viernes, 29 de noviembre de 2013
Noviembre masoquista
Expira un mes que le gusta sufrir, que se tiñe de pena al
rememorar a los fallecidos nada más aflorar en el calendario y se marcha con la
crudeza de un invierno que adelanta un paisaje blanco por todo el país. Es el
mes en que se aprueba definitivamente una ley de educación que crea desigualdad
entre los alumnos y sustituye una asignatura cívica, de valores
constitucionales, por otra religiosa claramente sectaria y adoctrinadora. Y
para que no nos lamentemos con tanto alboroto, en este mes gris se ha elaborado
una normativa que castiga con multa lo que los jueces no penalizan por ser fruto
de la libertad: manifestarnos en las calles. Y es que nos gusta el sufrimiento,
al que optamos con nuestras decisiones. Por eso, nada más apropiado que esta
canción: ¡golpéame! Ese parece el mensaje que depositamos cuando votamos. Que
sufráis de gozo.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Cambio climático en Varsovia
De cuántos asuntos glosábamos en la entrada anterior, el que revestía mayor interés era el de la Cumbre Climática de la ONU (COP19) celebrada en Varsovia hace unos días (23.11.2013). Ni siquiera el acuerdo sobre
el control del material nuclear con fines pacíficos de Irán, por fin sujeto a
supervisión internacional, merecía tanta atención, ya que sus repercusiones, en
el indeseado caso de conflicto, no alcanzarían las dimensiones globales que
ocasiona el cambio climático. Sin embargo, las consecuencias del calentamiento
de la atmósfera afectarían a todos los habitantes de la Tierra. De ahí mi obsesión.
Pero, desafortunadamente, ni los mismos países participantes dela Cumbre
de Varsovia aprecian la importancia del cambio climático. Las conclusiones logradas
con mucho esfuerzo en Varsovia son realmente frustrantes. Causan decepción en
quienes confiaban un mayor compromiso de los países que suscribieron el
Protocolo de Kyoto tendente a disminuir las emisiones de gases contaminantes de
efecto invernadero. Es más, no hubo compromiso alguno, sólo un acuerdo de
mínimos para “contribuir” al esfuerzo por reducir las emisiones. Es decir,
promesas vagas para quedar bien. Era algo que se veía venir tras el abandono de
las ONG de la cumbre por la reticencia de muchos países a presentar objetivos
cuantificables de reducción de emisiones antes de 2015. Un fiasco.
Pero, desafortunadamente, ni los mismos países participantes de
Estas cumbres surgen de la Convención sobre el
Cambio Climático, adoptada por la
ONU en 1992, con el fin de concienciar a la población mundial
sobre los problemas derivados del calentamiento de la atmósfera, que los
científicos achacan a la emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono y
otros gases, a causa de la actividad humana, que provocan un “efecto
invernadero”. Como instrumento de esta Convención, en 1997 se elabora el
Protocolo de Kyoto, que no entró en vigor hasta 2005, por el que los países que
lo suscriben se comprometen a reducir en un 5 %, al menos, el porcentaje global
de emisiones contaminantes en el período de 2008 a 2012. No todos los
países “contaminan” por igual, sino unos más que otros. Estados Unidos, el
mayor emisor de gases de efecto invernadero, no ratificó el acuerdo. Y sigue
sin hacerlo.
Y es que es bastante complicado poner de acuerdo a naciones desarrolladas
con países en vías de desarrollo. Gran parte de la cumbre ha consistido en una
confrontación entre ellos en defensa de sus respectivos intereses
cortoplacistas. Tanto EE.UU, el más importante de los países avanzados, y
China, el mayor representante de los emergentes, difieren a la hora de ponerse
de acuerdo, aún cuando entre los dos aportan el 41 por ciento de todas las
emisiones de gases de efecto invernadero del mundo. Máxime si se tiene en
cuenta que, a los primeros, tales medidas le suponen invertir en tecnologías
“limpias” que hagan sostenible su desarrollo, y a los segundos le limitan su
capacidad para lograr el mismo techo de desarrollo. Para que se comprenda
mejor: los que más combustibles fósiles “queman” con su nivel de vida exigen que
los demás orienten su desarrollo de forma sostenible.
Se temía un fracaso absoluto que ha sido evitado con ese
acuerdo de mínimos que, al menos, salva los mimbres. Se mantiene el compromiso
de “contribuir” al recorte de emisiones de gases invernadero, incrementando los
“auxilios climáticos” e informando cada dos años de la evolución al respecto.
