jueves, 29 de noviembre de 2012
Dispuesta a todo
Venía dispuesta a todo, entregada a lo que hiciera
falta para conseguir lo que se proponía, sin importarle las molestias ni los
perjuicios que ello supusiera. Por eso, no se quejó del pinchazo en una azulada
venita del dorso de la mano, sólo observó que en esa zona dolía un poco más, restándole
importancia. Tampoco pronunció queja alguna cuando hubo que volver a pincharle
en la flexura de ambos brazos de manera infructuosa ni cuando se logró
puncionar otra vena en la muñeca izquierda. Llevaba ya varias horas en el
hospital sin que ninguno de estos intentos por canalizarle una vía fuera eficaz
para realizar el procedimiento al que se había ofrecido de manera voluntaria.
Finalmente tuvo que someterse a la inserción de un catéter en una vena
profunda, bajo anestesia local, por parte de otros profesionales de un servicio
especializado, que también encontraron cierta dificultad en lograrlo. Cuando al
fin pudieron conectarla a la máquina, tenía más hambre que dolor. Sólo pudieron
ofrecerle un bocadillo hasta que a media tarde finalizó la extracción. Ni
siquiera entonces, tras tantos padecimientos y cosida a pinchazos, manifestaba
contrariedad alguna. Estaba convencida de que todos los sacrificios serían
recompensados. Su hermano era el destinatario de la medula ósea que acababa de
donar y, gracias a ella, él recobraría la salud. Venía dispuesta a todo por conseguirlo.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Triste noviembre
Se agota noviembre y me invade una sensación de alivio, una
extraña satisfacción por dejar atrás un sendero inhóspito. Siempre me ha
parecido un mes anodino y sin relieve, que nace dando culto a los santos y los
muertos (¿será lo mismo?) y termina con el relevo al último mes del año. Pero
más que por él en sí, mi desánimo proviene de las circunstancias que han
confluido en este dichoso mes, tan desagradable. Aparte de las lluvias y el
frío, noviembre se ha acompañado, exacerbándolos, de la amargura de los
desahuciados, la angustia de los parados, el desconsuelo de los funcionarios y
la pena de los sacrificados en nombre de la economía y el mercado. Se ha teñido
de un gris mugriento que es la tonalidad anímica de los que se sienten
aplastados y vilipendiados por una política que atiende antes a los intereses
del capital que al de las personas, aunque se esgrima que ello obedece a la
prosperidad y el bienestar de todos. Grandes palabras que camuflan enormes
mentiras. Salir del negro pozo de noviembre es, al menos, no hundirse en él,
escapar de su espanto para respirar un soplo de esperanza, atisbar el leve
resplandor que ilumina alguna escapatoria y olvidar tanta tristeza. De ahí ese
alivio que me invade al agotar este mes. ¡Aleluya!
martes, 27 de noviembre de 2012
¿Votos para privatizar?
Los profesionales sanitarios, en especial los de Madrid,
donde el Gobierno de la
Comunidad ha anunciado el traspaso a la gestión privada de un
número importante de hospitales y centros de salud, andan soliviantados en
concentraciones y manifestaciones en contra de tales proyectos. En pancartas y
declaraciones expresan su defensa de una sanidad pública, financiada por el
Estado con cargo a los presupuestos. Es una actitud loable que recibe el apoyo
incluso de usuarios y pacientes acostumbrados a recibir asistencia sin tener
que pagar directamente ningún recargo por ello, hasta la fecha, aunque a los
pensionistas ya se les había obligado a satisfacer un porcentaje por las
medicinas, que para ellos eran gratuitas, y la expedición de recetas precisará del
abono de un euro. Eso de ir “gratis” a los hospitales parece que pasará a la
historia, a pesar de que la viabilidad del sistema público sanitario esté
sustentado en los impuestos que pagamos todos.
Los médicos, enfermeros y demás personal sanitario se han
levantado, con paros y protestas, contra unos planes de privatización que son
impulsados en las comunidades gobernadas por el Partido Popular, siguiendo el
ejemplo del hospital de Alzira (Valencia) y que se pretende continuar también
en la Comunidad
de Castilla-La Mancha. Hasta la fecha, hay proyectos de privatización para 10
hospitales en ambas regiones, lo que podría representar un negocio de unos 500
millones de euros y el cierre de determinados servicios y prestaciones de
escasa rentabilidad económica, no social.
Lo más llamativo de estas reacciones es que se producen en
comunidades donde gobiernan los conservadores, en cuyo programa revelan su
intención de “adelgazar” la administración y entregar a la iniciativa privada
la provisión de aquellos servicios que estaban en el sector público. Tal
intención había recibido el apoyo mayoritario de los votantes de esas regiones,
dando su conformidad a esas promesas privatizadoras y al modelo de gestión que preconizan.
