jueves, 31 de mayo de 2012

Los "rotos" de Rato

Mientras más datos afloran del “agujero” de Bankia, más dañado queda el prestigio de Rodrigo Rato, el mítico político que era alabado como el artífice de los logros económicos de la era Aznar, en cuyos Gobiernos ostentó la responsabilidad del Ministerio de Economía y las vicepresidencias económicas, con Mariano Rajoy de multidisciplinar cometido (Admons. Públicas, Educación y Cultura, Interior) y autor de retruécanos (“hilillos de plastilina” que salían del Prestige) y un leal y poco dialéctico Cristóbal Montoro como fiel escudero en la Secretaría de Hacienda, primero, y como ministro, después, idéntico destino al que hoy ocupa con más poder disuasorio.

Rato fue vicepresidente segundo para Asuntos Económicos en la primera legislatura de Aznar y vicepresidente primero durante la segunda (2000-2004), siendo en ambas el autor de las medidas que permitieron una recuperación de la economía española, mediante recetas liberales de bajada de los tipos de interés y el control (momentáneo) de la inflación. Ello supuso cumplir con la promesa del Partido Popular de sanear las cuentas públicas, basándose en la rebaja fiscal y las reformas estructurales, medidas que recuerdan la actual política de Rajoy.

Pero este heredero de una saga familiar de empresarios asturianos presenta también zonas oscuras que ensombrecen su gestión, allí donde vaya. Ya su padre y un hermano terminaron en la cárcel por un asunto de evasión de divisas, bajo la cobertura del Banco Siero, en 1997. En ese primer año como ministro, Rato se vio implicado en la querella criminal que se interpuso contra la empresa de su familia, Rebecasa (Refrescos y Bebidas de Castilla, S.A.), por una fraudulenta suspensión de pagos. Sin embargo, el escándalo de mayor envergadura en el que se ha visto envuelto ha sido en el “caso Gescartera”, una agencia de valores que fue intervenida en 2001 por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) a causa de una estafa por más de 20.000 millones de pesetas, una trama que recuerda a la Gürtel de actualidad, por las implicaciones que supuso para el PP, pero a escala más modesta, y en la que figura HSBC, un banco que operaba con la sociedad y que concedía créditos en condiciones muy ventajosas a Muinmo, una empresa participada por su familia.

Nada de ello, sin embargo, eclipsó la imagen de brillante economista que exhala Rodrigo Rato, hasta el extremo de que, nada más el PSOE arrebatara el poder al PP, es designado director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), un cargo con mandato de cinco año de duración y posibilidad de reelección, que goza del rango de un jefe de Estado, con derecho a participar en las cumbres de las economías más desarrolladas (G-8) y en diversos foros mundiales. Pero del que Rato, sorpresivamente, dimite a los tres años (2007), por razones nunca aclaradas, aunque existen informes internos que denuncian que el organismo no supo prever la enorme crisis financiera que estaba gestándose en sus propias narices y que todavía nos afecta.

Ese es el Rodrigo rato que aterriza en Bankia para acometer el saneamiento de una Caja Madrid obligada a “dimensionarse” y adquirir capacidad de financiación ante su elevada exposición al “ladrillo”.  No dura ni dos años, descubriendo un “roto” de 23.500 millones de euros, casi 4 billones (con b de bestialidad) de las antiguas pesetas, y que deja a España a las puertas de la intervención europea, lo que tanto teme Rajoy, pero más cualquier ciudadano, al que todos estos “agujeros” lo empobrecen cada día más.

Así se teje la brillante alfombra de la reputación de Rodrigo Rato, cubierta de “rotos” que la deshilachan, aunque continúe siendo sumamente rentable, en vista de los millonarios beneficios, blindados naturalmente, que proporciona a su propietario y de las exenciones de responsabilidad con que le protege. Esos sí que son “rotos” y no los descosidos de la sanidad y la educación que nos quieren hacer pagar, sin comerlo ni beberlo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Poetas andalusíes

Sevilla cobija los espectros de poetas de todas las épocas que se materializan en lugares, calles y casas donde se puede presentir la presencia de esos espíritus que la amaron y la inmortalizaron en sus versos. Desde tiempos inmemoriales, la ciudad ha despertado una extraña fascinación en los trovadores de la palabra que, en una simbiosis sentimental, ha enriquecido la memoria literaria de esta capital del sur de España.

