viernes, 17 de abril de 2020

Vivencias de un enclaustrado (13)


Enfilamos el segundo mes de enclaustramiento y los problemas se agudizan dentro de cada casa. Es comprensible que las autoridades no pudieran tener en cuenta todas las circunstancias que acarreaba la obligación de encerrar en sus domicilios a toda la población, sin apenas excepciones. Son admisibles tales deficiencias si se corrigen cuando se detectan. Las únicas salidas autorizadas al exterior han sido por motivos de fuerza mayor, como adquirir alimentos, comprar medicinas, ir al estanco o sacar al perro. Los adultos, mal que bien, aguantamos estar en una jaula con relativa resignación, intentando distraer nuestra abulia con mil recursos claustrofóbicos a nuestro alcance, tales como cocinar, limpiar, blasfemar, atiborrarnos de cerveza, chismorrear por las redes sociales e, incluso, leer o escuchar música. Pero a otros componentes de la familia les cuesta más trabajo evadirse. Y son aquellos, precisamente, a los que el Gobierno no ha tenido en cuenta. Evidentemente, me refiero a los niños, esos olvidados por las autoridades en su listado de excepciones al cautiverio.

Los hijos pequeños son, por definición, seres de una vitalidad inagotable. También, por su edad, no mantienen la atención durante mucho tiempo con nada. Por muchas tareas pseudoescolares que les impongamos durante algunas horas, les queda el resto del larguísimo día para, no sólo incordiar constantemente a los mayores o pelearse entre ellos, sino también para sufrir cambios en el carácter, modificaciones en la conducta y hasta síntomas de traumas psíquicos por el estrés que para ellos supone la inactividad, el encierro, la imposibilidad de socializar con compañeros o amigos y, además, la incapacidad de quemar la energía que acumulan en sus músculos. Tener los niños encerrados tanto tiempo es un martirio para ellos y un sinsentido cometido por el Gobierno.

No se entiende que los niños no puedan salir un rato a jugar y estirar las piernas, limitando todo contacto con otros enanos de su edad y bajo estricta responsabilidad de sus padres, en tanto que a los perros se le pueda pasear dos veces al día. O que los adultos puedan ir a comprar tabaco mientras los niños aguardan encerrados y solos en casa. Con este confinamiento tan riguroso es probable que no se contagien del virus, pero es seguro que algunos de ellos contraerán alguna patología psicosomática que perdurará a lo largo de sus vidas. Es incomprensible que, si se puede ir a trabajar para que la economía no salga excesivamente perjudicada de esta crisis sanitaria, no se pueda permitir, de igual modo, que los niños salgan a plazas y jardines a coger el sol y airear sus pulmones, para que su estabilidad emocional y su equilibrio psicológico no resulten también perjudicados. Yo creo que ya es hora de acordarse de nuestros hijos, tanto como de la economía y las empresas.  

miércoles, 15 de abril de 2020

Aforismos (3)


>Hay épocas en que, no es sólo que los seres humanos hayan abandonado su Humanidad, sino que hasta Dios parece haber renunciado a su divinidad para desentenderse completamente de los inocentes. Los débiles y los desafortunados son víctimas de cuantos abusos y crímenes se toleran en el mundo  Los ateos, simplemente, achacan todo a la maldad natural del hombre.

>“Los judíos no son un pueblo, sino un destino” dejó escrito Cioran. Para algunos, además, constituyen una obsesión “maníaco-resentida” de senectud. Se ofuscan con su victimismo.

>No renuncio a mis fracasos y defectos: me han hecho lo que soy.

>¡Estar encerrados a cal y canto durante semanas por un virus! ¿Cuánto tiempo permaneceríamos ocultos por algo más grande y dañino, un prójimo, por ejemplo?

>¡Qué imagen tan contradictoria exhibe un sacerdote con mascarilla! Desconfiar de la fe para creer en la ciencia.

>Cada vez que alaban o juzgan con conmiseración a un conocido que ha fallecido, siempre acabo con la impresión de que hablan de otra persona.

