadas de la región, incrementar la inversión en infraestructuras públicas y facilitar el empleo y la cultura, entre otras iniciativas.

Ayuda humanitaria a Venezuela
La derecha venezolana, que no logra la alternancia en el poder pero controla la Asamblea Nacional, despojada de sus competencias por el Tribunal Supremo tras disputas e injerencias mutuas con el Ejecutivo, reconoce a regañadientes la Constitución y minusvalora los logros gubernamentales en materia de derechos políticos, sociales, económicos y culturales. Exige el adelanto de elecciones, incluidas las presidenciales, la liberalización de los presos políticos y autorizar la entrada de ayuda humanitaria al país. El objetivo último, aunque se define como moderada, es restablecer un proyecto neoliberal acorde con los intereses de las oligarquías y el capital transnacional. E insiste en la existencia de una dictadura, que nos hace pensar en Arabia Saudí antes que en Venezuela, del mismo modo que Bush aseguraba la tenencia de armas de destrucción masiva por parte de Irak para justificar una guerra e invadir el país: tergiversando la realidad y fabricando mentiras por motivos que no se confiesan.              

Tampoco existe una crisis humanitaria, como las que desgraciadamente padecen Haití, Sudán del Sur o Etiopía, en los que la comunidad internacional no interviene con envío de ayuda en magnitud y celeridad con que lo hace en el “caso” de Venezuela. Ello no obvia la existencia problemas de escasez, desabastecimiento y zozobra social que en modo alguno pueden equipararse a una crisis humanitaria por hambruna o guerra, como reconoce en un informe Alfred de Zayas, experto de Naciones Unidas para la Promoción de un Orden Internacional Democrático y Equitativo. Existen graves problemas derivados de las sanciones económicas y el bloqueo financiero internacional que no sólo dificultan su solución, sino que empeoran el contrabando de medicinas y alimentos subvencionados en la frontera con Colombia.

Guaidó junto al vicepresidente norteamericano Pence
Es sintomático que haya sido EE UU el primer país en auspiciar y reconocer a Juan Guaidó -electo presidente de la Asamblea Nacional por el mismo órgano electoral que eligió a Maduro  y miembro del partido opositor Voluntad Popular-, como autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela por considerar ilegítimo a Nicolás Maduro. Maduro, sucesor de Chávez, había resultado ganador de las últimas elecciones presidenciales, celebradas hace menos de dos años, que fueron boicoteadas por la mayor parte de la oposición y castigadas con un alto porcentaje de abstención. Es sintomático ese apoyo inmediato de EE UU porque Washington intenta recuperar la primacía perdida, no sólo en Venezuela, sino en el resto del continente, por la competencia que hacen China y Rusia en la región y en la geopolítica internacional.

Tras una década de gobiernos izquierdistas de carácter antiimperialista y emancipadores en América Latina, que siguieron el ejemplo del chavismo para abordar un cambio radical del estatus económico y político imperante históricamente, parece llegada la hora de “arreglar” este patio trasero de USA. Hora de frenar las aspiraciones soberanistas de Venezuela, sus desafíos a la hegemonía del dólar y su apuesta por un mundo multipolar mediante el control indirecto del país, la liquidación de la revolución bolivariana y el desalojo del actual equipo gubernamental izquierdista que Maduro preside. Y para ello basta con una formidable campaña mediática que haga hincapié en supuestos desafíos a la democracia y una crisis humanitaria existentes en Venezuela. Y como si fuera un llamamiento urgente de Cruz Roja, todo el mundo, que tiene algo que ganar y mucho que perder si desobedece la estrategia hegemónica norteamericana, responde con seguidismo a la “voz de su amo”. Esta parte de la verdad se guardan mucho de contárnosla.    

Actualización (8/3/2019):
La otra parte de la "verdad" la revela en parte este artículo.

viernes, 22 de febrero de 2019

Antonio Machado: 80 años en la memoria


Hoy, 22 de febrero, se cumplen 80 años de la muerte de Antonio Machado en Colliure (Francia), adonde tuvo que exiliarse huyendo del odio y la muerte que una de esas dos España siente por la otra. Y desde ese exilio frío y triste, en el que le aguardaba la muerte, escribió un verso nostálgico sobre su niñez en Sevilla: Estos días azules. Este sol de la infancia. Estaba garabateado en un trozo de papel hallado en el bolsillo de su gabán. Desde entonces, hace 80 años que la memoria no deja de añorar esos días azules de sol luminoso que se han nublado para siempre en el poeta.   



