sábado, 18 de enero de 2020

Los dinosaurios y el ser humano


Hubo una época en que los dinosaurios poblaban la Tierra hasta que un cataclismo los hizo desaparecer. Eran animales temibles, de todos los tamaños, que durante millones de años dominaron la tierra, los mares y el aire de este planeta y lo convirtieron un lugar sumamente peligroso para el ser humano, si por entonces hubiera coexistido con ellos. Pero ni su fiereza ni su tamaño pudieron impedir que más del 70 por ciento de las especies de esos grandes monstruos se extinguiera de manera inesperada y sorprendente. El hábitat al que estaban acostumbrados y del que dependía su existencia cambió de forma tan brusca, que no tuvieron tiempo de evolucionar para adaptarse a las nuevas condiciones climáticas, hasta el extremo de que prácticamente la totalidad de las especies, salvo algunas que tenían alas, desapareció de la faz de la Tierra de manera definitiva. Sabemos de su existencia por los restos petrificados que periódicamente los paleontólogos descubren en casi todos los continentes del mundo. Y para los científicos resulta mucho más misterioso, no la presencia de aquellos grandes animales prehistóricos, sino su súbita extinción masiva, que sólo dejó el rastro de esqueletos fosilizados. Que toda una vasta fauna que dominaba el planeta desaparezca de la noche a la mañana, según tiempos geológicos, representa un interrogante que no hallaba una respuesta que convenciera plenamente a los investigadores.

Se barajaban dos teorías que podrían explicar la extinción de los dinosaurios. Una de ellas hacía referencia a la erupción de uno o varios volcanes tan gigantes que la enorme cantidad de lava que vomitaron afectó a la temperatura global de la atmósfera. La otra relaciona ese cambio climático, tan drástico como para afectar a la vida en todo el planeta, con el impacto de un meteorito de enormes proporciones, de unos 10 kilómetros de diámetro, que se estrelló en lo que hoy es la península del Yucatán, en México, a finales del Cretácico, hace unos 65 millones de años. Un estudio reciente aboga a que el meteorito, y no los volcanes, fue el causante del repentino y drástico cambio del clima que motivó la desaparición de aquellos gigantescos animales. Sea como fuese, la cuestión es que la existencia de los seres vivos que pueblan nuestro mundo, antes y ahora, está estrechamente vinculada a un clima determinado que posibilita su viabilidad y desarrollo.

Un hecho fortuito, como la erupción de volcanes o el impacto de un asteroide, supuso un cambio climático tan radical que afectó a las formas de vida existentes en el planeta, haciéndolas desaparecer. El mismo peligro amenaza en la actualidad a la humanidad, pero no por causas fortuitas, sino provocadas por el ser humano. Aquel calentamiento global que llevó a la extinción a los dinosaurios, de manera imprevista, es el mismo fenómeno climático que, como consecuencia de la emisión de gases con efecto invernadero que produce la actividad humana, podría poner en serio peligro la permanencia del hombre en la Tierra, tal y como la conocemos hoy en día.

Parece demostrado, ya con total seguridad, que no fue la lava lo que modificó la temperatura global del planeta, sino que gases expulsados a la atmósfera de manera ingente fueron los responsables del cambio del clima que causó la extinción de muchas formas de vida. Pero si la desaparición de los dinosaurios fue fruto de un azar catastrófico, parece irracional que el ser humano, que se considera el único animal racional del planeta, corra idéntico destino por su irresponsabilidad, avaricia y soberbia. Ya que resulta incomprensible e injustificado que, por mero afán económico, no se avenga a tener en cuenta las advertencias de los científicos sobre el cambio climático y persista en mantener un estilo de vida que contribuye al calentamiento global de forma acelerada. De seguir así, dentro de miles o millones de años podría llegarse a descubrir, los que sobrevivan, que el ser humano se extinguió por no querer evitar su desaparición. La de los dinosaurios fue mala suerte, pero la nuestra sería un auténtico suicidio.    