También se ha alcanzado un acuerdo para proteger los bosques tropicales, dada
su capacidad de absorber dióxido de carbono, mediante la financiación de
proyectos forestales en naciones en vías de desarrollo. Y se ha acordado
encauzar ayudas económicas y tecnológicas a países afectados por los desastres
del cambio climático, al objeto de que puedan prevenir y reparar sus
consecuencias. Y poco más. La única gran novedad, grata por cierto, es que sólo
la Unión Europea ,
entre los cerca de 200 estados participantes en la Cumbre del Cambio Climático
de Varsovia, avanzó que presentará sus compromisos de reducción de emisiones en
enero del próximo año.
Aunque es indiscutible su fundamento científico, las dificultades
económicas y los intereses egoístas de algunos países impiden abordar los
problemas del cambio climático con el compromiso obligatorio y vinculante que
requieren. Es triste constatar esta limitación de miras cuando lo que está en
juego es el futuro de nuestro planeta. Confiemos en que, cuando se decida de
verdad hacer un uso sostenible de nuestros recursos, la actividad industrial
humana no haya asfixiado al mundo ni nos haya condenado a la desaparición. Así
de grave es este problema que no se aborda con el debido rigor, a pesar de los
esfuerzos de la ONU
y su Convención sobre el Cambio Climático.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Una actualidad movidita
En los últimos días han sucedido muchos hechos susceptibles de ser glosados por cualquier comentarista de la actualidad. Todos interesantes e importantes. Y a todos los niveles. Andalucía, España, Europa, Oriente Medio o el mundo son los ámbitos referenciales donde se generan estos acontecimientos capitales para los intereses nacionales.
El más cercano e inmediato es el Congreso del PSOE andaluz, celebrado en Granada este fin de semana,
que ofreció votaciones “a la búlgara”, en el que todo fueron parabienes para el
aparato elegido y su nueva líder regional, Susana Díaz, con más del 90 por
ciento de aprobación. Produce vergüenza semejante unanimidad corporativa a la
hora de refrendar personas y políticas, sin apenas contestación por parte de
unos congresistas que ya habían consensuado entre bambalinas los asuntos
sometidos a votación. Eso no es democracia interna, sino dirigismo férreo por
quien se jacta de saber manejar “los
hilos” de los congresos socialistas, en los que cada “familia” espera conseguir
su cuota de poder orgánico. Tampoco es nada nuevo: ya Alfonso Guerra también
advertía en sus tiempos que “quien se mueva no sale en la foto”. A ver
ahora cómo la “renovación” encara el pedregoso camino hacia la recuperación de
su electorado y vuelve a recibir la confianza de los ciudadanos ante las citas
con las urnas de los próximos años. Entonces es cuando se validan todas las
estrategias.
También el Partido Popular tiene en Andalucía un reto peliagudo:
designar la cara de su próximo cartel electoral ante la renuncia de un
presidente regional que siempre asumió el cargo en funciones. Juan Ignacio Zoido sabe que si tiene
algún crédito electoral es en Sevilla, donde conquistó la Alcaldía por derecho
propio y errores ajenos, justos los motivos por los que es rechazado en el
resto de la comunidad. No es que no desee ser candidato a la Presidencia de la Junta de Andalucía, sino que
no está en condiciones de poder disputar la contienda con suficientes
posibilidades de éxito debido a su marcado tufo sevillano. Hay otros aspirantes
tomando posiciones ante la secretaria general, Dolores de Cospedal, que decide
cuándo y quién será el bendecido por el dedo de la organización. Otro ejemplo
de “democracia interna” partidista.
Otro frente que sigue abierto como una herida purulenta en
el Partido Popular, este a nivel
nacional, es el de la financiación irregular que el juez Ruz indaga con el caso Bárcenas. Tras analizar las cuentas
de las obras acometidas en la sede del partido, se desprende una contabilidad
“b” continua en el tiempo, en la que están supuestamente involucrados
empresarios que obtuvieron adjudicaciones de la Administración.
Un feo asunto que lastra progresivamente la credibilidad del
partido que gobierna España y deja en evidencia a quienes se daban golpes de
pecho por la transparencia de su formación
y la honestidad de sus dirigentes. Ya hay hasta constancia de mentiras en sede
parlamentaria y durante ruedas de prensa.