Desde el siglo X hasta el XIII, los árabes de Andalucía quedaron embelesados con los jardines del Alcázar, conjunto palaciego real donde se ubicaba la antigua qubba islámica, cuya fragancia de jazmines inspiraba al rey poeta, Al-Mutamid, tercer y último rey abbadi de Isbyliyya, el más conocido de los poetas árabes. Era hijo de Almutadid o Abad II, que consiguió extender el reino de Sevilla desde el Algarve portugués hasta Murcia, aunque finalmente tuviera que hacerse tributario de Fernando I, el monarca castellano que entabla conflicto con el reino nazarí de Granada para la reconquista de estos territorios. Gracias a un bellísimo poema, Al-Mutamid había logrado el perdón de su padre tras fracasar en la conquista de Málaga. No en vano, Al-Mutamid había heredado la afición de su progenitor por la poesía y bajo su corte, que convirtió en centro de la cultura islámica del momento, gozaron de gran favor los poetas y literatos, como Ibn Zaydún, Ibn Ammar e Ibn al-Labbana, quienes celebraban en El Alcázar justas poéticas, denominadas nawdiyyat y nawriyyat, fiestas para cantar a los jardines y las flores. Según Ibn al.-Qattá, escritor siciliano que visitó esta tierra, “ninguno de los reyes de la época llegó a reunir tantos poetas ni tan admirables e importantes literatos como él”.

Y aunque Al-Mutamid sobresale entre los poetas andalusíes para convertirse en un personaje idealizado y mitificado, cuya figura ha sido fuente de leyendas u objeto de novelas (Don Juan Manuel inmortalizó en El Conde Lucanor la pasión de Al-Mutamid por su bella e ingeniosa esposa), fueron muchos los que hicieron de la Sevilla islámica una meca de la poesía. Nombres como Abd a Kassím Mohamed ibn Hani, más conocido como Ben Hani, nacido en Sevilla en 936, fue autor de Diwan, considerada una de las mejores obras poéticas en lengua árabe, Mohammed ibn al-Hassan ibn Allah ibn Mudchak al-Zobaida, erudito y poeta cuya obra fue seguida por numerosos discípulos, y tantos otros que jalonaron durante siglos las cimas poéticas de los andalusíes. Sus voces, como ecos apagados, pueden percibirse en lo más profundo de El Alcázar de Sevilla, en aquellos patios primigenios, como el Patio del Yeso, espacio abierto con pórticos en tres de sus lados, los mayores con arcos en herradura, y el menor, el más rico, con siete arcos mixtilíneos, transformándose el muro en los laterales en una filigrana calada de rombos realizados en yeso.

Poeta enamorado

Junto a Almutamid está Rumaykyya, la esclava que conoció a orillas del gran río y convirtió en la reina Itimad, al hacerla su concubina y esposa. Compartió con su esposo el poder político y su afición a la poesía. Joven bellísima, esclava de un arriero, supo ganarse el amor del rey al completar un poema que éste improvisaba durante un paseo por la ribera del Guadalquivir:

“El viento teje lorigas en las aguas...”

Antes de que sus acompañantes respondieran, una voz surgió entre los juncos completando el hemistiquio:

“¡Qué coraza si se helaran.”!

Así comenzó a tejerse la leyenda de la joven Itimad, la esposa del rey poeta andalusí de Sevilla, cuyo recuerdo inmortaliza ese azulejo que se halla en el Barrio de Santa Cruz, dedicado a quien se conoció en su época como as-Sayyidat al-Kubra (la gran Señora).

sábado, 26 de mayo de 2012

No son ídolos, son referencias

No sería como soy sin las circunstancias y las personas que me han acompañado e influido a lo largo de mi vida. Hay lugares, sabores, olores, amigos y melodías que me determinan tanto como los genes y han acabado por forjar mi personalidad o la manera en que me relaciono con el mundo. Por eso, cuando alguno de esos estímulos de mi ser desaparece es como si algo mío se desprendiese o lo perdiese, como si me fuera “desconstruyendo” progresivamente. Pierdo las ataduras que me hacen pertenecer a un tiempo y un lugar concretos. Esa es la sensación que me produce la muerte de Robin Gibb, uno de los integrantes del grupo Bee Gees que tanto furor despertaron por los 70 y 80. No es que fueran los mejores músicos de la época, pero su forma de cantar en falsete y lo bailable de sus canciones los convirtieron en los preferidos de las discotecas y las radios. Ahora, con la definitiva desaparición del más "canijo" de sus miembros, no pierdo un ídolo, sino una referencia que marcó mi adolescencia.  Al volver a escuchar aquel I Tarted a Joke, que bailábamos tan abrazados, lamento la terrible losa del tiempo.

jueves, 24 de mayo de 2012

El descontento creciente

Si de algo está sirviendo el Gobierno del Partido Popular, del que es Presidente un Mariano Rajoy que practica el autismo como pedagogía, es para despertar las conciencias adormecidas de la gente, la de aquellos que consideraban que ya no existían ideologías y que sólo restaba administrar la gestión de lo público, sin más finalidad que la sincrónica coordinación con la iniciativa privada, a la que habría que saciar cualquier apetito.