miércoles, 15 de enero de 2020

Trabajar cuatro días


Ha sido noticia (¡todo un acontecimiento!) que una empresa de Jaén haya implantado la jornada laboral a sus trabajadores de cuatro días a la semana, respetándoseles íntegramente el sueldo. Acostumbrados como estamos a una “lógica” (neoliberal, por supuesto) que dicta lo contrario, que haya que dedicar más horas al trabajo para “producir” más, sin aumento de salario o, incluso, rebajándolo, lo decidido por la jienense Software Delsol parece una “ocurrencia” de algún empresario que ha perdido el juicio. Sin embargo, no resulta descabellada, aunque sí “revolucionaria”, una medida que viene a ajustar la jornada de trabajo a unas circunstancias dramáticas de carencia de empleo y desigualdad social. Otras veces en la historia del trabajo se han adoptado restricciones y regulaciones legales sobre la jornada laboral de los trabajadores para adecuarla a las exigencias de cada época. Desde el trueque a la moderna economía de la oferta y la demanda, los obreros han transitado desde la esclavitud hacia el estatuto de los trabajadores para conseguir una mejora progresiva de sus condiciones laborales, en función de las necesidades o circunstancias sociales. El paso dado por la empresa de Jaén es sólo uno más en esa dirección.    

Software Delsol únicamente se ha adelantado a una necesidad que acabará afectando al sistema del trabajo. Desde el presente mes de enero, sus 181 trabajadores disfrutan de una jornada laboral de 36 horas en invierno y 28 horas en verano, en vez de las habituales 40 horas semanales. La mayoría de ellos acude al trabajo de lunes a jueves, y los que tienen que atender a los clientes lo hacen rotando en períodos de cuatro días de forma que, cada cuatro semanas, acumulan cuatro días extras de descanso. La empresa, que se dedica a prestar soporte de software a pymes de España y Sudamérica, ha debido aumentar su plantilla en 25 trabajadores más. Y todo ello, sin que la productividad acuse merma alguna. Al contrario, gracias a la mayor implicación de los empleados ha mejorado la productividad, ha descendido el absentismo laboral (menos bajas) y se ha valorado la reducción del tiempo de trabajo como una forma de repartir beneficios entre la plantilla. Además, el buen clima laboral ha propiciado la fidelización de la plantilla, su corresponsabilidad con los objetivos empresariales y la atracción de talento.

Sólo una mentalidad inmovilista, anclada en el pasado, mantendría el concepto de productividad por trabajador unido sólo al número de horas que dedica a su trabajo cada día. Con la revolución industrial, las máquinas y la electricidad potenciaron tanto la productividad que rebajaron la jornada laboral desde las 14 horas diarias, sin descanso, a las 8 horas diarias, con un día de descanso a la semana, lo que arroja un cómputo de 48 horas semanales. Entonces, también, esa restricción de la jornada supuso toda una “revolución” que muchos empresarios rechazaron, al considerar que perjudicaba la “rentabilidad” de sus negocios y beneficiaba exclusivamente a los trabajadores.

Pero no solo fueron factores técnicos los que propiciaron aquella reducción de la jornada dedicada al trabajo, sino también económicos y mercantiles. Lo que producían las empresas debía ser vendido para que proporcionara beneficios, y para comprar (consumir) había que tener dinero (mejora salarial) y tiempo libre para gastar (ocio). Con la emergencia de la sociedad de consumo nació la exigencia de 8 horas de trabajo, 8 de ocio y 8 de sueño, que el mercado transformó en una nueva fuente de negocio y oportunidad de ganancias.

En la actualidad, con las nuevas tecnologías la productividad no ha dejado de crecer. La nueva “revolución tecnológica”, que la robótica y la inteligencia artifician impulsan, ha permitido que se produzca más con menos trabajadores. El desempleo resultante es causa de una de las más dramáticas facetas de una desigualdad que aflora en las sociedades modernas. Un paro por escasez de empleo que condena mucha gente a la exclusión social, a la marginación y al resentimiento, todo lo cual alimenta la conflictividad y los enfrentamientos en la sociedad.

Trabajar menos para que haya trabajo para todos no es una medida tan descabellada como pudiera pensarse. Es anticiparse a una necesidad que más tarde o temprano tendrá que adoptarse en el mundo laboral para combatir ese paro estructural que genera la revolución tecnológica y que socaba la cohesión social y el bienestar de la población en su conjunto. En vez de dedicar recursos a subsidios por desempleo y otras políticas contra la exclusión del mundo del trabajo, parece más sensato y razonable repartir el tiempo de trabajo, reduciendo la jornada laboral, para que más gente tenga posibilidades de acceder al trabajo. Dado que la productividad no está ligada exclusivamente al número de horas dedicadas al cometido laboral, la reducción de la jornada y el reparto del trabajo beneficiaría la inserción social de los desempleados, el consumo en general y la conciliación familiar de todos los trabajadores. Sería adecuar el mercado del trabajo a las exigencias de una sociedad inmersa en la revolución tecnológica y que afronta las consecuencias que esa revolución ocasiona, como son la desigualdad y la marginación por la escasez de trabajo. Visto así, la iniciativa de Software Delsol es una inteligente apuesta por el futuro y la preservación del trabajo en un mundo que revoluciona los viejos paradigmas empresariales, laborales y sociales. ¡Chapeau!    