Estos días azules y este sol de la infancia,
este camino que sigo, que nunca acaba,
que me lleva a todos esos lugares que me nombran
y abrazo, yo también, con la memoria de los versos
imborrables.

Elvira Sastre
Una de las autoras del libro homenaje a la memoria de Antonio Machado, Estos días azules y este sol de la infancia. Poemas para Antonio Machado. Colección Visor de Poesía. Madrid, 2018.

jueves, 21 de febrero de 2019

MESES DE TABARRA

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno

El Gobierno socialista, formado por Pedro Sánchez en junio de 2018 tras ganar la moción de censura contra Mariano Rajoy, no ha podido agotar la legislatura, acuciado por su debilidad parlamentaria de sólo 84 diputados en un Congreso de 350 escaños y la falta de apoyos por parte de los independentistas catalanes a su ley de Presupuestos, y ha convocado elecciones generales para el próximo 28 de abril. Un mes después, el 26 de mayo, se celebrarán comicios municipales, autonómicos (en la mayoría de las comunidades) y europeos, lo que nos aboca, hasta entonces, a más de tres meses de inmisericorde tabarra electoral, sumamente perniciosa para la salud mental de los ciudadanos.

No hay que ser ningún nigromante para predecir una campaña abrupta y encarnizada de unos partidos que se dedicarán, como ya han comenzado, a bombardearnos la cabeza con proclamas propagandísticas en las que el Apocalipsis sería un mal menor comparado con lo que sucedería en España si ganaran los adversarios. Y tal batalla de todos contra todos para atraer el voto no sólo será intensa sino extensa y plagada de advertencias, promesas, acusaciones, mentiras, conminaciones, exageraciones, descalificaciones, objetivos irrealizables, insidias, manipulaciones interesadas, adulaciones y toda clase de artimañas, falsedades y medias verdades de las que se vale cualquier charlatán para engatusar a sus clientes y convencerlos de que les ofrece lo mejor del mercado. Una técnica de “marketing” que, en el ámbito de la política, se multiplica a la enésima potencia y, en esta ocasión en particular, se alarga más de tres meses, convirtiendo este período electoral en una tortura insoportable que saturará la capacidad de asimilación de información del electorado y la comprensión crítica de lo que, en verdad, nos estamos jugamos.

Para empezar, el dilema de enfrentamiento que plantean algunas formaciones políticas descansa entre constitucionalistas y no constitucionalistas, para enseguida arrogarse la defensa de la Constitución (antiguamente, salvadores de la patria) frente a las supuestas “traiciones” y deslealtades del contrincante a abatir, el PSOE que gobierna "ilegítimamente, por intentar dialogar con quienes persiguen la independencia de Cataluña. Es curioso que en el bando “constitucionalista”, famoso por aquella fotografía que los reunió en la concentración de la plaza de Colón de Madrid, figure en pie de igualdad Vox, el partido de extrema derecha sin presencia institucional, hasta la fecha, que aspira a derogar parte de la arquitectura legal y de derechos que se consagró gracias a esa misma Constitución que los fotografiados se apropian. Que otro partido, el Partido Popular dirigido por Pablo Casado, tenga como tutor y referente ideológico al expresidente José María Aznar, que estuvo en contra y no votó la Constitución. Y que el tercero en discordia, Ciudadanos, sea una formación nacida en Cataluña que unas veces es centrista, anteriormente socialdemócrata y ahora conservadora radical, dispuesta siempre a coaligarse, según convenga, con los socialistas o con la derecha, pero que para estas elecciones asegura y promete no gobernar con los socialistas, pero sí con Vox, como hace en Andalucía de la mano del PP.

Los socialistas, por su parte, afirman representar la España que queremos, sin especificar cuál es ese país que ansiamos y no hemos conseguido después de décadas de democracia, libertad, Estado de derecho, formar de parte de la Unión Europea y disfrutar de un Estado de bienestar que hemos impedido demoler. Ignoran sus trifulcas internas y las diferencias de opinión de sus baronías respecto a la estructura territorial y competencias autonómicas, pero aseguran conocer la España que nos conviene y que en verdad queremos. El pecado del PSOE, según el frente “trifálico” de las derechas, es acceder al gobierno y haber desalojado al PP, condenado judicialmente por corrupción, mediante una moción de censura, siendo una minoría parlamentaria que se apoyó en los votos de las formaciones nacionalistas, comunistas e independentistas con presencia en el Congreso de los Diputados. Y desde esa posición de debilidad, intentar encauzar el conflicto catalán por vía del diálogo para atraer a los independentistas hacia un pragmatismo respetuoso con la legalidad, aunque para ello tuviera que tensar unas negociaciones hasta que finalmente se rompieron, dando lugar a la convocatoria de elecciones anticipadas.