Tanto en Valencia como en Madrid, los populares llevan años obteniendo holgadas
mayorías parlamentarias que les han permitido llevar a la práctica sus promesas
electorales, como también ahora desde el Gobierno de la Nación. Era una
actitud consecuente con la ideología liberal que caracteriza a ese partido y de
la que venía dando avisos poco honorables como el de apartar a un responsable
facultativo de su puesto acusándolo de practicar la eutanasia con los pacientes
terminales, como hizo Esperanza Aguirre con el doctor Montes.
Es por ello que causa cierta perplejidad que, quienes
apoyaron unas medidas tan evidentes, se rebelen ahora contra las mismas cuando
comienzan a ser ejecutadas, como si desconocieran las intenciones programáticas
de a los que confiaron el voto. Se me podrá argüir que probablemente ninguno de
los manifestantes son votantes de la derecha y que, si así fuera, se sienten
engañados con esas iniciativas privatizadoras. Lo que se descubre, en cualquier
caso, es que el ejercicio del voto se realiza por parte de mucha gente sin la
ponderación debida de lo que ello supone, máxime en períodos de crisis económica
como el que estamos sufriendo, donde cada opción política representa formas
distintas para combatirla. Porque no es cierto que ya no existan ideologías,
sino que están más camufladas que nunca para evitar su rechazo entre una extensa
clase media adormecida y temerosa de cualquier cambio social.
Gracias a estas movilizaciones a favor de lo público,
¿tendremos por fin claro qué modelo de sociedad queremos? ¿O sólo afecta a la sanidad?
lunes, 26 de noviembre de 2012
Desahucios y "malas artes"
Desgraciadamente, se han puesto de actualidad los desahucios
de viviendas promovidos por unas entidades financieras que concedieron
préstamos hipotecarios sin atender escrupulosamente los riesgos e imbuidas,
ellas también, en la vorágine de la burbuja inmobiliaria. Es triste comprobar
cómo los que sucumbieron al reclamo de adquirir o cambiar de vivienda con suma
facilidad –facilidad crediticia- por aspirar a la mayor satisfacción de
cualquier mortal -tener un techo propio-, son ahora desalojados de su propiedad
por culpa de unas circunstancias adversas. Una adversidad que no es producto de
la naturaleza o la casualidad, como los terremotos, los huracanes o la caída de
un meteorito, sino que es consecuencia de irregularidades y abusos que
retuercen el funcionamiento ordenado de las cosas. Decir que los desahucios
derivan de la crisis es no querer asumir responsabilidades, tanto por parte de
quienes fomentaron el apetito crediticio como de los que, como moscas a la
miel, cayeron en la tentación del dinero fácil. Hay responsabilidades
políticas, bancarias e individuales que deberán ventilarse en función de su gravedad,
del mismo modo que se atienden las reclamaciones de los perjudicados de
cualquier concurso de acreedores: de mayor a menor grado de implicación.
No cabe la menor duda de que el Gobierno, cuyo cometido es
velar por el bien general e intervenir para evitar los desajustes que
perjudican a la sociedad, tiene la mayor responsabilidad de lo sucedido.
Políticas y políticos se “pringaron” en algún momento en la elaboración de leyes
que posibilitaron el “boom” de la vivienda, acondicionando un “terreno” propicio
a la especulación inmobiliaria; bancos y entidades financieras intervinieron
como pirañas en un mercado lucrativo sin controlar ellos mismos los riesgos que
asumían y sin que nadie controlara su avaricia; y, finalmente, los particulares
que participaron de las bondades y ventajas que ofrecían todos. Durante muchos
años, el Gobierno fue sordo a las advertencias que pronosticaban el estallido
de la burbuja, negándose a actuar para contrarrestar sus efectos. Antes al
contrario, permitió que Cajas de Ahorro, ajenas a la promoción inmobiliaria, y Bancos
no hipotecarios se apuntaran al banquete de la construcción y la inversión en ladrillo.
Su capacidad de supervisión y regulación no previno ninguno de los desmanes que
ahora atormentan a todos, pero castigan especialmente al último eslabón de la
cadena de damnificados, el más desamparado, que son los ciudadanos, a los que
se les exige -con todo el rigor de una ley trasnochada- la atención de unos
créditos que ni la devolución del bien permite cancelar.
Sólo cuando los suicidios de los embargados alcanzan el escándalo
social es cuando el Gobierno intenta intervenir con unas ayudas tan miserables,
legalizando aplazamientos en casos extremos, que hasta los jueces, que deben
hacer cumplir la ley (hipotecaria), alzan la voz ante lo injusto de la situación.