domingo, 12 de enero de 2020

Mirada nocturna


Pasear de noche por Sevilla te permite contemplar otra Sevilla, una ciudad que resurge de entre las sombras para ofrecer perfiles menos nítidos o rotundos, pero muy sugerentes y atractivos, de una difusa belleza casi espectral. Una vez apagadas las luces deslumbrantes de la Navidad, tan intensas como cegadoras, Sevilla brilla con la luz amarillenta de sus monumentos y farolas, una luz más cálida que convierte perspectivas y rincones en postales de un claroscuro encanto que atrae la mirada y emboba al paseante. Es la mirada nocturna que se derrama sobre Sevilla cuando el Sol se acuesta y la Luna recorre un cielo de estrellas para admirar desde lo alto una ciudad en penumbras, pero no dormida.
(Fotografías del autor. Giralda y Torre de la Plata)

viernes, 10 de enero de 2020

¿Normalidad?


Tras más de cuatro años de gobiernos inestables en España, parece que, con la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, llegará por fin la normalidad a la política española y recuperaremos los usos convencionales de cualquier democracia: el de un Ejecutivo que se dedique a gobernar y el de una oposición que controle desde el Parlamento la labor del Gobierno. Es decir, podremos dejar de cuestionar la legitimidad de un presidente investido por la mayoría establecida en el Congreso de los Diputados, y no consideraremos deslealtad institucional a la función crítica y discrepante de la oposición. Y ambas funciones -gobernar y vigilar la acción de gobierno- se amoldarán a los procedimientos civilizados y respetuosos que se han echado de menos durante todo este tiempo perdido de inestabilidad. Eso, al menos, sería lo deseable.

Pero después del bochornoso espectáculo presenciado durante el debate de investidura y en la previa campaña electoral, caracterizados por las exageraciones, las descalificaciones y la demagogia, todo optimismo queda lastrado por la desconfianza que generan los actores de la política española, empeñados en demonizar al adversario, procurar una respuesta emocional en la gente y mantener la tensión, la sospecha y el juicio de intenciones, sin siquiera esperar a los errores y aciertos que cometa el todavía no constituido Gobierno socialista, el primero de coalición en nuestra democracia. Nada augura, pues, que la normalidad vaya a ser la tónica del nuevo período político que se avecina, lo que, sin duda, iría en perjuicio de nuestro país, de los ciudadanos y de sus expectativas colectivas o individuales. Para los pesimistas -esos optimistas informados-, la normalidad será más un deseo que una realidad.

Y es que veníamos mal y continuamos mal, a pesar de que, en teoría, se abre una legislatura que debería ayudarnos a olvidar cualquier eventualidad electoral hasta dentro de cuatro años, para aprovechar ese tiempo en abordar y atender los graves problemas y retos a los que se enfrenta España. Toda una legislatura para pensar en el bien común y el interés general antes que en los intereses particulares y partidistas de nuestros agentes políticos. Pero el termómetro de lo que será el futuro inmediato, en cuanto a actitudes y compromisos de quienes nos representan, parece que registra una fiebre elevada debida a la confrontación, la polarización y la radicalización con las que se desenvuelve la diatriba política. Como si todos ellos asumieran aquella estrategia de “cuanto peor, mejor”.