Tampoco se le perdona ese afán por revertir algunas leyes del anterior Ejecutivo para conseguir una redistribución más equitativa de la riqueza y de la recuperación económica, impulsando una subida espectacular del salario mínimo interprofesional, la “descongelación” de las pensiones y del salario de los funcionarios, la recuperación de la sanidad universal y la derogación parcial de la Ley Laboral de Rajoy para recuperar los convenios sectoriales en la negociación colectiva, entre otras medidas. En contra, tras unos escasos ocho meses de mandato, no han tenido tiempo para implementar con éxito otras iniciativas que se han quedado pendientes, como la reforma de la Ley de Educación, la modificación de la del voto rogado, la derogación de la Reforma Laboral y la ley Mordaza, despenalizar en determinados supuestos la eutanasia y exhumar los restos del dictador Franco del monumento del Valle de los Caídos. Para colmo, deja un reguero de anécdotas y “escándalos” que les serán recordados machaconamente durante toda esta campaña: el supuesto plagio en la tesis doctoral del presidente, las dimisiones de Máxim Huerta y Carmen Montón y hasta la autorización de desembarco en Valencia de los inmigrantes rescatados por el Aquarius en el Mediterráneo central. En conjunto, demasiadas ofensas y “felonías” para quienes presumen de defender la unidad de España con la aplicación “indefinida y con toda la extensión precisa” del artículo 155 (suspender una autonomía), la identidad cultural de los españoles (volver a las viejas costumbres centralistas y antifeministas, expulsión de inmigrantes) y el “rigor” en materia económica (bajada de impuestos, exención del de sucesiones y donaciones, y volver a la austeridad y los recortes en el gasto público).

Sin embargo, lo que está en juego en este largo proceso electoral es el futuro del país, el modelo de convivencia de una nación plural, mestiza y diversa en la que caben todos los españoles sin importar donde vivan y sin necesidad de recurrir a una confrontación estéril de “patriotismos” histéricos entre nacionalismos periféricos y un nacionalismo español, como si fueran excluyentes y no se pudieran sentir conjuntamente. Pero, fundamentalmente, más allá del independentismo catalán que presumiblemente centrará la campaña, y que no es el mayor problema que afecta a España pues se halla controlado, aunque no resuelto, por mecanismos políticos y judiciales, lo que se dirime en las próximas elecciones son los problemas concretos que preocupan a los ciudadanos y la forma en que serán abordados por quienes compiten a cara de perro en estas elecciones, dándonos la tabarra.

Aunque pretenderán distraernos con el “ruido” independentista, serán el trabajo y la falta de estabilidad y precariedad salarial que lo caracteriza; las pensiones sobre las que esos partidos son incapaces de ponerse de acuerdo para garantizar su sostenibilidad en el futuro; la calidad del sistema educativo y su capacidad para promover la igualdad de oportunidades y la mejora del porvenir de nuestros hijos; una sanidad que nos atienda sin merma cuando enfermamos; una justicia y una seguridad que no sólo esté al alcance de quienes puedan costeárselas; un derecho a la vivienda que no esté hipotecado a las leyes del mercado; unas ayudas a la dependencia, al desempleo, a las guarderías, a la maternidad, a las becas, a la investigación, a la cultura y a los desfavorecidos que no dependan del color del gobierno de turno ni de la coyuntura económica; una política fiscal, económica y financiera al servicio de las necesidades de los ciudadanos, no de los especuladores y acaudalados; la solidaridad, la cooperación, la paz, la justicia, la equidad y la libertad como guías que orienten la actuación entre nosotros y ante el mundo; esas son las auténticas cuestiones que deberían afrontarse en estas elecciones y sobre las que deberían ofrecernos alternativas de solución todos los partidos contendientes.