Al mismo tiempo que se conocen estos fraudes y chanchullos
en el partido con responsabilidad de gobierno, manifestaciones multitudinarias se extendieron por todo el país
contra los recortes y las privatizaciones que ha impulsado el Gobierno de
Mariano Rajoy como única “receta” posible para combatir la crisis económica.
Prácticamente ningún sector productivo está contento con las medidas adoptadas.
El personal sanitario está harto de convocar marchas “blancas” contra los
recortes salariales, las agresiones al sector público y las privatizaciones de
hospitales. Lo mismo sucede con el profesorado, el alumnado y los padres de
alumnos que claman por mantener una enseñanza pública de calidad, sin
sectarismos ni precariedad, desde la primaria hasta la Universidad. Ningún
trabajador, cualquiera que sea el sector en que desarrolla su actividad, está
conforme con una “reforma” laboral que, aparte de entregar todo el poder al
empresario, ha supuesto la eliminación de derechos laborales conquistados a
base de lucha y sacrificios. Incluso los pensionistas ven cómo se “mete mano”
en sus pensiones, se endurecen las condiciones para cobrar una pensión,
atrasando la edad de jubilación y ampliando el cómputo de años para su cálculo,
y se condena a perder poder adquisitivo al garantizar sólo una subida anual del
0,25 por ciento que no contrarresta el incremento del coste de la vida. Causa
perplejidad tan elevado número de colectivos disconformes con el Gobierno
porque, si ellos no fueron, ¿quién votó entonces al PP?
Las perspectivas del próximo año no son más halagüeñas. Bruselas acaba de señalar que hay que
apretarse aún más el cinturón en España. Le parecen pocos los sacrificios que
los ciudadanos han realizando hasta ahora. El empobrecimiento general de la
población y el desmantelamiento del Estado del Bienestar no son suficientes.
Quiere que se dedique aún menos dinero a políticas sociales y de solidaridad.
Quiere al trabajador más expuesto frente a un mercado sin piedad. Y el Gobierno
se apresura a responder con la promesa de nuevas “reformas” laborales que, no hay que ser un
lince para adivinarlas, supondrán menos prestaciones por desempleo, más
abaratamiento para el despido y más libertad para que el empresario maneje a su
antojo los criterios de contratación laboral.
Pero para que alberguemos alguna remota esperanza en superar
esta situación, las Loterías del Estado difunden un anuncio pastelero para
promocionar la lotería de Navidad.
Da grima ver a Raphael parodiarse a sí mismo, exhibiendo dentadura postiza,
para parecer más tierno que la momia de Tutankamón o la expresión de pánico en
los ojos de Monserrat Caballé, que no se cree lo que está haciendo. Tanta caspa
y cutrerío en un spot hacía tiempo que no se contemplaba. Y es que todo, hasta
la publicidad, retrocede a épocas grises en que se carecía de libertad hasta para
ver la televisión.
Y mientras hoy se conmemora el Día Internacional Contra la Violencia de Género,
para ver si tomamos conciencia de que, en este país de nuestras penas, el
machismo sigue matando mujeres que considera de su propiedad, el Gobierno
instala cuchillas en la valla de
Ceuta y Melilla para impedir la invasión de inmigrantes. Dice que son
disuasorias, como si la posibilidad de morir impidiera huir de la muerte. La
gente se mata por escapar de un infierno, por lo que, si de verdad desea
disuadir efectivamente a esos infelices que buscan en Europa un sueño frente a
la miseria, mejor que pongan un campo de minas entre las dos vallas de la
frontera. Una bomba y una cuchilla demuestran la misma falta de ética y respeto
a la dignidad humana. Diga lo que diga el Gobierno y su ministro de Interior
Menos mal que a veces no todo reluce tan negro. La amenaza
nuclear de Irán parece estar resolviéndose
con la zanahoria del diálogo (y el palo de las sanciones económicas) entre las
potencias negociadoras con Teherán. Se reconducen las relaciones del país de
los ayatolás con Occidente y se encauza el problema del programa nuclear iraní,
que despertaba el temor de que escondiera una finalidad militar más que
energética. Claro que los israelíes, egipcios y saudíes recelan del acuerdo.
Recelan por la consideración como potencia regional que acapara Irán para
sentarse a negociar con Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido, Francia y
Alemania y alcanzar un acuerdo que satisface sus intereses económicos y
políticos. Tanto Israel como las otras naciones árabes ven empequeñecer su
capacidad de influencia en la zona ante un Irán que vuelve al redil de la
geopolítica internacional, además de continuar con su liderazgo religioso entre
los chiíes. No se elimina el riesgo de
una proliferación de armas nucleares en el futuro, como las que posee Israel
desde finales de los años sesenta, pero al menos lo amortigua de momento. Algo
es algo.