No importa que el programa suscrito por este Gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos sea tan razonable como cabía esperar de un Ejecutivo socialdemócrata, que pone el énfasis en medidas sociales y en la recuperación de derechos y prestaciones a los que más perdieron con la pasada crisis económica. Un programa que no incluye nada de socializaciones ni ruptura de la economía de mercado, sino correcciones de aquellos abusos y privilegios a que es dada la concentración empresarial y el capital. Para ello, el futuro Ejecutivo prepara una Ley de Presupuestos que amplíe el gasto, pero también los ingresos. Hay margen para ambas cosas, tanto para garantizar el poder adquisitivo de las pensiones y los salarios de los empleados públicos, como para aumentar la recaudación a través de nuevos impuestos (ambientales, de sociedad a entidades financieras, etc.) y con la subida de dos puntos en el IRPF a los contribuyentes con ingresos superiores a 130.000 euros. También promete abordar la derogación, parcial al menos, de la Reforma Laboral aprobada en 2012 por el Gobierno del PP, que devuelva a los trabajadores su capacidad de negociación y defensa ante las abusivas imposiciones empresariales. Así, está previsto prohibir por ley despedir a un trabajador a causa de su absentismo por bajas de enfermedad o embarazo. Y priorizar los convenios sectoriales a los de empresa. El marasmo educativo será corregido por una nueva Ley de Educación, menos ideológica que la LOMCE y más útil para preparar a nuestros jóvenes a las exigencias de un mundo competitivo que demanda formación de calidad. Se potenciará la educación pública, se prohibirá la subvención a centros que segreguen en razón del sexo y se eliminará la asignatura de religión, que será de carácter voluntario, como materia computable del currículo. Dicho programa también contempla suprimir la Ley de Seguridad Ciudadana, la llamada “Ley Mordaza”, además de restringir los aforamientos políticos para luchar contra la impunidad de la corrupción, en el marco de la honestidad y transparencia en la dedicación pública. Y, naturalmente, se afrontará el “conflicto catalán” desde el diálogo y la negociación para hallar soluciones respetuosas con el ordenamiento jurídico-legal a los problemas políticos y de convivencia entre catalanes y entre aquella región y el resto de España.

Por otra parte, los temores que parece infundir la ideología “comunista” de Podemos en el Gabinete de Sánchez, pertenecen más bien a la propalación malintencionada del “miedo” que a la realidad. Bastaría con leer las declaraciones del líder de la formación, Pablo Iglesias, al medio digital ediario.es para percatarse de que el “terror bolchevique” ha sido erradicado del ideario comunista desde mucho antes que naciera Podemos, cuando el eurocomunismo renegó de la “dictadura del proletariado” y aceptó el sistema democrático liberal para acceder al poder y efectuar reformas en el capitalismo, sin pretender eliminarlo. Ni esas declaraciones de Iglesias, que será vicepresidente de Derechos Sociales del futuro Gobierno, en las que admite que “somos conscientes de nuestros límites”, pues la política, la nuestra como la de cualquier Estado europeo, está definida en el marco de la responsabilidad fiscal europea. Ni sus acciones, allí donde gobierna (Ayuntamientos, Comunidades Autónomas), ofrecen motivos para temer “revoluciones” políticas o económicas. Como tampoco sus “pares” en otros países (Portugal, por ejemplo), donde no se han dedicado a socavar el capitalismo y la economía de mercado, sino lo contrario: a enmendar sus defectos y abusos, cumpliendo con los objetivos de déficit, aclarando el marco regulatorio de la actividad económica y socorriendo a los más necesitados. ¿Es ello temible?

Sin embargo, la derecha, en sus tres versiones, sí intenta propagar ese miedo en la población, poniendo en duda, incluso, la legitimidad de nuestro sistema democrático, que establece la investidura de un presidente de Gobierno mediante una mayoría de votos favorables en el Congreso de Diputados. Y deslegitimando votos según la ideología del parlamentario, como si no todos fueran iguales en su condición de representantes de la ciudadanía. Esa derecha no sólo se niega a conceder los cien días de “gracia” al futuro Ejecutivo para cuestionar su labor, sino que incluso ya acusa al Gobierno todavía no nacido de ser un “peligro para el país”, ir “contra España”, ser mayordomo de una democracia “opuesta a la legalidad” y otras lindezas por el estilo, en feroz competición entre las tres derechas, del PP, Ciudadanos y Vox, por ver quién resultaba más duro y convincente en su oposición al futuro Gobierno. No ha esperado a enjuiciar la legitimidad de ejercicio, la que deriva de su gestión, sino que ha comenzado por cuestionar su legitimidad de origen, la de su alianza con “comunistas, independentistas y terroristas”, como si ser de izquierdas, soberanista o proceder de la izquierda abertzale fuera delito.

Por todo ello, la “normalidad” que se espera que este Gobierno traiga consigo será bastante complicado de lograr. Porque, por un lado, mantener los acuerdos de gobernabilidad con las fuerzas dispares que lo han apoyado requerirá de denodados esfuerzos por satisfacer las exigencias de cada una de ellas, tanto económicas como políticas. Y por otro, por el acoso implacable que ya aplica la derecha radical (política, mediática, económica), dispuesta a negar hasta el aire y la oportunidad a un Gobierno al que repudia y combate desde antes, incluso, de que sea haya constituido como tal. Ojalá estemos equivocados, pero recuperar la normalidad se antoja una tarea prácticamente imposible si de la confrontación se calculan réditos partidistas.