Pero cuando únicamente se adoptan consecutivas medidas que perjudican especialmente a esa mayoría silente, cuya exclusiva culpa ha consistido en cumplir con sus obligaciones y trabajar si la dejan, sin otro “enriquecimiento” que el de unos canales de televisión que vomitan bazofia para embrutecerla, se levanta arisca para enarbolar una airada protesta que expresa su descontento por los insoportables niveles de explotación a que es sometida y por el severo castigo que se le inflinge para equilibrar los desmanes cometidos por otros, por quienes acumularon ganancias con todas las burbujas especulativas que no tuvieron empacho de provocar para su voraz provecho.

Los mismos que alimentaron el desmadre del capitalismo más salvaje son ahora los adalides de la austeridad y las reformas, pretendidamente estructurales pero en función de su conveniencia, que se materializan en recortes en los sistemas de protección de los más desfavorecidos de la sociedad. Los que iban a resolver una crisis económica y financiera con su mera presencia en los mandos del Gobierno, sin dejar de atribuir cualquier contratiempo a la herencia recibida, se sorprenden ahora de que nadie, ni siquiera los mercados, confíen en unas varitas mágicas que sólo inciden en el empobrecimiento de esa mayoría que ya muestra su hartura por padecer tantos sacrificios mientras los bancos acaparan la solidaridad estatal mediante la nacionalización de sus bancarrotas o por perder el empleo, y con él toda esperanza de futuro, cuando los que hunden empresas se ven recompensados con el blindaje de sus emolumentos. Así pueden continuar con su especialidad de rapiña o cruzar la puerta giratoria que comunica las estancias donde se dictan las normas con las que habitan los que se lucran gracias a ellas. Los mismos autores para dos escenarios.

A los pocos meses de estar dirigiendo el país, las decisiones gubernamentales que se conocían cada viernes del Consejo de Ministros soliviantaban todas las capas de la sociedad, desde los estudiantes hasta los obreros, con excepción de la acomodada y neoliberal casta de la que procede y preserva. Como previó el propio Presidente, su Gobierno ha sido el primero de la democracia en provocar una huelga general en España nada más instalarse en Moncloa. Con la terquedad propia de los iluminados convencidos de estar en posesión de la verdad, continúa con sus recetas que nada consiguen contra una crisis que no para de destrozar empleo y hundir la economía del país.

El descontento en la población es creciente y los paros, huelgas y manifestaciones se suceden día sí y día también. Desde los trabajadores públicos hasta la completa comunidad educativa, de la primaria a la universidad, todos han mostrado su rechazo a las medidas adoptadas por el Gobierno, tendentes sólo a reducir lo que consideran “gasto”, de tal manera que, abusando del decreto ley, recortan millones de euros en sanidad y educación, lo que supone la disminución de servicios médicos y el despido de miles de profesores, para inmediatamente conceder una cantidad semejante para el rescate de Bankia, el banco que Rodrigo Rato, un antiguo ministro de economía del Partido Popular, no supo gestionar con solvencia.

La guinda del descontento la han puesto los rectores de las universidades españolas al negarse por unanimidad asistir al Consejo de Universidades que iba a presidir el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, porque en dicha reunión no se incluía el debate sobre los recortes del gasto educativo, lo que más preocupa precisamente a los responsables universitarios.

Ya sólo falta que los curas y los empresarios, únicos colectivos que no lo han hecho, declaren alguna huelga para que todos los sectores sociales muestren su disconformidad con las políticas neoliberales que están desmantelando el Estado de Bienestar mientras auspician una desregulación acelerada del mercado para dejarlo en manos de la iniciativa privada. Sólo así puede entenderse que la educación y la sanidad, junto a otros servicios públicos, sean considerados gastos que lastran el crecimiento y la prosperidad económica del país. Pero de no rectificar, aun cuando en Europa ya se escuchan opiniones en contra de tanta austeridad, el Gobierno conseguirá que ningún gasto desequilibre el Presupuesto, puesto que lo público sólo se referirá a la clase política y la Jefatura del Estado. El resto se habrá entregado ya a la iniciativa privada.