Como algo es lo alcanzado, por raquítico que sea, en la
cumbre climática de Varsovia. Pero de ello hablaremos en otra ocasión.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Con Kennedy asesinaron mi niñez
Yo era un niño puertorriqueño de diez años cuando mataron a Kennedy. La verdad histórica es que asesinaron a dos Kennedy en poco tiempo, pero es tan potente la fuerza de un mito que, cuando pronunciamos ese apellido, sólo nos referimos a uno de los hermanos, al que se representa con las iniciales de su nombre, JFK, grabadas indeleblemente en la memoria de aquel chaval durante toda su vida y en la de varias generaciones de personas, del mundo entero, a partir de la fecha del magnicidio, hace hoy 50 años.
Por entonces, los días eran una sucesión indeterminada de tiempo que apenas deja rastro entre los recuerdos, salvo el de aquella mañana fresca de otoño en que, naturalmente, ni sabía de política ni tenía ningún interés por una cuestión tan complicada de la que, a lo sumo, había oído hablar de vez en cuando a mis padres. Sin embargo, la agitación y el revuelo que se produjo el día que asesinaron al presidente americano se me quedó impresa en la mente, imposible de olvidar. ¡Habían matado a Kennedy! Fui testigo de la conmoción donde quiera que estuviera presente: en casa, en el barrio, en el pueblo, en el colegio, en la calle, en todas partes. También por la radio, la tele y los teléfonos no se hablaba de otra cosa. Fue como padecer una enfermedad propia de la infancia: te deja inmunizado de por vida. Así, de manera un tanto confusa pero imborrable, percibí que el ambiente de los mayores se había espesado de súbito hasta contagiar su gravedad y preocupación al niño que hasta entonces había sido ajeno a las preocupaciones de los adultos. De alguna manera, había asumido que ya no era cuestión de juegos ni de risas, sino de silencio y seriedad, de seguir con atención los comentarios que iban surgiendo y comenzar a comprender lo que había sucedido.
Había empezado a tener conocimiento de la realidad que inquietaba a los mayores, a mis padres y a toda la familia. Ya sabía que la persona que habían matado aquel 22 de noviembre de 1966 era John Fitzgerald Kennedy, el 36º presidente de Estados Unidos. Lo había asesinado Harvey Oswald con un rifle desde la ventana de una biblioteca de Dallas mientras la comitiva presidencial desfilaba en coche descapotable por la ciudad. La escena, tantas veces reproducida, fue impactante para los adultos, pero aún más para un niño. El espanto de ver volar la cabeza a Kennedy, la reacción desesperada por huir de su esposa, sentada a su lado, y el salto del guardaespaldas sobre el maletero del coche para impedírselo y cubrir a ambos con su propio cuerpo son más potentes que ninguna película, y más a esa tierna edad.
El mundo se revelaba con toda su crudeza, mucho más terrible y violento que las historietas de cualquier cómic, tan simplonas. El propio Kennedy, cuya juventud e ideas significaban una esperanza para millones de personas, al promover leyes sobre derechos civiles y la integración racial, y declararse berlinés en Alemania occidental para criticar el comunismo, era al mismo tiempo un mujeriego irresponsable y un imperialista capaz de ordenar la invasión fracasada de Bahía de Cochinos. Un personaje carismático que encandilaba a la nación cuando prometía el objetivo de llevar un hombre a la Luna en aquella década, pero al mismo tiempo tan osado para ocasionar el momento de mayor peligro de guerra nuclear con el bloqueo naval a Cuba para impedir la instalación de misiles soviéticos en la isla.
Un niño deja de ser niño cuando empieza a interesarse por la realidad que le rodea, por una realidad tan traumática como el asesinato de un presidente y toda la complejidad de asuntos que va descubriendo. Por eso, cuando mataron a Kennedy también acabaron con mi inocencia infantil, para desvelarme de repente un mundo lleno de trampas y equívocos, donde nada es lo que parece ser, sino más feo y oscuro. Con Kennedy asesinaron también mi niñez, para bien o para mal, que aun no lo tengo claro. De eso hace hoy cincuenta años, que se dice pronto. Pero no se olvida
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