>El aforismo no es lectura de vagos, sino de amantes de lo conciso, de las expresiones gnómicas y las sentencias elaboradas con la mínima expresión, para que el tiempo que se tarda en leerlas no supere al de olvidarlas.

martes, 14 de abril de 2020

Nana de la sombra


Un niño, como tantos, nació casi con el confinamiento. Encerrado en su cuna, apenas ha sentido los rayos del Sol. Ignora cuanto pasa y lo que ocurre, qué es lo que le hurta paseos en los que la brisa y la luz acariciarían su rostro. Por eso, estropeando el poema Nana de la cebolla, de Miguel Hernández, le dedico esta Nana.

Nana de la sombra

El Sol es una sombra
oscura y extraña.
Sombra de tus días
y mis preocupaciones.
Falta de luz y sombra,
oscuridad de penumbras
pesada y larga.

En la cuna en sombras,
mi niño estaba.
Con hambre de luz
se amamantaba.
pero sus ojos,
buscaban la luz
y no la hallaban.

Tu risa nos hace libres,
nos pone alas,
soledades nos quita,
confinamientos arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tu rostro
relampaguea.

Es tu risa la luz
más victoriosa,
vencedora de las sombras
y las alondras.
Rival del Sol,
porvenir de tiempos
llenos de amor.

lunes, 13 de abril de 2020

Vivencias de un enclaustrado (12)


Iniciamos otra semana (¿cuántas?) de cautiverio, de un encierro que ya soportamos con pocas ganas (¿tuvimos alguna?) y en el que tenemos que hacer esfuerzos por contener la apatía y ocultar la hartura. Estamos a merced de las incertidumbres y la ceguera. No sabemos qué va a pasar ni vemos una salida clara a este túnel. Toleramos, a la fuerza, este confinamiento jamás imaginado como aguantamos la vejez cuando nos llega: porque no hemos podido esquivar ninguna de las dos cosas. Nos caen encima de improviso, sin habernos preparado en la vida para experiencias tan limitantes y angustiosas. Las sentimos como si nos amputaran habilidades y deseos, no sólo movimientos, que transforman nuestro ser y nos agrian el carácter. A estas alturas, ya ni las bromas nos hacen forzar una mueca que parezca una sonrisa, ni los afanes de quienes nos acompañan llaman nuestra atención o nos entretienen. Ni siquiera las actitudes de los demás, como la de los que se dedican a aplaudir todas las tardes a los sanitarios, nos irritan por su hipocresía, al aplaudirse a sí mismos para darse ánimos en vez de considerar siempre la dedicación profesional de los que no respetan más que en estas circunstancias.

Este tiempo congelado incita a recluirnos cada vez más en nosotros mismos, a enclaustrarnos en silencio en nuestra intimidad, aislarnos del entorno y de todos, abstraídos en consumir jornadas siempre semejantes y horas, todas vacías. A dejarnos invadir por el desaliento de si seremos capaces de extraer alguna enseñanza de estos momentos excepcionales y admitir nuestra necesidad de políticas de justicia social, sanidad pública y educación pública para afrontar, como colectividad, embates para los que individualmente somos vulnerables, sobre todo si no somos pudientes. Si, en estos tiempos líquidos y turbios, sabremos reconocer que nuestros sentimientos morales se han corrompido, como diría Tony Judt, al volvernos insensibles a los costes humanos que están teniendo elecciones políticas que creemos racionales, pero que anteponen el capital a las personas. O si cambiaremos nuestro desquiciado estilo de vida, enfocado al consumismo, el materialismo y las máquinas, que nos aleja cada vez más de la naturaleza y de los demás seres humanos, como advirtiera hace tiempo Jürgen Habermas. No podemos evitar que, con tanta soledad y abatimiento, descubramos el monstruo que llevamos dentro y perdamos la esperanza en nosotros mismos y en un futuro sin tinieblas. Y nos da miedo.