Y algunos bancos, enfrentados a la imagen de su amoralidad, corren a lavarla
con medidas adicionales que suavizan la persecución de los afectados, aceptando
una minoría de ellos la dación por pago. Es decir, dos de los mayores culpables
del endeudamiento al que han empujado a muchos incautos, procuran atenuar las
consecuencias de su voracidad con parches que no solventan, pero retrasan el problema.
Un problema que se agudiza, precisamente, a causa de las medidas de “ajuste” y recortes
que el Gobierno adopta y que han elevado la cifra de desempleados a récords
históricos nunca vistos. Primero te engañan y luego te empobrecen para
finalmente despojarte de tus únicas posesiones: un trabajo y un hogar. Que
muchos opten por el suicidio no es descabellado en tal tesitura. Ninguna de las
noticias al respecto informa de que las pertenencias embargadas sean chalets
con piscina, yates, cuadras de caballos o vehículos de alta gama, sino humildes
viviendas de trabajadores avalados incluso por sus propias familias –a las que
también se les desahucia- y locales de pequeños emprendedores que confiaron la
suerte en un porvenir que se tizna de luto.
Pero es que ese mismo Gobierno que acorrala a los ciudadanos
para proteger una economía usurera y tramposa, emplea “malas artes” contra todo
lo que entorpece su objetivo de apropiación de una realidad que pretende usurpar
de manera absoluta. Porque emplear “malas artes” es espolear a la Policía contra los
ciudadanos no sólo en los desahucios, también cuando aborta manifestaciones de
estudiantes de bachillerato (Valencia), en las protestas contra los recortes (Tarragona)
y en cualquier oportunidad de ejercer la fuerza con dureza y sin contemplaciones
(alrededores del Congreso de los Diputados). Hay un antes y un después en las
actuaciones de los Cuerpos y Fuerzas del Orden Público desde que el Partido
Popular está en el Poder, que se evidencia en la violencia con que reprimen
incluso cualquier concentración, como la desarrollada en la Alameda de Hércules de Sevilla,
donde detuvieron a un cámara de televisión por presunta desobediencia a la
autoridad. Y es que grabar imágenes de sus excesos y resistirse a que el vídeo
sea incautado, es causa suficiente para ser acusado, con malas artes”, de participar
de la protesta y ser cómplice de los manifestantes. Acabas detenido y pasando
la noche en los calabozos, como en los mejores tiempos de ingrato recuerdo.
Mucho más grave aún es propalar una mentira e inventarse un “informe”
policial contra un adversario político que presenta un órdago al Gobierno con
una propuesta independentista en Cataluña, que cuestiona la unidad política del
Estado, durante las elecciones autonómicas celebradas en aquella Comunidad. Y
aunque el plan soberanista no fue refrendado en las urnas, obligó a un Gobierno
temeroso del envite a volver a practicar “malas artes” para enfangar unos
comicios mediante acusaciones de corrupción contra el presidente de la Generalitat , dando
cobijo a una información prefabricada que no ha sido elaborada por la unidad
policial a la que se le atribuye, es desconocida por el propio jefe de la unidad,
en declaraciones al juez, y que hasta el ministro “competente” también dice desconocer.
Es preocupante que un Gobierno, con tal de ejercer todo el
poder, no tenga remilgos a unos usos que en democracia deberían estar vedados
de manera absoluta. La falta de sensibilidad ante situaciones de calamidad y
pobreza, la supremacía dogmática de la economía sobre lo social, las injurias a
los adversarios, el exceso de violencia de las Fuerzas del Orden Público, la
ocupación totalitaria del la realidad para conformar una Opinión Pública
favorable, la manipulación informativa en los medios de comunicación que
controla, rehuir de consensos con los partidos políticos y los agentes sociales
a la hora de impulsar iniciativas y todo esa tendencia al ejercicio del poder
absoluto delatan un deterioro de la calidad de nuestra democracia de alarmantes
consecuencias. Los populismos más perniciosos se incuban en el deterioro social
y en la falta de escrúpulos para apartarse de las prácticas honestas de
gobierno, con respeto a las normas y a la ley. Y esta tendencia es la que se
vislumbra, desgraciadamente, en el comportamiento del Partido Popular no sólo
desde el Gobierno, sino incluso antes, cuando estaba en la oposición por mentir
sobre los atentados de ETA el 11M, precisamente. Es grave y es peligroso
porque, aunque nadie duda de la lealtad a la democracia del Partido Popular,
algunas de sus acciones bordean lo moralmente, en política, permitido y porque
a su sombra otros con menos lealtades pueden proliferar. Hay que apartar las “malas
artes” y dejarse de engaños: para empezar, demos una solución a los desahucios
de manara valiente. Exijamos responsabilidad a quienes mayor cuota tuvieron e
impidamos que nadie contemple la muerte como forma de saldar sus cuentas. Por
justicia y por la democracia.
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