Pero si sólo se limitan a confrontar, discutir, descalificar, insultar y provocar mediante el conflicto independentista catalán, nos estarán dando la tabarra para engañarnos, tomarnos el pelo y usar nuestro voto como componenda partidaria e interés partidista. Por eso, me temo que nos aguardan unos meses insufribles para el ciudadano elector que confía en ser tratado como mayor de edad y recibir propuestas electorales que no ofendan su inteligencia ni amarguen su existencia. ¿Será mucho pedir?   

martes, 19 de febrero de 2019

Oumuamua y vida extraterrestre



Desde que, en 2017, se detectara el asteroide Oumuamua, con forma de pepino de 800 metros de largo y 80 de ancho, atravesando el Sistema Solar a gran velocidad y siguiendo una trayectoria poco habitual, no deja de especularse con la posibilidad de vida extraterrestre y de que, en realidad, lo que nos visita sea una nave alienígena que se adentra en nuestro espacio estelar. No cabe duda que se trata de una exageración, más fruto de la imaginación que del rigor científico, aunque hayan sido dos astrónomos de Harvard, entre ellos Avi Loeb, los que han alimentado tales elucubraciones al plantear en un artículo que el extraño comportamiento del asteroide podría deberse a que fuera una nave o sonda enviada por una civilización extraterrestre.

Esas y otras conjeturas obedecen, en realidad, a la dificultad de hallar una explicación coherente tanto por lo que respecta a la enorme velocidad con que se traslada el asteroide -demasiado rápido para ser simplemente atraído por el Sol- como por la órbita que describe, hiperbólica en vez de elíptica o circular, como los demás cometas y cuerpos celestes, que se mueven influenciados por la gravedad. Y ante el desconocimiento para hallar respuestas racionales, nos entregamos a la fantasía para satisfacer nuestra ignorancia.

Sólo así se puede especular que ese pedazo de roca, el primer asteroide interestelar conocido, es decir, el primer objeto procedente de otro sistema solar que se adentra en el nuestro, podría estar propulsado “inteligentemente”, sin verse alterado por la atracción gravitacional. Y que su órbita sea tan poco usual y cambie de trayectoria conforme se acerca al sol. Demasiadas incógnitas que llevan a las mentes más calenturientas a pensar en hipótesis alienígenas que cubren las lagunas de la ciencia, máxime si existen precedentes en la ficción de naves que proceden del espacio profundo y transitan por nuestro sistema solar, ignorándonos o sin detectarnos como planeta que alberga vida, para seguir su camino cual si tal cosa, como novela Arthiur C. Clarke en su obra Cita con Rama.

Tanta especulación y sorpresa denotan, por lo demás, cierta soberbia en la sabiduría humana que se extraña ante hechos que ignora -como la forma, composición, órbita, velocidad y procedencia de los asteroides interestelares- y que no encajan en los parámetros físicos y racionales establecidos. Es así cómo Oumuamua pone en cuestión la idea preconcebida sobre la formación y características de unos objetos cósmicos que creíamos conocer, y las fuerzas y vicisitudes que los empujan a viajar durante millones de años a través del espacio. La vida inteligente extraterrestre y Dios son, desde nuestra ignorancia, explicaciones que ayudan a soportar nuestra incapacidad de conocer y comprender la realidad de un Universo que supera nuestras entendederas intelectuales. Rellenan el vacío de lo mucho que nos falta por conocer.

No es que creamos, no obstante, que el hombre es la única criatura viva e inteligente que habita el Universo. Dado el número casi infinito de estrellas, las probabilidades que un porcentaje de ellas albergue un planeta con condiciones para la vida semejante al nuestro son innegables y estimables. De hecho, ya se han hallado moléculas orgánicas en cometas, y en planetas y lunas de nuestro Sistema Solar. Pero, como reconoce el director científico de la Agencia Espacial Europea, Günther Hasinger, en una reciente entrevista, no es que no exista vida en otros mundos, sino que es difícil descubrirla. Y que, por supuesto, si existe vida inteligente ahí fuera, está tan lejos que no hay posibilidad de comunicarse con ella. Ni ella con nosotros, cabría añadir.

Esta imposibilidad e incapacidad de abarcar con nuestro conocimiento y tecnología la totalidad del Universo es lo que nos hace creer que cualquier nuevo hallazgo puede representar la respuesta a las sospechas de que otra civilización, muchísimo más avanzada que la nuestra, podría conseguir lo que nosotros aún no podemos: viajar por los confines del espacio y descubrir vida inteligente. Y Oumuamua, con su novedosa y extraña presencia, nos invita a soñar con unos viajes que, a escala humana, nos están vedados. La próxima vez será.